Ardenas 1944

Lindsey Davis · Capítulo 21 de 57

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Ardenas 1944

19. Martes, 26 de diciembre

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Martes, 26 de diciembre

 

El martes 26 de diciembre, Patton se jactó, como es bien sabido, ante Bradley: «Los alemanes han metido la cabeza en la máquina de picar carne y soy yo el que tiene la manivela». Pero aquella bravata no ocultaba el bochorno que seguía sintiendo por el hecho de que el avance hacia Bastogne no le hubiera salido tan bien como había asegurado que le iba a salir. Era dolorosamente consciente de la decepción y la

frustración que sentía Eisenhower.[1]

Tras la brillante modificación del despliegue de sus formaciones entre el 19 y el 22 de diciembre, Patton sabía que la forma en que más tarde había manejado la situación no había sido la mejor. Había subestimado la importancia de las condiciones atmosféricas, del terreno y del aguante y resolución de las formaciones del VII Ejército alemán en la defensa del flanco sur del saliente. Los servicios de inteligencia estadounidenses no habían sabido identificar la presencia de la Führergrenadierbrigade, otro retoño de la División Grossdeutschland. Y la 352.ª División Volksgrenadier, basada en la formación que tan graves pérdidas había infligido en la playa Omaha, se desplegó junto a la 5.ª Fallschirmjäger. Al mismo tiempo, Patton había sobrestimado la capacidad de sus propias tropas, muchas de ellas reemplazos, especialmente en la debilitada 26.ª División de Infantería, situada en el centro. Su formación favorita, la 4.ª División Acorazada, se vio también perjudicada por el agotamiento de sus carros de combate. Las carreteras estaban tan heladas que sus orugas de metal hicieron que los Sherman derraparan o chocaran unos con otros, y además la configuración del terreno, lleno de bosques y pequeños valles empinados, no era demasiado propicia para los carros de combate.

La impaciencia de Patton había empeorado las cosas al exigir a sus hombres que llevaran a cabo ataques directos, lo que sin duda había dado lugar a muchas bajas. El 24 de diciembre, el general reconocía en su diario: «Ha sido una Nochebuena muy mala. A lo largo de toda nuestra línea hemos sido objeto de violentos contraataques, uno de los cuales ha obligado a la 4.ª División Acorazada a retroceder varios kilómetros con la pérdida de diez carros de combate. Probablemente sea culpa mía,

pues había insistido en que se efectuaran ataques noche y día»[2]. Sus hombres estaban muy débiles debido a la falta de descanso. Las cosas no mostraban un cariz mucho mejor el 26 de diciembre por la mañana: «Hoy ha sido una jornada bastante dura a pesar de nuestros esfuerzos —escribió—. No hemos podido establecer

contacto con los defensores de Bastogne»[3].

Los defensores podían oír los combates que estaban desarrollándose unos kilómetros más al sur, pero como ya les había fallado con anterioridad, no esperaban que las fuerzas de Patton lograran abrirse paso hasta ellos. En cualquier caso, estaban muy ocupados en otras tareas. Otro ataque por el sector noroccidental había permitido al enemigo llegar a Hemroulle. El embate fue repelido por los paracaidistas, ya exhaustos, apoyados por el fuego de los batallones de artillería de campaña, pero la munición de los cañones norteamericanos había quedado reducida literalmente a unos pocos proyectiles. Al menos continuaba el tiempo claro, aunque, eso sí, gélido, de modo que los cazabombarderos podían actuar a modo de artillería volante. En la localidad, seguían causando estragos los incendios provocados por el bombardeo. El Institut Notre Dame era pasto de las llamas. Los ingenieros estadounidenses decidieron crear cortafuegos, y cadenas de refugiados, soldados y monjas intentaron

mantener el fuego a raya pasándose cubos de agua unos a otros.[4]

