Ardenas 1944

Lindsey Davis · Capítulo 14 de 57

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Ardenas 1944

12. Martes, 19 de diciembre

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Martes, 19 de diciembre

 

El 19 de diciembre al amanecer, el Kampfgruppe de Peiper atacó Stoumont con un batallón de Panzergrenadiere, una compañía de paracaidistas, y carros de combate de apoyo por la carretera. El primer asalto fracasó. La defensa de Stoumont parecía sólida, y el 119.º Regimiento de Infantería de la 30.ª División lanzó un contraataque por su flanco derecho. Pero un poco más tarde, en la espesa niebla de la mañana, volvió a funcionar el truco de los carros Panther lanzándose a la carga a su máxima velocidad. Los sirvientes de las piezas contracarro no tuvieron la más mínima oportunidad debido a la mala visibilidad. Solo algunos equipos fantasmales de bazucas que permanecieron al acecho de los blindados lograron causar un par de bajas desde atrás. Un cañón antiaéreo de 90 mm enviado desesperadamente a Stoumont consiguió dejar fuera de combate a un Tiger del 501.º Batallón de Carros Pesados.

A pesar de todo, el Kampfgruppe Peiper logró despejar Stoumont aplastando a la compañía de infantería encargada de su defensa. Cuando ya era demasiado tarde llegaron dos secciones de carros Sherman, que se vieron obligadas a replegarse. Las fuerzas de Peiper lograron avanzar cuatro kilómetros al oeste de la estación de Stoumont. Los oficiales estadounidenses lograron reunir una fuerza improvisada justo a tiempo. Estaba integrada por el batallón de reserva del 119.º Regimiento, quince Sherman incompletos sacados de un almacén de pertrechos situado en las inmediaciones por el 740.º Batallón Acorazado que acababa de llegar, una batería de obuses y otro cañón antiaéreo de 90 mm. Con unos pequeños barrancos por el lado norte de la carretera que se convertían en escarpadas colinas cubiertas de bosque en su parte superior, y una pronunciada pendiente en la parte sur, que bajaba hasta la vía del ferrocarril que corría paralela al río, resultaba imposible flanquear aquella posición. Aunque el cuartel general del I Ejército temía que las tropas de Peiper giraran hacia el norte en dirección a Lieja, la estación de Stoumont sería el punto más alejado al que llegaría su avance. El resto de la 30.ª División y la 82.ª División Aerotransportada del general Jim Gavin lograron concentrarse en la zona justo a tiempo: la 30.ª División para contraatacar la vanguardia alemana y la 82.ª Aerotransportada para avanzar desde Werbomont con el fin de prestar apoyo a los defensores de Saint-Vith.

En su afán por escapar de los combates que se libraban en la propia Stoumont, alrededor de doscientos sesenta civiles belgas bajaron a los sótanos del sanatorio de Saint-Édouard, que dominaba el valle del Amblève desde las escarpadas laderas de la colina. Pero los alemanes se apoderaron del edificio para convertirlo en una fortaleza. Los curas se pusieron a decir misas para tranquilizar a las mujeres y niños que quedaron aterrorizados cuando al día siguiente contraatacaron los estadounidenses y lograron abrirse paso combatiendo en el interior del propio sanatorio.

Los civiles pensaron que estaban a salvo y acogieron a los soldados estadounidenses con alegría, pero por la noche volvieron los alemanes. «La madre superiora dirigió a la muchedumbre rezando doce rosarios por los caídos en la batalla». Los estadounidenses volvieron a lanzar otro ataque, con los carros Sherman disparando a quemarropa en el interior del sanatorio. El tejado se vino abajo, las paredes saltaron por los aires, y parte del techo del sótano se hundió en medio de una nube de polvo y humo. El cura dio una absolución general, pero por un milagro no

resultó herido ni un solo integrante del grupo de mujeres y niños.[1]

El 19 de diciembre por la mañana, Peiper se enteró de que los estadounidenses habían vuelto a tomar Stavelot, en su retaguardia, suprimiendo así toda esperanza de reabastecimiento precisamente cuando se había quedado casi sin combustible. Envió a su batallón de reconocimiento con la misión de tomar de nuevo el pueblo. Peiper tenía una sensación de fracaso. Seguía lamentando amargamente haberse visto obligado a esperar que la infantería les abriera paso el primer día de la ofensiva. Habría tenido que ser un ataque sorpresa sin preparación de artillería, y solo con equipos de combate acorazados aparte de la infantería. Durante el posterior avance hacia el oeste, la larga y tortuosa columna de hombres y blindados había sido un gran error. Habrían debido avanzar en muchos grupos más pequeños, cada uno de ellos intentando localizar puentes que siguieran intactos y cualquier forma de poder pasar.

[2]

Sus tropas de las Waffen SS siguieron asesinando prisioneros a la menor oportunidad. En La Gleize, en la carretera que habían dejado, un miembro del 741.º Batallón Acorazado que había quedado aislado de su unidad debido al ataque alemán el día anterior, permaneció oculto en la iglesia. «Desde su escondite —afirmaba un informe— este soldado observó cómo los carros de combate y la infantería [alemana] daban el alto a un vehículo blindado estadounidense. Sus ocupantes se rindieron y recibieron la orden de salir de su vehículo. Fueron tiroteados inmediatamente con ametralladoras mientras permanecían sin moverse con las manos en alto. Los

alemanes cogieron entonces el vehículo y se lo llevaron»[3]. Y el Rottenführer Straub, del batallón de reconocimiento, contaría luego otro incidente a sus compañeros de cautiverio de la 26.ª División Volksgrenadier: «Nuestro batallón avanzó hacia Stavelot y continuó hasta La Gleize. Desde allí regresamos a Stavelot. Nuestro Sturmführer se limitó a fusilar inmediatamente [a los prisioneros]… La primera vez

fueron doce. Los fusiló simplemente porque le impedían el paso»[4].

Los Panzergrenadiere de las SS se convencieron de la veracidad de los cuentos más extraordinarios para justificar sus actos. Un soldado de apenas dieciocho años de la 1.ª División Panzer de las SS contó a otro prisionero de guerra que la reputación de disparar contra hombres desarmados que tenía uno de sus suboficiales de mayor graduación era tan conocida que se encontraron con algunos estadounidenses que fingían rendirse, pero que en el fondo solo pretendían vengarse. «Algunos aparecían —dijo— agitando una bandera blanca y sabíamos perfectamente que iban a por nuestro Oberscharführer porque había matado a muchos de ellos, así que cogíamos nuestros subfusiles y les disparábamos antes de que pudieran hacer nada. Así es como

trabajamos»[5].

Al caer la noche del 19 de noviembre, los soldados estadounidenses del 105.º Batallón de Ingenieros lograron infiltrarse en Stavelot y destruir el principal puente que cruzaba el Amblève, a pesar del fuego de los carros y las ametralladoras enemigas. Peiper se puso furioso: una parte de sus tropas había quedado aislada al norte del río y había pocos indicios de que pudiera llegar un equipo de reparación de

puentes de su división.[6]

 

La 3.ª División Fallschirmjäger, que el Kampfgruppe de Peiper había esperado que la alcanzara, no era más que una de las formaciones de Sepp Dietrich que intentaban machacar sin éxito el extremo sur de la cresta de Elsenborn. El cuartel general del I Cuerpo Panzer de las SS había mandado por delante a los paracaidistas con la misión de tomar Faymonville y luego Waimes, localidad de la que había sido evacuado el hospital de campaña estadounidense. Pero el grueso de la 3.ª División

Fallschirmjäger [7] nunca logró pasar de Faymonville.

