Asesino de sombras

Val McDermid · Capítulo 6 de 62

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Asesino de sombras

Capítulo 6

El comisario Salvador Berrocal no les estaba esperando en la puerta de llegada. En realidad, aguardaba con impaciencia, taconeando, al lado de la puerta del avión. Evidentemente había conseguido enviar un mensaje de aviso, porque, en cuanto la tripulación de la cabina se puso de pie después del aterrizaje, una auxiliar de vuelo ya estaba al lado de Fiona, pidiéndole que la acompañara a la parte delantera del avión para desembarcar por allí antes que los demás pasajeros. Kit se levantó, fue tras ella y le regaló su mejor sonrisa a la auxiliar de vuelo diciendo:

«Viajamos juntos».

La primera impresión que Fiona recibió del policía español fue la de alguien con una energía tremenda, apenas controlada. Era de mediana estatura, delgado y de piel clara, con unos ojos de un azul oscuro que nunca estaban tranquilos. El traje de color gris carbón parecía planchado aquella misma mañana, y las botas negras resplandecían con brillo militar. Tanto el traje como las botas estaban reñidos con su pelo, negro ondulado y en desorden, y lo bastante largo como para taparle por detrás el cuello de la camisa.

La reconoció asintiendo cortésmente con la cabeza, y enseguida dijo:

–Gracias por venir, doctora.

–Gracias por venir a buscarnos. Comisario, le presento a mi compañero, Kit Martin. Mencioné que me acompañaría, ¿verdad?

Kit alargó una mano.

–Encantado de conocerle. No se preocupe, no les causaré ninguna molestia.

La manera en que Berrocal asintió con la cabeza era evasiva.

–Tengo un coche que nos espera, doctora -le dijo a Fiona. Recogió su maletín y su ordenador-. Si no le importa, señor Martin, puede ir a la recogida de equipajes; uno de mis hombres le espera allí. Él le llevará al hotel, en Toledo. – Sacó una tarjeta del bolsillo de la camisa-.

Éste es mi número de móvil. Así podrá contactar con la doctora Cameron; ella estará conmigo.

Exhibió una sonrisa fría y se dio prisa rumbo al vestíbulo principal.

–Señor Amable -dijo Kit.

–Señor Bajo Mucha Presión, diría yo -comentó Fiona. Abrazó a Kit y lo estrechó brevemente-.

Llámame a mi móvil si me necesitas.

Salieron tras Berrocal, Fiona corría para no perderlo de vista.

–No te preocupes por mí -dijo Kit-. Tengo la guía turística. Estaré haciendo mis propias investigaciones en Toledo. De lo contrario, estaré escribiendo en el hotel.

Alcanzaron a Berrocal, quien les esperaba en la puerta de seguridad.

–Usted tendrá que pasar por aduana e inmigración -le dijo a Kit, señalando un corredor a la izquierda.

–Encantado de conocerle -dijo Kit.

Ser agradable era fácil, especialmente dado que Berrocal había hecho el esfuerzo de conseguir un coche para él. Le plantó un beso rápido en la mejilla a Fiona, dijo «Hasta luego» y se fue sin mirar atrás.

–De verdad que no tendrá ningún problema -dijo Fiona, mientras avanzaban dando zancadas hacia el área de aduanas e inmigración-.

Kit no tiene ningún problema cuando está acompañado de sí mismo.

Berrocal mostró su placa y le cedió el paso a Fiona después de pasar las formalidades.

–No habría esperado que lo trajera si fuera de otro modo -dijo bruscamente-. Lo he arreglado todo para que ambos se hospeden en el parador de Toledo, pero preferiría ir directamente a los escenarios de los crímenes. También quería poder hablar del caso durante el trayecto, lo cual no habría sido posible en presencia del señor Martin.

Un agente de uniforme esperaba junto a un sedán camuflado, y rápidamente se puso en posición de firmes al ver acercarse a Berrocal.

Abrió la puerta de atrás y entró Fiona, mientras que el comisario dio la vuelta al coche para entrar por el otro lado y sentarse junto a ella.

–Toledo está aproximadamente a una hora del aeropuerto en coche

-le dijo-. Si tiene cualquier pregunta que hacerme, puedo responderla por el camino.

Evidentemente no era un hombre que estuviera para charlas superficiales, pensó Fiona. No hizo ninguna de esas preguntas educadas y sin sentido, acerca de cómo le había ido el vuelo, que solían marcar su

llegada a ciudades desconocidas. Tampoco sentía la necesidad de entablar una conversación de cortesía sobre los libros de Kit, como sucedía cuando él la acompañaba en viajes al extranjero.

–¿Cuáles son las líneas de investigación que ha abierto? – preguntó ella-. Aparte de buscar testigos, por supuesto.

Berrocal cambió de posición en su asiento para poder mirarla a la cara.

–Hemos examinado nuestros archivos de agresiones sexuales violentas. Varias personas han sido interrogadas. Pero, o bien tienen una coartada para el primer o segundo asesinato, o tienen una para ambos.

O sea, no tenemos ningún motivo para mantenerles detenidos.

–Su inglés es muy fluido -no pudo menos que observar Fiona.

–Lo hablo mejor de lo que lo escribo -dijo, lanzando una sonrisa por primera vez desde que se habían conocido-. Mi mujer es canadiense. Vamos a Vancouver cada año de vacaciones. De modo que, cuando se habló de traer a una experta inglesa sobre la relación entre crímenes y los reincidentes, me eligieron para ser el agente de enlace.

Como le dije en mi correo, no tenemos ningún experto en esa materia.

–Yo no sé si alguno de nosotros tiene lo que podría llamarse una gran pericia en la relación entre crímenes -dijo Fiona con su peculiar sentido del humor-. Tengo alguna experiencia, pero, cada vez que hago esto, me parece que estoy avanzando a tientas, tanto como los detectives. Cada caso es diferente, y a veces las lecciones del pasado no son del todo útiles.

Él asintió con la cabeza.

–Le entiendo. Nadie está esperando un milagro de usted, doctora Cameron. Pero, en un caso como éste, necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir. No es ningún secreto para usted que, cuando un asesino elige a un extranjero como diana, la mayoría de nuestros procedimientos policiales son inútiles. De modo que necesitamos otra clase de perspicacia y eso es lo que usted puede aportar al caso.

Fiona arqueó las cejas, apartó la vista de sus ojos penetrantes y miró por la ventanilla el tráfico veloz de la carretera. A un lado de la carretera, podía ver la ciudad extendiéndose hacia el centro; al otro lado, algunas obras. La tierra de color terracota, el azul casi metálico

del cielo y las sombras pesadas de las máquinas que movían la tierra convertían el panorama en un cuadro conmovedor de De Chirico, cargado de calor y amenazas. Por algún motivo, Fiona recordó el surrealismo de la imaginación de Cervantes. Al igual que don Quijote, pensaba, ella estaría por ahí fuera arremetiendo contra molinos, intentando separar las sombras de la realidad, con aquel hombre inquieto como su Sancho Panza para mitigar su confusión.

–Leí el material que me envió -dijo, apartando sus pensamientos fantásticos y volviéndose para buscarle los ojos de nuevo-. No estoy convencida de que el criminal tenga antecedentes delictivos sexuales.

Berrocal arrugó la frente.

–¿Por qué lo dice? Según he leído, pensaba que los asesinos en serie solían tener antecedentes que incluían alguna clase de violencia sexual.

Y él ha cometido unos actos sexuales horrendos con los cadáveres de ambas víctimas.

–Eso es cierto. Pero, en ambos casos, las violaciones se cometieron después de la muerte. Y la penetración se efectuó con un objeto ajeno, no con el pene. Lo cual no quiere decir que eso necesariamente descarte un motivo sexual en sí -añadió Fiona, casi distraídamente-. Pero no creo que la gratificación que en estos casos se buscaba fuera principalmente sexual -continuó con más firmeza-. Puede que superficialmente estos crímenes parezcan remitir al poder sexual, pero a mí me parece que se trata de profanación. Casi de vandalismo -dijo Fiona.

Berrocal se movió. Parecía estar preguntándose si haberla llenado había sido una idea tan buena.

–Si ése fuera el caso, ¿por qué no habría mutilado las caras también? – Y alzó el mentón en un aparente gesto de desafío.

Fiona abrió las manos.

–No lo sé. Pero imagino que probablemente fue porque el asesino quería que sus víctimas fueran identificadas con rapidez. Ninguna de ellas era de aquí, de modo que la identificación podría haber tardado más si les hubiera destrozado la cara más allá de lo identificable.

Él asintió con la cabeza, en parte satisfecho con su respuesta.

Decidió aplazar su juicio sobre aquella mujer, que aparentemente no

tenía ninguna dificultad para encontrar la manera de descartar la opinión convencional.

–Creo que será mejor que no le pregunte más por sus teorías -dijo obsequiándole con otra sonrisa radiante-. Esperaremos hasta que vea dónde tuvieron lugar los crímenes, y luego quizá podemos ir a la comisaría local de policía. He establecido un centro de control allí para la investigación.

–¿Usted no está destinado en Toledo, según me pareció entenderle?

Berrocal negó con la cabeza.

–Habitualmente trabajo en Madrid. Pero, en las ciudades como Toledo, se producen pocos asesinatos al año, y la mayoría son debidos a situaciones domésticas.

El resultado es que no tienen a nadie con experiencia en los homicidios más complejos y, por tanto, han de traer a especialistas desde Madrid. Desgraciadamente, tenemos más asesinatos en la ciudad, y por eso se envía a alguien como yo para organizar la investigación.

–Eso no debe de ser fácil -observó Fiona-.

Supongo que tendrá que andar con cuidado para no herir sensibilidades entre sus colegas de Toledo.

Berrocal se encogió de hombros, tamborileando en el borde de la ventana con los dedos.

–Con respecto a algunas cosas. En cuanto a otras, mi presencia les facilita el trabajo a los agentes de Toledo. Cuando piso la autoridad de alguien, pueden poner el grito en el cielo y decir: «Oye, no tenemos la culpa, es este cabrón imbécil de la gran ciudad, que ha venido aquí para agitar las cosas y molestar a todo el mundo». Por supuesto, algunos de los detectives son demasiado sensibles y ven mi presencia como una crítica hacia ellos, por lo que tengo que ganarme su afecto. –

Arrugó los ojos en una sonrisa irónica-. Pero usted también debería de estar familiarizada con este tipo de reacciones. Igual que mi equipo y yo, es lo que mi mujer llamaría un bombero visitante.

Fiona saludó su frase con una sonrisa a medias:

–A veces eso tiene otras desventajas también. Es posible que mi falta de familiaridad con un lugar y sus costumbres locales me lleve a darle a algo mayor, o menor, importancia de la que debería darle.

Volvió a encogerse de hombros.

–La otra cara de la moneda es que los lugareños pueden dar por sentado lo que a usted le parece una alteración en una pauta, creo.

–Toledo es una ciudad muy turística, ¿verdad? – preguntó Fiona.

–Así es. También es la sede del arzobispado, de modo que la burocracia eclesiástica ocupa buena parte de los edificios de alrededor de la catedral. Entre la iglesia y el comercio turístico, queda poco espacio para cualquier otra actividad en la ciudad antigua. Cada año que pasa, viven menos personas en la parte antigua de Toledo y sobreviven menos negocios tradicionales.

Fiona tomó nota mentalmente y siguió preguntando en un tono de interés extraoficial.

–¿Y esto provoca resentimiento entre aquellos que se encuentran marginados por las exigencias de la industria turística?

Berrocal sonrió.

–Yo creo que la mayoría de las personas cambian encantadas un oscuro piso medieval, en el que hay que subir cinco pisos con escaleras estrechas, por un edificio con luz y ascensor. O un patio o un balcón donde puedan sentarse para disfrutar del aire. Por no hablar del agua caliente.

–Sin embargo… -Fiona eligió sus palabras cuidadosamente-. Yo me crié en un pequeño pueblo al norte de Inglaterra. No es más que un pueblecito, en realidad. Es un pueblo muy hermoso, en pleno corazón del distrito de Derbyshire Peak. El lugar idóneo para salir a pasear o para visitar las cuevas, que están abiertas al público. A lo largo de los años, fueron llegando cada vez más turistas. En cuanto una casa se ponía en venta, era comprada por extranjeros y convertida en una residencia para pasar las vacaciones.

Todos y cada uno de los comercios de la calle principal se transformaron en salones de té o en tiendas de artesanía. Todos los pubs estaban más interesados en atender a los excursionistas que a los lugareños. No se podía pasear por la calle principal ni aparcar el coche cerca de tu propia casa en los meses de verano. Cuando me marché de allí, la mitad de la población cambiaba cada semana. Los que iban de vacaciones llegaban con un coche lleno de compras. Las únicas cosas que compraban allí eran el pan y la leche. El pueblo perdió su corazón.

Se convirtió en un dormitorio de turistas. Y los lugareños que se veían

expulsados en el proceso no estaban nada contentos. Puesta a adivinar, yo diría que tiene que haber algunos toledanos a quienes no les gusta lo que está sucediendo en su ciudad.

Berrocal le dirigió una mirada astuta. Era lo bastante listo para darse cuenta de que aquélla no era una simple conversación informal.

Y como de esa manera ella seguía desechando el análisis obvio de los antecedentes del asesino, entendió que intentaba decirle algo.

–¿Usted cree que alguien está matando porque no le gustan los turistas?

Berrocal intentó evitar que la incredulidad se notara en su voz. Esa mujer, después de todo, había llegado con el imprimátur de Scotland Yard.

Fiona apartó la vista y miró los campos extensos y verde que estaban atravesando.

–No creo que sea tan simple, comisario Berrocal. Y no quiero teorizar antes de tener los datos. Pero sí creo que su asesino está motivado por algo más extraordinario que la frustración sexual.

–De acuerdo. ¿Cómo quiere hacerlo?

–Lo que me gustaría hacer es precisamente lo que usted ha sugerido. Me gustaría examinar los sitios donde los cadáveres fueron exhibidos, y luego, en su oficina, ver las fotografías del lugar del crimen y leer los informes de patología en su totalidad. También me gustaría ver las guías que se encontraron en los escenarios de los crímenes, si es posible. Y después quisiera regresar a mi habitación en el hotel y pensar en lo que he visto.

Asintió:

–Lo que usted desee.

–También agradecería que me comunicara cualquier informe de sus colegas de Toledo relacionado con actos vandálicos perpetrados contra lugares de interés turístico, u hoteles o negocios vinculados con el comercio para turistas. Y sobre cualquier otro ataque cometido contra algún visitante. Todo lo que haya ocurrido desde hace, digamos, un par de años. Tanto los casos resueltos como los que han quedado sin esclarecer, si fuera posible. – Sonrió-. También necesito un mapa lo bastante detallado de la ciudad como para que se pueda escanear en un ordenador.

–Así se hará -dijo Berrocal inclinando la cabeza en una especie de reverencia a medias-. Ya me ha mostrado otra manera de examinar estos casos.

Fiona se movió en su asiento para poder mirar al frente, por encima del hombro del conductor.

–Espero que sí. Cuando analizo un crimen, no miro con los mismos ojos que un detective. Busco los aspectos psicológicos, además de los elementos prácticos sólidos, que enlazan un crimen con otros.

También busco conjuntos geográficos. Pero, aparte de eso, busco otras señales que me puedan decir algo sobre el criminal.

–¿Para luego determinar cómo funciona su mente?

Fiona arrugó el entrecejo.

–No es exactamente su motivación a lo que intento llegar. Se trata más bien de desarrollar una noción de la forma en que él mira el mundo. La motivación es sumamente individualista. Pero lo que todos tenemos en común es que construimos nuestras identidades a partir de lo que hemos aprendido del mundo. De modo que la manera en que un criminal comete sus crímenes es un reflejo de la forma en que vive el resto de su vida.

Dónde él se siente cómodo, tanto física como mentalmente. Yo busco pautas de conducta en el crimen que me den pistas acerca de cómo se comporta en la vida diaria.

Fiona esbozó una sonrisa irónica y siguió.

–Algunos de mis compañeros de profesión tienen otro enfoque que probablemente encontrará usted más familiar. Ellos investigan los crímenes y buscan un conjunto de síntomas en el pasado del criminal que haya producido un estilo de vida particular en el presente. Yo nunca he encontrado que esto sea muy útil.

Apostaría a que muchas personas comparten el mismo tipo de historia personal y no se convierten en criminales psicópatas reincidentes. No digo que mis métodos necesariamente produzcan siempre resultados certeros, pero eso es porque pocas veces tengo los datos suficientes, y no tanto porque los métodos en sí sean imperfectos.

No hay ninguna fórmula mágica, comisario. Pero mi formación es tan distinta de la de un agente de policía que es imposible que no vea las cosas desde otra perspectiva. Entre nosotros, vemos este asunto de

modo estereofónico, en vez de monofónico. Y creo que esto nos da una cierta ventaja sobre el criminal.

–Por eso está aquí, doctora.

Berrocal se inclinó hacia delante y dijo algo en un español rápido al conductor. Se acercaban a una extensión de casas modernas en las afueras. A lo largo de la carretera se sucedían bloques de cemento que contenían tiendas de muebles, locales donde se exhibían coches y pequeños negocios. Se echó hacia atrás de nuevo, sacó un paquete de cigarrillos y jugó con él entre los dedos.

–Sólo diez minutos más y podré fumar un cigarrillo; y usted podrá comenzar su trabajo.

Esta vez, la sonrisa de Fiona fue sombría:

–Apenas puedo esperar.

Extracto de la descodificación

del documento P13/4599

Uzqhq dftag stfyg dpqdo agxpn qeaqm ek. Upuym suzpq ufarf gzngf uzykt qmpuf tmpnq qzyqe ekmzp rdust fgzuz s…

El documento en cuestión utiliza una simple transliteración(a = m, b = n, etcétera) y la disposición de las letras en grupos de cinco, en vez del orden normal de las palabras. Lo que sigue es una transcripción del material codificado, con una puntuación adecuada añadida para darle sentido. J. M. Arthur, examinador del documento.

Nunca pensé que asesinar fuera tan fácil. Con frecuencia lo había

imaginado, pero en mi cabeza siempre había sido algo sucio y espantoso.

La realidad es muy distinta. La oleada de poder, eso es lo que te lleva

hasta el final. La imaginación realmente no te prepara para la realidad.

El otro error que cometía era pensar que el asesinato siempre tenía

que formar parte de algo más.Pero la verdad es que el asesinato puede ser

un fin en sí mismo. A veces, las personas han de pagar por lo que han

hecho, y quitarles la vida es la única manera de conseguirlo.

Nunca pensé que me convertiría en un asesino.Tenía mi vida en

orden. Pero entonces algo cambió, y podía ver có mo se reían de mí,

ostentando su supuesto éxito en mis narices. Yo sería muy poca cosa si

hubiera aceptado una provocación de esa clase sin más.

Nadie sabe cómo se va a reaccionar cuando a uno le roban la vida, y

te la roban personas a las cuales les importa un carajo el daño que hacen

a otros. Bueno, yo nunca he sido de la clase de hombre que simplemente

se queda quieto y permite que las cosas sucedan, y voy a asegurarme de

que paguen. Voy a cambiar las reglas. Pero no cometeré torpezas. Seré

sutil y elegiré mis blancos cuidadosamente.

Esta vez, no podrán ignorarme. No podrán descartarme sin más. Yo

estaré descartándoles a ellos, escribiendo sus nombres con sangre y

transmitiendo el mensaje de manera clara y alta. Ellos serán los

responsables de sus propios infortunios, eso es lo que les estaré diciendo.

Quien vive de la palabra, muere por la palabra.

No es difícil localizar a los autores de novelas de misterio. Estoy

acostumbrado a observar a la gente, llevo años haciéndolo. Ayuda que

todos sean tan vanidosos. Internet está saturado de sus páginas web y

conceden entrevistas por doquier. Y siempre hacen apariciones en

público.

De modo que tenía sentido empezar con alguien que tuviera un perfil

realmente público, para facilitar al máximo mi tarea. Decidí que la mejor

manera de rematar mi plan era darles una cucharada de su propia

medicina. No bastaría sólo con matarlos.Quería que quedara claro desde

el principio que no había nada accidental en lo que sucedía. Y saber lo

que les esperaba les haría sufrir mucho más. La satisfacción, eso es lo

que busco.

Para que el castigo se correspondiera con el crimen, tenía que elegir

correctamente el crimen y confeccionar bien mi lista. Los ordené a partir

de la consideración de lo fácil que pensaba que sería asesinarlos, y fue así

cómo tuve a mis candidatos para la ejecución.

–Drew Shand

-Jane Elias -Georgia Lester

-Kit Martin -Enya Flannery

-Jonathan Lewis

Ahora sólo he de determinar cómo derribarlos.

Ellos me han metido en esta jaula. Pero deberían saber que los

animales enjaulados se vuelven salvajes.

Ellos se lo han buscado.

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