Boabdil
VI. Un Capitán en la Frontera
VI.
UN CAPITÁN EN LA FRONTERA
La guerra, la verdadera guerra, se desplegaba ante el joven capitán Gonzalo Fernández de Córdoba. La guerra era una ambición. Ya no se trataba de aquellas refriegas en las que había participado al lado de su hermano por las tierras de Montilla y Santaella. Aquellas escaramuzas estaban motivadas por oscuros y mezquinos intereses personales. Ahora había en juego algo mucho más elevado. Había salido de Medina del Campo formando parte de un verdadero ejército, con un rey a la cabeza del mismo y enfrente tenía un enemigo claro. De otra religión, otra lengua y otra raza.
Sin embargo, pronto aquella guerra pura y exacta se iría desdibujando en la cabeza de Fernández de Córdoba. Convirtiéndose en un nuevo espejismo. De nuevo aquello que había imaginado había sobrepasado la realidad. Es cierto que en los primeros compases de la campaña había recibido su auténtico bautismo de fuego. Se había empleado a fondo en una batalla y había descubierto el tronar desconcertante de la artillería. Aquellas detonaciones secas, aquellas bocanadas de fuego y el silbido aterrador y mágico de los proyectiles le produjeron en un primer momento un efecto casi hipnótico. Aquel estruendo lo había transportado a una realidad distorsionada en la que los sonidos y las imágenes que tenía ante sí no se correspondían, era como entrar con plena conciencia dentro de un sueño.
«La artillería trastoca los sentidos y la percepción del mundo. La diluye al tiempo que la hace más intensa», le escribiría en una de las escasas cartas que en esa época destinó a su tutor, el ya anciano Diego de Cárcamo.
Al margen de aquel nuevo portento de los cañones, también había sentido el vértigo de galopar en una posición cercana a la del rey Fernando en el fallido asedio a Loja. En esa campaña el rey había dado muestras de un valor cercano a la temeridad.
—Su majestad olvida que es rey. Olvida que nos debe la vida. Que no es suya su vida y lo que con ello arrastra, sino de nosotros, sus servidores —le dijo Ponce de León a Gonzalo en lo más intenso de un asalto a las murallas de Loja.
Y después de pronunciar esas palabras, espoleando su pesado caballo frisón, Ponce de León, el marqués con mirada de hombre loco que había tomado Alhama, se adentró en la batalla de un modo tan imprudente que, al lado de la suya, la actitud del rey pareció llena de sensatez y cuidado.
Gonzalo presenció en aquel sitio de Loja momentos heroicos y fue testigo del valor de hombres de mucho prestigio y de otros humildes soldados de infantería que a pesar de dedicar la mayor parte de su vida al trabajo en el campo de pronto demostraban un insólito arrojo en situaciones de gran peligro. Pero todo aquello no fue otra cosa que escasos y discontinuos relámpagos en una noche cerrada. Los métodos y estrategias que se empleaban le resultaban a Gonzalo casi siempre caprichosos y sin verdadero sentido. Y los actos innobles cometidos por sus compañeros de armas superaban en la mayor parte de las ocasiones a aquellos otros momentos de cierta grandeza.
Tal vez el hecho de que el rey Fernando no pudiese coronar el sitio de Loja con una victoria y tuviera que replegarse con su ejército derrotado contribuyese a esa frustración. Las conversaciones que mantenía con otros oficiales tampoco le resultaban demasiado edificantes. Al poco de andar por Andalucía con el ejército de Fernando de Aragón, Gonzalo acompañó al rey a la ciudad de Alhama, convertida en un emblema para todos los que guerreaban a un lado o a otro de la frontera. A esas alturas, la ciudad ya casi se había constituido en una causa espiritual para unos y otros.
A pesar de las dificultades que entrañaba abastecerlo y mantener su posición, los cristianos estaban decididos a conservar aquel bastión a toda costa. El rey quiso animar con su presencia aquella guarnición que vivía bajo la permanente amenaza del enemigo y en condiciones muy extremas. Fue recibido con gran entusiasmo. Se le ofrecieron varios banquetes y, en el calor de esas celebraciones, Gonzalo conoció algunos detalles que rebajaron su admiración por la conquista de aquella plaza casi inexpugnable. Uno de los capitanes de Rodrigo Ponce de León contó con muchos pormenores cómo, después de conquistada la ciudad, los ballesteros habían perpetrado una gran matanza entre sus habitantes, sin querer distinguir entre soldados y civiles y muchas veces ni siquiera entre hombres o mujeres y niños.
