Ante la bandera

Julio Verne · Capítulo 10 de 19

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Ante la bandera

Capítulo X

Back-Cup posee además otros animales.

En la parte de Bee-Hive hay cercados destinados a las vacas, a los cerdos y carneros. La alimentación es, pues, segura y variada, merced a los productos de la pesca, ya en los arrecifes del exterior, ya en el lago, donde abundan peces de variadas especies.

En suma: basta mirar a los huéspedes de Back-Cup para tener la seguridad de que no les faltan recursos. Son gente vigorosa, robustos tipos de marineros, curtidos por el calor de las bajas latitudes, de sangre rica y oxigenada por las brisas del Océano. No hay ni niños ni viejos: sólo hombres cuya edad varía entre los treinta y los cincuenta años.

Pero ¿por qué se han sometido este género de vida?… Además, ¿no abandonan nunca este extraño retiro?

Tal vez no tardaré en saberlo…

X

KER KARRAJE

La celda que ocupo está situada a unos cien pasos de la habitación del Conde de Artigas, una de las últimas de Bee-Hive. Ya que no deba partirla con Tomás Roch, pienso que lo menos estaré cerca de la de éste, puesto que así es preciso si se quiere que el guardián Gaydón continúe prestando sus cuidados al pensionista de Healthful-House.

Pronto lo sabré.

El capitán Spada y el ingeniero Serko viven aparte, en las proximidades del palacio de Artigas.

¿Un palacio? ¿Porqué no darle este nombre si la vivienda ha sido decorada con cierto arte? Manos hábiles han tallado la roca, de modo de figurar una fachada ornamental. Una ancha puerta de acceso al interior. La luz penetra por varias ventanas abiertas en la roca y que cierran vidrieras de colores. El interior comprende varias habitaciones:

un comedor, un salón alumbrado por una gran ventana, todo dispuesto de forma que el renuevo del aire se efectúe de un modo perfecto.

Los muebles son de diferente origen, de formas muy fantásticas, con las marcas de fabricación francesa, inglesa y americana. Evidentemente, su propietario gusta de la variedad de estilos. La repostería y la cocina están en celdas anejas, tras Bee-Hive.

Por la tarde, en el momento en que salía con la firme intención de obtener una audiencia del Conde de Artigas, le veo que sube de las orillas del lago.

Sea que no me ha visto, o que no quiera hablarme ha apresurado el paso, y no me ha sido posible alcanzarle.

–Es preciso, sin embargo, que me reciba- me he dicho.

Acelero el paso y me detengo ante la puerta de la habitación, que acababa de cerrarse.

Una especie de diablo, de origen malayo, muy obscuro de color, aparece en seguida en el umbral, y con voz ruda me ordena que me aleje.

Resisto a la orden, o insisto repitiendo dos veces esta frase en buen inglés:

–Prevén al Conde de Artigas que deseo ser recibido por él ahora mismo.

Como si me hubiera dirigido a las rocas de Back-Cup. Este salvaje no comprende, sin duda, una palabra de inglés, y no me responde más que con

un aullido amenazador.

Me acomete la idea de forzar la puerta, de gritar de modo que el Conde me oiga. Pero, según toda probabilidad, esto no produciría más resultado que provocar la cólera del malayo, la fuerza del cual debe ser hercúlea.

Dejo, pues, para otro momento la explicación que se me debe, y que, mas tarde o más temprano, obtendré.

Yendo por la parte Este de Bee-Hive, pienso en Tomás Roch. Me causa mucha sorpresa no haberle visto aun durante este primer día.

¿Acaso será víctima de una nueva crisis? Esta hipótesis no es admisible, pues, a juzgar por lo que me ha dicho, el Conde de Artigas hubiera llamado a Gaydón.

Apenas he andado un centenar de pasos, me encuentro con el ingeniero Serko.

Siempre de buen humor este irónico personaje, se sonríe al verme y no procura evitar mi encuentro. ¿Me haría mejor acogida si supiera que soy un compañero suyo, un ingeniero? No obstante, me guardaré mucho de indicárselo.

El ingeniero Serko se ha detenido. Sus ojos brillan; su boca tiene una expresión burlona, y acompaña el saludo que me dirige con un gesto gracioso.

Respóndole fríamente, lo que él no parece advertir.

–Que Jonás le proteja a usted, señor Gaydón- me dice con su voz fresca y sonora.– Espero que no se quejará usted de la feliz circunstancia que le ha permitido visitar esta caverna, maravillosa entre todas.

Sí; una de las más bellas, y, sin embargo, de las menos conocidas de nuestro esferoide.

