Bajamares
[Voz del narrador - 9]
Un día y una noche llevaba la ballena varada en la Cala de Sotavento,
ocupando casi la mitad de su longitud. El cetáceo había quedado de lado,
inmóvil como una barcaza de carne con la barriga blanca al sol; deforme,
aplastado por su propio peso aunque aún le quedaban fuerzas para respirar.
Para entonces, todos los lagartos y los cangrejos del islote estaban
concentrados en torno al monstruo. Era imposible caminar alrededor de la
ballena sin aplastar a algunos de ellos. Escalaban la mole de carne excitados
por el descubrimiento y cazaban las pulgas de mar que la cubrían o se reunían
donde encontraban una zona de piel abierta.
De madrugada, cuando la trajo la marea, el farero ya estaba en la cala y
vio cómo se dejaba arrastrar por las olas sin apenas luchar. Tenía el cuerpo
magullado por la lucha contra las mil agujas de piedra que rodeaban el islote.
Con toda probabilidad, llevaba gran parte de la noche —lo que duró la
bajamar — atrapada entre los farallones sin poder salir. Estaba exhausta
después de tan larga pelea.
El farero no pudo hacer nada. Si al menos la hubiese visto acercarse a los
bajíos, habría intentado disuadirla telepáticamente, pero su vista estaba
menguada por las telarañas inclementes de la edad.
Cuando el agua se retiró a la siguiente bajamar, el viejo farero se acercó a
ella.
Pensó que el animal había varado en el mismo punto en el que dijeron que
apareció el cadáver de su hermano hacía ya más de setenta años. Hizo el
cálculo: más de cincuenta mil mareas habían transcurrido desde entonces.
El gigante se encontraba sobre el punto exacto en el que tantas veces se
acomodara en las noches de verano; el cobijo o el medio sarcófago hecho en
la arena con el molde de su cuerpo para poder contemplar las estrellas e
inventar constelaciones que recordasen ballenas. Donde siempre lo envolvía
el sueño hasta que de madrugada o a medianoche era despertado por la
primera ola de la marea creciente.
Uno de los ojos del cetáceo había quedado a su altura. Apoyó las palmas
de sus manos sobre la cara del animal y se miró en su globo ocular como
quien lo hace en un espejo blando y negro, o como quien se asoma desde
fuera a la claraboya de un submarino de carne.
Se vio a sí mismo y al paisaje que tenía detrás: la mar, los arrecifes y, muy
lejos, la costa de Malamuerte; lo vio todo blando y acuoso y los movimientos
que percibía en el reflejo eran más lentos que los reales, como si el tiempo se
dilatase, pero el farero ya sabía que el tiempo en el Roque no significaba gran
cosa. Además, solo se reflejaba la imagen, y no el sonido: cuanto veía en el
ojo estaba encerrado en un vacío de silencio.
Alrededor de su reflejo vio algunas incrustaciones marinas, estrellas y
erizos de mar; al principio los vio desenfocados, pero poco a poco la visión se
hizo más nítida. Veía tan limpio y enfocado y con los detalles tan perfilados
como recordaba que veía a la edad de veinte años.
Vio moluscos, caballitos de mar camuflados entre las algas y bancos de
sardinas. Vio otros cetáceos saltando felices por encima de las olas con sus
morros garrapiñados de lapas y de balanos; vio al narval, ese extraño pez del
medievo, a grupos de tiburones martillo que nadaban en vertical hacia la
superficie con los primeros rayos del sol; vio docenas de mantas inmóviles
contra la corriente mientras se dejaban desparasitar por pececillos rápidos
como chispas; vio lampreas deambulando viscosas sobre el fango en busca de
cadáveres, y peces abisales con bocas de demonio y un farolillo colgando
frente a sus enormes cabezas sin ojos; vio bancos de kril, marsopas y
toneladas de fitoplancton bailando fluorescentes el baile de las mareas; vio
cómo un cangrejo ermitaño, oculto bajo las cuadernas descoyuntadas de una
carabela, abandonaba su concha de gasterópodo para instalarse en la caja de
oro y diamantes en la que años antes habitara su propio bisabuelo, más tarde
su abuelo y luego su padre.
Vio cómo una noche, una semana después de la luna llena, las aguas de un
arrecife tan grande como un continente se teñían del color de la leche porque
millones de pólipos de coral liberaban al albedrío de la marea, y sin ningún
testigo, espermas y huevos en perfecta sincronía.
