Boabdil
Boabdil
Antonio Soler
Un hombre contra el destino
ePUB v1.0
13.08.13
Título original: Boabdil
Antonio Soler, 2012
ePub base v2.1
I.
LA ALEGRÍA Y LA IRA
—¡Siete!
—¡Cinco!
—¡Cuatro!
—¡Gané!
—¡Apestada suerte!
En medio del gentío que llenaba la callejuela, aquellos hombres estaban encorvados sobre una pequeña superficie de madera por la que rodaban unos viejos dados de hueso.
Uno de ellos alzó las palmas de las manos al cielo. Tenía un ojo vacío y una mueca extraña en la cara. Nunca podría saberse a raíz de esa expresión si era él quien acababa de declararse ganador o uno de los que protestaban contra el destino y su mala fortuna. Discutían sobre la disposición de la tabla. Uno de ellos, lleno de indignación, alegó que aquel era un maldito juego de cristianos. Risotadas.
Abul Casím el Muleh los dejó atrás. Siguió caminando por la calleja, angosta y penumbrosa como el túnel de una pesadilla. Entraba y salía gente apresurada de las casas. Del interior de las mismas surgía una leve bocanada cálida, un olor a carbón y piel recién curtida. Un grupo de niños pasó corriendo por su lado, rozando su túnica. Como él, bajaban hacia el resplandor blanco que había al final de la calle. Ululaban imitando a los soldados bereberes.
A medida que se acercaba a la luz, el ruido iba creciendo y lo que en principio había sonado en sus oídos como un eco endeble y remoto se convertía en un trueno persistente, lleno de agujas, de sonidos estridentes que perforaban ese rumor tronante que El Muleh sentía aumentar a cada paso. Cuando llegó al final de la calle y apenas puso un pie en la claridad, pudo oír en toda su magnitud el bramido de la plaza. Una ola rompiendo contra la luz en medio de la que se distinguían voces y eco de tambores, nombres pronunciados por aquí y por allá, tintineo de campanillas, gritos de alarma, risas. Como en la cara del jugador tuerto, también allí se confundían la alegría y la furia.
En la plaza Bab-al-Rambla se estremecía un tumulto vociferante. Era una mañana fría de enero y un vaho espeso escapaba de las bocas que reían o gritaban. Se oía el ladrido de los perros enjaulados, los gruñidos y golpes que provenían de detrás de aquella empalizada de maderas desiguales que días atrás habían levantado en medio de la plaza. El relinchar de los caballos asustados, presintiendo el peligro. Los cascos arañando el suelo, golpeando las tablas.
Abul Casím el Muleh se abrió paso hasta las cercanías de la empalizada. Cuando ya estaba a punto de llegar a ella pudo percibir el temblor del suelo, unos golpes y embestidas que transmitían toda su intensidad a través de la tierra. Por encima de los turbantes de unos ancianos vio la cabeza ensangrentada de un toro debatiéndose en medio de la plaza. Tres perros lo acosaban, dos mastines y un dogo italiano. Algo más allá, también en el interior de la improvisada cerca, había un cuarto perro, muerto y con unas vísceras azulencas y verdes esparcidas a su alrededor.
Los ojos del toro estaban dilatados y parecía que pudieran saltar, despegarse en cualquier momento del cráneo del animal. Las pupilas brillaban en medio de la sangre espesa que se derramaba por varias partes de su cabeza. Había perdido en la lucha las dos orejas, tenía los belfos desgarrados y torcía el cuello tratando de defenderse, sin dejar de emitir un mugido ronco, un estertor sonoro que conseguía hacerse audible por encima del alboroto de la plaza.
Uno de los mastines probó una nueva acometida y consiguió aferrar sus mandíbulas a uno de los costados del toro a la par que el dogo atacaba y mordía por el flanco contrario. Tiraban los perros del bocado con las patas hincadas en el suelo, tratando de desgarrar la carne de la bestia. Sus gruñidos se mezclaban con el ronquido del toro, que intentó zafarse de los bocados revolviéndose sobre sí mismo. Aquel movimiento rápido y violento hizo trastabillar al mastín. El perro, caído ante la cabeza del toro, recibió el cuerno en mitad del pecho con un crujido blando. El toro levantó por el aire al perro, que fue lanzado contra la empalizada, a varios pasos de distancia.
