Anton Reiser

Karl Philipp Moritz · Capítulo 2 de 5 · parte 4/4

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Anton Reiser

Parte primera

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

cuando despertaba por la mañana, la que daba a esas ideas coherencia y verdad, se había como desplazado; porque la idea de lugar ya no era la misma.

¿Es, pues, de extrañar que el cambio de lugar muchas veces contribuya en alto grado a hacernos olvidar, como si fuese sueño, aquello que no nos gusta considerar como real?

En años posteriores, y en especial cuando se ha viajado mucho, se pierde un poco esa vinculación de las ideas a un lugar. Adonde quiera que se va, hay, o bien tejados, ventanas, puertas, losas, iglesias y torres, o bien prados, bosques, sembrados y matorrales. Las diferencias que llaman la atención desaparecen; la tierra se iguala por doquier.

Cuando Anton iba por las calles de Braunschweig, a veces, sobre todo a la caída de la tarde, se sentía de pronto como soñando. Solía también ocurrirle eso cuando iba por una calle que le parecía tener alguna lejana afinidad con una calle de Hannover. Entonces, por unos instantes, tenía la sensación de hallarse otra vez en Hannover; las escenas de su vida se confundían unas con otras.

Al pasear disfrutaba siempre mucho dirigiéndose a zonas de la ciudad donde no había estado aún. En tales ocasiones, sentía dilatársele el corazón, era como si se hubiese atrevido a traspasar de un salto el estrecho círculo de su existencia; las ideas cotidianas se perdían, y grandes y agradables horizontes, laberintos del porvenir, se abrían ante él.

Sin embargo, aún no había conseguido abarcar en una sola y completa vista de conjunto toda su vida de Braunschweig, con tantos y tan diversos cambios. El lugar en que se hallaba cada vez, le recordaba siempre con excesiva intensidad alguna parte precisa de esa vida, de forma que en su capacidad cognitiva no hallaba cabida la totalidad. Sus representaciones siempre giraban en el estrecho círculo de su existencia.

Para tener una imagen clara de la totalidad de aquella vida de Braunschweig, era preciso cortar, por así decir, todos los hilos que siempre

vinculaban su atención a lo momentáneo, cotidiano y diversificado de la misma; y que al mismo tiempo él estuviese situado otra vez en el punto de mira desde el que observaba su vida de Braunschweig antes de que ésta hubiese comenzado y cuando todavía se hallaba ante él como un porvenir vislumbrado.

Fue justamente ése el punto de mira en que se situó Anton cuando atravesó casualmente la puerta de la muralla por la que había entrado hacía aproximadamente año y medio, procedente del camino militar poblado de sauces, mientras veía ir y venir a los centinelas en lo alto de la muralla.

Tuvo que ser precisamente ese lugar el que, trayéndole de golpe a la memoria mil detalles insignificantes, pareció trasladarle de nuevo a la situación en que se encontraba inmediatamente antes de empezar a vivir en Braunschweig. Todo lo que había en medio tuvo que comprimirse en su imaginación, como se entremezclan las sombras unas con otras, y asemejarse a un sueño. Pues aquel estar él en el puente y aquel mirar-a-lo-alto-de-la-muralla, donde estaban los centinelas, enlazó directamente con su estar y con su mirar-a-lo-alto-de-la-muralla año y medio atrás. Anton volvió a representarse el pasado, todas las escenas de la vida de Braunschweig, como se las había representado en aquel entonces, año y medio atrás, como algo que aún estaba por venir, y aquella imagen tan intensa, aquella rememoración del lugar hizo que el recuerdo del tiempo intermedio transcurrido desde entonces, se borrase o al menos se atenuase. Comoquiera que fuere, de otro modo apenas es posible explicarse el fenómeno de aquella curiosa sensación que tuvo Anton y que cada persona recordará haber tenido al menos alguna vez en su vida.

Más de diez veces estuvo Anton a punto de no regresar a la ciudad y, siguiendo el camino que tenía ante él, retornar a Hannover, si no le hubiese atemorizado la idea del hambre y el frío.

Pero aquel día su determinación de no permanecer más tiempo en casa de Lobenstein, costase lo que costase, fue inquebrantable. Por eso, convencido de que ya no iba a durar mucho aquella situación, se tornó más indiferente a todo. El propio Lobenstein empezó a tomarle tal aversión que acabó escribiendo a Hannover, al padre de Anton, para que fuese a buscar a su hijo, que era un ser perfectamente inútil. Nada podía ser más deseable

para Anton que la noticia de que su padre iría pronto a buscarle para llevarlo a casa. En Hannover, concluyó él, tendrían que enviarle de todos modos a alguna escuela, antes de ser admitido a la Comunión, y en tal caso ya haría él por destacar para que se fijaran en él. En la misma medida que antaño había deseado ir a Braunschweig, anhelaba ahora retornar a Hannover, entregándose una vez más a agradables divagaciones sobre el porvenir.

Pero, no obstante su dura situación, se había encariñado con muchas cosas de Braunschweig, de modo que sus agradables esperanzas iban mezcladas de una tristeza que le sumía en dulce melancolía. A menudo estaba junto al río Oker, solo, siguiendo todo lo que le permitía la vista alguna barquilla que pasaba por allí, y le parecía entonces muchas veces como si hubiese penetrado de pronto con la mirada en su obscuro porvenir, pero cuando creía haber retenido la agradable ilusión, ésta desaparecía de repente.

Intentó entonces como saborear una última vez todas las zonas de la ciudad que conocía por sus paseos dominicales, y, aun esperando no volver a verlas jamás, se despidió melancólicamente de cada una de ellas.

Asistió a varios sermones más del pastor Paulmann, y algunos pasajes de ellos nunca se le borraron de la memoria.

