Ataúdes de acero

Herbert A. Werner · Capítulo 2 de 30

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Ataúdes de acero

Primera Parte. Años de Gloria

PRIMERA PARTE

 

AÑOS DE GLORIA

1

 

—Alféreces, —empezó diciéndonos el almirante— se los ha llamado para comunicarles sus primeros destinos importantes. Hoy serán enviados a unidades en el frente de lucha. Dondequiera se encuentre un buque de nuestra armada, sea en el Báltico o el Atlántico, en el Mediterráneo o al océano Ártico, allí se necesitan los servicios de ustedes. Ha llegado el momento de demostrar lo que han aprendido. Ustedes mismos probaran lo que son capaces de hacer por el bien de su país. Atacarán a Inglaterra en cualquier parte donde encuentren sus barcos y quebrarán el poderío marítimo inglés. Ustedes conseguirán la victoria.

El almirante, un hombre alto y delgado, pasó la vista a su alrededor y nos miró fijamente a los ojos.

Nosotros, los alféreces, habíamos formado una herradura ante él en la gran plaza de la Academia Naval de Flensburg. Promediaba la mañana de un día de fines de abril de 1941. La ocasión era nuestra graduación. El almirante siguió hablándonos de nuestra gran tradición naval y da nuestras obligaciones patrióticas como alemanes. Habló del honor y de la causa. Todos nosotros ya habíamos escuchado discursos semejantes muy a menudo y sin embargo, para la mayoría de nosotros el llamado de la gloria o la muerte no había perdido nada de su excitante desafío.

Para mí, el momento era especialmente satisfactorio, porque lo había esperado mucho rato. La decisión de que sería un oficial naval fue tomada para mí cuando yo estaba todavía en la cuna. Mi padre, cuyas ambiciones náuticas se vieron frustradas por responsabilidades familiares y comerciales, resolvió que un día yo luciría los galones de almirante. Y así fue como me consagraron al mar. Mi infancia y juventud, transcurridas en dos pueblos de la Selva Negra, en el sur de Alemania, me condicionaron para mi carrera a bordo de embarcaciones.

Fascinado por los barcos a vela, los buques mercantes y las lujosas motonaves que llevaban a hombres y mujeres a todas las costas concebibles, leía incontables libros sobre batallas navales, exploradores, conquistadores y héroes del mar. Antes de cumplir diecisiete años, obtuve mucha experiencia práctica navegando en el lago Constanza donde aprendí a manejar casi cualquier clase de velero, desde una cáscara de nuez hasta un yate de dos palos y dieciocho metros de eslora. A los dieciocho serví como aprendiz durante seis meses a bordo de una goleta que navegaba por el Báltico y el Mar del Norte. Durante mi último año de escuela secundaria aprobé los rígidos exámenes exigidos para ingresar a la Academia Naval. Después de eso cumplí mi período obligatorio en el Servicio Nacional de Trabajo canalizando arroyos de montaña y construyendo caminos. Luego, en septiembre de 1939, el estallido de la guerra lo cambió todo. La conquista relámpago de Polonia provocó la entrada en hostilidades de Gran Bretaña, y como resultado fui llamado por la marina de guerra antes de lo esperado. El 1 de diciembre de 1939 me trasladé a los cuarteles del centro de entrenamiento de oficiales ubicado en una pequeña isla del Báltico. Allí me uní a mi clase de más de 600 entusiastas.

Cuando aquel primer día de diciembre me puse el uniforme azul, yo tenía diecinueve años. Durante aquel invierno frío y desapacible fuimos sometidos al más riguroso programa de entrenamiento militar.

Nuestra instrucción intensiva y los agotadores ejercicios entre la nieve y el barro habían sido programados para eliminar a todos excepto los más aptos. El duro entrenamiento en tierra fue seguido por tres meses de navegación a bordo del velero de aparejo de cruzamen Horst Wessel. Luego vino un viaje agotador a bordo de un buque barreminas de entrenamiento, recorriendo el Báltico.

