Ataúdes de acero

Herbert A. Werner · Capítulo 10 de 30

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Ataúdes de acero

Capítulo 9

 

Llegué al muelle Tirpitz, en Kiel, a fines de septiembre de 1942. Habían pasado un año y seis meses desde que partiera del muelle para mi primera patrulla de guerra a bordo del U-557. Las cosas no eran exactamente las mismas. El largo espigón donde amarraban los submarinos había sido camuflado contra los reconocimientos aéreos. Como me dijo un camarero de chaqueta blanca a bordo del viejo paquebote, ahora los Tommies volaban con bastante frecuencia sobre la Bahía de Kiel. Primero venía durante el día un avión solitario a tomar fotos de las actividades en el puerto. Después llegaban unos pocos bombarderos a la noche siguiente, y dejaban caer bombas y bengalas (las llamábamos «Arboles de Navidad»). Me tranquilizó saber que nuestra artillería antiaérea mantenía altos a los aviones, y que los ataques sólo tenían un efecto de hostigamiento. Pero la creciente actividad me causó no poca preocupación por la seguridad del U-230. Si nuestro nuevo barco llegaba a ser dañado por una bomba perdida, nuestra larga demora en llegar al frente de batalla se extendería indefinidamente.

Uno por uno volvieron nuestros hombres de sus licencias. Tres días después de mi llegada, reuní a la tripulación en el muelle y la encontré ansiosa por hacerse a la mar. ¡Pero resultó que estábamos lejos de tomar posesión de nuestro nuevo barco! Siegmann nos dijo que el U-230 no estaría listo por otras cuatro o cinco semanas. Tuvimos que acomodarnos en un anticuado crucero, el ex Hamburg, que había sido reacondicionado para servir de alojamiento a «tripulaciones en espera». No obstante, resultaba gratificante hallarme nuevamente en mi rutina diaria de entrenar y enseñar a nuestros hombres. A principios de octubre partí hacia la costa belga para asistir a un curso de electrónica. Nuestro barco estaría equipado con radar, lo cual nos permitiría localizar al enemigo de noche, y hasta con niebla espesa, mucho antes de poder avistarlo con nuestros anteojos. El aparato se usaba desde hacía unos años en acorazados y había tenido importante participación en el hundimiento del Hood, ahora revolucionaría la guerra submarina al permitirnos eludir los destructores de escolta y atacar los blancos sin verlos. Volví de la escuela de radar entusiasmado con el potencial de nuestra nueva arma.

De regreso en Kiel, muy pronto me vi envuelto en mi exigente asunto amoroso con el U-230. La supervisión de su terminación, la inspección de instalaciones especiales, la lectura de manuales técnicos y la tarea de mantener en buen estado de entrenamiento a la tripulación ocupaban casi todo mi tiempo.

El 24 de octubre nos hicimos cargo del U-230 que acababa de ser trasladado desde el astillero al muelle Tirpitz. Vistiendo nuestros mejores uniformes, formamos apretadas filas en la cubierta de popa, y el comandante de la 5.a Flotilla de Submarinos ordenó izar la bandera. Era la misma bandera que había flameado en el malhadado U-612, y nosotros creímos, supersticiosamente, que eso prolongaría de alguna manera la vida de nuestro nuevo barco. La ceremonia fue seguida de una cena más bien austera que reflejó la notable reducción de nuestras reservas de alimentos en el cuarto año de guerra.

El U-230 fue recibido con gratitud por su tripulación; él mismo nos devolvía nuestro status de marinos. Ansiosos por unirnos a las grandes batallas del Atlántico, nos entregamos a una larga y ardua serie de ejercicios, ensayos, cruceros de entrenamiento y maniobras de combate. En esos breves viajes usábamos nuestro radar en cuanta oportunidad se nos presentaba, detectando tanto boyas como barcos.

Sin embargo, el instrumento todavía no estaba perfeccionado. Debido a que su aparato sensor estaba montado rígidamente al frente de la timonera blindada, detectaba a los blancos solamente cuando se encontraban adelante del barco; cuando los mismos salían del sector frente a proa, desaparecían de nuestro oscilógrafo. De ese modo, si queríamos barrer el horizonte, debíamos navegar en círculo cerrado, procedimiento que consumía tiempo en el mejor de los casos, y que sería imposible bajo condiciones de batalla.

Estábamos a principios de noviembre cuando el U-230 zarpó hacia los campos de tiro del Báltico oriental. No lejos del punto donde habíamos perdido al U-612, lanzamos unas pocas docenas de torpedos para verificar el nuevo equipo de fuego y pulir nuestra rutina. Inmersiones repentinas y ataques simulados se alternaban con ejercicios con el cañón de 8.8 cm y las nuevas automáticas antiaéreas, con inmersiones de nivelación e inmersiones profundas en agotadora repetición. El clímax de este período de entrenamiento fue una semana de guerra en el mar. Un convoy simulado, de unos 20 barcos de carga y varios escoltas, fue enviado a ocultarse en el Báltico septentrional, y una escuadrilla de la Luftwaffe se preparó para emprender misiones antisubmarinas. En un gélido día de diciembre, el U-230 se reunió en el puerto de Pillau con otros submarinos, se deslizó entre los témpanos de hielo y puso proa al norte para encontrar y «destruir» al convoy.

Cuando el U-230 llegó a mar abierto, un viento siberiano lanzó un rocío helado contra su superestructura, cubriéndola de una espesa capa de hielo. Dieciséis horas más tarde localizamos al convoy en la oscuridad y «atacamos» de inmediato. Nuestros ataques continuaron día y noche. El capitán ensayó todas las pautas de ataque; yo disparé mis torpedos simulados desde todos los ángulos y diezmé al convoy muchas veces.

Constantes «ataques aéreos» obligaban a nuestras guardias a mantenerse alertas contra la muerte que llegaba desde el cielo. Los juegos de guerra terminaron cinco días antes de Navidad, cuando el U-230 navegó alrededor del buque-faro de Kiel, a través del estrecho corredor abierto por los rompehielos, y amarró en el muelle Tirpitz.

Barco y tripulación se había desempeñado con alta eficiencia y fueron declarados aptos para el primer patrullaje. Pero todavía no habíamos llegado al final de nuestras exasperantes demoras.

La víspera de Navidad, bien temprano, con el termómetro marcando 17 grados bajo cero, llevé el barco al astillero para que fuera equipado con una extensión de su puente y una segunda cubierta para un cañón antiaéreo adicional. Estos y otros ajustes quedaron terminados la víspera de Año Nuevo y la partida a nuestro primer patrullaje quedó fijada para el 9 de enero de 1943. Pero el día 8 se descubrió una seria filtración en el barco, y nuestra zarpada fue vuelta a fijar para el lunes siguiente.

Estas dos últimas semanas de espera significaron tensión adicional para todos nosotros. El tiempo estaba muy frío y borrascoso, excelente para operaciones submarinas pero de lo más inapropiado para pasar el tiempo en nuestros austeros y deprimentes alojamientos a bordo del viejo barco que nos servía de morada.

