Anton Reiser
Parte primera
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
No obstante, a veces Anton también experimentaba una suerte de placer en la oración solitaria, cuando se arrodillaba en un rincón del taller y pedía a Dios que realizara en su alma uno solo de los grandes cambios sobre los que tanto había leído y oído hablar desde su infancia. Y la ilusión de su imaginación iba tan lejos que a veces le parecía realmente como si sucediese algo muy especial en lo más hondo de su alma; y al punto surgía en él la idea de cómo podría describir ese estado anímico suyo en una carta a su padre o al señor von Fleischbein, o cómo se lo contaría al señor Lobenstein. Así pues, tales sentimientos interiores imaginarios venían a ser siempre suave manjar para su vanidad, y el íntimo contento que le causaban provenía sobre todo de la idea de que por fin podría decir que había sentido en su alma aquel gozo divino y celestial: siempre le halagaba sobremanera el hecho de que personas adultas y de edad avanzada considerasen su estado de alma tan importante como para ocuparse de él. Tal era la razón de que tantas veces imaginase tener un estado de alma cambiante, pues así podía lamentarse ante el señor Lobenstein de que se hallaba en un estado de vaciedad, de aridez, de que no sentía verdadero anhelo de Dios, etc.; y luego podía pedirle consejo acerca de ese su estado interior, consejo que el señor Lobenstein le impartía dándole siempre una relevancia que halagaba a Anton.
Llegó incluso a haber una correspondencia con el señor von Fleischbein acerca de su estado interior y le fue enseñado un pasaje de la carta del señor von Fleischbein que se refería a él. Qué tiene pues de extraño que todo eso
le impulsara a seguir manteniendo esa importancia que se daba él y que le daban los demás con todo género de imaginarios cambios de vida interior, puesto que se le tenía por un ser en el que, de manera muy propia y especial, Dios ponía de manifiesto sus caminos.
Le dieron después también, como al otro aprendiz, un delantal negro, y ese hecho, en lugar de abatirle, contribuyó mucho a su contento. Se consideró entonces como una persona que ya empezaba a revestir una cierta posición. Con aquel delantal, por así decir, cerraba filas con otros como él, habiendo estado antes solo y desamparado; el delantal le hizo olvidar por algún tiempo sus deseos de estudiar, y también comenzó a hallar una especie de gusto en las otras usanzas artesanales que hacían desear afanosamente poder participar alguna vez en ellas. Sentía una íntima alegría siempre que oía el saludo de un oficial artesano que iba de camino y que pedía el acostumbrado regalo, y no podía imaginar dicha mayor que llegar también de camino, en calidad de oficial, y saludar después con las palabras rituales conforme a los usos artesanales. Así, el ánimo juvenil depende más de los signos que de la cosa, y lo que dicen al principio los niños sobre la elección de su futura profesión da lugar a pocas o a ninguna conclusión. Tan pronto hubo aprendido Anton a leer, halló un inenarrable placer en asistir al servicio religioso; lo cual constituyó una inmensa alegría para su madre y su prima. Pero lo que le impulsaba a ir a la iglesia era la sensación de triunfo que siempre tenía cuando miraba el tablero negro en que estaban escritos los números de los cánticos y podía decir, por ejemplo a un hombre adulto que estaba junto a él, qué número era, y cuando podía buscar el número en su libro de cánticos, al igual que la gente mayor y muchas veces más deprisa aún, poniéndose luego a cantar con los demás. Ahora parecía que el señor Lobenstein sentía más afecto por Anton, según iba mostrando éste mayores deseos de ser dirigido espiritualmente por él. Muchas veces le permitía participar hasta medianoche en las conversaciones con sus amigos más allegados, con quienes solía departir sobre sus apariciones y las de otros, que eran a veces tan atroces que Anton escuchaba con los pelos de punta. Solían acostarse tarde. Y cuando habían pasado la velada en tales coloquios, Lobenstein acostumbraba a preguntarle a Anton por la mañana si no había percibido nada, si no había oído pasos en la habitación.
Algunas noches Lobenstein conversaba a solas con Anton y leían juntos los escritos de Taulero, de San Juan de la Cruz y otros semejantes. Parecía como si surgiese entre ellos una amistad duradera. Anton tomó realmente una especie de cariño a Lobenstein, pero ese sentimiento siempre iba mezclado de algo acerbo, de una cierta sensación de mortificación y aniquilamiento generados por la sonrisa dulciamarga de Lobenstein.
En aquella época Anton estuvo dispensado, más que otras veces, de trabajos duros y humildes. Lobenstein iba a pasear a veces con él; es más, llegó incluso a ponerle un profesor de piano. Anton estaba encantado con su situación y escribió una carta a su padre en la que le manifestaba vivamente su contento.
Pero la dicha de Anton en casa de Lobenstein había llegado ya a su cenit y estaba próxima la caída. Desde que le habían puesto profesor de piano, todos le miraban con ojos de envidia. Había intrigas, como en una pequeña corte, le calumniaban, trataban de destronarle.
En tanto que Lobenstein trató dura e inicuamente a Anton, éste fue objeto de la compasión y la amistad de todos los que convivían con él. Mas cuando creyeron notar que Lobenstein le profesaba confianza y amistad, aumentó en la misma medida la enemistad y desconfianza de todos. Y
cuando lograron que bajara otra vez hasta ellos y por fin fue despedido el profesor de piano, nadie tuvo otra vez nada contra Anton: todos eran amigos suyos como antes.
Por otra parte, no era difícil hacerle perder la benevolencia de un hombre tan receloso y desconfiado como Lobenstein. Sólo había que contarle algunas expresiones impulsivas suyas, llamarle continuamente la atención sobre diversos defectos reales de Anton, tocantes a descuido y desorden, y pronto su disposición de ánimo sería muy diferente. Es lo que llevaron a cabo muy celosamente el ama y los otros subalternos. No obstante eso, les tomó varios meses el conseguir por entero su propósito.
