Ardenas 1944
2. Amberes y la frontera alemana
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Amberes y la frontera alemana
A finales de agosto, cuando parecía que el frente alemán estaba a punto de derrumbarse, los problemas de abastecimiento amenazaron con obligar a los ejércitos de Eisenhower a detenerse. La red de ferrocarriles franceses había sido destruida por los bombardeos aliados, de modo que decenas de millares de toneladas de combustible, raciones de comida y municiones debían ser trasladadas a diario desde Normandía en camiones de abastecimiento del Red Ball Express del ejército de Estados Unidos. La distancia que separaba Cherburgo del frente a comienzos de septiembre era de casi quinientos kilómetros, que representaban un viaje de tres días entre ir y volver. Solo el París liberado necesitaba un mínimo absoluto de mil quinientas toneladas diarias de suministros.
Únicamente la abundancia de recursos de los estadounidenses habría podido salir del paso ante tamaña tarea, con unos siete mil camiones recorriendo día y noche unas carreteras de un solo carril, consumiendo más de un millón de litros de combustible al día. En total se perdieron en el proceso unos nueve mil camiones, declarados siniestro total. En un intento desesperado por mantener el ritmo de su frenética carrera a través de Francia, aviones de transporte e incluso bombarderos del IX Mando de Transporte de Tropas tuvieron que encargarse de suministrar bidones de gasolina a las formaciones del frente. Pero los aviones utilizaban más de 11,5 litros de combustible de aviación por cada 7,5 litros de gasolina que descargaban. Todos los aspectos de la crisis de aprovisionamiento subrayaban la necesidad urgente de abrir el puerto de Amberes, pero el interés principal de Montgomery se centraba en cruzar el Rin.
El 3 de septiembre, Montgomery oyó decir que aunque una gran parte del I Ejército estadounidense le prestaría apoyo en el norte, no estaría bajo su mando. Como había pensado que Eisenhower estaba de acuerdo en que se llevara a cabo una campaña por el norte bajo su exclusivo control, la exasperación de Montgomery aumentó cuando se enteró de que el III Ejército de Patton no había recibido la orden de detenerse como él esperaba. Escribió entonces a Londres al mariscal sir Alan Brooke, jefe del Estado Mayor General Imperial, en el quinto aniversario de la entrada en la guerra de Gran Bretaña. Le revelaba en ella su intención de volcarse en su plan de cruzar el Rin lo antes posible. Evidentemente pensaba que esa era la mejor manera de obligar a Eisenhower a ceder a su Grupo de Ejércitos el grueso de los abastecimientos y el mando del I Ejército de Hodges.
Por su parte, Patton, en vez de detener a su ejército hasta que la situación de los abastecimientos mejorara, se había adelantado en secreto en su avance hacia el Sarre: «Con el fin de atacar —señalaba Patton en su diario—, debemos primero fingir que hacemos labores de reconocimiento y luego reforzar esos reconocimientos y por fin
atacar. Es un método muy triste de hacer la guerra»[1]. Patton tenía una manera muy descarada de salirse siempre con la suya. Los pilotos de los bombarderos no refunfuñaban tanto cuando eran destinados a transportar combustible, porque a veces, cuando entregaban suministros a las divisiones del III Ejército, les traían una caja de
champán para ellos solos «con la enhorabuena del general Patton»[2]. Patton podía permitirse el lujo de ser generoso. No se sabe cómo había «liberado» cincuenta mil
cajas de licor.[3]
Montgomery estaba tan decidido a dar el gran golpe en el norte que estaba dispuesto incluso a poner en peligro la apertura del puerto de Amberes para la llegada de suministros. El nuevo esquema operativo del día 3 de septiembre del mariscal ponía de manifiesto que había abandonado la idea de desviar a la zona fuerzas bien
pertrechadas con la misión de despejar el estuario del Escalda.[4] Tal era el motivo de que la 11.ª División Acorazada de Roberts no hubiera recibido órdenes, al entrar en Amberes, de avanzar por el canal Alberto y adentrarse dando un rodeo por el noroeste en la península de Beveland, donde los alemanes empezaban a preparar sus posiciones.
