Bajamares
[Voz del barquero - 2]
En una ocasión me ordenaron llevar al Roque a dos hombres. Dos periodistas
reporteros del NO-DO. Querían filmar al farero en su islote y mostrarlo en los
noticieros de todos los cines del país antes de proyectar las películas.
Fue idea de un alcalde que no duró mucho en el cargo y que tenía unas
ocurrencias estrambóticas que él llamaba «política innovadora». Quería
promocionar Malamuerte y atraer visitantes. Decía que el turismo era el
futuro y que ya era hora de que todo el mundo supiese situar a nuestro pueblo
en el mapa. No se le ocurrió nada mejor que escribir una carta tras otra a los
del NO-DO en las que intentaba convencerlos de que en Malamuerte
teníamos los mejores paisajes, las mejores playas y el mejor pescado. No
teníamos nada de eso y su estrategia no funcionó. Las playas son roquedales
sembrados de guijarros negros, como todo el mundo sabe. Es verdad que el
pescado no es malo; más o menos como en cualquier otro sitio, pero no hay
restaurantes finos donde lo cocinen de ninguna manera especial o irrepetible;
yo no imaginaba a los turistas hacer cola para comprar pescado crudo en el
puerto pudiendo comprar el mismo en las lonjas de sus propios pueblos. Se
conoce que los del NO-DO ya estaban resabiados y que cartas como aquellas
las recibían por docenas, provenientes de los puebluchos más recónditos del
país. Entonces se le ocurrió hacerles creer que teníamos en el Roque una
especie de Robinson Crusoe; un asilvestrado barbudo y con taparrabos,
olvidado por todos, que había desaprendido el habla y que llevaba toda la vida
sin relacionarse con nadie.
Aquello les interesó mucho más y, tras intercambiar varias cartas en las
que pedían algunos detalles que el alcalde contestaba con más fantasía que
sinceridad, accedieron a hacer un reportaje.
De nada sirvieron mis advertencias. Le dije al alcalde que el farero era un
anacoreta; que con los años se había vuelto huraño y esquivo, y que no
toleraría trato con nadie. Que ya había advertido que no permitiría que nadie
pasease las narices por su isla. Era lo único que había pedido a cambio de
aceptar el trabajo. Decía «su» isla. Mil veces le dije al alcalde que aquello no podía acabar bien y mil veces desoyó mis consejos. Ni siquiera quiso oírme
cuando le dije que el guardafaros no era como él lo describía: que a pesar de
ser un solitario tenía más letras que casi todos en el pueblo, que jamás lo
había visto en taparrabos o con algún otro atuendo primitivo, que su corte de
pelo era de primera y que siempre iba bien afeitado —o mejor dicho, siempre
«estaba» bien afeitado, porque ir, no iba a ninguna parte—.
A los otros dos, a los periodistas, también se lo advertí, pero hacían como
si yo no existiese.
El alcalde les dio primero una vuelta por Malamuerte, pero nada parecía
interesarles aparte del aguardiente de la tasca del puerto, donde entraron como
atraídos por una fuerza magnética. Entre risas, le dijeron al alcalde que si
quería promocionar el turismo empezase por cambiarle el nombre al pueblo,
que el nombre de Malamuerte tenía poco glamour. Yo no sabía qué era
aquello del glamour, pero me imaginaba por dónde iban los tiros.
Les dije que prepararía la barca y que tenían tres horas por delante hasta
zarpar por exigencias de la marea, y tres fueron las horas que pasaron en la
tasca del puerto sin moverse de allí. El alcalde intentaba tirar de ellos y
enseñarles la iglesia y el resto del puerto y los barracones de la almadrabera,
pero ellos no mostraron ningún interés. Lo único que querían del alcalde era
que las arcas municipales pagasen las rondas.
Cuando embarcaron, uno llevaba una melopea mediana y el otro una
completa y una cámara de cine. Decía que era de dieciséis milímetros. A mí
me pareció muchísimo más grande, aunque no estaba para discutir sobre
medidas con alguien que sin duda sabía manejarla mejor que yo. Cada uno a
lo suyo y Dios a lo de todos. Yo tampoco le habría aceptado lecciones sobre
boga y ciaboga a un señorito de la capital. El segundo cargaba un magnetofón
con dos bobinas de cinta magnética, un micrófono y su correspondiente
tranca. Se veía que tenían hábito de trabajar en condiciones de menoscabo
etílico y que, como buenos profesionales, aquello no parecía afectar a su
rendimiento.
Se rieron de mí cuando les previne, mientras remaba, de lo que se iban a
encontrar. Dijeron que ellos ya habían pasado por todas las situaciones
imaginables y que aquello iba a ser un paseo; que en pocas horas tendrían las
imágenes que necesitaban y que el farero estaría encantado de colaborar en
cuanto se viese enfocado por la cámara. Dijeron que habían recorrido mil
veces con sus aparatos el mapa de España de punta a punta incluidas las islas
Baleares, las Canarias, Ceuta, Melilla, las Columbretes, Alborán y el Aaiún, y
que algo similar les pasaba casi todos los días con personajes de aldea con fama de montaraces, pero que al ver una cámara se amansaban. Decían que el
cine tiene propiedades lubricantes y la capacidad de cegar al más pintado.
