Boabdil

Antonio Soler · Capítulo 16 de 19

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Boabdil

XVI. La Nueva Guerra

XVI.

LA NUEVA GUERRA

 

Abul Casím el Muleh habría preferido no hacer nunca aquel viaje de ida y vuelta.

«Si me hubieran atacado y comido los lobos en mitad de esa sierra helada, creo que no habría sentido más dolor ni más desamparo. Tan malas eran las noticias que le traía a Boabdil —confesó días después a uno de sus hombres de confianza—. Fui de vacío, y volví cargado de piedras pesadas, de plomo arrastrando mi espíritu hasta el fondo de la tierra».

Con una compañía de lanceros, El Muleh fue desde Granada hasta Sevilla, donde se había establecido la corte cristiana, para iniciar con los reyes las negociaciones y los acuerdos mediante los que les sería entregada Granada. Estaba avanzado el mes de enero, El Muleh y su escolta se enfrentaron a la ventisca helada y también, cuando el grueso del destacamento se había adelantado en busca de un refugio seguro, repelieron el ataque de una banda de salteadores de caminos. «Pero todo eso fue puro almíbar comparado con la llegada a Sevilla».

Allí, El Muleh se encontró con una ciudad convulsionada. De todas partes llegaba gente a la capital del Guadalquivir y por todas las calles y plazas se veían soldados discurriendo en medio de una gran agitación.

En los primeros compases de la conversación con el marqués de Villena, representante de Isabel y Fernando, supo el enviado de Boabdil a qué se debía aquel gran revuelo que recorría la ciudad. Los reyes estaban formando un gran ejército con el fin de que los acompañara y entrase a su lado en Granada.

«Hemos apercibido a todos los sevillanos de entre dieciocho y sesenta años para que vayan a recibir la ciudad de Granada en la fecha que Boabdil fije de aquí a veinte días», informó lacónicamente el marqués de Villena a El Muleh.

No quiso el marqués, distante e irónico, escuchar las protestas del enviado de Boabdil. La entrega de Granada debía ser inmediata y las condiciones pactadas años atrás serían supervisadas una vez que la ciudad estuviera en poder de Castilla. De nada sirvieron los argumentos esgrimidos por El Muleh y, cuando se negó a abandonar Sevilla sin recibir más explicaciones, le comunicaron que dos embajadores de los reyes cristianos lo acompañarían en su viaje de vuelta a Granada e informarían personalmente a Boabdil sobre las condiciones bajo las cuales la ciudad debía ser entregada.

Uno de esos embajadores fue Martín de Alarcón. El otro, Gonzalo Fernández de Córdoba. Los reyes cristianos sabían que nadie como Fernández de Córdoba podría sondear con exactitud el ánimo y las intenciones de Boabdil. Esa era su principal misión. La de Martín de Alarcón consistía en mostrar la rotundidad del mensaje que llevaban y la firmeza que estaban dispuestos a emplear en el cumplimiento de lo que consideraban sus derechos.

Si para El Muleh aquel fue un viaje amargo, no lo fue menos para Fernández de Córdoba. Apenas habló a lo largo del trayecto. Solo cruzó unas palabras con su viejo conocido El Muleh. Con Martín de Alarcón se limitó a observar la dureza de la climatología y el modo en que los soldados de Gonzalo se relacionaban con los árabes, «como si fuese gente de la misma carne», comentó Alarcón. Asintió vagamente Gonzalo. Sabía muy bien en qué consistía su tarea en esa embajada y no podía abandonar la sensación de que en algún punto esa misión comportaba un tipo de traición a Boabdil, una sutil deslealtad hacia aquel hombre que le había confiado a sus hijos y con el que había compartido tantos momentos de peligro e incertidumbre en esos años.

Los cascos de los caballos producían un chapoteo esponjoso en la nieve. Los hombres avanzaban envueltos en sus capas, tentando bajo el abrigo las armas, cada uno perdido en su propia soledad y en sus pensamientos. Gonzalo creía comprender a Boabdil. Aquella encrucijada a la que lo habían llevado los acontecimientos. También él sentía que el deber hacia sus reyes lo llevaba si no a engañar a Boabdil, sí a interpretar todas sus flaquezas y sus dudas y a ahondar en ellas, a manipularlas en favor de Castilla.

