Ante la bandera
Capítulo XIII
¿Para qué podrá servirme saberlo? Lo ignoro, pero no debo descuidar nada.
29 de Agosto.– Esta mañana asisto a la partida del barco submarino.
Trátase, sin duda, del viaje a uno de los puertos de América para recoger los aparatos, que deben estar fabricados.
El Conde de Artigas habla algunos instantes con el ingeniero Serko, que, al parecer, no le acompaña, y al que supongo hace ciertas recomendaciones de las que yo pudiera ser objeto. Después de haber puesto el pie en la plataforma del aparato, desciende al interior acompañado del capitán Spada y de la tripulación de la Ebba. Cerrada la escotilla, sumérgese el barco, y un ligero estremecimiento turba por un instante la superficie de las aguas.
Transcurren las horas, acábase el día, y puesto que el barco submarino no vuelve, deduzco que va a remolcar a la goleta durante este viaje, y tal vez a destruir los navíos que encuentre.
Es probable que la ausencia de la goleta no dure mucho, y que una semana baste para el viaje de ida y vuelta.
Además, la Ebba tiene la probabilidad de ser favorecida por el tiempo, a juzgar por la calma atmosférica que reina en el interior de la caverna.
Estamos en buena estación, dada la latitud de las Bermudas.
¡Ah! ¡Si aprovechando la partida de Ker Karraje pudiera encontrar una salida al través de las paredes de mi prisión!
XIII
¡VE CON DIOS!
Del 29 de Agosto al 10 de Septiembre.– Han transcurrido trece días y la Ebba no ha vuelto aún. ¿No ha ido, pues, directamente a la costa americana,
¿Habrá pirateado a lo largo de Back-Cup? Paréceme, sin embargo, que Ker Karraje no debía preocuparse más que de traer los aparatos. Verdad que la fábrica de la Virginia puede no haber terminado la fabricación de los mismos.
El ingeniero Serko no parece demostrar ninguna impaciencia. Me hace siempre la acogida que se sabe, con su aire bonachón, del que no me fío.
Afecta informarse del estado de mi salud, me recomienda la más completa resignación, me llama Alí-Baba, me asegura que en la superficie de la tierra no existe lugar más encantador que esta caverna de las Mil y una noches, que yo como, me visto, estoy alojado y tengo fuego, sin pagar un céntimo, y que ni los habitantes de Mónaco gozan una existencia, más libre de todo cuidado.
A veces, ante su charla irónica, siento que el rubor me sube al rostro.
Acométeme la tentación de arrojarme al cuello de este burlón y estrangularle… Después me matarán… Y ¿qué importa? ¿No vale más acabar así, que estar condenado a vivir años y años en este infame Back-Cup? Al cabo, la razón recobra su imperio, y acabo por encogerme de hombros.
A Tomás Roch apenas si le he visto durante los primeros días que han seguido a la partida de la Ebba. Encerrado en su laboratorio, se ocupa sin cesar de sus múltiples manipulaciones. Suponiendo que utilice todas las sustancias puestas a su disposición, habrá con qué hacer saltar a Back-Cup y a las Bermudas.
No abandono la esperanza de que no consentirá nunca entregar la composición del deflagrador, y que los esfuerzos del ingeniero Serko no conseguirán arrancarle este último secreto… ¿Se desvanecerá esta esperanza?
13 de Septiembre.– Hoy, con mis propios ojos, he podido hacer constar el
poder del explosivo y observar al mismo tiempo de que manera se emplea el deflagrador.
Desde la mañana los hombres han dado principio al trabajo de agujerear la pared en el sitio escogido antes para establecer la comunicación con la base exterior del islote.
Dirigidos por el ingeniero, los trabajadores han comenzado por atacar el pie de la muralla calcárea, extremadamente dura, podría ser comparada con el granito. Los primeros golpes han sido dados con el pico, vigorosamente manejado. De no emplear mas que este instrumento, el trabajo hubiera sido largo y penoso, puesto que la pared mide veinte o veinticinco metros de espesor en esta parte. Pero, gracias al Fulgurador Roch, será posible acabar este trabajo en un breve plazo.
Lo que he visto es para asombrarme. El agujereamiento de la pared, que el pico no abriría sin gran gasto de fuerza, se ha efectuado con una facilidad verdaderamente extraordinaria.
¡Sí! Algunos gramos de este explosivo bastan para reducir la masa rocosa a un polvo casi impalpable, que el menor soplo dispersa como un vapor. ¡Sí!