Los cielos despejados permitieron también la llegada de la ayuda médica que con tanta urgencia se necesitaba. Escoltado por cuatro P-47 Thunderbolt, apareció un avión de transporte C-47 remolcando un planeador Waco cargado con cinco cirujanos, cuatro asistentes quirúrgicos, y trescientos kilos de materiales, instrumentos y vendajes. El planeador «se soltó a unos noventa metros de altura» como si fuera a efectuar un aterrizaje perfecto, pero se pasó de largo y fue patinando

sobre la nieve helada hacia la primera línea alemana.[5] «El personal médico salió precipitadamente del aparato y volvió corriendo hacia las líneas estadounidenses, mientras los doughboys se apresuraban a rescatar el planeador, en cuyo interior

estaban los pertrechos médicos»[6]. A continuación llegaron otros planeadores con el combustible que tanta falta hacía, y luego aparecieron nuevas oleadas de aviones de transporte C-47, que lanzaron en paracaídas fardos con 320 toneladas de municiones, raciones de comida e incluso cigarrillos.

Los cirujanos no perdieron el tiempo. Fueron directamente al hospital improvisado en los barracones de los soldados y empezaron a operar a los ciento cincuenta hombres heridos de más gravedad, de los más de setecientos pacientes que necesitaban ser atendidos. Estuvieron operando toda la noche hasta el 27 de diciembre a mediodía, tratando heridas que en algunos casos llevaban ocho días sin recibir atención médica. Como consecuencia, tuvieron que efectuar «muchas

amputaciones»[7]. Dadas las circunstancias, el hecho de que solo se produjeran tres muertes durante el postoperatorio es una prueba de su calidad fuera de serie.

 

Durante los combates de artillería en el flanco sur, el general Kokott estaba cada vez más preocupado por la importancia de los cañones que prestaban apoyo a la 4.ª División Acorazada estadounidense. Oyó rumores alarmantes acerca de lo que estaba sucediendo, pero no pudo conseguir detalles de la 5.ª División Fallschirmjäger. Sabía que había habido duros combates en torno a Remichampagne, y luego por la tarde se enteró de que una fuerza operativa estadounidense había tomado Hompré. Assenois se veía ahora amenazada, así que Kokott no tuvo más remedio que empezar a trasladar a sus propias fuerzas hacia el sur.

A las 14.00, Patton recibió una llamada del comandante en jefe del III Grupo de Ejércitos que le propuso una empresa arriesgada. En vez de atacar Sibret para ensanchar el saliente, sugería llevar a cabo una carga directa hacia el norte a través de Assenois, en dirección a Bastogne. Patton dio inmediatamente su visto bueno al plan. El teniente coronel Creighton Abrams, al mando del 37.º Batallón Acorazado desde un Sherman Thunderbolt, recibió la orden de ponerse en marcha de inmediato. Abrams pidió al capitán William A. Dwight que subiera por la carretera a la cabeza

de una columna de cinco carros Sherman y un semioruga.[8] La artillería bombardeó Assenois y los cazabombarderos arrojaron napalm justo antes de que los Sherman, en formación cerrada, se lanzaran a la carga hacia el pueblo abriendo fuego con todos los cañones que tenían. Los alemanes que estaban diseminados a ambos lados de la carretera corrían el riesgo de herirse unos a otros si respondían a sus disparos. A la salida de Assenois, los Volksgrenadiere habían puesto algunas minas Teller en la carretera. Una de ellas voló el semioruga, pero Dwight bajó de un brinco de su carro y arrojó a un lado las demás minas dejando el paso expedito para los que le seguían.

[9]

Cuando Kokott se enteró por el oficial al mando de los Grenadiere del 39.º Regimiento de que los carros de combate estadounidenses habían entrado en

Assenois, supo enseguida que «todo estaba acabado»[10]. Ordenó que se bloqueara la carretera, pero, como se temía, era ya demasiado tarde. Con los primeros Sherman abriendo fuego y los otros disparando detrás de ellos a diestro y siniestro, la pequeña columna de Dwight aplastó cualquier resistencia que los alemanes pudieran ofrecer desde los bosques a uno y otro lado de la carretera. A las 16.45, poco después del anochecer, los primeros Sherman del batallón de acorazados de Abrams establecieron contacto con el 326.º Batallón Aerotransportado de Ingenieros que guarnecía aquel sector. Las tropas y los carros de combate del resto de la 4.ª División Acorazada acudieron precipitadamente a asegurar el estrecho pasillo y a proteger el convoy de camiones cargados de provisiones que había viajado a toda velocidad durante la noche. El general Maxwell D. Taylor, al mando de la 101.ª División Aerotransportada, que acababa de volver de Estados Unidos, llegó poco después para relevar al general de brigada McAuliffe. El asedio de Bastogne había terminado, pero muchos temían que la batalla principal todavía estaba por empezar.

