Ardenas 1944

Lindsey Davis · Capítulo 20 de 57

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Ardenas 1944

18. Día de Navidad

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Día de Navidad

 

El breve silencio de la noche de Navidad en Bastogne fue roto por un bombardero de la Luftwaffe que sobrevoló la localidad lanzando bengalas de magnesio, seguido de sucesivas oleadas de Junkers 88. Los estadounidenses habían llegado a considerar a la Luftwaffe una fuerza extinguida, así que el efecto de su acción fue más devastador incluso que el del bombardeo de artillería más intenso. El susto fue peor aún para los refugiados y para los bastognards hacinados en los sótanos, cuando los edificios se derrumbaron sobre ellos.

El cuartel general de McAuliffe resultó alcanzado. Las paredes temblaron, como si se tratara de un terremoto, y todos quedaron horrorizados temiendo morir aplastados por los ladrillos que les caían encima. En los sótanos atestados de gente del Institut Notre Dame, todo el mundo rezaba o gritaba dominado por el pánico, mientras a su alrededor descendían nubes de polvo. Varias personas se volvieron completamente locas.

Para celebrar la Navidad el capitán Prior, el médico del puesto de primeros auxilios de la 10.ª División Acorazada, había estado compartiendo una botella de champán con varios colegas, entre ellos Augusta Chiwy, la enfermera congoleña. Todos ellos fueron arrojados al suelo por la violencia de una explosión y Prior temió de repente que hubiera sido alcanzado el propio puesto de socorro. Envueltos en polvo, lograron salir a la calle. El edificio de tres pisos se había derrumbado sobre los pacientes heridos y las ruinas eran pasto de las llamas. La compañera de Chiwy, la enfermera Renée Lemaire, resultó muerta, junto con unos veinticinco heridos graves, que perdieron la vida carbonizados en sus camas. Los soldados acudieron corriendo a retirar los escombros para abrir una salida, pero los intentos de extinguir el incendio con cubos de agua fueron estériles y no tardaron en ser abandonados. Algunos heridos, rodeados por las llamas, suplicaban que les pegasen un tiro. Los bombarderos, volando bajo, ametrallaron las calles, así que los paracaidistas no dudaron en responder disparando sus fusiles. Bastogne no tenía defensas antiaéreas porque todos los semiorugas provistos de ametralladoras cuádruples de 12,7 mm

habían sido desplegados para reforzar las defensas del perímetro.[1]

Este ataque, que se reanudó varias horas más tarde, era a todas luces la andanada inicial de la gran ofensiva alemana prevista para el día de Navidad. El Arko o comandante en jefe de la artillería (Artilleriekommandeur) del V Ejército Panzer, había acudido por orden de Manteuffel a supervisar el control de fuego. Kokott había trasladado su puesto de mando a Givry, justo enfrente del flanco noroccidental. En este sector había menos bosques y menos zonas habitadas, que los estadounidenses habían utilizado de forma tan eficaz como fortines, y el terreno abierto presentaba obstáculos no más grandes que unos pequeños barrancos cubiertos de nieve. Aun así, la mayoría de sus Volksgrenadiere temían la batalla que se avecinaba y no quedaron muy convencidos por las exhortaciones y las promesas de sus oficiales, que aseguraban que esta vez disponían de una fuerza arrolladora.

La doble ofensiva desde el noroeste y desde el sureste había sido planeada para conseguir entrar en Bastogne en cinco horas, pero Kokott quedó desconcertado al comprobar que la 15.ª División Panzergrenadier era mucho más débil de lo que había esperado. Constaba de poco más que un Kampfgruppe al mando del Oberstleutnant Wolfgang Maucke, con tres batallones de Panzergrenadiere, veinte carros de combate y cañones de asalto, y dos batallones de artillería autopropulsada. Todavía tenía que llegar una pequeña fuerza de la división, pero no lo haría hasta que ya fuera demasiado tarde.