Lo repito: la explosión de cinco o seis gramos produce una excavación de un metro cúbico, con un ruido seco que se puede comparar a la detonación de una pieza de artillería, debido a la formidable conmoción de las capas de aire.
La primera vez que se ha usado el explosivo, aunque empleado en una pequeñísima dosis, varios hombres que se encontraban cerca de la pared fueron arrojados al suelo. Dos se levantaron gravemente heridos, y el mismo ingeniero Serko, lanzado a algunos pasos, sufrió fuertes contusiones.
He aquí cómo se opera con esta sustancia, cuya fuerza excede de todo lo que se ha inventado hasta el día.
Se hace un agujero en sentido oblicuo en la roca de unos cinco centímetros de largo, en una sección de diez milímetros. Introdúcense en él algunos
gramos del explosivo, y no es necesario ni obstruir el agujero con un taco.
Entonces interviene Tomás Roch. Lleva en la mano un pequeño estuche de cristal que contiene un líquido azulado, de aspecto aceitoso, pronto a coagularse desde que sufre el contacto del aire. Vierte una gota en el orificio del agujero, y se retira sin apresurarse mucho. Es preciso, en efecto, que transcurran unos treinta y cinco segundos para que se produzca la combinación del deflagrador y del explosivo; y cuando se produce, su poder es tal, que se puede creer ilimitado, y en todo caso millares de veces superior al de los explosivos actualmente conocidos.
En estas condiciones, se concibe que el agujerear esta espesa pared será cuestión de unos ocho días.
19 de Septiembre.– Desde hace tiempo he observado que el fenómeno del flujo y reflujo, que se manifiesta muy sensiblemente al través del túnel submarino, produce corrientes en sentido contrario dos veces cada veinticuatro horas. No es, pues, dudoso que un objeto flotante arrojado a la superficie del lago sea arrastrado fuera si el orificio del túnel se descubre en su parte superior. Este descubrimiento, ¿no llega a su punto más bajo en las mareas del equinoccio? Voy a poder asegurarme de ello, puesto que precisamente estamos en esta época. Pasado mañana es el 21 de Septiembre, y hoy he visto ya que el orificio dibujaba el extremo de su curva sobre la mar baja.
Ahora bien: si yo no puedo intentar el paso por el túnel, ¿acaso una botella arrojada al lago no tendría algunas probabilidades de pasar durante los últimos momentos de la marea? Y ¿por qué un azar-azar ultraprovidencial, convengo en ello-, no ha de hacer que esta botella sea recogida por algún navío que pasara por Back-Cup? ¿Por qué las corrientes no han de arrojarla a alguna playa de las Bermudas? Y si esta botella contuviera un papel…
Tal es la idea que me invade. Después se presentan las objeciones.
Entro otras, ésta: la botella corre el riesgo de romperse, ya al atravesar el túnel, ya chocando contra los arrecifes exteriores, antes de llegar a buen
sitio. Sí… Pero si es reemplazada por un barril, herméticamente cerrado, un tonelillo semejante a los que sostienen las redes de pesca, no correrá el mismo riesgo que la frágil botella, y tendrá probabilidades de llegar a pleno mar…
20 de Septiembre.– Esta tarde he entrado, sin ser visto, en uno de los almacenes donde están depositados diversos objetos provenientes del pillaje de los navíos, y he podido procurarme un tonelillo, muy conveniente para mi tentativa. Después de haber ocultado el tonelillo bajo mis vestidos, retorno a Bee-Hive, y sin perder un instante me pongo a la obra.
Papel, tinta, pluma: nada me falta, puesto que durante tres meses he podido apuntar diariamente las notas que quedan consignadas.
Trazo sobre una hoja de papel las siguientes líneas:
“Desde el 19 de Junio, después de un doble rapto efectuado el 15 del mismo mes, Tomás Roch y su guardián Gaydón, o sea el ingeniero francés Simón Hart, que ocupaban el pabellón 17 en Healthful-House, junto a New-Berne, Carolina del Norte, Estados Unidos de América, han sido llevados a bordo de la goleta Ebba, perteneciente al Conde de Artigas. Actualmente ambos están encerrados en el interior de una caverna, que sirve de escondite al dicho Conde de Artigas, que es Ker Karraje, el pirata que operaba en otra época en los parajes del Oeste Pacífico, y a un centenar de hombres de que se compone la banda de este terrible malhechor. Cuando esté en posesión del Fulgurador Roch, de un poder, por así decirlo, ilimitado, Ker Karraje podrá continuar sus actos de piratería en condiciones de impunidad. De forma que es urgente que los Estados que tengan interés en ello destruyan su guarida en el plazo más breve posible.
