Boabdil

Antonio Soler · Capítulo 5 de 19

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Boabdil

V. Los Amos de la Verdad

V.

LOS AMOS DE LA VERDAD

 

—Sí, sí, sí. Señora, sí. —Boabdil hizo una pausa. Sus ojos bailaban de un lado a otro, sin encontrar un asidero en el que detenerse.

Aixa, la madre de Boabdil, se quedó mirándolo, sin mostrar ninguna sorpresa por aquella especie de arrebato. Su hijo estaba nervioso. Siempre había estado nervioso, siempre había sido un muchacho propenso a dejarse impresionar por los contratiempos. Un muchacho sensible.

Boabdil bajó el tono de voz, fijó la mirada en los ojos de brea de su madre y volvió a dirigirse a ella:

—Sí. ¿Es eso? ¿Eso es lo que deseas escuchar? Pues mira mis labios, madre. Míralos fijamente y quédate con su sonido. Sí. Sí. Guárdalo, ahí en tu pecho, tibio. Igual que la leche que un día me diste de mamar. Sí, sí.

Aixa casi esbozó una sonrisa, pero le pudo más el desprecio:

—Desvarías. Contravienes a Dios, su luz. Te empeñas en desvariar y en manipular la verdad, la razón.

—Guárdalo. Guarda mis palabras y aliméntate con ellas como yo me alimenté de ti: sí, sí, sí. Estás en lo cierto. Sí.

En la sala del palacio, además de madre e hijo, se encontraban el hermano menor de Boabdil, Yusuf; Aben Comisa; El Muleh; el general Aliatar, suegro de Boabdil; y algunos consejeros de la reina de los que el joven nazarí recelaba. Recelaba del mundo entero ahora que había dado un paso definitivo contra su padre y se sentía, como aquellos saltimbanquis que de niño le producían vértigo, caminando por una cuerda tensada sobre las brasas.

Todos guardaban un respetuoso silencio. El aire pesaba. Boabdil se había puesto de pie. Caminaba con pasos cortos por la sala y volvía sobre ellos:

—Sí —dijo todavía, ya para sí mismo, casi en un susurro. Parecía más delgado, más frágil que nunca.

Su madre lo seguía fijamente con la mirada. Sin mover ni un solo músculo de su cuerpo. Como una estatua. La reina Aixa tenía una pequeña cicatriz en la comisura derecha de la boca. Una herida de la infancia que le endurecía el gesto y le daba un toque de amargura a la cara incluso cuando, de tarde en tarde, sonreía. Aunque ahora no era el caso. Su mirada era severa. La cara rígida. Más rígida de lo habitual, más máscara de lo habitual, con aquellas cejas oscuras, retintadas de negro, la nariz tan recta como una plomada y una pelusa oscura sobre la boca, todavía voluptuosa.

—¿La razón? —Boabdil pareció escuchar entonces aquello que su madre le había dicho hacía unos momentos, y volvió a repetir con una mueca de extrañeza—: ¿La razón, madre? ¿De verdad crees que hay algo de razón en todo esto?

Vestida de negro, con velo, con las manos tintadas, Aixa parecía una montaña. Una roca incrustada en el suelo del palacio. Tampoco se inmutó al responderle a su hijo:

—Si tú no crees que la razón está de nuestra parte, ¿por qué has actuado como lo has hecho?

Boabdil la miró indignado, pero sin saber qué responder.

—¿Te has rebelado contra tu padre por complacerme? —continuó ella—. ¿Tratas de decirme eso, de que yo lo piense o lo crea? ¿De que alguien en esta sala lo crea? —Aixa no apartó la vista de él, no miró a ninguna de las personas a las que indirectamente se había referido.

—No.

La reina dejó en el aire la negación de su hijo unos segundos antes de responder:

—No. Claro que no. Si ese hubiera sido el motivo, lo habrías hecho hace mucho tiempo. Cuando todo nos era enteramente favorable y nuestras posibilidades de triunfo eran más ciertas… y menos sangrientas, si eso en verdad te preocupa.

Boabdil apartó la vista de su madre. Le parecían ahora ridículas sus frases anteriores. El modo en que había repetido su afirmación. Sí, sí. Como un adolescente contrariado. Era verdad. Su madre tenía razón. Y él había retrasado inútilmente aquella rebelión contra su padre.