La 5.ª División Fallschirmjäger había sido vapuleada con contundencia. El Major Frank, al mando de un batallón del 13.º Regimiento Fallschirmjäger que fue capturado e interrogado ese mismo día, estaba muy orgulloso del modo en que habían combatido sus muchachos. Algunos de ellos tenían solo quince años. «¡Pero qué espíritu! —exclamaría luego en el campo de prisioneros—. Después de ser capturados, cuando me quedé solo, me golpearon y me sacaron fuera, había allí dos de ellos con la cabeza apoyada contra la pared, en calcetines nada más. “Heil Hitler,

Herr Major!” [dijeron.] Hace que se le hinche a uno el corazón»[11].

Lüttwitz se enteró de que la Führerbegleitbrigade venía de camino para ayudar a cortar el pasillo, pero ni él ni su estado mayor creyeron que llegara a tiempo para el ataque planeado para la mañana siguiente. Se enteró entonces de que se habían quedado sin combustible. Lüttwitz comentó ácidamente que «la Führerbegleitbrigade

al mando del [12] Oberst Remer siempre ha tenido problemas con la gasolina».

La noticia del avance de la 4.ª División Acorazada se difundió con rapidez y provocó una alegría desbordada en el cuartel general estadounidense. Los corresponsales Martha Gellhorn y Leland Stowe se detuvieron aquella noche en el cuartel general de Bradley para obtener más información, ansiosos por cubrir la noticia del socorro llevado a Bastogne. Lo mismo les ocurría a casi todos los periodistas del continente. La noticia apareció en la portada de casi todos los

periódicos del hemisferio occidental.[13] La 101.ª División Aerotransportada se había hecho famosa, pero los artículos periodísticos pasaron por alto el papel trascendental desempeñado por la Agrupación de Combate, de la 10.ª División Acorazada, y por el 705.º Batallón de Cazacarros, así como por los batallones de artillería.

 

En torno a Celles y Conneux continuaron todo el día las labores de limpieza y despeje del terreno, llegando a producirse algunos enfrentamientos durísimos. Pero como los Panther y los Mark IV se habían quedado sin combustible y sin proyectiles perforadores de blindaje, la lucha fue decididamente desigual. El controlador aéreo

avanzado que acompañaba al 3.[14]

El Kampfgruppe Holtmeyer, camino de Rochefort en un vano intento por ayudar a sus compañeros de Celles y Conneux, había quedado bloqueado en Grande Trussogne, a pocos kilómetros antes de su meta. Recogió a algunos soldados exhaustos que habían logrado escapar por la noche, pertenecientes al batallón de reconocimiento que había sido rebasado en Foy-Notre-Dame. En Grande Trussogne estas tropas sufrieron el ataque de un batallón de infantería de la 2.ª División Acorazada, con apoyo de carros de combate Sherman. Un avión de reconocimiento estadounidense Piper Cub avisó a los Typhoon británicos, cuyos cohetes aniquilaron despiadadamente la columna, matando al Major Holtmeyer.

Manteuffel ordenó al Kampfgruppe que se retirara a la cabeza de puente conquistada en Rochefort, que defendía la División Panzer Lehr. El cuartel general de Lüttwitz transmitió inmediatamente el mensaje por radio. El sustituto de

Holtmeyer dio la orden de volar los vehículos que quedaban.[15] Al día siguiente, él y la mayoría de sus hombres regresaron a pie a Rochefort, ocultos entre la nieve que caía. «Por fortuna —escribió el Oberstleutnant Rüdiger Weiz—, el enemigo fue lento en su reacción y no atacó la ruta de nuestra retirada de ninguna manera que merezca

la pena reseñar»[16]. Pero la artillería estadounidense recuperó el tiempo perdido y bombardeó el puente sobre el río L’Homme en Rochefort, causando numerosas bajas. Aquella noche y la mañana siguiente unos seiscientos hombres lograron reunirse en pequeños grupos con su división.