En la noche que pasaron en la vega de Antequera, muy cerca de donde, en un tiempo que ya le parecía remoto, Gonzalo acudía a ver a la judía Rebeca, desplegó cuidadosamente su tríptico de campaña. Y del mismo modo que hacía en las vísperas de los combates, se arrodilló ante él, aunque en esta ocasión Gonzalo no rezó ninguna oración. Se limitó a observar cada detalle, cada rostro, de los que había en el cuadro inferior de la pintura, la que representaba a Jesucristo cargando con la cruz. Los pies descalzos, la túnica de tejido grueso y basto, un soldado con una vara alzada, dispuesto a golpear al Mesías. Las caras enfurecidas que gritaban a su alrededor, insultándolo, cada cual interpretando el cielo y el infierno a su modo. Y Cristo, al pie de las poderosas murallas, siguiendo el camino que había de llevarlo al Calvario, entre armas afiladas y piedras lanzadas por la multitud.

 

Boabdil escuchó con rostro impasible las demandas de Martín de Alarcón. Fernández de Córdoba guardaba silencio. El saludo entre él y Boabdil había sido más frío de lo habitual, cada uno situado a un lado de la línea invisible, infranqueable, que los separaba. Boabdil había sido informado previamente por El Muleh de las exigencias que pedían Isabel y Fernando. Se había hecho acompañar en esa audiencia únicamente por Aben Comisa y el propio Abul Casím el Muleh, y había impedido que asistieran a la misma Aixa y también Muza ben Abul Gazán, un joven de la nobleza nazarí que en los últimos tiempos se había mostrado muy partidario de Aixa y de todos los que predicaban la ruptura del pacto con los cristianos.

Boabdil dejó que Alarcón acabase de hablar, sin interrumpirlo en ningún momento, ni con palabras ni con un solo gesto, y cuando este finalizó, miró a Fernández de Córdoba y le preguntó:

—¿Tienes tú algo que añadir a lo que aquí se ha dicho?

Gonzalo inclinó levemente la cabeza en señal de respeto.

—Nada, señor.

—Bien, pues entonces escuchad lo que yo os debo decir, que es breve y debéis transmitir a quien os manda.

Boabdil miraba a un punto neutro situado entre las cabezas de Alarcón y Fernández de Córdoba.

—El término de veinte días, ya apenas quince, para entregar Granada es imposible de cumplir y supone una ignorancia absoluta de lo que aquí ocurre. Si en un plazo de dos semanas el ejército cristiano se dispusiera a entrar en la ciudad de Granada, se encontraría con una feroz resistencia. No por mi parte, sino por la de muchos granadinos y gente de mi ejército que se opone a que ese paso sea dado, y más sin las garantías de que podrán continuar en sus casas, sin ser atacados o robados.

—Nadie los atacará. Debe desaparecer de sus cabezas la idea de un saqueo. Y vos debéis ser quien les inculque esa conciencia. —Gonzalo intentó dar a sus palabras un tono amistoso, casi confidencial, que Boabdil no recogió.

—No pueden vuestros reyes ampararse en la debilidad de este reino para incumplir lo pactado. Sabemos que vuestros ejércitos también andan mermados por los esfuerzos últimos. Os aseguro que sin el consentimiento nuestro no será un cómodo paseo tomar esta ciudad ni esta fortaleza.

Martín de Alarcón se encogió de hombros, despectivo.

—Mejor será, señor, que no probéis fortuna ni avivéis la ira de nuestros reyes. Coged lo que con generosidad se os da y haced lo que se os pide, señor.

Boabdil ignoró también el tono y las palabras del soldado castellano.