A los pocos días, lo que quedaba del XV Ejército alemán a ambos lados del Escalda empezaba a convertirse una vez más en una formidable fuerza de combate. La extraordinaria capacidad de recuperación frente al desastre que tenía el ejército alemán había sido demostrada una y otra vez en el Frente Oriental y también en el oeste. La moral era baja, pero la determinación de seguir luchando no se había derrumbado del todo. «Incluso si nos abandonan todos nuestros aliados, no debemos perder el valor —decía un Unteroffizier en una carta a su familia—. Una vez que el
Führer [5] haga hablar a sus nuevas armas, llegará la victoria final».
Aunque Eisenhower reconocía la importancia de asegurar los accesos al puerto de Amberes, deseaba también hacerse con una cabeza de puente al otro lado del Rin. En particular, quería utilizar en una gran operación al recién creado I Ejército Aerotransportado aliado. Ese interés lo compartían tanto el general George C. Marshall, jefe del estado mayor en Washington, como el jefe de las fuerzas aéreas estadounidenses, el general «Hap» Arnold. La gran inversión en tiempo y esfuerzo hecha para incrementar las fuerzas aerotransportadas había espoleado su deseo de usarlas de nuevo en la primera ocasión que se le presentara.
Se habían estudiado ni más ni menos que nueve planes para su despliegue desde que se produjera el avance por Normandía, pero la rapidez de los progresos de los Aliados había significado que cada proyecto quedara trasnochado antes incluso de que llegara a ser lanzado. Cabe imaginar la exasperación de los paracaidistas que esperaban en los aeródromos, cada vez que se anunciaba el estado de alerta, con los aviones y los planeadores atestados de hombres, y se volvía a ordenar su suspensión.
[6] El general Patton llegó a decir en tono jactancioso en una conferencia de prensa del III Ejército: «Los malditos aerotransportados no pueden ir lo bastante rápidos para seguir nuestro ritmo». E inmediatamente añadió: «Por supuesto, esto también es
extraoficial»[7].
Durante la primera semana de septiembre el mariscal Montgomery empezó a estudiar más detenidamente la posibilidad de efectuar lanzamientos aerotransportados para cruzar el Rin a la altura de Arnhem. La Operación Market Garden, iniciada el 17 de septiembre, no solo era ambiciosa. Estuvo además sorprendentemente mal planificada, sus oportunidades de éxito eran mínimas y no debió intentarse nunca. Las zonas de lanzamiento, especialmente en el caso de Arnhem, estaban demasiado lejos de sus objetivos, los puentes, como para que se pudiera aprovechar el efecto sorpresa. Los planes no fueron coordinados entre el I Ejército Aliado Aerotransportado y las fuerzas de tierra. Se esperaba que el XXX Cuerpo británico se lanzara por una sola carretera a lo largo de 104 kilómetros para socorrer a la división aerotransportada británica en Arnhem, suponiendo que esta se hubiera asegurado allí el puente sobre el Neder Rijn o Bajo Rin. Peor aún, no se tuvo en cuenta en ningún momento que pudiera ocurrir algún imprevisto, incluido cualquier cambio de tiempo, que impidiera a los refuerzos llegar con rapidez.
La 101.ª División Aerotransportada estadounidense tomó Eindhoven, y la 82.ª llegó incluso al final a tomar Nimega y el puente sobre el río Waal, solo porque el Generalfeldmarschall Model se negó a permitir que lo volaran alegando que quizá pudiera necesitarlo para una eventual contraofensiva. Pero la decidida resistencia de los alemanes y sus constantes ataques por los flancos a lo largo de una ruta desguarnecida que no tardó en ser llamada la «Carretera del Infierno», obstaculizaron seriamente el avance de la División Acorazada de la Guardia.
