Asesino de sombras

Val McDermid · Apéndice

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Asesino de sombras

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Para B.B. porque hacen falta dos para sortear las piedras en el camino I

La niebla asciende desde las aguas gris acero del estuario Forth; es

un muro de neblina del color de las nubes. Engulle las luces brillantes del

parque infantil más cercano de la ciudad, los hoteles de diseño y los

restaurantes elegantes. En los muelles, se confunde con los espectros de

los marineros que solían gastar su paga en cerveza de ochenta chelines y

en putas con la cara tan dura como las manos de sus clientes. Asciende

por la colina hasta el Barrio Nuevo, donde la cuadrícula geométrica de

elegancia georgiana la parte en dos, antes de que baje deslizándose por la

zanja de los jardines de la calle Princes. Los pocos juerguistas que aún se

tambalean de regreso a casa se apresuran para huir de su húmedo

contacto.

Cuando llega a las callejas escalonadas y a los tortuosos callejones del

Barrio Antiguo, la niebla ha perdido su entorpecedora solidez. Se ha

metamorfoseado en fantasmas de niebla pálida y ha convertido las

trampas turísticas en siniestras presencias imponentes. Carteles que

anuncian los actos recientes del Festival Fringe, a punto de despegarse,

aparecen y desaparecen como espectros estridentes. En una noche así, es

fácil ver lo que inspiró a Robert Louis Stevenson cuando escribió El

extraño caso del doctor Jeckyll y mister Hyde. Puede que su libro esté

ambientado en Londres, pero sin duda es Edimburgo lo que se desprende

de sus páginas.

Detrás de las fachadas de color negro hollín de la Royal Mile, están

las viejas casas de vecindad con sus patios vacíos. En el sigloXVIII, éstas

eran el equivalente de los planes de viviendas subvencionadas de hoy -

abarrotadas por los desposeídos de la ciudad, hogar de borrachos y

adictos al láudano, lugar de encuentro de las putas y los golfos más

barriobajeros-. Esta noche, como una repetición atormentada de la peor

pesadilla histórica, el cuerpo de una mujer yace junto al rellano de unas

escaleras de piedra que forman un atajo inclinado bajando desde la calle

High hasta la cuesta del Monte. Tiene la falda corta subida, las costuras

rotas de tanto estirar.

Si gritó cuando la agredieron, su alarido quedó amortiguado por la

manta de aire neblinoso. Una cosa está clara. Jamás volverá a gritar. Su

garganta es una amplia sonrisa escarlata. Y, por si fuera poco, los rollos

brillantes de los intestinos le cuelgan sobre el hombro izquierdo.

El tipógrafo que tropezó con el cuerpo de camino a casa después del

turno de noche se agacha temblando a la entrada del pasaje que conduce

al patio. Está suficientemente cerca del charco de su propio vómito como

para sentir náuseas por el olor rancio que permanece allí, flotando,

debido a la opresión de la niebla. Ha usado su teléfono móvil para llamar

a la policía, y los pocos minutos que tarda en llegar le parecen una

eternidad, pues la reciente visión infernal se ha grabado de manera

indeleble en su mente.

De pronto, unas luces azules intermitentes aparecen frente a él y dos

coches de policía vienen como volando y frenan sobre el bordillo. Unos

pasos que corren, y luego ya tiene compañía. Dos agentes uniformados le

ayudan suavemente a incorporarse. Lo llevan hasta su coche y lo

introducen en el asiento trasero. Dos más han desaparecido por el pasaje;

la pegajosa neblina se traga casi inmediatamente el sonido apagado de

sus pasos. Ahora los únicos sonidos son el chisporroteo de la radio

policial y el castañeteo de los dientes del tipógrafo.

El doctor Harry Gemmell se agacha junto al cadáver e introduce los

dedos enguantados buscando cosas en las cuales el detective inspector

Campbell Grant no quiere siquiera pensar. En vez de estudiar lo que hace

el cirujano policial, Grant observa a los agentes con monos blancos en el

lugar del crimen.

Usan lámparas portátiles para registrar el área que rodea al cadáver.

La niebla penetra hasta los mismísimos huesos de Grant y le hace sentirse

viejo.

Finalmente, Gemmell gruñe y se incorpora de un salto, quitándose los

guantes de látex manchados de sangre.

Consulta su aparatoso reloj de pulsera y afirma satisfecho:

–Sí, el ocho de septiembre, eso es.

-¿Qué quieres decir, Harry? – pregunta Grant cansado.

Le irrita tener que aguantar el hábito de Gemmell de obligar a los

detectives a arrancarle las informaciones una por una.

–A este hombre le gusta jugar a lo que hace el rey.

A ver si lo puedes deducir tú, Cam. Hay marcas en el cuello de la

víctima que indican una estrangulación, aunque yo diría que murió

degollada. Pero son las mutilaciones las que cuentan la verdad.

–Y, aparte de ser un buen motivo para vomitar mi última comida,

¿todo esto debería significar algo para mí, Harry? – pregunta Grant.

–Mil ochocientos ochenta y ocho en Whitechapel, mil novecientos

noventa y nueve en Edimburgo.

–Gemmell arquea las cejas-. Es la hora de llamar a los especialistas

en perfiles, Cam.

-¿De qué coño hablas, Harry? – le espeta Grant mientras se pregunta

si Gemmell no habrá estado bebiendo.

–Creo que tienes un asesino imitador, Cam. Creo que buscas a Jack el

Destripador.

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