Ante la bandera

Julio Verne · Capítulo 14 de 19

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Ante la bandera

Capítulo XIV

última lámpara eléctrica encendida en este lado veo el orificio descubrir su arco superior y la corriente que toma esta dirección.

Después de descender por las rocas hasta el nivel del lago, arrojo el tonelillo que encierra el precioso documento, y con él toda mi esperanza.

–¡Ve con Dios!– he repetido.– ¡Ve con Dios!, como dicen nuestros marinos franceses.

El barrilito, inmóvil al principio, vuelve hacia la ribera impulsado por un remolino de agua. Me es preciso rechazarle con fuerza a fin de que la marea le arrastre. Hecho esto, en menos de veinte segundos desaparece por el túnel.

–Sí… ¡Ve con Dios! ¡Que el cielo te lleve! ¡Que Él proteja a todos los amenazados por Ker Karraje, y que esta banda de piratas no logre escapar al castigo de la justicia humana!

XIV

EL “SWORD” Y “EL TUG”

Durante esta noche, sin sueño, he seguido al barril con el pensamiento.

¡Cuántas veces me ha parecido verle chocar contra las rocas, detenerse en alguna excavación! Un sudor frío me invadía de pies a cabeza… Al fin, el túnel estaba franqueado; el tonelillo pasaba; la corriente le conducía a plena mar.

¡Dios mío! ¡Si el oleaje le volvía a la entrada, y después al interior de Back-

Cup…! ¡Si al llegar el día yo le vería otra vez…!

Me levanto al amanecer, y me encamino a la ribera… Observo…

Ningún objeto flota en las tranquilas aguas del lago.

En los días siguientes se ha continuado el trabajo del perforamiento del corredor en las condiciones sabidas. El ingeniero Serko hace saltar la última roca a las cuatro de la tarde del 23 de Septiembre.

La comunicación está hecha; consiste en un estrecho pasadizo, para pasar por el cual es preciso encorvarse; pero esto basta. En la parte exterior, el orificio se pierde en medio de los escombros del litoral, y será fácil obstruirle si fuera necesario hacerlo.

Claro es que desde este día el pasadizo va a ser severamente guardado.

Nadie, sin estar autorizado para ello, podrá pasar por allí, ni para penetrar en la caverna ni para salir de ella… Es, pues, imposible escapar por este sitio.

25 de Septiembre.– Hoy por la mañana, el barco submarino ha subido de la profundidad del lago a la superficie. El Conde de Artigas, el capitán Spada y la tripulación de la goleta acostan en el muelle. Procédese al desembarco de las mercancías conducidas a bordo de la Ebba. Veo cierto número de sacos que contienen provisiones, cajas de conservas, toneles de vino y de aguardiente, y además varios fardos destinados a Tomás Roch.

Al mismo tiempo los hombres colocan en tierra diversas piezas de maquinaria que afectan la forma de discos.

Tomás Roch presencia el desembarco de estos objetos. Su mirada brilla con extraordinario fuego. Después de haber cogido una de estas piezas, la examina y mueve la cabeza con señales de satisfacción.

Noto que su alegría no estalla en palabras incoherentes, que ya no es el

antiguo pensionista de Healthful-House. Me pregunto si lo que se creía locura incurable no habrá desaparecido radicalmente.

Al fin, Tomás Roch se embarca en la canoa destinada al servicio del lago, y el ingeniero Serko le acompaña a su laboratorio. En una hora todo el cargamento del barco submarino ha sido transportado a la otra orilla.

Ker Karraje no ha cambiado más que algunas palabras con el ingeniero Serko. Por la tarde se han reunido y han conversado extensamente, paseando por delante de Bee-Hive. Terminada la conferencia, se han dirigido al pasadizo y penetrado en él, seguidos por el capitán Spada. ¡Que no pueda yo entrar tras ellos! ¡Que no pueda salir a respirar, aunque sólo fuera por un instante, el aire vivificador del Atlántico, del que Back-Cup no recibe, por así decirlo, más que débiles bocanadas!