La cornada, el golpe del cuerpo contra las maderas y el aullido del perro se perdieron entre el estruendo de gritos y risas que resonó en toda la plaza. Los niños, con los ojos llenos de excitación y asombro, se conminaban unos a otros a mirar al perro moribundo, los detalles de la agonía, el nuevo ataque que ahora emprendía el mastín superviviente. Un grupo de jóvenes judíos, portando en el pecho el trozo de paño amarillo con el que la ley los obligaba a distinguirse, bromeaba sobre la suerte del toro. Había comerciantes genoveses cruzando apuestas y gestos burlones entre ellos. Ladraban los perros enjaulados al pie de la empalizada y zarandeaban los leños que les servían de barrotes. El dogo italiano, seguramente pisoteado durante la carrera del toro, cojeaba aparatosamente, una de sus patas delanteras estaba partida, casi cercenada por la mitad. Sobre la arena que el día anterior había sido esparcida por la plaza para celebrar las justas y los combates ecuestres quedaban trazados unos dibujos caprichosos y llamativos de sangre oscura, casi negra.
«La ira, la incontenible alegría del mundo», pensó El Muleh mirando las caras de los jóvenes judíos con sus barbas suaves, los ojos vencidos de los ancianos, los torpes movimientos del toro en medio del cercado. Apenas podía percibir, sin embargo, los ladridos de los dos perros supervivientes, anulados por el ruido de los hombres, el tamborileo, los gritos. El Muleh veía las bocas mudas de los perros ladrándole a la muerte, sus colmillos desgarrando el aire. «Este engaño», pensó.
Unos tambores redoblaron cansinamente al otro extremo de la plaza y fueron recibidos por una nueva algarabía.
«Este engaño», volvió a decirse a sí mismo El Muleh.
Miró con descreimiento aquellos brazos alzados, las muecas, los gestos de entusiasmo que acompañaron la entrada en el interior de la empalizada de dos jinetes armados de lanzas. Llevaban pañuelos rojos y verdes anudados al pie de la ancha hoja de acero, adornando la unión del metal con el palo. Los jinetes se fueron separando, cada uno tomaba un lateral de la empalizada, dispuestos a lancear al toro, que los miraba burbujeando sangre, con aquel destello de locura en los ojos.
El Muleh había tenido suficiente. Se apartó de aquel lugar y reanudó su marcha entre el gentío que iba de un lado a otro de la plaza. Pensaba que todo aquello formaba parte de un vaticinio oscuro y que en el fondo de esa excitada fogosidad estaba la confirmación de que se había iniciado un periodo difícil y lleno de dificultades para el reino de Granada. Un mal presagio. Aquellos fastos no tenían otro fin que el de enmascarar la incertidumbre, festejar el dudoso camino que el rey Muley Hacén había iniciado unos días atrás con la toma de Zahara, enfrentándose abiertamente a los cada vez más poderosos reyes cristianos, Isabel y Fernando.
Un gran clamor resonó a su espalda. Quizá un caballero había lanceado mortalmente al toro o tal vez este, en un esfuerzo desesperado, había conseguido derribar a uno de los jinetes, destripar el caballo, matar otro perro, a un hombre.
La figura de Abul Casím el Muleh se adentró por un nuevo laberinto de calles. Delgado, con una cara angulosa, pómulos marcados como esquinas. Taciturno y vestido con un ropaje sobrio. Un hombre como tantos perdido en aquella confusión. Tal vez aún no habían cuajado en su mente los pensamientos que más tarde serían para él tan familiares como el pan o el agua, pero ya estaba presente la sensación de que la vida estaba llegando a una encrucijada decisiva. De algún modo presentía que estaba por nacer un tiempo nuevo, pero también percibía que ni sus ojos ni los de los suyos alcanzarían a ver la nueva vida que llegaba, que ya estaba dejándose sentir en el aire y que irremediablemente tendría otros dueños.
Granada era en aquellos días un latido, un pulso intenso y contradictorio. El invierno de 1481 había comenzado con la ruptura de la tregua con los cristianos por parte del rey Muley Hacén. En los días inmediatos a la Navidad cristiana, al frente de un ejército no demasiado numeroso pero sí bien armado y decidido, el rey nazarí había cruzado la región bajo una oscura tempestad. Aprovechando la noche y la confianza del enemigo había tomado el pueblo de Zahara y su castillo, de apariencia inexpugnable.
No se trataba de una escaramuza más ni de una de aquellas cabalgadas que se producían a un lado y otro de la frontera en busca de un botín apresurado para regresar a los territorios propios. Muley Hacén dejó en Zahara una guarnición suficiente para defenderla y había enviado a Granada a los habitantes del pueblo, convertidos en esclavos. No estaba dispuesto a renovar la tregua que ya casi estaba cumplida y que hasta ese momento todos tenían la certeza de que podría ser ampliada.
