Bajamares

Antonio Tocornal · Capítulo 38 de 40

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Bajamares

[Voz del narrador - 9]

 

Un día y una noche llevaba la ballena varada en la Cala de Sotavento,

ocupando casi la mitad de su longitud. El cetáceo había quedado de lado,

inmóvil como una barcaza de carne con la barriga blanca al sol; deforme,

aplastado por su propio peso aunque aún le quedaban fuerzas para respirar.

Para entonces, todos los lagartos y los cangrejos del islote estaban

concentrados en torno al monstruo. Era imposible caminar alrededor de la

ballena sin aplastar a algunos de ellos. Escalaban la mole de carne excitados

por el descubrimiento y cazaban las pulgas de mar que la cubrían o se reunían

donde encontraban una zona de piel abierta.

De madrugada, cuando la trajo la marea, el farero ya estaba en la cala y

vio cómo se dejaba arrastrar por las olas sin apenas luchar. Tenía el cuerpo

magullado por la lucha contra las mil agujas de piedra que rodeaban el islote.

Con toda probabilidad, llevaba gran parte de la noche —⁠lo que duró la

bajamar ⁠— atrapada entre los farallones sin poder salir. Estaba exhausta

después de tan larga pelea.

El farero no pudo hacer nada. Si al menos la hubiese visto acercarse a los

bajíos, habría intentado disuadirla telepáticamente, pero su vista estaba

menguada por las telarañas inclementes de la edad.

Cuando el agua se retiró a la siguiente bajamar, el viejo farero se acercó a

ella.

Pensó que el animal había varado en el mismo punto en el que dijeron que

apareció el cadáver de su hermano hacía ya más de setenta años. Hizo el

cálculo: más de cincuenta mil mareas habían transcurrido desde entonces.

El gigante se encontraba sobre el punto exacto en el que tantas veces se

acomodara en las noches de verano; el cobijo o el medio sarcófago hecho en

la arena con el molde de su cuerpo para poder contemplar las estrellas e

inventar constelaciones que recordasen ballenas. Donde siempre lo envolvía

el sueño hasta que de madrugada o a medianoche era despertado por la

primera ola de la marea creciente.

Uno de los ojos del cetáceo había quedado a su altura. Apoyó las palmas

de sus manos sobre la cara del animal y se miró en su globo ocular como

quien lo hace en un espejo blando y negro, o como quien se asoma desde

fuera a la claraboya de un submarino de carne.

Se vio a sí mismo y al paisaje que tenía detrás: la mar, los arrecifes y, muy

lejos, la costa de Malamuerte; lo vio todo blando y acuoso y los movimientos

que percibía en el reflejo eran más lentos que los reales, como si el tiempo se

dilatase, pero el farero ya sabía que el tiempo en el Roque no significaba gran

cosa. Además, solo se reflejaba la imagen, y no el sonido: cuanto veía en el

ojo estaba encerrado en un vacío de silencio.

Alrededor de su reflejo vio algunas incrustaciones marinas, estrellas y

erizos de mar; al principio los vio desenfocados, pero poco a poco la visión se

hizo más nítida. Veía tan limpio y enfocado y con los detalles tan perfilados

como recordaba que veía a la edad de veinte años.

Vio moluscos, caballitos de mar camuflados entre las algas y bancos de

sardinas. Vio otros cetáceos saltando felices por encima de las olas con sus

morros garrapiñados de lapas y de balanos; vio al narval, ese extraño pez del

medievo, a grupos de tiburones martillo que nadaban en vertical hacia la

superficie con los primeros rayos del sol; vio docenas de mantas inmóviles

contra la corriente mientras se dejaban desparasitar por pececillos rápidos

como chispas; vio lampreas deambulando viscosas sobre el fango en busca de

cadáveres, y peces abisales con bocas de demonio y un farolillo colgando

frente a sus enormes cabezas sin ojos; vio bancos de kril, marsopas y

toneladas de fitoplancton bailando fluorescentes el baile de las mareas; vio

cómo un cangrejo ermitaño, oculto bajo las cuadernas descoyuntadas de una

carabela, abandonaba su concha de gasterópodo para instalarse en la caja de

oro y diamantes en la que años antes habitara su propio bisabuelo, más tarde

su abuelo y luego su padre.

Vio cómo una noche, una semana después de la luna llena, las aguas de un

arrecife tan grande como un continente se teñían del color de la leche porque

millones de pólipos de coral liberaban al albedrío de la marea, y sin ningún

testigo, espermas y huevos en perfecta sincronía.