Yo les dije que tenían una hora como máximo. Que no podían perder
tiempo porque teníamos que volver con la misma pleamar si no querían pasar
la noche en la playa. Les advertí que, si en una hora no estaban listos, yo me
volvería con la barca y tornaría a buscarlos con la siguiente marea.
Cuando tocamos tierra me hice a un lado. Aquello no pintaba bien y no
quería involucrarme más de la cuenta.
El de la cámara desplegó un trípode y lo instaló sobre la arena, en la
misma orilla, cerca de una especie de oquedad con forma humana, una suerte
de cama excavada en la arena que yo ya había visto muchas veces en el
mismo sitio, pero sobre la que nunca me había atrevido a preguntar.
Hacía rectángulos con los dedos de ambas manos mientras extendía los
brazos hacia delante. Con un ojo guiñado, miraba a través de ellos satisfecho,
como por una ventanita. Da gusto ver trabajar a un profesional. Se ve que
sabía un rato de aquello. Montó su cámara y apuntó hacia el faro. Luego se
apartó un poco para echar una meada más bien larga en el hueco con forma de
sarcófago: demasiado aguardiente. El otro ya había sujetado el micrófono al
extremo de una pértiga, había desenrollado los cables y se había puesto un
chisme que le cubría las dos orejas.
En aquel momento, el farero comenzó a bajar hacia la cala. Los lagartos lo
seguían, como siempre. Yo ya me lo veía venir. Llevaba el garrote en la mano
y se notaba por la tensión del antebrazo que lo apretaba con furia. Yo les
quise advertir que lo del palo no era buena señal, pero me mandaron a callar;
me dijeron que estaban grabando y que si se oía mi voz no les serviría la
toma.
Me callé la boca y me aparté de allí.
Yo vi las imágenes semanas después, cuando el juez me llamó a declarar;
apenas duraban un par de minutos.
Lo único que quedó grabado fue la bajada del farero desde el Cementerio
de los Pies Fríos hasta que llegó a la altura del tipo de la cámara. Luego se ve
cómo el farero —sin abrir la boca— levanta el garrote con las dos manos y
golpea con toda su alma; la cámara cae entonces al suelo con trípode y todo, y
aparece la cara del operario incrustándose en la arena, justo delante del
objetivo, con los ojos desencajados y la sangre chorreando por las mejillas.
Por último, se ven a un par de lagartos acercarse y comenzar a lamer la frente
y la nariz del pobre diablo y se intuyen, medio desenfocados, los pies del
farero dando media vuelta. Poco después la grabación parpadea y se para.
Lo que no se ve —y tampoco se lo dije al juez — es que le tuve que parar
los pies para que no siguiese golpeando. Lo habría rematado allí mismo. El
tipo de la cámara tenía la cabeza abierta y sobre la arena enseguida se formó
un charco negruzco y esponjoso. Los lagartos comenzaron a mordisquearle
las narices y los tuve que ahuyentar a patadas. El otro había salido corriendo y
se había metido en la mar hasta los hombros con el aparato de grabar y todo;
los cables del micrófono y del chisme que le cubría las orejas los llevaba
enrollados alrededor del cuerpo y la bolsa escrotal se le intuía rondando la
zona de la garganta.
Los tuve que sacar de allí cagando leches.
Quisieron utilizar las imágenes para denunciar al farero por agresividad y
por tentativa de holocausto. Habría sido una buena prueba. Decían: «Será una
prueba concluyente». Bueno, lo decía el del magnetofón. El otro estaba
desangrándose en el fondo de la barca, que me la dejó hecha un Cristo y tuve
que baldearla de arriba abajo.
Al final se arregló el tema sin tener que llegar a juicio. El alcalde sabía
muy bien que si metían preso al farero nunca encontraría un sustituto, así que
habló con el juez para decirle que intentaría llegar a un acuerdo extrajudicial.
Le dijo que no había peligro de reincidencia si no lo molestaban en su
aislamiento y que ya vivía un exilio de por vida, que no es pena menuda.
Reunió al equipo de gobierno del municipio —que eran todos cuñados entre
sí— y en menos de media hora acordaron gastar la partida de fiestas de ese
año en pagar el magnetofón escacharrado por ahogamiento y en indemnizar al
cámara, que anduvo cerca de un mes con la cabeza vendada y recosida y dejó
un puñado de dientes esparcidos por la orilla de Roque Espino.
Reconozco que estaba un poco atemorizado cuando volví al islote para
hacer el siguiente relevo y que tenía preparadas algunas excusas si empezaba
con reproches, pero el farero no me dijo nada; actuó como si aquellos
hombres nunca hubiesen estado allí. Jamás se enteró de que estuvo a punto de
ir preso. Yo tampoco quise sacar el tema.
Aquel año nos quedamos sin verbena y el alcalde tuvo que dimitir porque
el paisanaje no atendía a razones ni se conformaba tan fácilmente, que buena
se pone la gente cuando se le quita la verbena. Normal; todo el año trabajando
como bestias para que luego les dejen sin diversión por el capricho de querer
salir en el NO-DO.
Habrían acabado por lincharlo si no llega a dimitir.