Ataúdes de acero

Herbert A. Werner · Capítulo 17 de 30

Páginas del PDF

Ataúdes de acero

Capítulo 16

 

El U-230 descansó por fin en el refugio de hormigón en Brest. Sólo entonces, con siete metros de hormigón reforzado sobre nuestras cabezas, estuvimos seguros. Cuando crucé la planchada y di mis primeros pasos vacilantes sobre suelo firme, el cemento me transmitió una sensación de seguridad que atravesó mis botas incrustadas de sal y llegó hasta mis huesos.

Aspiré profundamente, y solté un gran suspiro de desaliento. Ese era todo lo que podía hacer en relación a nuestra fortuna adversa en la guerra de los submarinos. Nada iba bien para nosotros en esos días, hasta nuestro nuevo y tan elogiado torpedo maravilla no rendía tan bien en combate como en las demostraciones realizadas en condiciones ideales. Ahora teníamos poco terreno para perder. Dos años antes, nuestra línea de batalla estaba lejos, mar adentro. En la primavera pasada se había acercado a la plataforma continental.

Ahora, el frente se había establecido en la misma costa de Francia. Muchos submarinos, que de alguna forma habían logrado mantenerse a flote durante las semanas de su patrullaje, fueron hundidos a la vista de la costa, momentos antes de que sus tripulaciones pudieran pisar el muelle de cemento.

La diferencia entre entonces y ahora era dramáticamente evidente en Brest. Noté muchos amarraderos vacíos en el bunker. En la primavera pasada, tres barcos habían estado apretados en cada uno de los diques y otros debían esperar turno afuera, en el espigón abierto. Noté la calma desusada que envolvía al astillero. No hacía mucho, el astillero bullía de actividad mientras nuestros barcos eran atendidos veinticuatro horas al día. Y no se trataba de que los barcos estuvieran en el mar persiguiendo convoyes; solamente unos pocos quedaban allí afuera, en el Atlántico, y cada uno de ellos estaba cumpliendo solitarias operaciones de golpear y huir, simplemente para obligar al enemigo a mantener su extendido sistema defensivo. En octubre, 24 sumergibles fueron hundidos, la mayoría bajo una granizada de bombas, el resto bajo los golpes de las nuevas y más letales cargas de profundidad.

El resultado de nuestro propio patrullaje fue una contribución sorprendentemente grande al pequeño total de navegación enemiga destruida por nuestras unidades. Pero los muchos lugares vacíos que encontramos en nuestros comedores abatieron todo el orgullo que pudimos haber sentido por nuestra misión cumplida. El olor de la muerte estaba en todas partes.

Mi primera cena en puerto me proveyó no solamente con las primeras verduras frescas en varias semanas, sino también, con más noticias desdichadas. Strohmeyer, uno de los oficiales del estado mayor, me contó que tres de mis condiscípulos y amigos íntimos habían muerto en el mar. Otro había perecido a bordo de su barco cuando una explosión destrozó el compartimiento de baterías de proa. El barco logró regresar a puerto pero mi amigo fue sepultado en el Atlántico. A continuación, Strohmeyer me dio un latigazo con la noticia de que Gerloff y Goebel, mis compañeros a bordo del U-557, se habían ido al fondo con sus barcos en los meses de verano. Sintiendo el roce de la muerte, di las buenas noches a Strohmeyer y me fui al salón contiguo.

En el bar estaba un buen grupo de nuestros indestructibles. La noche aún era joven, pero sus espíritus ya llegaban a alturas vertiginosas. Allí estaba Riedel, luciendo un bigote que se había dejado como recuerdo de nuestras muchas patrullas sin afeitarnos. Allí estaban von Stromberg, Burk y otros más. Me uní a ellos, y bebí, y canté. Recorrimos todo un repertorio de canciones, algunas de las cuales habían sido compuestas según las melodías de «Gusano de luz», de Linke. Después coreamos los versos de nuestra versión de una canción popular mientras Burk aporreaba la melodía en el piano:

 

Si nos hundimos hasta el fondo del océano,

Caminaremos hasta la costa más cercana,

Hacia ti… Lilly Marleen,

Hacia ti… Lilly Marleen…

Como sucedía á menudo cuando se nos terminaba el champaña, la paciencia o el ingenio, decidimos visitar a Madame y a las muchachas del Casino Bar. Sin cambiarme mis ropas de fajina, me apilé en el atestado automóvil y partimos hacia la ciudad oscurecida en prevención de ataques aéreos.