Entre Celles y Conneux, fueron capturados varios alemanes vestidos con uniformes estadounidenses. No formaban parte del Kampfgruppe Skorzeny, pero de todas formas fueron fusilados en el acto. Aquellos desgraciados, víctimas del frío y desfallecidos por el hambre, se habían puesto los uniformes de unos estadounidenses muertos. En su desesperación suplicaron a sus captores que les perdonaran la vida, mostrándoles sus anillos de boda, sacando fotografías de sus hogares, y hablando con angustia de sus mujeres e hijos. La mayoría de los alsacianos y de los luxemburgueses de la 2.ª División Panzer deseaban rendirse a la primera oportunidad que se les presentara, e incluso algunos austríacos habían perdido el entusiasmo por la lucha. Uno de ellos musitó a un habitante de Rochefort:

—Moi, pas allemand! Autrichien! —y levantó las manos en alto para demostrar

que deseaba rendirse.[17]

Los soldados estadounidenses de Celles, creyendo que los alemanes se ocultaban en la granja de la Cour, justo al lado de la iglesia, la atacaron con lanzallamas. En el caserío no había ningún alemán, solo ganado que fue quemado vivo. Era la segunda vez que aquella granja había sido incendiada durante la guerra. La primera había sido en 1940, durante la anterior carga de los alemanes hacia el Mosa.

En Buissonville, entre Celles y Marche, el personal médico estadounidense estableció su puesto de primeros auxilios en la iglesia. El cura del pueblo y el capellán católico estadounidense se comunicaban en latín a la hora de trabajar juntos. En la misma localidad, fue adoptada una actitud menos cristiana cuando los soldados estadounidenses que tripulaban un semioruga se llevaron a dos prisioneros alemanes al bosque y les pegaron un tiro. Explicaron a los belgas que habían sido testigos de su acción que los habían matado en venganza por la muerte de los prisioneros

estadounidenses ejecutados en Malmédy.[18]

Algunos oficiales estadounidenses se entusiasmaron demasiado con la victoria sobre la 2.ª División Panzer. «Se calculaba que los efectivos de la división poco antes de estos cuatro días eran aproximadamente 8.000 hombres y 100 carros de combate —afirmaba un oficial de alta graduación del VII Grupo de Ejércitos—. Por lo que al personal se refiere, fueron capturados 1.050 individuos y se calculaba que habían resultado muertos entre 2.000 y 2.500. El material capturado o destruido incluía 55 carros de combate, 18 piezas de artillería, 8 cañones contracarro, 5 cañones de asalto y 190 vehículos (incluidos 30 vehículos blindados)… El enfrentamiento entre la 2.ª División Acorazada estadounidense y la 2.ª División Panzer alemana propicia establecer una comparación muy oportuna del poderío aliado y del alemán». Pero este triunfalismo pasaba bastante por alto el hecho de que la 2.ª División Panzer estaba sin combustible y tenía pocas municiones, y de que sus hombres estaban medio

desfallecidos por el hambre.[19]

Después de la batalla, según el barón de Villenfagne, los campos que circundaban Celles «eran un inmenso cementerio de vehículos, destruidos o abandonados, y de

equipos medio enterrados en la nieve»[20]. Los adolescentes del lugar, obsesionados con la guerra, se dedicaron a explorar los panzer incendiados y a examinar los cadáveres carbonizados. Varios se entretuvieron jugando peligrosamente a la guerra. Algunos no dudaban en recoger granadas de mano, que luego arrojaban para que estallaran en los semiorugas abandonados. Un chico de Foy-Notre-Dame perdió la vida jugando con un Panzerfaust que estalló.

