Ardenas 1944

Lindsey Davis · Capítulo 16 de 57

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Ardenas 1944

14. Jueves, 21 de diciembre

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Jueves, 21 de diciembre

 

El 21 de diciembre por la mañana, el Kampfgruppe Peiper se hallaba en una situación

desesperada, «acorralado y sin los pertrechos adecuados», como diría su coronel.[1] Peiper recibió un mensaje de la 1.ª División Panzer comunicándole que tenía intención de avanzar por Trois-Ponts para socorrerlo. Pero las exiguas fuerzas de Peiper ni siquiera pudieron retener Stoumont y Cheneux, y las tropas de socorro enviadas no lograron abrirse paso hasta ellas. Enfurecidas, esas mismas fuerzas saquearon el Château de Detilleux, al sur del río Amblève, y destruyeron todo lo que no pudieron llevarse. En Wanne otro grupo de alemanes asesinaron a cinco hombres y a una mujer, bajo el pretexto de que los aldeanos habían mantenido comunicación por radio con la artillería estadounidense. Otro grupo de nueve soldados de las SS requisaron luego las provisiones que había en una casa de Refat y después de

comérselas violaron a tres mujeres.[2]

En Stavelot el 21 de diciembre por la mañana, otros cien soldados alemanes intentaron cruzar el río a nado para hacerse con una posición avanzada en su margen derecha, situada al norte. Ochenta de ellos fueron alcanzados todavía en el agua por las balas de los soldados del 117.º Regimiento de Infantería, que se jactaron

alegremente de su éxito «cazando patos»; y el resto tuvo que dar la vuelta.[3] La posición de Peiper se tornó todavía más crítica cuando los ingenieros de combate estadounidenses lograron bloquear la ruta que llevaba de Stoumont a La Gleize volando árboles y derribándolos en medio de la calzada y minando la carretera. A Peiper no le quedó más alternativa que retirar la mayoría de las tropas que le quedaban a La Gleize, donde la artillería de la 30.ª División empezó a bombardear la aldea.

La lucha contra el Kampfgruppe Peiper se había vuelto feroz. «Cuando vimos a todos esos civiles muertos en Stavelot, los hombres cambiaron de actitud —anotó uno de los soldados—. Querían hacer trizas todo lo que hubiera al otro lado del río.

Aquello no era una cólera impersonal, era auténtico odio»[4]. Unos cuantos soldados de las SS fueron capturados vivos. Parece que los oficiales de las Waffen SS intentaron sacar provecho de las noticias relativas a la matanza de Malmédy, con la esperanza de infundir miedo a sus propios hombres para que combatieran hasta el final. Les dijeron que si eran capturados, serían torturados y luego asesinados.

«La captura de prisioneros hasta el momento es pequeña —escribía un oficial del cuartel general del I Ejército—. Nuestras tropas conocen las atrocidades cometidas

por el enemigo y saben que ahora es cuestión de vida o muerte, o nosotros o ellos»[5]. Varios oficiales superiores pusieron de manifiesto que aprobaban las muertes perpetradas por afán de venganza. Cuando poco después el general Bradley oyó a alguien decir que los prisioneros de la 12.ª División Panzer de las SS Hitlerjugend habían hablado de las numerosas pérdidas sufridas, levantó las cejas con gesto de escepticismo y dijo:

—¿Prisioneros de la 12.ª SS?

—¡Oh, sí, señor! —respondió el oficial—. Necesitábamos tener unos pocos a modo de muestra. Esos son todos los que hemos hecho, señor.

Bradley sonrió.

—Bueno, eso está bien —dijo.[6]

Bradley se animó al ver pasar las tropas de Patton dirigirse hacia el norte para atacar el flanco sur de Manteuffel. El 21 de diciembre, en compañía de los miembros de su estado mayor, salió a la puerta del hotel Alfa de Luxemburgo para contemplar las columnas de vehículos de la 5.ª División de Infantería, «totalmente cubiertos de

barro», que estuvieron todo el día pasando por la ciudad.[7] «Los soldados parecían ateridos —escribió Hansen en su diario—, apelotonados en una mancha de color marrón azotada por el viento invernal en los vehículos sin capota, sentados con rostros pétreos sobre los montones de petates apilados en los camiones que atravesaban la ciudad, dirigiendo miradas vacías a los civiles que clavaban en ellos la vista con gesto serio».

