Ante la bandera

Julio Verne · Capítulo 5 de 19

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Ante la bandera

Capítulo V

Este objeto era una pequeña boya, parecida a la que flotaba sobre las aguas del Neuze cuando la Ebba se encontraba a algunas encabladuras de Healthful-House.

Quitada esta boya con la amarra que estaba unida a ella, la canoa la transportó a la proa de la goleta.

A la orden del contramaestre, un remolcador enviado de a bordo fue unido a la primera amarra. Después, el capitán Spada y el marinero subieron al puente de la goleta, a la que se izó la canoa.

Casi en seguida, la Ebba, sin ayuda de las velas, tomó la dirección Este con una velocidad que no sería inferior a diez millas.

La noche había cerrado, y los faros del litoral americano desaparecieron bien pronto en las brumas del horizonte.

V

¿DÓNDE ESTOY?

(Notas del ingeniero Simón Hart.)

–¿Dónde estoy? ¿Qué ha sucedido desde la agresión repentina de que he sido víctima a algunos pasos del pabellón 17?

Yo acababa de separarme del doctor; iba a subir la escalera para volver al cuarto, cerrar la puerta e ir junto a Tomás Roch, cuando varios hombres se han lanzado sobre mí y me han arrojado al suelo.

¿Quiénes son? No he podido reconocerlos porque me vendaron los ojos. No pude pedir socorro porque me amordazaron. No pude resistir porque me ataron los brazos y las piernas. Después, en este estado, he sentido que me levantaban, que se me transportaba a una distancia de cien pasos, que se me izaba, se me bajaba, se me depositaba…

¿Dónde? ¿Dónde?

Y de Tomás Roch, ¿qué ha sido? ¿Era de él de quien se deseaba apoderarse más que de mí? Hipótesis muy probable. Para todos, yo era sólo el guardián Gaydón, no el ingeniero Simón Hart, cuya verdadera calidad y cuya nacionalidad jamás ha sospechado nadie. ¿Para qué apoderarse de un simple vigilante del hospital?

Se ha querido, pues, efectuar el rapto del inventor francés, es indudable.

¿Se le ha arrancado de Healthful-House con la esperanza de robarle su secreto?

Pero razono dando como cierta la hipótesis de que Tomás Roch ha desaparecido conmigo. ¿Será verdad? Sí…, debe serlo…No puedo dudarlo…No estoy entre malhechores que no hayan tenido más proyecto que el de robar, pues hubieran procedido de otra suerte. Después de haberme puesto en la imposibilidad de llamar, y arrojado en un rincón del jardín, y robado a Tomás Roch, no me hubieran encerrado donde ahora estoy…

¿Dónde? Es la pregunta que me hago desde algunas horas y a la que no puedo contestar. Sea de ello lo que sea, heme lanzado a una aventura que terminará… ¿Cómo? Lo ignoro… No me atrevo a prever su desenlace.

En todo caso, tengo la intención de fijar minuto por minuto en mi memoria todas sus circunstancias, y después, si esto es posible, consignar por escrito mis impresiones cotidianas. ¿Quién sabe lo que el porvenir me reserva, y si no acabaré, en las nuevas circunstancias en que debo estar, por descubrir el

secreto del Fulgurador Roch? Si algún día estoy libre, es preciso que este secreto sea conocido y que se sepa también quién es el autor o los autores de este criminal atentado, cuyas consecuencias pueden ser de una gravedad terrible.

Vuelvo sin cesar a esta pregunta, en espera de que un incidente cualquiera me dé la respuesta: ¿Dónde estoy?

Tomemos las cosas desde el principio.

Después de haber sido transportado en brazos fuera de Healthful- House, he sentido que se me depositaba sin brusquedad en el banco de una embarcación que debía de ser de pequeñas dimensiones…

Pienso que una canoa…

Al primer balanceamiento ha seguido otro casi en seguida, por efecto sin duda del embarque de otra persona. ¿Puedo dudar de que se trataba de Tomás Roch? Con él no se habrá tomado la precaución de amordazarle, de vendarle los ojos ni de atarle los brazos y las piernas.