Confieso que me sorprende oírle pronunciar esta palabra científica en el curso de una conversación con un simple guardián. Me limito a responder:

–No tendré de que quejarme, señor Serko, con la condición de que, después de haber tenido el placer de visitar esta caverna, tenga la libertad de salir de ella.

–¡Cómo! ¿Pensará usted ya en abandonarnos, señor Gaydón; en volver al triste pabellón de Healthful-House? ¡Si apenas ha explorado usted nuestro magnífico dominio ni ha admirado usted las incomparables bellezas que posee, obra exclusiva de la naturaleza!

–Con lo que he visto me basta- he respondido- y suponiendo que usted me hable seriamente, en serio le responderé que no deseo ver más.

–Vamos, señor Gaydón, permítame usted que le haga observar que usted no ha podido aún apreciar las ventajas de la existencia que se pasa en este sitio sin igual. Vida dulce y tranquila, libre de todo cuidado; seguro porvenir, condiciones materiales como en ninguna otra parte se encuentran, igualdad en el clima, ningún temor de las tempestades que asolan los parajes del Atlántico, ni de los fríos del invierno, ni del calor del verano. Apenas si los cambios de estación modifican esta atmósfera sana. Aquí no tenemos que temer la cólera de Plutón ni de Neptuno.

Esta evocación de nombres mitológicos no me parece propia. Es visible que el ingeniero Serko se burla de mí. ¿Acaso el vigilante Gaydón ha oído jamás hablar de Plutón y de Neptuno?

Caballero- digo- es posible que este clima le convenga a usted, que aprecia como se merecen las ventajas de vivir en el fondo de esta gruta de…

He estado a punto de pronunciar el nombre de Back-Cup, pero me he detenido a tiempo. ¿Qué sucedería si sospechasen que conozco el nombre del islote, y, por consecuencia, su yacimiento en la extremidad Oeste del grupo de las Bermudas?

He continuado de este modo:

–Pero si este clima no me conviene a mí, me parece que tengo el derecho de cambiarle por otro.

–El derecho, efectivamente.

–Y espero que me será permitido partir y que se me darán los medios para volver a América.

–No tengo razón alguna que oponer, señor Gaydón-responde el ingeniero Serko.-La pretensión de usted es fundadísima. Repare usted, no obstante, que aquí vivimos en una noble y soberbia independencia, que no dependemos de ninguna potencia extranjera; que escapamos a toda autoridad, que no somos súbditos de ningún Estado del antiguo ni del nuevo Mundo. Esto merece ser considerado por quien tenga una alma orgullosa. Y, además, ¡qué recuerdos evocan, en un espíritu cultivado, estas grutas que parecen haber sido hechas por la mano de los dioses, y en las que en otra época oían sus oráculos por boca de Trophonius!

Decididamente, al ingeniero Serko le agradan las citas de la fábula.

¡Trophonius después de Plutón y de Neptuno! ¿Cree que un guardián de hospital conoce a Trophonius? Es claro que continúa burlándose, y llamo en mi ayuda a toda mi paciencia para no responderle en el mismo tono.

–Hace un instante- digo con voz breve- he querido entrar en esa habitación, que es, si no me engaño, la del Conde de Artigas, y se me ha impedido.

–¿Por quién, señor Gaydón?

–Por un criado del Conde.

–Probablemente obedecería órdenes recibidas.

–Sin embargo, es preciso que el Conde de Artigas me escuche.

–Temo que sea difícil… y hasta imposible- responde sonriendo el ingeniero Serko.

–¿Por qué?

–Porque aquí no hay ningún Conde de Artigas.

–Se burla usted sin duda; acabo de verle.

–El que usted ha visto no es el Conde de Artigas.

–¿Quién es entonces?

–Es el pirata Ker Karraje.

El ingeniero Serko pronunció este nombre con voz dura, y se alejó sin que se me ocurriera detenerle.

¡El pirata Ker Karraje! ¡Sí! ¡Este nombre es una revelación para mí! Le conozco. Y ¡qué recuerdos más terribles evoca! ¡Él solo me explica lo que consideraba yo inexplicable! ¡Él me dice en manos de quién he caído!