Durante aquel período de tiempo Lobenstein se había propuesto incluso lograr la conversión del profesor de piano de Anton, que era un hombre honrado y muy piadoso, pero que, en opinión del señor Lobenstein, aún no se había puesto del todo en manos de Dios y en su trato con éste no mostraba la suficiente entrega.
Aquel hombre también tenía que comer muchas veces en casa del señor Lobenstein, pero acabó malquistándose con él por untar demasiada mantequilla en el pan. El ama le llamó la atención al señor Lobenstein sobre tal hecho, con el fin de lograr su propósito de que Anton dejase los estudios de piano para que no estuviese en mejor situación que los demás habitantes de la casa.
A ello venía a añadirse que Anton no tenía demasiado talento para la música y que por tanto no sacaba mucho provecho de las clases. Todo lo que pudo aprender trabajosamente fueron algunas arias y corales. Y la clase de piano siempre fue para él muy desagradable. El tecleo le resultaba sumamente difícil, y Lobenstein siempre tenía algo que censurar en la posición de sus dedos, demasiado tensos. Y sin embargo, en una ocasión, como David cuando tocaba para Saúl, logró ahuyentar el espíritu maligno del señor Lobenstein por la virtud de la música. Había cometido un pequeño descuido, y como la voluntad que le profesaba el señor Lobenstein ya comenzaba a transformarse en odio, éste había determinado infligirle un fuerte castigo por la noche antes de acostarse. Anton lo venía notando en todo. Y cuando parecía acercarse la hora, cobró ánimos y cantó y tocó al piano una coral, la primera que había aprendido. Eso sorprendió al señor Lobenstein, quien le confesó que justamente había fijado aquella hora para castigarle duramente, pero que ahora le perdonaba.
Anton se atrevió incluso a hacerle ciertos reproches diciéndole que le parecía como si estuviese disminuyendo su amistad y voluntad para con él, a lo que Lobenstein le confesó que su amor ya no era en efecto tan intenso, y que ello se debía forzosamente al deterioro de la vida espiritual de Anton, que había levantado como un muro entre él y su antiguo afecto: que él había expuesto a Dios tal asunto en la oración y recibido esa explicación.
Aquello fue muy triste para Anton, que preguntó cómo había de componérselas para mejorar otra vez su deficiente vida interior. Seguir su camino con sencillez y entregarse por entero a Dios era el único método para salvar su alma: tal fue la respuesta. Ésas fueron todas las instrucciones que recibió Anton. El señor Lobenstein pensaba que no era bueno anticiparse a Dios —por así decir—, que parecía haberse alejado voluntariamente de Anton. Pero la insistencia con que pronunció las
palabras «seguir su camino con sencillez» aludía a que desde hacía algún tiempo Anton había empezado a resabiársele, hablaba y razonaba en exceso y, como estaba tan contento con su situación, se había vuelto demasiado impulsivo. Tal vivacidad era para Lobenstein el camino derecho a la perdición de Anton, quien, a juzgar por el contento que denotaba su rostro, acabaría siendo un hombre impío y entregado al mundo, y no se podía pensar de él otra cosa sino que el mismo Dios lo abandonaría a sus pecados.
Si Anton hubiese pensado más en el propio provecho, todavía hubiese podido arreglarlo todo mostrándose abatido, misantrópico, fingiendo temores y congojas de espíritu. Pues Lobenstein hubiese creído entonces que Dios estaba otra vez dispuesto a atraer hacia él aquella alma extraviada.
Mas como Lobenstein tenía el principio de que aquel a quien Dios quiere convertir, se convierte de todos modos sin intervención propia, y de que Dios elige a quien le place y reprueba y endurece a quien le place, con el fin de manifestar su gloria, le parecía casi peligroso entrometerse en los asuntos de Dios, cuando, según todas las apariencias, alguien es objeto de la reprobación divina.
En lo tocante a Anton, a juzgar por su vivacidad y sus actitudes mundanas, el señor Lobenstein estaba realmente casi convencido de ello. La cosa llegó a cobrar tanta importancia para él que había consultado por carta al señor von Fleischbein sobre ese extremo. Y después le mostró a Anton un pasaje de la respuesta del señor von Fleischbein en el que afirmaba, refiriéndose a él, que, por todos los signos, «Satán había edificado su templo en el corazón de Anton, y que ese templo estaba ya tan avanzado que apenas podría ser destruido».
Aquello fue un golpe terrible para Anton, pero al examinarse a sí mismo y comparar su estado actual con el anterior, le fue imposible descubrir una diferencia entre ambos; seguía teniendo con tanta frecuencia como antes emociones y sentimientos religiosos imaginarios. No podía persuadirse de que había perdido la gracia, de que había sido reprobado por Dios y comenzó a dudar de la verdad del oráculo del señor von Fleischbein.
Con ello salió otra vez del abatimiento que quizás hubiese vuelto a granjearle los favores del señor Lobenstein, de cuya amistad se vio privado ahora definitivamente debido a su permanente expresión de contento.
La primera consecuencia de ello fue que Lobenstein lo alejó de su aposento y él tuvo que dormir otra vez con el otro aprendiz, que comenzó a ser de nuevo amigo suyo porque ya no le tenía envidia. La segunda fue que otra vez tuvo que ejecutar, más que nunca, los más penosos y humildes trabajos, teniendo que permanecer siempre en el taller, y muy raras veces podía ir al aposento donde se hallaba el señor Lobenstein. Si aún seguía allí el profesor de piano era sólo porque Lobenstein quería consumar en él la iniciada empresa de su conversión y aportarle a Dios un alma a cambio del alma perdida.
Llegó el invierno y fue entonces cuando la situación de Anton empezó a volverse realmente dura, al tener que llevar a cabo unas faenas que superaban con mucho sus años y sus fuerzas. Lobenstein pensaba por lo visto que, si no se podía sacar partido del alma de Anton, al menos había que sacar todo el partido posible de su cuerpo. Parecía considerarle ahora como un instrumento de trabajo que se desecha una vez utilizado.