Del 26 de Septiembre al 10 de Octubre.– Han transcurrido quince días. Bajo la dirección del ingeniero Serko y de Tomás Roch se ha trabajado en el ajuste de las piezas. Después se han ocupado en el montaje de los soportes de lanzamiento. Son sencillos caballetes, provistos de canalones, cuya inclinación es variable y que será fácil instalar a bordo de la Ebba y hasta sobre la Plataforma del barco submarino cuando esté a flor de agua.

¡De forma que Ker Karraje va a ser dueño del Océano nada más que con su goleta! ¡Ningún navío de guerra podrá atravesar la zona peligrosa que dejará la Ebba! ¡Ah! ¡Si al menos mi documento hubiera sido recogido! ¡Si se conociese este escondite de Back-Cup, sería fácil, si no destruirle, evitar al menos su avituallamiento!

20 de Octubre.– Con extrema sorpresa, esta mañana no he visto al barco submarino en su sitio de costumbre. Recuerdo que el día anterior se han renovado los elementos de sus pilas, pero creí que era para tenerlas en este estado. Si ahora que el nuevo pasadizo está abierto ha partido, sin duda se trata de alguna expedición de piratería por estos parajes. En efecto, nada falta ya en Back-Cup de las piezas y sustancias que necesita Tomás Roch.

Entretanto, estamos en la estación del equinoccio. El mar de las Bermudas

es turbado por frecuentes tormentas. Los huracanes se desencadenan con extraordinaria violencia, lo que se conoce en los violentos golpes de viento que bajan por el cráter de Back-Cup, y en los torbellinos de vapor, mezclados con lluvia que llenan la vasta caverna, y también en la agitación de las aguas del lago, que cubren de espuma las rocas de las riberas.

Pero ¿es cierto que la goleta haya abandonado la ensenada de Back-Cup?

¿No es un barco muy débil- aun con la ayuda de su remolcador- para afrontar mares tan irritados?

Por otra parte, ¿cómo admitir que el barco submarino,– por mas que no debe temer el oleaje, puesto que encuentra la calma de las aguas a algunos metros más abajo de la superficie,– haya emprendido un viaje sin acompañar a la goleta?

No sé a qué causa atribuir esta partida del aparato submarino; partida que va a prolongarse, pues no ha vuelto en el día.

Esta vez el ingeniero Serko ha quedado en Back-Cup. Ker Karraje, el capitán Spada y los tripulantes del barco submarino y de la Ebba han abandonado el islote.

La existencia continúa en su habitual monotonía. Yo paso horas enteras en el fondo de mi celda, meditando, esperando, desesperando, uniéndome por un lazo, que adelgaza de día en día, a aquel barrilillo abandonado al capricho de las corrientes…, y redactando estas notas, que para nada me servirán probablemente.

Tomás Roch permanece todo el día ocupado en su laboratorio; supongo que en la fabricación de su deflagrador. Sigo aferrado a la idea de que no querrá vender a ningún precio el secreto de la composición de este líquido. Pero también sé que no dudará en poner su invento al servicio de Ker Karraje.

Me encuentro frecuentemente con el ingeniero Serko cuando mis paseos me llevan por los alrededores de Bee-Hive. Este hombre se muestra siempre dispuesto a conversar conmigo… con el tono de una impertinente ligereza,

es verdad.

Hablamos de varias cosas; muy rara vez de mi situación, a propósito de la cual son inútiles las recriminaciones, pues me producirían nuevas burlas por su parte.

22 de Octubre.– Hoy he creído deber preguntar al ingeniero Serko si la goleta se había dado al mar con el barco submarino.

–Sí, señor Hart- me ha respondido-, y aunque el tiempo sea detestable, nada hay que temer por nuestra querida Ebba.

–¿Se prolongará mucho su ausencia?

–La esperamos dentro de dos días. Es el último viaje el que Conde de Artigas se ha decidido a emprender antes que las tormentas del invierno hagan estos parajes impracticables en absoluto.

–¿Viaje de placer… o de negocios?

El ingeniero Serko me responde sonriendo:

–¡Viaje de negocios, señor Hart, viaje de negocios! En el momento actual, nuestros aparatos están terminados, y en cuanto vuelva el buen tiempo no tendremos más que tomar la ofensiva…

–Contra los desdichados navíos…

–¡Tan desdichados como ricamente cargados!