Después de la caída de Francia me dieron mi primer mando. Se trataba solamente de un buque pequeño de la 34.a Flotilla de Barreminas con base en Den Helder. Un puerto clave de la costa holandesa. Pero mientras servía en esa muy activa flotilla me familiaricé con la muerte. De servicio en el Canal Inglés, eludía diariamente minas francesas, belgas y holandesas. Además, sobreviví a intensos ataques aéreos británicos en el mar y en puerto. También derribé un bombardero Bristol Blenheim con una vieja ametralladora de la Primera Guerra Mundial, refrigerada a agua; sufrí mi primer y último mareo; gané una promoción a cadete y una medalla por barrer un gran número de esos monstruos redondos, negros y explosivos, y participé en los ensayos de la Operación León Marino, un plan para invadir las Islas Británicas que nunca se hizo a la mar. En resumen, gané mi medalla y mi promoción por la vía más difícil. Por lo tanto, esperaba que después de otro período en la escuela me pusieran al mando de un barco más grande.

 

Poco antes de la Navidad de 1940, volví a unirme a mi clase 39 de la Academia Naval de Flensburg.

Descubrí que unos pocos compañeros de mi clase ya habían muerto en acción. Todos los demás fuimos promovidos a alféreces, lo cual nos calificaba para vestir el uniforme con chaqueta cruzada de doble abotonadura. Los cinco meses siguientes fueron extremadamente duros. Vivíamos bajo presión constante, con sólo unas pocas horas de sueño por las noches. Una rápida sucesión de lecciones en el aula complementaron nuestra educación en navegación, táctica naval, ingeniería naval, arquitectura naval y oceanografía. También pulimos nuestro inglés.

En deportes, nos agotábamos en gimnasia, boxeo, esgrima, fútbol, yachting y hasta equitación y salto. Las severas exigencias habían sido pensadas para separar a los niños de los hombres. Mucho antes del día de la graduación, los más flojos habían sido eliminados. Ahora que el gran momento había llegado, yo comprendí que esa era la última vez que mi clase se reuniría como una unidad completa.

El almirante cerró su breve discurso con las clásicas palabras de Nelson, moderadamente modificadas para adecuarlas a la situación:

—Caballeros, en este día Alemania espera que todos los hombres cumplan con su deber.

Después, él y sus acompañantes se retiraron de la plaza y los hombres que nos habían guiado durante los últimos meses se hicieron cargo del grupo. Mientras esperábamos en tensa expectativa, los oficiales revelaron nuestros nuevos destinos. Algunos habíamos sido seleccionados para servir en destructores, otros en barreminas. Unos pocos fueron destinados a acorazados. Sin embargo, a la mayoría se nos ordenó presentarnos en la Fuerza de Submarinos. Era este un servicio que ninguno de nosotros había experimentado todavía. Con sorpresa de mi parte, se me ordenó presentarme en la 5.a Flotilla de Submarinos, en Kiel. Esa base naval era la más grande de la costa del Báltico.

Era de conocimiento común que la mayoría de nuestros sumergibles, que tanto éxito habían tenido en los meses precedentes, habían zarpado de Kiel hacía sus gratificantes misiones.

Nos dispersamos con entusiasmo. Después del almuerzo, el dormitorio hirvió de actividad con el vaciado de armarios, la preparación de los equipajes y las despedidas de todos nuestros amigos. Esa tarde partimos de la Academia Naval en distintas direcciones para encontrarnos con nuestros destinos individuales.

 