La caverna en que se refugia el pirata Ker Karraje está construida en el interior del islote de Back-Cup, que se considera equivocadamente como un volcán en erupción. Situado en la extremidad Oeste del archipiélago de las Bermudas, defendido por arrecifes en la parte Este, es franco al Sur, al Oeste y al Norte.
La comunicación entre el exterior y el interior no es posible aún mas que por un túnel que se abre algunos metros más abajo de la superficie media de las aguas, al fondo de un estrecho paso al Oeste. De modo que para penetrar en el interior de Back-Cup es preciso poseer un aparato submarino, por lo menos hasta que esté terminado el paso que se está abriendo por la parte Noroeste.
E[pirata Ker Karraje dispone de un aparato de este género, el mismo que el Conde de Artigas hizo construir, y que se creyó había perecido en sus experiencias de la bahía de Charleston. Este barco se emplea, no sólo para entrar y salir por el túnel, sino también para remolcar la goleta y para atacar a los navíos de comercio que frecuentan los parajes de las Bermudas.
Esta goleta, la Ebba, bien conocida en el litoral del Oeste América, tiene por único puerto de amarra una ensenada al abrigo de las rocas, invisible viniendo del mar, y situada al Oeste del islote.
Lo más conveniente antes de desembarcar en Back-Cup, siendo preferible hacerlo por la parte del Oeste, donde estaban instalados en otra época los pescadores de las Bermudas, es procurar abrir una brecha en su pared con los más poderosos proyectiles de melinita. Tal vez esta brecha permita penetrar en el interior de Back-Cup.
Es también preciso prevenir el caso en que el Fulgurador Roch esté en condiciones de funcionar. Será posible que Ker Karraje, sorprendido por un ataque, le emplee para defender a Back-Cup. No se olvide que su poder excede a cuanto se ha imaginado hasta el día, mientras no se extienda más que sobre una zona de mil setecientos a mil ochocientos metros. En cuanto a la distancia de esta peligrosa zona, es variable; pero establecida la regla para el tiro, es difícil de modificar, y un navío que hubiera pasado dicha zona podría aproximarse impunemente al islote.
Este documento está escrito hoy 20 de Septiembre, a las ocho de la noche, y firmado con mi nombre.
“INGENIERO SIMÓN HART.”
Tal es la nota que acabo de redactar. Contiene cuanto yo tenía que decir respecto al islote, cuyo yacimiento está indicado en los mapas modernos, como en lo que se refiere a la defensa de Back-Cup, que Ker Karraje intentará tal vez, y a la importancia de obrar sin retraso.
Uno a la nota un plano de la caverna, indicando su forma interna, el lugar en que se encuentra el lago, la disposición de Bee-Hive, el de la habitación de Ker Karraje, de mi celda y del laboratorio de Tomás Roch… Pero ¿será esta nota recogida por alguien?
Después de envolver este documento en un trozo de tela alquitranada, le coloco en el tonelillo cercado de hierro, y que mide unos quince centímetros de largo por ocho de ancho. Está en disposición de resistir los choques, ya durante la travesía del túnel, ya contra las rocas del exterior.
Cierto que, en vez de llegar a manos seguras, corre el riesgo de ser lanzado por la marea sobre las rocas del islote, y de que le encuentre la tripulación de la Ebba cuando ésta vuelva al fondo de la ensenada.
Si Ker Karraje se apodera de este documento, firmado con mi nombre y que revela el suyo, no tendré que preocuparme de los medios para huir de Back-Cup.
Llega la noche. Se comprende la impaciencia con que la he esperado.
Según mis cálculos, basados en operaciones precedentes, la marea baja debe producirse a las ocho y cuarenta y cinco, momento en que la parte superior del orificio se descubrirá unos cuarenta centímetros. La altura entre la superficie de las aguas y la bóveda del túnel será más que suficiente para dar paso al tonelillo. Cuento además con enviarle media hora antes, a fin de que la corriente, que se propagará aún de fuera adentro, pueda arrastrarle.
A las ocho, en medio de la penumbra, abandono mi celda. Nadie hay en la ribera. Diríjome hacia la pared en que se abre el túnel. A la claridad de la