En su juventud, Muley Hacén había sido testigo de las humillaciones que su padre había debido soportar por parte de los cristianos, quienes, no conformes con recibir los tributos de las propias manos del rey nazarí y de su séquito, en más de una ocasión habían disfrutado haciendo escarnio de aquel pago, obligando al rey y a sus embajadores a tolerar su desprecio e incluso su mofa. Ahora, sintiéndose inopinadamente fuerte y dueño de su destino, Muley Hacén había tomado la determinación de no volver a rendir cuentas ni pleitesía a los cristianos. No ser la cabeza agachada y obediente de un reino vasallo.
También lo había llevado a esa dudosa aventura la apremiante necesidad de acallar el malestar de los granadinos, acosados a su vez por la hacienda real y unas veces testigos y otras víctimas indefensas de su cruel arbitrariedad. Zahara. Una victoria como ofrenda y desagravio a su pueblo. Un motivo para restañar el orgullo herido y al mismo tiempo señalar a los culpables de las desdichas comunes a todos los musulmanes de la Península.
En medio de un atronador redoble de tambores, montado sobre un caballo negro y luciendo un peto con repujados de plata y adornos de oro, Muley Hacén había entrado en Granada apenas unos días después de su conquista, envuelto en una capa de seda roja que el aire, estremeciéndola como una brillante lengua de fuego, hacía aún más vistosa. Sus ojos, de una negrura absoluta, miraban a un horizonte inalcanzable, en una pose de gloriosa estatua, y la cicatriz, que desde el ojo derecho le bajaba hasta la comisura de los labios, se mantenía completamente recta, casi trazada con el utensilio de un astrónomo. A su paso hizo que se soltara una nube de palomas pintadas de oro. Al frente de su ejército llevaba los pendones y estandartes conquistados a los cristianos en el castillo de Zahara. El Muleh había dejado atrás el alboroto de la ciudad. Bajo la umbría arboleda avanzaba hacia los límites de la Alhambra. Entre aquellas fuentes ahora heladas y comidas por el musgo, había visto años atrás a Muley Hacén, joven, feroz. Frente a lo que él consideraba debilidad y sumisión ante Castilla, Hacén había emprendido la guerra contra su propio padre. Finalmente, después de innumerables traiciones y momentos amargos, consiguió derrocarlo y ocupar su lugar. No conoció la piedad. Ejecutó a antiguos aliados, parientes, amigos. Para todos tuvo el mismo rasero. Su justicia. Mantuvo a su padre cautivo en el castillo de Salobreña hasta el día de su muerte y solo entonces lo trasladó al cementerio real de Granada, donde fue sepultado sin ninguna honra ni ceremonia.
Era la condena de ese reino perdido en el extremo del mundo, el inacabable combate interno, la despiadada lucha por el poder dentro de ese pequeño reino que hacía décadas había empezado a oscurecer. Granada era uno de los picos de la media luna del islam. El extremo más débil que debía resistir, mantenerse firme, mientras al otro lado del arco lunar los turcos, llenando de esperanza el corazón de los musulmanes, mostraban toda su fortaleza y se adentraban en Europa.
Había, además, un nuevo elemento que se sumaba a los antiguos deseos de revancha de Muley Hacén. Una joven de origen cristiano, con la piel blanca y los ojos dulcemente turbios, le había hecho recobrar la potencia de la juventud. La sangre bombeaba con el vértigo de la savia nueva dentro de su cuerpo maduro.
La furia suplía a la fuerza, la soberbia a la vitalidad de otro tiempo. La joven, convertida en muy poco tiempo en su favorita, lo recibía cada noche en sus habitaciones. Por los corredores del palacio corría el murmullo de sus quejidos amorosos. El poder de la conversa se manifestaba en cada uno de aquellos jadeos. Cada vahído, cada espiración que brotaba de su garganta era una señal inequívoca de su encumbramiento. Y cuando a ese rumor le sucedía el canto dulce con el que la joven arrullaba el descanso de su rey, todos en la Alhambra sabían que ese canto era el espejo de su propia alegría, la forma de mostrar su más rotundo triunfo. Un triunfo que se consumó de modo irrevocable cuando la joven quedó embarazada y dio a luz un hijo varón.