Lo contaba aquel oficial devorando con su hambre atrasada una pierna de cabrito. Lo acompañaban con sus risotadas algunos presentes que habían sido testigos de los hechos o participado en ellos. Completaban la narración del capitán con un detalle u otro, a cual más sórdido. Pero más rechazo incluso que aquello que estaba oyendo provocó en Gonzalo la actitud del rey Fernando. El monarca escuchaba aquella sarta de barbaridades con una sonrisa en la boca y el ceño fruncido, asintiendo e incluso interesándose por detalles escabrosos y por la actitud de los soldados y sus víctimas.
Detectando la repulsa de Gonzalo, el rey le dedicó un gesto de complicidad y siguió compartiendo todavía un buen rato la mesa y las bravuconadas con aquellos soldados. La tropa estaba encendida por la presencia real y la excepcional abundancia de vino y alimentos que podía ingerir aquel día. Cuando la conversación bajó de tono y ya solo quedaban risas o nuevos cuentos sobre los mismos hechos, el rey se levantó de la mesa y salió de la sala. Se acercó a Gonzalo, que, desde una de aquellas almenas devastadas por la guerra, miraba el horizonte escarpado que rodeaba Alhama.
La tarde empezaba a declinar y una neblina sucia se iba tintando de colores suaves, amarillentos.
—La guerra también es esto, Gonzalo.
—¿Os referís, señor, a matar niños o mujeres de esa manera caprichosa? ¿O al hecho de oír y celebrar el modo en que esa cosa se hizo? —El tono de Gonzalo había sido más respetuoso que sus propias palabras. Él mismo se dio cuenta y quiso excusarse completando su razonamiento—: Os ruego que me perdonéis, señor, pero verdaderamente no alcanzo a entender cómo el acto de combatir en el campo de batalla y matar con la fuerza y la furia que sean precisas puede estar unido a esta innecesaria…
—La guerra también consiste en dar alimento espiritual a la tropa.
El monarca se quedó mirando fijamente a Gonzalo, que, desconcertado, no lograba entender el sentido de aquello que el rey le acababa de decir. Continuó hablando Fernando. La voz del rey era enérgica, sus ojos fríos y repentinamente cansados:
—No me refiero al alimento espiritual que como cristianos les pueden proporcionar los sacerdotes y sus misas, sino el que como hombres, como soldados de continuo enfrentados al peligro y a la muerte necesitan de otros hombres. Y nadie mejor que su rey o sus señores les pueden satisfacer esa necesidad. Darles ese reconocimiento.
—Quizá, mi señor, preferiría yo dar ese reconocimiento en otras ocasiones o por otros méritos.
—Es nuestro deber. No se trata de preferencias ni de deseos. Tampoco estos hombres sentirían el deseo de matar indiscriminadamente si estuviesen en sus casas, con sus mujeres y rodeados de sus familias. Están aquí por nuestra causa. No por su convencimiento, sino por el nuestro. Su deber es hacer lo que hacen. El nuestro, darles amparo. Y no venir como una dama caminando por en medio de unas porquerizas a alzar la nariz y censurar a sus porqueros por el olor o la suciedad que llevan consigo.
Gonzalo se daba cuenta de que estaba descubriendo un lado oculto hasta entonces de la personalidad del rey. Y todavía trató de exponer respetuosamente su opinión:
—Solo deseaba, señor, manifestar mi aversión contra esos actos de sobrada crueldad.
—No es sobrada, ni tampoco innecesaria. Por desgracia. Entre los hombres que llevaron a cabo esos hechos que tanto te repelen habría a quienes les disgustaran, quizá tanto como a ti. Seguro que hubo quien se fue a vaciar sus tripas y vomitar por cualquier rincón, apartado de la vista de los demás.