En un sermón sobre la Pasión de Jesús, le emocionó profundamente el fervor creciente con que el pastor Paulmann dijo estas palabras: «Lleno de compasión posa la mirada en sus asesinos y ora y ora y ora: ¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!».

Y hablando de la confesión, en un sermón sobre el pasaje evangélico del leproso que tenía que mostrarse a los sacerdotes, le emocionaron a Anton las palabras dirigidas a los hipócritas que observan diligentemente todas las prácticas exteriores de la religión y llevan en el pecho un corazón hostil.

Cada período comenzaba con: «Vosotros vais al confesionario, os mostráis al sacerdote, pero él no puede ver dentro de vuestra alma, etc.». También repitió muchas veces en aquel sermón una expresión que conmovió hondamente a Anton y que le parecía ser: «Vosotros llegaréis al “Heben”».

Y es que esa última palabra, que el Pastor Paulmann no pronunciaba claramente de forma que Anton no podía entenderla bien, le parecía ser

«Heben» y esa palabra o ese sonido le conmovía hasta las lágrimas siempre que pensaba en él.

La misma atracción ejercía en él una expresión que aparecía muchas veces en los sermones del pastor Paulmann: «Las alturas de la razón». Pero eso tenía sus motivos específicos, que no será inútil exponer. El coro de la iglesia, donde estaba el órgano y cantaban los niños, siempre le había parecido un lugar inaccesible; anhelante, dirigía muchas veces su mirada hacia lo alto y no ansiaba dicha mayor que poder contemplar de cerca, siquiera una vez, la maravillosa fábrica del órgano y todo lo demás que hasta entonces había tenido que admirar de lejos. Esa fantasía tenía afinidad con otra que él había traído consigo de Hannover. En aquella ciudad, una torre precisa había sido para él un objeto lleno de seducción: la observaba con embeleso y muchas veces sentía envidia de los músicos del municipio que allá arriba, en la galería, tocaban al alba y al anochecer.

Podía contemplar horas y horas aquella galería, que desde abajo le parecía tan pequeña que a él no podía llegarle ni a la rodilla y por la que, sin embargo, apenas sobresalían las cabezas de los músicos con sus instrumentos pegados a la boca. Y lo mismo valía para la esfera del reloj, que, al decir de quienes habían estado arriba, debía ser tan grande como la rueda de un carro, mientras que a él, desde abajo, no le parecía más grande que la rueda de una carretilla. Todo aquello atizaba tanto su curiosidad que muchas veces pasaba días enteros no pensando ni deseando otra cosa que poder contemplar alguna vez de cerca aquella galería y aquella esfera de reloj.

Por encima de la galería, la torre de Hannover tenía unos orificios por los que pasaba el sonido, y a través de ellos también se veía cómo se movían las campanas con el movimiento de los pies. Y Anton casi devoraba con los ojos aquel espectáculo completamente nuevo para él: una máquina metálica, tan grande que producía un sonido atronador, bajaba y subía alternativamente ante sus ojos, bajo los pies de personas que parecían minúsculas y que allá en las alturas accionaban los pedales.

Le parecía como si hubiese mirado en las más recónditas entrañas de la torre y como si aquella misteriosa fábrica de maravilloso sonido, que él había escuchado conmovido tantas veces, hubiese descorrido su velo en la

lejanía. Pero aquello avivó aún más su curiosidad, en lugar de satisfacerla.

Él había visto únicamente la mitad de la campana que se elevaba, con su inmensa oquedad, y no todo su volumen. Desde que era niño había oído hablar del tamaño de aquella campana y su imaginación la hacía aumentar muchísimo de tamaño, de manera que Anton concebía al respecto las ideas más novelescas y extravagantes.

Cuando sufría por los dolores del pie, cuando gemía bajo la opresión de sus padres, ¿cuál era su consuelo? ¿Cuál era el más dulce sueño de su infancia? ¿Cuál su más ardiente deseo, que a menudo le hacía olvidarse de todo? No era sino poder contemplar de cerca la esfera del reloj y la galería de la torre de la Ciudad Nueva de Hannover con las campanas que en ella había.

Durante más de un año aquel juego imaginativo suyo le dulcificó las horas más sombrías de su vida, pero, ¡oh desdicha!, tuvo que abandonar Hannover sin haberse cumplido su más ardiente deseo. No obstante, la imagen de la torre de la Ciudad Nueva no se apartó de su mente, le siguió hasta Braunschweig, en sus sueños nocturnos se le aparecía muchas veces sobre elevadas escaleras de mil vueltas laberínticas, cuando él subía a la torre y, de pie en la galería, tocaba por fuera, con un placer inenarrable, la esfera del reloj, y luego, por dentro de la torre, no sólo tenía ante él la campana mayor, sino muchas otras campanas más pequeñas y otras cosas maravillosas, hasta que su cabeza chocaba con el reborde inmenso de la campana mayor y se despertaba.

Siempre que el pastor Paulmann hablaba de las «alturas de la razón», Anton pensaba con embeleso en las alturas de su torre bienamada, en la campana y en la esfera del reloj, y luego también en el elevado coro sobre el que se hallaba el órgano de Sankt Ulrich y entonces renacía de golpe todo su anhelo, y la expresión «Las alturas de la razón» le hacía derramar lágrimas de melancolía.

La parte propiamente expositiva de los sermones del pastor Paulmann, en la que hablaba con asombrosa rapidez, estaba fuera del alcance de Anton, porque no podía seguir el hilo del discurso. Pero, con la esperanza puesta en la parte exhortativa, le escuchaba con deleite: le parecía como si

se estuviese formando un nublado que pronto haría sobrevenir una bienhechora tormenta o una mansa lluvia.