Al hacerse musulmana, la conversa había adoptado el nombre de Zoraya. Entre el pueblo y también en algunos rincones de la corte la llamaban simplemente la Cristiana, la Rumiyya, la Pálida o la Perra.
Por las calles de la ciudad había corrido el rumor de que una mañana, poco después de casarse con ella, Muley Hacén había reunido de improviso a sus hombres más fieles en uno de los baños de la Alhambra y que solo pudieron comprender el motivo de aquella inesperada convocatoria cuando Zoraya apareció con su séquito de sirvientas por una de las puertas laterales y, lejos del grupo de los hombres, se despojó de su manto y, envuelta en una vaporosa túnica de seda, se adentró lentamente en el agua. Según contaban los granadinos, el rey hizo asistir a los cortesanos al baño desde un rincón de la sala. Las miradas de aquellos hombres fueron en todo momento inseguras, las palabras entrecortadas y los movimientos torpes, y cuando la esposa, ataviada únicamente con aquella camisa transparentada por el agua, salió del estanque como si se encontrase en la habitual intimidad de sus servidoras, el rey invitó a todos los cortesanos a que se inclinaran en el borde de la alberca y bebieran un cuenco del líquido que acababa de acariciar el cuerpo de la Cristiana, la Pálida, la Perra.
Un viento helado corría por la Alhambra. En la torre de la Justicia, El Muleh vio a un grupo de soldados del rey. Su guardia personal, formada por hombres de origen cristiano. Niños que en su día habían sido arrebatados a sus familias en antiguas incursiones, convertidos al islam y que, después de una dura instrucción militar, formaban el núcleo más fiel del ejército. Ellos sí eran los verdaderos perros del rey Hacén.
Abul Casím el Muleh entró finalmente en el Mexuar, al fondo de una sala con columnas de piedra de color rosáceo dos hombres conversaban en voz baja. Se volvieron a mirarlo. El mayor de ellos tenía la piel olivácea y los labios —y podría decirse que hasta los ojos— carnosos. Gordo, lento, torpe, con una barbita rala incapaz de cubrir la extensión de aquellas mejillas. Se levantó a recibirlo con movimientos mal acompasados, como si le costase trabajo perder la rigidez de su cuerpo y desenvolverse de modo natural. Besó al recién llegado en el rostro. Por el contrario, el joven, sonriente y cálido, permaneció sentado.
El Muleh, dirigiéndose a él, murmuró: «Mi señor», y se inclinó con una leve reverencia mientras añadía:
—Debo dar gracias a Alá por iluminar mis ojos y verte sonreír, Boabdil.
—Sonrío únicamente por la satisfacción de verte, viejo amigo. Por desgracia, no hay ningún otro motivo. Las palabras de Aben Comisa y las noticias que me trae no provocan demasiado aliento, ninguna razón para sonreír.
—Sin embargo, la ciudad bulle y los granadinos, señor, están dispuestos a celebrar con todo el entusiasmo del que son capaces el ataque de tu padre a Zahara, eso que él mismo llama a todas horas su «gran golpe de audacia» y el inicio de una guerra santa contra los infieles.
—Haría bien en mantener a Dios alejado de sus pasiones. Y en cuanto a esos festejos, tienen tan poco sentido como celebrar la desgracia. Alegrarse por la pérdida de un brazo, por el destierro o por la ruina de su casa. —Aben Comisa mostró un ímpetu extraño en alguien de apariencia tan blanda. Intentó justificar el arrebato—: Pero no todos están detrás de esa locura, solo una parte de los granadinos demuestra eso que llamas entusiasmo. Son muchos más los que empiezan a llenarse de toda clase de temores y sienten mucho cuidado por el futuro.
Intervino Boabdil, tenía la voz suave y sus gestos eran armoniosos:
—Ayer, por la puerta del Vino entraron los presos que mi padre hizo en Zahara. Era una larga columna de gente hambrienta. Niños y mujeres sin fuerza, hombres heridos que apenas podían mantenerse en pie ni dar un paso más. Muchos granadinos, tal vez los que hoy no disfrutan con las celebraciones de mi padre, salieron a verlos. No hubo insultos ni hicieron burla de ellos.
Aben Comisa, dejándose llevar por la misma vehemencia que antes había mostrado, mirando fijamente a El Muleh con sus ojos bovinos, completó la descripción de Boabdil:
—Así es, justamente como nuestro señor lo dice. Y cuando nuestros vecinos se acercaron a ellos no fue para tirarles piedras o escupir a su paso. Les entregaron comida. Paños para el abrigo. Miraban al cielo y pronunciaban el nombre de Alá. — Aben Comisa miró ahora con toda la intensidad que le permitían aquellos ojos sombríos a Boabdil y después devolvió la mirada al rostro anguloso de El Muleh—. Se veían en ellos, eran su reflejo futuro.