La falta de progresos del VI Ejército Panzer había provocado una catarata de críticas por parte de Hitler y del OKW, que fue cayendo sobre Rundstedt y Model y por fin sobre Dietrich, que se sentía cada vez más frustrado y furioso. En un nuevo intento por enmendar la situación, Dietrich ordenó a la 12.ª División Panzer que saliera de Rocherath-Krinkelt para atacar las posiciones de la 1.ª División de Infantería estadounidense desde Büllingen. Los alemanes necesitaban urgentemente abrir la carretera al oeste de Malmédy. Algunos panzergrenadiere de la División Panzer de las SS Hitlerjugend, varios batallones de la 12.ª División Volksgrenadier y unos pocos carros de combate se reunieron a primera hora de la mañana en Büllingen dispuestos a aplastar al 26.º Regimiento de Infantería estadounidense. Los combates por hacerse con el dominio de Dom Bütgenbach serían tan intensos como los que se desarrollaron por conquistar Rocherath-Krinkelt al noreste.

 

Decidido a continuar los ataques en los alrededores de Rocherath-Krinkelt y de Wirtzfeld, Dietrich sacó a su reserva, la 3.ª División Panzergrenadier, para que ayudara a la 12.ª y a la 277.ª Divisiones Volksgrenadier. El fortísimo bombardeo se intensificó, a medida que los regimientos de artillería estadounidenses acumulados en la cresta de Elsenborn aplastaban todas las localidades retenidas en esos momentos por los alemanes que tenían a su alcance. Su prioridad primordial la mañana del 19 de diciembre era frustrar los renovados ataques contra Rocherath-Krinkelt, tarea en la que se destacaron los «Long Tom» de 155 mm. Pero el índice de bajas entre los oficiales jóvenes de artillería que hacían de observadores avanzados fue muy alto.

En las aldeas gemelas reducidas a escombros, las unidades que aún quedaban de la 2.ª División y las secciones de carros Sherman y de cazacarros continuaron repeliendo a los Volksgrenadiere y a los Panzergrenadiere. Prepararon también su retirada a nuevas posiciones en el flanco de la cresta de Elsenborn. Durante la tarde, empezaron a destruir los vehículos, los cañones y los pertrechos que iban a tener que abandonar. Los radiadores y los depósitos de petróleo fueron vaciados y los motores estuvieron girando sin cesar hasta que se pararon. Los artilleros metieron granadas de termita por la boca de sus cañones. Y a las 17.30, justo una hora después del anochecer, las primeras unidades emprendieron la retirada. A lo largo de la carretera surcada de baches los ingenieros pegaron con cinta adhesiva bloques de TNT a los árboles de uno y otro lado, con el fin de hacerlos volar por los aires y de ese modo bloquear el paso.

Agotados después de los tres días de combate en Rocherath-Krinkelt que habían desgastado considerablemente al VI Ejército Panzer, los hombres de la 2.ª División se escabulleron deslizándose por el fango resbaladizo de la nieve a medio fundir, sudando y lanzando maldiciones. Estaban tan cansados que en los claros donde el terreno era más firme caían al suelo y se quedaban dormidos mientras intentaban seguir adelante. A altas horas de la madrugada, una pequeña patrulla llegó sigilosamente al extremo de las aldeas gemelas. Regresaron para comunicar que había en ellas alrededor de mil alemanes con cerca de cien prisioneros estadounidenses.

 

Una decena de kilómetros más al sur, los dos desventurados regimientos de la 106.ª División atrapados en el Schnee Eifel al este de Saint-Vith intentaron volver a las líneas estadounidenses peleando con quien fuera preciso. Los oficiales y la tropa, carentes de experiencia, estaban completamente desmoralizados. La munición era escasa, se habían quedado sin contacto por radio debido sobre todo a las interferencias alemanas, y la magnitud de su desastre parecía abrumadora. Muchos intentaban animarse unos a otros asegurando que el socorro debía de estar ya de camino.

Kurt Vonnegut, que estaba con el 423.º Regimiento de Infantería, describía a sus camaradas como una mezcla de chavales de instituto y de sujetos que se habían alistado para evitar la cárcel. Muchos eran «especímenes que físicamente dejaban mucho que desear» y «que nunca habrían debido estar en el ejército». Pocos de ellos habían recibido instrucción de infantería. Vonnegut era el único explorador del batallón que tenía alguna idea de armas, y eso solo porque su «padre era un

aficionado a las pistolas, así que sabía cómo funcionaba toda esta mierda»[8].

Algunos intentaron escapar en vehículos, pero cuando los alemanes abrieron fuego con sus cañones contracarro, los abandonaron e inmovilizaron al resto. Sus mandos, que «volaban a ciegas», mandaron por delante exploradores a averiguar lo que estaba sucediendo, pero estos ni siquiera supieron encontrar al batallón de artillería que supuestamente estaba prestándoles apoyo. Los alemanes habían traído consigo altavoces para que sonara música de Benny Goodman, Artie Shaw y otros directores de orquesta estadounidenses, que interrumpían con promesas de «duchas, camas calientes, y tortitas para desayunar si os rendís». Aquellas ofertas provocaban respuestas en forma de coros obscenos. Un soldado que se había refugiado en una

zanja gritó llorando sonoramente: «¡Vete a tomar por culo, alemán hijo de puta!»[9].

Los comandantes de los dos regimientos decidieron darse por vencidos cuando sus unidades fueron bombardeadas por la artillería alemana desde todos los ángulos. A las 16.00 un oficial se adelantó ondeando una capa blanca para la nieve. Los oficiales y la tropa fueron obligados a desfilar con las manos levantadas a la altura de la cabeza, dando tumbos y trompicones. Sus guardianes les dijeron luego que pusieran el contenido de sus bolsillos en la funda del casco para poder quitarles lo que les diera la gana. Gran cantidad de ellos fueron conducidos al patio de una granja rodeado por una tapia de piedra. Al anochecer se oyó una voz decir: «No huyáis. Si huís, seréis ametrallados». No tuvieron más remedio que amontonarse y abrazarse

unos a otros para entrar en calor durante aquella noche larga y fría.[10]

Vonnegut la llamaría «la rendición más grande de estadounidenses en armas de la historia militar de Estados Unidos». (En realidad, la rendición que había tenido lugar en Bataan en 1942 había sido mucho mayor, pero la capitulación de los casi ocho mil hombres de la 106.ª División fue desde luego la más numerosa que se produjo en Europa). Vonnegut y una decena de soldados más intentaron encontrar el camino de regreso a las líneas estadounidenses a través del bosque totalmente nevado, pero los alemanes de la 18.ª División Volksgrenadier que estaban limpiando la zona los

atraparon en el lecho de un arroyo.[11] Los altavoces transmitieron la orden de rendición. Para meterles prisa, los alemanes dispararon tres salvas por encima de sus cabezas. Tras llegar a la conclusión de que no tenían más alternativa, los soldados estadounidenses acorralados desmontaron sus armas y tiraron las partes que todavía funcionaban. Salieron con las manos en alto y así empezaron su cautiverio que, en el caso de Vonnegut, lo llevó a Dresde y a la tormenta de fuego de febrero de 1945, descrita en su novela Matadero cinco.