El tren repleto rodaba con monotonía en medio de la noche. Me encontraba en un rincón de un compartimiento de tercera, en un vagón sucio de hollín, soñando con los ojos abiertos. Mis compañeros de clase dormían en posiciones imposibles, sumamente apretados unos contra otros o suspendidos de las redes de equipaje. Traté en vano de dormir. Pensaba en demasiadas cosas a la vez, en el presente, en el futuro y en los cambios recientes que la guerra nos había impuesto a nosotros y al mundo. Parecía interponerse una eternidad entre esa noche y los años de colegio; sin embargo, el tiempo había transcurrido muy rápidamente, demasiado rápidamente para poder comprenderlo. Yo sabía solamente que la juventud se había ido para siempre, que la comodidad y la seguridad eran cosas del pasado. Me preguntaba qué sucedería en las semanas y meses que tenía por delante, como me sentiría flotando bajo la superficie y cómo me afectaría la primera batalla a bordo de los misteriosos sumergibles. Pensé en la posibilidad de que mi primera noche de servicio pudiera también ser la última. Pero si sobrevivía al primer encuentro, ¿cuántos más soportaría antes de que me golpeara el destino? Y me preguntaba cómo sonarían las cargas de profundidad, si la primera aplastaría al casco o si se necesitarían 10, 50 o 100 para hundir a mi barco. Me sorprendí a mi mismo tratando de imaginar el horripilante último minuto cuando el barco se fuera al fondo. ¿La muerte llegaría rápidamente a 500 metros de profundidad? ¿Cuánto tiempo me sostendría mi salvavidas si era lo bastante afortunado para quedar flotando en la superficie? Y mientras pensaba, mi memoria volvía hacia atrás, hacia mis padres y mi hermana. Sabía que a esa hora ellos se hallaban en una seguridad duradera mientras yo viajaba hacia un mañana cuestionable, y comprendía que todo tenía sus límites. La gloria, los sueños de una vida de éxitos, los besos de mujeres ardientes y afectuosas, todo podría terminar de pronto sin haberse realizado del todo. Mi cuerpo quedaría sepultado en un casco de hierro o flotaría en algún lugar del océano como cebo para voraces tiburones. Si tenía suerte, alguien podría encontrar mis restos y darles sepultura decente.

Esos pensamientos me acompañaron toda la noche. Me sentí más cerca de la muerte que de la vida que apenas había empezado a disfrutar. ¿Qué sabía yo de la vida y del amor? Tuve que admitir que, en realidad, sabía muy poco. Pero estaba preparado para dejar este mundo en cualquier momento que eso tuviera que suceder. Muchas veces nos habían dicho que el sacrificio nos llevaría más cerca de la victoria.

Cuando el tren llegó a Kiel todavía estaba oscuro. Solamente un puñado de nosotros dejó los anticuados compartimientos; el resto partió hacia otros puertos. Como todavía era muy temprano para que funcionaran los tranvías, pasamos alrededor de una hora en la cafetería de la estación bebiendo café ersatz (artificial). Cuando el primer tranvía hizo sonar su campana, nos precipitamos a bordo con todos nuestros equipajes y partimos hacia Wik, la gran base naval en el extremo norte de la ciudad. El tranvía rodó pesadamente a través de los suburbios que empezaban a despertar. Hacia el este el cielo volvióse lentamente púrpura, pero los faroles del alumbrado público todavía estaban encendidos cuando bajamos en nuestro lugar de destino.

Me detuve frente a un alto muro de ladrillo que rodeaba el complejo naval. Cuando todos hubimos pasado la gran puerta de hierro la misma se cerró con un chirrido. Cuando caminábamos hacia el muelle, nuestros pasos resonaron huecamente contra las paredes de los edificios del cuartel. Las barracas y el patio eran un cuadro familiar. Aquí, hacía casi tres años, yo había superado los arduos exámenes que la armada imponía a todo candidato a oficial. Había vuelto de nuevo como cadete a bordo de la goleta Horst Wessel y realizado otra visita el otoño anterior, después de servir en el Canal Inglés. Esta era la cuarta vez que llegaba al venerado lugar de la marina de guerra, y regresaría muchas veces durante mi carrera.

En la media luz previa a la salida del sol y el toque de diana, la bahía de Kiel se mostraba en toda su belleza natural. El agua estaba calma, plateada, con la orilla opuesta reflejándose en tonos verde oscuro. La niebla matinal tocaba los diversos buques de guerra allí fondeados, cuyas superestructuras grises brillaban casi blancas en el aire brumoso.