Escuchó cómo el general Aliatar, seguramente queriendo rebajar la tensión entre Boabdil y Aixa, daba algunos datos militares que podían inducir al optimismo. Los demás, calibrando todavía las palabras que madre e hijo habían cruzado, apenas escuchaban al general. Sin embargo, animado por las noticias que Aliatar aportaba, Yusuf, que siempre había admirado a su hermano mayor, se decidió a intervenir con ánimo conciliador:

—Nuestro padre hace mucho tiempo que no merecía ser rey de Granada. De ninguna tierra, y menos de esta. Alá, que todo lo ve, ha sido demasiado generoso con él durante mucho tiempo. Es nuestro padre quien ha provocado la guerra entre nuestro pueblo y quien ha traído la inquietud. Todos los muertos han caído por su mano, aunque Dios haya usado tu espada para quitarles la vida.

Boabdil estimaba la ingenuidad de su hermano. Siempre lo había hecho por más que ahora le irritase. Pero no quiso contestarle. Ni a él ni a su madre, ni tampoco a Aliatar. Tenía la sensación de caminar bajo el agua. Un líquido denso lo separaba del resto del mundo, una cortina de terciopelo pesado y transparente que le impedía respirar. Todo estaba al otro lado del mundo.

Se despidió con un gesto casi imperceptible de todos los presentes y salió de la sala. Descendió las escaleras con lentitud, sin saber con certeza adónde se dirigía. El aire fresco de la noche le hizo un efecto extraño. Pareció despertar de un sueño pesado, pero tuvo la sensación de entrar en un nuevo sueño, más ligero pero igualmente oscuro. Reconocía el patio de los Arrayanes, pero tenía la vaga conciencia de que ese patio y su vida entera se encontraban en un lugar distinto al que siempre habían estado.

El tumulto vivido en los últimos días se arremolinaba en la cabeza de Boabdil. Por mucho que a toda costa había querido conservar la serenidad, en su interior todo había estado regido por una gran conmoción. Le costaba trabajo entender a su madre. No lo que decía, sino aquella actitud hierática. No comprendía cómo podía mantener esa pose de efigie en medio de la situación que estaban viviendo. Contener todo el torrente de sangre o lava hirviente que a ciencia cierta le bullía bajo la piel.

Así había ocurrido también en los momentos de mayor incertidumbre unas noches atrás. La madrugada había sido entonces una cadena de ecos y rumores inquietantes. Granada andaba llena de antorchas. Desde la Alhambra veían el dibujo de las llamas corriendo de un lado a otro de la ciudad, las calles parecían hilos de lava o fuego. Gente que alborotaba, enfrentamientos. Peleas callejeras y el intento desesperado de algunos soldados del rey Muley Hacén por recuperar el gobierno de la capital que su hijo, aliado con su madre y la familia de los Abencerrajes, le había arrebatado.

Aquella noche, Boabdil había seguido desde una torre los acontecimientos. A su lado se encontraban Aixa, El Muleh y algunos de sus hombres de confianza. En un determinado momento, una ráfaga de viento hizo que el resplandor de una antorcha iluminase de lleno el rostro de su madre. Fue apenas un instante. Pero cuando la luz desapareció, Boabdil, momentáneamente olvidado de lo que estaba ocurriendo en la ciudad, siguió mirando la silueta oscura de Aixa. En la retina de Boabdil seguía brillando aquel fulgor. El rostro azulado y pálido de su madre. El esbozo de una sonrisa truncado por aquella cicatriz en un lado de la boca que parecía más honda que nunca.

«Su felicidad —pensó Boabdil en aquel momento—. Esta es su auténtica dicha. Esos muertos, esa sangre que ahora se derrama ahí abajo en nuestro nombre. La guerra entre los nuestros. Su poder».

Boabdil había comprendido días atrás que debía aceptar su destino. Era inevitable. Sabía que ya no tenía otra opción que intentar derrocar a su padre. El mal menor. Así se lo había dicho su madre entonces. «Hijo mío, Alá quiere que ese sea el mal menor». Aben Comisa y otros miembros de su familia habían asentido en silencio ante aquella afirmación.

Transcurrieron unos días cargados de tensión. Prepararon en secreto el golpe contra el rey. A Boabdil todo aquello lo llenaba de desconcierto, de profunda tristeza. Se sentía fuera de sí mismo. O, por el contrario, tal vez refugiado en una parte oscura y reducida de sí mismo. En cualquier caso un terreno desconocido y hostil.