El Casino Bar estaba lleno de humo y ruido y alegremente iluminado. Varios amigos de la 1.a Flotilla ya se encontraban allí; rugieron saludos y chanzas ante nuestra tumultuosa llegada. Madame estaba seductora como siempre, y su mercadería aún era de una cierta calidad que hacía tiempo distinguía de otros a ese lugar. Madame me saludó amablemente, pero con un asomo de reproche:

—Monsieur, hacía mucho tiempo que no lo veíamos por aquí. Espero que mis muchachas no lo hayan tratado mal.

—No, no fue culpa de ellas, fue… —me detuve recordando que la casa era, posiblemente, un centro de espionaje aliado—. Fue la marea que me llevó lejos, Madame.

Ella trató de inducirme a que hiciera mí selección pero yo no tenía planes especiales para esa noche.

Me senté en el bar, bebí una copa, escuché la música del fonógrafo y observé a mis amigos que elegían compañeras.

Ni las muchachas ni el dulce champaña lograban estimularme, pese a que eran estímulos todo lo que queríamos y necesitábamos en aquellos días amargos. Comprendía que el Casino Bar había perdido todo su atractivo para mí.

Cuando el reloj terminó de dar la medianoche, empezaron a aullar las sirenas de alarma antiaérea, y mis camaradas se apresuraron a dejar el Casino Bar. No los asustaban las bombas; simplemente, no querían quedar atrapados en el CB, lo cual hubiera resultado de una fama menos que deseable. Las sirenas seguían sonando con fuerza cuando un grupo de nosotros salió a las oscuras calles de Brest mientras los FlaK se hacían sentir en la campiña, en dirección a Quessant.

Sin tiempo para regresar al recinto de la base, la mayoría de mis amigos buscó refugio antes de que los bombarderos llegaran sobre la ciudad. Vi los proyectiles antiaéreos estallando en el cielo y observé que el embate principal del ataque aliado era dirigido contra el sur de Brest. En los minutos siguientes vi incendiarse seis o siete aviones que se salieron de formación y cayeron en exquisitos tirabuzones, dejando regueros de chispas. Los sumamente perfeccionados FlaK de Brest brindaban una función tan espectacular que súbitamente caí en cuenta de que me había olvidado de buscar refugio. Pero para entonces ya no era necesario; los restos de la ilota aérea habían desaparecido.

Con tanta agitación, nadie pensó en irse a dormir. Nos unimos a un grupo de amigos en un bar para beber más champaña. Pero cuando estaba instalándome en un banco alto, la puerta se abrió violentamente y alguien gritó:

—¡Vienen los norteamericanos!

Saltamos de nuestros asientos llenos de incredulidad, aunque después de los desembarcos aliados en Sicilia e Italia, cualquier cosa era posible. Sin embargo, el joven oficial que había traído la noticia se apresuro a añadir:

—No se pongan nerviosos, hombres. Sólo quise decir que traen a los pilotos norteamericanos que hemos derribado. La mayoría están heridos. ¿No quieren verlos?

La noche se tornó más interesante. Corrí al cercano hospital naval para ver a los extranjeros de ultramar. El patio del hospital estaba bañado en la luz de numerosas lámparas de arco. Camiones y ambulancias se detenían en la playa de estacionamiento, de a dos y de a tres a la vez. Ordenanzas, enfermeras y curiosos se agolpaban alrededor de los vehículos en la entrada. Las víctimas de nuestros FlaK, algunas con graves quemaduras, eran bajadas en camillas. Dentro del hospital, un médico me permitió entrar en la antesala. Los recién llegados eran llevados adentro ni bien los norteamericanos eran sacados de las operaciones de emergencia. Uno de los yanquis, vistiendo todavía su chaqueta de vuelo de cuero, parecía hallarse en mejores condiciones que sus camaradas, pero ponía lo ojos en blanco y volvía la cabeza de dolor.

Cuando me le acerqué, vi que tenía una herida extensa, pero superficial, que iba desde la frente hasta el cuello, dividiendo nítidamente el cuero cabelludo. Llevaba el pelo muy corto, al estilo militar prusiano. Al ver a mi primer enemigo tan de cerca, no pude resistirme a hablarle y hacerle preguntas.

—Ya ves lo que consigues tratando de bombardear nuestras bases de submarinos —dije en inglés.

El norteamericano prefirió guardar silencio. Probé nuevamente:

—¿Duele?