Los oficiales del cuartel general del VIII Grupo de Ejércitos en Bastogne quedaron horrorizados cuando se enteraron de la rendición. El segundo jefe del estado mayor «deducía que los dos regimientos rendidos habrían debido oponer una resistencia feroz. Decía que una fuerza de esa magnitud era como “dos gatos monteses en un arbusto”, que habrían debido de clavar sus garras al enemigo en vez

de rendirse, como habían acabado haciendo»[12].

Los alemanes no podían dar crédito a sus ojos al ver la cantidad de hombres a los que habían rodeado. Uno de sus oficiales escribió en su diario: «Pasan columnas interminables de prisioneros; al principio unos cien, luego otros mil. Nuestro vehículo se queda atascado en medio de la carretera. Salgo y me pongo a caminar. El propio Model dirige el tráfico. (Es un hombre bajo y de aspecto poco distinguido que lleva monóculo). Los caminos están atestados de vehículos estadounidenses destrozados, coches y carros de combate. Pasa otra columna de prisioneros. Cuento más de mil hombres. En Adler hay una columna de mil quinientos hombres con unos cincuenta

oficiales y un teniente coronel que ya ha pedido la rendición»[13].

 

Para mayor frustración de Model, el tráfico alemán al este de Saint-Vith avanzaba con una lentitud insoportable. La artillería de la 7.ª División Acorazada estadounidense continuaba bombardeando sin cesar las carreteras de acceso. Tras su fracaso del día anterior al no poder tomar Saint-Vith, los alemanes efectuaron operaciones de tanteo sobre todo contra el 31.º Batallón Acorazado, con el objeto de rebasarlo por los flancos. El 38.º Batallón de Infantería Mecanizada «se lamía las heridas» tras la paliza que había recibido, y fue preciso unir varias secciones en una

debido a la gran cantidad de pérdidas sufridas.[14] Pero aun así parecía que los

alemanes se habían llevado la peor parte.[g14]

Entre los árboles que tenían frente a ellos, comunicaban los del 38.º de Infantería Mecanizada, «los únicos alemanes que encontramos estaban muertos; la mayor parte de ellos habían perdido la vida, al parecer, cuando intentaban guarecerse en un hoyo detrás de algún árbol o tronco caído. Los que no iban provistos de palas habían intentado cavar un agujero somero con sus cascos, con sus bayonetas o incluso con las uñas». Un cortafuegos, que había sido cubierto en el flanco derecho por una sección de ametralladoras pesadas, se comprobó que tenía «diecinueve paracaidistas diseminados casi en formación de marcha, a intervalos de cinco metros de distancia, cada uno de ellos con por lo menos entre cinco y ocho balazos en el pecho o en la

garganta»[15]. Según el comandante Boyer, se comprobó luego que los «paracaidistas» llevaban el uniforme y los emblemas de la División Grossdeutschland «debajo de sus monos de salto». Durante otro ataque efectuado aquella tarde, los cañones de 90 mm de una sección de cazacarros lograron dejar fuera de combate a un carro Mark V Panther y a uno de los dos cañones de asalto que prestaban apoyo a la infantería alemana.

La principal amenaza para la línea de defensa del general de brigada Hasbrouck estaba al norte, donde la 18.ª División Volksgrenadier y la Führerbegleitbrigade intentaban dar media vuelta a toda costa. Pero aunque la Führerbegleitbrigade se consideraba a sí misma una unidad de élite, también en ella se produjeron bajas por motivos psicológicos. Al parecer un integrante de su estado mayor, el Rittmeister Von Möllendorf estaba «histérico y hecho un auténtico manojo de nervios. Llora cada vez

que se menciona el nombre de Hitler»[16].

Una amenaza todavía mayor para la retaguardia de Hasbrouck se produjo cuando la 9.ª División Panzer de las SS Hohenstaufen siguió su misma ruta un poco más al norte, a través de Recht y Poteau, que el Kampfgruppe Hansen había tomado previamente. En los combates en las inmediaciones de Poteau, un enlace de las SS recibió una herida en el estómago a consecuencia de la explosión de una bomba estadounidense. Una vez que sus compañeros lo colocaron en una camilla, con parte de los intestinos saliéndosele por la herida, uno de ellos hizo intención de quitarle el casco de acero, pero él pidió por favor que se lo dejaran puesto. En el cuartel general de la compañía un Unterscharführer intentó otra vez quitarle el casco, pero el hombre protestó dando grito. Cuando llegaron al puesto de socorro, el herido estaba semiinconsciente. Un sanitario «levantó la cabeza del hombre, desató la correa anudada a la altura de la mandíbula y le quitó el casco. Se llevó con él la parte superior del cráneo y el cerebro. El hombre debió de notar que le había alcanzado otro trozo de metralla que había pasado por debajo de la correa del casco. Le había

atravesado el cráneo. Permaneció vivo hasta que le quitaron el casco»[17].

Hasbrouck sabía que si los alemanes se desviaban por el sur y tomaban Vielsalm y Salmchâteau a unos diez kilómetros al oeste de Saint-Vith, sus fuerzas quedarían aisladas. Pero la 9.ª División Panzer de las SS y la 116.ª Panzer veinte kilómetros al suroeste se dirigían al Mosa a uno y otro lado de la divisoria de aguas de Saint-Vith. Hasbrouck sabía simplemente que tenía que resistir allí para cortar el paso a la 18.ª y a la 62.ª Divisiones Volksgrenadier que, tras deshacerse de los regimientos estadounidenses acorralados en el Schnee Eifel, podían concentrar ya toda su fuerza contra Saint-Vith.

 

Verdún, en palabras de un oficial del estado mayor de Bradley, era «una ciudad guarnición profesional fea», con una población considerada hostil por los estadounidenses. El cuartel general de retaguardia del XII Grupo de Ejércitos estaba situado «detrás de unos grandes rollos de alambre de espino, ante los cuales paseaban

arriba y abajo los centinelas»[18].

Eisenhower llegó en compañía del mariscal del Aire Tedder en su Cadillac blindado de comandante supremo. Patton apareció en su «fabuloso jeep con puertas

de plexiglás y una ametralladora de calibre treinta montada sobre un poste»[19]. Junto con los comandantes en jefe de los dos grupos de ejércitos estadounidenses, Bradley y Devers, subieron las escaleras del edificio de piedra gris seguidos de un montón de oficiales del estado mayor. Una simple estufa ventruda era la única fuente de calor que había en la habitación alargada, así que fueron pocos los que se quitaron el abrigo.

Decidido a dar el tono adecuado a la reunión, Eisenhower abrió la sesión.

—La situación actual debe ser considerada como una oportunidad y no como un desastre para nosotros —dijo—. En esta mesa de conferencias debe haber solo caras risueñas.

—¡Demonios! ¡A ver si tenemos agallas y dejamos que esos hijos de puta vayan derechos hasta París! —exclamó Patton desde el otro extremo de la mesa—. ¡Entonces realmente los tendremos aislados y nos los merendaremos!