El primer embate fue dirigido contra el sector situado justo enfrente de la aldea de Champs. A las 05.00, el 77.º Regimiento de Granaderos de Kokott se acercó sigilosamente a las trincheras estadounidenses sin preparación artillera. Solo entonces empezó la artillería alemana a disparar contra las posiciones de los cañones estadounidenses. La localidad de Champs fue «tomada, perdida y vuelta a tomar» en

medio de feroces combates, observaría Kokott.[2] Una compañía de paracaidistas y dos cazacarros infligieron numerosas bajas a sus hombres. Su adiestramiento intensivo «desmontando y reparando armas bajo fuego enemigo y en medio de la

oscuridad» había resultado desde luego muy útil.[3] Cuando una ametralladora se encasquillaba, se ponía a punto en un instante, y volvía a abrir fuego de inmediato. El cabo Willis Fowler, a cargo de una ametralladora situada en el lado oeste de Champs, logró acabar con toda una compañía de granaderos mientras que cuatro blindados alemanes permanecían rezagados sin saber qué hacer en la cresta de la colina. La artillería estadounidense fue también extraordinariamente eficaz frenando los ataques enemigos, y a las 09.00 se oyó entre los soldados alemanes el grito de aviso:

«Jabos!»[g20], al tiempo que aparecían los cazabombarderos estadounidenses lanzándose en picado.

Mientras tanto, el Kampfgruppe Maucke había arrollado las posiciones del 401.º Regimiento de Infantería de Planeadores al suroeste de Champs y había llegado a la aldea de Hemroulle, a menos de tres kilómetros de distancia. Un grupo se desgajó hacia el norte para atacar Champs, produciéndose un feroz combate en torno al puesto de mando y el puesto de socorro del 502.º Regimiento de Infantería Paracaidista. Se hallaban situados ambos en el Château de Rolley, un imponente edificio del siglo XVIII construido junto a una gran torre redonda, que era lo único que quedaba del primitivo castillo medieval. El puente que desembocaba en Rolley había sido minado, pero el intenso frío reinante provocó que el disparador fallara justo cuando lo cruzaban los panzer. Aquella mañana de temperaturas gélidas, en las que el viento arrancaba de la nieve solidificada partículas de hielo que azotaban la cara como si fueran agujas, los paracaidistas no tuvieron más remedio que orinar sobre las ametralladoras para descongelar su mecanismo.

Cada operador radiofónico, cada conductor y cada cocinero echaron mano a los fusiles y las bazucas para formar una sección defensiva. El médico que cuidaba a los heridos tendidos en simples camillas tuvo que entregar un fusil a uno de sus pacientes, que se puso nerviosísimo ante la sola idea de ser pillado desarmado. Los hombres gritaron al doctor que quemara el libro en el que estaban registrados los números de placa de los muertos, para que el enemigo no supiera a cuántos paracaidistas había matado.

Un integrante del improvisado grupo de defensa, el sargento Sky Jackson, logró poner fuera de combate varios carros de combate con una bazuca. Otro hombre provisto de una bazuca se dejó llevar tanto por el entusiasmo que se olvidó de cargar el proyectil, de modo que cuando su disparo alcanzó al blindado se produjo simplemente un sonoro ruido metálico. Un cazacarros Hellcat dejó fuera de combate a otro Panther. «Los alemanes saltaron precipitadamente de los panzer y fueron acribillados —recordaba otro soldado—. Sobre la nieve solo se veía el rojo de la

sangre». Se oían gritos procedentes del interior de los blindados.[4]