Nuestras comidas eran pobres y escuálidas hasta en el día de Navidad, que hubiera pasado inadvertido si no hubiese sido por los paquetes que nos enviaron desde nuestros hogares. Escuchábamos con ansiedad e impaciencia los comunicados de nuestras fuerzas armadas que pasaba la radio. No ayudó a mejorar nuestro estado de ánimo enterarnos de que el Afrika Korps de Rommel había sufrido un revés en El Alamein y había tenido que retirarse, o que los rusos y el invierno ruso estaban resultando adversarios formidables en el frente oriental. Pero las dificultades temporarias de nuestros ejércitos conquistadores eran más fáciles de aceptar que los brillantes informes de triunfos de submarinos, de los que no participábamos. De acuerdo a los informes de fin de año, los ataques habían costado a los aliados más de seis millones de toneladas de navegación en 1942, incluyendo por lo menos 500 000 toneladas mensuales de julio a octubre, y 117 barcos con un total de 600 000 toneladas solamente en noviembre.

El bloqueo de hambre tendido por los sumergibles alrededor de Inglaterra parecía estar muy cerca de su objetivo final. El fantasma de la hambruna y de una guerra perdida marchaba a través del Reino Unido y llamaba a la puerta del No. 10 de Downing Street.

El récord fenomenal de los submarinos había sido alcanzado pese al constante mejoramiento de la vigilancia aérea aliada sobre la crucial área de defensa entre Escocia y Groenlandia, y también sobre el Golfo de Vizcaya. El enemigo había perfeccionado un nuevo tipo de radar que permitía a los bombarderos detectar a un sumergible en superficie aun en mar gruesa. Pero para contrarrestar esta amenaza, nuestros barcos fueron equipados con un ingenioso aparato, el Metox, que interceptaba las ondas del radar, nos ponía sobre aviso de un ataque inminente y nos daba tiempo para sumergirnos antes de que el avión picara sobre nosotros.

La actividad aérea aliada también había aumentado en forma desconcertante sobre tierra. Hamburgo, Düsseldorf y otras ciudades eran sometidas a repetidas incursiones aéreas. Nosotros experimentamos un ataque menor en Kiel, y yo me desvié de mi camino para verme atrapado en uno más serio en Berlín.

Cuando el 8 de enero se descubrió una vía de agua en el U-230, Siegmann aprovechó la oportunidad y partió hacia Hamburgo para ver a su esposa e hijos por última vez antes de zarpar. Yo decidí usar esta última demora para hacer un rápido viaje a la capital y ver a Marianne. Nos reunimos el sábado a la noche.

Fue entonces que me di cuenta de que el sólido vínculo de nuestra amistad era más fuerte que mis frívolos asuntos con mujeres en puerto.

Los bombarderos aparecieron cuando estábamos tomando nuestro almuerzo dominical en el Café Wien, de la Kurfuerstendamm. Mientras aullaban las sirenas de alarma antiaérea y Marianne tironeaba de mi brazo, pagué la comida inconclusa y corrimos a refugiamos en la estación más cercana del U-Bahn. Estábamos abriéndonos paso hacia el subterráneo a través de la multitud, cuando las primeras distantes explosiones sacudieron los cimientos y las paredes. Marianne me condujo entre el gentío que llenaba las plataformas.

Había mujeres sentadas en maletas o cajas que contenían sus posesiones de valor. Otros estaban de pie, en grupos, aferrando bolsones y sacos. Ancianos y ancianas se alineaban junto a las paredes o descansaban en pequeñas sillas plegables. Los niños jugaban despreocupados, indiferentes a los estremecimientos del piso, al tronar de los impactos de las bombas y a las detonaciones en stacatto de los cañones antiaéreos. Fuera lo que fuere lo que impulsaba a los ingleses a volar en domingo, perturbar a los paseantes vespertinos y hacer la guerra contra civiles, su incursión aérea sólo consiguió aumentar mi deseo de encontrarme lo antes posible con ellos en abierta batalla en el mar.

El ataque duró poco más de una hora. Cuando salimos a la superficie, las calles estaban sembradas de mampostería, vidrio, ladrillos y escombros. El aire estaba lleno del olor a cordita y de los incendios. El cielo azul estaba interrumpido por sucias nubes negras y grises que subían y bajaban sobre la torturada ciudad.

A cierta distancia, oíamos las campanas de las brigadas de incendio y los largos suspiros de las bocinas de los automóviles policiales:

Mi tren a Kiel debía partir de la estación Stettiner a las 1730, pero la incursión había destruido las vías en un suburbio de la zona norte. Me hallé impotente en medio de los escombros, las fachadas agrietadas y los vidrios rotos del techo de la estación. El U-230 no podría salir de patrullaje porque su primer oficial había dado más importancia al amor que al deber. Investigué las posibilidades de abordar un tren a Hamburgo; esa ruta aún estaba abierta y prometía un rodeo que me permitiría salir de la trampa. Me dijeron que el tren saldría a las 2000 con seis horas de atraso.

La despedida no fue una ceremonia desgarrante. Marianne era una buena muchacha y hacía tiempo que estaba acostumbrada a mis fugaces apariciones. Nos prometimos que nos cuidaríamos y que conservaríamos nuestro amor. Cuando el tren salía de la estación oscurecida, oí las sirenas de alarma antiaérea gimiendo otra vez.

A las 2030 de la noche siguiente llegué por fin a Kiel, y 40 minutos más tarde llamé a la puerta de mi capitán. Él estaba enterado del raid aéreo y antes de que yo pudiera farfullar una excusa, dijo con alivio:

—Pudo morir en Berlín. Hubiera sido mejor que se quedara.

También yo me sentí aliviado, porque me pareció que no era responsable de la demora de nuestra partida.

—¿Cuándo zarpamos, señor? —pregunté.

—Hay que hacer unos pocos ajustes menores. Llevará uno o dos días más poner nuestro barco en condiciones de combatir. Quiero zarpar el miércoles después del almuerzo. Espero que para entonces tenga listos al barco y a su tripulación.

 

Zarpamos de Kiel a las 1400. La fiesta de despedida fue breve, y la última cena tradicional apenas fue una sombra de las opíparas comidas que nos habían servido en el pasado en ocasiones similares. Una fuerte tormenta de nieve impidió que la banda tocara en el muelle. Pero a la tripulación, eso no le importó.

Nada importaba fuera del hecho de que por fin zarpábamos. Estábamos convencidos de que la victoria estaba solamente a unos pocos meses, y de que debíamos darnos prisa para hundir nuestra cuota de barcos enemigos.

El U-230 luchaba esforzadamente con la tormenta invernal. Fuertes ráfagas arrojaban nieve y granizo contra nuestros rostros. Olas cortas y vigorosas golpeaban la superestructura y las salpicaduras se congelaban en el aire. El curso era derecho al norte. La visibilidad era cero; usábamos nuestro radar para «sentir» nuestro camino a través de la violenta tormenta. El Mar Danés estaba desierto porque los barcos de superficie raramente se arriesgaban a viajar en esas aguas difíciles durante una cegadora tormenta de nieve.

El U-230 escogía su ruta a través de los estrechos corredores entre las muchas islas, procediendo cautamente de boya en boya.