Los tres hombres se miraron durante unos instantes en silencio, conscientes de que aquella era la auténtica realidad. El Muleh pudo adivinar fácilmente que la conversación anterior a su llegada había girado alrededor de aquel mismo asunto. Aben Comisa, consejero de Boabdil y perteneciente a la influyente familia de los Abencerrajes, intentaba que el príncipe participase de sus mismas conclusiones, que las hiciera completamente suyas y que una vez asumidas cerrase cualquier otra vía de entendimiento. Sellada esa puerta, el siguiente paso era actuar. Su padre, el rey Muley Hacén, desvariaba. Y era necesario, por el bien de Granada, tomar decisiones de gran trascendencia, por muy dolorosas que fueran.
Aben Comisa repitió su sentencia:
—Se veían en ellos. Los granadinos veían en los harapos de los cristianos su próxima desnudez. En el hambre de esa gente no contemplaban otra cosa que la amenaza de su propia falta, de las fatigas que padecerán a la vuelta de poco tiempo si Alá y sus hijos más iluminados no se levantan para dar fin a tanta locura.
En la cara de Boabdil no quedaba ningún rastro de la sonrisa, de aquella luz que El Muleh había visto al llegar. Sus rasgos se habían afilado todavía un poco más. Sus ojos, fijos en el suelo que rodeaba sus pies, podría decirse que miraban al vacío, una lejanía en la que se dibujaban sombras, espectros. Tal vez un brumoso espejo en el que entre esos fantasmas Boabdil adivinase su propia figura.
No llegaba El Muleh a entender por completo qué era lo que le repelía de Aben Comisa, cuál era la causa, más allá de lo desagradable de su aspecto, que le hacía dudar de sus palabras. Unas palabras que seguramente él mismo podría haber pronunciado una tras otra y tal vez con la misma convicción, aunque con menos entusiasmo. Era tal vez ese afán, esa impaciencia por atrapar en su red a Boabdil, lo que a El Muleh le producía una sensación de desconfianza y hasta de repulsión. Esa urgencia de Aben Comisa porque el pensamiento del príncipe siguiera al suyo igual que si hubiese construido una acequia y el torrente cristalino y limpio de Boabdil no tuviera otra opción que la de correr, serena o tormentosamente, por su cauce.
Llevado por esa idea, y corriendo el peligro de contradecirse, El Muleh trató de introducir algún matiz:
—Haríamos mal en descartar la posibilidad de que el orgullo del rey tal vez haya quedado satisfecho con este ataque de furia a los cristianos y ahora pueda intentarse…
—No es orgullo, ni siquiera soberbia. Es traición. Traición al pueblo de Granada y traición al islam usando el nombre de Alá y su profeta, es traición…
Aben Comisa se interrumpió al observar cómo Boabdil, esbozando una sonrisa triste, se disponía a hablar.
Como si hubiera adivinado el pensamiento de El Muleh, Boabdil dejó que desapareciera el eco de las palabras de Aben Comisa, para que el rastro de unas no se cruzara con el de otras y todavía tardó unos instantes en hablar.
—De nada servirá que sembremos entre nosotros el mismo rencor que mi padre y su hermano y el padre de ambos sembraron entre ellos. No se trata ahora de entrar en disputas por lo pequeño, desmenuzar si detrás de la estrategia de mi padre se encuentra el orgullo, la soberbia, la locura o, como algunos insinúan, su nueva esposa Zoraya, o incluso los celos que siente hacia ella mi madre.
—Tu madre, señor, solo respira por dar aire al corazón de Granada y a tu propio corazón. Ella reconoce en ti al único rey posible, la única persona capaz de proteger el futuro incierto de este pueblo.
Boabdil recibió esa respuesta con un gesto mitad irónico y mitad compasivo.
—Deja que cada uno respire para beneficio de su propio cuerpo, Comisa. Y también permíteme que me crea con suficiente derecho como para tener una opinión medianamente afinada sobre mi madre y sus deseos.
Boabdil acalló el conato de protesta de Aben Comisa siguiendo el curso inalterable de sus palabras.