Los servicios de inteligencia aliados sabían que la 9.ª División Panzer de las SS Hohenstaufen y la 10.ª División Panzer de las SS Frundsberg se encontraban en la zona de Arnhem. Pero los analistas cometieron el error fatal de suponer que ambas formaciones estaban tan debilitadas tras la retirada de Francia que no representarían una amenaza seria. La reacción alemana ante el lanzamiento de la 1.ª División Aerotransportada británica fue rápida y brutal. Solo un batallón consiguió llegar al puente, e incluso entonces se vio atrapado en su lado norte. El 25 de septiembre, los paracaidistas que habían logrado sobrevivir tuvieron que ser evacuados al otro lado del río. El total de las pérdidas aliadas —británicas, estadounidenses y polacas— superó los catorce mil hombres. Toda aquella operación contribuyó muy poco a aumentar la confianza de los estadounidenses en los líderes ingleses.
El entusiasmo de los Aliados ante la perspectiva de cruzar el Rin casi de un brinco había distraído su atención de la tarea más mundana, pero esencial, de asegurarse una línea de abastecimientos adecuada. El almirante sir Bertram Ramsay se quedó lívido al enterarse de que el SHAEF, y especialmente Montgomery, habían hecho caso omiso de sus advertencias de que aseguraran el estuario del Escalda y los accesos a Amberes. Pese a la insistencia de Eisenhower en concentrarse en el único gran puerto capturado con todas sus instalaciones intactas, Montgomery se había empeñado en que el I Ejército canadiense procediera a despejar las guarniciones alemanas que resistían en Boulogne, Calais y Dunkerque. Pero ninguno de estos puertos, que fueron víctimas de las demoliciones llevadas a cabo por sus defensores, sería navegable durante algún tiempo.
Eisenhower, ya bastante recuperado de una lesión en la rodilla, empezó por fin a intentar clarificar la estrategia aliada. Estableció un pequeño cuartel general avanzado cerca de Reims y el 20 de septiembre el SHAEF se hizo cargo del hotel Trianon Palace de Versalles, un establecimiento grandioso con todo el boato de la Belle Époque. Durante la primera guerra mundial había sido el cuartel general del Consejo Militar Interaliado. El 7 de mayo de 1919, Georges Clemenceau había dictado en su gran salón las condiciones del tratado de Versalles, varios días antes de que el documento fuera firmado en el Salón de los Espejos del palacio de Versalles.
Durante las dos semanas siguientes, varios departamentos se trasladaron a los numerosos edificios vecinos, incluidos las enormes cuadras del castillo. No tardaron en ser requisadas unas mil ochocientas fincas de los alrededores de Versalles para alojar a veinticuatro mil oficiales y soldados. En París, el teniente general John C. Lee, jefe supremo de los abastecimientos estadounidenses, al frente de la Zona de Comunicaciones, llamada la COMZ, se hizo cargo de 315 hoteles y varios miles de edificios y pisos más, para alojar lujosamente en ellos a los oficiales de mayor
graduación. Se apropió para sí mismo de casi todo el hotel Georges V.[8] Pomposo y megalómano, Lee esperaba incluso que los soldados heridos se cuadraran en la cama del hospital cada vez que hacía su aparición por los pabellones de los hospitales para efectuar alguna visita de inspección, a la que acudía con botas, espuelas y fusta, y acompañado de todo un séquito de aduladores.
Las divisiones del frente estaban indignadas de que la organización responsable de los abastecimientos se concentrara en su propia comodidad y fuera a eso a lo único que atendiera, y las autoridades francesas se quejaban de que las exigencias de los estadounidenses eran mayores incluso que las de los alemanes. Una revista afirmaba que las siglas SHAEF significaban: Société des Hôteliers Américains en France. Eisenhower estaba furioso contra Lee, que había contravenido descaradamente su orden de no colonizar París, pero nunca tomó la determinación de destituirlo. Incluso Patton, que odiaba y despreciaba a Lee, no se atrevió nunca a enfadarse con él por si cortaba los suministros de su III Ejército.