Vio al Kraken, a Leviatán, a la Hidra, a Moby Dick, al Peje Nicolao, a
Poseidón, a Ahab y a Ishmael, a Nemo, a sirenas y argonautas charlando
distendidos sobre cosas de la mar; vio al viejo Santiago con su bote medio
destrozado y atado aún a los despojos del enorme pez espada devorado por los
escualos. Por encima, minúsculo como un mosquito, vio el aeroplano de Lindbergh atravesando con dificultad la parte alta de la bóveda del ojo, y el
vuelo lento de un Zeppelín tan grande como diez ballenas.
Vio cosas que no estaban en su enciclopedia y de las que nadie le había
hablado.
Vio el doblón de oro aún clavado en el palo mayor del Pequod, vio los
restos de la Batalla de Lepanto y antenas de langostas verdes que asomaban
por las bocas de sus cañones helados; vio galeras genovesas trasportando
capullos de seda y vajilla de peltre; galeones españoles cargados de oro de
vuelta y de azogue de ida; vio barcos portugueses llenos de esclavos negros
con hierros oxidados cercenando sus carnes, apiñados en sentinas malolientes
de orines y heces; trirremes romanos desembarcando en Chipre con
intenciones bélicas; drakkares vikingos atravesando la niebla y la noche al
compás de extraños cantos. Vio, frente a las costas de La Habana, cómo la
tripulación del Olonés arrojaba por la borda las cabezas de ochenta y nueve
prisioneros españoles con los ojos desencajados de terror mientras por los
imbornales chorreaban ríos de sangre. Vio fundirse las aguas del estrecho de
Bering y congelarse de nuevo mil veces. Vio caer el faro de Alejandría desde
debajo de la superficie y vio batir las olas en las costas de Zanzíbar y de
Tánger, de Maracaibo y de Odesa, como un vaivén cíclico.
Vio, desde las profundidades, los muslos de las jóvenes bañistas
chapoteando sin miedo en la superficie; vio suicidas sin aliento y pescadores
de perlas polinesios casi sin aliento. Vio todas las botellas con mensajes
lanzadas por náufragos a lo largo de la historia, desde que coincidieron la
primera botella y el primer náufrago, moviéndose con la corriente del Niño,
hasta que eran engullidas por un remolino en las mismas coordenadas
funestas. Las vio acelerar girando por el vórtice hasta que la presión las hacía
implotar, y entonces los fragmentos de vidrio caían hacia el abismo con un
vaivén de hojas de álamo, mientras los mensajes se quedaban girando en la
oscuridad del torbellino de agua hasta que acababan por deshacerse sin que
nadie los leyese, permaneciendo para siempre en el mundo de la Posibilidad.
Vio la isla movediza de San Borondón, como el caparazón de una enorme
tortuga de lava, cambiar de rumbo y esconderse en la calima proveniente del
Sahara. Vio crecer, como fractales de hielo, arrecifes de coral; y vio enormes
icebergs rajándose por la mitad con un sonido espantoso; y vio la baba de
espuma blanquecina, como esperma de los dioses de la mar, batiendo
arbolada contra los acantilados del Cabo de Hornos.
Vio terremotos submarinos, erupciones volcánicas de lava y gases que
salían escupidas de fallas que quebraban el lecho de la mar y que hacían hervir las aguas abisales convirtiendo mares enteros en enormes sopas de
pescado; vio tsunamis que nunca dejaban de crecer —mares verticales,
paredones de agua—; vio diluvios que duraban lustros, tifones y huracanes
que arrancaban galeones de las olas y los arrastraba volando hasta que se
deshacían en una lluvia de astillas y de miembros humanos; vio una sinfonía
de rayos como espadas de fuego jugando a incendiar mástiles y a estallar
santabárbaras; vio pelotas de granizo grandes como sandías sonrientes que al
caer arrancaban brazos de cuajo y destrozaban las cubiertas de las
embarcaciones, y vio el mismo terror secular en los ojos de todos los
marineros muertos.
Vio una tortuga carey en una mar silenciosa cazando medusas
fosforescentes y ajena a todo lo demás.