Con el frío y el trabajo, las manos de Anton pronto fueron totalmente inservibles para el piano. Casi todas las semanas tenía que permanecer levantado varias veces por la noche, junto con el otro aprendiz, para sacar los sombreros teñidos de negro de la caldera de tinte hirviente y lavarlos a continuación en el río Oker, que pasaba junto a la casa, para lo cual al final era preciso hacer un agujero en el hielo. Ese paso, tantas veces repetido, del hervor al hielo hizo que a Anton se le agrietaran ambas manos y le brotara la sangre. Pero aquello, en lugar de abatirle, le elevó el ánimo. Se contemplaba las manos con una especie de orgullo, considerando las marcas de sangre que había en ellas como otros tantos distintivos honoríficos por su trabajo; y aquellas duras tareas, en tanto que tuvieron el encanto de la novedad, le procuraban también un cierto placer, que consistía sobre todo en la sensación de fortaleza física, al tiempo que le daban una suerte de agradable sensación de libertad, desconocida hasta entonces.
Era como si ahora pudiese tener también más indulgencia consigo mismo, al haber trabajado igual que los demás y soportado como ellos el peso y el calor del día. En medio de los más onerosos trabajos sentía una especie de respeto de sí mismo, debido al esfuerzo físico, y muchas veces apenas habría vuelto a cambiar aquel estado por la embarazosa situación en
que se hallaba cuando gozaba de la severa amistad, aniquiladora de toda libertad, del señor Lobenstein.
Éste, por su parte, empezó a oprimirle con dureza cada vez mayor: a menudo, Anton tenía que cardar lana todo el día, en medio de un frío helador, en una habitación sin fuente alguna de calor. Lo cual era un sutil procedimiento ideado por el señor Lobenstein para acrecentar la laboriosidad de Anton: pues si éste no quería morir de frío se veía obligado a moverse todo lo que sus fuerzas daban de sí, hasta tal punto que por la noche tenía los dos brazos como paralizados y, pese a ello, las manos y los pies ateridos.
Aquel trabajo, por su eterna monotonía, era el que hacía más duro su sino. Sobre todo cuando, en ocasiones, su imaginación no acababa de empezar a funcionar. Pero una vez que ésta se ponía en marcha, cuando circulaba más rápidamente la sangre, se le pasaban muchas veces las horas del día sin darse cuenta y a menudo veía con los ojos de la imaginación un futuro maravilloso. A veces cantaba lo que iba sintiendo, en recitativos con melodía propia. Y sobre todo cuando se hallaba rendido por el trabajo, con las fuerzas agotadas y abatido por su situación, le gustaba muchísimo dejar vagar la mente a través de fantasías religiosas sobre «sacrificio, entrega total», etc.; le conmovía muy en especial la expresión «altar del sacrificio», hasta tal punto que la introducía en todos los breves cánticos y recitativos que inventaba.
Los coloquios con el otro aprendiz (que se llamaba August) cobraron nuevo incentivo para él, y sus conversaciones fueron más confidenciales, al ser ahora otra vez iguales los dos. Las noches, que tantas veces tenían que pasar ambos en vela, estrecharon aún más los lazos de aquella amistad. Pero lo que más fomentó la intimidad entre ellos fue el llamado cuarto de secado.
Era éste una oquedad excavada en la tierra, con paredes de obra y cerrada por arriba con una bóveda de ladrillos, donde sólo podía estar una persona de pie y no más de dos sentadas. En aquel agujero metían un gran brasero y en las paredes que lo circundaban colgaban pieles de conejo, previamente frotadas con aguafuerte, que allí maceraban el pelo para adornar después los sombreros de mejor calidad.
Delante de aquel brasero y en aquel ambiente, Anton y August estaban sentados en el agujero semisubterráneo, en el que había que introducirse más a rastras que a pie, y por lo angosto del lugar, que sólo iluminaban débilmente las brasas, y por lo aislado, silencioso y lóbrego de aquella tenebrosa cueva, se sentían tan estrechamente unidos que a menudo sus corazones se desbordaban en mutuas manifestaciones de amistad. Allí se comunicaron los más recónditos pensamientos; allí pasaron las horas más felices.
Lobenstein, como el señor von Fleischbein y todos sus adeptos, era un separatista que no acudía al servicio religioso ni participaba en la Eucaristía. De modo que mientras duró su amistad con Anton, éste no entró en casi ninguna iglesia de Braunschweig. Ahora en cambio, August le llevaba con él los domingos a la iglesia y cada vez iban a una diferente, pues Anton se complacía en oír predicar sucesivamente a los diversos pastores.
Una vez que Anton y August estaban en el cuarto del secado, a eso de la medianoche, y hablaban sobre los distintos sermones que habían oído, August prometió a Anton llevarle el domingo siguiente a Sankt Ulrich, donde él iba a oír a un predicador que superaba a todo lo que él pudiese pensar e imaginar. Ese pastor se llamaba Paulmann, y August se hacía lenguas de cuántas veces le habían conmovido y emocionado sus sermones.
Nada atraía más a Anton que el poder contemplar a un orador sagrado, que tiene en su poder el corazón de miles de personas, y por eso prestó mucha atención a las palabras de August. Ya veía mentalmente al Pastor Paulmann en el púlpito, ya le oía predicar. Su único deseo era que pronto fuese domingo.
Llegó el domingo. Anton se levantó más temprano que de costumbre, terminó sus cosas y se vistió. Cuando tocaron las campanas ya tenía una especie de agradable presentimiento de lo que pronto oiría. Se fueron a la iglesia. Las calles que conducían a Sankt Ulrich estaban llenas de gentes que acudían allí en muchedumbre. El pastor Paulmann había estado enfermo durante algún tiempo y ésa era la primera vez que volvía a predicar: tal era la razón de por qué Anton no había estado ya antes allí con August.