El comandante supremo descubrió además que las cuestiones estratégicas tampoco habían sido aclaradas, ni siquiera después del gran revés de Arnhem. Una vez que a Montgomery se le metía una idea en la cabeza, no había quien se la sacara. Haciendo caso omiso al hecho de que sus fuerzas no habían abierto todavía el puerto de Amberes a la navegación y de que su proyecto del alma, la Operación Market Garden, había sido un fracaso, Montgomery seguía porfiando e insistiendo en que el grueso de los abastecimientos debía ser asignado a su Grupo de Ejércitos con el fin de lanzar una ofensiva en el norte de Alemania. En una carta de 21 de septiembre, el día antes de que el batallón de paracaidistas británicos fuera obligado a rendirse en Arnhem, Montgomery se atrevió incluso a reconvenir a su comandante supremo por
no haber parado los pies a Patton.[9] Significativamente, hasta los alemanes pensaban que Montgomery estaba equivocado. El General der Panzertruppen Eberbach, al que los británicos habían capturado en Amiens, comentó con otros generales compañeros de cautiverio: «Todo el sentido de su esfuerzo principal está equivocado. La puerta
tradicional [de Alemania] es el Sarre»[10].
Patton sostenía que el plan propuesto por Montgomery de encabezar un «frente estrecho» y efectuar «una acometida realmente potente y vigorosa contra Berlín»
estaba totalmente equivocado.[11] Montgomery era un comandante demasiado cauto como para propugnar semejante estrategia y su ruta del norte tenía que cruzar importantes ríos de la Europa septentrional por los puntos en que eran más anchos. Bradley comentaba que la llamada «estocada con el XXI Grupo de Ejércitos en el corazón de Alemania» sería probablemente un «golpecito con el cuchillo de la
mantequilla»[12]. A Patton, que se esforzaba por tomar la ciudad fortificada de Metz, le habían dicho que se pusiera a la defensiva, cosa que no ayudó ni mucho menos a que mejorara su humor. Pero el 21 de septiembre, cuando Eisenhower se refirió a Montgomery llamándolo «un hijo de puta muy listo», Patton se animó a creer que el comandante supremo había empezado a ver por fin con claridad la manera de actuar del mariscal y su carácter manipulador. Como un elemento más de su campaña en pro de conseguir el nombramiento de comandante en jefe de las fuerzas terrestres, Montgomery había pronosticado que el férreo control de la campaña se esfumaría cuando Eisenhower asumiera el mando. «El problema era —como subraya el historiador John Buckley—, que era el propio Monty más que cualquier otro, el que
trabajaba para socavar la posición de su jefe»[13].
Eisenhower intentó suavizar las diferencias entre la propuesta de Montgomery y su propia estrategia de avanzar por el Ruhr y por el Sarre al mismo tiempo. De hecho dio la impresión de que apoyaba la ofensiva única de Montgomery, pero tan solo pretendía darle un poco de flexibilidad por el centro. Fue un grave error. Tenía que ser más explícito. Eisenhower sabía que podía dictar órdenes directas a Bradley y al general Jacob L. Devers, los dos oficiales al mando de los Grupos de Ejércitos estadounidenses, que eran subordinados suyos. Pero dejó demasiada libertad de acción a Montgomery porque era un aliado y no formaba parte de la cadena de mando estadounidense. Eisenhower habría debido saber para entonces que el general Marshall en Washington lo respaldaría como comandante supremo, y que Churchill ya no tenía ninguna influencia sobre el presidente Roosevelt, especialmente en lo tocante a las decisiones de carácter militar. La reticencia de Eisenhower y sus pocos deseos de insistir en que ya había pasado el momento de las discusiones y de que sus órdenes debían ser acatadas, permitieron a Montgomery seguir poniendo en entredicho una estrategia con la que no estaba de acuerdo, y lanzando pequeños ataques contra ella una y otra vez con el fin de salirse con la suya. Montgomery no tenía ni ida de las tensiones que su actitud estaba provocando en las relaciones angloamericanas, tensiones que llegaron a su punto culminante en el mes de diciembre.