La nevada cesó alrededor de las 0400 y al romper el día estábamos camino a Noruega, a toda velocidad. Cruzamos el Skagerrak en superficie, rodeamos el talón de Noruega y nos deslizamos hacia el fiordo de Hardanger con sus grandiosos picos cubiertos de nieve. El panorama era espectacular en todo el camino por el Bjornefjord hasta el puerto de Bergen. Quedamos en el puerto poco más de un día, hicimos algunas reparaciones menores, llenamos los tanques y sentinas con combustible diésel, completamos nuestra reserva de alimentos con verduras y cuatro cajones de huevos frescos. Ahora el U-230 estaba equipado para un viaje que fácilmente hubiera podido llevarlo a Estados Unidos y regresar a Francia.

El día que zarpamos brillaba el sol, pero fuertes vientos soplaban a 60 millas por hora en el fiordo.

Cuando nos acercábamos a mar abierto, lo vi alzarse como una gigantesca muralla frente al fiordo.

Aseguré la antena de nuestro nuevo equipo para detectar el radar, colocándola tras la superestructura del puente y puse a un marinero para que la hiciera rotar constantemente. La antena era una sólida cruz de madera con cables cruzados. La llamábamos Cruz de Vizcaya porque fue usada por primera vez en nuestros barcos en el golfo de ese nombre.

En el momento en que dejamos a popa el fiordo de Bergen, el océano nos golpeó con impacto estremecedor. Lo único que sufrió daños fue la Cruz de Vizcaya. Bajé los restos de madera a la timonera blindada y ordené que la repararan a toda prisa, porque en las horas en que estuviéramos sin el aparato de alarma, podríamos ser detectados por un enemigo con su radar antes de que pudiéramos verlo.

Afortunadamente, la visibilidad era excelente y la guardia pudo concentrarse en la vigilancia del cielo.

El U-230 seguía un curso noroeste hacia el estrecho entre las Islas Shetland y el grupo de las Faroe.

Suponíamos que los británicos habían sido alertados de nuestro acercamiento: un submarino que zarpaba no podía mantenerse en secreto en la hostil Noruega. Sin embargo, el primer día de nuestro patrullaje terminó sin que nadie avistara un solo avión. Descendió la oscuridad sobre el mar agitado y la Cruz de Vizcaya, nuevamente en condiciones de funcionar, se convirtió en poderoso ojo para escudriñar el cielo mientras el U-230 se internaba cada vez más en aguas enemigas.

A las 0220, el operador del aparato para detección de radar señaló un contacto. El artefacto daba la alarma emitiendo un bip. El hombre de la radio volvió a la vida:

—Contento, volumen dos, aumentando rápidamente…

Siegmann saltó de su cucheta, cruzó corriendo la escotilla redonda, entró en la sala da control y gritó hacia el puente:

—¡Bajen la cruz! ¡Alaaarmaaa!

Los motores pasaron al máximo de revoluciones; la cruz cayó a la sala de control y, uno por uno, los hombres de guardia fueron cayendo sobre ella reduciéndola a astillas. El barco hundió su proa. A los 20 segundos estaba sumergido. A los treinta segundos, la aguja del indicador de profundidad señaló 40 metros, pero la popa del barco todavía estaba cerca de la superficie. A los 50 segundos, el rumor y gemido de los motores eléctricos fue ahogado por cuatro fuertes explosiones a popa. Cuatro veces el U-230 fue sacudido por violentas conmociones.

Su popa fue levantada hasta la superficie y su proa se Inclinó hacia abajo en peligroso ángulo.

Después salió catapultado hacia las profundidades, enviando a todo el mundo a las planchas del piso y arrojando a aquéllos de reflejos lentos contra el mamparo cercano.

Friedrich detuvo la rápida caída del barco a 125 metros de profundidad. La tripulación estaba impresionada; esas eran las primeras bombas de profundidad para la mayoría de los hombres. Pero el U-230 se mantuvo estanco y pasó la primera prueba. A las 0430 emergimos. El mar vacío brillaba pacíficamente a la luz de la luna. Nuestra Cruz de Vizcaya había sido vuelta a reparar. Uno de los hombres de guardia hacía rotar el frágil Instrumento mientras que el operador, abajo en el casco, escuchaba con aprensión.

Esa noche nos sumergimos precipitadamente una vez más, y cuatro veces el día siguiente. Cada vez, un avión nos obsequió un ramillete de bombas. Habíamos adquirido un elevado respeto por el enemigo de arriba, y la mayor parte del tiempo lo pasábamos escudriñando el cielo. Entre los ataques aéreos, pasamos entre los grupos de islas y dejamos rápidamente atrás la zona enemiga.

Mientras avanzábamos en un mar tempestuoso hacia nuestra posición asignada a 600 millas al este de Terranova, las condiciones a bordo del U-230 empeoraron rápidamente. El agua que entraba por la escotilla abierta se acumulaba a nuestros pies, y la elevada humedad dentro del casco hacía que la comida se descompusiera, que nuestra piel se ablandara y nuestros mapas se disolvieran. El olor era brutal. El combustible adicional que llevábamos en las sentinas despedía un hedor penetrante; nuestras ropas quedaron impregnadas por el mismo y nuestra comida adquirió el sabor del petróleo y la grasa lubricante. El perpetuo balanceo y rolido del barco era demasiado para aquellos no acostumbrados al Atlántico, o no equipados con estómagos de hierro fundido; la mayoría de los hombres perdió el apetito y a menudo más que eso. Esto dejó sólo un pequeño grupo de indestructibles para comer los cuatro cajones de huevos antes de que se pusieran malos. Para ayudar a consumirlos yo comía huevos todo el día en todas las formas: crudos antes de subir al puente a tomar mi guardia, revueltos cuando me relevaban, escalfados en el almuerzo, fritos en la cena, y hervidos cada vez que me venían ganas de comer otro.

Ahora luchábamos por abrirnos camino a través de las tormentas de febrero, las peores del invierno.

El mar hervía, formaba espuma y saltaba continuamente bajo el azote de vendavales que parecían perseguirse de oeste a este sobre el Atlántico. El U-230 luchaba entre rugientes remolinos, subiendo y bajando las montañas de agua; era lanzado hacia arriba por una enorme ola y atrapado por otra que lo sepultaba bajo toneladas de agua, y otra más. Los crueles vientos barrían la agitada superficie hasta a 150 millas por hora, silbando en el registro más agudo y rugiendo en el bajo más grave. Cuando estábamos de guardia, el viento nos castigaba con nieve, aguanieve, granizo y salpicaduras congeladas. Golpeaba nuestros trajes de goma, nos cortaba la cara como una navaja y amenazaba con arrancarnos las máscaras con anteojeras; sólo nuestros cinturones de acero que llevábamos en la cintura nos aseguraban al barco y a la vida. Abajo, dentro de la movediza cáscara de acero, los violentos movimientos hacia arriba y abajo que hacía el barco nos arrojaban contra las planchas del piso y nos sacudían de un lado a otro como muñecos. Y sin embargo nos las arreglamos para sobrevivir a las furias del viento y del agua y para llegar enteros a nuestra área designada.

La guerra en el mar había aumentado grandemente en escala desde que yo había intervenido en ella.