 

Consciente de la determinación de los alemanes, que estaban dispuestos a cruzar el Mosa a toda costa con sus divisiones Panzer, Montgomery reconoció que el I Ejército tenía que extender sus líneas hacia el oeste, más allá de donde la 30.ª División tenía bloqueado al Kampfgruppe Peiper. El general de división Matthew Ridgway, un paracaidista alto y de aspecto formidable, que nunca se dejaba ver sin unas cuantas granadas enganchadas en las dos correas que sujetaban su arnés a la altura de los hombros, había llegado para ponerse al mando del XVIII Cuerpo Aerotransportado al oeste del río Salm. Al otro lado, extendiéndose en dirección al Mosa, Montgomery había insistido en poner al joven general de división J. Lawton Collins al mando del VII Cuerpo. Montgomery lo consideraba uno de los mejores comandantes de cuerpo que tenían los estadounidenses, y también Hodges lo tenía en alta estima. El cronista del I Ejército señalaba que «el general Collins está lleno del habitual vigor combativo

de los irlandeses»[8]. Collins iba a tener a su mando a la 3.ª División Acorazada, a la 84.ª División de Infantería y a la 2.ª División Acorazada, las viejas unidades de Patton llamadas «el Infierno sobre Ruedas».

Ridgway, que contaba con el apoyo de Kean, el jefe del estado mayor del I Ejército, y ahora también Collins, sostuvieron que debían avanzar hacia Saint-Vith mientras los defensores continuaran resistiendo. «Monty pasaría cada dos días por mi puesto de mando —recordaría Collins—. Y avisaría a Ridgway para que se reuniera conmigo al mismo tiempo, con el fin de analizar la situación con nosotros… Yo había llegado a conocer a Monty bastante bien, y de una forma u otra nos llevábamos bien. Podía discutir con él y discrepar de sus opiniones sin que se pusiera como una

fiera»[9]. Montgomery se oponía a la idea de que todo un Grupo de Ejércitos atacara Saint-Vith en parte porque una sola carretera resultaba insuficiente para prestar apoyo a todo un Grupo de Ejércitos.

—Joe, no puedes dar apoyo a un cuerpo entero por una sola carretera —dijo, recordando sin duda lo ocurrido en la carretera de Arnhem.

—Bueno, Monty, quizá tú no puedas, pero nosotros sí —replicó Collins.

Pero tanto Hasbrouck, al mando de la 7.ª División Acorazada, como Bruce Clarke, de la Agrupación de Combate B, se opusieron tajantemente al plan de socorrer Saint-Vith. Posteriormente pensarían que Montgomery había tenido razón cuando había manifestado su deseo de retirar a sus defensores. Además, a su juicio, Ridgway era innecesariamente temerario y consideraban que, como paracaidista, no

entendía el uso de las formaciones acorazadas.[10]

Tras oír el ruido de los carros de combate durante la noche del 20 al 21 de diciembre, los defensores de Saint-Vith habían esperado que se produjera un ataque al amanecer, pero la acometida no se inició hasta última hora de la mañana. Los Volksgrenadiere empezaron a poner fuera de combate las posiciones de ametralladoras estadounidenses con granadas y haciendo uso del «temible

Panzerfaust [11] ». Llegaron tan cerca, que los soldados estadounidenses encargados de manejar las ametralladoras tuvieron que abrir fuego «con ráfagas oscilantes», dispersando sus balas en todas direcciones. Los batallones de artillería de Hasbrouck, pese a la escasez de municiones, respondieron a los llamamientos de bombardeo con intervalos de entre dos y cuatro minutos, «abriendo fuego a unos cincuenta metros de nuestros propios hombres».