El revés sufrido a las puertas de Dinant no hizo, al parecer, más que agudizar la saña de los alemanes. Cuando una mujer de Jemelle tuvo el valor de preguntar a un oficial alemán por qué sus hombres casi habían destruido su pueblo, el hombre respondió:

—Queremos hacer a Bélgica lo que han hecho ellos con Aquisgrán.[21]

 

Al oeste de Hotton, casi todos los intentos llevados a cabo por la 116.ª División Panzer de socorrer a su Kampfgruppe que había sido rodeado, fueron aplastados por la potencia de fuego de la artillería estadounidense. Pero por fin un falso ataque lanzado para distraer a los estadounidenses permitió a los supervivientes escapar aferrándose a los vehículos blindados y lanzando granadas a medida que pasaban

estrepitosamente en medio de las líneas enemigas.[22]

Durante los combates, la Führerbegleitbrigade había recibido órdenes de retirarse y dirigirse a Bastogne para colaborar en los esfuerzos de Kokott por cerrar el pasillo. El Oberst Remer protestó dos veces por las bajas que iba a costar aquello, pero en ambas ocasiones sus quejas fueron desoídas. Remer se quejó también de que «el combustible para motores era tan escaso que casi la mitad de los vehículos tenían que ser remolcados», de modo que resulta difícil decir si las sospechas de Lüttwitz

estaban o no justificadas.[23]

Al este de Hotton, la 3.ª División Acorazada de Rose hizo frente a los ataques de la 560.ª División Volksgrenadier, formada por «cuatro o cinco carros de combate con una compañía de infantería o unos veinte carros de combate con un batallón de

infantería»[24]. Contaba además con el apoyo de cañones de asalto autopropulsados y de artillería. Pero la llegada de la 75.ª División de Infantería como refuerzo de las fuerzas operativas de Rose hizo que el sector dispusiera de una defensa más potente, aunque sus unidades mal entrenadas sufrieran soberanamente en los contraataques que lanzaron para asegurar la carretera Soy-Hotton. Las gélidas condiciones atmosféricas resultaron particularmente dificultosas para los tripulantes de los Sherman, pues las orugas de metal de los carros de combate eran muy estrechas y tenían poco agarre. Se hicieron con urgencia esfuerzos para añadir extensiones a las orugas y clavos en forma de tachuelas para solucionar el problema.

Lammerding, al mando de la División Das Reich, seguía intentando dirigir a su unidad hacia el oeste desde Manhay y Grandménil con objeto de abrir la carretera de Hotton y atacar a la 3.ª División Acorazada por la espalda; pero la 9.ª División Panzer Hohenstaufen no había llegado todavía para proteger su flanco derecho. Con trece batallones estadounidenses de artillería en un frente de trece kilómetros hacia el norte, una maniobra semejante resultaba doblemente peligrosa; y la Das Reich iba quedándose sin munición y sin combustible a pasos agigantados. Los granjeros de la zona fueron obligados a punta de pistola a trasladarse con sus caballos y sus carretas a los depósitos de munición alemanes de la retaguardia para traerles proyectiles para los carros de combate y la artillería.

El 26 de diciembre por la mañana, el 3. [25]

El general Hodges y el general de división Ridgway, que seguían temiendo erróneamente que se tratara de un ataque hacia el norte en dirección a Lieja, se habían puesto hechos una furia por la pérdida de Manhay. No dejaron la menor duda al general de brigada Hasbrouck, de la maltrecha y agotada 7.ª División Acorazada, de que debía volver a tomar el pueblo a toda costa. El asalto emprendido por esta división el día de Navidad le había supuesto gravísimas pérdidas, en gran medida debido a la gran cantidad de árboles que había abatido con explosivos para bloquear la carretera durante su retirada. Pero gracias a un batallón de refresco del 517.º Regimiento de Infantería Paracaidista que tomó la delantera, las fuerzas de Hasbrouck entraron esa misma noche en Manhay.

Cincuenta heridos del 2.º Batallón del 3. [26] Parece que los alemanes no entendían que, tras la matanza de Malmédy, las SS no tenían muchas probabilidades de que se le concediera ningún tipo de honores de guerra. Así pues, dejando a un sanitario subalterno con los heridos, los pocos integrantes que quedaban del batallón se replegaron junto con el Regimiento Der Führer a una línea de defensa cerca de Odeigne, posición que fue bombardeada todo el día por los estadounidenses.