Nuestros sumergibles ya no operaban sueltos o en pequeñas jaurías de tres o cuatro. En cambio, ahora patrullaban el Atlántico Norte en grupos de 20 o 40, cubriendo extensas áreas con matemática precisión y bajo coordinación estrecha del mando de submarinos. Aproximadamente 100 submarinos, de un contingente de unos 250 en servicio activo, merodeaban ahora emboscados en todas partes de los siete mares. En nuestro gran grupo, el U-230 estaba en patrulla de avanzada en el extremo norte, y dos veces en diez días nos movimos por órdenes del cuartel general para localizar un convoy del que se había informado. Cortinas de nieve y cellisca limitaban nuestra visión a un máximo de una milla y nuestras posibilidades de avistar un convoy se reducían a un mínimo. No obstante, la suerte estaba con nosotros.

Acababa de ser relevado de mi guardia y estaba sacando litros de agua salada de mi traje de buceador, cuando el capitán asomó la cabeza en el cuarto de control. Su rostro regordete estaba enmarcado por una barba roja que llevaba tres semanas sin afeitar. Sus blancos dientes brillaron cuando dijo:

—Vamos a tener un poco de acción, primer oficial. Uno de nuestros barcos informa haber avistado el convoy. Ambos motores avante a toda máquina.

La novedad viajó rápidamente a lo largo del casco. Colgué mi ropa interior mojada en el cuarto de torpedos de popa, fui desnudo por el bamboleante barco hasta mi cucheta, me puse ropas limpias y me uní a la pequeña conferencia en el reducto del capitán. Nos inclinamos sobre una carta enmohecida en la que Prager había marcado la posición informada del convoy, y a pesar del rolido y cabeceo, nos las compusimos para trazar nuestra mejor aproximación.

Mientras los martilleantes diésels imprimían a los ejes altas revoluciones y el barco carenaba sobre las olas gigantes, la brigada de torpedos se ocupaba de sus armas, los maquinistas aceitaban los motores y los hombres de la radio descifraban una serie de mensajes; todos se desempeñaban bien aun cuando la mayor parte de la tripulación experimentaba por primera vez la magia de una persecución. El viento soplaba de popa y empujaba a los hombres en el puente contra la superestructura, como a hojas mojadas contra una pared. Olas poderosas levantaban nuestro barco y lo impulsaban hacia adelante. Sólo cuando cayó la noche el mar perdió un poco de su violencia; pero ni bien rompió el nuevo día, la rugiente tempestad alcanzó nuevas alturas y las olas parecieron llegar hasta el cielo. Al final del segundo día de cacería, estábamos cerca del convoy y nos preparamos para el furioso encuentro.

2138. La primera detonación de un torpedo aflojó nuestras tensiones. Ahora empezaba la competencia por tonelaje.

2143. Otra explosión, un relámpago. Las llamas revelaron la posición del convoy. Corregimos nuestro curso y arremetimos hacia adelante, en dirección norte y en curso paralelo a las olas. La visibilidad era cercana a cero cuando nos hundíamos entre las masas de agua. Las enormes olas parecían tragarse las llamas.

—¡Inundar tubos uno a cinco, prepararse para hacer fuego! —grité ansioso por empezar a disparar y temeroso de que mi orden se perdiera en el viento.

2215. Dos destructores aparecieron en nuestros anteojos, zigzagueando en la sección delantera de babor.

Mientras el U-223, con su baja silueta, permanecía oculto en la cadena de montañas de agua, los escoltas mostraban sus altos y negros perfiles con desvergonzada arrogancia. Sus erráticos movimientos nos obligaron a cambiar varías veces de curso. Finalmente viramos a babor para irrumpir a través del cordón, arremetiendo contra las olas y navegando más por abajo que sobre el agua.

Pasaron setenta minutos de implacable persecución, con nuestro barco avanzando entre ráfagas cargadas de nieve, la oscuridad, y un mar que nos azotaba sin misericordia. Súbitamente, tres escoltas aparecieron a babor. Con un rápido movimiento a estribor, el U-230 se hundió en el seno entre dos olas; escapamos sin ser vistos, dejándolos a 600 metros a popa. Cinco minutos más tarde virábamos nuevamente al norte.

Entonces…

Una columna de fuego directamente adelante. En el momento del relámpago avistamos a la armada.

Pronto tuve una fila de sombras en mis anteojos. Cinco minutos más y habían crecido hasta convertirse en gigantescos barcos de carga. Dos destructores zigzagueaban a estribor, un escolta lo hacía a babor. Habíamos topado con la columna de estribor del convoy. La concentración de fuerzas enemigas era enorme. Se hubiera dicho que una irrupción en el corazón del convoy era una tarea imposible. Pero las cosas no habían cambiado tanto.

El violento rolido y cabeceo me hacían difícil apuntar con el UZO y hacer fuego con precisión, de modo que me decidí por dos disparos en abanico. Le grité al capitán:

—¡Señor, tomaré los cuatro cofres adelante a babor!

Siegmann entendió, cambió ligeramente de curso y el U-230 surgió en posición de ataque flanqueando una columna de sombríos fantasmas. A mi orden de hacer fuego, el barco se estremeció cuatro veces. Eran las 2320.

Cuatro torpedos partieron en abanico. El capitán hizo girar el barco para permitirme disparar otra vez, pero el U-230 se resistió en el mar tumultuoso y me negó cualquier acción adicional. ¡Una bola de fuego, un impacto! ¡Un segundo relámpago! Un tercero. Las tres enormes explosiones enviaron al cielo surtidores de fuego y chispas. Después, las llamas se redujeron y los tres cargueros ardieron silenciosamente con sus cabrías apuntando grotescamente hacia la noche. El convoy envió señales de auxilio. Subieron y cayeron bengalas, pero la tormenta se llevaba los fuegos de artificio como sí fueran sábanas de tela ardiendo. Las bengalas con paracaídas se abrían pero el viento las destrozaba y arrojaba al agua. Pronto la oscuridad cubrió el campo de batalla. Lejos, a popa, los tres cargueros heridos se deslizaban lentamente hacia el fondo.

Hubo otra explosión en alguna parte hacia el nordeste. Otros submarinos se habían lanzado contra el convoy, cortando en dos las fuerzas de escolta. Brotaron murallas de agua y fuego. Mientras rugía la batalla, nos separamos de ella para recargar nuestros tubos. Abajo, los hombres empezaron su trabajo más duro izando los torpedos con grúas y cadenas hasta los tubos vacíos. Para facilitarles el trabajo, el capitán cambió de curso hacia el este para reducir los movimientos causados por el viento y el mar.

Entonces avistamos un destructor, una silueta negra que se movía violentamente. Nuestro curso este era mucho más cómodo comparado con el oeste que seguía el destructor. Como avanzaba contra el mar, su proa se hundía en las montañosas olas, levantando grandes masas de agua. Las enormes olas rompedoras se estrellaban contra su superestructura haciéndolo escorar tan peligrosamente que sus cañones tocaban la superficie del océano.

Tuve la ciara sensación de que me hallaba más seguro a bordo de un submarino y de que no cambiaría a éste por ningún barco de superficie a ningún precio. Con los vientos soplando ahora con fuerza huracanada, nuestra tripulación trabajaba y sudaba cargando los tubos, manteniendo los motores en marcha y conservando la flotabilidad del barco.

