Asesino de sombras

Val McDermid · Capítulo 44 de 62

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Asesino de sombras

Capítulo 41

La sala de prensa estaba atestada de gente, demasiado iluminada por las luces de la televisión y asfixiante debido a las exhalaciones de tantos cuerpos excitados. La especulación acerca de la naturaleza del anuncio era un rumor que iba de periodista en periodista. Los más cínicos intentaban que sus conjeturas parecieran convicciones. Tenía que tratarse de Georgia Lester; estaría muerta. Era una conclusión categórica. Se trataría de Georgia porque hasta entonces no había nada pendiente que fuera tan importante. De haber habido otro caso, habrían recibido un soplo de alguna fuente. Y tenía que estar muerta, porque de otro modo hubiera sido la editorial la que convocara la rueda de prensa. Evidentemente.

Además, todos afirmaban tener información privilegiada. Una de esas fuentes decía que había habido una gran operación la noche anterior en el mercado de Smithfield, un dispositivo policial relacionado con la escritora desaparecida. Los más cultos habían establecido las relaciones lógicas llegando al desenlace que esperaban que les confirmaran esa tarde. Si estaban en lo cierto, tendrían garantizado un titular en primera plana. Y era eso lo que realmente importaba.

Sólo los más confiados sostenían que se trataba de proporcionarles detalles y poner los puntos sobre las íes. Y conseguir que algunos inferiores de aquella raza de periodistas, los que no tenían un título como especialistas en crónica de sucesos o en crónica policial, se lanzaran en busca del marido para obtener una foto que partiese los corazones y hacer una entrevista lacrimógena.

El silencio se impuso cuando los agentes de policía entraron en fila.

Que el asunto era grave se hizo patente.Hasta el jefe de la policía estaba allí, flanqueado por la inspectora jefe Sarah Duvall y otra persona que ninguno de los periodistas conocía. Se sentaron ante los micrófonos, cohibidos e incómodos. El portavoz de la oficina de prensa de la policía iba de aquí para allá como un padre nervioso antes del estreno de la obra de teatro de Navidad. Cuando todos estuvieron satisfechos con la calidad del sonido, el jefe de policía se aclaró la garganta.

–Gracias por venir esta tarde, señoras y señores.

Tengo una breve declaración que hacer, y luego responderé a sus preguntas.

Presentó a los otros agentes. El desconocido resultó ser un detective inspector de Dorset. El jefe de policía volvió a carraspear y empezó a leer el papel que tenía en la mano:

–Como resultado de una operación llevada a cabo anoche por los agentes de la policía de la City de Londres, en las inmediaciones del mercado de Smithfield, se descubrieron unos restos humanos. Han sido identificados como pertenecientes a la desaparecida escritora de novelas policíacas, la señora Georgia Lester. De resultas de lo cual, se ha iniciado una investigación sobre asesinato. La inspectora Duvall se encargará operativamente de la investigación.Estaremos en contacto con nuestros compañeros de Dorset, donde la señora Lester al parecer desapareció la semana pasada. Éste es un crimen particularmente horroroso, y rogamos que cualquiera que haya visto a la señora Lester, después de que abandonara su cabaña en Dorset el miércoles pasado, se ponga en contacto con nosotros. Su coche abandonado fue descubierto el domingo, pero no tenemos ni idea de cuánto tiempo llevaba allí. Nos gustaría estrechar el margen de tiempo, si fuera posible. También rogamos que se presente cualquier testigo que hubiera podido ver cualquier cosa poco común en los alrededores del mercado de Smithfield a lo largo de esta última semana. – Alzó la vista e hizo un mohín con la boca-. Ahora responderé a las preguntas.

Hubo un rumor de voces, y muchas manos gesticulando. El portavoz señaló a una periodista.

–Corinne Thomas, BBC Radio. Cuando usted dice restos humanos,

¿a qué se refiere exactamente?

El jefe de policía señaló a Duvall para que diera la respuesta previamente determinada.

–La señora Lester fue desmembrada. La forma en que lo hicieron indica que el asesino tiene conocimientos rudimentarios anatómicos o de carnicero. La siguiente pregunta.