Directamente enfrente estaba el muelle Tirpitz, así llamado en honor al fundador de la moderna marina de guerra alemana, almirante Alfred von Tirpitz. Se internaba lejos en la bahía de Kiel. En ese largo malecón muchos buques de guerra británicos habían asegurado sus amarras en visitas de amistad para la internacionalmente famosa «Semana Kieler» en la era del Kaiser. Durante la Primera Guerra Mundial, unidades de la flota alemana habían zarpado de ese muelle para luchar contra los primos británicos en Jutlandia, la más grande batalla naval entre acorazados. Desde ese mismo lugar habían partido nuestros submarinos a lanzar sus ataques en 1914. En los años de paz, el muelle Tirpitz había sido testigo del comienzo de muchas nuevas carreras de hombres y de barcos. Y una nueva historia comenzó en ese muelle a fines del verano de 1939, cuando nuestros sumergibles lanzaron su segundo ataque contra Gran Bretaña en veinticinco años.

La marea estaba baja y el agua lamía suavemente los postes de madera del muelle. El olor a brea, sal y petróleo se mezclaba con el olor a pescado, algas y pintura. Numerosos submarinos estaban amarrados allí en filas de dos y de tres. En sus cubiertas, con las metralletas indolentemente colgadas del cuello, los centinelas se apoyaban en las timoneras blindadas o en los cañones de 8.8 cm. Nos examinaron con ojo crítico y pareció divertirles nuestro desfile sobre las gruesas tablas del muelle.

Llegamos al final del muelle, donde había dos barcos amarrados: a cada lado del espigón de madera.

Un viejo vapor de unas 10 000 toneladas descansaba en el lado norte, mientras que en el sur estaba amarrada la motonave Leer, buque de comando de la flotilla. Presentamos nuestros papeles a otro centinela, subimos al Lech por la planchada y apilamos nuestras maletas a lo largo de la barandilla de estribor. Cuando buscábamos el salón de oficiales, un aroma a café recién preparado nos llevó a la sala de rancho. Recibimos un desayuno excelente y pronto nos sentimos renacer en nuestro nuevo ambiente. La sala fue llenándose gradualmente de oficiales de todos los rangos, que lucían chaquetas blanquísimas y parecían relajados y satisfechos. Era evidente que habían encontrado aquí una vida marinera ideal: trabajaban y dormían en un barco, veían agua todo el día, pero nunca se alejaban de la ciudad y su agitada vida nocturna.

Alrededor de las 0800[1] nos preparamos para presentarnos al comandante de la 5.a Flotilla. Su ayudante, un joven y arrogante teniente, nos hizo esperar más de una hora antes de comunicarnos que el comandante no estaba disponible para recibirnos. Libres de hacer lo que nos diera la gana, dejamos el Lech para familiarizarnos con los sumergibles y sus tripulaciones. Nos enteramos de que algunos de los submarinos acababan de regresar de sus patrullas; otros habían completado su entrenamiento en el Báltico y ahora se los estaba abasteciendo para sus primeras misiones. Grandes cantidades de latas, cajas y comestibles frescos eran llevadas en camiones al muelle, donde se las apilaba junto a los barcos.

Poco antes de mediodía volvimos a encontrarnos en el salón de oficiales del Lech para esperar el almuerzo. Pequeños grupos, de pie, discutían el último «Boletín Especial» que había sido transmitido minutos antes por la radio. Varios submarinos habían atacado un convoy británico en el Atlántico Norte y destruido, hasta el momento, ocho barcos por un total superior a las 50 000 toneladas. Era el éxito más grande registrado en una sola operación contra convoyes y como los submarinos seguían en persecución del enemigo, podían esperarse más hundimientos. Se posesionó de nosotros un sentimiento de orgullo, aunque todavía no éramos parte de la Fuerza de Submarinos. El entusiasmo era general cuando el oficial comandante entró en el salón.

Ocupó su asiento tradicional, esperó a que todos hubiéramos encontrado lugar y entonces se dirigió a la asamblea:

—Caballeros, hemos recibido numerosos radiogramas de nuestros comandantes, quienes actualmente están persiguiendo a un convoy británico que cruza el Atlántico. Según sus informes, el número de barcos hundidos llega a catorce, con un total aproximado de 85 000 toneladas destruidas. Un buque escolta ha sido torpedeado. Esta es, por lejos, nuestra cacería más gratificante. La Batalla del Atlántico se ha convertido en nuestra batalla. Nuestros submarinos están dictando los términos.