A las 15.15 los combates cesaron, pero el comandante Boyer sospechó que

aquello «no sería más que la calma que precede a la tormenta»[12]. Ya no les quedaban reservas. Media hora después, las baterías de Nebelwerfer alemanas volvieron a abrir fuego de forma repentina. Los árboles quedaron terriblemente maltrechos. «Se abrieron grietas enormes en los troncos de los árboles que había sobre nuestros pozos de tirador y a nuestro alrededor pudimos oír el crujir de las ramas al partirse en las copas e incluso la voladura de troncos enteros por obra de aquella despiadada granizada de acero que barría y azotaba el bosque. Una y otra vez, sin saber exactamente de dónde venían, oíamos los gritos de angustia de los hombres que habían resultado heridos, pero lo único que podíamos hacer era encogernos en nuestras trincheras apretando la espalda contra el muro delantero, con la esperanza de no recibir un impacto directo. Parecía que nos arrancaban los nervios de cuajo

mientras el estrépito del acero estallaba a nuestro alrededor»[13].

Los alemanes atacaron a través del bosque protegidos por una barrera de fuego. Cuando el bombardeo cesó Boyer gritó:

—¡Levantad la cabeza!

Sus soldados abrieron fuego cuando los enemigos intentaron cruzar por una senda abierta por los leñadores. Un estadounidense provisto de una bazuca logró poner fuera de combate a un cañón de asalto autopropulsado. Y «un carro Panther fue destruido cuando un soldado armado con una bazuca se las apañó para salir de su pozo de tirador; el hombre avanzó a la carrera y apoyando el cañón contra el parachoques del blindado apretó el gatillo. Cuando hubo disparado, se desplomó muerto en el suelo».

Dos Panther empezaron a machacar metódicamente con fuego directo los pozos de tirador, uno tras otro. Uno de los oficiales de Boyer llamó por radio —«en su voz podía sentirse el llanto»— preguntando dónde estaban los cazacarros que debían ocuparse de los Panther. «¡Me cago en Dios! Tienen dos carros pesados aquí encima y están acribillando a mis hombres obligándolos a salir de sus trincheras uno a uno». Pero en su sector no había ni carros Sherman ni cazacarros. Poco después anocheció. Boyer comunicó que, a su juicio, podían aguantar toda la noche, pero poco después de las siete volvió a empezar la embestida alemana, con Nebelwerfer y blindados destruyendo las trincheras una tras otra.

Los ataques alemanes venían por tres direcciones distintas a través de las tres principales carreteras que llegaban a la población por el norte, por el este y por el sureste. Los defensores no tardaron en verse superados. Todas las ametralladoras de las que disponía el batallón de Boyer eran utilizadas por varios equipos. «En cuanto acababan con uno de ellos, era sustituido por otro». A las 22.00 «los carros alemanes se habían abierto paso hasta el centro de la línea disparando sin cesar y entraban ya en Saint-Vith». De ese modo el 38.º Batallón de Infantería Mecanizada quedó aislado en el extremo sureste del pueblo después de cinco días de combate sin dormir, con poca comida, y muchos casos de congelación. De los 670 hombres del batallón de Boyer quedaban en pie solo 185. Todos los demás habían muerto o habían resultado heridos de gravedad. Empezó a caer una espesa nevada.

El general de brigada Clarke, de la Agrupación de Combate B, dictó la siguiente orden: «Cambio de directrices. Salve los vehículos que pueda; ataque hacia el oeste a

través de Saint-Vith. Estamos formando una nueva línea al oeste de la población»[14]. Viendo que resultaba imposible cumplir aquellas órdenes, Boyer dijo a sus hombres que escaparan en grupos de cuatro o cinco, llevándose consigo solo sus armas personales. Envió un enlace a la sección de morteros con la orden de destruir los vehículos, pero salvar los morteros y los bípodes. Un sanitario se presentó voluntario para quedarse al cuidado de los heridos. Los hombres, completamente exhaustos, se escabulleron por el bosque en medio de la nieve. Un encargado se ocupaba de guiarlos valiéndose de una brújula, y a cada soldado se le advirtió que se agarrara al equipo del hombre que llevara delante.