Entrados en la iglesia, pudieron encontrar a duras penas un poco de sitio frente al púlpito. Todos los bancos, pasillos y coros rebosaban de gente, y todo el mundo trataba de mirar por encima de las cabezas de los demás. La iglesia era un antiguo edificio gótico con gruesos pilares que sostenían la elevada bóveda, y con altísimas ventanas ojivales, cuyas vidrieras estaban tan policromadas que sólo dejaban pasar una luz muy tenue.
Así, la iglesia ya estaba llena de gente antes de que empezara el servicio religioso. Reinaba un silencio reverente. De pronto sonó el órgano con todos los registros, y el himno de alabanza en que prorrumpió la muchedumbre pareció sacudir la bóveda. Cuando terminó el último cántico, todos los ojos se clavaron en el púlpito, y no había menos afán de ver que de oír a aquel predicador a quien todos veneraban.
Apareció éste por fin y se hincó de rodillas en las gradas inferiores del púlpito, antes de subir. Luego se puso de pie, y apareció ante la asamblea de los fieles. Un hombre todavía en la plenitud de la vida —el rostro era pálido, la boca parecía esbozar una suave sonrisa, los ojos reflejaban celestial recogimiento—, que, tal y como allí estaba, con la expresión del rostro, con las manos juntas e inmóviles, ya estaba predicando.
Y cuando empezó a hablar, ¡qué voz, qué lenguaje! Primero lenta y solemnemente, y después más y más deprisa, con más ardor: según iba adentrándose en la materia, el fuego de la elocuencia empezaba a relampaguearle en los ojos, a respirar en su pecho y a centellear hasta por las puntas de los dedos. En él todo estaba en movimiento: su lenguaje transgredía, mediante gestos, actitud y movimientos, todas las reglas del arte retórica, siendo a la vez natural, bello e irresistiblemente cautivador.
No había pausa alguna en la poderosa efusión de los sentimientos y las ideas; la palabra siguiente estaba siempre a punto de salir antes de que la precedente hubiera sido enteramente pronunciada; como una ola devora a la otra en la agitada marea, así se perdía instantáneamente cada nueva idea en la siguiente, siendo siempre ésta, sin embargo, tan sólo una representación más viva de la anterior.
La voz era clara, de tenor, y siendo alta poseía sin embargo enorme plenitud; era cual sonido de metal puro, que vibra por todos los nervios.
Hablaba, guiándose por el evangelio, contra la injusticia y la opresión,
contra la opulencia y el derroche; y al final, en una llamarada de entusiasmo se dirigió, llamándola por su nombre, a la opulenta y disipada ciudad, cuyos habitantes se hallaban casi todos reunidos en aquella iglesia. Puso a la vista sus pecados y crímenes; evocó los tiempos de guerra, el asedio de la ciudad, el peligro común, cuando la necesidad igualaba a todos y reinaba fraternal concordia; cuando amenazaban a los opulentos habitantes, en lugar de mesas que gemían bajo el peso de los manjares, hambre y carestía, en lugar de pulseras y alhajas, grillos y cadenas. Anton creía estar escuchando a uno de los profetas, cuando castigaba con celo sagrado al pueblo de Israel y lanzaba invectivas contra la ciudad de Jerusalén a causa de sus crímenes.
Cuando Anton salió de la iglesia y se dirigió a casa, no habló una palabra con August, mas a partir de aquel momento, dondequiera que iba y que se hallaba, sólo pensaba en el pastor Paulmann. Soñaba con él de noche y hablaba de él de día. Su imagen, su rostro y cada uno de sus movimientos habían quedado grabados en su alma. Ya cardase lana en el taller, ya lavase sombreros, Anton pasó la semana entera embelesado, puesto el pensamiento en el sermón del pastor Paulmann y repitiendo innumerables veces para sí cada una de las frases que le habían impresionado o conmovido hasta las lágrimas. En su imaginación surgía la antigua y majestuosa iglesia y la atenta muchedumbre y la voz del predicador que ahora, en su fantasía, parecía aún más sobrenatural. Anton contaba las horas y minutos que faltaban para el domingo siguiente.
Éste llegó; y si una cosa ha dejado alguna vez huella indeleble en el alma de Anton, fue el sermón que escuchó aquel día. El número de personas era, si cabe, aún mayor que el domingo anterior. Antes del sermón se entonó un breve cántico que contiene las palabras del salmo:
«Señor, ¿quién morará en tu tienda? ¿Quién habitará en tu santo monte?
»Aquel que anda sin tacha, y obra la justicia y dice la verdad de corazón.
»Quien no calumnia con su lengua ni daña a su hermano ni hace agravio a su prójimo.
»Quien mira con menosprecio al réprobo y honra a los que temen al Señor: quien jura a favor de su prójimo y no se retracta.
»Quien no presta a usura su dinero ni acepta soborno en daño de inocente. Quien obra así, se quedará».
Tal cántico, breve y conmovedor, puso por así decir en atenta espera de lo que vendría después. El alma estaba preparada para recibir grandes y sublimes impactos, cuando apareció el pastor Paulmann, con rostro grave y solemne, como hundido en sus pensamientos, y sin oración ni otros preliminares empezó a hablar con el brazo extendido y dijo:
«Quien no oprime a viudas ni huérfanos, quien no ha cometido crímenes ocultos, quien no causa daño a su prójimo con usura, quien no lleva en su alma la carga del perjurio, levante lleno de confianza sus manos conmigo hacia Dios y rece: ¡Padre nuestro! etc.».
Y leyó luego el evangelio del domingo sobre San Juan Bautista, cuando le preguntan si él es el Cristo: «Y él confesó y no negó, y él confesó, yo no soy el Cristo». Partiendo de ese pasaje, predicó sobre el perjurio, y una vez leídas las palabras del evangelio, con voz ligeramente apagada, solemne, empezó tras una pausa:
«¡Ay de ti, que niegas
sin conciencia a Dios, tu Señor!