–¡Actos de piratería, cuya impunidad espero que no os esté siempre asegurada!– exclamo.

–¡Cálmese usted, mi querido colega, cálmese usted!… Sabe usted que nadie descubrirá nunca el escondite de Back-Cup. ¡Nadie podrá revelar el secreto!

Además, con esos aparatos de tan fácil manejo y de potencia tan terrible,

nos será fácil destruir todo navío que pase en cierta extensión del islote.

–A condición de que Tomás Roch os haya vendido la composición de su deflagrador como os ha vendido la de su Fulgurador.

–Esto es positivo, señor Hart. No tenga usted inquietud por esto.

De esta categórica respuesta deduciría que la desgracia estaba consumada, si la duda que se notaba en su voz no indicara que no había que dar gran fe a la afirmación del ingeniero Serko.

25 de Octubre.– ¡Me, ha ocurrido una aventura que me ha podido costar la vida! Es milagroso que hoy pueda volver a escribir estas notas, interrumpidas durante cuarenta y ocho horas. ¡Con un poco de suerte, yo estaría libre en alguno de los puertos de las Bermudas, San Jorge o Hamilton! El misterio de Back-Cup sería conocido. La goleta señalada a todas las naciones no podría mostrarse en ningún puerto, y el avituallamiento de Back-Cup se haría imposible ¡Los bandidos de Ker Karraje serían condenados a morir de hambre!

He aquí lo que ha sucedido:

La noche del 23 de Octubre, a las ocho, había yo abandonado mi celda en un estado indefinible de agitación, como si presintiera un suceso grave y próximo. En vano había pedido un poco de calma al sueño. Desesperado de dormir, salí…

Fuera de Back-Cup debía hacer muy mal tiempo. El huracán `penetraba por el cráter y agitaba las aguas del lago.

Dirigíme por el ribazo de Bee-Hive… Nadie había allí a aquella hora. La temperatura era bastante baja; la atmósfera húmeda. Todos los hombres estaban en el interior de sus celdas. Uno solo guardaba el orificio del nuevo paso, por más que, por exceso de precaución, estuviese obstruido en la parte del litoral. Desde el sitio que ocupaba no podía este hombre distinguir las riberas. Sólo brillaban dos lámparas eléctricas en las orillas derecha e

izquierda del lago, de forma que la obscuridad era siempre profunda en los pilares.

Caminaba yo entre la sombra, cuando veo que un hombre pasa junto a mí.

Reconozco a Tomás Roch. Este no se fija en mí. Caminaba lentamente, absorto en sus reflexiones, como de costumbre, la imaginación siempre en tensión, el espíritu trabajando de continuo.

Se me ofrece una ocasión favorable para hablarle y hacerle conocer lo que seguramente ignora, pues él debe ignorar en qué manos ha caído.

No puede sospechar que el Conde de Artigas es el pirata Ker Karraje.

No sospecha a qué bandido ha entregado una parte de su invento.

Es preciso que sepa que jamás disfrutará los millones que le han pagado…

Invocaré sus sentimientos de humanidad, le hablaré de las desgracias de que será responsable si no guarda sus últimos secretos.

En estas cavilaciones estaba, cuando me siento vivamente cogido por la espalda. Dos hombres me sujetaban los brazos… Otro se puso ante mí.

Quiero gritar.

–¡Ni un grito!-me dice este hombre, que se expresaba en inglés.– ¿No es usted Simón Hart?

–¿Cómo sabe usted…

–Le he visto salir de su celda.

–¿Quién es usted?

–El teniente Davón, de la marina británica, oficial a bordo del Standard, en escala en las Bermudas.

La emoción me ha impedido contestar.

–Venimos a arrancarle a usted de manos de Ker Karraje, y a llevar con usted al inventor francés Tomás Roch- añade el teniente Davón.

–¿Tomás Roch?– he balbuceado.

–Sí… El documento firmado por usted ha sido recogido en San Jorge.

–En un barrilillo…; un barrilillo que he lanzado a este lago.