Cuando nuestros tubos estuvieron cargados, habíamos perdido al convoy. Al romper el día, lo buscamos en un mar terriblemente agitado. El U-230 trepaba los picos de agua con enorme esfuerzo, carenaba en las crestas, caía hacia abajo y se sepultaba entre las olas. Aquellas horas de precaria existencia en el puente nos ofrecían momentos de salvaje belleza. Cuando el barco llegaba a la cima de una ola prodigiosa, podíamos mirar fugazmente más allá de la cadena alpina de agua, a valles 50 o 60 metros más abajo. Y cuando el barco se hundía en las profundidades y se sepultaba en un espumoso remolino, parecía que las olas se juntarían encima de nosotros y nos impedirían la visión del cielo. Cuando las murallas de agua se elevaban a 70 metros de altura, sus crestas se desplomaban sobre nosotros los que estábamos en el puente y nos obligaban a permanecer largos segundos debajo de la superficie, apretados contra el puente por imponentes columnas de 30 ó 40 metros de océano. Hacia las 0900, las olas eran tan monumentales que nuestra búsqueda del convoy se convirtió en una burla. La orden de sumergirnos que dio el capitán fue recibida con gratitud, y pronto flotábamos a 140 metros, gentilmente mecidos por el océano enfurecido.

En un momento después de mediodía, cuando estaba dormitando en mi cucheta, oí una voz que hablaba como desde otro mundo y decía:

—Sonido de hélice, dirección tres cinco.

Era el sonidista, y solamente había susurrado.

Tenía que ser el convoy, cargueros o escoltas. Siegmann ordenó al jefe que pusiera el barco a profundidad de periscopio. Una vez más me enfundé en mi equipo de buzo que abotoné hasta el mentón. Ni bien el U-230 subió a 60 metros, un tremendo impulso del agua lo lanzó a la superficie como si fuera una pelota que rebotaba. El capitán y yo saltamos al puente segundos más tarde. Miramos a nuestro alrededor mientras nos asegurábamos con nuestros cables, y después nos miramos uno al otro, sorprendidos. ¡Habíamos emergido en medio del convoy!

Allí, a no más de 400 metros al este, un destructor averiado luchaba penosamente por sobrevivir en medio de vientos huracanados. Todavía más cerca, un carguero con el puente dañado se balanceaba indefenso.

Otros seis barcos, con las hélices expuestas y virando lentamente mientras cabalgaban sobre olas largas como acantilados, se alineaban en perfecta posición para la matanza. Había barcos por todas partes, la mayoría de ellos en dificultades. Gigantescas murallas de agua golpeaban sin misericordia sus cascos y superestructuras, doblaban sus barandillas como si fueran pajas, sacudían sus botes salvavidas y los arrancaban de sus pescantes, torcían las chimeneas, doblaban mástiles y aguilones, partían cubiertas, arrancaban puertas de escotillas, barrían la carga de las cubiertas y la arrojaban por la borda. Cachones tras cachones golpeaban los timones de los barcos, torcían los ejes. No hacían falta torpedos para hundirlos.

La lastimada armada, navegando de oeste a este sobre la superficie barrida por vientos huracanados, era incapaz de controlar su curso. Nuestro barco, rodeado de buques armados y con un destructor a distancia de tiro, bailaba tan violentamente sobre las olas que no corría peligro de ser atacado por el enemigo. Yo imaginaba el horror que nuestra aparición había causado entre los tripulantes del convoy; estaban blancos de miedo a ser torpedeados barco tras barco sin poder defenderse ni escapar. Gocé plenamente de la idea y del momento. Sin embargo, tampoco el U-230 podía atacar, porque los torpedos lanzados en ese mar salvaje no habrían llegado a sus blancos. Sólo una cosa podíamos hacer: nos sumergimos por debajo de las olas enloquecidas para capear el huracán en las tranquilas profundidades.

Veinte horas más tarde, una señal del cuartel general ordenó a todos los submarinos que iniciaran operaciones contra el castigado convoy y que informaran de sus posiciones. También nos informaron de que otros submarinos habían comunicado el hundimiento de seis barcos de la misma armada. Doce submarinos habían estado atacando durante tres noches y tres días, hasta que la operación fue interrumpida por las condiciones del tiempo.

El U-230 rompió su silencio radial, transmitiendo:

HUNDIDOS TRES BARCOS 16 000 TONELADAS. SOLICITAMOS NUEVAS ORDENES.

Empero, tres sumergibles no establecieron contacto con el cuartel general. Las pérdidas del U-187, del U-609 y del U-624 fueron un alto precio pagado por nuestra victoria.

 

El resto de febrero continuamos patrullando nuestros tormentosos campos de caza. Las pérdidas aliadas en el mes fueron por lo menos de 60 barcos, con un total de más de 350 000 toneladas de porte bruto, cifra considerablemente más grande que la de cualquier mes de febrero anterior. El año 1943 prometía todavía mejores resultados; el único problema era que los convoyes eran muy escasos y viajaban demasiado separados para satisfacer nuestras ambiciones.

La rutina de a bordo fue reemplazada por la excitación de la persecución y la batalla. Y era una rutina enloquecedora. El pequeño barco rolaba y cabeceaba, se escoraba y estremecía interminablemente.

Utensilios, repuestos, herramientas y conservas caían continuamente sobre nosotros; las tazas y fuentes de loza se estrellaban en las planchas del piso y en las sentinas mientras nosotros tomábamos nuestras comidas directamente de las latas.

Los hombres, enjaulados en el tambor que no cesaba de sacudirse, tomaban el movimiento y la monotonía con estoicismo. Ocasionalmente alguien estallaba, pero los ánimos se mantenían bien altos. Todos éramos pacientes veteranos. Todo el mundo a bordo tenía aspecto similar, olía igual, y adoptaba las mismas frases y maldiciones. Aprendimos a vivir juntos en un estrecho cilindro no más largo que dos vagones de ferrocarril.

Tolerábamos las fallas de los demás y nos volvimos expertos en los hábitos de los otros: cómo reía, rezongaba, hablaba y roncaba el otro, como bebía su café y se acariciaba la barba. La presión aumentaba con el paso de cada día sin acontecimientos, pero podía ser aliviada en un instante con el avistamiento de un gordo convoy.

Un día crudo y brumoso de principios de marzo, el capitán se me unió en el puente.

—Dígame, primer oficial —empezó—, ¿qué pasa con los ingleses? ¿Ya no se hacen a la mar?

—Creo que tienen bastantes problemas —repuse, manteniendo mis binoculares en un gran sector del horizonte—. Tal vez estén reagrupando sus fuerzas… ¿quién sabe?

—Tiene que pasar algo pronto, esta holganza no puede durar mucho más. — Siegmann estaba por encender un cigarrillo cuando una gran ola se estrelló contra la superestructura bañándolo y arrancándole su cigarrillo. El capitán resopló—. Maldita sea, el Barbudo de arriba ni siquiera me deja encender un cigarrillo.

Siegmann dejó el puente y se fue a fumar en la timonera blindada.

—¡Convoy en AK79, curso este, nueve nudos! —gritó Riedel.

Minutos más tarde el capitán estaba nuevamente en el puente, envuelto en gruesas ropas enceradas.