Las calles de Saint-Vith estaban atestadas de escombros y vidrios rotos, el matadero estaba ardiendo y las reses corrían espantadas en medio de la vía pública. Durante los intensos bombardeos del día anterior, gran parte de la población civil de la localidad había cogido todas sus pertenencias y había buscado refugio en el monasterio de Sankt-Josef, que tenía unos sótanos provistos de bóvedas bien sólidas. Cuando el bombardeo se hizo especialmente intenso, el padre Goffart decidió reunirse allí abajo con los refugiados. «Se llevó consigo un cáliz y unas hostias y

construyó un pequeño altar en uno de los almacenes del sótano»[15]. Cuando se produjo el gran ataque alemán, el lugar estaba tan atestado de gente que no cabía ni un alfiler. Muchos de los que estaban en el sótano eran soldados estadounidenses heridos que habían llegado arrastrándose y habían obligado a los civiles a hacerles un hueco.

Entre los soldados que se retiraron a través de la ciudad estuvo la sección de inteligencia y reconocimiento del 423.º Regimiento de Infantería de la infortunada 106.ª División. «En medio de la oscuridad lo único que podía verse —escribió uno de ellos— eran los contornos de las cosas en la nieve, excepto cuando la deslumbrante luz de las bengalas y de los cañonazos hacía que todo brillara más que si fuera de día». Los tres últimos Sherman en abandonar Saint-Vith, junto con la sección de inteligencia y reconocimiento, «avanzaron con cautela por otra calle, la Rodterstrasse, que bajaba en dirección al noroeste. A las afueras del pueblo, unos cuantos soldados se montaron en los carros, tumbándose sobre ellos como pudieron, agarrándose a lo primero que encontraron mientras que el resto del grupo flanqueaba los vehículos a pie. Los carros arrancaron en medio de un mortífero fuego cruzado procedente de uno y otro lado del camino, un fuego cruzado marcado por las ametralladoras que disparaban balas trazadoras de color rojo, que nos provocaban un miedo infernal. Por fortuna los alemanes disparaban demasiado alto y las balas trazadoras pasaban en un sentido y en otros varios centímetros por encima de nuestras cabezas. En lo alto de una pequeña colina, aproximadamente a un kilómetro y medio al oeste del pueblo, salimos de la carretera. Los carros tomaron posiciones en el extremo de una pequeña arboleda. Los hombres de la sección de inteligencia y reconocimiento bajaron unos metros por la ladera de la colina situada ante ellos, se dispersaron y se atrincheraron

lo mejor que pudieron»[16]. La temperatura había bajado notablemente con la nevada.

Ateridos y hambrientos, los alemanes de la 18.ª y de la 62.ª Divisiones Volksgrenadier entraron violentamente en el pueblo, buscando desesperadamente refugio y ansiosos por apoderarse de cualquier cosa comestible que pudieran encontrar en las casas y en los depósitos estadounidenses abandonados. Las fuerzas de Hasbrouck se habían replegado a una nueva línea al oeste de Saint-Vith, y ahora les tocaba a los batallones de artillería de campaña estadounidense bombardear a aquella malhadada localidad.

 

Más al sur, la 116.ª División Panzer del Generalmajor Siegfried von Waldenburg tenía orden de abrirse paso al este del río Ourthe hacia Hotton. El día anterior, el grupo panzer de Waldenburg había atacado Samrée y Dochamps, mientras que a su derecha, la 560.ª División Volksgrenadier tuvo que hacer frente a unos combates más encarnizados. Los carros Panther lograron averiar en la refriega a casi una docena de blindados estadounidenses, pero disponían de tan poco combustible que el 156.º Regimiento Panzergrenadier, la artillería y el batallón de reconocimiento tuvieron que detenerse. Encontraron cierto alivio tras la toma de Samrée, donde descubrieron un depósito de combustible en el que había casi cien mil litros de gasolina, hallazgo que Waldenburg calificó de «regalo llovido del cielo». Los prisioneros estadounidenses le dijeron que el depósito había sido saboteado echando azúcar en el combustible, pero el Generalmajor aseguró que «se adaptaba perfectamente a los

motores alemanes»[17].