—Se me prometió el ducado de Guadix, Baza, Vera y Mojácar. A mis personas de confianza los señoríos de Lúchar, Ferreira, Cádiar y Jubiles, así como libertad de residencia y respeto para todos sus bienes y los de toda aquella persona que me haya sido fiel y haya combatido contra Abdallah el Zagal…

—Señor… señor, si me permitís… —intentó interrumpir respetuosamente Fernández de Córdoba.

—Libertad de residencia para todos los habitantes del Albaicín bajo condición de mudéjares por su larga fidelidad a mi persona demostrada en todos estos años, conservación de las mezquitas y respeto al culto, devolución de rehenes y cautivos de ambos bandos…

—Señor… —Gonzalo adelantó un paso y en esta ocasión consiguió detener la enumeración que Boabdil estaba llevando a cabo.

—Veo que ahora sí tienes algo que decir.

—Señor, vos mismo reconocisteis hace muy poco tiempo que la situación ha cambiado desde el tiempo en que se firmaron esos acuerdos. Como bien decíais, todo es ahora más complejo.

—Sin duda. Soy consciente de esas complejidades y compruebo que sus aguas turbias llegan hasta tus pies.

—Señor, debéis confiar. Se respetarán ventajas para vos y los vuestros.

—Han ido mermando sus propuestas como auténticos usureros. No quiero ventajas, sino justicia. Eso es lo que debéis decirle a quienes os mandan.

Boabdil abandonó la sala, El Muleh y Aben Comisa lo hicieron detrás de él. Fueron conducidos Fernández de Córdoba y Martín Alarcón hasta el patio de los Arrayanes, donde los esperaban los soldados de su escolta. Salieron esa misma mañana de la Alhambra en dirección a Sevilla. Gonzalo sabía ya que el futuro iba a ser poco halagüeño. Intuía la rabia que las palabras de Boabdil producirían en los reyes cristianos y en su corte. El deseo de Fernando por cerrar esa guerra definitivamente y los consejeros religiosos de Isabel se aunarían con el fin de que Boabdil abandonase su postura, esa prueba de fuerza que había llevado a cabo en la Alhambra.

Las negociaciones, sin embargo, aún debían prolongarse unas semanas. Se produjo un nuevo encuentro en Sevilla. En esa ocasión, para satisfacer las demandas de quienes desconfiaban de la tibieza de El Muleh, Boabdil envió a Aben Comisa. La gente de Granada se encontraba exaltada y trataba de seguir con el máximo detalle todo lo que trascendía sobre aquellas conversaciones. Su futuro dependía de ellas. Incluso hubo revueltas callejeras y peticiones por parte de los faquíes de que el enviado a Sevilla fuese el belicoso e intransigente Muza ben Abul Gazán, el nuevo ídolo de los que predicaban la resistencia a cualquier precio. El pueblo, y también los representantes religiosos, se sentían más protegidos por alguien como él que por el propio rey de Granada.

Aben Comisa representaba a aquellos que presionaban a Boabdil, aunque también este confiaba en él, lo mismo que Aixa. Madre e hijo lo vieron partir hacia la corte cristiana, cada uno con sentimientos y augurios muy diferentes. Fueron unos días de tensión. Boabdil evitó a su madre en todo momento. Se refugiaba en sus habitaciones, pasaba las noches en compañía de Moraima, sin mencionar una sola palabra sobre la misión de Aben Comisa y las posibles respuestas de los reyes cristianos. Al amanecer, antes de que Moraima abriese los ojos y dejase de fingir que estaba dormida, Boabdil abandonaba su habitación. Salía con una pequeña escolta a caballo y se alejaba en dirección a la sierra, entre la lluvia o el viento helado.

Las calles de Granada andaban conmocionadas. En cada esquina se formaban pequeños grupos, corrían rumores de boca en boca. El Muleh, con su túnica pobre, andaba camuflado entre la gente. De pronto escuchaba cómo los reyes cristianos habían aceptado las condiciones que Comisa había sabido imponer y al momento oía que un enorme ejército castellano se acercaba a Granada y que ya incluso podía divisarse desde los torreones de la Alhambra.