Su intervención provocó algunas risas nerviosas. La ocurrencia de Patton de atacar el saliente enemigo desde su base encontró pocos adeptos. Eisenhower no parecía muy divertido.

—George, eso está muy bien —dijo—, pero hay que impedir por todos los

medios que el enemigo cruce el Mosa.[20]

Gracias a las recientes interceptaciones de Ultra, el SHAEF tenía en aquellos momentos una idea más clara de cuáles eran las ambiciones alemanas en la Operación Herbstnebel. Eisenhower estaba decidido a estar a la altura del reto como comandante de campaña, y no quería dirigir la batalla como un mero figurón en la distancia. Esta idea debió de verse reforzada por la sospecha de que no había sabido imponerse con suficiente energía durante los últimos meses.

De pie ante el gran mapa de las Ardenas que colgaba de la pared, los oficiales del estado mayor informaron a los numerosos generales allí congregados acerca de la situación. Eisenhower enumeró entonces las divisiones que habían sido traídas a Francia. Los distintos comandantes podían ceder terreno, si era necesario, pero de ninguna manera debía producirse una retirada al otro lado del Mosa. EL VI Grupo de Ejércitos de Devers, en Alsacia, debía extenderse hacia el norte para hacerse cargo de parte del frente del III Ejército de Patton. Esto dejaría libres a algunas divisiones de este último, que se encargarían de contraatacar desde el sur.

—¿Cuándo puedes empezar? —preguntó Eisenhower volviéndose hacia Patton.

—Tan pronto como acabes de hablar conmigo.

Eisenhower quería que fuera más concreto. Patton no pudo resistir a la tentación y soltó una serie interminable de bravatas.

—El 21 de diciembre por la mañana, con tres divisiones —contestó—.[g15] La 4.ª Acorazada, la 26.ª y la 80.ª.

Patton no dijo que una agrupación de combate de la 4.ª Acorazada y el cuartel general de todo un cuerpo estaban ya en camino, y que el resto de las unidades habían empezado a salir de su base aquella misma mañana. La idea de que el grueso de un ejército pudiera dar un giro de noventa grados para atacar en una dirección distinta en el plazo de tres días provocó una expresión de pasmo e incredulidad en todos lo que

estaban alrededor de la mesa.[21]

—No seas fatuo, George —dijo Eisenhower—. Si intentas salir tan pronto, no tendrás las tres divisiones listas y lo harás todo de forma desorganizada. ¡Empezarás el 22 y quiero que el primer golpe que descargues sea bien fuerte!

Eisenhower tenía razón de sentir preocupación por la posibilidad de que un ataque demasiado precipitado disminuyera el efecto deseado. Pero no cabe duda de que la energía del III Ejército y el trabajo de su estado mayor dieron lugar a uno de los despliegues más rápidos que se conocen en la historia de la guerra.

Durante toda la reunión, el superior de Patton, el general Bradley, habló muy poco. Aquejado ya de estrés y de urticaria, sufría además de sinusitis. Bradley se había puesto a la defensiva porque, en efecto, había sido decisión suya dejar las Ardenas tan mal defendidas. Se sentía completamente marginado, pues Eisenhower estaba tomando todas las decisiones y dando directamente órdenes a Patton saltándose a la torera su posición. Bradley, además, se había aislado él solo al negarse a trasladar su cuartel general de la ciudad de Luxemburgo alegando que semejante acto habría provocado la alarma de la población civil, aunque es indudable que el orgullo tuvo también mucho que ver con esa decisión. En cualquier caso, el resultado fue que permaneció sin contacto con el cuartel general del I Ejército de Hodges en las inmediaciones de Lieja debido al avance de los alemanes. Ni él ni ninguno de sus oficiales del estado mayor había visitado un solo cuartel general estadounidense desde que había dado comienzo la ofensiva. Para empeorar todavía más su humor, Bradley se sintió totalmente desairado al término de la reunión, cuando invitó a Eisenhower a almorzar juntos. El comandante supremo declinó la oferta diciendo que se limitaría a tomar un simple bocadillo en el coche de regreso a Versalles.

Cuando Eisenhower estaba a punto de montar en su coche oficial, se volvió de nuevo hacia Patton.

—Cada vez que me conceden una nueva estrella, sufro un ataque —bromeó, aludiendo a su anterior ascenso, justo antes de que diera comienzo la ofensiva sorpresa de Rommel en el paso de Kasserine, en Túnez.

—Y cada vez que sufres un ataque, tengo yo que sacarte las castañas del fuego —

replicó Patton, que a todas luces se sentía de maravilla.[22] A continuación fue a buscar un teléfono y llamó a su cuartel general en Nancy para confirmar que se diera la orden de marcha a sus divisiones utilizando una expresión en clave previamente acordada. Patton volvió fumando un puro para hablar con Bradley, quien, según su asistente Chester Hansen, «estaba que trinaba»:

—No quiero utilizar ninguna de tus cosas [i. e. tus formaciones] a menos que me vea obligado —dijo Bradley a Patton—. Quiero reservarlas para arrear un jodido golpe cuando volvamos a tomar la iniciativa y vayamos a atizar bien fuerte a ese

cabrón.[23]

Aquellas palabras daban a entender que Bradley todavía estaba molesto por la decisión de Eisenhower de que fuera Patton el que lanzara un contraataque rápido. Pero cuando Bradley y su séquito volvieron a Luxemburgo, se cruzaron con un convoy del III Ejército de Patton que iba ya en camino. El estado mayor del III Ejército no había perdido ni un instante.

Eisenhower había hecho bien en rechazar la propuesta instintiva de Patton, que pretendía dejar aislada la ofensiva alemana de sus propias bases. Aunque las fuerzas estadounidenses desplegadas en las Ardenas habían doblado sus efectivos y ascendían casi a los ciento noventa mil hombres, eran todavía demasiado poco numerosas para arrostrar una operación tan ambiciosa. El III Ejército debía asegurar el flanco sur y la ciudad de Luxemburgo, pero su prioridad primordial era avanzar hacia el norte, en dirección a Bastogne, donde la 101.ª División Aerotransportada y parte de la 10.ª Acorazada estaban a punto de ser rodeadas.

La situación en toda la zona era caótica. El coronel Herman, del 7.º Grupo de Cazacarros asumió la defensa de Libramont, al suroeste de Bastogne. Allí nadie sabía lo que estaba pasando, de modo que mandó detenerse a todos los rezagados e incluso a una columna de artillería que atravesaba la población.

—¿Adónde vais? —preguntó.

—Nos estamos retirando, señor —fue la respuesta que le dieron.

—¡Al diablo vuestra retirada! —replicó Herman—. Aquí es donde vais a dar media vuelta y os vais a poner a combatir.