No mejoró la situación el hecho de que Montgomery no asistiera a una importante conferencia celebrada por Eisenhower en su cuartel general de Versalles el 22 de septiembre. En su lugar, envió a su jefe del estado mayor, el general Francis de Guingand, llamado «Freddie», que gozaba de la simpatía y la confianza de todos. Los generales estadounidenses sospechaban que Montgomery lo había hecho a propósito para poder luego desentenderse de los acuerdos adoptados. La conferencia se centró en la estrategia que debía seguirse en cuanto quedara asegurado el puerto de Amberes. Eisenhower aceptó que la campaña principal la llevara a cabo el XXI Grupo de Ejércitos de Montgomery, y que consistiera en una maniobra de envolvimiento del Ruhr desde el norte. Pero al mismo tiempo quería que el XII Grupo de Ejércitos de Bradley cruzara el Rin por la región de Colonia y Bonn, para rodear el Ruhr desde el sur. Eisenhower expuso todo esto a Montgomery en una carta que le envió dos días después para asegurarse de que en la mente del mariscal no cupiera duda alguna de qué era lo que se pretendía.
Parecía que Montgomery, que había asignado la tarea de despejar los accesos de Amberes al I Ejército canadiense, había dejado de prestar atención en esa dirección. Estaba más interesado en explotar el saliente de Nimega, conquistado en el transcurso de la Operación Market Garden, para atacar en dirección al Reichswald, el bosque situado justo al otro lado de la frontera alemana. Pero cuando los canadienses acabaron finalmente su misión en el norte de Francia y empezaron la operación del Escalda a primeros de octubre, descubrieron que la resistencia alemana era más fuerte de lo que se figuraban. Se encontraron con una dura lucha entre las manos, ahora que lo que quedaba del XV Ejército alemán había tenido tiempo de escapar y de reforzar la isla de Walcheren y el sur de la península de Beveland.
Avisado por un informe de la Royal Navy, Eisenhower estaba más preocupado incluso por la lentitud de los avances. Montgomery se irritó mucho y se puso a la defensiva, pues no quería que se dedujera que no estaba haciendo lo suficiente para reabrir el puerto de Amberes, y una vez más insistió en que se pusiera bajo su mando el I Ejército estadounidense, con el fin de acelerar el ataque contra el Ruhr. El 8 de octubre, Montgomery volvió a criticar la estrategia de Eisenhower, esta vez ante el propio general Marshall, que había ido a visitar Eindhoven. Fue un grave error. Incluso Marshall, caracterizado por un autodominio inigualable, estuvo a punto de perder los estribos ante aquella muestra de lo que llamaba el «insoportable
egocentrismo» de Montgomery.[14] El mariscal, que carecía de toda inteligencia emocional, reiteró sus ataques contra las capacidades de mando de Eisenhower en un escrito titulado «Notas sobre el mando en Europa occidental». Es casi seguro que Montgomery se mostró más mordaz en sus críticas debido a los duros comentarios que había oído acerca de que no estaba haciendo lo necesario para volver a abrir Amberes al tráfico. Daba por supuesto incluso que la Operación Market Garden había fracasado porque no había recibido apoyo suficiente del SHAEF.