Moraima lo observaba con su mirada neutra. Los ojos más grandes, la mirada más quieta que de costumbre. Le decía palabras que a Boabdil le parecían incongruentes, pero el tono estaba lleno de dulzura. «Lloverá sangre. La nieve de nuestros montes será este invierno de color rosado». Aunque desde el momento que la conoció estaba habituado a oírle pronunciar frases enigmáticas o poco coherentes, Boabdil llegó a pensar que tal vez el miedo estuviese trastocando la razón de su esposa.

«Mi padre, el general Aliatar, el hombre de la guerra, siempre ha estado perdido en ese laberinto. Sangre, espadas, hierros afilados. No dejes que ese sea también tu camino. El camino de otros sería en ti una enfermedad. Acabaría contigo, con quien en verdad eres. Serías otro. Aunque sabes que a pesar de todo siempre estaré contigo o con el que vayas a ser», sonreía Moraima viendo a Boabdil salir de sus aposentos, camino de conspiraciones con «hombres avaros».

Después de un tiempo de recelo y rivalidad entre ellos, el rey Muley Hacén había conseguido el apoyo definitivo de su hermano, al que todos conocían como el Zagal. Se trataba de un soldado rocoso. Un hombre reservado y solitario que evitaba caer en los fastuosos alardes de su hermano Muley, pero que al igual que él era partidario de mantener una guerra abierta contra los cristianos. Ambos habían unido su suerte a la de los tradicionalistas musulmanes y, apoyados desde las mezquitas por los faquíes, confiaban en poder hacer frente a los reyes de Castilla y Aragón gracias a la ayuda que recibían de la república de Génova.

La alianza con los faquíes y los miembros más radicales de su fe era también una señal de complicidad al mundo árabe del norte de África e incluso al imperio turco. Aquella se había convertido en la única salida para Muley Hacén. La ostentación de su poder empezaba a resultar suicida para Granada. Varias veces se había estrellado en el cerco de Alhama. Su prestigio militar estaba dañado. No había sido capaz de recuperar la ciudad en ninguno de sus intentos y, después de dejar atrás un número demasiado elevado de muertos en su propio ejército, había regresado derrotado a la capital del reino nazarí.

De poco le valía disfrazar aquel fracaso como parte de una brillante estrategia que más adelante debería dar sus frutos. Los granadinos no habían salido en masa a fes tejarlo en aquella ocasión como habían hecho cuando conquistó la plaza, ya para muchos maldita, de Zahara. Y cuando el rey se mostraba por las calles para difundir con su presencia autoridad y aplomo, cada vez los murmullos eran más altos y estaban más llenos de ironía o de pura burla. Su barba tintada de un negro azulado y juvenil, el brillo de su lujosa e inútil armadura, o aquella abundante escolta a la que el pueblo ya sentía como parte de un ejército enemigo eran el blanco de las miradas de odio y de los comentarios procaces de los súbditos de Muley Hacén. Su política empezaba a ser una bravuconada, una insostenible huida hacia delante.

Boabdil se había rendido a la evidencia. La única solución para Granada pasaba por alcanzar un pacto con los reyes cristianos y mantener una política de moderación interna y acuerdos exteriores. La familia de los Abencerrajes y su madre veían a Boabdil como la única alternativa frente a Muley Hacén. Para la reina Aixa esa vía acababa además con las aspiraciones de Zoraya, la Cristiana, la Rumiyya, que desde que le había dado al rey un hijo varón ambicionaba convertirlo en su heredero. Los palacios, las joyas, todos los regalos suntuosos que recibía del rey no significaban para la joven esposa más que un anticipo de aquel objetivo.

El plan contra Muley Hacén estaba trazado. Y en cierto modo Zoraya iba a ser utilizada para llevarlo a cabo. Los hombres de Boabdil estuvieron espiando minuciosamente los movimientos del rey a lo largo de varios días. Cuando Boabdil y sus consejeros ya habían madurado el plan, dos espías siguieron a Hacén y a su escolta hasta el palacio de los Alixares, situado en el cerro del Sol, en las afueras de la Alhambra. Aquella era una de las residencias de Zoraya. Empezaba a caer la noche. El cielo se volvía de un color verde pálido, casi sulfuroso, y pronto empezó a virar hacia un extraño verde oscuro. Cuando el rey subió a los aposentos de la Cristiana, la señal fue dada. Se cerraron las puertas de la Alhambra y todo el palacio se llenó de agitación.