Brindamos por el éxito y nos sentamos a comer. Las noticias eran el principal tema de conversación.

Con un número siempre creciente de submarinos recorriendo los mares, las bajas sufridas por la navegación británica estaba alcanzando proporciones sin precedentes.

Desde luego, teníamos razones para creer que nuestro bloqueo de hambre contra Inglaterra resultaría muy pronto en su derrumbe. Además, en tierra, nuestros ejércitos se habían internado profundamente en territorio enemigo. Siguiendo a la caída de Polonia, Noruega había sido derrotada casi de la noche a la mañana; Holanda, Bélgica y Francia serían vencidas en pocas semanas y Dinamarca sería ocupada. Nuestros acorazados controlaban las aguas europeas hasta la región del Ártico. A mí me parecía que quedaba una sola cosa por hacer: Intensificar la ofensiva de los submarinos contra Inglaterra, doblegar a los británicos por hambre y forzarlos a rendirse. Una vez que tuviéramos las Islas Británicas en nuestro poder, terminaría la guerra.

Después del almuerzo, los recién llegados nos reunimos en cubierta a esperar órdenes. Finalmente, a las 1430, apareció el ayudante agitando un puñado de hojas de papel. Lo seguimos a la sala de rancho y formamos un círculo a su alrededor. Encendimos nerviosamente nuestros cigarrillos mientras él ordenaba sus papeles. Por fin empezó a hablar. Mencionó nuestros apellidos por orden alfabético y especificó nuestros barcos y los puertos donde deberíamos abordarlos. Como mi nombre figuraba al final de la lista, mi paciencia fue sometida a dura prueba. Algunos tuvieron suerte y fueron destinados a barcos que estaban amarrados en el muelle. Otros tendrían que viajar a puertos alejados. A mis compañeros de clase Ahiers, Busch y Faust se les ordenó dirigirse a Bremerhaven. Goebel, Gerloff y mi mejor amigo Fred Schreiber resultaron destinados a la base de submarinos de Königsberg, en el Báltico; hicieron entrechocar felices sus talones y salieron corriendo hacia la oficina para pedir sus órdenes por escrito. El ayudante concluyó diciendo:

—Quienes tengan que presentarse en Bremerhaven, Danzig o Königsberg deben partir en el próximo tren. No hay tiempo para un tete a tete con sus novias, caballeros. El alférez Werner queda a bordo del Lech para servicio especial.

Quedé atónito, desconcertado. Con la esperanza de que se tratara de un error, me acerqué al joven ayudante y le pregunté por qué me dejaban varado a bordo del Lech.

—No se aflija —dijo desdeñosamente—. Irá al frente bastante pronto. Su barco, el U-557, todavía está en misión. Tendrá que esperar a que regrese.

—¿Cuándo será eso, señor?

—No puedo decirlo exactamente. Pero por si lo hace sentirse mejor, he oído que el buque avisó por radio que ha completado su patrullaje.

Me alivió saber que me uniría a una tripulación experimentada, cuando estreché las manos de mis camaradas que partían, era yo alférez envidioso y decepcionado. Esa misma tarde, un poco después, me dijeron que me pusiera a disposición del ayudante. Mi servicio especial resultó llevar a oficiales en lanchas a motor y pasearlos entre la bahía de Kiel y los astilleros. Había esperado que me asignaran responsabilidades; en cambio, se me pedía que realizara una tarea que cualquier suboficial hubiera podida cumplir con la misma eficiencia. En vano traté de convencer al ayudante de que yo jamás había conducido una embarcación pequeña.

—Ya veremos —dijo llevándome a bordo de una de las lanchas—. Si no lo ha hecho antes, aprenderá.

Pese a mis mejores esfuerzos por hacerlo mal, el ayudante pareció satisfecho. Y yo, con gran disgusto, me encontré a cargo de las lanchas a motor.

Pasaron varios días. El U-557 no volvía de su patrullaje. De tanto en tanto iba a ver al oficial de radio en busca de noticias. Me inquieté cuando vi a mis compañeros de clase prepararse para sus primeras patrullas de guerra. Y entonces llegó el día en que se vinieron abajo mis esperanzas de embarcarme pronto.

