Bajamares

Antonio Tocornal · Capítulo 30 de 40

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Bajamares

[Voz del barquero - 2]

 

En una ocasión me ordenaron llevar al Roque a dos hombres. Dos periodistas

reporteros del NO-DO. Querían filmar al farero en su islote y mostrarlo en los

noticieros de todos los cines del país antes de proyectar las películas.

Fue idea de un alcalde que no duró mucho en el cargo y que tenía unas

ocurrencias estrambóticas que él llamaba «política innovadora». Quería

promocionar Malamuerte y atraer visitantes. Decía que el turismo era el

futuro y que ya era hora de que todo el mundo supiese situar a nuestro pueblo

en el mapa. No se le ocurrió nada mejor que escribir una carta tras otra a los

del NO-DO en las que intentaba convencerlos de que en Malamuerte

teníamos los mejores paisajes, las mejores playas y el mejor pescado. No

teníamos nada de eso y su estrategia no funcionó. Las playas son roquedales

sembrados de guijarros negros, como todo el mundo sabe. Es verdad que el

pescado no es malo; más o menos como en cualquier otro sitio, pero no hay

restaurantes finos donde lo cocinen de ninguna manera especial o irrepetible;

yo no imaginaba a los turistas hacer cola para comprar pescado crudo en el

puerto pudiendo comprar el mismo en las lonjas de sus propios pueblos. Se

conoce que los del NO-DO ya estaban resabiados y que cartas como aquellas

las recibían por docenas, provenientes de los puebluchos más recónditos del

país. Entonces se le ocurrió hacerles creer que teníamos en el Roque una

especie de Robinson Crusoe; un asilvestrado barbudo y con taparrabos,

olvidado por todos, que había desaprendido el habla y que llevaba toda la vida

sin relacionarse con nadie.

Aquello les interesó mucho más y, tras intercambiar varias cartas en las

que pedían algunos detalles que el alcalde contestaba con más fantasía que

sinceridad, accedieron a hacer un reportaje.

De nada sirvieron mis advertencias. Le dije al alcalde que el farero era un

anacoreta; que con los años se había vuelto huraño y esquivo, y que no

toleraría trato con nadie. Que ya había advertido que no permitiría que nadie

pasease las narices por su isla. Era lo único que había pedido a cambio de

aceptar el trabajo. Decía «su» isla. Mil veces le dije al alcalde que aquello no podía acabar bien y mil veces desoyó mis consejos. Ni siquiera quiso oírme

cuando le dije que el guardafaros no era como él lo describía: que a pesar de

ser un solitario tenía más letras que casi todos en el pueblo, que jamás lo

había visto en taparrabos o con algún otro atuendo primitivo, que su corte de

pelo era de primera y que siempre iba bien afeitado —⁠o mejor dicho, siempre

«estaba» bien afeitado, porque ir, no iba a ninguna parte⁠—.

A los otros dos, a los periodistas, también se lo advertí, pero hacían como

si yo no existiese.

El alcalde les dio primero una vuelta por Malamuerte, pero nada parecía

interesarles aparte del aguardiente de la tasca del puerto, donde entraron como

atraídos por una fuerza magnética. Entre risas, le dijeron al alcalde que si

quería promocionar el turismo empezase por cambiarle el nombre al pueblo,

que el nombre de Malamuerte tenía poco glamour. Yo no sabía qué era

aquello del glamour, pero me imaginaba por dónde iban los tiros.

Les dije que prepararía la barca y que tenían tres horas por delante hasta

zarpar por exigencias de la marea, y tres fueron las horas que pasaron en la

tasca del puerto sin moverse de allí. El alcalde intentaba tirar de ellos y

enseñarles la iglesia y el resto del puerto y los barracones de la almadrabera,

pero ellos no mostraron ningún interés. Lo único que querían del alcalde era

que las arcas municipales pagasen las rondas.

Cuando embarcaron, uno llevaba una melopea mediana y el otro una

completa y una cámara de cine. Decía que era de dieciséis milímetros. A mí

me pareció muchísimo más grande, aunque no estaba para discutir sobre

medidas con alguien que sin duda sabía manejarla mejor que yo. Cada uno a

lo suyo y Dios a lo de todos. Yo tampoco le habría aceptado lecciones sobre

boga y ciaboga a un señorito de la capital. El segundo cargaba un magnetofón

con dos bobinas de cinta magnética, un micrófono y su correspondiente

tranca. Se veía que tenían hábito de trabajar en condiciones de menoscabo

etílico y que, como buenos profesionales, aquello no parecía afectar a su

rendimiento.

Se rieron de mí cuando les previne, mientras remaba, de lo que se iban a

encontrar. Dijeron que ellos ya habían pasado por todas las situaciones

imaginables y que aquello iba a ser un paseo; que en pocas horas tendrían las

imágenes que necesitaban y que el farero estaría encantado de colaborar en

cuanto se viese enfocado por la cámara. Dijeron que habían recorrido mil

veces con sus aparatos el mapa de España de punta a punta incluidas las islas

Baleares, las Canarias, Ceuta, Melilla, las Columbretes, Alborán y el Aaiún, y

que algo similar les pasaba casi todos los días con personajes de aldea con fama de montaraces, pero que al ver una cámara se amansaban. Decían que el

cine tiene propiedades lubricantes y la capacidad de cegar al más pintado.