«No se veía ni rastro del esperado II Cuerpo Panzer de las SS», se lamentaría Waldenburg, pero en realidad la 2.ª División Panzer de las SS Das Reich seguía sus pasos y no se encontraba demasiado lejos. Tras quedar bloqueada cerca de Saint-Vith debido al incesante caos circulatorio reinante en las carreteras, había girado hacia el sur y estaba a punto de emprender el ataque por el norte contra las líneas de la 82.ª División Aerotransportada, pero entonces se vio obligada a detenerse y esperar la llegada de los suministros de combustible. La división Das Reich se consumía de impaciencia al tener que soportar aquella nueva dilación. «Se sabe que la 2.ª División Panzer del ejército ha seguido avanzando hacia el oeste sin encontrar mayor oposición por parte del enemigo y que se encuentra ya en las inmediaciones de Dinant. No hay ninguna actividad aérea. La ruta hacia el Mosa está abierta. Pero ¡toda la división permanece durante veinticuatro horas sin posibilidad de moverse

debido a la escasez de combustible!»[18] Montgomery había acertado casi con toda seguridad al extender el flanco septentrional hacia el oeste para hacer frente a aquella amenaza, y al rechazar la idea de efectuar un avance hacia Saint-Vith tal como deseaban Ridgway y el I Ejército.

La 116.ª División Panzer atacó Hotton ese mismo día a última hora con el 156.º Regimiento Panzergrenadier con apoyo de carros de combate, pero la ofensiva fue rechazada por un batallón del 325.º Regimiento de Infantería de Planeadores de la 82.ª División Aerotransportada, una sección de cazacarros y varios carros de combate de la 3.ª División Acorazada del general Maurice Rose, que acababa de llegar pocas horas antes. El comandante en jefe de la 116.ª División Panzer reconocería que los estadounidenses combatieron muy bien. Su Kampfgruppe perdió varios carros de combate y sus hombres quedaron exhaustos. «Poco a poco las tropas empezaron a darse cuenta de que el plan fundamental debía de haber fracasado y de que no iba a

ser posible alcanzar victoria alguna. La moral y la eficacia se resintieron»[19].

La 2.ª División Panzer, mientras tanto, no había podido llegar más que a Champlon, a unos dieciocho kilómetros al sur de Hotton. Había sido detenida en un cruce de carreteras al sureste de Tenneville por una simple compañía del 327.º Regimiento de Infantería de Planeadores, y Lüttwitz pretendería luego acusar de cobardía al comandante de la división, el Oberst Meinrad von Lauchert. Además de la demora causada por los combates en Noville, la llegada con retraso de los suministros de combustible había obligado a la división a detenerse de nuevo.

Algunas de sus unidades acababan de pasar al norte de Bastogne.[20]

Una vez que cesaron los combates, la población civil de Bourcy y Noville salió de sus refugios subterráneos. A su alrededor no había más que destrucción; se sentía el olor del humo húmedo, se veían ladrillos carbonizados, hierro chamuscado y la carne achicharrada de las reses muertas como consecuencia de los bombardeos. Pero incluso el alivio causado por el cese de las explosiones fue demasiado breve. Los habitantes del pueblo se vieron rodeados de repente por uno de los grupos del Sicherheitsdienst (servicio de seguridad) de las SS. Enseguida dieron comienzo unos interrogatorios brutales con el fin de identificar a los miembros de la resistencia belga y a cualquier persona que hubiera acogido con entusiasmo la llegada de los estadounidenses en septiembre. Los esbirros de las SS llevaban consigo fotografías de periódico del acontecimiento. En Bourcy un hombre, tras sufrir una brutal paliza, fue sacado al exterior y asesinado a martillazos. Los alemanes habían encontrado en su sótano una bandera estadounidense de fabricación casera. El servicio de seguridad se trasladó entonces a Noville, donde sus integrantes asesinaron a siete hombres, entre ellos al cura del pueblo, el padre Delvaux, y al maestro de la escuela.