Debía de encontrarse aún en un estado de postración que le impediría toda resistencia, toda conciencia del acto de que era objeto. La prueba es que he percibido el olor característico del éter, y antes de abandonar el pabellón 17, el doctor había administrado al enfermo algunas gotas de este líquido; y, lo recuerdo bien, un poco de esta sustancia, tan pronta a volatilizarse, cayó sobre su traje cuando él se debatía en el paroxismo de su crisis. Nada de extraño hay en que este olor persistiera, y yo le he percibido. Sí…Tomás Roch estaba allí…a mi lado…Y si yo hubiera tardado algunos minutos más en volver al pabellón, no le hubiera encontrado…

Se me ocurre una idea…¿Por qué ese Conde de Artigas ha tenido el malaventurado deseo de visitar Healthful-House? Si mi pensionista no le hubiera visto, nada hubiera ocurrido. El que le haya hablado de su invento ha determinado en Tomás Roch una crisis de extraordinaria violencia. El

primer reproche debe dirigírsele al Director, que no ha hecho caso de mis advertencias. Debía haberme escuchado, y no hubiera habido necesidad de avisar al médico, y la puerta del pabellón hubiera permanecido cerrada, y el golpe no se habría efectuado.

Inútil es insistir sobre que el rapto se haya efectuado en provecho de uno de los Estados del antiguo continente o en provecho de un particular.

Debo tener la seguridad de que nadie podrá conseguir lo que no he conseguido yo en quince meses. En el grado de turbación intelectual a que ha llegado el inventor francés, toda tentativa para arrancarle su secreto será inútil. Realmente, su estado no puede más que empeorar, y hacerse absoluta su locura hasta en aquello en que su razón ha permanecido intacta.

En fin, ahora no se trata de Tomás Roch, sino de mí, y he aquí lo que recuerdo:

Después de algunos balanceamientos bastante vivos, la canoa se ha puesto en movimiento impulsada por los remos. El trayecto ha durado muy poco.

Se produjo un ligero choque. Seguramente, después de haber chocado contra un navío, se ha colocado en disposición de que la gente de ella pudiera embarcar en él. He oído ruido de órdenes dadas, de maniobras efectuadas. Al través de la venda que cubría mis oídos, he percibido confuso murmullo de voces, que ha durado cinco o seis minutos.

La única idea que ha venido a mi imaginación es la de que iba a ser transbordado de la canoa al barco, y que se me iba a encerrar en el fondo de la cala hasta el momento en que el último estuviera en alta mar. Mientras éste navegara por las aguas del Pamplico-Sound, era evidente que no se dejaría aparecer sobre el puente ni a Tomás Roch ni a su guardián.

En efecto: siempre amordazado, me han cogido por los hombros y por las piernas. Mi impresión ha sido, no de que me subían, sino al contrario. ¿Era para precipitarme en el agua con el objeto de desembarazarse de un testigo fastidioso? Al pensar esto me he estremecido de la cabeza a los pies.

Instintivamente he hecho una larga aspiración, y mi pecho se ha llenado de ese aire que tal vez no tardaría en faltarme.

¡No!… Se me ha bajado con ciertas precauciones a un piso sólido, que me ha producido la impresión de una frialdad metálica. Estaba extendido a lo largo, y con extrema sorpresa he notado que los lazos que me oprimían habían sido aflojados. El ruido de pasos no ha cesado en torno mío, y un instante después he percibido el de una puerta que se cerraba.

Heme aquí, pues… ¿Dónde? Y en primer lugar, ¿estoy solo?

Arranco la mordaza de mi boca y la venda de mis ojos.

Todo está negro, profundamente negro. Ni el más débil rayo de claridad, ni aun esa vaga percepción de la luz que la pupila conserva en los cuartos herméticamente cerrados.

Llamo, llamo varias veces… No obtengo respuesta. Mi voz se ahoga como si atravesase un sitio impropio para transmitir los sonidos.

Aparte de esto, la atmósfera que respiro es cálida, pesada, y mis pulmones no van a poder seguir funcionando si no se renueva el aire.

Extiendo los brazos, y he aquí lo que por el tacto puedo reconocer: Ocupo un departamento de paredes de palastro que no mide más de unos tres o cuatro metros cúbicos. Cuando paso mi mano por dichas paredes, noto que están llenas de pernos, como los tabiques que no hacen agua de un navío.

Respecto a aberturas, me parece que sobre una de las paredes se dibuja el marco de una puerta cuyas bisagras sólo salen algunos centímetros.

Esta puerta debe de abrirse de fuera adentro, y por ella, sin duda, se me ha introducido en el interior de este estrecho compartimiento.