Una vez, sin embargo, fue a la iglesia con la idea de reescribir en casa el sermón del pastor Paulmann, y de pronto fue como si, al oírle, se hiciese la luz en su espíritu. Su atención había dado un giro. Antes escuchaba con el corazón, ahora escuchaba por primera vez con el entendimiento. Él no sólo quería sentir una intensa emoción causada por ciertos pasajes, sino comprender la totalidad del sermón, y entonces empezó a considerar tan interesante la parte expositiva como la exhortativa. El sermón trataba del amor al prójimo, de cuán felices serían los hombres si cada individuo tratase de promover el bien de todos y todos el bien de cada individuo.

Nunca se borró de su memoria aquel sermón, con todos sus apartados y subapartados, que él escuchaba con el propósito de escribirlos, lo cual hizo nada más llegar a casa ante el asombro de August, a quien se lo leyó enseguida.

El escribir aquel sermón había originado como un nuevo proceso evolutivo de su capacidad intelectiva. Pues a partir de entonces, poco a poco empezó a estructurar jerárquicamente sus ideas, aprendió a reflexionar él solo sobre un tema, tratando después de presentar, fuera de sí mismo, la concatenación de sus pensamientos, y como no podía comunicar éstos a nadie, los ponía por escrito, aunque aquellas redacciones fuesen muchas veces bien peregrinas. Pues si antes hablaba con Dios directamente, ahora empezó a tener correspondencia con él, escribiéndole largas oraciones en que le exponía su estado.

Sentía ahora tanto más urgencia de hacer composiciones escritas cuanto que carecía totalmente de lecturas, pues Lobenstein hacía tiempo que ya no le daba ningún libro, salvo el de Engelbrecht, un oficial fabricante de paños de la ciudad de Winser junto al río Aller, Descripción del cielo y del infierno, que le había regalado.

En todo el mundo no habrá, de seguro, otro embustero como aquel Engelbrecht, que, al decir de la gente, había estado realmente muerto y que, una vez vuelto a la vida, le hizo creer a su anciana abuela que había estado verdaderamente en el cielo y en el infierno. Ella se lo contó a otros y así surgió tan delicioso libro.

Aquel sujeto no tenía el menor escrúpulo en afirmar que había estado con Cristo y con los ángeles de Dios, flotando justo debajo del cielo y que había cogido el sol con una mano y la luna con la otra y contado las estrellas del firmamento.

No obstante, sus comparaciones eran a veces bastante ingenuas.

Comparaba, por ejemplo, el cielo con una exquisita sopa de vino de la que sólo se degustan en la tierra pocas gotas, mientras que allí se la puede tomar a cucharadas. Y la música celestial estaba tan alejada de la música terrenal como un bello concierto lo está de la musiquilla de una gaita o del sonido que produce el cuerno de un vigilante nocturno.

Y en cuanto a los honores que se le habían hecho en el cielo, de eso no se cansaba de vanagloriarse.

A falta de mejor alimento, el alma de Anton tenía que contentarse con aquel único manjar, y así al menos su imaginación estaba en actividad. El entendimiento permanecía por así decir neutral, él ni lo creía ni dejaba de creerlo; sólo se lo imaginaba con todo detalle.

Entretanto, el enojo y el odio que ya le profesaba Lobenstein muchas veces le llevaba incluso a insultarle y golpearle; le amargaba la vida del modo más cruel; le obligaba a hacer las faenas más bajas y humillantes.

Pero nada fue más hiriente para Anton que cuando, por primera vez en su vida, tuvo que llevar una carga a la espalda, una banasta llena de sombreros, por la vía pública. Lobenstein caminaba delante de él y a Anton le parecía como si le mirase toda la gente que pasaba por la calle.

Toda carga que él podía llevar por delante, ya fuese bajo el brazo o en las manos, le parecía que, en lugar de rebajarle, le honraba. Pero el tener que ir agachado esa vez, con la cerviz inclinada bajo el yugo como un animal de carga, mientras su arrogante dueño y señor marchaba delante, eso le abatió por completo los ánimos, haciéndole la carga mil veces más pesada. Creyó hundirse bajo tierra, de fatiga y de vergüenza, antes de haber llegado con su carga al lugar de destino.

Ese lugar de destino era la armería, en la que había que entregar los sombreros, que habían sido encargados para el ejército. Anton no había deseado ver las campanas y la esfera del reloj de la torre de la Ciudad Nueva de Hannover con más anhelo que el interior de esa armería, delante

de la cual había pasado tantas veces sin ver cumplido su deseo. Mas ¡cómo se le estropeó la fiesta por tenerla que ver en aquel estado de ánimo!

Aquella carga a la espalda le abatió más que cualquier humillación sufrida y más que las reprensiones y los golpes de Lobenstein. Era como si no pudiese caer más bajo; casi se veía a sí mismo como una criatura despreciable y vil. Fue una de las más crueles situaciones de toda su vida, que recordaría después vivamente siempre que pasaba junto a una armería y cuya imagen volvía a surgir en su interior siempre que oía la palabra

«opresión».

Cuando le acontecía una cosa así, procuraba aislarse de todo el mundo; cualquier sonido alegre le producía aversión; corría a un lugar que había detrás de la casa, junto al río, y clavaba nostálgicamente la mirada en las aguas, muchas veces durante horas enteras. Si alguna voz humana, de alguna de las casas vecinas, le seguía hasta allí, o si oía cantar, reír o hablar, le parecía como si el mundo se riese burlonamente de él, tan despreciado, tan anonadado se sentía, desde que había inclinado la cerviz bajo el yugo de una banasta.