¿Por qué llevas desnuda la frente
marcada por negro perjurio?
Con esa frente negaste a Dios,
Su santo nombre fue escarnio para ti,
¡qué hondo has caído!
¡Ay de ti, que ante la faz de Dios
entras —Él no te conoce—,
desventurado entre todos
los que mamaron del pecho de una madre!
No desesperes. Tal vez, tal vez
un día después de muchas lágrimas
se apague la llama de tu pecho
y el arrepentimiento, al correr de los años,
lave la culpa de tu alma.
Tú que cometiste el acto sacrílego,
si aún puedes llorar,
no pierdas la esperanza.
Dios aún volverá Su rostro hacia ti,
Él no quiere la muerte del pecador,
Su boca lo ha jurado».
Tales palabras, acompañadas de numerosas pausas y proferidas con el más sublime patetismo, hicieron un efecto increíble. Una vez terminadas, todos exhalaron un hondo suspiro y se enjugaron el sudor de las frentes.
Y a continuación, el orador analizó la naturaleza del perjurio, presentó sus consecuencias bajo un aspecto horrible, cada vez más horrible. El trueno se abatía sobre la cabeza del perjuro. La perdición, cual hombre armado, se acercaba a él, el pecador temblaba en lo más recóndito de su alma. El predicador exclamó: «¡Montes, caed sobre mí, colinas, cubridme!». El perjuro no recibía la gracia, sino que era aniquilado por la ira del Eterno.
Llegado a este punto, guardó silencio como agotado: un horror pánico se apoderó de todos sus oyentes. Anton pasó revista velozmente a los años de su vida, por si hubiese incurrido en perjurio alguna vez.
Pero ahora comenzó el consuelo: a quien ya desesperaba, le fue anunciada la gracia y el perdón, si hacía diez veces penitencia por lo que había arrebatado a viudas y huérfanos. Si durante el resto de su vida trataba de lavar su culpa con lágrimas de arrepentimiento y con buenas obras.
No le era concedida fácilmente la gracia al malhechor; había de ser alcanzada con oraciones y lágrimas. Y ahora parecía que él quería alcanzarla de Dios con su propia oración y con sus lágrimas ante la asamblea de los fieles, poniéndose él, con su persona, en el lugar del pecador de alma contrita.
Quien ya perdía la esperanza recibió un llamamiento: arrodíllate en el polvo y la ceniza hasta lastimar tus rodillas, y di: «He pecado contra el cielo y contra Ti». Y así, cada período empezaba con: «He pecado contra el cielo y contra Ti». Venía después la confesión: «He oprimido a viudas y huérfanos; al débil le he quitado su único apoyo, al hambriento su pan». Y
así continuaba toda la lista de desafueros. Y cada período concluía de esta manera: «¿Es posible, Señor, que todavía halle gracia?».
Por doquier había lágrimas y aflicción. El estribillo de cada período hacía un efecto inenarrable. Era como si cada vez recibiera el pecho una nueva descarga eléctrica, que acrecentaba al máximo la emoción. Incluso el agotamiento del orador, que sobrevino al final, su ronca voz (era como si lanzara gritos a Dios por los pecados del pueblo), contribuyeron a la creciente conmoción general causada por tal sermón; no hubo niño que no suspirase ni llorase contagiado de la emoción de los demás.
Tres horas y media habían pasado ya, como si fuesen minutos. De pronto guardó silencio y, tras una pausa, terminó con los mismos versos con que había empezado. Con voz baja y agotada leyó entonces la confesión general, la confesión de los pecados y la anunciada absolución. Rezó después por quienes iban a recibir la comunión, entre los que se incluyó él, y luego, alzando las manos impartió la bendición. La voz apagada, que contrastaba con el tono imperante en el sermón, tenía mucho de solemne y conmovedor.
Anton no salió de la iglesia, tenía que ver cómo iba a comulgar el pastor Paulmann. Los pasos de éste ya eran sagrados para él. Pisaba con una especie de respeto religioso el suelo por el que sabía que había pasado el pastor Paulmann. ¡Qué no habría dado él por poder ir también a comulgar!
Vio luego cómo el pastor Paulmann se marchaba a casa, con su hijo al lado, un niño de nueve años. Toda su existencia hubiera dado Anton a cambio de ser él aquel hijo venturoso. Cuando veía al pastor Paulmann andando por la calle con sus feligreses, que formaban como un corro en torno a él, y dando afablemente las gracias en ambas direcciones a todos los que le saludaban, era como si viera un cierto resplandor en torno a su cabeza y contemplara a un ser sobrenatural que caminaba entre los demás mortales; su mayor deseo era atraer hacia su persona, quitándose el sombrero, alguna de sus miradas, y cuando lo consiguió, se marchó corriendo a casa para, en cierto modo, guardar aquella mirada en su corazón.
El domingo siguiente, el pastor Paulmann predicó al mediodía sobre el amor a los hermanos, y en la misma medida en que el sermón contra el perjurio había conmocionado las almas, éste otro les causó tierna emoción.
Ahora, las palabras fluían como miel de sus labios, cada uno de sus movimientos era diferente, todo su ser parecía haberse adaptado a la materia sobre la que predicaba. Y sin embargo, no había en ello la menor afectación. Para él era natural unirse íntimamente a todas las ideas y sentimientos que hacía surgir el tema de su sermón.
Aquella mañana Anton se había aburrido soberanamente oyendo hablar al otro pastor de aquella iglesia: varias veces le acometió una especie de furia, cuando todo parecía indicar que el predicador ya iba a decir amén y recomenzaba en el mismo tono. Ahora, más que nunca, el mayor tormento de Anton era escuchar un sermón tan aburrido, al no poder evitar hacer continuas comparaciones, una vez que la oratoria del pastor Paulmann se había convertido para él en el más excelso ideal, un ideal que le parecía imposible que nadie alcanzara.