He aquí lo que puedo relatar sobre el pasado y el presente de Ker Karraje, uniendo a los antecedentes que yo tenía lo que he sabido por boca del ingeniero Serko:

Hace ocho o nueve años, los mares del Oeste Pacífico fueron teatro de atentados sin nombre, de actos de piratería que se efectuaban con rara audacia. Una banda de malhechores de diverso origen, desertores de los contingentes coloniales, escapados de presidios, marineros que abandonaron sus navíos, operaba a las órdenes de un terrible jefe. El núcleo de esta banda se había formado primero de gentes de las poblaciones europeas y americanas, a las que atrajo el descubrimiento de ricos criaderos de oro en los distritos de la Nueva Gales del Sur, en Australia. Entre estos

pescadores de oro se encontraban el capitán Spada y el ingeniero Serko, dos perdidos, a los que una comunidad de ideas y de caracteres no tardó en unir muy íntimamente.

Estos hombres, instruidos, resueltos, hubieran seguramente obtenido buen éxito en todas partes y en cualquier carrera, nada más que con su inteligencia; pero, sin conciencia ni escrúpulos, determinados a enriquecerse por cualquier medio, pidiendo a la especulación y al juego lo que hubieran podido obtener por el trabajo paciente y regular, arrojáronse en las más inverosímiles aventuras, ricos un día, arruinados al siguiente, como la mayor parte de los que quieren buscar la fortuna en los yacimientos auríferos.

Había entonces en los criaderos de la Nueva Gales del Sur un hombre de una audacia incomparable, uno de esos aventureros atrevidos que no retroceden ante nada, ni ante el crimen, y cuya influencia sobre las naturalezas violentas y malvadas es irresistible.

Este hombre se llamaba Ker Karraje.

A pesar de las pesquisas que se hicieron, nunca pudo averiguarse cuáles eran el origen y la nacionalidad de este pirata, ni los antecedentes del mismo. Pero si pudo escapar a todas las informaciones, su nombre recorrió el mundo; era pronunciado con horror y espanto, como el de un personaje legendario, invisible y al que no se podía coger.

Ahora tengo motivo para creer que este Ker Karraje es de raza malaya.

Poco importa, en suma. Lo cierto es que, con justicia, se le tenía por un terrible bandido y autor de los múltiples atentados cometidos en aquellos mares lejanos.

Después de haber pasado algunos años en los criaderos de oro de Australia, donde trabó relaciones con el ingeniero Serko y el capitán Spada, Ker Karraje llegó a apoderarse de un navío en el puerto de Melbourne, de la provincia Victoria. Unos treinta canallas, cuyo número se triplicó bien pronto, se hicieron sus compañeros. En aquella parte del Océano Pacífico,

donde la piratería es todavía tan fácil y, digámoslo, tan fructífera, ¡cuántos barcos fueron apresados, cuántas tripulaciones asesinadas, cuántas batidas organizadas en ciertas islas del Oeste, que los colonos no tenían fuerza para defender! Por mas que el navío de Ker Karraje, mandado por el capitán Spada, hubiera sido señalado varias veces, jamás fue posible apoderarse de él. Parecía que tenía la facultad de desaparecer a su voluntad en medio de aquellos laberínticos archipiélagos, cuyos pasos y ensenadas conocía perfectamente.

El espanto reinaba, pues, en aquellos parajes. Los franceses, los ingleses, los alemanes, los americanos, enviaron inútilmente barcos en persecución de aquella especie de navío espectro, que salía no se sabía de dónde, se ocultaba de la misma manera, después de los pillajes y las matanzas que se desesperaba de poder impedir o castigar.

Un día terminaron estos actos criminales. No se oyó hablar más de Ker Karraje. ¿Había abandonado el Pacífico por otros mares? Viendo que la piratería no se recomenzaba, se pensó que, sin hablar de lo que había sido gastado en orgías y en francachelas, quedábale aún bastante del producto de los robos durante tanto tiempo efectuados, para constituir un tesoro de un valor enorme.

Y ahora, sin duda, Ker Karraje y sus compañeros gozaban de él, después de haberle puesto en seguridad en algún escondite de ellos sólo conocido.

¿Dónde se había refugiado la banda desde su desaparición? Inútiles fueron cuantas pesquisas se hicieron; y como la inquietud cesó con el peligro, comenzáronse a olvidar los atentados de que el Oeste Pacífico había sido teatro.

He aquí lo que había pasado, y he aquí ahora lo que no se sabrá nunca si yo no consigo escapar de Back-Cup.

Sí; estos malhechores poseían considerables riquezas cuando abandonaron los mares occidentales del Pacífico. Después de haber destruido su navío, dispersáronse por diversos sitios, no sin convenir antes en que se

encontrarían en el continente americano.