El unirse a las risas burlonas de quienes se mofaban de él, unas risas que su sombría imaginación le hacía escuchar, le procuraba una especie de deleite. En una de esas horas terribles en que estalló en desesperadas carcajadas de burla de sí mismo, el hastío de la vida fue excesivo en él, comenzó a temblar y a vacilar sobre el débil madero en que se mantenía de pie. Sus rodillas dejaron de sostenerle y cayó al agua. August fue su ángel guardián; ya llevaba un rato detrás, sin que él lo notase, y lo sacó del agua por un brazo. Sin embargo, había acudido más gente. Toda la casa estaba reunida allí, y desde aquel momento Anton fue tenido por persona peligrosa a la que había que expulsar de allí lo antes posible. Inmediatamente, Lobenstein contó el incidente al padre de Anton en una carta, y éste llegó dos semanas después a Braunschweig, lleno de enojo, para llevarse a Hannover a su malparado hijo, en cuyo pecho, a juicio del señor von Fleischbein, Satán se había erigido a sí mismo un templo indestructible.

El padre se quedó unos días en casa del sombrerero Lobenstein, y durante aquel tiempo Anton llevó a cabo todas sus tareas delante de su padre con redoblado afán y procuró tranquilizarse haciendo al final todo lo

que podía. En su fuero interno iba despidiéndose del taller, del cuarto del secado, del entarimado y de la parroquia de Sankt Ulrich, y la idea que más gusto le procuraba era que, cuando llegase a Hannover, le hablaría a su madre del pastor Paulmann.

Cuanto más se acercaba la hora de la despedida, tanto más alivio sentía en el pecho. Pronto saldría de aquella situación agobiante y sin perspectivas. El vasto mundo se abría otra vez ante él.

La despedida de August fue afectuosa, la de Lobenstein fría como el hielo. Era un domingo por la tarde, con un tiempo gris, cuando Anton salió con su padre de la casa de Lobenstein. Una vez más contempló la puerta negra guarnecida de grandes clavos, y se dio tranquilamente la vuelta para atravesar otra vez la puerta de la muralla, delante de la cual había dado hacía poco un paseo tan interesante. Pronto habían desaparecido de su vista las altas murallas y la Torre de San Andrés, y ya sólo veía a lo lejos, en el oscuro atardecer, el Brocken[9] cubierto de nieve y casi oculto entre las nubes que se cernían sobre él.

El corazón de su padre permaneció frío e inaccesible. Pues su padre, que lo miraba enteramente con los ojos del sombrerero Lobenstein y del señor von Fleischbein, lo veía a él como a un ser en cuyo pecho había erigido su templo Satán. No hablaron casi nada durante el viaje sino que siempre caminaron en silencio, advirtiendo apenas Anton la longitud del camino, tan agradable era el coloquio que mantenía con sus pensamientos: ahora volvería a ver a su madre y a sus hermanos y podría contarles sus aventuras.

Volvieron por fin a destacarse las cuatro hermosas torres de Hannover, y Anton contempló la torre de la Ciudad Nueva, como a amigo a quien se vuelve a ver tras larga separación, renaciendo de nuevo su amor a las campanas.

Otra vez se hallaba entre los muros de Hannover y todo era nuevo para él; sus padres se habían trasladado a otra casa más pequeña y oscura, en una calle apartada, y mientras subía las escaleras, todo le parecía extrañísimo, como si aquélla no pudiera ser su casa. Pero si el comportamiento de su padre para con él había sido frío y desanimante en extremo, ruidosa y exuberante fue la alegría con que salieron a su encuentro la madre y los

hermanos, que no dejaban de mirar sus manos agrietadas por el frío, y por primera vez sintió Anton que su familia volvía a compadecerse de él.

Cuando salió al día siguiente, recorrió todos los lugares conocidos donde había jugado antaño. Era como si hubiese envejecido durante aquel tiempo y quisiera rememorar los años de juventud. Anton se tropezó con una cuadrilla de antiguos condiscípulos y compañeros de juegos que le estrecharon la mano y se alegraron de su regreso.

Y tan pronto se halló a solas con su madre ¿qué otra cosa podía hacer que hablarle del pastor Paulmann? Ella, ya de por sí, profesaba un respeto infinito a todo lo sacerdotal y podía comprender muy bien los sentimientos de Anton hacia el pastor Paulmann. ¡Oh, qué horas dichosas fueron aquéllas en que Anton pudo abrir su pecho y hablar durante horas del hombre por quien, de entre todos los seres de la tierra, sentía el más grande amor y respeto!

Ahora oía predicar a los párrocos de Hannover, pero ¡qué diferencia!

Entre todos ellos no encontró un Paulmann, a excepción de un llamado N…, que, cuando hablaba apasionadamente, tenía cierta afinidad con él.

Ningún predicador podía hallar el beneplácito de Anton si no hablaba al menos tan rápidamente como el pastor Paulmann, y me parece que, si se tiene en cuenta que el predicador es un orador, no le faltaba razón. El maestro ha de hablar despacio, el orador, deprisa. El maestro ha de iluminar gradualmente el entendimiento, el orador arrebatar irresistiblemente los corazones. Con el entendimiento hay que proceder pausadamente, con el corazón, velozmente, si no se quiere malograr el fin. Por otra parte, será siempre mal maestro quien no sea a veces orador y mal orador quien no sea a veces maestro, pero cuando habla Fox en el parlamento inglés, lo hace con una velocidad sin igual y con ese poderoso torrente lo arrastra todo consigo y estremece a sus oyentes como hizo el pastor Paulmann con su sermón sobre el perjurio.