Concluido el sermón matinal, le correspondía al pastor Paulmann realizar la consagración de la Eucaristía, en lo que Anton le oía por vez primera. Y luego ¡qué venerable su actitud cuando apareció ante él! Estaba en pie al fondo de la iglesia, delante del elevado altar, y cantaba las palabras
«Dad gracias al Señor, pues es Bueno y Su bondad dura eternamente», con una voz tan celestial y una tan concentrada expresión que en aquel instante Anton se creyó transportado a regiones superiores. Le parecía también como si todo aquello tuviese lugar detrás de un telón, en el sanctasanctórum que su pie no podía pisar. ¡Cómo admiraba él a todos los que se acercaban al altar y recibían la comunión de manos del pastor Paulmann! Una mujer muy joven que, vestida de negro, con pálidas mejillas y un rostro lleno de celestial recogimiento, se acercó al altar, hizo en el ánimo de Anton una impresión que él no había sentido hasta entonces. Jamás volvió a ver a aquella mujer, mas su imagen nunca se borró de su corazón.
Ahora, su imaginación tenía un nuevo campo de actividad. La idea de la Comunión era la que Anton tenía ahora siempre presente al acostarse, al levantarse, la que ocupaba sus pensamientos todo el día cuando estaba solo con su trabajo. Veía siempre la imagen del pastor Paulmann, con su voz suave, que iba elevándose gradualmente, y sus ojos alzados al cielo, ojos que parecían iluminados por algo más que por un recogimiento terrenal. En
sus fantasías, también se abría paso a veces la imagen de la joven vestida de negro, con aquel rostro pálido y lleno de recogimiento.
Todo ello daba tales alas a su imaginación que se hubiera tenido por el hombre más dichoso bajo el sol si hubiese podido ir a la Comunión el domingo siguiente. Se prometía un consuelo tan sobrenatural y celestial si recibía la comunión que ya derramaba por anticipado lágrimas de alegría; al mismo tiempo sentía una cierta compasión de sí mismo, suave y reconfortante, que le endulzaba todo lo amargo y desagradable de su situación, cuando pensaba que a él, aprendiz de sombrerero, nadie podría privarle de aquel consuelo. Determinó que tomaría la comunión, cuando pudiese hacerlo, al menos cada dos semanas. Y luego se deslizaba muy sigilosamente en aquel deseo la esperanza de que, si tomaba con tanta frecuencia la comunión, tal vez el pastor Paulmann acabara fijándose en él, y era de seguro tal pensamiento el principal causante de la inenarrable dulzura que le producían aquellas figuraciones. Así, también allí estaba emboscada la vanidad, donde menos podría esperarse.
Le resultaba imposible creer que siempre iba a seguir siendo un ser tan desconocido y tan desamparado como hasta entonces. Según ciertas ideas novelescas que se le habían metido en la cabeza, habría de ocurrir un día que un hombre noble se topase con él por la calle, notase en él algo insólito y lo tomase bajo su protección. Una cierta expresión triste y melancólica que acabó adoptando era lo que, a su modo de ver, llamaría primero la atención. Por eso, muchas veces simulaba esa expresión más de lo que era natural en él. Es más, muchas veces, cuando la fisonomía de algún hombre distinguido le inspiraba confianza, estuvo en un tris de dirigirle directamente la palabra y ponerle al corriente de su situación. Pero cada vez le acobardaba la idea de que aquel hombre distinguido tal vez le tomara por loco.
Cuando iba por la calle, cantaba también a veces con una cierta voz plañidera algunos de los cánticos de Madame Guyon que había aprendido de memoria y en los que creía hallar alusiones a su propia vida. Y además, como en las novelas a veces puede obrar maravillas un cántico como aquél, que alguien entona lleno de dolor, pensaba que también él, atrayendo la
atención de algún ser filantrópico, conseguiría dar a su destino un rumbo distinto.
La reverencia que profesaba al pastor Paulmann era demasiado grande como para atreverse a dirigirle la palabra alguna vez. Cuando estaba cerca de él, le sobrevenía un escalofrío como si se hallara en la proximidad de un ángel.
No podía imaginar, o bien intentaba evitar cuidadosamente tal idea, que el pastor Paulmann se levantase y se acostase como todos los demás seres humanos y que ejecutase como ellos todos los actos naturales. Le resultaba completamente imposible representárselo en camisa y gorro de dormir, o más bien rehuía aquella idea, como si ella hiciese surgir un vacío en su alma. Especialmente insoportable era para él la imagen del gorro de dormir, cada vez que tal cosa le venía a la mente en relación con el pastor Paulmann, como si esa imagen produjese una disarmonía en todas sus otras representaciones.
Mas he aquí que una vez, estando casualmente Anton en la puerta de la iglesia, entró el pastor Paulmann y, en dialecto bajo alemán, le dijo al sacristán que después había que bautizar a un niño.
Si un contraste ha hecho alguna vez un efecto vivísimo en el alma de Anton, fue ése: en primer lugar, aquel hombre, a quien él nunca había imaginado de otro modo que dirigiéndose a los fieles en tono solemne y apasionado, hablaba con el sacristán en bajo alemán, como el más primitivo de los artesanos, y sobre una cosa tan sublime como el bautismo; y eso en un tono que era cualquier cosa menos sublime, el mismo tono con que podría haber dicho a alguien que no se olvidara de traer la jofaina.
Con aquel único incidente la idolatría que profesaba Anton al pastor Paulmann disminuyó un poco. Lo veneraba algo menos y lo amaba en cambio tanto más.