–Y que contiene los datos por los que hemos sabido que el islote de Back-Cup servía de refugio a Ker Karraje y a su banda… Ker Karraje, el falso Conde de Artigas, el autor del doble rapto de Healthful-House.

–¡Ah!…Teniente Davón…

Ahora, no hay instante que perder… Es preciso aprovechar la obscuridad.

–Una sola palabra… ¿Cómo han podido ustedes penetrar en el interior de Back-Cup?

–Por medio de un barco submarino, el Sword, que desde hace seis meses estaba de experiencias en San Jorge.

–¿Un barco submarino?

–Sí…, que nos espera al pie de estas rocas.

–¡Allí!… ¡Allí!… -he repetido.

–Señor Hart, ¿dónde se encuentra el barco submarino de Ker Karraje?

–Hace tres semanas que ha partido.

–¿No está Ker Karraje en Back-Cup?

–En este momento no; pero se le espera quizás dentro de algunas horas.

–¿Qué importa?– responde el teniente Davón.– No se trata de Ker Karraje, sino de Tomás Roch. Tenemos la misión de llevárnoslo con usted. El Sword no abandonará este lago sin que estén ustedes ambos a bordo. Si no vuelve a San Jorge, esto significará que ha tenido mal éxito en su empresa… y se empezará de nuevo.

–¿Dónde está el Sword?

–En este lado, entre las sombras de esas rocas, donde no se puede notar su presencia. Gracias a las indicaciones de usted, mi tripulación y yo hemos reconocido la entrada del túnel submarino. El Sword le ha franqueado con toda felicidad. Hace diez minutos que ha subido a la superficie del lago.

Dos de mis hombres me han acompañado a este ribazo. Le he visto a usted salir de la celda indicada en su plano. ¿Sabe usted dónde está ahora Tomás Roch?

–A algunos pasos de aquí. Acaba de pasar en dirección a su laboratorio.

–Entonces, ¡bendito sea Dios, señor Hart!

–Sí, ¡bendito sea, teniente Davón!

Éste, los dos hombres y yo, tomamos el sendero que rodea el lago.

Apenas nos hemos alejado unos diez metros, veo a Tomás Roch. En un instante se arrojan sobre él, le amordazan antes que pueda arrojar un grito, le atan antes que pueda hacer movimiento alguno, y se le transporta al pie de la roca donde está amarrado el Sword.

Era éste una embarcación submarina de unas doce toneladas y, por consecuencia, de dimensiones y poder muy inferiores al barco submarino de Ker Karraje. Dos dínamos movidos por acumuladores, cargados doce horas antes en el puerto de San Jorge, imprimían el movimiento a su hélice.

De todas formas, el Sword debía bastar para hacernos salir de nuestra prisión y devolvernos la libertad… ¡La libertad, que yo creía perdida para siempre! Al fin, Tomás Roch iba a ser arrancado de manos del pirata Ker Karraje y del ingeniero Serko. Estos malvados no podrán utilizar su invento.

Y nada impedirá a los navíos acercarse al islote, efectuar un desembarco, forzar la entrada del pasadizo… y apoderarse de los piratas.

Mientras los dos hombres transportan a Tomás Roch al sitio en que espera el Sword, a nadie hemos encontrado. Bajamos al interior; ciérrase la escotilla…; los compartimientos están llenos… El Sword se sumerge…

¡Estamos salvados!

El Sword, dividido en tres secciones por medio de tabiques que no dejan paso al agua, está dispuesto del siguiente modo: la primera sección, que contiene los acumuladores y la maquinaria, se extiende desde el bao principal hasta la popa. La segunda, la del piloto, ocupa la parte media de la embarcación, y sobre ella hay un periscopio con cristales lenticulares, de donde parten los rayos de un globo eléctrico que permite orientarse bajo las aguas. La tercera ocupa la proa, y es en la que Tomás Roch y yo estamos encerrados.

Hay que advertir que mi compañero, libre de la mordaza, continúa atado, y dudo que tenga conciencia de lo que le pasa.

Nos apresuramos a partir, con la esperanza de llegar a San Jorge la misma noche si no había obstáculo.