—Siguió sin responder, pero yo insistí:

—Dime, ¿cómo fue que recibiste esa herida?

Ahora movió levemente la cabeza, como si le sorprendiera que un enemigo pudiera interesarse en su estado. Entonces, habló:

—Bueno, sucedió que salté de mi carlinga. Le dieron a mi avión, estaba incendiándose. La tripulación ya había saltado. Pero yo no podía salir de la carlinga, la cúpula estaba atascada. Golpeé mi cabeza contra ella hasta que se rompió y salí volando. Así debió ser como me hice este corte. Cómo llegué al suelo, no puedo acordarme.

Me intrigaba su fuerte acento americano, porque a mí me habían enseñado el inglés «inglés».

—De modo que así terminó la guerra para ti —comenté—. ¿Te alegra eso?

—Bueno, la guerra podrá haber terminado para mí, pero para ustedes, los alemanes, habrá terminado muy pronto.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Lo que oyó. Vamos a pulverizar sus bases y su industria y en unos pocos meses… no tiene importancia…

—Sí —continué donde él había dejado—, en unos pocos meses se los haremos pagar. Mira, no sé qué les han contado sobre nosotros y nuestro potencial bélico. Pero puedo asegurarte una cosa: un día, todos sus aviones caerán del cielo y ese será el final de la guerra para ustedes. —Estaba pensando en nuestras muy discutidas armas nuevas, incluidos rayos de la muerte y bombas atómicas, que entonces se encontraban en etapa de desarrollo.

—Oh, seguro —dijo sarcásticamente el norteamericano—. ¿Qué pasó con sus submarinos? En seis meses destruimos a la mayoría. Todo será igual. Ustedes no pueden durar mucho más.

Quedé impresionado por sus conocimientos, pero también encolerizado por su arrogancia.

—Lo que dices no tiene sentido. ¿Quién te ha dicho que no hay más sumergibles?

—¿No es la verdad?

—No, no lo es. Yo soy una prueba viviente. Acabo de volver de un patrullaje, y puedo asegurarte que todavía hay muchos en el mar, y pronto habrá centenares disponibles, más veloces y más potentes que los que están ahora en el frente. Con ellos barreremos a tus marineros de los océanos. —Lo que dije, de alguna manera me alivió.

Pero el yanqui sonrió escépticamente y dijo:

—Escuche bien lo que voy a decirle. Un día lo recordará, y ese día no está muy lejano. Hagan lo que hagan ustedes los alemanes será demasiado tarde. El tiempo trabaja para nosotros… solamente para nosotros.

Convencido de que era una típica víctima de la propaganda aliada, le palmee el hombro y dije:

—Comprobarás que los alemanes no somos tan malos como nos pintan los periódicos de ustedes. Te deseo una rápida, recuperación, y algún día tendrás que admitir que yo tenía razón.

Nos sonreímos, y me marché. La próxima escala del yanqui era la mesa de operaciones, y después, un largo descanso tras vallas de alambre de púas.

 

Cuando volví al recinto de la base ya era de día, y demasiado tarde para acostarme. En cambio, vacié mi maleta, colgué mi uniforme y mi traje de civil en el guardarropa y acomodé mis libros sobre el escritorio.

Elegí uno y traté de leer, El esfuerzo no tuvo éxito, porque oía al piloto norteamericano diciéndome que el tiempo trabajaba para ellos, solamente para ellos. Me puse inquieto. Me dediqué a las cartas que había recibido de casa y volví a leerlas. Pero la voz del norteamericano hablaba entre las líneas de cada carilla. Los raids aéreos (escribían mis padres) se incrementaron notablemente, y uno de los amigos de negocios de mi padre murió en un ataque. Las cartas también revelaban que el esposo de Trudy había vuelto a casa de licencia y que los dos habían pasado una semana en la Selva Negra, donde las noches todavía eran tranquilas y libres de ataques aéreos. Esas cartas reflejaban toda la verdad, el amargo hecho de que hasta en casa las cosas se deterioraban rápidamente. Oí al norteamericano diciendo que el tiempo trabajaba para ellos, solamente para ellos.