—Primer oficial, le diré lo que pasa con los Tommies. Últimamente no envían convoyes pequeños. Esperan hasta que sesenta o setenta barcos se hayan acumulado en puerto antes de lanzarlos al mar. Este convoy, del que se informa que está a 120 millas al sur, tiene sesenta y cinco barcos. ¡Vamos a ellos! Ambos motores avante a toda potencia, timón todo a la derecha, nuevo curso uno cuatro cero.

Aquel día, 8.de marzo, empezó una cacería. El barco que había establecido contacto con el enemigo enviaba radio señales de orientación a intervalos regulares. Las nevadas reducían la visibilidad a cero y por momentos nos obligaban a navegar a ciegas. Después de 14 azarosas horas, habíamos cubierto bastante más de 150 millas y aún seguíamos avanzando hacia el sudeste, buscando, olfateando, sondeando.

Ya oscuro, a las 1910, rozamos al convoy por primera vez.

Borchert, un hombre de mi guardia que tenía ojos de águila, avistó un destructor. Salté al cuarto de popa y estribor y vi un típico costado de buque detrás de una cortina de nieve. El barco navegaba siguiendo un curso paralelo y supuse que hacia un tiempo que lo teníamos de compañía. Viramos a babor, apuntamos nuestra popa a la sombra y nos alejamos. Pero habíamos sido detectados. El escolta viró majestuosamente en redondo hasta que nos tuvo directamente adelante. Siegmann pidió máxima potencia a los motores y envió nuestro barco hacia un chubasco de nieve, directamente a babor. Seguimos el movimiento del chaparrón y permanecimos ocultos tras la nieve que caía. Cuando notamos el olor de humo y diésel, el capitán ordenó que la tripulación ocupara los puestos de combate.

A las 2130 el cielo se despejó súbitamente. Brillantes estrellas aparecieron entre jirones de nubes y la luna, emergiendo detrás de cortinas de nieve bañó la superficie con su luz de plata. No muy lejos, un destructor cambiaba de curso en una pauta normal de barrido. Cuando escapábamos de la sombra, vi que todo el horizonte oriental estaba sembrado de puntos negros. Pero la luna desapareció y la cortina cayó delante de nosotros.

Dos minutos más tarde avistamos otro escolta a babor cuando emergía de un banco de nubes.

Viramos rápidamente a estribor, hacia una pared blanca y mullida de copos.

2335. Una doble explosión adelante. Nos apresuramos hacia el estallido. Treinta minutos más tarde viramos para eludir un destructor a estribor. Después, Siegmann puso nuevamente su barco en la dirección de la explosión. Sin embargo, el convoy parecía haberse disuelto.

0240. Sombras adelante… barcos de carga. Empecé los procedimientos de ataque. Dos, tres minutos, y el U-230 estuvo en una posición perfecta. Súbitamente, un movimiento en las columnas. Pronto todo el desfile nos mostraba sus popas. De estribor se acercó un barreminas, obligándonos a retirarnos. Después de una audaz arremetida entre nieve y granizo, casi chocamos con la alta popa de un carguero. Una brusca maniobra de timón, un viraje a estribor, una arremetida hacia adelante paralelamente al barco, a distancia no mayor de 400 metros.

Apunté y lancé un torpedo.

El barco se partió por delante del puente. En seguida el convoy empezó a transmitir furiosamente.

Numerosas bengalas se elevaron hacia las nubes, brillaron brevemente en el cielo y fueron extinguidas por las blancas sábanas de nieve y cellisca. Mientras el mercante se hundía, corrimos adelante para lanzar otro ataque. Sin embargo, el día amaneció con súbito brillo, atrapándonos entre el convoy y el cordón de destructores.

Fuimos de un lado a otro en el mar hirviente, manteniendo contacto con los destructores mientras jugábamos al escondite tras las cortinas de nieve e inhalábamos los malolientes gases de escape da unas 60 humeantes chimeneas. Ese día hicimos siete u ocho contactos con destructores, y por la tarde nos sumergimos brevemente para sondear sónicamente al convoy. A las 2000, el cuartel general ordenó a todos los submarinos que comunicaran sus posiciones. Contando las respuestas, nos enteramos de que había 18 lobos mordisqueando los flancos del convoy.

2215. Largas sombras a estribor. Destructor, distancia 1400 metros. Luz roja en la punta de un mástil. Probablemente rescatando sobrevivientes.

2240. Enorme sombra adelante a babor. Una más pequeña, un escolta, emergió desde atrás, cruzó nuestro rumbo… y el mercante desapareció. Nos lanzamos a perseguir al carguero pero, en cambio, nos encontramos con otro destructor.

Siegmann gritó furioso:

—¿Cuántas más de estas latas tienen en este convoy?

Hicimos una maniobra evasiva y pasamos sin ser vistos la estela del escolta.

2310. Dos siluetas a babor, altas y macizas, una más baja a estribor. Siegmann movió su barco hasta ponerlo en posición de ataque. Entre el viento, me llegó su voz:

—Ahora es su turno, primer oficial.

Apunté y grité:

—¡Tubos uno y tres, fuego!

El destino del barco quedó sellado a las 2325. Mientras los torpedos viajaban hacia el blanco, el U-230 arremetió directamente hacia adelante. Apunté a tres sombras en línea y me preparé para soltar el resto de mis torpedos en rápida salva. Antes de que pudiera tirar de la palanca, los primeros torpedos explotaron y enviaron una columna de fuego desde el blanco hacia el cielo. Ese fue el fin del barco… y el fin de mis disparos. Dos destructores venían hacia nosotros. El capitán gritó, el barco describió una curva cerrada, y nos alejamos a toda velocidad. Pasamos a unos 70 metros de la popa del carguero moribundo dejándolo entre nosotros y los destructores que nos perseguían. Pero entonces el mar quedó despejado: el barco se había hundido. El U-230 cargó contra el viento cortando las olas de frente, y en seguida empezó a zigzaguear para librarse de los escoltas.

Un rápido movimiento a estribor, y en minutos estuvimos detrás del granizo. Una vez más se interrumpió el contacto con el convoy. Pasó la medianoche, y nada de sombras. Buscamos tres horas en dirección norte y después navegamos hacia el este. Aparte de unos pocos contactos con escoltas, no detectamos barcos.

10 de Marzo.

0640. El capitán permitió que la agotada tripulación dejara los puestos de combate y bajó para hacer una siesta. Quedé en el puente para terminar mi turno de guardia. Olas de un color verde sucio, con blancos copetes de espuma, subían y caían; parecían de mármol. Un viento rugiente impulsaba unas nubes grises y bajas; nieve y granizo caían furiosamente sobre nosotros.

0710. Empecé a estornudar. Un inconfundible olor a humo y aceite quemado.

0713. El olor se intensificó. Irrumpimos a través de una pared de nubes y vimos seis barcos balanceándose en un dorado parche de sol.

—¡Capitán al puente, tripulación a puestos de combate! —grité dentro de la timonera blindada.