Apoyo la oreja contra la puerta y no percibo ruido alguno. El silencio es tan absoluto como la obscuridad, silencio turbado únicamente cuando me muevo, por la sonoridad del piso metálico. Ninguno de esos rumores sordos que reinan a bordo de los navíos, ni el vago frotamiento de la corriente en el casco, ni el murmullo del mar. Nada tampoco del balanceo de un barco, que hubiera debido producirse, pues en el Neuze la marea determina siempre un movimiento ondulatorio muy sensible.

Pero, en realidad, este departamento en el que estoy aprisionado, ¿pertenece a un navío? ¿Puedo afirmar que flote en la superficie de las aguas del Neuze, aunque haya sido transportado por una embarcación cuyo trayecto no ha durado más que un momento? ¿Por qué esta canoa, en vez de reunirse a un barco que la esperase al pie de Healthful- House, no ha podido ir a otro punto cualquiera de la ribera? En este caso, ¿no sería posible que yo estuviera en tierra, encerrado en el fondo de una cueva? Esto explicaría la inmovilidad completa de este compartimiento. Verdad que hay estos tabiques metálicos, este palastro claveteado, y también este vago olor salino, sui generis, del que está impregnado generalmente el interior de los navíos, y sobre la naturaleza del cual yo no puedo engañarme…

Un espacio de tiempo que estimo en cuatro horas ha transcurrido desde mi encarcelación. Debe de ser cerca de la media noche. ¿Voy a permanecer aquí hasta la mañana? Es una fortuna que haya comido a las seis, siguiendo los reglamentos de Healthful-House. No siento hambre, y más bien experimento un fuerte deseo de dormir. Sin embargo, espero que tendré la energía para resistir el sueño. No me dejaré vencer por él. Es preciso que procure enterarme de algo de lo que pasa fuera… ¿De qué? Ni el sonido ni la luz penetran en esta caja de metal. ¡Esperemos! ¿Llegará a mí algún ruido, por débil que sea? En el sentido del oído se reconcentra todo mi poder vital. Y, además, espío siempre- en caso de que no esté en tierra firme- un movimiento, una oscilación que al cabo han de sentirse…

Admitiendo que el barco esté aun sujeto sus anclas, no puede tardar en aparejar, o… entonces no comprenderé, por qué se nos ha raptado a Tomás Roch y a mí.

Al fin… Esto no es una ilusión. Siento un ligero balanceo que me da la

certeza de que no estoy en tierra…, por más que sea poco sensible…

sin un choque… sin golpe alguno…

Reflexionemos con sangre fría. Yo estoy a bordo de uno de esos navíos anclados en la embocadura del Neuze y que espera el resultado del rapto.

La canoa me ha traído a él; pero, lo repito, no he experimentado la sensación de que se me izaba. ¿He sido introducido al través de una tronera abierta en el casco? ¡Después de todo, poco importa!

Que se me haya o no bajado al fondo de la cala, estoy en un aparato flotante y moviente.

Sin duda pronto se me devolverá la libertad, lo mismo que a Tomás Roch, en el supuesto de que se le haya encerrado tan cuidadosamente como a mí.

Por libertad entiendo ir y venir a mis anchas por el puente de este barco.

Pero esto no sucederá antes de algunas horas, para que no seamos vistos.

No respiraremos, pues, el aire libre hasta que el barco esté en alta mar. Si, es un barco de vela, tendrá que esperar a que la brisa sople, esa brisa que viene de tierra, al amanecer, y favorece la navegación por el Pamplico-Sound. Verdad que si se trata de un barco de vapor …

¡No! A bordo de un steamer se propagan inevitablemente las emanaciones del aceite, de las grasas, los olores escapados de los hornos, que hubieran llegado hasta mí. Y además, habría sentido los movimientos de la hélice, las trepidaciones de las máquinas, los golpes de los pistones.

En resumen: lo mejor es armarse de paciencia. Mañana seré sacado de este agujero. Además, aunque no se me dé la libertad, se me traerá algún alimento, pues no hay razón para que se pretenda dejar que muera de hambre. Hubiera sido más sencillo enviarme al fondo del río en vez de embarcarme. Una vez en alta mar, ¿qué pueden temer de mí? Mi voz no sería oída; mis reclamaciones serían inútiles; mis recriminaciones más inútiles todavía. Además, ¿qué soy yo para los autores de este atentado? Un simple vigilante de hospital, un Gaydón sin importancia. Es a Tomás Roch a quien ellos han querido tener en su poder. Yo he sido cogido por casualidad,

porque volvía al pabellón en aquel instante…

En todo caso, llegue lo que llegue, sean las que sean las gentes que han dirigido este asunto, a cualquier lugar que me lleven, yo sigo en mi resolución de continuar representando mi papel de vigilante. ¡Nadie!