Después de traspasar la puerta, que cerré de nuevo, me reuní al teniente Davón, que estaba junto al timonel.

En el compartimiento de popa, otros tres hombres, entre ellos el maquinista, esperaban las órdenes del teniente para poner el propulsor en movimiento.

–Teniente Davón- dije yo entonces-, he pensado que no hay ningún

inconveniente en dejar solo a Tomás Roch… Si puedo servirles a ustedes de algo para llegar al orificio del túnel…

–Sí… Quédese usted aquí, señor Hart.

Eran las ocho y treinta y siete, exactamente. Los rayos eléctricos lanzados al través del periscopio alumbraban vagamente las aguas en las que se mantenía el Sword. A partir del ribazo junto al que estaba, sería preciso atravesar el lago en toda su extensión. Encontrar el orificio del túnel sería, ciertamente, una dificultad no invencible. Era imposible que se nos descubriera. Franqueado el túnel con pequeña velocidad, evitando chocar, el Sword subiría a la superficie, tomando rumbo hacia San Jorge.

–¿A qué profundidad estamos?– pregunté al teniente.

–A cuatro metros cincuenta.

–No es preciso sumergirse más- dije.– Según lo que he observado durante la gran marea del equinoccio, debemos estar en la línea del túnel.

–¡ All right!– responde Davón.

Sí: ¡ All right! Me parece que la Providencia pronuncia estas palabras por boca del oficial. ¡Realmente, no ha podido escoger agente más propio para cumplir su voluntad!

Miro al teniente a la luz del globo… Es un hombre de treinta años, frío, flemático, de fisonomía enérgica. El oficial inglés con toda su impasibilidad natural. No aparece más emocionado que si estuviera a bordo del Standard operando con extraordinaria sangre fría y con la precisión de una máquina, por así decirlo.

–Al atravesar el túnel- me dice-, he calculado su extensión en unos cuarenta metros.

–Sí…; de un extremo a otro…, unos cuarenta metros…

Esta cifra debe ser exacta, puesto que el pasadizo abierto al nivel del litoral no mide más que unos treinta metros.

Se da orden al maquinista de impulsar la hélice. El Sword avanza con lentitud extraordinaria por temor a un choque contra el ribazo.

A veces se aproximaba lo bastante para que una masa negruzca se dibujase al fondo de la luz proyectada por el globo eléctrico. Un golpe de timón rectificaba entonces la dirección ¡Si el conducir un barco submarino en plena mar es operación difícil…, cuánto más lo es en las aguas de este lago!

Después de cinco minutos le marcha, el Sword no había enfocado el orificio del túnel.

En este instante digo:

–Teniente Davón, tal vez lo más prudente sería volver a la superficie, a fin de reconocer mejor la pared en que se encuentra el orificio.

–Esa es mi opinión, señor Hart, si puede usted indicar exactamente el sitio.

–Sí puedo.

–Bien.

Por prudencia se corta la corriente del globo eléctrico, y el agua queda obscura. A la orden que recibe el maquinista pone en función las bombas, y el Sword, sube poco a poco a la superficie del agua.

Yo permanezco en mi sitio para indicar la posición al través de los vidrios del periscopio.

Al fin el Sword detiene su movimiento ascensional y queda emergente un pie.

Por esta parte, a la luz de la lámpara del ribazo, reconozco la pared de Bee-Hive.

–¿Qué opina usted?– me pregunta Davón.

–Estamos muy al Norte. El orificio se encuentra en la parte Oeste de la caverna.

–¿No hay nadie en el ribazo?

–Nadie.

–Mas vale así, Señor Hart. Vamos a permanecer a flor de agua.

Cuando el Sword esté ante la pared se deslizará…

Era el mejor partido, y el piloto pone al Sword en la misma línea del túnel, después de alejarse del ribazo, al que se había aproximado mucho.

El timón fue enderezado ligeramente, y, arrastrado por su hélice, el aparato se puso en buena dirección.

Cuando no estamos más que a unos diez metros, mando parar.

Interrumpida la corriente, el Sword se detiene, llena sus compartimientos de agua y se sumerge con lentitud.