Un domingo, en la Iglesia Militar de Hannover, predicaba un capellán llamado Marquard, y Anton le escuchó de muy mala gana, por no tener la menor semejanza con el pastor Paulmann, antes bien, por su lenguaje algo lento y pesado, era casi el extremo contrario. Al llegar a casa, Anton no pudo menos de decirle a su madre la especie de odio que había concebido

contra aquel predicador, mas cuál no sería su asombro cuando su madre le dijo que él tendría clase de religión con aquel pastor y que también iría a confesar y a comulgar con él, pues era su confesor y ella pertenecía a su parroquia.

¿Cómo hubiera podido creer Anton que él podría amar un día al hombre por el que entonces sentía una irresistible aversión? ¿Que ese hombre llegaría a ser un día su amigo, su bienhechor?

Entretanto ocurrió un hecho que a Anton, ya de por sí propenso a la melancolía, le puso aún más triste: su madre cayó gravemente enferma y estuvo dos semanas entre la vida y la muerte. Imposible describir lo que sintió Anton en aquella ocasión. Era como si él muriese con su madre, tan íntimamente estaba unida su existencia a la de ella. Noches enteras pasó llorando cuando supo que el médico había perdido la esperanza de que sanara. Era como si le fuese totalmente imposible soportar la pérdida de su madre. Cosa bien natural, puesto que estaba abandonado de todo el mundo y sólo se consolaba con su amor y su confianza en ella.

Llegó el pastor Marquard y administró la comunión a la madre de Anton; éste creía ahora que ya no quedaba esperanza alguna y estaba inconsolable. Oró a Dios por la vida de su madre, y se acordó del rey Hisquias, a quien Dios envió una señal de que había sido escuchada su oración y prolongada su vida.

Un signo así buscaba ahora Anton: ¿tal vez, por ejemplo, quería retroceder la sombra que había en la pared del jardín? La sombra pareció retroceder, finalmente, porque una ligera nube había ido a situarse ante el sol, o puede que su imaginación hubiera hecho retroceder aquella sombra, pero a partir de ese momento renació en él la esperanza. Y su madre comenzó efectivamente a recuperarse. Él, por su parte, retornó también a la vida, e hizo todo lo posible por ganarse el cariño de sus padres. Pero con su padre no lo consiguió. Éste, desde que fue a recogerlo a Braunschweig, le había tomado a Anton un odio amargo e implacable que le hacía sentir en toda ocasión. Ello se ponía de manifiesto en cada una de las comidas y muchas veces Anton tuvo que comerse el pan mezclado literalmente con sus lágrimas.

El único consuelo en tal situación eran sus solitarios paseos con sus dos hermanos pequeños. Organizaba con ellos auténticas excursiones por las murallas de la ciudad, proponiéndose cada vez una meta, a la que siempre se dirigía en una especie de viaje.

Ésa había sido su ocupación preferida desde la más tierna infancia, y cuando casi no sabía andar aún, se proponía como meta alguna esquina de la calle en que vivían sus padres, y ése era el límite de sus pequeños paseos.

Transformaba, pues, la muralla a la que subía, en montaña, los matorrales por los que se abría camino, en bosque, y un pequeño promontorio de tierra que había en el foso, en isla. Y así, en un terreno de unos centenares de pasos, muchas veces hacía viajes de muchas leguas con sus hermanos. Se perdía y se extraviaba con ellos por los bosques, coronaba elevados peñascos y llegaba a islas deshabitadas: con ellos, en resumen, convertía en realidad, lo mejor que podía, aquel mundo novelesco suyo enteramente imaginario.

En casa organizaba con ellos toda clase de juegos en los que muchas veces imperaba la violencia: asediaba ciudades, conquistaba fortalezas construidas con los libros de madame Guyon, bombardeándolas con castañas silvestres. A veces también predicaba, y sus hermanos tenían que escucharle. La primera vez se construyó un púlpito a base de sillas, y sus hermanos estaban sentados en banquetas delante de él. Con el apasionamiento y la exaltación que se apoderaron de Anton, se derrumbó el púlpito, cayó él al suelo, y fue a dar violentamente, junto con la silla sobre la que estaba, contra la cabeza de sus hermanos. La gritería y la confusión eran generales. Al cabo, entró su padre, quien empezó a recompensarle con harta dureza por el sermón que acababa de pronunciar. Llegó después la madre de Anton, que quiso arrancarle de las manos de su padre. Al no conseguirlo, su furia tomó una dirección totalmente opuesta y comenzó a su vez a golpear con todas sus fuerzas a Anton, a quien de nada sirvieron súplicas y ruegos. Jamás, ciertamente, salió un sermón tan malparado como aquél, el primero que pronunció Anton. Hasta en los sueños le perseguía desde entonces el recuerdo de aquel incidente.

No obstante, por eso no desistió de subir otra vez a su púlpito y leer sermones enteros redactados por él, con evangelio, tema y disposición en

partes. Pues desde aquella primera vez que se puso a reescribir el sermón del pastor Paulmann, sabía ordenar más fácilmente sus ideas y ponerlas en una suerte de relación mutua.

No pasaba ahora domingo sin que reescribiese un sermón, adquiriendo así tal práctica que sabía rellenar las lagunas de memoria, y si él había oído un sermón y anotado sus pasajes esenciales, podía reproducirlo en casa por escrito casi íntegramente.

Anton tenía ya más de catorce años y, para recibir la Confirmación o ser acogido en el seno de la Iglesia cristiana, debía asistir antes durante algún tiempo a una escuela en que se impartiese clase de religión.