Yo les dije que tenían una hora como máximo. Que no podían perder

tiempo porque teníamos que volver con la misma pleamar si no querían pasar

la noche en la playa. Les advertí que, si en una hora no estaban listos, yo me

volvería con la barca y tornaría a buscarlos con la siguiente marea.

Cuando tocamos tierra me hice a un lado. Aquello no pintaba bien y no

quería involucrarme más de la cuenta.

El de la cámara desplegó un trípode y lo instaló sobre la arena, en la

misma orilla, cerca de una especie de oquedad con forma humana, una suerte

de cama excavada en la arena que yo ya había visto muchas veces en el

mismo sitio, pero sobre la que nunca me había atrevido a preguntar.

Hacía rectángulos con los dedos de ambas manos mientras extendía los

brazos hacia delante. Con un ojo guiñado, miraba a través de ellos satisfecho,

como por una ventanita. Da gusto ver trabajar a un profesional. Se ve que

sabía un rato de aquello. Montó su cámara y apuntó hacia el faro. Luego se

apartó un poco para echar una meada más bien larga en el hueco con forma de

sarcófago: demasiado aguardiente. El otro ya había sujetado el micrófono al

extremo de una pértiga, había desenrollado los cables y se había puesto un

chisme que le cubría las dos orejas.

En aquel momento, el farero comenzó a bajar hacia la cala. Los lagartos lo

seguían, como siempre. Yo ya me lo veía venir. Llevaba el garrote en la mano

y se notaba por la tensión del antebrazo que lo apretaba con furia. Yo les

quise advertir que lo del palo no era buena señal, pero me mandaron a callar;

me dijeron que estaban grabando y que si se oía mi voz no les serviría la

toma.

Me callé la boca y me aparté de allí.

Yo vi las imágenes semanas después, cuando el juez me llamó a declarar;

apenas duraban un par de minutos.

Lo único que quedó grabado fue la bajada del farero desde el Cementerio

de los Pies Fríos hasta que llegó a la altura del tipo de la cámara. Luego se ve

cómo el farero —⁠sin abrir la boca⁠— levanta el garrote con las dos manos y

golpea con toda su alma; la cámara cae entonces al suelo con trípode y todo, y

aparece la cara del operario incrustándose en la arena, justo delante del

objetivo, con los ojos desencajados y la sangre chorreando por las mejillas.

Por último, se ven a un par de lagartos acercarse y comenzar a lamer la frente

y la nariz del pobre diablo y se intuyen, medio desenfocados, los pies del

farero dando media vuelta. Poco después la grabación parpadea y se para.

Lo que no se ve —y tampoco se lo dije al juez ⁠— es que le tuve que parar

los pies para que no siguiese golpeando. Lo habría rematado allí mismo. El

tipo de la cámara tenía la cabeza abierta y sobre la arena enseguida se formó

un charco negruzco y esponjoso. Los lagartos comenzaron a mordisquearle

las narices y los tuve que ahuyentar a patadas. El otro había salido corriendo y

se había metido en la mar hasta los hombros con el aparato de grabar y todo;

los cables del micrófono y del chisme que le cubría las orejas los llevaba

enrollados alrededor del cuerpo y la bolsa escrotal se le intuía rondando la

zona de la garganta.

Los tuve que sacar de allí cagando leches.

Quisieron utilizar las imágenes para denunciar al farero por agresividad y

por tentativa de holocausto. Habría sido una buena prueba. Decían: «Será una

prueba concluyente». Bueno, lo decía el del magnetofón. El otro estaba

desangrándose en el fondo de la barca, que me la dejó hecha un Cristo y tuve

que baldearla de arriba abajo.

Al final se arregló el tema sin tener que llegar a juicio. El alcalde sabía

muy bien que si metían preso al farero nunca encontraría un sustituto, así que

habló con el juez para decirle que intentaría llegar a un acuerdo extrajudicial.

Le dijo que no había peligro de reincidencia si no lo molestaban en su

aislamiento y que ya vivía un exilio de por vida, que no es pena menuda.

Reunió al equipo de gobierno del municipio —⁠que eran todos cuñados entre

sí⁠— y en menos de media hora acordaron gastar la partida de fiestas de ese

año en pagar el magnetofón escacharrado por ahogamiento y en indemnizar al

cámara, que anduvo cerca de un mes con la cabeza vendada y recosida y dejó

un puñado de dientes esparcidos por la orilla de Roque Espino.

Reconozco que estaba un poco atemorizado cuando volví al islote para

hacer el siguiente relevo y que tenía preparadas algunas excusas si empezaba

con reproches, pero el farero no me dijo nada; actuó como si aquellos

hombres nunca hubiesen estado allí. Jamás se enteró de que estuvo a punto de

ir preso. Yo tampoco quise sacar el tema.

Aquel año nos quedamos sin verbena y el alcalde tuvo que dimitir porque

el paisanaje no atendía a razones ni se conformaba tan fácilmente, que buena

se pone la gente cuando se le quita la verbena. Normal; todo el año trabajando

como bestias para que luego les dejen sin diversión por el capricho de querer

salir en el NO-DO.

Habrían acabado por lincharlo si no llega a dimitir.