Una compañía del 502.º Regimiento de Infantería Paracaidista divisó a unos ciento cincuenta soldados de infantería alemanes y cuatro blindados Mark IV que abrían fuego. El teniente de paracaidistas replegó a sus hombres a la línea del bosque. Ordenó a sus ametralladoras que, disparando sin cesar, mantuvieran a la infantería enemiga a raya y a los carros de combate «clavados» en su posición, mientras que él y otro equipo de bazucas los asaltaban por los flancos. Dejaron inutilizados tres carros de combate con sus bazucas, y la compañía vecina se deshizo del cuarto. Los paracaidistas no habían podido comer casi nada aquel día. La mayoría no había

tomado más que media taza de sopa con judías blancas para mantenerse en pie.[5]

En aquel esfuerzo supremo, el Kampfgruppe Kunkel atacó de nuevo por el suroeste cerca de Senonchamps, en dirección a Hemroulle. Y en el lado más alejado del perímetro, «el éxito parecía muy cercano» a las 10.00, cuando los

Panzergrenadiere [6] del 901.º Regimiento lograron abrirse paso desde el sureste. Un

grupo de asalto llegó al cruce de carreteras situado a la entrada de Bastogne, y dio la sensación de que el éxito del avance alemán era casi inevitable. En el cuartel general improvisado de McAuliffe los oficiales del estado mayor prepararon sus armas y el personal del servicio de abastecimientos reunió todas las bazucas disponibles para una defensa a la desesperada.

«Los alemanes atacaron nuestras posiciones con carros de combate —recordaba el cabo Jackson, del 502.º Regimiento de Infantería Paracaidista—. Yo había vuelto al P[uesto de] M[ando] y nos comunicaron que ahí delante se necesitaban más bazucas y la correspondiente munición. Cogí una bazuca y toda la munición con la que pude cargar. Cuando llegué a la parte delantera, vi un carro de combate que se retiraba y un Mark IV, con nueve hombres montados en él a horcajadas, en medio de un campo. Cuando el blindado estaba a unos cuarenta metros de distancia y de costado, me incorporé y disparé, alcanzándolo en un lado, justo encima de la oruga. El cohete mató o dejó atontados a cuatro de los hombres que iban montados en el carro; el vehículo se detuvo de inmediato y empezó a arder». Sus tripulantes y el resto de los

soldados de infantería fueron tiroteados cuando intentaron escapar.[7]

Incluso los obuses de cañón corto de los paracaidistas de un batallón de artillería de campaña se enfrentaron a los panzer al descubierto. La mayor destrucción la causaron los cazabombarderos P-47 Thunderbolt, que lanzaron «bombas incendiarias» de napalm sobre el enemigo o lo acribillaron con sus ametralladoras de 12,7 mm. Las granjas locales y sus habitantes no se libraron de lo que los altos mandos estadounidenses consideraron una lucha a muerte.

En los alrededores de Champs, Rolley y Hemroulle el fuego de los carros Sherman, de los cazacarros Hellcat y de las bazucas causó graves pérdidas a los alemanes en el curso de los combates. Por la tarde, la 15.ª División Panzergrenadier comunicaba que casi no le quedaba ni un solo carro de combate en condiciones de combatir. Otro ataque a la desesperada fue lanzado después de oscurecer, con apoyo de los cazacarros Jagdpanzer de que aún disponía el batallón de reconocimiento. Los equipos de bazucas del 502.º Regimiento de Infantería Paracaidista asaltaron y dejaron fuera de combate a la mitad de ellos, incluido el vehículo que ocupaba el oficial al mando de la unidad.

Por el sureste, el grupo de asalto de los Panzergrenadiere del 901.º Regimiento de

la División [8] Panzer Lehr quedó «aislado y aniquilado». Al regimiento no le quedaban reservas con que reforzarlo ni con que rescatarlo. Ya habían sido lanzados al combate casi todos los hombres disponibles. Kokott suspendió todos los demás ataques previstos. La 15.ª División Panzergrenadier había quedado prácticamente aniquilada y su propia unidad había sufrido más de ochocientas bajas. En la mayor parte de las compañías quedaban menos de veinte hombres, y todo un batallón del 78.º Regimiento de Granaderos había quedado reducido a cuarenta. Las peores pérdidas fueron las que afectaron a los oficiales y Unteroffiziere más experimentados. «Estábamos a novecientos metros de la entrada de Bastogne —se lamentaba amargamente un oficial de la 26.ª División Volksgrenadier— y no pudimos entrar en

el pueblo»[9].