Sucedió que había en Hannover un instituto en el que se formaban los jóvenes que querían ser maestros rurales, y que tenía aneja una escuela que servía a los futuros maestros para hacer prácticas. Es decir, propiamente, la escuela debía su existencia a los maestros, en lugar de que los maestros estuviesen allí a causa de la escuela. Pero como los alumnos no pagaban, aquel establecimiento era el recurso de los pobres, que podían enviar allí a sus hijos para que estudiasen gratuitamente. Y como el padre de Anton no estaba dispuesto a gastar mucho en aquel hijo tan degenerado y tan dejado de la mano de Dios, acabó poniéndolo en aquella escuela. Allí, súbitamente, Anton volvió a ver ante él posibilidades completamente nuevas.

Para Anton fue un espectáculo solemne el ver reunidos en una sala, ya en la primera clase de la mañana, a todos los futuros maestros con los alumnos y alumnas. El inspector de aquel establecimiento, que era un clérigo, daba cada mañana a los alumnos una catequesis que servía de modelo a los maestros. Éstos se sentaban todos ante unas mesas, para ir escribiendo las preguntas y respuestas, mientras que el inspector iba y venía haciendo preguntas. Por la tarde, uno de los maestros tenía que repetir con los alumnos, en presencia del inspector, la catequesis que éste había dado por la mañana.

Ahora bien, el volver a escribir lo oído ya era algo muy fácil para Anton, y cuando el maestro repetía por la tarde la lección de la mañana, Anton ya la había escrito, de pie, en su pizarra, mucho mejor que el maestro, y podía dar más respuestas que preguntas hacía el otro, lo cual

pareció llamar hasta cierto punto la atención —una atención extremadamente lisonjera para Anton— del inspector.

Mas para que no se envaneciera de su buena suerte, al día siguiente le esperaba una humillación que casi dejó chica a la de Braunschweig, cuando tuvo que ir por primera vez con la banasta a la espalda.

Sucedió, pues, que en la segunda clase del día siguiente tuvo lugar un ejercicio silábico, en el que cada vez tenía que deletrear una sílaba uno de los muchachos y pronunciarla después a voz en cuello, repitiéndola luego en coro todos los demás. Aquellos gritos que atronaban los oídos, y todo aquel ejercicio le pareció a Anton cosa como absurda y desquiciada, y, persuadido como estaba de que él ya sabía leer con expresión, sintió no poca vergüenza de tener que aprender allí otra vez a decir las letras. Pronto, sin embargo, le llegó el turno de vocear él solo la sílaba, pues aquello iba con la rapidez del rayo. Y he aquí que Anton permaneció mudo en su asiento y la deliciosa música perdió de golpe el compás. «¡Venga, sigue!», gritó el inspector, y al ver que la cosa no marchaba, le dirigió una mirada de inmenso desprecio diciendo: «¡Qué mozo más lerdo!», y mandó deletrear al siguiente. Anton creyó morir en aquel instante, al ver cuán bajo había caído de pronto a los ojos de una persona con cuyo aplauso contara tan firmemente, tan bajo que esa persona ni siquiera creía que él supiese deletrear una sílaba.

Si antaño, en Braunschweig, su cuerpo estaba postrado por la carga que llevaba, tanto más lo estuvo ahora su espíritu bajo el peso con que se abatieron sobre él las palabras «¡Qué mozo más lerdo!» del inspector.

Mas esta vez era aplicable a él lo que se cuenta de Temístocles, que también sufrió en su mocedad una afrenta pública: «Non fregit eum, sed

erexit».[10] Desde el día en que sufrió aquella humillación hizo un esfuerzo diez veces mayor que antes por ganarse la estima de sus maestros, para, en cierto modo, avergonzar un día al inspector que le había conocido tan mal y hacer que se arrepintiese de la injusticia cometida.

El inspector exponía todos los días, durante las primeras clases de la mañana, el concepto doctrinal de la Iglesia luterana, de modo perfectamente dogmático, con todas las objeciones tanto de los papistas como de los reformados, tomando como base la explicación de Gesenio del Pequeño

Catecismo de Lutero. No cabe duda de que así Anton se llenó la cabeza de muchas cosas superfluas, pero aprendió a hacer capítulos y subdivisiones de capítulos, aprendió a trabajar de un modo sistemático.

Los cuadernos donde escribía lo que escuchaba iban aumentando, y en menos de un año poseyó un completo tratado de dogmática con todas las citas bíblicas y una apologética completa contra paganos, turcos, judíos, griegos, papistas y reformados: sabía hablar como un libro de la transubstanciación en la Cena, de las cuatro etapas de la exaltación y humillación de Cristo, de las doctrinas fundamentales del Corán y de las más relevantes pruebas de la existencia de Dios contra los librepensadores.

Y, en verdad, también hablaba como un libro de todas aquellas cosas.

Ahora tenía abundante material para sus sermones y sus hermanos volvieron a oírle pronunciar en casa, desde el inestable y peligroso púlpito, todo lo escrito en los cuadernos.

A veces le invitaban los domingos a casa de un primo, donde se reunían aprendices de artesanos. Allí tenía que ponerse delante de la mesa y pronunciar ante aquella asamblea un auténtico sermón, con texto bíblico, tema y partes diferentes. En tales sermones solía refutar la doctrina de los papistas sobre la transubstanciación, o bien combatía a los ateos, enumerando exaltadamente, una tras otra, las pruebas de la existencia de Dios, y poniendo al descubierto todas las deficiencias de la doctrina del azar.

Ahora bien, el centro al que asistía Anton tenía por norma que los adultos que estudiaban magisterio se distribuyesen los domingos por todas las iglesias y escribiesen los sermones que después tenían que presentar al inspector para que los revisara. De modo que Anton disfrutaba ahora aún más escribiendo sermones, pues veía que así realizaba las mismas tareas que sus maestros, y éstos, a los que él les enseñaba los sermones, le tenían cada vez en mayor estima y le trataban casi como de igual a igual.