La actividad alemana en torno a la cresta de Elsenborn había cesado casi por completo, de modo que algunas patrullas de la 99.ª División de Infantería se adelantaron con el fin de acabar con diez carros de combate enemigos del 3.er Regimiento Panzergrenadier que habían sido abandonados tras quedar atascados en el barro. Con ello se quería impedir la acción de los equipos de recuperación alemanes, que eran incansables y a menudo muy ingeniosos en sus intentos de rescatar y reparar vehículos blindados.

Los estadounidenses enviaron equipos de rescate, en muchos casos formados por individuos que mostraban signos de fatiga de combate y a los que de ese modo se pretendía conceder un pequeño respiro, a reunir las armas y las municiones arrojadas en los primeros momentos del combate. Los mandos estadounidenses estaban horrorizados por la tendencia que tenían sus hombres a desperdiciar el equipo y a esperar que la cornucopia de las fuerzas armadas les diera otro cuando ellos quisieran. «Si el soldado no lo necesita justo en ese momento, se deshace de él — decía un informe—. El encargado de manejar una bazuca no debe llevar un fusil. En su lugar, debe dársele una pistola para su defensa personal. De lo contrario, se deshará de la bazuca y de sus proyectiles porque resultan muy engorrosos y

pesados»[27]. Por otra parte, la ropa de invierno era guardada celosamente. En la mayoría de los batallones se decía a los encargados del puesto de primeros auxilios que retiraran los abrigos «árticos» guateados, para que la unidad no perdiera estas valiosísimas prendas contra el frío.

 

Saint-Vith había sufrido de mala manera el día de Navidad. Los civiles habían permanecido en sus sótanos pensando que lo peor ya debía de haber pasado, pero el 26 de diciembre por la tarde llegaron los aviones «pesados» del Mando de Bombarderos de la RAF. Casi trescientos Lancaster y Halifax lanzaron mil cuatrocientas toneladas de bombas detonantes e incendiarias.

El efecto explosivo creó ondas de choque que pudieron sentirse en localidades situadas a varios kilómetros de distancia, y aterrorizaron a los lugareños que se habían refugiado en los sótanos cuando los edificios se derrumbaron sobre ellos. Según cierta versión, «la gente estaba luchando contra el humo asfixiante y el hollín cuando cayó otra bomba cuya explosión abrió un boquete en la pared del sótano que los obligó de nuevo a contener el aliento. El fósforo ardiente, sin embargo, no tardó mucho en filtrarse hasta allí abajo. Aquella maléfica sustancia emitía vapores venenosos y en las habitaciones más grandes hacía que las colchonetas empezaran a arder. Con ayuda de unos soldados alemanes, los civiles, dominados por el pánico,

lograron salir por el agujero a la calle, que había quedado pulverizada»[28].

En el monasterio de Sankt Josef la capilla se vino abajo, y los bloques de piedra y las vigas hicieron trizas el pavimento aplastando a los que estaban debajo. Las bombas incendiarias prendieron fuego a todo lo que pudiera ser mínimamente combustible. Convirtieron el monasterio en una auténtica hoguera, consumiendo a las personas de más edad o incapacitadas que se hallaban en los pisos superiores. «La mayoría de ellas perecieron quemadas vivas. Como si de una especie de lava líquida se tratara, el fósforo silbante se coló en los sótanos que aún seguían en pie. Algunas personas con quemaduras horribles, huesos rotos y la cabeza perdida, fueron sacadas al exterior por las pocas galerías de ventilación que no habían quedado obstruidas. Entre los últimos en salir de aquel infierno estuvieron las monjas del convento, con la

cabeza y los hombros envueltos en pesadas mantas»[29].