Kokott informó al cuartel general de su Grupo de Ejércitos que sus fuerzas habían quedado tan mermadas que cualquier otro ataque sobre Bastogne habría sido una acción «irresponsable e inviable». Lüttwitz admitió que las fuerzas sitiadoras debían simplemente retener las posiciones que ocupaban en esos momentos hasta la llegada de la Führerbegleitbrigade de Remer en las próximas cuarenta y ocho horas. Pero Kokott se enteró también de que la 5.ª División Fallschirmjäger no podía resistir los ataques cada vez más frecuentes de las fuerzas de Patton que llegaban por el sur. Todo lo que podían hacer sus Volksgrenadiere era sembrar los campos de minas y preparar más posiciones anticarro por las rutas de acceso. La ofensiva de las Ardenas había fracasado, concluyó Kokott. Escribió que la gran operación se había convertido en una «lucha sangrienta, incierta y costosísima por lo que, en último término, era un

pueblo sin importancia»[10]. Evidentemente el cuartel general del Führer no estaba dispuesto a aceptar la realidad de la situación.

Mientras los combates se desarrollaban con furia al norte y al sureste de Bastogne, el piloto de un avión ligero de observación que se atrevió a desafiar las baterías antiaéreas trasladó hasta el pueblo a un cirujano con suministros de penicilina. Un P-38 Lightning lanzó además mapas, que seguían escaseando, y una serie de fotografías de toda la zona tomadas en el curso de varios vuelos de reconocimiento. Eso fue todo lo que los defensores recibieron ese día, pues la mala visibilidad reinante en Inglaterra había impedido efectuar cualquier otro lanzamiento

en paracaídas.[11] Para empeorar aún más las cosas, el regalo de Navidad prometido por Patton, consistente en un avance generalizado hacia Bastogne, no se había materializado. McAuliffe puso de manifiesto cuáles eran sus sentimientos en una conferencia telefónica con el general Middleton, comandante en jefe del VIII Cuerpo.

—Nos han fallado —dijo. [12]

 

El III Grupo de Ejércitos de Patton estaba cerca. En los alrededores de Lutrebois, a solo seis kilómetros al sur del centro de Bastogne, el 134.º Regimiento de Infantería de la 35.ª División contaba con apoyo cercano de artillería y de cazacarros. Habían sido localizados unos carros de combate alemanes en los bosques situados un poco más adelante, de modo que la artillería de campaña no dudó en abrir fuego contra ellos. Atraídos por los disparos, llegaron también unos Sherman, que se unieron a la refriega. Los hombres encargados de las bazucas tuvieron que «permanecer a la espera o acercarse a rastras, como si fueran cazadores al acecho de un alce». Les habían dicho que apuntaran a las orugas de los Panther, pues los proyectiles simplemente rebotaban contra el blindaje. Al final, de los veintisiete carros alemanes

solo lograron escapar tres.[13]

La 4.ª División Acorazada estaba machacando a las unidades de la 5.ª División Fallschirmjäger al sur de Bastogne, entre la carretera de Arlon y la de Neufchâteau. Cuando la aldea de Assenois se vio sacudida por las incesantes explosiones de las bombas, lo único que pudo hacer la población civil fue esperar y rezar. «Nos sentimos como si estuviéramos en manos de Dios —escribió una mujer— y a él nos entregamos». Los valones eran su mayoría católicos y profundamente religiosos. Ponerse en manos del Todopoderoso era indudablemente un consuelo, cuando era tan poco el control que tenían sobre su propio destino. Rezar el rosario en comunidad