En esta época, el ingeniero Serko, hombre de gran instrucción, habilísimo mecánico, y que había estudiado con preferencia el sistema de los barcos submarinos, propuso A Ker Karraje hacer construir uno de estos aparatos, a fin de volver a su criminal existencia en condiciones más secretas y más terribles. Comprendió Ker Karraje todo lo práctico de la idea de su cómplice, y como no escaseaba el dinero, no hubo más que ponerse a la obra.

Mientras, el dicho Conde de Artigas encargaba la goleta Ebba a los astilleros de Goteborg, en Suecia, entregó a los astilleros Cramps, de Filadelfia, en América, los planos de un barco submarino, la construcción del cual no excitó sospecha alguna, y que además, como se va a ver, no debía tardar en desaparecer con cuerpos y bienes.

Bajo las órdenes y la vigilancia especial de Serko fue construido el aparato, utilizándose los diversos perfeccionamientos de la ciencia náutica de entonces.

Una corriente producida por pilas de nueva invención, moviendo los receptáculos colocados en el árbol de la hélice, debía dar a su motor un enorme poder propulsivo.

Claro es que nadie hubiera podido sospechar que el Conde de Artigas era el antiguo pirata del Pacífico, ni el ingeniero Serko el más atrevido de sus compañeros. No se veía en él más que un extranjero de elevada alcurnia, de gran fortuna, y que desde hacía un año frecuentaba con su goleta Ebba los puertos de los Estados Unidos, pues la goleta había sido dada al mar antes de que se terminara la construcción del tug.

No exigió este trabajo menos de diez y ocho meses. Una vez terminado el nuevo barco, excitó la admiración de cuantos se interesaban en los aparatos de navegación submarina. Por su forma exterior, su disposición interior, su sistema para el renuevo del aire, su estabilidad, su rapidez de inmersión, su facilidad para la evolución, su forma para ser dirigido, su extraordinaria

velocidad, la energía de las pilas, a las que debía su fuerza mecánica, resultaba más perfecto que los sucesores de los Goubet, Gymnote y Zede, y otras muestras ya muy perfeccionadas en aquella época.

Pronto iba a verse, pues tras algunos ensayos de gran resultado se hizo una experiencia pública en alta mar, a cuatro millas de Charleston, en presencia de numerosos navíos de guerra, de comercio y de recreo, americanos y extranjeros, convocados con este objeto.

No hay que decir que la Ebba se encontraba entre estos navíos, llevando a bordo al Conde de Artigas, al ingeniero Serko, al capitán Spada y a su tripulación, más una docena de hombres destinados a la maniobra del barco submarino, que dirigía el maquinista Gibson, un inglés muy atrevido y muy hábil.

El programa de esta experiencia definitiva se componía de diversas evoluciones en la superficie del Océano; después una inmersión que debía prolongarse algunas horas, tras las cuales el aparato reaparecería cuando hubiera llegado a una boya colocada a varias millas.

Llegado el momento, y cerrada la escotilla superior, el barco maniobró primero sobre el mar, y su viveza, sus ensayos de virar, provocaron en los espectadores una justificada admiración.

Después, a una señal dada en la Ebba, el aparato submarino se hundió lentamente y desapareció ante los ojos de todos.

Algunos navíos se dirigieron hacia el punto indicado para su reaparición.

Transcurrieron tres horas… El barco no subía a la superficie del mar.

Lo que se ignoraba es que, de acuerdo con el Conde de Artigas y el ingeniero Serko, el aparato submarino, destinado al remolque secreto de la goleta, no debía reaparecer más que algunas millas más allá. Pero, a excepción de los que estaban en el secreto, nadie dudó que hubiera perecido por algún accidente en su casco o en sus máquinas.

A bordo de la Ebba fingióse gran consternación, muy verdadera a bordo de los otros barcos. Practicáronse sondajes, enviáronse buzos por la parte que se suponía recorrida por el barco. Todas las pesquisas resultaron inútiles, y se dio por cierto que el aparato habíase hundido en las profundidades del Atlántico.

A los dos días, el Conde de Artigas volvía a darse a la mar, y cuarenta y ocho horas después encontraba el barco submarino en el sitio señalado de antemano.

De este modo, Ker Karraje vino a ser propietario de un admirable aparato que fue destinado a esta doble misión: el remolque de la goleta y el ataque a los navíos. Con este terrible instrumento de destrucción, cuya existencia nadie sospechaba, el Conde de Artigas podía recomenzar su piratería en las mejores condiciones de seguridad e impunidad.

He conocido estos detalles por el ingeniero Serko, muy orgulloso de su obra, y muy seguro también de que el prisionero de Back-Cup no podía jamás descubrir el secreto. Compréndese el poder ofensivo de que disponía Ker Karraje.