Eisenhower contestó varios días después con una enérgica nota de rechazo que previamente había mostrado a Marshall para que le diera su beneplácito. Ni su jefe del estado mayor, el teniente general Walter Bedell Smith, ni el general Marshall le permitirían suavizar el tono empleado en el borrador. Ni siquiera a Montgomery, que tenía una piel dura como la de un rinoceronte, podría escapársele la importancia de un párrafo en concreto: «Si tú, como mando superior en este teatro de operaciones de uno de los grandes aliados, crees que mis concepciones y directivas pueden poner en peligro el éxito de las operaciones, nuestro deber es remitir el asunto a una autoridad superior para cualquier medida que decida adoptar, por drástica que sea». Montgomery dio inmediatamente marcha atrás. «No volverás a oír de mí ni una palabra más sobre el asunto del mando. Te he dado mi opinión y tú me has dado tu respuesta. Con esto se ha acabado la discusión… Tu devoto y leal subordinado,
Monty»[15]. Pero en la cabeza de Montgomery, el asunto seguiría resonando toda su vida.
La batalla por los accesos del Escalda, que por fin dio comienzo el 2 de octubre con una campaña hacia el norte y hacia el noroeste desde Amberes, se libró en medio de una lluvia intensísima. Los canadienses, con el apoyo por la derecha del I Cuerpo británico, tardaron dos semanas en alcanzar la base de Beveland del Sur y el resto del mes en despejar el terreno. Mientras tanto, otro contingente del II Cuerpo canadiense tardó casi todo el mes de octubre en despejar la gran bolsa creada en el interior del canal Leopoldo, al sur de la desembocadura del Escalda. Para contribuir a tomar Walcheren, la RAF accedió al final a bombardear los diques con el fin de inundar la mayor parte de la isla y obligar a la guarnición alemana de más de seis mil hombres a salir de sus posiciones defensivas. Comandos británicos procedentes de Ostende llegaron en lanchas de desembarco al extremo occidental de la península y, pese a las graves pérdidas sufridas, se unieron a las tropas canadienses para cruzar desde el enclave ocupado al sur. El 3 de noviembre, fueron capturados los últimos prisioneros alemanes, que sumaron en total cuarenta mil hombres, pero canadienses y británicos habían sufrido trece mil bajas en la operación del Escalda. Aun así, la necesidad de limpiar de minas alemanas el estuario supuso que el primer convoy de suministros no entrara en el puerto de Amberes hasta el 28 de noviembre. Todo ello 85 días después de que la 11.ª División Acorazada tomara la ciudad por sorpresa.
La primera patrulla estadounidense entró en territorio alemán desde el noreste de Luxemburgo el 11 de septiembre por la tarde. Desde una eminencia del terreno, los soldados divisaron algunos búnkeres de hormigón pertenecientes a la Línea Sigfrido. A partir de ese momento numerosas unidades proclamaron su entrada en el territorio nazi orinando simbólicamente en él. Ese mismo día, al noroeste de Dijon, la 2.ª División Acorazada francesa, la 2ème Division Blindée, integrada en el XV Cuerpo de Patton, se reunió con la 1.ª División francesa que acompañaba al VII Ejército, procedente del sur. Los Aliados tenían ahora una línea sólida que iba desde el mar del Norte hasta Suiza.
Patton tomó Nancy el 14 de septiembre, pero su III Ejército se encontró cerrado el paso por las antiguas fortificaciones de Metz y tuvo que hacer frente a duros combates para cruzar el Mosela. «Hicimos prisioneros suficientes —comunicaba un oficial— para que trabajaran al borde del río, donde los alemanes se cebaban en nuestros sanitarios, que intentaban traer de vuelta a los heridos en lanchas de asalto. Disparaban y acribillaban a los soldados heridos que habrían podido recuperarse. Obligamos a los prisioneros a exponerse a las balas haciendo este trabajo, pero los enemigos disparaban incluso contra ellos. Por último dijimos: “¡Al diablo!”, y
fusilamos a toda aquella maldita pandilla»[16].