Esa mañana temprano llevé al U-230 a la bahía de Brest para hacer varios ensayos. El ingeniero jefe de la flotilla era rápido en determinar y programar el mínimo de reparaciones necesarias a realizar a bordo, porque el frente exigía una rápida rotación de los pocos submarinos que aún seguían a flote. Nuestro viejo caballo de batalla tenía que ser limpiado, pintado y reacondicionado en dos semanas, lo cual significaba que no había tiempo de enviar a nadie de licencia. Por segunda vez investigué la disponibilidad del schnorkel, pero en la base no encontré a nadie que pudiera darme una respuesta inteligente. En cambio, se me informó que nos darían dos receptores de radar perfeccionados que detectarían longitudes de onda en la gama subcentimétrica, poniéndonos de esa forma adelante de los rápidos progresos del enemigo en la guerra electrónica. En nuestro cruel duelo en el mar, nos habían obligado en tal grado a ponernos a la defensiva, que los aliados dictaban los términos y el armamento.

En el primer fin de semana en tierra, di la espalda al puerto y al barco, y a últimas horas de la tarde del viernes tomé el expreso Brest-París. Por la noche, fui al lavabo y me puse mi traje de civil. Por convenio previo, encontré a Marguerite bajo la Torre Eiffel. Ella llevaba un vestido de seda azul con flores bordadas. La abracé y me encontré con los ojos de soldados alemanes, celosos de este indiscreto francés. París estaba templada y fragante. El fuerte aroma de las hojas caídas, el olor de las aguas del Sena, los rastros de perfume traídos por la brisa, todo se mezclaba en el aire límpido. Y sobre mi brillaba el sol al que tan a menudo me había visto obligado a abandonar cuando me encontraba en el mar. En aquellas horas imaginé que todos los bombardeos y matanzas habían terminado, y que me había salvado del inevitable viaje al fondo del Atlántico.

 

Poco después de mi regreso a Brest (llevaba nuevamente mi uniforme y nada indicaba que había hecho un viaje fugaz a otro mundo), el capitán fue llamado inesperadamente para que se presentara al Oficial Superior de mando oeste. Supusimos que su viaje tendría algo que ver con nuestra próxima misión. Después de un día de ausencia, Siegmann regresó y enseguida nos pidió a Friedrich, Riedel y a mí que fuéramos a su habitación. No perdió tiempo.

—Caballeros, seré breve. Se nos ha ordenado irrumpir por el Estrecho de Gibraltar y entrar en el Mediterráneo. Siegmann hizo una pausa para observar nuestras reacciones. Yo forcé una sonrisa; mis camaradas permanecieron serios. Era de conocimiento común que cualquier intento de irrumpir por los estrechos pasos de Gibraltar tenía sólo muy pocas probabilidades de éxito. ¿Pero qué diferencia hacía el lugar donde navegásemos? En todas partes era igual: furiosos esfuerzos para destruir combinados con intentos desesperados de evitar ser bombardeados, mutilados y hundidos. El final era el mismo, sólo cambiaría el nombre del mar. Sin embargo, había un consuelo: si éramos lo suficientemente afortunados y pasábamos por el estrecho, quedaríamos operando en las aguas más serenas del Mediterráneo. Para aflojar la tensión, sugerí:

—Me recuerda ciertos lugares que me gustaría ver. El problema está en llegar allí.

El capitán entendió prestamente.

—Si ustedes, caballeros, mantienen la misión en absoluto secreto, hay una posibilidad de descansar en las playas de Italia en enero.

El hielo estaba roto, y nuestra conversación se hizo más animada. Pero entonces, Siegmann desinfló nuestras velas. Reveló que dos de nuestros barcos, el U-732 y el U-340, habían sido interceptados en el estrecho y hundidos por los británicos a principios de noviembre. Otros submarinos enviados a romper el bloqueo se habían perdido antes de llegar a Gibraltar. El U-566 fue hundido por un avión el 24 de octubre, cerca de la costa española, y el mismo destino se llevó al U-966 el 10 de noviembre. Nada se sabía del U-134 y del U-535, que presumiblemente habían sido hundidos sin que tuvieran la oportunidad de radiar un mensaje.

Esas bajas recientes nos daban un cuadro muy claro de lo que tendríamos que enfrentar.

Mientras nos preparábamos para zarpar, las probabilidades en contra nuestra continuaron aumentando. Las pérdidas soportadas durante el mes de noviembre volvieron a saltar hacia arriba. Para el 25 de noviembre habían sido destruidos 15 submarinos más, con lo que casi terminaba la existencia de la que una vez fuera nuestra grande y orgullosa flota del Atlántico. Todo lo que teníamos para oponer a los logros anglo-norteamericanos de noviembre eran unas meras 67 000 toneladas de navegación aliada que nuestros torpedos habían arrancado a convoyes pequeños.