Fernando negó con la cabeza, parecía desilusionado. Sonrió con tristeza. En su cara estaba la cara de todos los hombres que había visto morir en todas las guerras, en todas las ejecuciones, emboscadas y actos de barbarie que había presenciado desde su adolescencia.
Dudó si seguir hablando o callar, como quien está ante un niño y no sabe si merece el esfuerzo de explicarle unas razones que muy pronto la vida le enseñará en toda su magnitud. Los ojos inteligentes y el silencio altivo de Gonzalo le volvieron a espolear la rabia y lo impulsaron a seguir hablando:
—Dentro de su rudeza, esos soldados sabían algo que al parecer tú, con tu fino entendimiento, todavía no distingues: que tienen el deber de minar al enemigo, de provocarle espanto y miedo, porque solo de ese modo podrá alcanzarse la victoria. Ellos, esos hombres que ahora ríen como muchachos despreocupados, saben que al enemigo no lo amedrantarán en combates caballerosos ni en justas celebradas al sol tibio de la primavera.
—Sé, señor, que en la dureza de la guerra deben caer sin miramiento…
—Muchos de esos hombres probablemente sepan como tú y como yo que lo que hacían era espantoso, y tal vez hasta se acordasen de sus mujeres o de sus hijos el que los tuviere, pero reunían la fuerza suficiente para cumplirlo. Sin razonarlo del modo que lo hago yo ahora, desde luego, pero oliéndolo, olfateándolo como los lobos huelen la presa con la que se alimentarán ellos y su camada. Quizá lo que hicieron esos soldados no fuese un acto ruin sino de profundo valor. —Un asomo de sonrisa, ahora más abierta, volvió a aparecer en la cara del rey Fernando—. Y tal vez, querido Gonzalo, por medio de hechos como esos se consiga que esta guerra sea más breve y en ella mueran menos inocentes, si es que esa es tu preocupación.
No correspondió Gonzalo con ninguna mueca ni sonrisa al gesto cordial del rey. Sabía que cualquier cosa que dijese tendría una interpretación mezquina.
—Creo y deseo entenderlo, señor.
—Conviene. Créeme, conviene que lo entiendas. Y que lo hagas pronto, o mejor será que te apartes a ocupaciones más melindrosas.
Se calló el rey y todavía estuvo unos segundos mirando al horizonte, que empezaba a oscurecerse, con miasmas y murciélagos revoloteando en el aire, sobre aquellos campos de bronce. Aspiró hondo y, sin volver a mirar a Gonzalo, escupió al frente, se dio la vuelta y se fue alejando con pasos lentos. Caminaba por la almena pasando su mano sobre la muralla, acariciando aquel lomo de piedra irregular como el de un viejo animal querido.
Las voces de unos soldados venían desde el pie de las almenas. «Son nuestros porqueros. Nuestros decididos y felices porqueros». Gonzalo se inclinó sobre la roca fría de la almena. Miraba a un grupo de hombres que, con sus armas abandonadas en un rincón, trabajaban en un patio lateral. Unos reparaban el eje de una carreta y otros llevaban los bueyes a la cuadra.
Las palabras del rey se habían quedado flotando en su mente, oscureciéndose del mismo modo que el día. Llevándose consigo el perfil del mundo que hasta entonces existía y que se empezaba a llenar de tinieblas y de un silencio frágil, engañoso.
A la espalda de Gonzalo seguían oyéndose las risas y voces de los oficiales, cada vez más altisonantes y desiguales, enturbiadas por el vino. «El mundo es un río alocado que todo lo arrastra. Y no sé adónde me llevará ni qué podré hacer yo, moviendo mis brazos como pobres remos, en medio de esta furia», pensaba el joven capitán enfrentado a aquella oscuridad.
Al poco tiempo de abandonar Alhama, el rey regresó a Córdoba para reunirse con la reina Isabel, seguir planificando la estrategia de la guerra y ocuparse de otros asuntos del reino. A Gonzalo le fue encomendado el mando de una compañía de ciento veinte hombres. Y una misión lejos de la corte. Vigilar la frontera. Un perímetro de varias leguas. No se trataba de un cometido especialmente brillante. Todo lo contrario. Aquella era una tarea rutinaria y estaba llena de largos periodos de tranquilidad y profundo aburrimiento, cuando no de sordidez.