Los rumores persistieron después de que Aben Comisa volviese de su embajada. En las puertas de las mezquitas y en los mercados espontáneamente se formaban corros de gente y discutían sobre cómo había sido el encuentro que Aben Comisa había tenido en Sevilla. A su regreso, Comisa había entrado en Granada con la noche ya avanzada. Aquella era una señal inconfundible de que las noticias que traía de la corte cristiana no eran buenas. Ese hecho pareció ser aceptado por cualquier granadino, y a partir de entonces el motivo de las discusiones y sobre lo que se especulaba era sobre Boabdil. Sobre cuál iba a ser la decisión que estaba a punto de tomar.

La Alhambra se convirtió en un incesante ir y venir de generales, faquíes y gente de la nobleza que consultaban entre ellos o con Aixa y El Muleh. Sin embargo, apenas nadie lograba ver a Boabdil. El rey había suspendido incluso sus salidas por la sierra al amanecer. Se encerró en las reducidas habitaciones que tenía sobre el patio de los Leones. Allí pasaba largas horas hablando con El Muleh. En esas conversaciones solo de tarde en tarde afloraba la situación de Granada. Hablaban del pasado. De las personas con las que habían compartido aquellos años.

—Recuerdo cómo llegaba temblando hasta aquí cuando mi padre me mandaba llamar. —Boabdil dejaba correr la vista por la habitación, como si en aquellas paredes pudiera ver proyectado el pasado.

—Eras como un pájaro yendo a posarse en la boca abierta de un león.

—Él se daba cuenta. Olía mi miedo. Y a pesar de ello, volvía a intentarlo. Me llamaba de nuevo, me hacía otra vez las mismas preguntas, comprobaba mi naturaleza débil.

—Eras un pájaro valiente. Eso no dejaba de producirle orgullo. Acudías al instante a su llamada, te comprometías a cumplir todo lo que te ordenaba. Lo cumplías.

—Pero a él no se le escapaba el esfuerzo y la angustia que todo aquello me costaba. El sufrimiento, el miedo. Lo que para él era placer, para mí era algo parecido a la tortura. Sabía que éramos contrarios.

—Temía que tu madre te manipulara. Sufrió mucho al enfrentarse a ti. Es algo de lo que siempre estuve seguro.

—Ellos dos eran iguales. Mi madre y él. Si mi padre estuviese aquí y en este momento fuese rey de Granada, ni siquiera habría enviado a Comisa a negociar con los castellanos. Los habría atacado sin mediar más palabras.

Negó con la cabeza El Muleh, mirando al suelo, recordando.

—No. Creo que no, Boabdil. Al menos el rey joven y sano que yo conocí habría sabido conocer el momento de abandonar. No habría actuado como tu madre.

—Era un soldado, un guerrero. Todos lo sabían.

—Justamente. Por eso habría reconocido la cara de la derrota nada más verla asomar en el horizonte. Lo mismo que ha hecho tu tío Abdallah.

—Entonces tal vez yo nunca lo seré. Tal vez nunca sea un soldado.

El Muleh miró atentamente a Boabdil.

—¿Qué quieres decir, Boabdil?

—Mi decisión está tomada. Solo puede ser una.

Se miraron ambos hombres a los ojos, escrutándose. El Muleh bajó la mirada y asintió.

—Te comprendo, señor.

—Quizá serás el único.

Abul Casím el Muleh, cansado, agachó la cabeza. Se sintió repentinamente viejo, desbordado e inútil. A pesar de eso, todavía intentó hacer razonar a Boabdil.

—No conseguirás más que retrasar lo inevitable. Supongo que es algo que también has pensado.

—Sí, pero no puedo dejar que mis últimos días como rey sean los de alguien que abandona a su pueblo a su suerte.

—No lo has hecho. Aceptar ahora la derrota, o mejor dicho, la evidencia, no significa ningún abandono. Es un ejercicio de valor.

—Son demasiados los que no desean perder su independencia y los que sospechan que con el fin de esta, antes o después, acabaría su forma de vida. Si tengo que ser traidor para alguien, prefiero serlo para los cristianos.