—Aunque solo sea por una vez, dejemos todos las sutilezas a un lado. En este momento lo único importante es que mi padre, con la toma de Zahara, ha provocado gravemente a los reyes cristianos. Quizá mi padre, y este ha sido su mayor error, haya olvidado que Isabel y Fernando no son ya aquellos reyes débiles, cargados de guerras y rebeliones internas de hace unos años. No. Ahora son fuertes y miran con los ojos muy abiertos a su alrededor. —Boabdil se levantó y ya de pie miró hacia la ventana más próxima a él. A través de ella se veía una maraña de ramas desnudas y grises que se entretejían alocadamente en aquel trozo de cielo—: Me temo que mi padre ha puesto en manos de los reyes cristianos lo que más deseaban. Ya tienen una razón para emprender un ataque contra nosotros y apretar todavía un poco más el lazo alrededor de nuestro cuello. Solo confío en que no decidan cerrar el nudo hasta el final.
Aben Comisa y El Muleh se incorporaron al mismo tiempo. El primero con lentitud y alguna dificultad, el otro sin ningún esfuerzo, como si su túnica estuviese vacía y la hubiera impulsado un mágico soplo de viento.
Boabdil se había acercado a la ventana. Observaba cómo unos mirlos pulían sus picos contra las ramas de los árboles. Pareció hablarles más a esos pájaros que a sus dos acompañantes:
—Esta mañana, cuando caminaba hacia aquí, he visto al borde del camino algunas de las palomas doradas que ayer soltaron al paso de mi padre y su ejército. Estaban agonizando, moribundas, en los charcos de nieve derretida. Aleteaban sin fuerza en el barro, envenenadas por la pintura con la que ayer fueron cubiertas. — Sonrió para sí mismo y por un instante sus ojos recuperaron la luminosidad del principio—. Una parábola bastante elemental, pero a pesar de ello turbadora.
Boabdil se giró con lentitud y miró de frente a los dos hombres. El Muleh lo observaba con gravedad, Aben Comisa intentando calibrar el auténtico estado de ánimo del príncipe.
—Seremos todos, los que hoy se divierten mirando las peleas de los perros y los toros, los que ayer daban comida a los cautivos, nosotros mismos, quienes vamos a sufrir las consecuencias del orgullo, la ambición, o eso que llaman la locura de mi padre.
—Ese es justamente el temor de tu madre, señor. —Aben Comisa intentaba mostrarse complaciente; sonreía, su carne parecía aún más blanda.
—Tampoco el orgullo herido, o la ambición, o la locura de mi madre tienen en este momento demasiada importancia para mí. —Boabdil se acercó a Aben Comisa y con su cara muy próxima a la de su consejero añadió—: Solo la presencia de un peligro inminente que amenazara la vida de este pueblo, de nosotros, como ahora la conocemos, podría impulsarme a hacer un movimiento en contra de nuestro rey. Así puedes comunicárselo, si lo deseas, a mi querida madre.
Aben Comisa entreabrió la abundante y pesada cortina de sus labios, pero no llegó a pronunciar ninguna protesta. Boabdil ya caminaba hacia la salida con su paso leve, de hombre silencioso.
En ese instante, lejos de allí, un hombre de figura algo achaparrada, pelo rojizo y cara comida de viruelas proponía un plan que tenía como objetivo asestar un doloroso golpe en el corazón de Granada. Los pocos elegidos que lo escuchaban tomaban sus palabras casi como un delirio. Pero él, con ojos zorrunos y voz áspera, seguía desgranando su propósito minuciosamente. Pretendía cruzar en secreto la frontera árabe y avanzar con un ejército bien pertrechado a través de territorio enemigo hasta Alhama, una ciudad clave para el dominio de la vega de Granada, situada a solo ocho leguas de la capital nazarí y en la que además estaban depositadas las recaudaciones reales de toda la comarca.
Aquel hombre, bronco y musculoso, estaba decidido a actuar sin ni siquiera contar con el beneplácito de sus reyes. Su nombre era Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz. Viejo conocedor de la frontera, había combatido en las guerras civiles de Castilla en el bando contrario al de la reina Isabel. Sin embargo, una vez finalizada la contienda, había pasado a ser uno de los más firmes defensores de la nueva reina. Quizá porque parte de las tierras de Ponce de León lindaba con las del reino nazarí, en el largo tiempo que había durado la dudosa paz con los granadinos se había descubierto a sí mismo en muchas ocasiones acariciando ese descabellado plan, mimándolo y fortaleciéndolo como a un hijo endeble que con el tiempo habrá de enfrentarse a la dureza de la intemperie y a unos peligros temibles.