El ayudante me trajo la mala noticia de que el U-557 no regresaría jamás. Se había perdido para siempre en el Atlántico Norte.

Esperé que me transfirieran inmediatamente a otro submarino, pero cuando nada se materializó me sentí muy inquieto. Sospechaba que el ayudante, intencionadamente, había hecho que no se me asignara un nuevo destino.

Un día, en el desayuno, me las arreglé para sentarme junto al ingeniero jefe de la Flotilla, a quien consideraba un hombre razonable. Después de una charla aparentemente casual sobre temas sin importancia, le expliqué discretamente mi incómoda posición. El jefe prometió hacer algo por mí. Aunque no quedé muy seguro de que su promesa había sido sincera, los resultados llegaron abruptamente. A la tarde siguiente me dijeron que viera al ayudante. Sin revelar ninguna expresión, él me entregó una hoja de papel. En un segundo comprendí que era mi nuevo destino. Junté los talones con súbito regocijo, saludé y salí rápidamente de su oficina. Afuera leí atentamente la orden. Tenía que presentarme a bordo del U-557, en Königsberg.

A las 2100 de la misma noche mi expreso entró en la estación Stettiner de Berlín. Los andenes bullían de movimiento pese a la hora avanzada. Soldados de muchos frentes y de todas las ramas de las fuerzas armadas cambiaban de trenes. Llevando mis dos maletas me dirigí al S-Bahn, el sistema de tránsito rápido, para llegar a la estación Friedrichstrasse. Antes de partir de Kiel me las había arreglado para enviar un telegrama a mi rubia Marianne en la capital. No la veía desde el pasado diciembre y hacía tiempo que nos debíamos el placer de un encuentro. Tenía que encontrarme con ella en un pequeño café próximo a la escala donde ya estábamos acostumbrados a esperarnos uno al otro. Sabía que Marianne era tan de confiar como hermosa.

Sólo tuve que esperarla cinco minutos, algo notable para una mujer bella. Su rostro y sus ojos azules resplandecían como cuando la vi por primera vez antes de la guerra en Constanza. Nos sentamos y charlamos felices unos minutos, y cuando salimos del café, sin decir palabra, ya estábamos de acuerdo en que no nos separaríamos esa noche. A unos pocos pasos hacia el este estaba la Friedrichstrasse, la afiebrada arteria de Berlín. La calle estaba sumida en la oscuridad, pero un ocasional y débil farol callejero permitía orientarnos.

Pese a la hora avanzada, la Friedrichstrasse estaba llena de gente: soldados, marineros y parejas de amantes como nosotros, todos luchando por encontrar su camino en la ciudad oscurecida. Marianne y yo caminamos hacia el norte, pasamos la estación y llegamos a una zona oscura y tranquila. De tanto en tanto veíamos un alma solitaria o un automóvil que pasaba con los faros semi-cubiertos. Habíamos contado con encontrar alojamiento en una pequeña pensión, pero tocamos docenas de timbres y ninguna se nos abrió.

Caminamos de un lado a otro casi una hora hasta que encontramos un pequeño alojamiento y un cuarto diminuto donde quedarnos. Sin embargo, era lo suficientemente grande para nosotros dos, que no necesitábamos mucho espacio para estar contentos.

Mucho después de medianoche empezaron a gemir las sirenas. Yo me había olvidado de que había guerra y que los Tommies (los ingleses) se filtraban ocasionalmente entre nuestras defensas antiaéreas.

Después de un poco de vacilación decidimos permanecer donde estábamos y no buscar refugio. Mienta los FlaK (término alemán, abreviatura de Flugabwehr-Kanone, cañón antiaéreo) martillaban esporádicamente, escuchamos el aullido de las bombas que caían, acompañado de explosiones apagadas. El edificio vibraba levemente. Cuando por fin terminó el raid, habíamos aprendido que la temeridad a veces puede resultar dulce.

Tomamos nuestro desayuno en el Café Wien, de la Kurfuerstendamm. No había señales del ataque.