«Saint-Vith sigue ardiendo —escribió un oficial alemán que se encontraba a las afueras del pueblo—. El bombardeo en alfombra llegó casi hasta nuestra localidad. Nunca he visto nada parecido en toda mi vida. Todo el campo quedó cubierto por una enorme nube de humo y de fuego». El oficial regresó a Saint-Vith por la noche: «Todas las calles están ardiendo… Las reses braman, la munición explota, los neumáticos estallan. Hay un fuerte olor a goma quemada». De vez en cuando seguían

detonando las bombas de acción retardada.[30]

En términos puramente militares, la incursión resultó muy efectiva. Saint-Vith

había quedado reducida a «un gigantesco montón de escombros»[31]. Todas las carreteras quedaron bloqueadas como mínimo durante tres días y algunas durante más de una semana, mientras que los ingenieros alemanes se vieron obligados a crear desvíos alrededor del pueblo. Pero el coste en vidas y sufrimientos para la población civil fue enorme. Nadie sabía exactamente cuánta gente había buscado refugio en Saint-Vith, pero se calcula que murieron doscientas cincuenta personas. Los supervivientes huyeron a las aldeas vecinas, donde recibieron atenciones y comida.

Aquella misma noche y la siguiente, bombarderos medios de la IX Fuerza Aérea de Estados Unidos atacaron La Roche-en-Ardenne. Como la localidad estaba situada a lo largo de un río en un desfiladero muy estrecho, constituía un blanco mucho más fácil que Saint-Vith y solo se necesitaron ciento cincuenta toneladas de bombas para

bloquear la carretera.[32]

«Hoy las cosas han continuado teniendo mejor pinta todo el día», anotó el responsable del diario del I Ejército al término de una reunión entre Montgomery y Hodges. Los interrogatorios de los prisioneros indicaban que los alemanes se enfrentaban a gravísimos problemas de abastecimiento. «Aunque todavía es demasiado pronto para ser optimistas, la imagen esta noche es mucho más de color de

rosa que cualquier otro día desde que dio comienzo la contraofensiva»[33]. Bradley, sin embargo, seguía obsesionado con lo que consideraba un despliegue prematuro del VII Grupo de Ejércitos de Collins. Escribió a Hodges quejándose del «conservadurismo paralizante de la táctica seguida allí donde Montgomery ha

desaprovechado sus reservas»[34]. Patton, fuertemente influenciado por la opinión del mariscal británico que tenía Bradley, escribió en su diario: «Monty es un canijo

pesadísimo. La guerra exige asumir riesgos y él no quiere asumirlos»[35].

 

Al término de una conferencia telefónica con Manteuffel, el general Jodl hizo acopio de todo su valor y fue a hablar con Hitler, que no se había movido del Adlerhorst en Ziegenberg.

—Mein Führer, debemos hacer frente a los hechos. No podemos forzar el cruce del Mosa.

El Reichsmarschall Göring llegó a Ziegenberg esa misma noche y declaró:

—¡La guerra está perdida!

Sugirió que debían solicitar una tregua. Temblando de ira, Hitler le advirtió que no se le ocurriera intentar negociar a espaldas suyas.

—¡Si desobedece usted mis órdenes, haré que lo fusilen!

Hitler no volvió a mencionar Amberes. Sin embargo, no debían ahorrarse esfuerzos en tomar Bastogne. Del mismo modo que se había obsesionado con Stalingrado en septiembre de 1942, cuando se le escapó la victoria en el Cáucaso, la reconquista de Bastogne se convirtió para él en el símbolo sustitutivo de la victoria.

[36]

Pero mientras Hitler se negaba a hacer frente a la realidad en público, en algún que otro raro momento llegó a reconocer lo desesperado de su situación. Esa misma noche a última hora, en el búnker de Ziegenberg, habló con su asistente de la Luftwaffe, el Oberst Nicolaus von Below, de quitarse la vida. Seguía echando la culpa de los reveses sufridos a la Luftwaffe y a los «traidores» del ejército alemán: «Sé que la guerra está perdida —dijo a Below—. La superioridad del enemigo es demasiado grande. He sido traicionado. Después del 20 de julio ha salido a la superficie todo, cosas que yo había considerado imposibles. Han sido precisamente esos círculos que se han puesto contra mí los que más se han aprovechado del nacionalsocialismo. Los he mimado y condecorado, y ese ha sido todo el agradecimiento que he recibido. Lo mejor que puedo hacer ahora es meterme una bala en la cabeza. Me han faltado luchadores tenaces… ¡No capitularemos, nunca!

Puede que nos hundamos, pero nos llevaremos el mundo entero por delante»[37].