La mayor parte de las veces, Fernández de Córdoba no salía a patrullar con el grueso de su columna. Sus soldados, después de recorrer algunas leguas en sus monturas y tras comprobar que no había fuerzas enemigas por los alrededores, se adentraban en territorio nazarí en busca de alguna presa relativamente fácil.
Se dedicaban a toda clase de saqueos y operaciones de pillaje. En algunas ocasiones, si les sonreía la suerte, asaltaban alguna pequeña caravana de comerciantes. La escolta que estos mercaderes llevaban era escasa, pagada por ellos mismos, y normalmente, cuando sus miembros atisbaban un grupo de enemigos demasiado numeroso, se apresuraban a huir dejando indefensos a aquellos que supuestamente debían proteger. También hacían rapiña los hombres de Gonzalo en alquerías y casas desguarnecidas. Y de un lado y de otro se llevaban mercancías, provisiones y también esclavos que pasaban a ser de su propiedad, como escrupulosamente estaba acordado por orden real.
La ambición de Gonzalo seguía estando por encima de aquellos botines miserables. Esperaba el momento de volver a las órdenes directas del rey. Mientras, se aventuraba en compañía de alguno de sus oficiales de confianza en territorio enemigo. Se detenía en posadas de aquel lado de la frontera y se entretenía hablando con los comerciantes o propietarios que en cualquier momento podrían ser víctimas de sus propios soldados. Intentaba profundizar en la mente del enemigo.
Estaba familiarizado con el mundo árabe, incluso con su lengua, por los años pasados en Santaella. Y ahora se interesaba por conocer la visión que sus contrarios tenían sobre la guerra que estaban viviendo. Lo que pensaban sobre el destronado rey Muley Hacén y su hijo, ahora mortal enemigo, Boabdil. Aunque estaban divididos y había viejos memoriosos que seguían recordando las hazañas y el valor de Muley Hacén, la mayor parte de las personas con las que conseguía hablar el capitán cristiano se mostraba partidaria del joven Boabdil. Decían de él que se trataba de una incógnita, que no había demostrado aún su valor, pero que al unirse a los Abencerrajes había dado prueba de gran astucia. Y en cualquier caso, siempre sería mejor rey que su padre, podrido por la lujuria hacia una cristiana conversa y dispuesto a ahogar en la miseria a su pueblo, ya fuese con impuestos o con esta guerra contra los poderosos reyes cristianos.
Gonzalo escuchaba con calma. No hacía preguntas directas ni aparentaba ansiedad por saber. No ocultaba su identidad. Se presentaba a todos como militar. Era franco, miraba a los ojos y se mostraba respetuoso con el Corán, con Alá y su pueblo. Incluso, después de muchas horas de conversación lenta y laberíntica, Gonzalo llegaba a conocer lo que aquellos hombres opinaban sobre los reyes castellanos. Sobre el altivo Fernando y la dulce pero férrea Isabel.
Decían de ella que la habían templado en una fragua y que ninguna inclemencia de la tierra, tempestad, rayo o terremoto podía alterar los latidos de su corazón. Hasta allí había llegado la fama de su primer parto. Tal como en su momento se había contado en Castilla, mencionaban algunos musulmanes cómo la reina Isabel durante todo el alumbramiento de su primer hijo se había mantenido en silencio, solo únicamente murmurando oraciones y sin permitirse dar un solo grito.
«Ni siquiera hizo una mueca o un gesto de humano dolor —le dijo a Gonzalo un viejo labrador abriendo mucho los ojos y afirmando lenta y repetidamente con la cabeza e incluso con los hombros, con tanto convencimiento que él mismo parecía haber sido testigo de aquella escena—. Era un mármol. Una reina quien daba a luz, no una mujer».
Comprobó Gonzalo cómo la reina despertaba más temor en la mayor parte de aquella gente que el propio rey Fernando, a pesar de haberse batido este con mucha decisión y furia en los cercanos campos de batalla y haber ocasionado muchos destrozos y mortandad en los pueblos vecinos. El hieratismo de la reina, aquella palidez marmórea y aquella mirada clara y fría de la que todos hablaban la iban convirtiendo en una especie de ser inhumano del que podrían esperarse desgracias y castigos mucho más terribles que los de su marido, que siempre demostraba estar poseído por pasiones comunes al resto de los hombres y solo se distinguía de ellos por tener más mando y poder.