 

Patton había hecho verdaderos milagros reagrupando con tanta rapidez a su III Ejército, pero no se mostró demasiado entusiasmado con la idea de tener que concentrarse en socorrer Bastogne. Habría preferido con mucho dirigirse a Saint-Vith para cortar la retirada a los alemanes y dejarlos incomunicados. Era además reacio a esperar a contar con unas fuerzas más numerosas, como le había ordenado Eisenhower. «A Ike y a Bull [el general de división que ostentaba el cargo de G-3 del SHAEF] les da canguelo que mi ataque se produzca demasiado pronto y que sea demasiado poco contundente —escribió ese día en su diario—. Tengo todo lo que

necesito. Si espero, perderé el efecto sorpresa»[21]. Patton, al que nunca podría reprochársele un exceso de humildad, decía ese mismo día en una carta a su esposa: «Deberíamos meternos en territorio enemigo hasta el fondo y cortar sus líneas de aprovisionamiento. El destino vino a buscarme precipitadamente cuando las cosas se pusieron mal. Quizá Dios había reservado todo esto para mí». Pero la soberbia de Patton le causaría más de un quebradero de cabeza durante los días sucesivos, cuando descubriera que el avance hacia Bastogne resultaba mucho más duro de lo que se había imaginado.

El batallón de reconocimiento al mando del comandante Kunkel y el 39.º Regimiento de Fusileros de la 26.ª División Volksgrenadier de Kokott estaban ya tomando las aldeas situadas a lo largo del perímetro meridional de Bastogne. Tras ellos venía el primer Kampfgruppe de la Panzer Lehr. El general Cota, al mando de la 28.ª División, que había establecido su cuartel general en Sibret, a casi siete kilómetros al suroeste de Bastogne, intentó organizar su defensa con unas fuerzas improvisadas con soldados rezagados que habían perdido a sus unidades. Pero la defensa fracasó ante el vigor de los ataques y Cota tuvo que replegarse deprisa y corriendo. Kokott, que efectuó una visita al sector, vio a los rezagados de la 28.ª

División y pensó que procedían de la guarnición de Bastogne.[22] Un belga con el que habló en Sibret le aseguró que la defensa de Bastogne estaba desmoronándose. Las esperanzas de Kokott se renovaron; el general llegó incluso a pensar que al final el optimismo de Lüttwitz quizá estuviera justificado.

El Kampfgruppe de Kunkel arremetió hacia el norte, provocando una alarma considerable en el cuartel general de McAuliffe, pues la artillería del VIII Grupo de Ejércitos, con base en Senonchamps y sus alrededores, era vulnerable. Los soldados de un batallón de artillería de campaña fueron presa del pánico y salieron huyendo; pero llegó justo a tiempo una fuerza improvisada con toda rapidez, con apoyo de una batería antiaérea de semiorugas provistos de ametralladoras cuádruples de calibre 0.50. Las «picadoras de carne» hicieron su cruenta labor y el ataque de Kunkel se vino abajo.

Las tropas alemanas hambrientas tomaron las granjas y las aldeas, felices de encontrar refugio donde guarecerse ahora que la temperatura había bajado de forma tan abrupta. Mataron cerdos y vacas, requisaron las provisiones que guardaban las familias y se pusieron locas de contento al descubrir diversos almacenes estadounidenses abandonados con pertrechos y raciones de comida. Trataron a los aldeanos belgas con el mismo recelo con el que los habían tratado muchos de los soldados estadounidenses sitiados.

Más al sur, la 5.ª División Fallschirmjäger había llegado a la carretera que iba de Bastogne a Arlon, dispuesta a frenar el avance de Patton. El resto de las divisiones alemanas tenía muy poca confianza en su capacidad de detener un contraataque importante.