Boabdil fue proclamado nuevo rey de Granada. Hubo carreras, gritos, gente sorprendida en sus aposentos, apresada o directamente degollada. En las mazmorras de la alcazaba fueron aislados algunos de los nobles partidarios de Muley Hacén. Las cuadras se llenaron de gente amarra da y amordazada que iba siendo introducida allí a golpes. Por las calles de la ciudad empezaron a correr rumores. La gente se apresuraba a cerrar sus postigos y miraba a través de las rendijas.

Muley Hacén dejó el palacio de los Alixares ya avanzada la madrugada. Le hizo saber al capitán de su escolta que deseaba ir solo hasta la Alhambra. Montó en su caballo y se dirigió con calma hacia la ciudad palatina. Respiraba el olor de la hierba mojada y el limpio frescor de la noche. La brisa era suave y él todavía mezclaba las imágenes de Zoraya con las sombras y la espesura de los árboles que tenía a su alrededor.

Oía el armónico ruido de los cascos de su caballo en el suelo rocoso, el roce de las ramas de los árboles y el silbido de algunos animales nocturnos. Y de pronto, aquellos sonidos que en principio le parecían tan familiares le resultaron extraños. Una amenaza cruzó por el aire. Detuvo el caballo y dejó que el eco de sus pasos se apagase por completo. Solo el soplo de la brisa y el rumor de las ramas. Se giró sobre sí mismo y no vio nada a su alrededor. Miró al frente. Algo impreciso levantó sus sospechas. La Alhambra parecía en calma, pero el silencio que provenía de allí era extraño, de una densidad que él no reconocía.

Desenfundó su daga, hizo dar media vuelta a su caballo y lo espoleó. Cuando el capitán de su escolta lo vio llegar a las inmediaciones del palacio de los Alixares, un resplandor amarillento llegaba desde Granada. No hubo necesidad de palabras. En unos segundos los soldados estaban en sus sillas y galopaban en medio de la noche hacia la Alhambra. Apenas se inmutó Muley Hacén cuando el soldado que cabalgaba a su lado hizo un gorjeo extraño y fue derribado con el dardo de una ballesta atravesándole el cuello.

Varios escudos protegieron al rey, y mientras algunos de los soldados respondían a ciegas con sus arcos ligeros al ataque que estaban recibiendo desde la oscuridad de las murallas, Muley Hacén y el grueso de la columna tomó el camino de Granada. Al mismo tiempo ordenó que un pequeño destacamento intentara penetrar en la Alhambra por un pasaje oculto que había al pie de la torre de la Cautiva con el fin de recabar la información más exacta posible de lo que estaba sucediendo al otro lado de esas murallas.

Sin embargo, Muley Hacén comprendió pronto su situación al ver desde lo alto la cadena de antorchas que recorrían las calles, el eco de gritos que le llegaban desde el Albaicín. En una y otra parte de la ciudad se producían pequeñas explosiones que levantaban al cielo un abanico de chispas y efímeras lenguas de fuego. Unos resplandores fantasmales azotaban por unos instantes la oscuridad dejando unas nubes blancuzcas en el aire. Olor a pólvora.

Los partidarios de Muley Hacén eran perseguidos y linchados por las calles de Granada. Los sacaban de sus casas a rastras, y luego los apaleaban y ahorcaban. Eran lapidados, degollados, sin tener en cuenta su edad ni tampoco su sexo. Sus viviendas eran saqueadas y, si se encontraban suficientemente aisladas del resto, eran quemadas en medio de una alegre algarabía.

El rey se quedó apostado en aquel lugar hasta que poco antes del amanecer llegaron dos de los oficiales a los que había ordenado adentrarse en la Alhambra. Le dieron la noticia de que la ciudadela había sido tomada por su hijo Boabdil. Habían apresado o asesinado a algunos de los más destacados seguidores de Muley Hacén, aunque su hermano Abdallah el Zagal había conseguido huir. Mientras, Boabdil, apoyado por la reina Aixa y por la familia de los Abencerrajes, se había proclamado rey de Granada con el nombre de Mohammed XII.

