Asesino de sombras

Val McDermid · Capítulo 26 de 62

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Asesino de sombras

Capítulo 25

Steve colgó el teléfono y apuntó algo en su libreta.

Acababa de hablar con el agente de la Garda encargado de la investigación del asesinato de Jane Elias. Antes ya lo había llamado, y había esperado a que el hombre se pusiera en contacto con él de nuevo.

El agente había prometido darle una respuesta cuanto antes, pero había señalado que, sólo en el despacho de Elias, había cientos de cartas y miles de folios. Sin embargo, ya tenía un equipo trabajando en ello, y acababa de decirle que, hasta aquel momento, entre los papeles de Jane Elias no habían encontrado ninguna carta parecida a las recibidas por Kit, Georgia y sus colegas.

La información no era concluyente, por supuesto.

Elias podía haber tirado la carta directamente a la basura o haberla quemado en la chimenea del salón.

Pero en el cadáver no había aparecido ninguna carta, ni tampoco la Garda había encontrado ninguna comunicación escrita del supuesto asesino. No había nada que indicara alguna relación entre el autor de las cartas y el asesino de Jane Elias. Steve se alegraba de tener buenas noticias para alguien; y deseaba que alguien también las tuviera para él.

Bostezó y estiró los brazos tan ampliamente que le crujieron los hombros. No era el único agente del New Scotland Yard que permanecía aún en su escritorio a las nueve de la noche. Sin embargo, la mayoría de los que quedaban, sin formar parte del turno de noche, no llegaban al rango de detective inspector. Pero, pensó con pesar, sin mezcla de autocompasión, la mayoría de ellos tenían familias y hogares a los que regresar. Hacía mucho que había aceptado que probablemente nunca llegaría a una situación tan feliz. La vehemencia del amor no declarado -porque él sabía que no era recíproco- que experimentaba por Fiona Cameron le había excluido de la carrera crucial, a los veintitantos años, cuando todos sus amigos se habían establecido en parejas por primera vez.

Había sublimado su pasión no correspondida con el trabajo y un buen día, cuando advirtió que el fuerte lazo de amistad que le unía a Fiona era, después de todo, suficiente, comprendió que había

organizado su vida de tal manera que jamás tendría el tiempo, la energía o la oportunidad para establecer una relación que lo satisficiera. Pero últimamente se había empezado a hacer preguntas.

Muchos de esos amigos que habían formado parejas, hacía una docena de años o más, volvían a ser solteros.

Pocos parecían resistir durante mucho tiempo. Quizás intentarlo a los treinta y ocho años no fuera demasiado tarde. Tal vez había llegado el momento de conectarse otra vez con la vida de los solteros.

Definitivamente, si Francis Blake persistía en su intención declarada de demandar al Ministerio del Interior, no era imposible que hiciera falta encontrar una cabeza de turco de alto nivel. La debacle de la operación trampa todavía podría significar que se viera de repente con mucho más tiempo libre. Sabía que, si sus jefes decidían que él debería cargar con la culpa públicamente, como mínimo corría el riesgo de verse marginado, trabajando en áreas donde su imagen pública fuera inexistente y los retos profesionales insignificantes. Sin un trabajo exigente, tendría tiempo de sobra. No para matarlo, sino para crecer.

Por otra parte, aún podía descubrir el misterio del asesinato de Susan Blanchard. Y mientras que la idea de una vida con pareja, incluso con hijos, era un sueño que lo rondaba, la satisfacción del trabajo bien hecho era algo que deseaba aún más; había experimentado su embriaguez tantas veces que sabía que podría volver a ser una realidad de la que nunca se cansaría.

Con un suspiro, Steve cerró el expediente de Francis Blake. Lo había releído una docena de veces en las últimas semanas, pero no tenía ninguna sensación persistente de haber dejado escapar algo, ninguna intuición visceral que le dijera adónde podría llevarlo la próxima pista.

Aspiraba a que el consejo de Fiona no correspondiera a su propia intuición acerca de cómo reaccionaría Blake. Como mínimo, someter a un desdeñoso y bronceado Francis Blake a declarar como testigo le daría algo a que aferrarse. Pero sabía que Fiona tenía razón. El único motivo por el cual quería hablar con Blake era el deseo de incomodar a un hombre que despreciaba.