Las divisiones alemanas tuvieron que hacer frente a distintos inconvenientes. El oficial al mando de un regimiento de la 17.ª División Panzergrenadier de las SS Götz von Berlichingen se quejaba de que sus vehículos «no dejaban de averiarse porque el combustible era malo. Le habían puesto agua. ¡Así es como se supone que debemos hacer la guerra! No disponía en absoluto de artillería. Sabe usted, cuando un soldado de cualquiera de nuestras unidades tiene que ir arrastrando continuamente sus cañones de aquí para allá, acaba por decir: “¡Bésame el culo! ¡Prefiero que me hagan
prisionero!”»[17]. Por supuesto estos sentimientos no se manifestaban en el cuartel general del Führer. «Las relaciones entre los oficiales y los hombres en el frente siguen siendo excelentes y no son motivo de alarma», comunicaba el I Ejército
alemán al Oberkommando der Wehrmacht (OKW),[18] y en conjunto parece que era verdad, a juzgar por las cartas enviadas a las familias.
«La guerra ha llegado a su punto culminante —decía un Obergefreiter en una carta a su esposa—. Estoy en el sector situado justo enfrente de mi pueblo natal. Por tanto, puedo defender a mi patria y a todos vosotros con más valor y temeridad que formando parte de una horda numerosa, como he estado haciendo hasta ahora… No
podemos pensar ni siquiera en la eventualidad inconcebible de una derrota»[19]. Otros expresaban su desdén por el enemigo: «No ataca si no tiene aviación y carros de combate. Es demasiado cobarde para eso. Tiene a su disposición toda clase de armas
imaginables»[20]. Otro escribía a casa diciendo: «El soldado de infantería estadounidense no vale ni cuatro chavos. Solo actúan si tienen armas pesadas y mientras está disparando una ametralladora alemana, el soldado de infantería
estadounidense no se atreve a avanzar»[21]. Pero el Obergefreiter Riegler reconocía que «quien tenga superioridad aérea, ganará esta guerra, y esa es exactamente la
verdad»[22]. El Obergefreiter Hoes, por su parte, se sentía angustiado por la falta de efectividad de las armas «V»: «¿Por qué se sacrifican cada vez más hombres? ¿Por qué se destruyen cada vez más partes de nuestro país? ¿Por qué fracasan todas las
armas de represalia, de las que tanto se habla?»[23].
El 16 de septiembre, el día antes del lanzamiento de la Operación Market Garden, Hitler dejó asombrado a su entorno en la Wolfsschanze cuando convocó otra reunión tras la conferencia de situación celebrada por la mañana. Jodl estaba hablando precisamente de la escasez de armas pesadas, munición y carros de combate en el Frente Occidental cuando, como anotó en su diario el General der Flieger Kreipe, «el Führer interrumpe a Jodl. Decisión del Führer: contraataque desde las Ardenas; objetivo: Amberes… Nuestro grupo de ataque: treinta nuevas divisiones Volksgrenadier y nuevas divisiones blindadas, a las que se sumarán otras divisiones blindadas venidas del este. Intento de romper la línea divisoria que separa a los ingleses de los estadounidenses; un nuevo Dunkerque. Guderian [jefe del estado mayor del ejército responsable en el frente ruso] protesta debido a la situación reinante en el este. Jodl alude a la superioridad por aire y los lanzamientos de paracaidistas que se esperan en Holanda, Dinamarca y el norte de Alemania. ¡Hitler pide mil quinientos cazas listos para el 1 de noviembre! La ofensiva debería lanzarse durante la temporada de mal tiempo, entonces el enemigo no podrá volar. Rundstedt asumirá el mando. Preparativos para el 1 de noviembre. El Führer vuelve a resumir su decisión en un largo discurso. Nos obliga bajo juramento a mantener el secreto más estricto y nos pide que empleemos pocos hombres, pero fiables… Informado Göring que vuela de regreso a Carinhall por la noche. Estoy bastante cansado. Dolor
de cabeza»[24].