«Quiera Dios el grande y misericordioso que un día yo pueda matar con mis propias manos esa semilla podrida que un mal día salió de mi cuerpo y se alojó durante nueve negros meses en esa cueva más podrida aún», le escuchó decir el capitán de su escolta mientras una extraña mueca, una sombría sonrisa, le torcía la boca.

Todavía estuvo unos minutos observando en silencio el tumulto, que ya se había extendido hasta las afueras de la ciudad. La última estrella del cielo empalidecía y la luna se iba difuminando poco a poco, disipándose como una nueva nube de humo. Quienes estaban al lado del rey derrocado lo miraban de reojo y observaban cómo movía los labios, rezando o tal vez repitiendo aquella oscura maldición contra su hijo y su primera esposa.

Muley Hacén conocía bien el carácter de sus súbditos. Sabía perfectamente que en medio de aquel desastre su presencia solo podía traer el recuerdo de las últimas derrotas y reavivar las acusaciones de tirano que en los últimos tiempos corrían de boca en boca. Unas acusaciones de las que los soldados de su guardia personal, introducidos en posadas, mezquitas y mercados, le informaban puntualmente.

Mejor dejar que aquella llamarada de ira se quemase rápidamente como una pavesa, que aquellos que antes lo habían adorado y ahora lo odiaban diesen rienda suelta a su furia y después emprender con fuerza el camino de la venganza. Las profecías realizadas el día de su nacimiento habían sentenciado que su hijo Boabdil sería un día coronado rey. Bien. Ya se había cumplido el destino. Era inútil luchar contra lo que estaba escrito. Pero en ningún libro ni en ningún rincón del cielo estaba grabado que el reino de su hijo duraría más que la vida de un pichón en una cocina. Aquel hijo suyo era justamente eso, un tierno pichón atrapado en una cocina llena de cuchillos afilados y garfios. Fuego y aceite hirviendo.

El momento de la revancha sin duda estaría cercano, pero ahora convenía retirarse, dejar que la ira de los granadinos se fuese con aquella sangre que se estaban cobrando. Muley Hacén dio gracias a Alá en voz alta. A continuación, ordenó a uno de sus oficiales que fuese con una pequeña escolta al palacio de los Alixares en busca de su esposa Zoraya. Encontrarían un lugar seguro en cualquiera de las ciudades del reino que sin duda todavía le seguirían siendo fieles y desde allí Muley Hacén, el legítimo rey, emprendería la conquista de la ciudad de Granada al tiempo que mantendría la guerra contra los cristianos.

Una bocanada de plenitud llenó los pulmones de Muley Hacén y pareció extenderse por todo su organismo. El aire fresco de la mañana se mezclaba en su garganta con el olor a madera y carne quemada allá abajo y todo aquello le confería una vitalidad nueva. Un deseo de venganza intenso, concentrado, casi palpable latiendo en mitad de su pecho, ocultando con su fuerza el pulso de su propio corazón.

Boabdil intuía vagamente cuáles podían ser los sentimientos de su padre, esas sensaciones, para él desconocidas, casi animales, que había percibido en Muley Hacén desde que en su infancia lo observaba sin poder apartar la vista de él, con un miedo y una fascinación casi hipnóticos. Le sorprendía aquel hombre lleno de vitalidad que hablaba con una voz poderosa, que reía mostrando sus dientes grandes y blancos y de pronto cortaba su risa y se quedaba en silencio, mirando a su interlocutor con las pupilas encendidas y una mueca cruel en los labios que provocaban un miedo cerval en cualquiera que estuviese frente a él.

Boabdil recordaba la mano de su padre puesta en su hombro el día que siendo él un niño lo obligó a presenciar la muerte de su caballo. Aquella dureza mineral de los dedos obligándolo a mirar al frente. Y él, Boabdil, esforzándose en no bajar la vista ni dejar escapar una sola lágrima. Más alejadas en el tiempo, perdidas en una nebulosa y como si estuvieran al otro lado de una cortina de gasa, vislumbraba Boabdil unas imágenes brillantes. Se recordaba a sí mismo siendo muy niño, impulsado hacia el cielo, elevado por encima de las cabezas de las personas adultas por los brazos fuertes de Muley Hacén. En aquel vuelo corto oía la risa de su padre. No conseguía recordar el lugar ni el momento en que aquella escena se había producido, y a veces, al rememorarla, llegaba a pensar que aquel hombre que lo recogía en sus brazos después de elevarlo al cielo no era su padre, sino algún familiar cercano del que nunca más había vuelto a tener noticia. Tan diferente le resultaban aquel día el sonido de la voz y la risa de su padre y de un modo tan tierno lo abrazaba.