El 19 de diciembre a medianoche, Herman había logrado reunir una fuerza de unos dos mil hombres, a los que añadió a la mañana siguiente otro batallón de

artillería que se había quedado sin mandos.[24]

En Wiltz continuaba la resistencia aunque la carretera situada al oeste que iba a Bastogne había sido cortada por las patrullas alemanas, que bloquearon así los intentos de reabastecer a lo que quedaba de la 28.ª División en la ciudad con raciones de comida y municiones. A las 14.30 la 5.ª División Fallschirmjäger, tocando silbatos y con el apoyo de cuarenta carros de combate y cañones de asalto autopropulsados, atacó la localidad desde varios lados. Al anochecer, los defensores habían sido obligados a retroceder hasta el centro del pueblo, en medio de edificios en llamas. El general Cota mandó un mensaje a su oficial al mando: «¡Dadles fuerte, diablos!». Aquella noche los supervivientes recibieron la orden de salir en pequeños grupos y dirigirse a Bastogne. Sometido a un intenso fuego un convoy de treinta vehículos intentó abandonar el pueblo, pero no hubo más remedio que abandonarlos. Tras volar todos los puentes, la última unidad de ingenieros no pudo salir de Wiltz

hasta las 11.00 del día siguiente.[25]

Los camiones y remolques atestados de paracaidistas que se dirigían a Bastogne tomaron el camino de Mande-Saint-Étienne, a unos seis kilómetros al oeste para no congestionar la población. Las carreteras que salían de Bastogne estaban bloqueadas por los conductores del ejército que, presas del pánico, intentaban escapar a toda costa. Incluso los oficiales tuvieron que ser amenazados a punta de pistola para que se apartaran del camino y dejaran pasar a la 101.ª Aerotransportada. Los paracaidistas, muertos de frío después de aquel viaje tan largo, saltaron completamente tiesos de los vehículos. Todo el mundo se daba cuenta de que había que darse prisa, en vista de

que había dos divisiones [26] panzer y otra de infantería acercándose a Bastogne. Los

que tenían que cargar al hombro los tubos de los morteros y las plataformas en las que se asentaban, quedaban rezagados debido a lo pesado de su carga como «un esclavo egipcio obligado a transportar un capazo», en palabras de Louis Simpson,

integrado en el 327.º. Regimiento de Infantería de Planeadores.[27]

Ignorando el papel trascendental que había desempeñado la maltrecha 28.ª División, los paracaidistas de la 101.ª Aerotransportada se sintieron asqueados al ver a los rezagados sin afeitar y sucios que huían hacia el oeste atravesando la ciudad. Les quitaban la munición, las granadas, las herramientas necesarias para cavar trincheras e incluso las armas, o bien las cogían de los vehículos abandonados para suplir sus carencias. La población civil belga, por otro lado, salía de sus casas ofreciendo sopa y café caliente a los soldados, y caminaban un rato a su lado mientras se lo tomaban sobre la marcha.

El primer regimiento en llegar, el 501.º de Infantería Paracaidista del coronel Julian Ewell, marchó hacia el este, en dirección a Longvilly antes incluso del amanecer para apoyar al Equipo Cherry, de la 10.ª División Acorazada. Podían escuchar disparos delante de ellos, a través de la niebla húmeda y fría. No tardaron en encontrar algunos supervivientes totalmente traumatizados de la destrucción sufrida por la Agrupación de Combate R la noche anterior, que les dijeron: «Nos han

aniquilado»[28].

El coronel Cherry había logrado llegar al castillo situado justo al sur de Neffe durante la noche del 18 al 19 de diciembre, pero cualquier esperanza de hacer de él su puesto de mando se esfumó con las primeras luces del día. La sección de reconocimiento del 3.er Batallón Acorazado y parte del 158.º Batallón de Ingenieros de Combate que defendían los cruces de carreteras de Neffe, fueron atacados por un destacamento avanzado de la División Panzer Lehr. Un equipo de bazucas dejó fuera de combate un carro Mark IV, pero el vigor del fuego de las ametralladoras y de las bombas del destacamento de exploradores fue tal que los defensores tuvieron que retroceder por la carretera que remontaba el valle en dirección a Bastogne.

Dos hombres lograron llegar al castillo y avisar a Cherry de lo que había ocurrido. Fueron avistados acercándose por el este otros cuatro carros, entre ellos un Mark VI Tiger, así como un vehículo blindado y otros cien Panzergrenadiere. Cherry y el puñado de hombres que formaban el personal de su cuartel general se dispusieron a defender el castillo, un edificio cuadrado y sólido con una sola torre. Desmotaron las ametralladoras de sus vehículos y las colocaron en las ventanas. Para Cherry, aquel fue un momento terrible. El grueso de sus fuerzas, entre Magéret y Longvilly, había quedado aislado y se hallaba bloqueado en un atasco de tráfico con lo que quedaba de la Agrupación de Combate R de la 9.ª División Acorazada. Lo único que pudo hacer Cherry fue observar cómo los alemanes preparaban la trampa.

Aproximadamente a las 13.00 horas se hizo perceptible el fragor de la batalla. El 77.º Regimiento de Granaderos de la 26.ª División Volksgrenadier lanzó un ataque inmediato contra la columna de vehículos atascados. La artillería y los cañones de asalto se sumaron a la refriega, así como una compañía de carros o compañía blindada de la División Panzer Lehr. «La sorpresa fue total», anotó el Generalmajor

Kokott en tono casi profesoral.[29] Los estadounidenses fueron rodeados y se desató el caos entre ellos mientras los vehículos chocaban unos con otros en su vano empeño por escapar. Los combates acabaron en hora y media. Solo lograron escapar hacia el norte unos pocos vehículos. Varios oficiales y cientos de hombres fueron capturados.

A medida que se acercaba a Neffe, el 1. er Batallón del 501.º Regimiento de Infantería Paracaidista del coronel Ewell podía oír con toda claridad el tiroteo a través de la niebla y la llovizna. Ewell ordenó a sus hombres que se dispersaran a ambos lados de la carretera y que se pusieran a cavar trincheras. Mientras preparaban sus pozos de tirador, podían oír el ruido de los carros de combate. Y después escucharon los gritos de desesperación de los equipos de bazucas.

El 2.º Batallón mientras tanto se dirigía a defender Bizôry, a dos kilómetros al norte de Neffe. También esta aldea se vio atrapada en un durísimo combate, y los soldados estadounidenses no tardaron en rebautizarla «Misery». La moral de los alemanes estaba por las nubes debido al éxito alcanzado en las dos refriegas que habían tenido anteriormente con las columnas blindadas estadounidenses, pero no tardarían en sufrir un cruel desengaño. Después, por la tarde, el 26.º Batallón Volksgrenadier de reconocimiento y el 78.º Regimiento de Granaderos se vieron envueltos en duros combates en los alrededores de Mageret y Bizôry. El ataque contra Bizôry causó «dolorosas pérdidas». Parte de la División Panzer Lehr tuvo que batirse también duramente en Neffe. Los estadounidenses habían ganado la carrera

por llegar primeros a Bastogne con sus refuerzos.[30]

El coronel Ewell estableció una línea defensiva a lo largo del terreno elevado situado a menos de tres kilómetros al oeste de la plaza del Mercado de Bastogne. «¡El enemigo ha aprovechado muy bien el tiempo!», reconocería tristemente el oficial al

mando del 26.º Batallón [31] Volksgrenadier . Y la División Panzer Lehr padecía una escasez tan desesperante de combustible que se vio obligada a aprovechar la gasolina

del depósito de los vehículos capturados o averiados.[32]

Aquel «día de sorpresas» dejó bien claro a Bayerlein que la idea que había tenido el alto mando de desviarse de su rumbo para tomar Bastogne era ya imposible. Pero el comandante en jefe del XLVII Cuerpo Panzer, el Generalleutnant barón Von Lüttwitz, le culpó por no haber tomado Bastogne. Bayerlein replicó que la culpa había sido de la 26.ª División Volksgrenadier y del propio Lüttwitz, que le había obligado a aminorar la marcha para que la División Panzer Lehr se enzarzara en un combate al este del río Clerve en contra de lo que preveía el plan original. Bayerlein dijo también que la autoridad de Lüttwitz no era «lo bastante coherente y enérgica». No había sabido concentrar las tres divisiones en un ataque a gran escala, y había

permitido que «se dispersaran»[33].