ayudaba a aliviar el dolor del miedo individual y a calmar los nervios.[14] Durante los combates por Hemroulle, Model y Manteuffel habían visitado el cuartel general del XLVII Cuerpo de Lüttwitz en el Château de Roumont, cerca de la carretera de Marche. Lüttwitz estaba todavía más preocupado por su antigua división, acorralada en las inmediaciones de Celles, y una vez más insistió en que había que salvar a la 2.ª División Panzer permitiendo que efectuara una rápida retirada. Model y Manteuffel «mostraron su comprensión», pero «evidentemente no estaban autorizados a decidir la retirada de la 2.ª División Panzer». La orden podía venir solo

de Hitler, y este no estaba desde luego dispuesto a admitir la derrota.[15]

Mientras hablaba con sus superiores, los peores temores que abrigaba Lüttwitz por los Kampfgruppen de Böhm y Cochenhausen estaban haciéndose realidad. El contraataque aliado había comenzado antes del amanecer. La artillería que acompañaba a la 29.ª Brigada Acorazada empezó a bombardear al batallón de reconocimiento de Böhm en Foy-Notre-Dame, y cumplió su promesa de mantener incólume la iglesia del siglo XVII. Las baterías de artillería estadounidenses tomaron posiciones en los campos de los alrededores de las localidades de Haid y Chevetogne. La noche anterior, cuando llegaron a Haid, lo celebraron con los lugareños, que habían preparado bizcochos y chocolate caliente: con leche de sus propias vacas y chocolatinas Hershey fundidas. Después, los soldados estadounidenses acompañaron a sus nuevos amigos a la Misa del Gallo en la iglesia. Solo unos días antes un joven alsaciano de dieciséis años, que había sido reclutado a la fuerza para prestar servicio militar en la Wehrmacht, se había echado a llorar contándole a la esposa de un

granjero los horrores por los que había tenido que pasar.[16]

En Chevetogne, un oficial recorrió todas las casas avisando a la gente de que dejara las ventanas abiertas, pues de lo contrario las explosiones de las bombas las harían añicos. Los aldeanos vieron pasar un avión de reconocimiento encargado de localizar las posiciones de la artillería al cual llamaban el Petit Jules, sobrevolando en círculos las líneas alemanas. Poco después aparecieron en gran número los cazabombarderos P-38 Lightning de cola doble.

La Agrupación de Combate A de la 2.ª División Acorazada de Harmon avanzó más de diez kilómetros al sur de Buissonville al este del Kampfgruppe Cochenhausen, enfrentándose a unas tropas de la División Panzer Lehr que habían avanzado hacia Rochefort. Siguió el rastro de una de las columnas alemanas hasta la granja de La Happe, donde dio comienzo el combate. La mayoría de los civiles de la zona se metieron inmediatamente en sus sótanos, pero unos cuantos subieron a los desvanes para contemplar el espectáculo de mortíferos fuegos de artificio que acompaña a las batallas entre carros de combate. Unos veintinueve alemanes perdieron la vida y muchos más resultaron gravemente heridos. Estos últimos fueron conducidos a un pajar y tendidos sobre el heno.

La Agrupación de Combate B, mientras tanto, procedente de Ciney, se dividió en dos, con una fuerza operativa dirigiéndose a Conjoux y otra hacia Celles, para rodear el grupo principal del Kampfgruppe Cochenhausen, que se había diseminado entre las dos localidades. Los alemanes de los alrededores de Celles eran blancos facilísimos: ni siquiera tenían combustible suficiente para la ambulancia del Feldlazarett. En la propia Celles, la mayoría de los habitantes del pueblo se refugió en la cripta de la iglesia con las monjas y el cura. La paja echada durante los combates del mes de septiembre aún seguía allí. Unos cuantos campesinos trajeron un cubo de leche para los niños cuando se produjo una pausa en los bombardeos, y guisaron un pollo que había resultado muerto por una explosión. Los demás permanecieron agazapados en los sótanos mientras los proyectiles volaban sobre sus cabezas. Los estadounidenses utilizaban bombas de fósforo y, como es natural, los lugareños temían por sus granjas.