Todo lo iba escuchando Gonzalo sin querer dar casi nunca su opinión sobre las cosas que oía o haciendo ver que él era un simple militar, curioso y cumplidor de su deber, pero que no se fabricaba un juicio cerrado sobre aquello que le encomendaban hacer. A un lado y a otro de la frontera iba cobrando fama de ser un hombre poco común y algo estrafalario. Y por eso a nadie le extrañaba verlo algunos atardeceres remontar el camino que lo llevaba a Archidona y perderse por las cuestas empinadas del pueblo hasta llegar a las apartadas calles en las que habían obligado a vivir a los judíos.
Había allí una mujer llamada Rebeca que lo hacía olvidarse de las miserias cotidianas y de los afanes inmediatos de la guerra y la política. Se trataba, sin embargo, de un olvido relativo, porque la propia situación de aquella mujer y de sus vecinos era un recordatorio de los nuevos vientos que en ese tiempo estaban cruzando de un lado a otro los reinos de Castilla y Aragón después de que se hubiese puesto en marcha el Santo Oficio y sus normas empezaran a aplicarse cada vez con más celo. Atrás habían quedado las palabras que la reina Isabel había pronunciado apenas cinco años atrás y que tanto habían tranquilizado a los miembros del pueblo hebreo: «Todos los judíos de mi reino son míos y están bajo mi protección y amparo, y a mí pertenece el defenderlos, ampararlos y mantenerlos en justicia».
Morena, viuda joven y con ojos oscuros de gacela. Rebeca desafiaba también a los suyos recibiendo a aquel hombre que llegaba en medio de la noche levantando un rumor metálico de armas, rodela y herraduras reforzadas. Lo había conocido en un caserío cercano al que Gonzalo había llegado una tarde al frente de una pequeña patrulla de soldados. Unos salteadores de caminos habían herido al hermano menor de la joven y Gonzalo y los suyos escoltaron a los dos hermanos hasta su pueblo.
Aquella sensualidad inocente, aquella entrega dócil y al mismo tiempo apasionada eran algo nuevo para Gonzalo. Después de la relación con su esposa y de algún encuentro furtivo con alguna de las mujeres que seguían al ejército real, Gonzalo había llegado a sospechar que aquel tipo de relación entre un hombre y una mujer era un sueño, igual de inalcanzable que aquellos tantos otros que cruzaban por su imaginación. Solo por ver la luz que aparecía en los ojos de Rebeca, por ver su mano pálida acariciando la tela, se complacía el capitán cristiano en llevarle paños de seda comprados a los comerciantes nazaríes. Ella pasaba la yema de sus dedos por aquel tejido que, al igual que otros signos de riqueza, había quedado prohibido para los judíos por orden expresa de la Inquisición.
Rebeca se hacía con aquellas telas túnicas y prendas que solo los ojos de Gonzalo llegaban a ver. Se deslizaba la seda por el cuerpo de la mujer como un líquido tibio y bajo la piel de la seda aparecía otra seda, igual de tersa y suave, una piel de brillos apagados y con olor a fruta amarga. Cada uno de sus movimientos parecía pertenecer a una ceremonia inmemorial, lenta y cadenciosa que Rebeca había asimilado de modo natural.
Gonzalo atravesaba velos, cortinajes de la realidad, transgredía y cruzaba fronteras que iban más allá de las prohibiciones religiosas del Santo Oficio. Entraba en una realidad nueva. Cada vez que se abrazaba a aquel cuerpo desnudo y se deslizaba sobre él sentía que estaba al otro lado de un espejo, lejos del alcance del resto de los hombres. Tenía la certeza de que si gritase o aullara en esos instantes su voz quedaría encerrada dentro de la ampolla en la que creía encontrarse, dentro de la piel y de los ojos de esa mujer. Tanto era así que en más de una ocasión, completamente perdido en el laberinto del placer, derramándose como si todo él fuese líquido, tierra, vaho, nube, retomó la conciencia del lugar donde se encontraba cuando la mano de Rebeca tapaba su boca y de pronto se descubría en aquella habitación, desnudo, y tardaba unos instantes incluso en reconocerla a ella, con su expresión entre alarmada y risueña.