La naturaleza de su madre era muy distinta. La ambición de Aixa y su lucha por el poder siempre le habían parecido a Boabdil más frías, aunque no más débiles ni tampoco menos feroces que las de su padre. De ella ni siquiera conservaba Boabdil un solo recuerdo semejante a aquel de su padre lanzándolo al aire y estrechándolo entre los brazos. Nunca sintió fascinación por su madre. Solo miedo. Un miedo desnudo. Un miedo callado y sin la estridencia del que podían proporcionar los gestos o la simple mirada de su padre en los momentos de ira.

El pequeño Boabdil siempre había percibido una barrera invisible y gélida flotando alrededor de su madre. Un aire imprevisible y desconocido que en cualquier momento podía desplegar sus alas negras. Siempre temió hacer algo que ella desaprobase, molestarla, contrariarla, y que de pronto se revelase ante él ese ser desconocido que la madre encerraba en su seno. De adulto, simplemente, intentó mantenerse alejado de ella. No cruzar su camino con el de la reina. Ya no temía despertar ningún monstruo escondido. Lo que Boabdil pretendía dejar enterrado bajo unas frías cenizas era su propio rechazo, casi la repulsión, que su madre le provocaba.

Los dos, su padre y su madre, eran los dueños de la verdad. Cada uno de la suya, y ambos la protegían como a un niño de pecho en medio de una catástrofe. Ese era su verdadero hijo, la verdad, su verdad. Estaban dispuestos a hacer cualquier cosa para defenderla. No importaba cuántos de los suyos o cuántos cristianos tuvieran que morir. La verdad merecía todas las muertes que fuesen necesarias.

«La verdad bebe sangre», contaban los soldados musulmanes que había dicho a la reina Isabel su confesor, Hernando de Talavera. También los reyes cristianos tenían su propia verdad. La guerra contra ellos, después de los asaltos a Alhama, se iba endureciendo y las exigencias sobre una posible negociación se hacían cada vez más duras para los nazaríes. El conflicto interno abierto entre Boabdil y su padre fue visto por los cristianos como una auténtica ocasión para establecer un orden nuevo en sus relaciones. Todavía no habían planeado una estrategia para obtener el mayor beneficio de la guerra civil que acababa de comenzar entre los granadinos.

Se mantenían al acecho, esperando encontrar el momento más adecuado y la grieta más profunda en la que introducir su cuña. La reina Isabel había dejado también Medina del Campo y, a pesar del avanzado estado de gestación en el que se encontraba y de lo penoso del viaje, se había dirigido a Andalucía. El eco de las acciones militares de su marido, llenas de temeridad y arrojo, había llegado a la corte castellana y la había llenado de inquietud. Pero no solo el impulso amoroso había hecho salir a la reina de la comodidad de Castilla. Cualquier novedad referente a aquella guerra escuchada en boca de mensajeros y gente que llegaban de Andalucía le aceleraba los latidos del corazón.

Sus prelados y obispos cada día dejaban en sus oídos un nuevo mensaje contra los musulmanes. Hernando de Talavera cada vez iba labrando con un pulso más certero las creencias de la reina. Había confeccionado pacientemente una «tabla del tiempo» que regía los espacios del día que la reina debía dedicar a su actividad pública y aquellos otros que debía preservar para sí misma y el cuidado y fomento de su fe. La biblioteca de la reina, siempre refinada y abundante, se iba llenando de títulos religiosos. El confesionario y los largos paseos de Isabel y Hernando de Talavera por los patios del palacio real de Medina del Campo trenzaban fe y política de un modo cada vez más estrecho.

Boabdil temía los derroteros que pudieran seguir las ideas de la reina Isabel. Se lo había confesado a su hermano Yusuf una tarde en la que ambos caminaban por el Generalife.

—Mucho más me preocupa la reina Isabel que el rey Fernando o incluso que la ira y la sabiduría guerrera de nuestro padre. Esta guerra empieza a revestirse en la cabeza de la reina con una aureola mística.