En el fondo del ojo, proyectadas sobre la pantalla de lona alquitranada que
era la retina, vio bosques de sargazos y montañas enteras de ánforas romanas,
racimos de monedas de oro soldadas entre sí y barras de plata; vio el
vellocino de oro y a Jasón dormitando en la cubierta del Argo; vio columnas
salomónicas, estatuas griegas de motivos eróticos y la puerta de la Atlántida,
cuyas piedras estaban grabadas con caracteres de un idioma desconocido,
como enormes piedras de Rosetta, pero que él podía leer y entender sin
dificultad.
Vio el cadáver sumergido de un niño de ocho años arrastrado por la
marea, volteándolo como a un pelele durante varios días y varias noches
mientras de su cabeza abierta salían hilillos de un fluido negruzco que volvía
frenéticos a los pececillos de alrededor. Vio sus cuencas vacías de pulpa y de
vida que lo miraban como desde el fondo de un pozo invitándolo a seguir sus
pasos.
Por último, miró hacia la superficie desde el fondo marino y vio cientos,
miles de pequeñas ballenas de madera, cada una preñada de una piedra
incrustada en el vientre y con una palabra grabada en el lomo. Las más
antiguas tenían la parte alta blanqueada por el sol y por el salitre y por debajo
arrastraban largos filamentos de algas pardas y escaramujos incrustados y
percebes que ralentizaban su navegación. Venían desde todos los puntos
cardinales para encontrarse en confluencias movedizas. Se mezclaban entre sí
en una coreografía sincronizada y en permanente mutación y, con sus
palabras grabadas, iban formando frases, párrafos y, finalmente, textos
larguísimos que se hacían y deshacían a la velocidad del pensamiento y que
contenían toda la sabiduría y toda la estulticia acumuladas por la humanidad.
Permaneció mirándose en el ojo hasta que se hizo de noche y las imágenes
se oscurecieron. Desde las profundidades de la mole de carne inmóvil, llegaba
el retumbar de los cañonazos de un enorme corazón que se esforzaba por
bombear chorros de sangre, a través de tuberías blandas y comprimidas, hacia
el resto del cuerpo inerte.
Volvió a la siguiente madrugada y, antes de las primeras luces, se asomó
al ojo. Ya no vio las maravillas marinas de la víspera, pero, al fondo de lo
negro, percibió un pequeño punto de luz anaranjado y trémulo. Hizo un túnel
con sus manos para verlo con más detalle y vio que la luz se movía con
lentitud, y que cada vez se hacía más grande, como si se acercase. Estuvo
observándola durante todo el día y, a medida que pasaban las horas, pudo
comprobar que era la antorcha de su sueño que caía por el pozo del farero de
las antípodas hacia donde él estaba. Dibujaba una trayectoria uniforme y
rectilínea y, a primera hora de la tarde, ya pudo distinguir con claridad el
contorno irregular de la empuñadura de madera y las oscilaciones de las
diferentes tonalidades anaranjadas de la llama.
Sin embargo, a medida que la antorcha se acercaba, el cristalino de la
ballena se iba volviendo cada vez más opaco, igual que el suyo.
Ya casi no distinguía nada en el interior, como si mirase a través de un
vidrio arañado durante muchos años por un viento cargado de polvo del
desierto. Para cuando calculó que la antorcha debía de haber llegado hasta él,
el ojo ya estaba cubierto por el sudario lechoso de la muerte. Ya no podía
distinguir con claridad el contorno de la antorcha sobre la pantalla petroleada
de la retina; solo la llegó a entrever como a través del tiempo o a través de una
niebla muy espesa.
Justo antes de que el ojo se apagase por completo, pudo vislumbrar por
unos segundos la escalera imposible que se retorcía sobre sí misma como una
cinta de Moebius hecha de piedra fosforescente, iluminada por el último
fogonazo de luz de la llama al llegar hasta el otro lado de la córnea.
Creyó comprender por un segundo su forma incomprensible.
Parpadeó un instante para no perder detalle y, cuando volvió a abrir los
ojos, el otro ojo estaba allí mirándolo. Inmóvil, sonriente, azul. Lo observaba
desde el interior del ojo de la ballena mientras el cordón de cuero de piel de
raya flotaba ingrávido en el agua de todos los océanos del planeta. Continuó
taladrando sus ojos la pupila azul de cristal duro hasta que, en segundos, o
puede que en minutos, todo se fundió a negro mientras creyó oír, a lo lejos, la
última nota monocorde y terrible de la caracola de Tritón.
Luego, con el mismo sonido que hacía el conmutador cuando apagaba la
luz del faro, emitió el corazón del cetáceo su último latido.