—Olvida de una vez esas ideas, Boabdil. Deja que sean las hienas las que devoren la carroña.

—¿Quién puede negar con certeza que si mañana acepto las condiciones de los castellanos no estallará una nueva guerra civil entre nosotros?

El Muleh miró con algo de desconcierto a su rey.

—Sí, una nueva guerra. ¿Te sorprende?

—No creo, Boabdil, que con todo el castigo que Granada ha recibido nadie pueda aventurarse a una guerra interna, con los cristianos a nuestras puertas. No estamos preparados…

—¿Cuándo hemos estado preparados para matarnos entre nosotros?

Boabdil y El Muleh se miraron a los ojos, interrogándose en silencio hasta que el primero volvió a hablar, intentando que la indignación no llenase sus palabras de agresividad hacia su fiel El Muleh.

—Dime, ¿quién garantiza que mi madre, ese exaltado de Muza o incluso Aben Comisa apoyados por los faquíes no se dediquen a organizar a todos los rebeldes en mi contra si me decido a entregar Granada? ¿Y de nuevo debo unirme a ellos, a los cristianos, para combatir a esa facción de los míos? ¿A mi madre? ¿Y continuar así eternamente para tal vez mañana pelear contra mis hijos o contra quienes pretendan luchar en su nombre, aquí, en Granada o dondequiera que nos destierren? No, amigo mío. Es el momento de estar unidos. Esa es la única posibilidad, el único legado que ya podemos dejar a nuestra espalda.

El Muleh bajó la cabeza. Entendía ese último acto de su rey, por muy descabellado que le pareciese. Boabdil dio unos pasos hasta una de las ventanas. Los viejos leones miraban impertérritos hacia las columnas que rodeaban el patio. Se encogió de hombros levemente.

—Quién sabe —dijo, como si hablara para sí—. Hay quienes aseguran que tal vez Isabel y Fernando recapacitarán al saber que estamos dispuestos a enfrentarnos a ellos, y que antes que volver a comenzar una nueva guerra preferirán mejorar las condiciones que nos han ofrecido. De ese modo, tal vez todos seríamos beneficiados. Los más reacios aceptarían finalmente la situación y todos abandonaríamos Granada unidos.

Se giró levemente Boabdil y miró a El Muleh. Este lo observaba con el rostro impasible, sin mostrar ya ninguna emoción. El rey volvió a mirar por la ventana. Allí estaban aquellos leones, imperturbables, desafiando al tiempo e ignorando las veleidades de los hombres, sus pequeñas miserias.

Boabdil continuó hablando en voz baja, sin importarle demasiado si podía ser oído por El Muleh, pues en cualquier caso sabía que este ya había intuido lo que iba a decirle.

—Yo tampoco creo que los cristianos retrocedan ni un solo pie en sus pretensiones. —Respiró profundamente Boabdil—. Los atacaremos por sorpresa. Intentaremos hacerles el mayor daño posible. Luego comprobaremos la dimensión de su respuesta y nos prepararemos para resistir.

—Judica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta: ab homine iniquo et doloso erue me.

La voz del gran cardenal de España retumbaba en el templo sevillano. Cuatro obispos concelebraban la misa y de todas las paredes de la catedral colgaban guirnaldas blancas. Los muros y las zonas que estaban en construcción se cubrieron con paños, también blancos, de seda. El suelo de la plaza a la que daba la fachada principal y los peldaños de la escalinata de entrada al templo se habían cubierto de una alfombra de romero y el gentío se agolpaba allí, cogiendo ante los descuidos de la guardia ramas del oloroso arbusto que habría de traerles la fortuna, todos expectantes por ver salir a los reyes y a su hija, la infanta Isabel, recién casada.

«Júzgame Tú, oh, Dios, y defiende mi causa de la gente malvada…», Gonzalo Fernández de Córdoba, arrodillado junto a su esposa en las primeras filas del templo, repetía en su interior las palabras del gran cardenal, que levantaba las palmas al cielo de aquella bóveda majestuosa.