Quedaba sobre el lecho pensativo, escuchando canciones, recuerdos, deseos susurrados por la voz adormecida de Rebeca. Y mientras ella, desnuda, pasaba las yemas de los dedos o su pelo por el cuerpo de Gonzalo, el murmullo de su voz se iba convirtiendo también en una caricia. Trataba el joven capitán de volver a sentir aquella ausencia del mundo, esa evasión que por encima de los sentidos y los pensamientos lo aislaba de la realidad, pero aunque cerrase los ojos en lo hondo de su retina permanecían imágenes que lo llenaban de inquietud. De su memoria afloraban recuerdos demasiado perturbadores relacionados con Rebeca, con los judíos.
Allí, al pie de la cama, revueltas, estaban aquellas otras ropas de Rebeca. Las que usaba cada día, las que pertenecían a la realidad. Bastas, con su crespón amarillo cosido en un lugar visible para ser identificada al primer golpe de vista. Un recordatorio de su religión, una advertencia que todos empezaban a tener muy presente en esos tiempos y que sin embargo Gonzalo, temerariamente, dejaba a un lado yendo cada vez con más frecuencia a aquella casa, a esa calle en la que habían sido aislados los judíos del pueblo.
Tumbado en esa habitación, envuelto todavía por el perfume natural que desprendía el cuerpo de Rebeca, recordaba que hacía poco más de un año habían sido quemados vivos seis judíos acusados de herejía en Sevilla. Aquel había sido el primer auto de fe llevado a cabo por el Santo Oficio y el ejemplo allí dado amenazaba con extenderse rápidamente por toda Castilla y también por Aragón. Comenzaban las conversiones simuladas y al mismo tiempo la persecución de esos falsos cristianos. Se había prohibido a los judíos ejercer determinadas profesiones y por todos lados había sospechas y recelos contra ese pueblo. Y aunque la propia reina mantenía encomendada su salud a Salomón Byton, su médico judío, se los acusaba de sutileza, de ejercer oficios demasiado cómodos.
«Es gente de usura, dedicada a labrar joyas pero nunca a romper la tierra ni hacer de albañil. Y en poco tiempo los que son pobres entre ellos se vuelven ricos. Y ahora, además, se dicen cristianos ante la luz del día y en cuanto cierran las puertas de sus casas se entregan a sus ritos, ellos, que mataron al Hijo de Dios Nuestro Señor», le había comentado a Gonzalo uno de sus oficiales.
Se lo había dicho al cruzarse con un pequeño grupo de judíos, cerca de Antequera. Gonzalo había percibido en la sonrisa del oficial una evidente ironía. Estaba claro que aquel hombre se encontraba al tanto de las escapadas nocturnas que su capitán hacía de modo cada vez más frecuente a casa de una mujer judía. Nada bueno podía traerle a Gonzalo que esa noticia fuese corriendo de boca en boca y se propagase hasta llegar a oídos eclesiásticos o a la propia corte.
En más de una ocasión había decidido no acudir más a casa de Rebeca, no volver por esas callejas oscuras como un ladrón o un cazador furtivo. Y muchas noches, con la intención clara de no tomar ese camino, ordenaba que encerrasen su caballo en el establo y él mismo entraba en su habitación, miraba desolado su cama, sentía cómo una hiedra envenenada trepaba desde sus piernas por su tronco y apretaba sus arterias. Sin dejarse vencer se arrodillaba, rezaba con toda la convicción de su fe. Entreveía algo de luz reparadora en aquellos momentos. Pero al ponerse de pie, resignado, salía de la habitación, montaba en su caballo y atravesaba la noche.
Aquel hombre, lleno de voluntad y determinación, capaz de vencer todas las adversidades que el destino le ponía ante sí, se sentía incapaz de luchar contra aquella atracción irresistible que lo llevaba hasta aquel reducto de judíos como una marioneta a la que movían los hilos desde el cielo.