Por su parte, él se había formado un ideal de vida feliz tomado en su totalidad del pastor Paulmann. No podía imaginar nada más sublime y deleitable que hablar públicamente a los fieles, tal como el pastor Paulmann, y luego incluso, como también hacía el pastor a veces, dirigirse a la ciudad llamándola por su nombre. Sobre todo esto último tenía algo grandioso y patético para él, hasta tal punto que muchas veces, durante días
enteros, daba vueltas incesantemente en su imaginación a aquella invocación directa a la ciudad. Y cuando por ejemplo atravesaba la calle para ir a por cerveza y veía pelearse a unos niños, no podía evitar repetir interiormente las palabras del pastor Paulmann y anunciar a la inicua ciudad su perdición, al tiempo que levantaba el brazo con gesto amenazador.
Dondequiera que iba y que estaba, discurseaba para sí, en su fuero interno, y cuando caía en un estado de excitación violenta pronunciaba el sermón contra el perjurio.
De ese modo, estuvo sumido durante algún tiempo en aquellas agradables fantasías que casi le hicieron olvidar el cardado de lana en la fría habitación, el lavado de los sombreros en el hielo y la falta de sueño, cuando con harta frecuencia tenía que permanecer en vela varias noches seguidas. A veces, las horas de trabajo se le pasaban como si fuesen minutos cuando, ayudado de su imaginación, conseguía identificarse con la personalidad de un orador público.
Pero, ya fuese que aquella tensión no natural de sus energías anímicas, o que el esfuerzo físico, excesivo para sus años, que exigía el trabajo acabasen finalmente con él, Anton cayó gravemente enfermo. Los cuidados que se le dispensaron fueron escasos. Deliraba con la fiebre y a menudo yacía en la cama días enteros, sin que nadie se ocupase de él.
Por fin, se abrió camino su saludable naturaleza y se recuperó. Sin embargo la enfermedad le dejó como secuela una cierta apatía y abatimiento, y el filantrópico señor Lobenstein, con una de sus suaves amonestaciones, casi le hubiese causado una mortal recaída.
Fue una tarde, al anochecer, cuando Anton tenía que ayudar a Lobenstein mientras éste tomaba un baño de hierbas en un obscuro y retirado aposento. Como en aquel baño sudaba y pasaba gran miedo, le dijo a Anton con una voz que le llegó hasta la médula: «¡Anton! ¡Anton!
¡Guárdate del infierno!», mientras clavaba la vista en un rincón, como petrificado.
Anton se puso a temblar al oír aquellas palabras. Un súbito escalofrío le recorrió todo el cuerpo y le asaltaron todos los terrores de la muerte, pues no ponía en duda que Lobenstein acababa de tener una aparición que le anunciaba la muerte de Anton y que aquello era lo que le había hecho
prorrumpir en la terrible exclamación: «¡Guárdate, ay, guárdate del infierno!».
Tras aquel grito, Lobenstein salió de pronto del baño y Anton tuvo que iluminarle el camino hasta la alcoba. Caminaba delante de él con las rodillas temblorosas, y al marcharse, le pareció que Lobenstein estaba más pálido que la muerte.
Si alguien ha orado alguna vez a Dios con verdadero recogimiento y devoción, ése fue Anton nada más quedarse solo; en un chamizo que había junto al taller hincó en tierra, no la rodilla sino el rostro, dirigiendo súplicas a Dios y pidiéndole la vida, cual malhechor sobre el que ya se ha doblado la vara de la justicia. Sólo una dilación para convertirse, si de todos modos tenía que morir, porque le había venido a la memoria que había corrido y saltado alegremente por la calle más de veinte veces, y ahora tenía ante él todos los tormentos del infierno, que por su conducta habría de padecer eternamente. «¡Guárdate, ay, guárdate del infierno!» resonaba aún en sus oídos, como si un espectro le hubiese gritado tales palabras desde la tumba, y continuó orando sin interrupción una hora entera y no habría cesado en toda la noche si el miedo no hubiese disminuido. Pero cuando su pecho hubo exhalado incesantes y angustiosos suspiros y por fin fluyeron las lágrimas, le pareció que Dios había escuchado sus súplicas, ese mismo Dios que, como sucediera en tiempos pretéritos con los ninivitas, prefiere que no se cumpla la palabra de un profeta a permitir que se pierda un alma. Con sus oraciones, Anton había apartado la fiebre en la que probablemente hubiese recaído si sus agitadas fantasmagorías no hubiesen encontrado aquella salida. Así, una exaltación, una locura, muchas veces sana a la otra: se expulsa a los diablos con Belcebú.
Pasada aquella lasitud, Anton tuvo un sueño reparador, y a la mañana siguiente se levantó otra vez en buena salud. Mas la idea de la muerte despertó con él; pensaba que, todo lo más, le había sido concedida una pequeña dilación para convertirse y que tenía que apresurarse mucho si aún quería salvar su alma. Lo que hizo, en efecto, lo mejor que pudo. Por el día rezaba innumerables veces, arrodillado en un rincón, de tal modo que, en su mundo imaginario, acabó teniendo firme seguridad en la gracia divina y tal
contento interior que muchas veces se creía ya en el cielo y en ocasiones deseaba morir antes de apartarse otra vez del buen camino.
Pero no podía dejar de suceder que, en medio de todos esos extravíos de su fantasía, la naturaleza percibiese la ocasión del retorno y una vez más renaciese en el ánimo de Anton el amor natural a la vida por la vida misma.
Y al llegar a ese punto, pensaba en la muerte inminente como en algo triste y desagradable, y consideraba que en aquellos instantes otra vez era rechazado por la gracia divina, y volvía a asaltarle el miedo, por no serle posible acallar la voz de la naturaleza.
Ahora sufría por doble partida las tristes consecuencias de la superstición que le había sido imbuida desde su más tierna infancia, sus sufrimientos podían ser denominados, hablando propiamente, sufrimientos imaginarios, mas para él eran dolores reales, que le arrebataban los goces de la juventud.