Al final había reunido un grueso volumen con los sermones que él había transcrito y que consideraba como un gran tesoro, entre los cuales le parecía haber dos auténticas joyas: una era el sermón del pastor Uhle —quien, por su velocidad al hablar tenía la mayor semejanza con el pastor Paulmann—

pronunciado en la Iglesia de San Egidio y que trataba del Juicio Final.

Anton le pronunciaba muchas veces a su madre con verdadero deleite aquel sermón, en que la destrucción de los elementos, el hundimiento de la bóveda del universo, el temblor y temor del pecador, el alegre despertar de los justos, eran presentados en un contraste que excitaba al máximo la imaginación: y eso era lo más apropiado para Anton. A él no le gustaban los sermones fríos y razonados. El segundo sermón, que tenía en más aprecio que ningún otro, era el que pronunció el pastor Lesemann en la Iglesia de la Santa Cruz con ocasión de su despedida, y durante el cual, casi del principio al fin, había sido interrumpido por lágrimas y sollozos, tanto le amaban los fieles de su parroquia. La emoción y el sentimiento con que fue pronunciado aquel sermón causó indeleble impresión en el ánimo de Anton, quien no deseó para sí dicha mayor que poder pronunciar una vez ante una muchedumbre así, llorando todos a una con él, un tal sermón de despedida.

En cosas de ese género estaba Anton en su elemento y le causaba un deleite inefable la disposición melancólica de ánimo en que recaía entonces.

Seguramente nadie sintió jamás el deleite de las lágrimas ( the joy of grief) más intensamente que él en tales ocasiones. Esa conmoción interior a causa de un sermón de ese género tenía más valor para él que todos los otros placeres de la vida, habría dado sueño y comida a cambio de ella. También cobró más fuerza en él ahora el sentimiento de la amistad. Amaba, en su sentido más propio, a algunos de sus maestros, y anhelaba el trato con ellos; se hizo amigo sobre todo de uno de ellos, llamado R…, que a juzgar por su apariencia exterior era un hombre muy duro y áspero, pero que tenía en realidad un corazón de oro, cosa que sólo puede darse en un futuro maestro rural.

Anton tenía con él una clase particular de escritura y de aritmética, clase que le pagaba su padre, pues escribir y hacer cuentas era lo único que, en su opinión, quizás tendría que aprender Anton. Como éste ya sabía escribir sin faltas, R… le mandó hacer ya pronto composiciones propias que hallaron su entera aprobación, lo cual fue tan lisonjero para Anton que se atrevió por fin a confiarse a él y a hablarle tan sincera y confiadamente como hacía tiempo que no había hablado con nadie. Así pues, le dio a conocer su deseo irrefrenable de estudiar, y habló de la dureza de su padre, que se lo impedía y que no quería pemitirle aprender otra cosa que un oficio artesano. El

áspero R… pareció conmovido por aquella confianza y animó a Anton a franquearse con el inspector, que tal vez pudiese ayudarle mejor a lograr su objetivo. Se trataba del mismo inspector que, cuando Anton no quiso deletrear a gritos, le dijo con un gesto lleno de desprecio: «¡Qué mozo más lerdo!», cosa que él no había podido olvidar aún y que por tanto le hizo vacilar sobre si tendría que poner al corriente de sus deseos de estudiar a un hombre que había puesto en duda que él supiese las letras.

Entretanto, el respeto que le profesaban a Anton en aquella escuela aumentaba de día en día, y allí vio cumplido su deseo de ser el primero y de ver cómo atraía la atención de casi todos. Eso daba tal pábulo a su vanidad que muchas veces se veía ya predicando, sobre todo cuando llevaba ropa negra: entonces caminaba con unos andares solemnes y con un aire más serio de lo habitual. Al final de la semana, el sábado, después de haber entonado todos el cántico «Hasta aquí me ha traído Dios», uno de los alumnos leía siempre una larga oración. Cuando le llegaba el turno a Anton, era una verdadera fiesta para él. Se imaginaba a sí mismo de pie en el púlpito, recogiéndose interiormente durante los últimos versículos del cántico, y luego de pronto, como el pastor Paulmann, rompía a pronunciar una ferviente plegaria con todo el entusiasmo de la elocuencia. Su declamación, indudablemente, adquiría así un énfasis que era excesivo para un escolar y que no podía pasar inadvertido. De modo que el maestro le dejaba leer raras veces la oración.

Es más, los maestros acabaron teniendo como envidia de él. Uno de ellos organizó un ejercicio en el que los alumnos debían volver a contar con propias palabras una de las Historias bíblicas de Hübner. Anton, con su imaginación, aderezó poéticamente aquella historia, declamándola con una especie de ornato retórico. Aquello molestó al maestro, que al final indicó que Anton debía abreviar sus relatos. Entonces, la vez siguiente Anton resumió todo el relato en unas pocas palabras y a los dos minutos había terminado. Eso le pareció demasiado breve al maestro y volvió a ofenderse.

Finalmente, ya no le permitió contar más historias con palabras propias. Por la tarde, los maestros que repetían la catequesis tenían miedo de preguntarle, porque él siempre había escrito más que ellos; así que ya no

tenía ni la posibilidad de mostrar lo que sabía, lo cual, sin embargo, era lo que más deseaba, para que así se fijaran en él.

Lleno de enojo porque nunca le hacían preguntas y él tenía que estar siempre inactivo, se acercó por fin con ojos llorosos al inspector, que le había preguntado bastante en las clases de la mañana y parecía haber cambiado de opinión respecto a él. El inspector le preguntó qué le ocurría, si se había sentido injustamente tratado por alguno de sus condiscípulos, y Anton respondió que le habían tratado injustamente, mas no sus condiscípulos sino sus maestros: ni se ocupaban de él y ni tan siquiera le hacían preguntas, aunque él se supiese el tema mejor que otros. ¡Que le hiciesen justicia en eso!