¡No! ¡Nadie sospechará que bajo Gaydón se oculta el ingeniero Simón Hart!

Esto tiene dos ventajas: primera, que no se desconfiará de mí, y además, que tal vez podré penetrar los misterios de esta maquinación y aprovecharme de ellos si consigo huir.

¿Dónde me lleva el pensamiento? Antes de procurar mi huída esperemos llegar a mi destino. Entonces será tiempo de pensar en la fuga, si se presenta favorable ocasión. Lo esencial es que no se sepa quién soy, ¡y no se sabrá!

Ahora tengo la absoluta seguridad de que navegamos. Sin embargo, vuelvo a mi primera idea… ¡No! El navío que nos lleva no es un steamer, ni debe de ser tampoco un velero. Es, sin duda, arrastrado por un poderoso aparato de locomoción. ¿Cómo no oigo ese ruido especial de las máquinas de vapor cuando ponen en movimiento las hélices o las ruedas? ¿Cómo este navío no se conmueve bajo el vaivén de los pistones en los cilindros? Se trata más bien de un movimiento continuo y regular, una especie de rotación directa que se comunica al propulsor, cualquiera que éste sea. No cabe error. El barco es movido por un mecanismo particular.

¿Cuál?

¿Se tratará de una de esas turbinas de las que se habla desde hace tiempo, y que en el interior de un tubo sumergido reemplazan las hélices, utilizando mejor que éstas la resistencia del agua o imprimiendo una velocidad más considerable?

De aquí a algunas horas yo sabré a qué atenerme sobre este género de

navegación, que parece efectuarse en un medio perfectamente homogéneo.

Por lo demás- efecto no menos extraordinario-, el balanceo no es sensible.

No se comprende que el Pamplico-Sound esté tan tranquilo. Sólo las corrientes de la marea que sube y baja bastan de ordinario para turbar su superficie.

Verdad es que tal vez se aguanta la marea en este momento, y- me acuerdo bien- la brisa de tierra había caído ayer con la noche. ¡No importa! Esto me parece inexplicable, pues un barco movido por un propulsor, cualquiera que sea su velocidad, experimenta siempre oscilaciones, de las que no noto indicio alguno.

¡He aquí de qué obsesiones está ahora llena mi cabeza! A pesar de mi gran deseo de dormir, a pesar de la laxitud que se apodera de mí en medio de esta atmósfera sofocante, he resuelto no dejarme vencer por el sueño. Velaré hasta el día, y no será día para mí hasta el instante en que este departamento se inunde en la luz exterior. Y tal vez no bastará que la puerta se abra, será preciso que se me saque de este agujero y se me conduzca al puente…

Me echo en uno de los ángulos que forman las paredes, pues carezco de banco en que sentarme. Pero como mis párpados se cierran a pesar mío, como me siento víctima de una especie de somnolencia, me levanto. La cólera se apodera de mí…Golpeo laS paredes… Llamo.

¡En vano! Mis manos chocan contra el palastro, y mis gritos no hacen que acuda nadie.

¡No! ¡Esto es indigno de mí!…¡He prometido contenerme, y pierdo la posesión de mí mismo y me conduzco como un niño!

Es evidente que la falta de balanceo prueba que el navío no ha llegado a alta mar. Acaso, en vez de atravesar el Pamplico-Sound, habrá remontado el curso del Neuze. No. ¿Con qué objeto iría a los territorios del condado? Si Tomás Roch ha sido robado de Healthful-House, es porque sus raptores

tienen la intención de llevarle fuera de los Estados Unidos, probablemente a alguna isla lejana del Atlántico o a algún punto cualquiera del antiguo continente. Así es que nuestro barco no remonta el Neuze. Estamos en las aguas del Pamplico-Sound, que debe de estar en calma.

Pero cuando el navío llegue a alta mar no podrá escapar a las oscilaciones de las olas que, aun después de caer la brisa, se dejan sentir en los barcos de regular tonelaje. A menos de estar a bordo de un crucero o de un acorazado…, lo que no creo.