Pensar en Fiona, en el contexto de ese caso, hizo que la ira ardiera lentamente en su interior. Si hubieran podido continuar trabajando juntos, no se encontraría en aquel momento metido en ese lío. La idea

agitó un recuerdo enterrado. Steve se incorporó de un salto y se acercó al archivo. Justo al principio del caso, Fiona había esbozado un perfil de lo esencial que le había sugerido algunas vías de investigación. En medio del caos general que había sobrevenido, Steve se había olvidado por completo de la existencia del documento, hasta que ella lo mencionó de pasada la noche anterior, cuando habían estado hablando del ciclista.

Sus dedos volaron entre las carpetas mientras intentaba acordarse de dónde lo había puesto. Al segundo intento, lo encontró. En la parte superior derecha de la carpeta de color manila, aparecía la inscripción PRELIM F. C. garabateada con un rotulador negro. Steve sonrió y la sacó. El contenido era lastimosamente escaso, debido a que no lo había visto la primera vez. Abrió la carpeta rápidamente y empezó a leer la prosa precisa y familiar de Fiona. Como siempre, ella no había identificado el caso por su nombre, pues nunca confiaba del todo en la seguridad de su ordenador de la universidad.

Caso SP/3 5/FC

Tanto la víctima como la escena del crimen pueden clasificarse de bajo riesgo. Ella era una

«respetable» mujer casada, con dos hijos gemelos, sin ningún antecedente penal en su entorno inmediato. La escena del crimen es un lugar público, razonablemente concurrido por transeúntes con pocos motivos para desviar su atención de lo que sucede en la vecindad. El crimen tuvo lugar a plena luz del día, a sólo unos metros de un camino bastante frecuentado. En general, Hampstead Heath está considerado uno de los parques de la capital más seguros durante el día, relativamente bien patrullado por la policía y sin ninguna fama de ser un lugar donde se producen agresiones sexuales o actividades relacionadas con las drogas.

Por otra parte, esto significa que el asesino corrió un alto riesgo para llevar a cabo su crimen. Lo cual indica también un nivel relativamente alto de madurez y sofisticación o una imprudente indiferencia respecto a las consecuencias de su acción.

Sin embargo, si examinamos la naturaleza del crimen en sí mismo, está claro que no se trata de un ataque oportunista nacido de una precipitación espontánea. El asesino debió de llevar el arma homicida, un cuchillo de hoja larga, al lugar de los hechos; la agresión ocurrió en una de las pocas áreas fácilmente accesibles pero, en gran parte, ocultas a la vista, lo cual sugiere un grado de premeditación; y es posible, según la declaración del testigo 1276/98/STP, que tuviera un medio de transporte para la fuga, a saber, una bicicleta. Por tanto, me inclinaría a pensar que estamos buscando a un hombre con un alto grado de confianza en sus habilidades.

Tanta madurez criminal sólo puede ser producto de la experiencia. Tal vez no haya matado antes, pero es muy probable que anteriormente haya perpetrado varias agresiones sexuales. Si tiene antecedentes, posiblemente haya empezado con actos de voyeurismo y también de exhibicionismo, ascendiendo en la violencia desde una agresión sexual menor hasta la violación. Sin embargo, es muy posible que haya eludido condenas y detenciones.

Por tanto, recomiendo una búsqueda a fondo entre los casos de violaciones y agresiones sexuales graves, tanto los resueltos como los pendientes, de los últimos cinco años, en un intento de establecer

una relación criminal y así llegar hasta un sospechoso. Los factores clave que se deben buscar son: 1. Delitos que han ocurrido al aire libre. Los estudios indican que los violadores tienden a cometer los delitos bajo techo o al aire libre, pocas veces mezclando ambas circunstancias.

2. La mayoría de los violadores tienden a atentar contra miembros del mismo grupo étnico, aunque esto no es invariable. Dado que en este caso la víctima es blanca y rubia, hay grandes probabilidades de que sus víctimas anteriores compartan características parecidas.

3. No le desconcertó la presencia de dos niños pequeños. Puede que incluso eso le ofrezca un elemento de satisfacción. Por tanto, todos los incidentes que incluyen como elemento un testigo infantil y que encajen con las pautas antes enumeradas tienen aún más probabilidades de estar entre sus delitos anteriores.

4. Los delitos en los que el malhechor ha escapado en una bicicleta. Si eso le ha dado buenos resultados en el pasado, es muy probable que lo repita.

5. Los delitos en los que el malhechor ha utilizado (o amenazado con utilizar) un cuchillo. Está claro que tuvo que haber llevado el cuchillo al Heath, de modo que es probable que éste también forme parte de sus delitos anteriores.