Aquella noche, las tropas alemanas, totalmente agotadas, se atrincheraron mientras la lluvia descargaba con furia. «Fueron traídas municiones y raciones de comida —comentaría el oficial al mando del 26.º Batallón Volksgrenadier—. De vez en cuando se oía una ráfaga nerviosa de fuego de ametralladora o un atronador fuego de mortero que duraba un par de minutos, y tras unas cuantas salvas volvía a

cesar»[34].

 

A ocho kilómetros al norte de Bastogne, el comandante William Desobry, un joven alto y de complexión atlética de solo veintiséis años, al mando del 20.º Batallón de Infantería Mecanizada había pasado una noche de angustia en Noville. Desobry y sus cuatrocientos hombres aguardaban la embestida de lo que luego descubrirían que era el grueso de la 2.ª División Panzer. Aproximadamente a las 04.00 de la madrugada, los hombres de Desobry se dieron cuenta de que habían dejado de pasar soldados rezagados. Poco después, oyeron los primeros tiros. La avanzadilla situada a lo largo de la carretera de Bourcy, tras abrir fuego, se replegó hacia el pueblo, tal como se le había ordenado. Su sargento, que había recibido un disparo en la boca, comunicó con

dificultad que los alemanes habían hecho su aparición en semiorugas.[35]

Desobry pudo oír el característico ruido de los vehículos blindados que se dirigían al norte. Aunque sabía que «los ruidos por la noche suenan con más fuerza y parecen mucho más cercanos», se trataba con bastante claridad de una fuerza provista de carros de combate, a juzgar por el estruendo que hacían sus orugas. «¡Ay hermano! —dijo Desobry para sus adentros—. Realmente esto es algo gordo».

Al noreste podía oírse un intenso tiroteo de armas automáticas y de cañones de carros. Provenía de la aniquilación de que era objeto el tercer equipo de la desventurada Agrupación de Combate R de la 9.ª División Acorazada. Por desgracia para ellos, sus integrantes se habían replegado justo por la misma senda por la que venía la 2.ª División Panzer. Como sucediera la noche anterior en Longvilly, los carros Panther alemanes dieron en el blanco que se habían propuesto con la mayor facilidad en cuanto los primeros vehículos se pusieron a arder. Al teniente coronel Booth, el oficial estadounidense que iba a su mando, le aplastó una pierna uno de sus propios semiorugas cuando intentaba desplegar de nuevo su columna, que había quedado atrapada. Los supervivientes abandonaron sus vehículos blindados para intentar escapar campo a través hacia Bastogne. Se perdieron unos doscientos hombres así como todos los carros Sherman y los semiorugas.

El sargento al mando de la avanzadilla enviada por Desobry por la carretera del norte en dirección a Houffalize, sin embargo, creyó que había visto unos carros de combate norteamericanos replegándose por su posición anterior, y que debían de estar haciendo comprobaciones antes de abrir fuego. Dio el alto en la oscuridad y aunque recibió una respuesta en inglés, se dio cuenta del error que había cometido. Un carro alemán abrió fuego, poniendo fuera de combate a uno de sus Sherman. El resto de los vehículos se replegaron rápidamente a Noville. Desobry llamó inmediatamente al tercer grupo, situado al noroeste. La luz del amanecer no aclaró demasiado la situación debido a la densa niebla, pero muy pronto pudo oírse el ruido de los blindados alemanes que bajaban por la carretera del norte, proveniente de Houffalize. Los defensores estadounidenses dispusieron su cañón contracarro de 57 mm y los equipos de bazucas en un cementerio situado a las afueras de Noville. En cuanto los vehículos enemigos emergieron entre la niebla, abrieron fuego con todo lo que tenían a mano contra los carros Panther y los Panzergrenadiere.

Dos de los Panther quedaron fuera de combate y proporcionaron un buen parapeto en medio de la carretera. Pero para asegurarse de que los equipos alemanes de recuperación de carros no se colaban en la zona, Desobry envió un pequeño grupo de hombres con explosivos encargados de quitarles las orugas y de destruir su armamento principal. El terreno estaba tan encharcado de agua que a los alemanes les costó mucho trabajo conseguir que sus blindados rodearan los Panther que habían sido puestos fuera de combate y bloqueaban la carretera. El pequeño pelotón de Desobry se reforzó luego con la llegada de cinco cazacarros M-18 Hellcat procedentes de Bastogne. Desobry se los quedó como reserva.

A medida que fue avanzando la mañana, la niebla empezó a levantarse y para mayor espanto los estadounidenses descubrieron que la cima de las colinas al norte y al noreste estaba atestada de panzer y semiorugas alemanes. El combate empezó en serio. Muchos panzer llegaron a situarse a cien metros del perímetro y uno incluso logró entrar en el pueblo antes de ser alcanzado por un proyectil y quedar inmovilizado. Tras un intenso tiroteo de dos horas de duración, los alemanes se replegaron al otro lado de las colinas. Luego, intentaron efectuar ataques de prueba desde distintas direcciones. No resultó demasiado difícil repelerlos, pero el fuego de los morteros y de la artillería alemanes empezó a causar bajas.

Desobry desoyó una orden procedente de Bastogne conminándole a enviar una patrulla a Houffalize, pues «para llegar hasta allí habría tenido que pasar entre todo el

maldito ejército alemán»[36]. Con Noville medio rodeada desde lo alto de las colinas, Desobry propuso al cuartel general de su agrupación de combate en Bastogne que resultaba más conveniente que sus fuerzas se retiraran a defender la cresta entre Noville y Foy. El coronel Roberts le dijo que hiciera como le pareciera, pero que un batallón de la 101.ª División Aerotransportada iba de camino por la carretera de Bastogne para reunirse con él. Desobry mandó un jeep a buscar a su superior, el teniente coronel James La Prade poco antes de mediodía. La Prade se mostró completamente de acuerdo con la valoración de Desobry, según el cual, si querían seguir defendiendo Noville, debían primero tomar la cresta de la colina.