En este momento… No, no me engaño… Oigo en el interior ruido de pasos por la parte de la pared en que está la puerta… Sin duda son hombres de la tripulación… ¿Se abrirá al fin esta puerta? Escucho.

Oigo ruido de voces… pero no puedo comprender lo que dicen… Se sirven de una lengua que me es desconocida… Llamo… Grito… ¡No responden!

¡No hay más recurso, que esperar, esperar y esperar! Me repito esta palabra, que golpea en mi cabeza como el badajo de una campana.

Procuremos calcular el tiempo que ha transcurrido. No puedo evaluarlo en menos de cuatro o cinco horas, desde que el navío se ha puesto en marcha.

En mi opinión, debe de haber pasado la media noche.

Desgraciadamente, en medio de esta profunda obscuridad, mi reloj no puede servirme.

Si navegamos desde hace cinco horas, el barco debe de estar actualmente fuera del Pamplico-Sound, ya haya salido por Ocracoke- inlet o por Hatteras-inlet. Pienso que estará en plena mar, por lo menos una buena milla.

Y, sin embargo, no hay el menor balanceo.

Esto es lo inexplicable, lo inverosímil. ¿Me habré engañado? ¿Habré sido juguete de una ilusión? ¿No estoy encerrado en el fondo de la cala de un

navío en marcha?

Ha transcurrido una hora, y de repente las trepidaciones de la máquina han cesado. Me doy perfecta cuenta de la inmovilidad del navío que me lleva.

¿He llegado a mi destino? En este caso no podría ser otro que alguno de los puertos del litoral, al Norte o al Sud de Pamplico- Sound. Pero ¿cómo es posible que Tomás Roch sea llevado a tierra firme? El rapto no podría tardar en ser conocido, y sus autores se expondrían a ser descubiertos en uno de los puertos de la Unión.

Además, si el barco está anclado, yo voy a oír el ruido de las cadenas y al venir él al ancla se producirá una sacudida. Esto no tardará más que unos minutos.

Espero… Escucho.

Nada. Un pesado o inquietante silencio reina a bordo. Es para dudar de que haya en el navío otros seres vivos, excepción mía.

Al presente me siento invadir por una laxitud extraordinaria. La atmósfera está viciada… Me falta la respiración. Mi pecho se ahoga bajo un peso del que no puedo librarme.

Quiero resistir… Es imposible. He debido extenderme en un rincón y desembarazarme en parte de mi ropa; tan elevada es la temperatura…

Mis párpados se entornan, se cierran, y caigo en una postración que va a sumergirme en un pesado e irresistible sueño.

¿Cuánto tiempo he dormido? Lo ignoro. ¿Es de noche? ¿Es de día?

No lo podría decir. Pero, en primer lugar, observo que mi respiración es más fácil. Ahora mis pulmones se llenan de un aire que no está envenenado de ácido carbónico.

¿Es que se ha renovado el aire mientras yo dormía? ¿Ha sido abierto el

compartimiento? ¿Ha entrado alguien?

Sí… Tengo la prueba.

Por casualidad, mi mano acaba de coger una vasija llena de un líquido.

La llevo a mis labios, que abrasan, pues la sed me ha atormentado mucho, hasta el punto que me contentaría con agua salobre.

Esto es cerveza, una cerveza de buena calidad, que me refresca y me reanima.

Pero si no se me ha condenado a morir de sed, ¿se me ha condenado a morir de hambre?

No… En uno de los rincones se ha depositado un cesto que contiene pan y carne fría.

Yo como… Como ávidamente, y poco a poco recobro las fuerzas.

Decididamente, no estoy tan abandonado como fuera de temer.

Han entrado en este obscuro agujero, y por la puerta ha penetrado algo de oxígeno, sin lo que me hubiera asfixiado. Después han puesto a mi disposición con qué calmar la sed y el hambre, hasta el momento en que me vea libre.

¿Cuánto durará aún mi encarcelamiento? ¿Días?… ¿Horas?

Por lo demás, no me es posible calcular el tiempo que ha transcurrido durante mi sueño, ni saber aproximadamente la hora que es.

Había tenido cuidado de dar cuerda a mi reloj, pero no es de repetición…

Tal vez tactando las agujas… Sí, me parece que la pequeña está en las ocho… De la mañana, sin duda.