Entonces hubo un estallido desgarrador. El barco más próximo, un carguero de 10 000 toneladas, había explotado y empezaba a reducirse a pedacitos. La onda expansiva nos golpeó con tanta fuerza que nuestros pulmones casi estallaron. Siegmann asomó la cabeza por la escotilla, pero volvió a hundirla mientras los gigantescos fuegos de artificio enviaban trozos de acero volando por el aire y toneladas de restos empezaban a caer. Me puse a cubierto detrás del puente con los demás que estaban de guardia. Largos segundos más tarde, cuando me atreví a espiar sobre el borde del puente, vi cinco barcos que luchaban dificultosamente con las olas y allí, a 1000 metros a estribor, dos destructores que se lanzaban contra nosotros desde atrás de un carguero. Un tercer escolta surgió desde popa. Desesperadamente, grité:

—¡Despejen el puente, ambos motores avante en emergencia! ¡Alaaarmaaa!

No nos quedaba más que una cosa que hacer: sumergirnos a gran profundidad y recibir el castigo destinado al sumergible autor de los disparos. Pero el oleaje retenía nuestro barco como una garra de hierro; aunque el U-230 luchaba violentamente por desaparecer en las profundidades, la tensión superficial lo retenía como si estuviera en un mar de engrudo. Todos los hombres ociosos se precipitaron al cuarto de torpedos de proa. Su peso adicional inclinó lentamente el barco hacia abajo, mientras la amenazante cadencia de las hélices de los destructores se acercaba rápidamente. Con enloquecedora pereza, el U-230 se encaminó hacia las profundidades.

Una serie de ocho cargas de profundidad sacudieron violentamente nuestro barco y lo enviaron directamente abajo. Friedrich consiguió detener la caída casi a 200 metros y lo niveló. El U-230 flotó silenciosamente en un arco amplio, profundo y evasivo. Mientras el convoy se alejaba hacia el este, los impulsos del Asdic empezaron a golpear nuestro casco, penetrantes, amenazadores. Quince minutos después del primer ataque, una lluvia de dieciséis cargas explotó sobre la timonera blindada en infernal concierto. Bajo el impacto, gimió nuestro acero y se astillaron los armarios de madera. Cambiamos drásticamente de curso para eludir la andanada siguiente, pero el enemigo que teníamos arriba no era ningún novato. Otra serie de 24 cargas golpeó contra la superficie, cayó lentamente y en seguida detonó cerca de nuestra popa. La tercera salva nos levantó de las planchas del piso. Los rostros barbudos se volvieron hacia arriba y ojos inyectados en sangre buscaron temerosos una brecha en el casco. Un hombre en el mamparo de popa susurró:

—Empaquetaduras de las Hélices haciendo agua rápidamente.

El jefe trató vanamente de equilibrar el barco y ponerlo en la horizontal. Las vías de agua habían llenado la sentina de popa y el barco se inclinaba hacia abajo por atrás. El U-230 flotaba hacia el fondo en un ángulo cada vez más pronunciado, con velocidad que aumentaba lentamente. Las cargas de profundidad explotaban cada veinte minutos exactos. Pasaron nueve horas, y los destructores seguían arrojando sus latas.

El frío penetraba por el casco y nos hacía temblar. La humedad se condensaba en el casco, en caños y conductos y caía sobre nosotros calándonos hasta los huesos. El U-230 se inclinaba a popa en un ángulo de 30 grados, con los estabilizadores de popa y de proa desplegados, y luchaba desesperadamente para detener su descenso. Ya había caído a 245 metros. A menos que la persecución cesara permitiéndonos levantar el bote, nuestro destino era el fondo del océano, 5000 metros más abajo de nuestra quilla. Pero cuando el día llegó a su fin, los tres escoltas se alejaron a toda máquina hacia el convoy. Permanecimos sumergidos otras dos horas a una profundidad más confortable, y después emergimos.

Me prometí encontrar al capitán del submarino cuyo torpedo había atraído a los destructores hacia nosotros. Semanas más tarde supe que era Trojer, comandante del U-221, quien había hundido al barco que transportaba municiones. Sin embargo, no tuve oportunidad de decirle cuánto nos había hecho sufrir. El U-221 no regresó de una misión posterior.

Nos liberamos del aire viciado, desagotamos las sentinas y recargamos nuestros acumuladores.

Después informamos al cuartel general de nuestro triunfo no comunicado y nos lanzamos hacia la noche a alta velocidad.

En las primeras horas de la mañana, Riedel descifró un mensaje vital del León. Decía que en tres días y noches de lucha, nuestro grupo había hundido seis barcos aliados con un total superior a las 50 000 toneladas. Aún más importante, el mensaje nos ordenaba abandonar nuestra persecución del convoy SC 121 y tomar posiciones en una nueva patrulla formada para interceptar otro convoy que se esperaba proveniente de Halifax. De los varios radiogramas que interceptamos, llegué a la conclusión de que estaba preparándose algo muy especial. Por lo menos 40 submarinos habían sido desplegados en un área de 80 000 millas cuadradas que incluía las principales rutas de convoyes del Atlántico Norte.

El U-230 ocupó su nueva posición y navegó tres días en mar extremadamente agitado. El 16 de marzo, uno de nuestros barcos topó con el convoy SC 122 e informó del contacto. En seguida, 40 submarinos recibieron la orden del cuartel general:

TODOS LOS SUMERGIBLES DIRIGIRSE A MÁXIMA VELOCIDAD HACIA CONVOY CUADRÍCULA BD14. MÁS DE SESENTA BARCOS CURSO NORDESTE NUEVE NUDOS.

Calculamos que alcanzaríamos al enemigo en 12 ó 14 horas y arremetimos con renovado vigor hacia los nuevos blancos. Pese a la enorme tensión de luchar contra las borrascas y el enemigo durante siete semanas, la moral de la tripulación era muy alta. En algún lugar hacia el este, donde la noche ya había caído sobre el océano, se mecía el convoy con sus oficiales y marineros constantemente alertas ante la amenaza de ser avistados, atacados, diezmados, humillados, masacrados. Esa amenaza crecía con cada milla y era mayor en el centro del Atlántico. Y ese punto fue alcanzado la noche siguiente.

Dos horas después de que el sol se hundió en el mar, apareció la luna detrás de nubes veloces. Su pálida luz amarilla no nos servía de mucho; en realidad, disminuía nuestras posibilidades de hacer fuego desde corta distancia. Cuando la noche avanzó un poco más, los fuertes vientos disminuyeron ligeramente.

Borchert, nuestro hombre de los ojos mágicos, vio primero las sombras:

—Destructor rumbo norte, distancia cuatro mil.

—No lo pierda de vista, hijo y avíseme cuando vire —dijo quedamente Siegmann, sin dejar su puesto.

No teníamos forma de saber si habíamos sido detectados: nuestra cruz de Vizcaya hacía rato que había sido guardada, puesto que era inútil en el medio del Atlántico, donde todavía no había aparecido ningún avión enemigo. Pronto el sombrío destructor desapareció de nuestra vista. Eran las 2130. Durante las dos horas siguientes atravesamos una noche salvaje con vientos aullantes y breves remolinos de nieve.

Convertíamos el mar en rocío y espuma y dejábamos un gran remolino a popa de nuestra timonera blindada semisumergida. El agua blanca delataría nuestra presencia a cualquier enemigo que anduviera por las cercanías.

2240. Fue nuevamente Borchert quien avistó al convoy:

—Sombras a babor, distancia 6500 metros. ¡Está todo el rebaño!