–Jack O'Connor, The Times. Una de las novelas de la señora Lester, que fue llevada a la gran pantalla, tiene como protagonista a un asesino que, tras secuestrar a sus víctimas, las descuartiza como un carnicero.

Me parece recordar que los cadáveres del libro los escondía en una

carnicería al por mayor. ¿Cree usted que su asesino se inspiró en el libro?

–Sin comentarios -dijo el jefe de la policía con firmeza.

O'Connor no se rindió.

–¿Cree usted que el crimen tiene alguna relación con el asesinato en Edimburgo de Drew Shand, quien fuera asesinado hace poco de manera idéntica a como matan a una de las víctimas de su libro?

La agitación de fondo de sus compañeros casi ahogó la voz de O'Connor, pero, sin duda, a juzgar por las caras sombrías de los policías que le miraban, éstos le habían escuchado.

–Sin comentarios -repitió el jefe de policía.

Una periodista se puso de pie.

–Sharon Collier, del Mirror. ¿Se niega a desmentir que hay un asesino en serie que tiene como blanco a los autores de relatos detectivescos?

–No desmiento ni confirmo nada, señora Collier.

En estos momentos, no tengo suficientes pruebas como para permitirme más comentarios a propósito de esas preguntas.

El jefe parecía algo nervioso. El portavoz rápidamente encontró a uno de sus plumíferos domesticados y lo instó a actuar.

–Patrick Stacey, del Express. ¿Dónde encontraron exactamente el cadáver?

Duvall tomó la iniciativa.

–Descubrimos los restos de la señora Lester en una nevera fuera de uso, en una zona de alacenaje del mercado de Smithfield. Según el propietario, estiban a la espera de trasladar la nevera a otro depósito de carne y llevaba unas cinco semanas allí. De modo que, si alguien vio a alguna persona usando ese frigorífico durante estas últimas cinco semanas, nos interesaría oírlo.

Las preguntas se sucedían cada vez con mayor velocidad.

–¿Tienen algún sospechoso? – ¿Alguna pista? – ¿Se considera a su marido cono sospechoso? – ¿Anda suelto un asesino en serie? – ¿Hay alguna orden de detención inminente? – ¿Han solicitado los servicios de algún especialista en trazar y analizar perfiles?

Bruscamente, el jefe de la policía se levantó.

–De momento, esto ha sido todo, señoras y señores.Cuando tengamos más que decirles, les mantendremos informados.

–¡Un minuto! – se oyó un grito en la sala.

Un hombre barbudo con chaqueta de tweed, camisa a cuadros y corbata roja se abrió paso a empujones entre las filas de periodistas.

El jefe de policía miró al portavoz, quien hizo un gesto con las manos como si ahuyentara algo, indicando a todos que se marcharan.

El agente de Dorset empezó a irse por un lado de la sala, pero Duvall se quedó inmóvil, mirando al hombre que avanzaba con determinación, al parecer sin importarle las personas que apartaba de su camino.

–¿Por qué no les dicen la verdad? – gritó, con la cara enrojecida-.

¿Por qué negar lo que todos sabemos que es verdad? Hay un asesino en serie ahí fuera y está matando a los escritores de novelas policíacas que le han robado sus historias.

Varios agentes uniformados intentaban llegar al origen del tumulto.

Pero la sala era un caos mientras los periodistas trataban de ver y oír lo que estaba sucediendo. Se armó un alboroto de voces, pero todavía se podía escuchar al hombre de la chaqueta de tweed.

–¿Que cómo lo sé? – gritó a voz en cuello-. Lo sé porque fui yo. Yo los maté. A Drew Shand, a Jane Elias, a Georgia Lester. Me robaron las ideas y les he hecho pagar por ello.

Duvall estaba ahora de pie; pasó por delante de su jefe empujándolo y sumergiéndose en el tumulto. Sin reparar en los obstáculos, forcejeó con la muchedumbre excitada, abriéndose paso hasta su presa. Ni siquiera se detuvo para disculparse con el fotógrafo al que propinó un codazo en las costillas, ni con el reportero radiofónico a quien golpeó en la mandíbula cuando extendió un brazo.