Los Sherman del 3.[17]

Entre los que habían sido evacuados a Sorinnes había una niña pequeña que había perdido sus zapatos, y un soldado estadounidense del 82.º Batallón de Reconocimiento obligó a punta de pistola a un prisionero alemán a quitarse sus botas y dárselas a la pequeña. Eran demasiado grandes, pero al menos la criatura podía caminar con ellas, mientras que el soldado alemán corría el riesgo de que se le congelaran los pies.

Una vez que las artillerías estadounidense y británica hubieron machacado las posiciones alemanas en torno a la granja de Mahenne, entre Foy-Notre-Dame y Celles, se desarrolló una leyenda popular que cuenta que los oficiales de las SS incendiaron el lugar, pero en la zona no había ningún soldado de las SS, así que la destrucción fue causada en su totalidad por los bombardeos. Una vez más parece que los monos negros y las insignias con la calavera de las unidades panzer hicieron que las confundieran con las de las Waffen SS.

La Agrupación de Combate B de la 2.ª División Acorazada también entró en Celles esa tarde. Las tropas panzer, hambrientas y agotadas, con poca munición y carentes por completo de combustible, no pudieron resistir mucho tiempo. Las labores de limpieza continuaron durante otros dos días. Unos dos mil quinientos hombres resultaron muertos o heridos y otros mil doscientos fueron hechos prisioneros. Además, fueron capturados o destruidos ochenta y dos vehículos de combate blindados y ochenta y dos piezas de artillería, así como incontables vehículos de otro tipo, muchos de los cuales habían sido arrebatados previamente a las tropas estadounidenses como botín. La mayoría de ellos carecían de combustible y

de munición.[18]

El Major Cochenhausen, con unos seiscientos hombres, logró escapar a pie campo a través después de dispersarse. Muchos estaban deseando rendirse. En los alrededores de Celles, algunos alemanes escondidos suplicaron a los lugareños que buscaran a los estadounidenses y les dijeran que estaban dispuestos a entregarse. Les preocupaba que si aparecían de forma repentina, incluso con las manos en alto, les dispararan. Algunos temían que, como llevaban tantas prendas y elementos del uniforme estadounidense, los tomaran por miembros del Kampfgruppe Skorzeny. En algunos casos, como muestra de buena voluntad, entregaron su pistola a un civil belga, para que se la hiciera llegar a los soldados estadounidenses. Los lugareños no se dieron cuenta hasta que era demasiado tarde de que habrían podido ganar mucho dinero vendiéndola. «Los estadounidenses estaban locos por poseer una», contó un granjero. Además a muchos civiles les daba miedo quedarse con objetos del equipamiento alemán, por si el enemigo regresaba de nuevo y los encontraba en su

casa.[19]

 

Aparte de la 2.ª División Das Reich, que siguió causando muchos quebraderos de cabeza al I Ejército en los combates en los alrededores de Manhay y Grandménil, las otras divisiones panzer no salieron mucho mejor libradas en el flanco noroeste de las Ardenas. La 116.ª División Panzer recibió la orden de avanzar hacia el este de Marche, pero como recordaría luego el Generalmajor Waldenburg, «las unidades de la división que combatieron en esta batalla habían sido borradas del mapa casi por completo», y el Kampfgruppe Beyer, de la 60.ª División Panzergrenadier, había quedado aislado. Solo consiguieron escapar unos pocos hombres y unos cuantos

vehículos.[20]