Las sombras, como puntos del tamaño de cucarachas, se movían a lo largo del esfumado horizonte iluminado por la luna. Largas olas rodantes golpeaban periódicamente el fantasmal desfile. Nos acercamos a la flota desde el sudoeste, tratando de cortar su columna de estribor. Pronto llegamos a un punto a 4000 metros al sur de la última fila de barcos y nos pusimos paralelos a ellos, en el sentido del viento y el mar, para establecer todos los datos de los blancos.

2330. El primer destructor del cordón interior surgió de la oscuridad. Durante unos pocos minutos navegó a alta velocidad entre nosotros y el convoy; después giró 120 grados, siguió nuestra estela, cambió de curso nuevamente y se acercó rápidamente a la última columna de los lentos blancos. Siguiendo por el flanco sur de los mismos, el U-230 se adelantó lo suficiente para que Siegmann girara hasta colocarse en posición de ataque.

Pero ni bien nos volvimos, el barco empezó a balancearse violentamente, produciendo una traicionera estela blanca que se extendía cada vez más y brillaba como una antorcha a la luz de la luna. Una sombra se separó del negro telón de fondo y la silueta de un destructor surgió súbitamente. No estaba solo; otro escolta emergió de más atrás. Viramos y escapamos entre los valles de las grandes olas, vimos los escoltas que arremetían hacia el sur, los seguimos con la vista unos segundos y viramos nuevamente para reanudar nuestro ataque.

Aunque el U-230 era sacudido continuamente por fuertes cachones, avanzaba inexorablemente hacia la posición de fuego. Lejos a babor, tres destructores patrullaban rigurosamente mientras dos escoltas recorrían la superficie a popa. Delante nuestro navegaba uno de los más grandes convoyes que cruzara jamás el Atlántico. Sombra tras sombra aparecían en los lentes de mi UZO, y sus mástiles se erizaban en el horizonte como un espeso cerco de estacas.

—Destructores a popa, acercándose rápidamente —dijo nuestro piloto.

Sin usar mis binoculares, vi los monstruos que venían hacia nosotros como flechas. Blanca espuma saltaba de sus puentes y cubiertas de proa. El U-230 no hizo ningún movimiento evasivo; primero teníamos que hacer fuego contra los blancos.

—¡Primer oficial, elija sus blancos! —aulló Siegmann en medio de la tormenta.

—¡Tubos uno a cinco, preparados! —Grité yo hacia la escotilla—. Listos… listos…

—¿Qué están haciendo esos tipos a popa? —Era otra vez el capitán.

Antes de que el marinero pudiera contestar le di un codazo en las costillas, le dije que se quedara callado, e informé:

—Siguen a la misma distancia.

No era verdad; los escoltas seguían acercándose. Corregí mis datos y en seguida alinee las sombras ante nuestra proa para la ejecución final. Una por una cruzaron el retículo del UZO. Apunté con cuidado a los blancos más gordos.

—¡Se acaba el tiempo, oficial, dispare! —gritó el capitán.

Bajé cinco veces la palanca. Inmediatamente, Siegmann dirigió su barco hacia la cola del convoy para sacarse de encima a los destructores que nos perseguían. Enfrentamos directamente las gigantescas olas, hazaña que los destructores no podían imitar. En seguida oímos el terrible retumbar de tres fuertes explosiones. Cegadoras bengalas iluminaron innumerables cargueros, destructores y rastreadores. Tres barcos, convertidos en antorchas flotantes, se salían de la fila. La armada dio un súbito viraje a babor y disparó hacia el cielo sus bengalas de socorro. El U-230 hundió su aguda proa hacia el oeste y se introdujo en la negra muralla de otra tormenta de invierno. La confusión, la excitación y los fuegos de artificio disminuyeron.

Siguió el silencio. Dos de los barcos heridos terminaron de romperse en la mar gruesa. La tercera víctima se había perdido de vista y no la vimos hundirse. El convoy desapareció en la tormentosa vastedad del océano.

El U-230, agotados sus torpedos, se retiró del campo de batalla. Durante la noche observamos más relámpagos y oímos el retumbar de más torpedos que explotaban. Cuando a la mañana salió el sol, despejando la niebla y enviando nubes rojas y doradas hacia el cielo azul, cuando los bancos de nieve se fundieron sobre el mar caótico y humeante, los aliados habían perdido 14 barcos, con más de 90 000 toneladas. Seis barcos más iban a la deriva, averiados, sobre el océano picado.

El U-230, escaso de combustible y de comida, inició su regreso a puerto. Transmitimos un breve mensaje al cuartel general:

HUNDIDOS SIETE CARGUEROS 35 000 TONELADAS. DOS MÁS AVERIADOS. REGRESAMOS A LA BASE.

Mientras íbamos hacia el sudeste en medio de la ventisca, la batalla con el convoy SC 122 proseguía con dramática furia. Cuando terminó el 17 de marzo, ocho cargueros más se habían hundido hacia sus tumbas de agua. Cuando la noche del 18 de marzo se cerraba sobre cazadores y cazados, el trueno de las cargas de profundidad y las detonaciones de los torpedos empezaron de nuevo y continuó la lucha desesperada del convoy contra la aniquilación. Todo el día siguiente, los submarinos siguieron persiguiendo al enemigo y abriéndose paso entre la reducida flota. Después, los submarinos detectaron súbitamente otro convoy en la estela del SC 122; se abrieron camino entre las cortinas de los escoltas, la ventisca y las olas montañosas, y llegaron a los flancos del Convoy HX 229. Empezó una nueva batalla. Pronto los dos convoyes heridos se fusionaron en un holocausto gigantesco donde más de 130 cargueros y más de 30 destructores y corbetas chocaron con 38 sumergibles. La batalla siguió dos días y dos noches más; grandes trechos de océano resonaron con los fuertes estallidos de los torpedos que hacían impacto y con el sonido de los cascos aplastados.

Cuando los sumergibles quedaron sin combustible y sin torpedos, cuando nuevas ventiscas cubrieron a los convoyes heridos con nieve, granizo y niebla, cuando sus averiados sobrevivientes alcanzaron por fin la protección de los bombarderos británicos de largo alcance, sólo entonces terminó la infernal batalla. La misma había sembrado el fondo del Atlántico con barcos aliados. Un lacónico informe del Cuartel General de Submarinos describió las dimensiones de nuestra victoria:

 

En total fueron hundidos 32 barcos con 186 000 toneladas y un

destructor y se hicieron impactos en otros nueve barcos. Este es el éxito más grande jamás logrado en una sola batalla contra convoyes, y resulta aún más notable por el hecho de que casi la mitad de los submarinos que intervinieron hicieron por lo menos un impacto.

Mientras que uno de los encuentros navales más grandes de la historia significó la pérdida de 32 barcos británicos, norteamericanos, holandeses, noruegos, griegos y panameños, nosotros perdimos un solo submarino. El U-384 cay6 víctima de las bombas de un avión del Comando Costero Británico, el último día de la gigantesca lucha.

Cuatro días más tarde, el U-230 se acercaba a los límites del Golfo de Vizcaya. Nuestro herrumbrado y castigado barco hacía 14 nudos. Siegmann anunció que nuestro destino era Brest, el puerto donde yo había dejado a Yvonne. Me gustó la perspectiva y me regocijé con nuestras espectaculares victorias.

Todo en el mundo parecía andar muy bien.