Rebeca le abría, silenciosa, mirando al suelo. Lo esperaba sentada dócilmente junto a la puerta. También ella sin voluntad, sin importarle que en su último encuentro se hubieran despedido para siempre y él le hubiese jurado que nunca jamás volvería a aquella casa y le hubiese arrancado a su vez a ella la promesa de que en el caso remoto de que él regresara no le abriría la puerta. Lo abrazaba llorosa, llena de felicidad y de dolor, mojando las mejillas de Gonzalo de lágrimas y llenando sus oídos de sollozos mezclados con una risa callada, nerviosa, hasta que en mitad de aquel abrazo desesperado el llanto y los amagos de risa se iban transformando en gemidos de placer.
El invierno era una cueva cada vez más profunda. Los días eran cortos y apenas había movimiento en la frontera. Gonzalo y sus hombres marchaban sobre sus monturas al paso por aquellos parajes solitarios. Bajo la lluvia y también bajo la nieve a veces veían a lo lejos patrullas o columnas enemigas y, casi siempre, avizorándose unos y otros en la distancia, cada cual seguía su camino, vigilando al contrario hasta que este, con el brillo apagado de sus armas resplandeciendo turbiamente, desaparecía en la bruma grisácea de aquellos días.
Hasta los oídos de Fernández de Córdoba llegaban noticias de una corte y de otra. Los reyes Fernando e Isabel habían dejado de nuevo Andalucía. Los nobles del lugar mantenían su esfuerzo para vencer en aquella guerra. Ponce de León y los suyos resistían en posiciones avanzadas y hostigaban pueblos cercanos a Alhama. Mientras, al otro lado de la frontera, Boabdil mantenía la guerra contra su padre y su tío Abdallah el Zagal.
A pesar de que un personaje llamado Yahia Alnayar, que también anhelaba hacerse con el cetro de Granada, había acabado por unirse a las tropas de Muley Hacén, el ejército de Boabdil se había apoderado de Almería y ya controlaba esa ciudad. Su padre estaba ahora refugiado en la ciudad de Málaga y desde allí, y a pesar de las amenazas de los reyes cristianos, recibía la ayuda de algunos señores de Marruecos que le enviaban soldados, algunas armas y ayuda económica.
Pero aunque el conflicto se iba extendiendo y haciéndose cada vez más complejo, Gonzalo Fernández de Córdoba pensaba, como otros nobles castellanos y como el propio rey Fernando, que la paz se restablecería tarde o temprano y que habría que aprender a convivir con los granadinos, que solo momentáneamente se habían convertido en enemigos.
Sin embargo, los reyes cristianos habían pedido al papa que designara su guerra como una cruzada. Esa indulgencia para bautizar la guerra como santa significaba un gran desembolso ante la Santa Sede, así que se recaudaron grandes sumas de dinero procedentes de las limosnas que se daban en iglesias y conventos y que finalmente estuvieron destinadas al sostenimiento de la guerra. Los judíos y mudéjares estaban obligados además a pagar un impuesto suplementario para poder mantener un ejército que cada vez era más caro y numeroso. Por otro lado, se iba creando la sensación de que un estado moderno como pretendía ser el creado por Isabel y Fernando debía sustentarse en una sola fe, en una religión única que diera consistencia al pueblo y lo agrupara en torno a sus reyes.
En ese futuro de convivencia al que aspiraba Gonzalo empezaban a aparecer unas finas, pero muy profundas, grietas. Unas grietas que la tempestad de los próximos años, el rigor de la guerra, la crueldad y la intransigencia irían haciendo cada vez más anchas e insalvables.
También en lo personal las cosas estaban a punto de cambiar radicalmente para aquel capitán solitario, casi melancólico, que patrullaba la frontera nazarí. Los sucesos empezaban a correr cada vez más deprisa y el porvenir iba a mover sus hilos de un modo irónico, casi cruel. La providencia estaba a punto de cruzar los caminos de aquellos dos hombres que se profesarían una profunda amistad y admiración, pero que pese a ello estaban destinados a ser enemigos y a entrar en combate el uno contra el otro por lealtad a su pueblo, a su fe y a su patria. Un joven capitán cristiano, Gonzalo Fernández de Córdoba, y un rey nazarí en guerra con su propio padre y su propia vida, Boabdil.