Aquella noche, el Generalfeldmarschall Von Rundstedt comunicó a Hitler que la ofensiva había fracasado. Recomendó llevar a cabo una retirada del saliente antes de que el grueso del Grupo de Ejércitos B quedara atrapado. Hitler rechazó el consejo airadamente e insistió en llevar a cabo más ataques contra Bastogne, sin darse cuenta de que estaban llegando todavía más refuerzos aliados. La 17.ª División Aerotransportada se disponía a tomar posiciones, aunque un oficial del estado mayor del VIII Cuerpo pensaba que sus paracaidistas todavía tenían «un montón de cosas

que aprender»[21]. La recién llegada 11.ª División Acorazada carecía también de experiencia, en especial los conductores de sus Sherman. «Sus carros de combate dejaban una estela de árboles arrancados de cuajo y de líneas telefónicas hechas

añicos», comentaba cierto informe.[22]

«Un día de Navidad despejado y frío —escribió Patton aquel día en su diario—, un tiempo estupendo para matar alemanes, lo que suena un poco raro teniendo en cuenta el nacimiento de quién estamos celebrando hoy». Patton había trasladado su cuartel general a la Escuela Industrial de Luxemburgo. Hizo orgullosamente ostentación de su iluminación navideña, colgando bombillas de los cascos alemanes

capturados, utilizados a modo de pantallas de lámpara.[23]

Pero la fiesta trajo poca alegría a la población belga de las Ardenas. En un pueblo cerca de Elsenborn, donde los combates habían acabado por fin, la familia Gronsfeld decidió salir del sótano en que había permanecido recluida para celebrar el día de Navidad. La luz era deslumbrante, pues el sol reflejaba la blancura de la nieve mientras estaban sentados a la mesa en la cocina, el padre, la madre y su hija, la pequeña Elfriede. De repente, una bomba alemana explotó en las inmediaciones, y un fragmento entró por la ventana. «Se clavó en el cuello de Elfriede Gronsfeld haciéndole un corte muy profundo. Acudieron en su ayuda unos médicos estadounidenses, pero no pudieron hacer nada. La criatura fue enterrada el 29 de diciembre. Tenía cinco años. “¿Qué se le puede decir a la madre? —se lamentaba uno

de sus vecinos en su diario—. La mujer llora y no puede entenderlo”»[24].

Un soldado estadounidense destinado a la cresta de Elsenborn escribió una carta a su esposa ese mismo día. Decía en ella: «Los bombarderos dejan bonitas estelas blancas de vapor, como si fueran de pluma, en el cielo, y los cazas trazan diseños ondulantes en su intento de acabar unos con otros». No había que perder ojo a los Piper Club, encargados de localizar las baterías de artillería, que aparecían en el cielo a menudo de seis en seis o más. Cuando los aviones ponían de pronto la cola de punta y se lanzaban en picado hacia el suelo, «sabíamos que había llegado el momento de ponernos a cubierto». En otra carta decía: «Somos ametrallados una o dos veces al

día por nuestros propios aviones»[25].

Aprovechando una vez más los cielos despejados, los cazabombarderos

estadounidenses, «como si fueran un enjambre de avispas»[26], hicieron su aparición también sobre Saint-Vith. «Preferimos caminar, en vez de utilizar el coche e ir por la carretera principal —anotó en su diario un oficial alemán—. Los Jabos estadounidenses atacan constantemente todo lo que se mueve por las carreteras… Caminamos campo a través de cercado en cercado». Pero no tardó en oírse el zumbido mucho más bronco de unos motores de avión. Llegaron formaciones de setenta y seis bombarderos B-26, que procedieron a arrasar lo que quedaba de Saint-Vith. Aquella táctica era llamada cínicamente «sacar la ciudad a la calle», es decir, llenar de escombros la vía pública para que los convoyes de aprovisionamiento alemanes no pudieran pasar por aquel trascendental cruce de carreteras.