Yusuf, después de meditar durante unos instantes sobre esas palabras, se mostró algo menos pesimista que su hermano. Lo guiaba un ímpetu juvenil, tal vez demasiado ingenuo para alguien que se había criado entre intrigas palaciegas.

—Es probable entonces que esa aureola religiosa o mística a la que te refieres acabe por entorpecer los intereses políticos de su reino.

—No. En absoluto. Al contrario. —La mirada de Boabdil era intensa, se mostraba muy seguro de lo que decía—. Ese afán religioso no hará otra cosa que intensificar sus intereses. Parece incluso fabricado para ello. Por eso me pareció tan descabellada la ruptura de la tregua por parte de nuestro padre. La reina ve esta guerra como una bendición del cielo, y si maniobra con inteligencia, lo cual no sería raro en esa mujer, se encontrará con que la fe y la razón política vienen a abrazarse como pocas veces lo han hecho en la historia.

—Algo parecido a lo que fueron las cruzadas.

Una pequeña bandada de gorriones sobrevoló a los dos hombres. Boabdil levantó la vista y persiguiéndolos con la mirada dijo distraídamente:

—Eso es, sí. La reina puede acabar teniendo entre las manos su propia cruzada.

Siguieron caminando al abrigo de cipreses y laureles. Las ideas de Boabdil iban calando en su hermano. Este, sopesando lo último que había dicho Boabdil, recordó algo que le había oído comentar a Aben Comisa con Aixa. Los espías de Comisa tenían fama de estar bien informados:

—Parece, Boabdil, que aunque los cristianos han formado su ejército recurriendo como siempre a las levas de los concejos de los nobles y a los señoríos de la Iglesia, y que han llegado soldados de fortuna como siempre ocurre, también cuentan los informadores de Comisa que se ha incorporado al ejército una gran cantidad de mercenarios de Baviera, de Navarra, Suiza, y que otros muchos hombres vienen a la guerra sin esperar soldada…

—Eso, lo sabes, Yusuf, es una noticia doblemente negra —afirmó tristemente con la cabeza Boabdil, la mirada perdida en el atardecer—. Indica que por todos lados empieza a conocerse que la guerra será larga y que al mismo tiempo cunde la creencia de que esta puede ser una campaña por la fe y la religión.

La noche empezaba a caer sobre la Alhambra. Y mientras los dos hermanos especulaban sobre el futuro, este se iba cumpliendo según sus temores. No solo estaban llegando al bando cristiano huestes mercenarias de los lugares que ellos habían mencionado. En aquel tiempo fue contratada a muy alto precio la veterana compañía de arqueros ingleses de lord Scale, mientras que los maestros reales de artillería pasaban en unos meses de ser apenas una docena a más de setenta, entre los que se encontraba un numeroso grupo de cotizados especialistas bretones.

Y justamente, como temía Boabdil, al lado de esos profesionales de la guerra, desde todos los rincones de Europa comenzaron a cruzar los Pirineos y a desembarcar en los puertos de Valencia y Sevilla soldados y caballeros dispuestos a combatir libremente por la causa de Dios. Borgoñones, venecianos, normandos, que con su actitud insuflaban el credo de la reina Isabel y le confirmaban íntimamente que se encontraba en el camino de la verdad.

Así lo sintió la reina, como un gran latido vibrando en mitad de su pecho, cuando cruzó el río Guadalquivir y a su entrada en Córdoba fue recibida con cánticos, rezos y estandartes sagrados que se inclinaban a su paso. El ejército arrodillado, taladores, ballesteros, ayudantes de las piezas de artillería, prostitutas que habían acudido al trasiego de la soldadesca. Las caras de aquellos hombres curtidos por el trabajo en el campo y ahora en la guerra, allí postrados ante ella, representaban para la reina la materialización de la fe.

Aquellos rostros, poblados de cicatrices, sucias barbas, picaduras de viruela y mellas conmovían a la reina Isabel y despertaban en ella mucha más ternura de la que podrían haber despertado nunca los ángeles y querubines que el mejor artista de la corte llegase a pintar nunca. Aquellos hombres y sus barraganas le inspiraban el mismo instinto maternal y puro que el que sentía hacia el cuarto fruto de su matrimonio que alentaba en su vientre, en vísperas ya del alumbramiento. No había duda de que el cielo guiaba sus pasos en la tierra.