 

La lucha por aplastar la incursión alemana a lo largo de la vía del ferrocarril de Bastogne entre Bizôry y Foy continuó en medio de la niebla. Varias secciones de paracaidistas avanzaron cautelosamente a través de los pinares, poblados de densas hileras de árboles sin maleza a su alrededor. «Era como una sala enorme con un techo verde sostenido por innumerables columnas marrones», decía el comandante Robert

Harwick, al mando del 1.[23]

Las posiciones alemanas estaban bien camufladas, de modo que los paracaidistas no tenían ni idea de por dónde venían los tiros cuando los disparaban. Una vez localizados los pozos de tirador enemigos, los hombres, formando una amplia escaramuza, empezaban a marchar corriendo de trecho en trecho, mientras que otros compañeros los cubrían en el clásico movimiento de «fuego y maniobra». Atacados en dos direcciones, algunos Volksgrenadiere fueron presa del pánico. Muchos salieron huyendo directamente a los brazos de los hombres de Harwick y se rindieron. «Dos prisioneros echaron a correr detrás de nosotros —escribe Harwick—. Estaban terriblemente asustados y no paraban de agachar la cabeza al oír las balas que silbaban y zumbaban a su alrededor. Por último se oyó una ráfaga cercana y se metieron en una trinchera. El soldado encargado de vigilarlos no quiso correr riesgos y arrojó una granada tras ellos. Se acercó a la trinchera, disparó cuatro tiros con su fusil y regresó a su puesto de combate en primera línea… La lucha no fue muy larga, pero sí muy dura. Fue muy penosa, como suelen serlo todos los combates cuerpo a cuerpo. Había un herido cerca del lugar hasta el que yo había llegado. Me acerqué a rastras hasta él. Necesitaba ayuda con urgencia. Junto a él había un sanitario, todavía

con una venda en la mano, pero una bala le había atravesado la cabeza»[24].

Los hombres de Harwick llegaron trayendo más prisioneros una vez que acabaron de verdad los combates. «Uno de ellos, aterrorizado, no paraba de arrodillarse y de farfullar en alemán, girando los ojos de un lado a otro. Decía una y otra vez en inglés: “¡No me disparéis!”. Finalmente cayó al suelo sollozando y cuando lo levantamos se puso a gritar. El resto tenía una actitud intermedia entre la de este hombre y la altiva frialdad de su teniente, que se mostró tan altanero que no sé cómo ni dónde recibió un buen puñetazo en la nariz». Los prisioneros fueron obligados a transportar a los

estadounidenses heridos al puesto de socorro más cercano.[25]

 

Bastogne propiamente dicha estaba relativamente bien abastecida de comida y había un abundante suministro de harina, pero en cambio escaseaban las raciones para la primera línea. Las raciones K llevadas para los primeros tres días no tardaron en agotarse, de modo que los soldados se vieron obligados a sobrevivir a base de tortas y bizcochos.

La principal preocupación de McAuliffe era la escasez de munición de artillería, especialmente de proyectiles de 105 mm para los obuses de cañón corto de la artillería de campaña de la 101.ª División Aerotransportada. Las reservas de combustible eran otra preocupación de primer orden. Los cazacarros y los carros Sherman consumían una cantidad enorme de gasolina y eran esenciales para la defensa. Pero desde la pérdida del hospital de campaña, el número cada vez mayor de los heridos y la escasez de médicos obsesionaba a todo el mundo. Las nubes bajas y el cielo cubierto hacían que los lanzamientos desde el aire quedaran excluidos. Como Patton y Bradley en Luxemburgo, y de hecho como todos los mandos y todos los soldados estadounidenses desplegados en las Ardenas, el personal médico rezaba para que las condiciones atmosféricas permitieran a los aviones levantar el vuelo.