 

El general Bradley, que se había quitado de en medio por la vergüenza de haber perdido el grueso de su XII Grupo de Ejércitos en beneficio de Montgomery, apenas intervino en el avance de los dos Grupos de Ejércitos de Patton. Pero el día de Navidad, por invitación de Montgomery, voló a Saint-Trond, cerca del cuartel general del XXI Grupo de Ejércitos en Zonhoven, acompañado de una escolta de cazas. Estaba decidido a presionar al mariscal para que lanzara inmediatamente una contraofensiva. «Monty esperaba siempre que todos acudieran a él —se quejaría luego Bradley a modo de justificación—. Ike me insistió en que fuera a verlo. No sé por qué demonios tendría que hacerlo». Aunque el cuartel general de Montgomery tenía un aspecto «muy festivo», con las paredes cubiertas de felicitaciones de

Navidad, Bradley afirma que para almorzar le dieron solo una manzana.[27]

La versión que ofrece Bradley de su encuentro rezuma tanto resentimiento que cuesta trabajo tomarla al pie de la letra. Cabe imaginar desde luego que Montgomery mostrara su habitual falta de tacto y que hiciera ostentación de una arrogante autocomplacencia hasta el punto de humillar a Bradley. Insistió machaconamente una vez más en la cuestión del mando único de las fuerzas terrestres, que por supuesto debía serle confiado a él, y repitió la exasperante letanía de siempre, afirmando que todos aquellos reveses habrían podido evitarse solo si se hubiera seguido su estrategia. Pero la acusación que hace Bradley de que «Monty ha desaprovechado el VII Cuerpo» situándolo en el frente, en vez de reservarlo para un contraataque, demuestra una vez más su ignorancia de lo que estaba pasando al noroeste de su cuartel general. A la vuelta, llegó incluso a decir a Patton que «el I Ejército no podrá

atacar en tres meses». Cuesta mucho trabajo creer que la cosa llegara a tanto.[28]

Por otra parte, no cabe duda de que en Montgomery influyeron los informes de los servicios de inteligencia que afirmaban que los alemanes pretendían llevar a cabo otro embate hacia el Mosa con refuerzos. Deseaba por consiguiente contenerse hasta que el enemigo hubiera gastado todas sus fuerzas. Pero la orden que envió el día antes al cuartel general de Hodges avisando de que el VII Cuerpo de Collins se preparara para replegarse por el norte incluso hasta Andenne, a orillas del Mosa, fue un error sorprendente que Collins había hecho muy bien en ignorar. Así pues, mientras que Bradley había infravalorado la amenaza alemana entre Dinant y Marche, Montgomery había exagerado su importancia. A diferencia de los altos mandos estadounidenses, el mariscal inglés no creía que el día de Navidad hubiera marcado el momento de máximo esfuerzo de los alemanes.

Bradley estaba convencido de que lo único que hacía Montgomery era aprovechar la situación en su propio beneficio y asustar deliberadamente al SHAEF con sus informes. Posteriormente diría a Hansen: «Estoy seguro de que [fueron] las alarmas de Montgomery las que se reflejaron en París. Nos diéramos cuenta o no, en París

estaban sencillamente histéricos»[g21]. Y luego añadiría: «Estoy seguro de que la prensa en Estados Unidos sacó toda su información y la sensación de pánico de

Versalles»[29]. Pensaba que en el XII Grupo de Ejércitos habrían debido tener un departamento de prensa para contrarrestar el efecto de las impresiones equivocadas. Parece que los periódicos británicos disfrutaron de lo lindo contando el desastre, con

titulares como: «¿Más meses de guerra?»[30]. A la mañana siguiente de su regreso, Bradley contactó con el SHAEF para exigir que el I y el IX Ejércitos fueran puestos otra vez a sus órdenes, y propuso trasladar su puesto de mando avanzado a Namur, cerca de donde estaba la acción en el flanco norte. La guerra dentro del campo aliado estaba llegando a su punto culminante y Montgomery no tenía ni la menor idea de que se disponía a jugar una baza malísima.