Como les ocurría a los otros batallones de la 101.ª Aerotransportada, la unidad de La Prade tenía escasez de armas y de municiones. De modo que la compañía de servicio de la 10.ª División de Infantería cargó sus camiones, subió por la carretera, y arrojó a los paracaidistas todo lo que necesitaban: bandoleras de balas de fusil, cinturones de ametralladora, granadas, proyectiles de mortero y de bazuca e incluso armas de reserva. Cuando el batallón paracaidista llegó a Noville, Desobry pidió ayuda al batallón de artillería de apoyo para que abriera fuego sobre la cresta de las colinas. Los paracaidistas se desplegaron en abanico y pasaron directamente al ataque en dirección a las colinas, con fuego de apoyo de los Sherman de Desobry. «Se dispersaron campo a través —escribió el comandante— y aquellos chicos cuando atacaban lo hacían a la carrera. Corrían cincuenta metros, se echaban cuerpo a tierra, se levantaban y echaban otra vez a correr». Pero resultó que los alemanes habían planeado efectuar un ataque al mismo tiempo que ellos, de modo que unos y otros «se enzarzaron en un choque frontal». Una compañía logró llegar a la cima de la colina, pero fue objeto del contraataque de los carros de combate y los Panzergrenadiere situados al otro lado. Todas las compañías sufrieron tantas bajas que La Prade y Desobry acordaron replegar a todos sus hombres hacia el pueblo. El número de heridos graves era excesivo para el pequeño centro de pequeños auxilios montado en

la localidad.[37]

Aquella noche, Desobry y La Prade se reunieron en su puesto de mando en la escuela de Noville con el fin de analizar qué podían hacer para resistir en el pueblo. En Bastogne, el general McAuliffe había preguntado al general Middleton, que había recibido la orden de trasladar el cuartel general de su VIII Cuerpo a Neufchâteu, si podía replegarse con las fuerzas que tenía en Noville, pero Middleton le había respondido que no. Mientras Desobry y La Prade estudiaban el mapa en el piso de arriba, el oficial de mantenimiento de la 10.ª División Acorazada, responsable de recuperar los vehículos que hubieran recibido algún daño, llegó hasta su posición y se detuvo justo a la puerta del edificio. Era algo que iba totalmente en contra de las prácticas habituales, pues revelaba el emplazamiento de un puesto de mando. Los alemanes concentraron el fuego de todas sus piezas sobre ese edificio. La Prade y una decena de hombres más perdieron la vida. Desobry salió vivo de la escuela, completamente cubierto de polvo; tenía una herida en la cabeza y un ojo casi se le había salido de su órbita.

El comandante Desobry fue evacuado en un jeep. En el trayecto de regreso a Bastogne se vieron obligados a detenerse en Foy por una patrulla alemana de la 26.ª División Volksgrenadier. Los volksgrenadiere, al ver el mal estado en que se hallaba el comandante, permitieron generosamente al jeep seguir su camino. A pesar del dolor que sentía, Desobry quedó turbado al comprobar que los alemanes habían cortado la carretera por detrás de la posición que ocupaban sus tropas en Noville. Justo al sur de Foy, la Compañía Easy del 506.º Regimiento estaba atrincherándose cuando empezó a oírse ruido de motores. Un soldado dijo al teniente Jack Foley:

—Ese ruido suena como si fueran vehículos motorizados, ¿sabe usted?

—¿Vehículos? —exclamó otro soldado.

—¡Demonios! ¡Si son carros de combate!

El miedo se agudizó porque nadie podía ver «qué era lo que había ahí» [38].

A pesar del golpe de suerte que había tenido al recibir permiso para continuar su viaje, Desobry habría de sufrir de nuevo las desventuras de la guerra. Uno de los errores más graves cometidos en la defensa de Bastogne fue dejar a la 326.ª Compañía Médica Aerotransportada en un cruce de carreteras cerca de Sprimont, a unos diez kilómetros al noroeste del pueblo. Los sanitarios habían plantado allí sus tiendas y habían empezado ya a tratar a las primeras bajas que habían llegado, mientras los refugiados continuaban pasando sin cesar por el puesto. La compañía se encontraba tan desprotegida que un cirujano se trasladó a Bastogne a pedir al general McAuliffe permiso para trasladarse al pueblo.

—Vuelva, capitán —dijo McAuliffe—. Allí estará usted bien.[39]

Por la noche, cuando estaban operando a unos hombres que habían sufrido unas quemaduras terribles y a otras víctimas, se produjo el ataque de un Kampfgruppe de la 2.ª División Panzer. El fuego de las ametralladoras acribilló la lona de las tiendas matando o hiriendo a muchos de los hombres que yacían en las camillas. Sin tropas que pudieran defenderlos, el oficial estadounidense de mayor graduación no tuvo más remedio que rendirse de inmediato. Los alemanes les dieron cuarenta y cinco minutos para cargar a los heridos, el equipo médico y los demás pertrechos en unos camiones.

[40]

Sus captores alemanes los condujeron a Houffalize. Desobry recobró el sentido durante una parada efectuada en el trayecto, y al oír voces hablando en alemán pensó que debían de haber hecho muchos prisioneros. El conductor estadounidense se encargó de desengañarlo de forma brutal. Desobry intentó convencerle de que se diera a la fuga, pero el conductor no estaba dispuesto a correr el riesgo. La cruda

realidad se impuso.[41] [g16] Era un prisionero de guerra.

Para los alemanes de la 2.ª División supuso un gran golpe capturar tanto equipamiento y tantos suministros médicos, especialmente morfina. Para la 101.ª División Aerotransportada, en cambio, aquello fue un desastre. Sus heridos quedaron condenados a sufrir dolores insoportables en unos sótanos malolientes y en el garaje de un cuartel de Bastogne, donde los servicios médicos, en número escasísimo, carecían de morfina y de otras drogas. Las condiciones eran sumamente primitivas, pues no había letrinas y únicamente había una sola bombilla eléctrica en todo el pabellón principal del garaje. Los heridos fueron «tendidos en filas sobre un poco de serrín cubierto con mantas». Los que se consideraba improbable que pudieran sobrevivir eran situados junto a la pared. «Cuando fallecían, eran trasladados a otro

edificio» utilizado a modo de depósito de cadáveres.[42]

 

En su cuartel general táctico a las afueras de Zonhoven, en Bélgica, Montgomery se hallaba molestísimo debido a la falta de información acerca de los combates que estaban produciéndose más al sur. El 19 de diciembre por la mañana envió a dos de sus oficiales de enlace más jóvenes, a los que utilizaba como si fueran los «galopines» de otro tiempo, para que le trajeran noticias acerca de la marcha de los combates. Los dos jóvenes fueron acompañados por el teniente coronel Tom Bigland, que era su enlace con Bradley. Viajaron en un jeep en medio de aquella niebla gélida hacia el cuartel general avanzado del general Hodges en Spa.

«Llegamos al cuartel general del I Ejército, situado en un hotel —anotó en su momento el capitán Carol Mather— y lo encontramos abandonado. Evidentemente se ha producido una evacuación precipitada. En el comedor las mesas están puestas para las celebraciones navideñas. Los despachos están desiertos». El lugar recordaba al Marie Celeste. «La verdad empieza a aclararse. El ataque alemán es más serio de lo que habíamos pensado, pues la evacuación del cuartel general muestra todos los signos de una decisión provocada por el pánico». Los oficiales ingleses recogieron algunos de los documentos clasificados que habían sido abandonados de cualquier manera sobre las mesas para demostrar que habían estado allí por si alguien luego

dudaba de su palabra.[43]

Montgomery no esperó a recibir órdenes del SHAEF. Sus oficiales del estado mayor empezaron a dar órdenes detalladas a los equipos de reconocimiento Phantom y del Servicio Aéreo Especial (SAS). El XXX Cuerpo del teniente general Brian Horrock recibió una orden de aviso conminándole a disponerse a defender el Mosa. El general de brigada Roscoe Harvey, al mando de la 29.ª Brigada Acorazada, que había salido a cazar becadas, recibió la orden de volver a su puesto. Protestó diciendo que su brigada no había «recibido ni un maldito carro de combate; ya los habían

repartido todos»[44]. Era verdad. Estaban esperando recibir el nuevo Comet, el primer blindado británico producido en cinco años de guerra que podía compararse con el Tiger y el Panther. A Harvey le dijeron que volviera a utilizar sus viejos Sherman, los que todavía «anduvieran», y que acudiera a toda velocidad a Dinant a bloquear los mismos cruces del Mosa que el Generalmajor Erwin Rommel había capturado allá por 1940.