La artillería alemana empezó a concentrarse ese día en la propia localidad de Bastogne. Su puntería dio lugar a que la policía militar estadounidense abrigara sospechas injustificadas de que entre los refugiados y la población civil había quintacolumnistas que dirigían el fuego de la artillería enemiga. El pueblo era un objetivo fácil, y la gente que se había refugiado en los sótanos del Institut Notre Dame sentía temblar la tierra bajo sus pies. Un proyectil cayó en un pequeño depósito de municiones provocando una explosión enorme. McAuliffe tuvo que trasladar su cuartel general al sótano. Se había unido a él el coronel Roberts, quien, tras dirigir de manera independiente las operaciones de la agrupación de combate de su 10.ª División Acorazada, se encontraba ahora a las órdenes de McAuliffe. Los dos hombres trabajaron bien juntos, y la experiencia de McAuliffe como artillero resultaría sumamente útil en una defensa que iba a depender tanto de esa arma.

Como la 26.ª División Volksgrenadier iba a quedarse sola para tomar Bastogne junto con un simple Kampfgruppe de la Panzer Lehr, el comandante en jefe del LXVII Cuerpo Panzer, Lüttwitz, ordenó al general Bayerlein que enviara a un negociador a exigir la rendición de la plaza para evitar su aniquilación total. Lüttwitz había recibido órdenes estrictas del cuartel general del Führer de no distraer más tropas para la captura de Bastogne, de modo que su exigencia de rendición, que sería

presentada al día siguiente, no era más que un farol.[26]

El perímetro defensivo en torno a Bastogne era muy poroso, por no decir algo peor, como había demostrado la incursión por la línea del ferrocarril. La oscuridad reinante durante las largas horas nocturnas y la mala visibilidad durante el día hacían que a los alemanes les resultara fácil infiltrarse en pequeños grupos y que pudieran cortar una carretera por detrás de las posiciones avanzadas, con el propósito de provocar la retirada. Siempre que ocurría algo parecido, eran enviadas secciones de reserva a encargarse de los infiltrados, de modo que se producían frecuentes «cacerías de ratas» en los bosques encharcados cada vez que había que mandar una patrulla en búsqueda de supervivientes. La densa niebla hacía también que, al regresar, esas mismas patrullas fueran disparadas por sus propios camaradas y que soldados de uno y otro bando se metieran por error en territorio ocupado por el enemigo. El capitán Richard Winters, oficial ejecutivo del 2.º Batallón del 506.º Regimiento cerca de Foy, vio incluso a un soldado alemán con los pantalones bajados haciendo sus necesidades detrás de su puesto de mando. «Cuando acabó, grité en mi mejor alemán: “Kommen Sie hier!” (“¡Venga usted aquí!”), cosa que hizo el hombre. Todo lo que el desgraciado llevaba en sus bolsillos eran unas cuantas fotografías, baratijas y un

coscurro de pan negro, que estaba durísimo»[27].

Las únicas reservas que se habían mantenido en Bastogne para caso de emergencia era un batallón de unos seiscientos hombres, organizado de forma improvisada, que era llamado «Equipo SNAFU» (sigla correspondiente a las iniciales de la frase: Situation Normal All Fucked Up, esto es, «Situación Normal. Todos Jodidos»). Habían sido enrolados en él soldados de la 28.ª División de Infantería que habían perdido el contacto con su unidad y supervivientes de la destrucción sufrida por la Agrupación de Combate de la 9.ª División Acorazada al este de Bastogne, así como muchos hombres aquejados de fatiga de combate en primera línea. Una ventaja del asedio era que, usando las líneas interiores, los defensores podían reforzar rápidamente cualquier sector que se viera amenazado a través de las carreteras que salían de Bastogne. Mientras tanto, el Equipo SNAFU era utilizado para integrar los controles de carretera colocados en las cercanías del pueblo y para proveer de reemplazos que sustituyeran a las bajas sufridas por las unidades de primera línea.

Aquella noche empezó a nevar de nuevo, y sobre la nieve se formó una espesa capa de hielo. El mal tiempo supuso en varios sentidos una auténtica bendición para las fuerzas de Hasbrouck que resistían al oeste de Saint-Vith y para la 101.ª División Aerotransportada en Bastogne.