El hombre de la chaqueta de tweed ya había logrado librarse del gentío que lo rodeaba lo suficiente como para empezar a lanzar hojas de papel al aire. Las octavillas revoloteaban en el aire como murciélagos albinos perturbados por una luz repentina.Los periodistas empujaban y se golpeaban entre sí, tratando de capturar un panfleto, mientras otros gritaban preguntas al hombre de la chaqueta de tweed, el cual sonreía con el rictus petrificado de una gárgola.

Dos de los agentes uniformados lo cogieron justo cuando Duvall llegó a la última fila del grupo de periodistas. Jadeando, con la

chaqueta rasgada en un hombro, se enfrentó al desconocido.

–Sacadlo de aquí -ordenó-. A la sala de detenciones. ¡Ya!

Los periodistas aullaban protestando mientras los agentes uniformados se llevaban al alborotador. Duvall observó que no ofrecía resistencia. Permaneció de pie, naufragando en medio de los medios de comunicación, mirando al hombre y sus custodios salir por la puerta por la que ella había entrado. Poco a poco, cobró consciencia de que el jefe de policía gritaba al micrófono.

–Damas y caballeros, esta rueda de prensa ha terminado. Por favor, salgan del edificio. Repito, por favor, salgan del edificio.

Era como si estuviera cantando Yellow Submarine, pensó Duvall.

Por lo menos eso les habría llamado la atención.

Ignorando las preguntas que le hacían a propósito de su reacción, Duvall cogió una de las octavillas arrugadas y regresó a empujones entre los periodistas frustrados e indignados sin decir nada. Al acercarse al podio, hizo un ademán indicando que se largaran todos de allí. El detective de Dorset parecía tener ganas de estar en otro lugar, mientras que el jefe de policía parecía furioso. Mientras salían, Duvall aprovechó para echarle un vistazo a la octavilla.

El autor, un tal Charles Redford, afirmaba ser el asesino de Drew Shand, de Jane Elias y de Georgia Lester. En un estilo que recordaba al de las cartas amenazadoras que Duvall había leído, Redford anunciaba que los había castigado por haberle robado sus ideas literarias y evitado que sus manuscritos se publicaran. Previamente él les había mandado algunos textos, pidiéndoles que le ayudaran a encontrar un editor. No sólo no le habían ayudado, sino que se habían cebado con él robándole las ideas y usándolas en sus propios libros. La conspiración esbozada en el libelo era lo bastante descabellada como para llamar la atención de los paranoicos graves, pero, como móvil para llevar a cabo asesinatos en serie, parecía un poco inconsistente, pensó Duvall. Nunca dejaba de asombrarle qué poco hacía falta para que algunos saltaran de las filas de los locos comunes y corrientes a las de los maníacos homicidas. Sin duda, Fiona Cameron tendría un término técnico para definir esa actitud.

En la antesala, lejos del clamor, el jefe de policía negaba con la cabeza. – ¿Qué coño ha sido eso? – preguntaba-. ¿Cómo entró ese

lunático aquí?

Duvall se quitó la chaqueta y examinó la hombrera rota frunciendo el entrecejo. Que el jefe luchara con aquellos asquerosos de los medios; ella no pensaba implicarse en esa guerra particular.

–Debe de tener alguna credencial de prensa -tartamudeó el portavoz a la defensiva-. De lo contrario, no lo habrían dejado entrar.

El jefe de la policía dio un manotazo como si apartara una avispa molesta.

–Eso no importa. ¿Quién coño es?

Duvall dejó de examinar su chaqueta rasgada y respiró hondo.

–Según la octavilla, que ahora está en manos de la prensa mundial, se llama Charles Redford, pretende ser escritor de novelas policíacas y cree que las víctimas le robaron sus ideas.

–¿Eso es en serio? – dijo el jefe, perplejo.

–Es lo que voy a averiguar ahora mismo. He ordenado que lo llevaran a la sala de detenciones. Lo voy a detener por sospechoso de homicidio y, a partir de ahí, procederé.