El inspector trató de quitarle tal idea de la cabeza, disculpando a los maestros con los muchos alumnos que tenían, pero a partir de aquel momento comenzó a fijarse más en él, y por la mañana, en la primera clase, le hizo más preguntas que de costumbre.

Una vez por semana tenía lugar un ejercicio con los salmos, de los que cada alumno tenía que sacar conclusiones prácticas aplicables a sí mismo.

Éstas eran escritas en un pliego de papel o en una pizarra y luego leídas en alta voz, lo que hacía sudar a muchos. El inspector estaba delante. Anton no escribió nada. Mas al llegarle su turno, explicó el salmo punto por punto y pronunció sobre él una verdadera disertación o sermón que duró casi media hora, de forma que el propio inspector dijo al final que ya bastaba, que no debía hacer una exégesis del salmo sino sacar de él algunas enseñanzas morales.

Así transcurrió casi un año entero, en el que Anton hizo tan extraordinarios progresos en cuanto a aplicación y se comportó tan intachablemente, que alcanzó en altísimo grado la meta que se había propuesto, llamar la atención, provocando incluso la envidia de sus maestros.

Pero Anton se encontraba ahora en el momento decisivo de tener que elegir su futura forma de vida, y su padre, que quería quitárselo pronto de encima, se volvía cada vez más duro con él, de tal manera que la escuela era como un refugio seguro contra la opresión y persecución de que era objeto en su casa.

Su querido maestro, R…, fue nombrado al cabo maestro de un pueblo, y Anton ya no tenía un verdadero amigo entre sus maestros. Al despedirse, R… le aconsejó otra vez que se dirigiese directamente al inspector, y como de todos modos ya era hora de tomar una decisión, Anton, latiéndole el corazón, se atrevió un día a pedirle al inspector que le recibiera pues tenía algo importante que decirle. El inspector se fue con él a su aposento, y allí Anton sintió más confianza, le contó su vida y le abrió por entero su corazón. El inspector le expuso las dificultades, lo que costaban los estudios, pero no le hizo perder todas las esperanzas, antes bien le prometió que intervendría en favor suyo para que pudiese asistir gratuitamente a las clases de un instituto. Aquello, no obstante, eran perspectivas muy lejanas, pues sus padres no le darían absolutamente nada para vivir, ni tan siquiera alojamiento y comida, ya que su padre había encontrado un pequeño empleo a seis leguas de Hannover y se marcharía pronto de la ciudad.

Entretanto, el inspector había hablado sobre el futuro de Anton con el consejero consistorial Götten, de quien dependía el Instituto de Magisterio, y éste ordenó que Anton fuese a verle. Al ver a aquel venerable anciano, Anton perdió el valor y le temblaban las rodillas cuando se presentó a él, pero cuando el anciano le tomó afablemente de la mano y le habló con suavidad, él empezó a soltarse y a explicarle cuánto amaba los estudios. El consejero consistorial Götten le mandó entonces leer en alta voz una de las

Odas espirituales[11] de Gellert, para oír de qué calidad eran su elocución y su voz, caso de que un día quisiera dedicarse a la predicación. Tras lo cual le prometió concederle estudios gratuitos y procurarle libros; eso, sin embargo, era todo lo que podía hacer por él. Anton estaba tan lleno de alegría por aquella oferta que su agradecimiento no tenía límites y ya creía haber superado todos los obstáculos. Pues no se le ocurrió pensar que aparte de clases y libros también necesitaba comida, casa y ropa.

Triunfante corrió a casa e informó a sus padres de su buena suerte. Pero

¡qué jarro de agua fría cuando su padre le dijo con voz cortante que si quería estudiar, no contara con un solo penique suyo, pero que, si era capaz de procurarse por su cuenta comida y vestido, él no tenía nada en contra de que estudiase! Dentro de unas semanas, añadió, se marcharía de Hannover y si para entonces Anton aún no estaba de aprendiz en casa de ningún maestro

artesano, que él viera dónde se metía y que esperase tranquilamente a que alguna de las personas que le aconsejaban tan solícitamente que estudiase, se encargase también de su sustento.

Triste y melancólico vagaba ahora Anton, meditando sobre su destino.

No se apartaba de su ánimo la idea de estudiar, por muchas dificultades que se le interpusieran en el camino. Por su mente pasaban diversos proyectos.

Recordó haber leído que hubo antaño en Grecia un joven ávido de estudiar que, para poder vivir, partía leña y transportaba agua, dedicando a los estudios el tiempo que le quedaba. Él quería imitar aquel ejemplo y en muchos momentos ya estaba dispuesto a trabajar como jornalero durante unas horas para poder disponer del resto del tiempo. Pero entonces no podría aprovechar bien las clases del instituto, pensaba. Así, todo aquel meditar y reflexionar sólo le sumía más aún en la melancolía y la indecisión. Entretanto, se acercaba la fecha decisiva en que habría de tomar una determinación. Tenía que dejar la escuela a la que iba para asistir algún tiempo a la escuela militar, pues iba a ser confirmado por el capellán militar Marquard, a cuyas clases de preparación y de catequesis ya estaba empezando a asistir y que ya se había fijado en él debido a sus respuestas.

Pero él nunca hubiese tenido la osadía de tomar la iniciativa y contarle a aquel hombre, con quien al principio no logró tomar confianza, la aflicción de su alma.

Como a Anton no se le presentaba ninguna perspectiva sólida de estudios, seguramente habría terminado por aprender algún oficio, si una circunstancia en apariencia insignificante, no hubiese cambiado para siempre el rumbo de su vida.

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