Los galopines de Montgomery, mientras tanto, atravesaron unos «campos extrañamente desiertos» para llegar al cuartel general en la retaguardia del I Ejército, situado en Chaudfontaine, al sur de Lieja, donde al fin encontraron a Hodges: «Está considerablemente abatido —comunicaba Mather— y no puede dar ninguna explicación coherente de lo que ha ocurrido. Tampoco está en contacto con el XII Grupo de Ejércitos del general Bradley. Parece que las comunicaciones se han

interrumpido por completo»[45]. Mientras Bigland emprendía viaje hacia el cuartel general de Bradley en Luxemburgo dando un rodeo, los dos capitanes regresaron a Zonhoven con tanta rapidez como lo permitieron las carreteras.

Montgomery se mostró «claramente alarmado» cuando los dos jóvenes oficiales

le contaron lo que habían visto.[46] Dijo a Mather que volviera directamente al cuartel general del I Ejército.

—¡Dígale a Hodges que debe bloquear los puentes del Mosa!

Mather le preguntó cómo iba a transmitirle una orden semejante, puesto que Hodges no estaba adscrito al XXI Grupo de Ejércitos.

—Usted dígaselo —respondió Montgomery—. En particular hay que defender a toda costa los cruces de Lieja. Debe bloquear los puentes por todos los medios. Que avise a las tropas de la L[ínea] de C[omunicaciones]. ¡Que utilice todos los obstáculos que pueda encontrar, incluidos los carros de los campesinos! Debe defender los puentes todo el día de mañana, y asegurarse de que los oficiales supervisen todas y cada una de las operaciones. ¡Dígaselo de mi parte!

Mather debía comunicar también a Hodges que serían enviados en jeep unos equipos Phantom y del SAS directamente a los puentes. El XXX Cuerpo británico se trasladaría a toda velocidad a la orilla norte del Mosa para bloquear las rutas que conducían a Amberes. Montgomery insistía en que debía reunirse con Hodges.

—¡Si es posible, tráigamelo aquí esta noche!

Eisenhower, igualmente inflexible en lo tocante a los cruces del Mosa, ya había dado orden al cuartel general de la COMZ del general Lee. Debía trasladar todas las unidades de ingenieros disponibles para minar los puentes y enviar batallones improvisados con tropas destinadas a la zona de retaguardia. Los franceses ofrecieron también siete batallones, pero estaban mal armados y peor adiestrados.

Montgomery estaba ya convencido, y no le faltaba justificación, de que desde Luxemburgo Bradley no podía dirigir al I Ejército, que había quedado aislado en el

lado norte del saliente alemán.[g17] Encargó al general de división Whiteley, el oficial de operaciones británico de mayor graduación en el SHAEF, que dijera a Eisenhower que debía ponerlo a él al mando de todas las fuerzas aliadas situadas al norte del saliente alemán. Whiteley, que no era ni mucho menos admirador de Montgomery y de sus exigencias de que se le concedieran más poderes, pensó que en esta ocasión el mariscal tenía razón. Analizó la situación con el general de división Strong, el jefe de inteligencia de Eisenhower e inglés como él, y los dos juntos fueron aquella misma noche a visitar a Bedell-Smith, jefe del estado mayor del SHAEF.

Levantaron de la cama a Bedell-Smith, que estalló lanzando improperios ante lo que consideró un complot británico. Los llamó «ingleses hijos de puta» y les comunicó que debían considerarse los dos relevados de su puesto. Luego, después de reflexionar un poco, cambió de parecer. A Bedell-Smith no le habían hecho muy buena impresión ni el cuartel general del I Ejército de Hodges ni su relación con el XII Grupo de Ejércitos de Bradley, pero lo que realmente le preocupaba era que Bradley hubiera quedado incomunicado. Llamó por teléfono a Eisenhower para discutir con él la concesión del mando del sector norte del frente a Montgomery y comentó que además de ese modo el XXI Grupo de Ejércitos se vería obligado a

aportar tropas inglesas a los combates.[47]

Eisenhower se mostró de acuerdo con la propuesta, en parte porque Bradley no había dado ningún paso tendente a reforzar la línea del Mosa, a pesar de que él se lo había ordenado. Empezó a consultar el mapa para decidir dónde debía trazarse la línea divisoria. Decidió que fuera desde Givet, a orillas del Mosa, hasta Prüm, detrás de las líneas alemanas, pasando por el norte de Bastogne. Montgomery quedaría al mando de todas las fuerzas aliadas situadas al norte, dejando de ese modo a Bradley solo con el III Ejército de Patton y el VIII Cuerpo de Middleton, que quedaría adscrito a él.

Bedell-Smith llamó por teléfono a Bradley para avisarle de que Eisenhower pensaba conceder a Montgomery el mando del IX y del I Ejércitos. Según Bedell-Smith, Bradley reconoció que llevaba dos o tres días sin poder comunicar con Hodges y con el I Ejército. «Desde luego si el mando de Monty fuera estadounidense —admitió Bradley de modo harto revelador—, estaría totalmente de acuerdo contigo.

Hacer eso sería la cosa más lógica del mundo»[48].

A la mañana siguiente, Eisenhower llamó a Bradley para confirmarle su decisión. Para entonces Bradley se había recuperado y estaba ofendidísimo y hecho una furia.

—¡Por Dios, Ike, no puedo ser responsable ante el pueblo estadounidense si haces una cosa así! ¡Dimito!

—Brad, soy yo, no tú, el que es responsable ante el pueblo estadounidense — respondió Eisenhower—. Así que tu dimisión no significa absolutamente nada.

Luego atendió algunas otras quejas suyas y dio por terminada la conversación diciendo:

—Bueno, Brad, esas son mis órdenes. [49]

Un oficial de alta graduación de la RAF presente en el cuartel general del XII Grupo de Ejércitos cuenta cómo, una vez concluida la llamada, Bradley, «absolutamente lívido… se puso a dar paseos arriba y abajo y a maldecir a

Monty»[50]. Bedell-Smith consideró luego irónico que «Montgomery pensara durante mucho tiempo que Bradley le tenía mucho cariño; no sabía que no podía

soportarlo»[51]. En realidad, ese desagrado era mucho más profundo. Bradley consideraba a Montgomery «la inspiración personal de todos sus disgustos», comentaría un oficial del estado mayor estadounidense. «Desde entonces sentiría un

profundo desagrado por el bajito aquel de la gorra y la voz de pito»[52]. Presa cada vez más de la paranoia debido a la humillación sufrida, Bradley veía la decisión de

Eisenhower como «una auténtica bofetada»[53].