Guderian quedó desconcertado ante aquel plan, pues sabía que casi tan pronto como se helara el terreno lo suficiente como para aguantar el peso de los carros medios T-34 del Ejército Rojo, Stalin lanzaría una ofensiva en masa contra Prusia Oriental y hacia el oeste desde sus cabezas de puente sobre el Vístula. «El OKH [Oberkommando des Heeres, alto mando del ejército] tiene serias dudas sobre el plan
de las Ardenas», anotó en su diario Kreipe.[25]
Hitler, que había destituido al Generalfeldmarschall Gerd von Rundstedt como comandante en jefe del oeste durante la batalla de Normandía en el mes de julio, volvió a recurrir a él para que ocupara el mismo puesto. El «viejo prusiano» era considerado el arquetipo de hombre competente y seguro. Hitler lo utilizaba como símbolo de rectitud, tras corromperlo con dinero y honores de todo tipo. Aunque Rundstedt seguía mostrando un criterio militar muy bueno, no dejaba de ser un
alcohólico y tuvo muy poco que ver con las decisiones operacionales.[26] En diciembre de 1941, cuando Hitler lo relevó del mando por primera vez alegando motivos de salud, todo el mundo pensó que era un pretexto. En realidad Rundstedt, agotado y afectado por el excesivo consumo de coñac, gritaba en sueños por la noche, y a veces sus asistentes habían tenido que sujetarlo y administrarle tranquilizantes. Su destitución había sido dulcificada con un «regalo de cumpleaños» de cuatrocientos mil marcos del Reich. Más recientemente, para escándalo de muchos oficiales tradicionales, Rundstedt había presidido el «Tribunal de Honor» que Hitler había establecido para expulsar con deshonra a todos los oficiales de los que se sospechara que habían tenido algo que ver con la conjura de julio.
Desde el atentado fallido, las relaciones entre el Partido Nazi y el ejército alemán se habían deteriorado. Un capitán, cuya esposa se encontraba en Reutlingen, al este de Estrasburgo, contaba: «El Kreisleiter [del Partido Nazi] de Reutlingen dijo en una asamblea de mujeres que el ejército alemán no era más que una manada de cerdos y que, de no ser por las SS y esta división Hitlerjugend hace tiempo que la guerra se habría acabado. Los oficiales alemanes no han hecho más que acostarse con las francesas e irse de putas y, cuando llegaron los ingleses, tuvieron que sacarlos de la cama en calzoncillos. Él despreciaba a todos los oficiales [de la Wehrmacht]. Naturalmente las mujeres se pusieron a gritar: “¡Qué asco!”, y mi esposa abandonó el local en medio del griterío general, de modo que ahora ya no se siente segura, quizá con razón, debido a aquella diatriba». Cuando se enteró de lo sucedido por su mujer, el capitán se quejó ante su general. «Pues esas no son las cosas que deben contarse al país, aunque en parte sean verdad, pues lo único que se conseguirá es que pierda la
confianza en sus tropas»[27]. Pero con sus protestas solo consiguió que los nazis de la zona se vengaran de su familia alojando tanta gente en su casa que prácticamente se quedó sin espacio para ella.
Cerca de Aquisgrán, un Obersturmführer de la 1.ª División Panzer de las SS Leibstandarte Adolf Hitler, un tal Woelky, quedó desconcertado cuando un grupo de mujeres alemanas objetó que consideraban muy improbable que continuara la lucha después de estar esperando que los estadounidenses invadieran la zona. «Nos han mentido y nos han tenido engañados durante cinco años. Nos han prometido un futuro dorado, ¿y qué es lo que tenemos? —comentó en tono burlón la más descarada —. Ahora de repente tenemos la guerra encima y no comprendo que pueda haber hoy día un solo soldado alemán dispuesto a pegar un tiro». Tuvo suerte de dar con Woelky y que fuera con él con quien se desahogara, pues debía de ser uno de los pocos de su división que en su fuero interno reconocían que Alemania no podía seguir aguantando mucho tiempo. Y cuando acabara la guerra, pensaba cínicamente
el hombre, «empezarán a reeducarnos, a los de las SS, a la manera democrática»[28].