Con los resultados de una búsqueda así, podría establecerse una escala del aumento de violencia a través de los enlaces entre los crímenes y, de ese modo, desarrollar un perfil geográfico que nos lleve hasta la identificación de un sospechoso creíble.

Como siempre, pensó Steve, Fiona era concisa y directa. Y, además, generosamente se había abstenido de recordárselo la noche anterior, a pesar de que ella había captado la posible significación de la bicicleta desde el principio. Al final del informe oficial, Fiona había pegado un papelito autoadhesivo en el que había escrito con letra pequeña y legible:

Sé que hay un par de testigos que han descrito a un hombre que corría cerca de la escena del crimen. No creo que sea el asesino que buscas. Quienquiera que cometiera este asesinato tendría el suficiente aplomo para fugarse de una manera mucho menos llamativa. Si tuviera que aventurarme, yo diría que el ciclista misterioso, el cual, por lo que veo, no se ha presentado para admitir haber estado en el Heath en el momento decisivo, es un sospechoso mucho más creíble. Hasta pronto. F.

Aun que el caso del asesinato de Susan Blanchard estaba oficialmente cerrado, Steve había logrado avergonzar a su jefe, hasta el punto de que le proporcionó unos cuantos agentes para continuar con la investigación. Por supuesto, ninguno de ellos lo admitiría públicamente hasta que descubrieran a un culpable capaz de sustituir a Francis Blake de manera creíble, tanto para la opinión pública como para el Tribunal de la Corona. Contaba con un sargento detective y dos agentes asignados para trabajar la jornada completa a sus órdenes, además de una reserva de buena voluntad entre la mayoría de los agentes que habían trabajado con él en la investigación original.

Repasando mentalmente lo que los miembros de su equipo hacían, decidió usar a la detective Joanne Gibb para la búsqueda en los

archivos de antecedentes penales. Joanne era una investigadora meticulosa y también era muy hábil estableciendo relaciones con los agentes, tanto en otras divisiones como fuera de la Policía Metropolitana. La había visto limar asperezas y convencer a los agentes de otras fuerzas en situaciones de hostilidad, haciendo que olvidaran su resentimiento al ver cómo la Metropolitana, como un gigante, pisaba su territorio. No había nadie más indicado para la investigación sugerida por Fiona; nadie sería mejor a la hora de sonsacarles los detalles a los agentes investigadores.

Steve copió cuidadosamente los parámetros que Fiona había establecido y dejó una nota para que Joanne comenzara la tarea a primera hora de la mañana. Se estiró relajadamente, a un tiempo aliviado y tonificado por tener algo positivo en marcha. Aquella noche podría hasta dormir bien, en vez de pasar horas dando vueltas en la cama, tal como le venía ocurriendo últimamente.

Se levantó de la silla y descolgó la chaqueta de la percha que había colocado al lado del archivo, detrás del escritorio.

No era estético, pero sí funcional, igual que tantas cosas en su vida, como Fiona había señalado más de una vez durante los primeros días de su amistad. Quizá si hubiera tenido el estilo de Kit, las cosas habrían salido de otra manera, meditaba mientras se palpaba el bolsillo para asegurarse de que llevaba las llaves. No tenía ningún sentido ponerse a especular, resolvió. Si hubiera tenido el estilo de Kit, habría sido otro hombre.Y otro hombre quizá no se habría visto beneficiado por la recompensa de la constante amistad de Fiona.

A punto ya de cerrar la puerta, sonó el teléfono de su escritorio.

Steve vaciló brevemente, y luego volvió sobre sus pasos.

–Steve Preston -dijo.

–¿Inspector Preston? Soy el sargento Wilson, el oficial de guardia en la recepción. Acabamos de recibir un fax de la policía española.

Francis Blake ha hecho una reserva para un vuelo que sale mañana por la mañana desde Alicante hasta Stansted. Aterrizará a las doce menos cuarto. Pensé que le gustaría saberlo lo antes posible.

–Gracias, sargento. ¿Tenemos los detalles del vuelo?

–Todo está en el fax. Haré que alguien se lo lleve.

–No se moleste; lo recogeré al salir.

Steve colgó el teléfono y sonrió. Al día siguiente tendría dos líneas de investigación abiertas. Mientras Joanne buscaba las huellas del asesino, el sargento detective John Robson y el agente detective Neil McCartney estarían siguiendo a alguien que podría llevarlos a ese mismo hombre.

Sin duda la situación había mejorado, pensó Steve, enderezándose perceptiblemente mientras se dirigía hacia la Puerta por segunda vez.

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