Se enciende el globo eléctrico, designando en la parte sombría de la pared una especie de círculo negro que no refleja los rayos eléctricos.

–¡Allí!… ¡Allí!… ¡El túnel! – exclamo.

No era ésta la puerta por la que iba a escapar? ¿No era la libertad lo que me esperaba al otro lado?

El Sword se dirige dulcemente hacia el orificio.

¡Ah! ¡Terrible trance! ¿Cómo he podido resistir este golpe? ¿Cómo mi corazón no se ha hecho pedazos?

Una luz vaga aparecía entre las profundidades del túnel, a una distancia menor de veinte metros… Esta luz, que avanzaba hacia nosotros, no podía ser sino la proyectada por el barco submarino de Ker Karraje.

–¡El tug!– exclamo.– ¡ El tug, que vuelve a Back-Cup!

–¡Máquina atrás!-ordenó el teniente Davón.

Y el Sword retrocede en el instante en que iba a penetrar en el túnel.

Tal vez nos quedaba alguna probabilidad de escapar, pues rápidamente Davón ha extinguido la luz y es posible que ni el capitán Spada ni ninguno de sus compañeros hubiesen notado la presencia del Sword.

Tal vez apartándose dará paso al tug… Tal vez su obscura masa se confundirá con las bajas capas del lago. ¿Pasará el tug sin verle?

La hélice del Sword se mueve en sentido contrario, con lo que hemos retrocedido hacia la parte Sur del ribazo. Algunos instantes más, y el Sword no tendrá más que detenerse…

¡No! El Sword había sido visto. El capitán Spada había reconocido la presencia de un barco submarino dispuesto a penetrar en el túnel.

Preparábase a perseguirle en las aguas del lago…; y ¿qué podría esta débil embarcación contra el poderoso aparato de Ker Karraje?

Entonces me dice el teniente Davón:

–Vuelva usted al compartimiento donde se encuentra Tomás Roch.

Cierre usted la puerta. Yo voy a cerrar la del compartimiento de popa.

Gracias a sus tabiques, es posible que el Sword se sostenga entre dos aguas.

Después de estrechar la mano del teniente, que conserva toda su sangre fría ante el peligro, vuelvo a proa, donde se encuentra Tomás Roch.

Cierro la puerta, y espero en una obscuridad completa.

Entonces tengo el sentimiento, la impresión más bien, de las maniobras del Sword para escapar a la persecución del tug…, de sus giros, sus inmersiones… Tan pronto evolucionaba bruscamente para evitar un choque, como subía a la superficie o se sumergía hasta lo más profundo del lago.

¿Se comprende lo que sería esta lucha entre dos aparatos submarinos, evolucionando bajo estas aguas agitadas, como dos monstruos marinos de desigual poder?

Transcurrieron algunos minutos. Yo me preguntaba si no se había suspendido la persecución… Si el Sword había podido al fin lanzarse al través del túnel.

Se produjo un choque… Parecióme no haber sido muy violento…

Pero no puedo hacerme ilusiones… Era que el Sword acababa de ser abordado por estribor.

Tal vez haya resistido su casco de acero… Y aun en caso contrario, tal vez el agua no haya invadido más que alguno de los compartimientos.

Casi en seguida, un segundo choque hace rebotar al Sword, con extraordinaria violencia esta vez, como si fuera levantado por el tug, contra el que se aferra, por así decirlo. Después siento que se endereza y se va a pique, bajo la sobrecarga de agua que llena su compartimiento de popa.

Bruscamente, sin poder sujetarnos, Tomás Roch y yo caemos uno sobre otro… Después de un último choque que produce el ruido de la cubierta desgarrada, el Sword va a fondo y permanece inmóvil.

¿Qué ha pasado luego? Nada puedo decir de ello por haber perdido el conocimiento. Acabo de saber que han transcurrido largas horas…

Todo lo que recuerdo es que mi último pensamiento ha sido éste:

“Si muero, al menos que Tomás Roch y su secreto mueran conmigo… ¡y los piratas de Back-Cup no escaparán al castigo de sus crímenes”

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