El mundo parecía tan pacífico como siempre aquella mañana de abril. Tiendas, cafés, hoteles desplegaban sus actividades habituales. Los berlineses se mezclaban con solados de uniformes grises, verdes, azules y pardos; la famosa avenida era escenario de un espectáculo espléndido Cuando las campanas de la iglesia dieron la hora, la impresión de que era un domingo soleado como cualquier otro domingo de antes de la guerra fue completa. El momento de separarse siempre llega demasiado pronto, especialmente cuando el deber nos arranca un cuarto de hotel compartido con una buena compañía. Pero ese día no estaba bien seguro si hubiera preferido demorar mi partida. Aunque me sentía muy con mi amor por Marianne, veía a mi amor por la armada como algo de una naturaleza más permanente. Ya era casi el amanecer cuando nos despedimos besándonos en la estación y nos prometimos volver a vernos tan pronto la guerra lo permitiera.

Las llanuras de Pomerania se extendían interminables a cada lado de los rieles. Los brezos dejaron lugar a bosques de pinos. Antes de la guerra, un viajero tenía que cruzar dos veces la frontera alemana para llegar a Königsberg; mostraba su pasaporte cuando salía de Prusia Occidental para entrar en Polonia y volvía a presentarlo pocas horas después, cuando salía de Polonia para ingresar en Prusia Oriental. Ahora, para desdicha de los polacos, el cruce de la frontera se había vuelto un asunto muy sencillo.

Atravesé los campos de batalla de la guerra con Polonia y llegué a Königsberg al atardecer. Me quedé atónito al ver la estación completamente iluminada, como si estuviera en época de paz. Faroles callejeros, letreros de neón, los frentes y los escaparates de los negocios estaban inundados en luz. Pese a las vagas indicaciones que me dio un policía, encontré la base de la armada donde debía presentarme a bordo del U-557. Varios submarinos se mecían suavemente amarrados a lo largo de un malecón de granito; por un momento me detuve en el muelle y miré fijamente esos negros estiletes en las aguas lóbregas, preguntándome cual de ellos me llevaría a la batalla contra Inglaterra.

A cierta distancia se hallaba un vapor trasatlántico; estaba pintado de un blanco cegador e iluminado como un árbol de Navidad. Supuse que el barco blanco era el cuartel general de la Flotilla, arrastré mi equipaje por la planchada y me presenté al oficial de guardia. Este me derivó al piloto de guardia y el piloto me derivó al sobrecargo. Este último me consiguió un camarote. Allí me dejé caer en un mullido sillón, hambriento y exhausto. Por fin había llegado.

Era tarde cuando salí de expedición por el barco en busca del comedor y de algo para comer. Al pasar por el bar reconocí a mis compañeros de clase Günther Gerloff y Rolf Goebel, quienes habían partido de Kiel dos semanas antes que yo. Me les acerqué por detrás, los palmee en los hombros y dije:

—¿Cómo es que no están en el mar?

Giraron rápidamente. Goebel, con su rostro regordete, replicó:

—A ti no te corresponde preguntar, rata de tierra. Acabamos de llegar de un largo viaje de entrenamiento. Gerloff, alto y rubio, añadió sonriendo:

—¿Ves las costras de sal en nuestros labios? Como no se disuelven con agua, tenemos que recurrir al alcohol. Eso te indica cuánto hemos permanecido en el mar.

—Pronto pasaré por eso yo también —repuse.

—No si te dejan en puerto manejando lanchas a motor —dijo Goebel.

—No se aflijan por mí. Esta vez lo he logrado. Estoy destinado al U-557. ¿Saben ustedes dónde puedo encontrarlo?

—Sucede que es nuestro barco —dijo Gerloff—, y al capitán le dará una pataleta cuando se entere de tu llegada.

La locuaz pareja empezó a contar sus primeras experiencias a bordo de un submarino. Su entusiasmo por el arma, por el capitán y la tripulación, parecía sincero y no resultado de un consumo excesivo de alcohol.

Olvidé mi hambre y escuché con atención y para ayudarme a digerir sus historias bebí unas pocas copas más de lo que estaba acostumbrado a tomar. Era más de medianoche cuando por fin apoyé sobre la almohada mi cabeza que no cesaba de dar vueltas.