Durante la noche, el tug se arrojaba sobre los barcos, que no podían desconfiar de un yate de recreo como la Ebba. Cuando les había desfondado, la goleta les abordaba, y sus hombres asesinaban la tripulación y robaban los cargamentos. Esta era la razón de que gran número de navíos no figurasen en las noticias del mar más que bajo este calificativo desesperante: desaparecidos cuerpos y bienes.

Durante el año que siguió a la odiosa comedia de la bahía de Charleston, Ker Karraje explotó los parajes del Atlántico en la parte correspondiente a los Estados Unidos. Sus riquezas crecieron en una proporción enorme. Las mercancías se vendían en mercados lejanos, y el producto se transformaba en plata y oro. Pero lo que siempre faltaba era un lugar seguro y desconocido, donde los piratas pudieran depositar estos tesoros en espera de que llegara el día del reparto.

Ayudóles la casualidad. Explorando las sabanas submarinas cerca de las Bermudas, el ingeniero Serko y el maquinista Gibson descubrieron en la base del islote el túnel que daba acceso al interior de Back-Cup. ¿Dónde había de encontrar Ker Karraje refugio mejor y más al abrigo de toda persecución? De este modo, uno de los islotes del archipiélago bermudano, nido de bandidos en otra época, lo fue de una banda mucho más terrible.

Bajo la vasta bóveda de Back-Cup organizóse la nueva vida del Conde de Artigas y de sus compañeros en la forma que yo podía observar.

El ingeniero Serko instaló una fábrica de energía eléctrica sin recurrir a máquinas, la construcción de las cuales en el extranjero hubiera parecido sospechosa, y solamente con pilas de fácil montaje, que sólo exigían el empleo de placas metálicas y sustancias químicas, de las que la Ebba se proveía en los puertos de los Estados Unidos.

Fácilmente se comprenderá ahora lo que había pasado en la noche del 19 al 20. Si el barco de tres mástiles que no podía moverse por falta de viento no estaba allí al amanecer, es porque había sido abordado por el tug, atacado después por la goleta, entregado al pillaje y sumergido con su tripulación, y una parte de su cargamento se encontraba a bordo de la Ebba, cuando él había desaparecido en los abismos del Atlántico.

¡En qué manos he caído! ¿Cómo terminará esta deplorable aventura?

¿Podré escaparme de esta prisión de Back-Cup, denunciar al falso Conde de Artigas, librar los mares de los piratas de Ker Karraje?

Y por terrible que ya sea este último, ¿no lo será más aún si llega a ser el poseedor del Fulgurador Roch? ¡Sí!… ¡Cien veces más! Y si utiliza estos nuevos aparatos de destrucción, ningún barco de comercio podrá resistirle, ningún navío de guerra podrá escapar a una destrucción total.

La revelación del nombre de Ker Karraje me deja por largo tiempo obsesionado, por estas reflexiones. Todo cuanto conocía de este célebre

pirata vuelve a mi memoria: su existencia cuando pirateaba en los parajes del Pacífico, las expediciones organizadas contra su navío, lo inútil de estas campañas. A él había que atribuir las inexplicables desapariciones de algunos barcos en el continente americano desde hacía algunos años. No había hecho más que cambiar el teatro de sus atentados.

Continuaba sus piraterías por los tan frecuentados mares del Atlántico, con la ayuda del tug, que se creía hundido en las aguas de la bahía de Charleston.

Y ahora- pienso- ya conozco su verdadero nombre y su verdadero escondite. Ker Karraje y Back-Cup. Si el ingeniero Serko ha pronunciado este nombre delante de mí, es porque estaba autorizado para ello. ¿No es para hacerme comprender que debo renunciar a toda esperanza de recobrar mi libertad?

El ingeniero Serko había sin duda conocido el efecto que la revelación me produjo. Recuerdo que al apartarse de mí se dirigió hacia la habitación de Ker Karraje, con la idea, sin duda, de ponerle al tanto de lo que sucedía.

Después de un largo paseo por la ribera del lago, disponíame a volver a mi celda cuando oí ruido de pasos tras mí.

Me vuelvo.

El Conde de Artigas, acompañado del capitán Spada, está allí: me arroja una mirada inquisitorial. No soy dueño de contener mi furia, y dejo escapar estas palabras:

–Caballero, me retiene usted aquí contra toda ley. Si he sido sacado de Healthful-House para que cuide a Tomás Roch, rehúso hacerlo y reclamo mi libertad.

El jefe de los piratas no hace un gesto ni pronuncia una palabra.

La cólera me arrastra más de lo conveniente, y añado: