Asesino de sombras

Val McDermid · Capítulo 1 de 62

Páginas del PDF

Asesino de sombras

Capítulo Primero

La doctora Fiona Cameron estaba en el borde de Stanage Edge y se inclinaba hacia delante contra el viento. La única muerte repentina que podría contemplar en esa posición sería la suya si no tenía el cuidado necesario para evitar la caída. Porque si perdiera el equilibrio en la arenilla de piedra mojada, caería vertiginosamente unos diez o quince metros, su cuerpo rebotaría como una muñeca de plástico en los rocosos bloques sobresalientes, se rompería los huesos y se desgarraría la piel.

Acabaría pareciendo una víctima.

«De ninguna manera», pensó Fiona, dejando que el viento la alejara del borde justo lo suficiente para evitar el peligro. «Y mucho menos aquí», se dijo para sus adentros. Aquél era un lugar de peregrinación, el lugar al que acudía para acordarse de todas las razones por las cuales era la que era. Siempre sola, ella regresaba tres o cuatro veces al año, cuando la necesidad de tocar la cara de sus recuerdos crecía. La compañía de otro ser humano vivo y respirando sería intolerable en esa desolada extensión de páramo. Sólo cabían ellas dos:Fiona y su fantasma, la otra mitad de sí misma, que únicamente andaba a su lado en aquellas llanuras.

Era extraño, pensaba. Había tantos otros lugares donde había pasado mucho más tiempo con Lesley.Pero todos los demás sitios, de algún modo, estaban estropeados por la conciencia de otras voces, otras vidas. Allí, en cambio, ella podía sentir a Lesley sin interferencias.

Podía ver su cara, abriéndose risueña, o cerrándose concentrada mientras ella se esforzaba en una subida difícil. Podía escuchar su voz seria y confidencial, o alta con la excitación del logro. Casi podía oler el almizcle apagado de su piel mientras se agachaban juntas sobre el mantel de un picnic.

Allí, más que en cualquier otro lugar, Fiona reconoció la luz que había perdido su vida. Cerró los ojos y dejó que su mente creara la imagen. Su misma imagen, el mismo cabello castaño y ojos de color avellana, aquel arco de las cejas, la misma nariz. Todos se habían maravillado siempre de la semejanza. Sólo se diferenciaban en la boca:

ancha y de labios gruesos la de Fiona; la de Lesley, un pequeño arco de cupido, el labio inferior más grueso que el superior.

Allí, también, habían tenido lugar las conversaciones y tomaron la decisión que finalmente condujo a que le arrancaran a Lesley de su lado. Fue el lugar del reproche final, el lugar donde Fiona nunca olvidaría de qué carecía su vida.

Fiona sentía cómo se le humedecían los ojos. Los abrió repentinamente y dejó que el viento le diera la excusa. El momento de vulnerabilidad había pasado.

Estaba allí, recordó, para alejarse de las víctimas. Miró a través de los helechos marrones del brezal Hathersage y vio el tosco pulgar del peñasco Higger. Se volvió para contemplar cómo, más allá, una cuña de lluvia empapaba un extremo del brezal Bamford. Con aquel viento, calculó que le quedaban veinte minutos antes de llegar al borde, y encogió los hombros para situar la mochila en una posición más cómoda. Era hora de moverse.

Un tren que salía temprano desde King's Cross y luego un enlace con un tren local le habían llevado hasta Hathersage alrededor de las diez. Había subido rápidamente la empinada cuesta hasta High Neb, disfrutando mientras estiraba los músculos, deleitándose con la contracción de los gemelos y la tensión de los cuádriceps. La última ascensión difícil, que la condujo hasta el extremo norte de Stanage, le había dejado sin aire. Así que se apoyó contra la roca y tomó un largo trago de la botella de agua, antes de aventurarse a través de los trozos planos de piedra arenosa. La conexión con su pasado la había hundido implacablemente más que cualquier otra cosa. Y el viento, al golpearle en la espalda le había tonificado, desatando los pensamientos del desordenado nudo de irritación que la había despertado. En ese momento supo que tenía que salir de Londres durante el día o, de lo contrario, aceptar el hecho de que, antes de finalizar la tarde, sus hombros serían un plano contraído queirradiaría oleadas de dolor por el cuello y la cabeza.

La única cita en su agenda era una reunión de seguimiento con uno de los estudiantes de doctorado, y eso pudo cambiarlo fácilmente con una llamada desde el tren. Allí arriba, en las llanuras, ningún periodista de pacotilla de la prensa sensacionalista la iba a encontrar,

ningún equipo de cámaras le empujaría los micrófonos contra las narices exigiendo saber lo que la cándida Cameron[1] tenía que decir acerca de los sucesos del día en la sala del tribunal.

Por supuesto, no podía estar segura de que las cosas salieran según sus expectativas. Pero la noche anterior, cuando escuchó en las noticias que el juicio sensacionalista del asesino de Hampstead Heath seguía temporalmente suspendido después de un segundo día de discusiones legales, todos sus instintos le dijeron que, antes de ese anochecer, las brigadas red-top estarían clamando sangre. Y ella era el arma perfecta para que sacaran aquella sangre de la policía. Era mejor mantener las distancias, por varios motivos.

Nunca había buscado publicidad sobre su trabajo con la policía, pero igualmente la habían perseguido.

Ver su cara salpicando los periódicos era algo que Fiona detestaba casi tanto como sus compañeros de trabajo.

Peor que la pérdida de intimidad, era el hecho de que su fama, de algún modo, la había hecho desmerecer como académica. Ahora, cuando publicaba en revistas especializadas o colaboraba con autores de libros, sabía que su trabajo era escudriñado con más escepticismo, simplemente porque había aplicado sus habilidades y conocimientos de una manera práctica que chocaba a juzgar por los labios fruncidos por la desaprobación, con los puristas.

La censura silenciosa no hizo más que endurecerse cuando uno de los periódicos sensacionalistas reveló que vivía con Kit Martin. A la clase académica le resultaba difícil imaginar una pareja menos respetable: ella, una psicóloga enfrascada en el desarrollo de métodos científicos que ayudasen a la policía a atrapar reincidentes; él, el primer escritor del país de novelas policíacas sobre asesinos en serie. Si a Fiona le hubiera importado lo suficiente lo que opinaban de ella sus colegas, podría haber explicado que no se había enamorado de las novelas de Kit, sino del hombre que las escribía, y que la naturaleza misma de su trabajo la había hecho más cauta en el momento de comenzar la relación. Pero, como nadie se atrevía a desafiarla de frente, ella eligió no caer en la trampa de la autojustificación.

Al pensar en Kit, su tristeza desapareció. Haber encontrado al único hombre que podía sacarla de su pozo de soledad era una

bendición que nunca dejaba de parecerle milagrosa. El mundo quizá nunca vería más allá del encanto de tipo duro que suscitaba en público; pero, aparte de una inteligencia claramente definida, ella descubrió en él una generosidad, un respeto y una sensibilidad que ya casi no confiaba en poder encontrar.

Con Kit, por fin había alcanzado una paz que, en general, mantenía apaciguados a los demonios de Stanage Edge.

Mientras seguía dando grandes zancadas, miró el reloj. Avanzaba rápidamente. Si mantenía el ritmo, tendría tiempo para tomarse una copa en el pub Fox House antes de coger el autobús que la llevaría otra vez abajo, a Sheffield, donde tomaría el tren a Londres.

Había pasado cinco horas al aire libre, cinco horas durante las cuales apenas vio a otro ser humano, y esto bastaba para sostenerla.

Hasta la próxima vez, pensó melancólicamente.

El tren estaba más vacío de lo que había esperado.

Fiona ocupó un asiento doble para ella sola; el pasajero de enfrente se durmió a los diez minutos de salir de Sheffield y le dejó espacio para adueñarse de toda la superficie de la mesa que había entre los dos. Esto le agradaba, ya que tenía trabajo más que suficiente para el resto del viaje. Había hecho un trato con el dueño de un pub que estaba a unos minutos andando desde la estación. Cuando ella salía a pasear, él vigilaba su móvil y su ordenador portátil a cambio de las primeras ediciones autografiadas de los libros de Kit. Era más seguro que las consignas de la estación y, sin duda, más barato.

Fiona abrió su ordenador portátil y lo enchufó al móvil para conectarse al correo electrónico. Un aviso apareció en la pantalla anunciando que tenía cinco mensajes nuevos. Los descargó y luego se desconectó.

Había dos mensajes de estudiantes y uno de un compañero de trabajo preguntándole, desde Princeton, si podía acceder a unos datos que ella había recogido sobre casos de violación resueltos. Nada que no pudiera esperar hasta el día siguiente por la mañana. Abrió el cuarto mensaje, el de Kit.

De: Kit MartinKMWriter@trashnet.comPara: Fiona Cameron fcameron@psych.ulon.ac.ukAsunto: Cena de esta noche Espero que lo hayas pasado bien en la colina. He sido productivo: 2.500 palabras antes de tomar el té.

Las cosas acabaron en el tribunal de Old Bailey, tal como decías que pasaría. ¡Confía en esa intuición femenina! (Estoy bromeando, sé que tu conclusión se basaba en el examen de toda la evidencia científica…) De todos modos, me parecía que Steve necesitaba que alguien le alegrara el día, así que he quedado con él para cenar. Vamos a St John's, en Clerkenwell, a comer muchos animales muertos, así que probablemente no te apetecerá venir pero, si quieres, sería fantástico. En cualquier caso, he hecho un risotto de salmón y espárragos para almorzar y queda más que suficiente en la nevera para tu cena.

Te quiero.

Fiona sonrió. Era típico de Kit. Siempre y cuando todos comieran bien, nada demasiado malo podría suceder en el mundo. No le sorprendía que a Steve le hiciera falta un poco de alegría. A ningún agente de la policía le gustaba ver cómo se desintegraba su caso, especialmente si era tan público como el asesinato de Hampstead Heath. Pero al detective inspector Steve Preston el fracaso tenia que haberle dejado un sabor de boca mucho más amargo de lo normal.

Fiona entendía demasiado bien lo mucho que él tenía que perder en aquel proceso, y mientras experimentaba una simpatía personal hacia Steve, lo único que pensaba de la Policía Metropolitana era que ellos se lo habían buscado.

Abrió el siguiente mensaje, reservando el más intrigante para el final.

De: Salvador Berrocal

Sberroc@cnp.mad.es

Para: Dra Fiona Cameron

fcameron@psych.ulon.ac.uk

Asunto: Petición de asesoramiento

Estimada doctora Cameron:

Soy comisario jefe de la división del Cuerpo Nacional de la Policía Secreta de Madrid. Soy el encargado de muchas investigaciones de homicidio. Un compañero de New Scotland Yard me ha dado su nombre como experta en relacionar crímenes y hacer perfiles geográficos. Por favor, perdone que la importune poniéndome en contacto con usted de manera tan directa. Escribo para preguntar si nos haría el gran honor de prestarnos sus servicios para un asesoramiento en un asunto de mucha urgencia. En España tenemos poca experiencia con los asesinos en serie y, por tanto, no hay psicólogos expertos trabajando con la policía.

En Toledo han ocurrido dos asesinatos en tres semanas y creemos que ambos son obra de un solo individuo. Pero no es del todo evidente que estén relacionados y necesitamos la opinión de una experta como usted, que nos ayude a analizar estos crímenes. Según creo, tiene experiencia en el campo del análisis y relación entre crímenes, y ello podría ser de gran ayuda.

Deseo saber si, en un principio, está usted dispuesta a ayudarnos a resolver estos asesinatos. Podrá contar con una remuneración apropiada por esta labor de asesoramiento si acepta colaborar con nosotros.

Espero noticias.

Respetuosamente,

Comisario jefe Salvador Berrocal

Cuerpo Nacional de Policía

Fiona cruzó los brazos y miró atentamente la pantalla. Sabía que, detrás de aquella petición cauta, había un par de cadáveres que casi con total seguridad habían sido mutilados y probablemente torturados antes de morir. Quizás habría algún indicio de violación sexual en ambos casos. Podía suponerlo con un cierto grado de certeza, porque la policía tenía la capacidad de tratar a los asesinos sin pedir la ayuda especializada que sólo ella y unos pocos más podrían proporcionar.

Cuando alguien que acababa de conocer descubría este aspecto del trabajo de Fiona, solía estremecerse y preguntar cómo podía soportar estar implicada en casos tan horripilantes.

Su respuesta habitual era encogerse de hombros y decir:«A alguien le toca hacerlo. Mejor que sea alguien como yo, que sé lo que hago.

Nadie puede resucitar a los muertos, pero a veces es posible evitar que más vivos vayan a parar junto a ellos».

Sabía que era una respuesta insustancial, cuidadosamente calculada para ahuyentar otras preguntas. La verdad era que ella detestaba el inevitable enfrentamiento con la muerte violenta que su trabajo con varias fuerzas del orden público había llevado a su vida, en gran parte debido a los recuerdos que se agitaban en su interior. Ella sabía más acerca de lo que se podría infligir a un cuerpo humano, más acerca de los sufrimientos del espíritu de lo que hubiera querido saber. Pero tal clase de confrontación era inevitable y, como siempre exigía un alto precio emocional, sólo aceptaba nuevos trabajos cuando se sentía suficientemente recuperada del último encuentro directo con las víctimas de un asesino en serie.

Hacía casi cuatro meses que Fiona no trabajaba en asesinatos de ese tipo. Un hombre había matado a cuatro prostitutas en Merseyside a lo largo de dieciocho meses. Gracias en parte a los análisis de datos que confeccionaron Fiona y uno de sus becarios, la policía había podido reducir su grupo de sospechosos. Ahora un hombre estaba detenido, acusado de tres de los cuatro asesinatos y, gracias a las similitudes del ADN, podían estar razonablemente seguros de una condena.

Desde entonces, su único proyecto de asesoramiento policial había sido un estudio a largo plazo de ladrones reincidentes que había

compartido con la policía sueca.

Creía que había llegado la hora de ensuciarse las manos de nuevo.

Pulsó la tecla ‹RESPONDER›.

De: Fiona Cameron

fcameron@psych.ulon.ac.uk

Para: Salvador Berrocal

sberroc@cnp.mad.es

Asunto: Re: Petición de asesoramiento

Estimado comisario jefe Berrocal:

Gracias por su invitación a colaborar con el Cuerpo Nacional de Policía. En principio, estoy dispuesta a considerar su solicitud de manera favorable. Sin embargo, para considerar si puedo ser de ayuda, necesito más detalles que los que usted me ha suministrado en su correo-e. Lo ideal sería ver un esquema de las circunstancias de ambos asesinatos, un compendio de los informes patológicos y declaraciones de testigos. Tengo algún conocimiento del español escrito, de modo que, para acelerar el proceso, no hace falta que me traduzca estos documentos. Por supuesto, cualquier comunicación que reciba de usted será tratada con total confidencialidad.

Por razones de seguridad, sugiero que me envíe esos documentos a casa por fax.

Fiona tecleó los datos del número de fax de su casa y envió el mensaje. A lo mejor, podría contribuir a evitar más asesinatos y, de paso, adquirir datos útiles para sus investigaciones. Y si no, tendría una excusa válida para estar lejos de las secuelas del fracaso del juicio de Hampstead Heath. Alguien -o mejor dicho, un par de víctimas españolas- había pagado un precio muy alto para mantener a la cándida Cameron fuera de los titulares.

OceanofPDF.com