Vio al Kraken, a Leviatán, a la Hidra, a Moby Dick, al Peje Nicolao, a

Poseidón, a Ahab y a Ishmael, a Nemo, a sirenas y argonautas charlando

distendidos sobre cosas de la mar; vio al viejo Santiago con su bote medio

destrozado y atado aún a los despojos del enorme pez espada devorado por los

escualos. Por encima, minúsculo como un mosquito, vio el aeroplano de Lindbergh atravesando con dificultad la parte alta de la bóveda del ojo, y el

vuelo lento de un Zeppelín tan grande como diez ballenas.

Vio cosas que no estaban en su enciclopedia y de las que nadie le había

hablado.

Vio el doblón de oro aún clavado en el palo mayor del Pequod, vio los

restos de la Batalla de Lepanto y antenas de langostas verdes que asomaban

por las bocas de sus cañones helados; vio galeras genovesas trasportando

capullos de seda y vajilla de peltre; galeones españoles cargados de oro de

vuelta y de azogue de ida; vio barcos portugueses llenos de esclavos negros

con hierros oxidados cercenando sus carnes, apiñados en sentinas malolientes

de orines y heces; trirremes romanos desembarcando en Chipre con

intenciones bélicas; drakkares vikingos atravesando la niebla y la noche al

compás de extraños cantos. Vio, frente a las costas de La Habana, cómo la

tripulación del Olonés arrojaba por la borda las cabezas de ochenta y nueve

prisioneros españoles con los ojos desencajados de terror mientras por los

imbornales chorreaban ríos de sangre. Vio fundirse las aguas del estrecho de

Bering y congelarse de nuevo mil veces. Vio caer el faro de Alejandría desde

debajo de la superficie y vio batir las olas en las costas de Zanzíbar y de

Tánger, de Maracaibo y de Odesa, como un vaivén cíclico.

Vio, desde las profundidades, los muslos de las jóvenes bañistas

chapoteando sin miedo en la superficie; vio suicidas sin aliento y pescadores

de perlas polinesios casi sin aliento. Vio todas las botellas con mensajes

lanzadas por náufragos a lo largo de la historia, desde que coincidieron la

primera botella y el primer náufrago, moviéndose con la corriente del Niño,

hasta que eran engullidas por un remolino en las mismas coordenadas

funestas. Las vio acelerar girando por el vórtice hasta que la presión las hacía

implotar, y entonces los fragmentos de vidrio caían hacia el abismo con un

vaivén de hojas de álamo, mientras los mensajes se quedaban girando en la

oscuridad del torbellino de agua hasta que acababan por deshacerse sin que

nadie los leyese, permaneciendo para siempre en el mundo de la Posibilidad.

Vio la isla movediza de San Borondón, como el caparazón de una enorme

tortuga de lava, cambiar de rumbo y esconderse en la calima proveniente del

Sahara. Vio crecer, como fractales de hielo, arrecifes de coral; y vio enormes

icebergs rajándose por la mitad con un sonido espantoso; y vio la baba de

espuma blanquecina, como esperma de los dioses de la mar, batiendo

arbolada contra los acantilados del Cabo de Hornos.

Vio terremotos submarinos, erupciones volcánicas de lava y gases que

salían escupidas de fallas que quebraban el lecho de la mar y que hacían hervir las aguas abisales convirtiendo mares enteros en enormes sopas de

pescado; vio tsunamis que nunca dejaban de crecer —⁠mares verticales,

paredones de agua⁠—; vio diluvios que duraban lustros, tifones y huracanes

que arrancaban galeones de las olas y los arrastraba volando hasta que se

deshacían en una lluvia de astillas y de miembros humanos; vio una sinfonía

de rayos como espadas de fuego jugando a incendiar mástiles y a estallar

santabárbaras; vio pelotas de granizo grandes como sandías sonrientes que al

caer arrancaban brazos de cuajo y destrozaban las cubiertas de las

embarcaciones, y vio el mismo terror secular en los ojos de todos los

marineros muertos.

Vio una tortuga carey en una mar silenciosa cazando medusas

fosforescentes y ajena a todo lo demás.