–¿Necesitamos detenerlo ahora mismo? Puede que no sea más que alguien con ganas de llamar la atención y nos haga perder el tiempo.

Hacía ya mucho que el jefe se había vuelto muy prudente en el trabajo, pensó Duvall.

–Quiero hacer esto según las normas, señor. Si es el asesino, no quiero la más mínima posibilidad de que perdamos el juicio por algún error de procedimiento.

Quiero que esté detenido, que tenga representación legal y que todo lo que diga sea oficial desde el principio.

Para su sorpresa, el detective de Dorset estaba de su parte.

–Creo que la inspectora Duvall tiene razón -dijo, con un acento rural que le confería una autoridad inesperada a su voz de bajo-. Yo haría lo mismo si fuera ella. Y me gustaría poder presenciar el interrogatorio.

–No creo que podamos complacerte en eso -dijo el jefe dudando-. Es una cuestión de jurisdicción, ¿sabes?

–Al lado del cuarto de interrogatorios tenemos otra habitación desde donde se puede ver todo a través de un cristal -señaló Duvall-. No creo que sea ningún problema que nuestro compañero lo vea todo

desde allí sin ser visto. Creo que podría ser útil, señor. Otro par de ojos, otro par de oídos.

No pensaba, ni por un momento, que el detective viera algo que no fuera evidente para ella, pero sabía que todavía iba a necesitar la cooperación de los de Dorset para montarla investigación. No le costaba nada mantener contento al agente superior de aquella comisaría.

–Bueno -comentó el jefe y la llevó aparte-. Pero que de ahí no pase, Duvall -le dijo en voz baja-. Esto es asunto nuestro.

«Quizá no, si la mató en Dorset», pensó Duvall.

Aunque, si alguien se iba hacer un nombre con este caso, estaba decidida a ser ella. El detenido confesaría en su terreno. Iba a seguir siendo suyo mientras fuera humanamente posible.

–Me voy a la sala de detenciones -dijo.

Los dos hombres la vieron echarse al hombro la chaqueta destrozada y salir al corredor llena de confianza.

–¡Que Dios le ayude si le hace perder el tiempo! – exclamó el hombre de Dorset.

–Va a tener que sudar la gota gorda -dijo el jefe de policía.

–¿En qué sentido? – ¿Cómo solemos descartar las falsas confesiones?

Los pillamos con los detalles que no se han hecho públicos. Pero, en este caso, el asesino ha estado utilizando material previamente publicado para preparar sus planes. De modo que el detenido va a saber las respuestas, sea o no el asesino.

El detective de Dorset resopló: -¡Mierda!

–Y yo no sé si a la inspectora Duvall se le ha ocurrido pensar en eso

-agregó el oficial superior, con una gran sonrisa.

Fiona cerró los ojos para no ver el correo electrónico en la pantalla.

La confirmación de lo que más había temido era lo último que quería ver. Finalmente, se obligó a releer el mensaje. No era momento para egoísmos. Kit necesitaba su apoyo, y no que lloriqueara en un rincón como un conejo asustado. Se calmó y apretó el botón ‹RESPONDER›.

De: Fiona Cameron

fcameron@psych.ulon.ac.uk

Para: Kit Martin

KMWriter@trashnet.com

Asunto: Re: Peor imposible

Querido Kit:

Siento tanto lo que le pasó a Georgia. Debe de haberte dolido mucho, amor mío, y ojalá pudiera hacer algo para aliviar tu dolor. Me temo que no puedo ser de mucha ayuda en este caso particular, aun suponiendo que la inspectora Duvall solicitara mi ayuda. Ya está claro para cualquiera con dos dedos de frente que estos casos están relacionados, y tú sabes que yo no entro en estas cosas al estilo sentimentaloide de «se orinaba en la cama cuando tenía nueve años y torturó al gato del vecino». De modo que, ¿qué les podría ofrecer? No mucho, aparte del sentido común.

Así que, es importante que vayas con mucho cuidado, querido. Estaré en casa a la hora de costumbre, o antes, si puedo.

Te amo.

F.

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