Sabía por su madre que una clara señal de que se acercaba la muerte era cuando, al lavarse uno las manos, éstas no despiden vapor, así que, siempre que se lavaba las manos, vivía su propia muerte. Había oído decir que si un perro aúlla en una casa con el hocico vuelto hacia la tierra, es que está barruntando la muerte de una persona: entonces cada vez que aullaba un perro, estaba profetizando su propia muerte. Hasta si una gallina cacareaba como un gallo, era señal infalible de que pronto moriría alguien en la casa, y hete aquí que precisamente en su corral había una gallina de mal agüero que, contrariamente a su naturaleza, no paraba de cantar como un gallo. No había para Anton toque de difuntos con un sonido tan funesto como el de aquel cacareo, y esa gallina le deparó más horas lúgubres en su vida que cualquier otro infortunio que Anton sufriera jamás.
Muchas veces volvía a hallar consuelo y esperanza de vivir cuando la gallina permanecía en silencio algunos días. Pero nada más oírla otra vez, todas sus esperanzas, todos sus hermosos proyectos se le venían por tierra de golpe.
Cuando no pensaba en otra cosa que en la muerte, ocurrió que fue a la iglesia por primera vez después de su enfermedad, a oír al pastor Paulmann.
Éste ya estaba en el púlpito, y predicaba… sobre la muerte.
Aquello fue una conmoción para Anton. Pues habiendo aprendido a referirlo todo a su persona, conforme a la idea que le habían metido en la cabeza de que Dios se ocupaba de él de modo especial, ¿a quién sino a él iba dirigido el sermón sobre la muerte? Un malhechor no puede oír su sentencia de muerte con más angustia en el pecho que la de Anton al oír aquel sermón. El pastor Paulmann añadió razones suficientes para consolarse de los terrores de la muerte, mas de qué servía aquello frente al apego natural a la vida, que, pese a todas las extravagancias de que Anton tenía repleta la cabeza, seguía prevaleciendo en él. Retornó a casa con el corazón triste y oprimido, y durante quince días le tuvo apesadumbrado aquel sermón que el pastor Paulmann, de haber sabido que producía en dos personas más el mismo efecto que en Anton, probablemente no habría pronunciado.
Así Anton, a los trece años, por guiarle de un modo especial la gracia divina a través de sus escogidos instrumentos, se había convertido en un completo hipocondríaco, y, hablando con propiedad, podía decirse de él que a cada instante moría en plena vida. Se había visto infamemente privado de los goces de la infancia. El don de la gracia divina le había trastornado la cabeza.
Pero llegó la primavera, y la naturaleza, que todo lo cura, empezó también a rehacer lo que había destruido la gracia. Anton sintió nuevas energías vitales; se lavaba y las manos despedían vapor otra vez; ya no aullaban los perros; dejó de cantar la gallina y el pastor Paulmann no pronunció más sermones sobre la muerte.
Anton empezó otra vez a pasear a solas los domingos, y sucedió una vez que, sin darse cuenta, llegó precisamente a la puerta por donde hacía cosa de año y medio había entrado por primera vez en Hannover, con su padre.
No pudo menos de salir fuera de la muralla y avanzar por el amplio camino militar poblado de sauces por el que llegó entonces. Al hacerlo, le asaltaron extrañas sensaciones. Recordó de pronto todo lo vivido desde aquella época, a partir del día en que vio por primera vez a los centinelas marchando de un lado a otro en lo alto de la muralla y él imaginaba de mil maneras qué aspecto tendría la ciudad por dentro y cómo sería la casa de Lobenstein. Fue como si de pronto despertara de un sueño y estuviese otra
vez en el mismo sitio donde había comenzado ese sueño. Las diversas y variadas escenas de su vida de Braunschweig a lo largo de aquel año y medio se fundieron en un conjunto único y las distintas imágenes parecieron hacerse más pequeñas con arreglo a las proporciones mayores que de pronto había adquirido su conciencia.
Así de intensa es la imagen del lugar al que vinculamos todas las demás imágenes. Las distintas calles y casas que Anton veía a diario constituían la parte inmutable de sus representaciones, a la que él vinculaba los sucesos cambiantes de su vida. Éstos adquirían así coherencia y verdad, y le hacían distinguir lo realmente vivido y lo soñado.
Sobre todo en la infancia es menester que todas las demás ideas se asocien a las ideas de lugar, porque esas ideas tienen, en cierto modo, poca consistencia propia y todavía no subsisten por sí mismas.
Por eso, en la infancia resulta realmente difícil distinguir la vigilia del sueño. Y recuerdo que uno de nuestros mayores filósofos actuales me contó a este respecto una cosa muy curiosa que él había observado, relativa a sus años infantiles.
Debido a una cierta mala costumbre, muy frecuente en los niños, le habían azotado muchas veces con la vara. Por otro lado, soñaba siempre de una manera muy vívida, como también suele suceder, que se arrimaba a la pared y… Cuando a veces, de día, acababa arrimándose realmente a la pared, le venía a las mientes el duro vapuleo que le habían propinado con tanta frecuencia, y a menudo esperaba mucho tiempo antes de atreverse a satisfacer una urgente necesidad de la naturaleza, pues temía que se tratase otra vez de un sueño por el que volvería a recibir severo castigo: sólo cuando había mirado bien en derredor y, contando hacia atrás, calculaba el tiempo que había transcurrido, llegaba a convencerse totalmente de que no estaba soñando.
También solemos estar todavía medio soñando cuando despertamos por la mañana, y la transición al estado de vigilia sucede gradualmente, debido a que uno está empezando a orientarse; pero cuando se ha percibido por fin la claridad que entra por la ventana, todas las cosas van ordenándose ellas solas paulatinamente.
Por eso era bien natural que Anton, cuando ya llevaba varias semanas en Braunschweig en casa de Lobenstein, pensara por la mañana que seguía soñando, aunque ya estaba despierto en realidad, pues la clavija a la que solía anudar las ideas del día anterior —y también las de su vida pasada—