En el fondo del ojo, proyectadas sobre la pantalla de lona alquitranada que

era la retina, vio bosques de sargazos y montañas enteras de ánforas romanas,

racimos de monedas de oro soldadas entre sí y barras de plata; vio el

vellocino de oro y a Jasón dormitando en la cubierta del Argo; vio columnas

salomónicas, estatuas griegas de motivos eróticos y la puerta de la Atlántida,

cuyas piedras estaban grabadas con caracteres de un idioma desconocido,

como enormes piedras de Rosetta, pero que él podía leer y entender sin

dificultad.

Vio el cadáver sumergido de un niño de ocho años arrastrado por la

marea, volteándolo como a un pelele durante varios días y varias noches

mientras de su cabeza abierta salían hilillos de un fluido negruzco que volvía

frenéticos a los pececillos de alrededor. Vio sus cuencas vacías de pulpa y de

vida que lo miraban como desde el fondo de un pozo invitándolo a seguir sus

pasos.

Por último, miró hacia la superficie desde el fondo marino y vio cientos,

miles de pequeñas ballenas de madera, cada una preñada de una piedra

incrustada en el vientre y con una palabra grabada en el lomo. Las más

antiguas tenían la parte alta blanqueada por el sol y por el salitre y por debajo

arrastraban largos filamentos de algas pardas y escaramujos incrustados y

percebes que ralentizaban su navegación. Venían desde todos los puntos

cardinales para encontrarse en confluencias movedizas. Se mezclaban entre sí

en una coreografía sincronizada y en permanente mutación y, con sus

palabras grabadas, iban formando frases, párrafos y, finalmente, textos

larguísimos que se hacían y deshacían a la velocidad del pensamiento y que

contenían toda la sabiduría y toda la estulticia acumuladas por la humanidad.

Permaneció mirándose en el ojo hasta que se hizo de noche y las imágenes

se oscurecieron. Desde las profundidades de la mole de carne inmóvil, llegaba

el retumbar de los cañonazos de un enorme corazón que se esforzaba por

bombear chorros de sangre, a través de tuberías blandas y comprimidas, hacia

el resto del cuerpo inerte.

Volvió a la siguiente madrugada y, antes de las primeras luces, se asomó

al ojo. Ya no vio las maravillas marinas de la víspera, pero, al fondo de lo

negro, percibió un pequeño punto de luz anaranjado y trémulo. Hizo un túnel

con sus manos para verlo con más detalle y vio que la luz se movía con

lentitud, y que cada vez se hacía más grande, como si se acercase. Estuvo

observándola durante todo el día y, a medida que pasaban las horas, pudo

comprobar que era la antorcha de su sueño que caía por el pozo del farero de

las antípodas hacia donde él estaba. Dibujaba una trayectoria uniforme y

rectilínea y, a primera hora de la tarde, ya pudo distinguir con claridad el

contorno irregular de la empuñadura de madera y las oscilaciones de las

diferentes tonalidades anaranjadas de la llama.

Sin embargo, a medida que la antorcha se acercaba, el cristalino de la

ballena se iba volviendo cada vez más opaco, igual que el suyo.

Ya casi no distinguía nada en el interior, como si mirase a través de un

vidrio arañado durante muchos años por un viento cargado de polvo del

desierto. Para cuando calculó que la antorcha debía de haber llegado hasta él,

el ojo ya estaba cubierto por el sudario lechoso de la muerte. Ya no podía

distinguir con claridad el contorno de la antorcha sobre la pantalla petroleada

de la retina; solo la llegó a entrever como a través del tiempo o a través de una

niebla muy espesa.

Justo antes de que el ojo se apagase por completo, pudo vislumbrar por

unos segundos la escalera imposible que se retorcía sobre sí misma como una

cinta de Moebius hecha de piedra fosforescente, iluminada por el último

fogonazo de luz de la llama al llegar hasta el otro lado de la córnea.

Creyó comprender por un segundo su forma incomprensible.

Parpadeó un instante para no perder detalle y, cuando volvió a abrir los

ojos, el otro ojo estaba allí mirándolo. Inmóvil, sonriente, azul. Lo observaba

desde el interior del ojo de la ballena mientras el cordón de cuero de piel de

raya flotaba ingrávido en el agua de todos los océanos del planeta. Continuó

taladrando sus ojos la pupila azul de cristal duro hasta que, en segundos, o

puede que en minutos, todo se fundió a negro mientras creyó oír, a lo lejos, la

última nota monocorde y terrible de la caracola de Tritón.

Luego, con el mismo sonido que hacía el conmutador cuando apagaba la

luz del faro, emitió el corazón del cetáceo su último latido.