—Quia Tu es Deus, fortitudo mea…

«Pues Tú eres, oh, Dios, mi fortaleza…».

Resplandecía el sol con toda intensidad y el retumbar de los cascos de los caballos se expandía como un tronar alocado por las estrechas calles del pueblo. Muza ben Abul Gazán, cabalgando un caballo de un negro tan intenso que parecía tintado de azul, encabezaba el ataque a El Padul, un estratégico pueblo fronterizo situado al sur de Granada y con un castillo de defensa muy sólida por el que habían disputado a sangre y fuego los cristianos y el Zagal antes de su rendición. Ahora Muza, por orden de Boabdil, lo atacaba con el fin de devolverlo al dominio de los nazaríes.

Poco antes del amanecer, cuando los soldados aún dormían y la guardia consideraba la noche ya salvada, la guarnición de El Padul había sido sorprendida por el ataque repentino y virulento de Muza. La noticia había llegado poco después a Sevilla, pero la reina Isabel había decidido que los esponsales de su hija con el príncipe heredero de Portugal siguieran adelante y ninguna parte de la ceremonia ni de los festejos se vieran interrumpidos por el inesperado ataque.

Desde su lugar en el templo, Gonzalo miró a la reina Isabel, observó aquella expresión serena, los labios levemente fruncidos en una sonrisa tranquila, llena toda ella de aparente paz. Las mandíbulas del rey, por el contrario, estaban apretadas, tensas. Sus ojos vagaban extraviados por el altar, visiblemente perdido en sus pensamientos. Todos suponían cuál era la situación en el pueblo de El Padul, una vez tomado el castillo. Ese ataque de Boabdil era una muestra de rebeldía y de fuerza, y por tanto todos sabían que sería despiadado, feroz.

Gonzalo imaginaba los oscuros sentimientos que en esos momentos rondarían a Boabdil. Nadie mejor que el rey granadino tenía conciencia de que había entrado en un camino doloroso, sin vuelta atrás. Y él, Gonzalo, sabía que debería enfrentarse a quien ya estaba destinado a ser el último rey nazarí, y que tanto Isabel como Fernando le ordena rían que usara todos sus conocimientos sobre Granada y Boabdil, que dispusiera de toda su astucia y de toda su fuerza para derrotarlo.

—Emitte lucem Tuam et veritatem Tuam…

La joven infanta sonrió levemente a María Manrique, la esposa de Gonzalo, y entornó los ojos en un acto de recogimiento. Gonzalo miró al gran cardenal de España, sus manos blancas, hervidas, los dedos temblando como una llama moribunda.

«Envíame Tu luz y Tu verdad…». La vista de Gonzalo vagaba por aquellos vestidos con adornos de raso y terciopelo, el color blanco, casi puro, del cuello de una doncella, el puñal de plata del marqués de Tendilla y el oro bordado en la casulla de los obispos. Y de un lado a otro volaba el olor de los nardos mezclándose con el incienso y la cera en una marea dulce de perfumes.

«Envíame Tu luz y Tu verdad…».

Por la calle corrían niños y mujeres desnudas, ensangrentados. A los niños les habían cortado las orejas y la lengua. A las mujeres, los pezones. Violadas, los muslos manchados de sangre marrón. Los jinetes que corrían desbocados las alanceaban a su paso entre gritos de victoria y aullidos. Los golpes de un hacha derribaban una puerta y del interior de la casucha tres o cuatro bereberes sacaban a rastras a una anciana, un niño tambaleante y lloroso caminaba detrás de su abuela y de los soldados. Entre risas y golpes los echaban a ambos a la enorme hoguera que ardía en medio de la plaza. Los devolvían al fuego con horcas y lanzas entre alaridos, la peste de la carne y el pelo quemados.

En las bodegas, en los pajares, en las calles abiertas al campo por donde intentaban huir, eran pasados a cuchillo, degollados, tiroteados, hombres, niños y mujeres. En la crujía de la iglesia fueron colgados el cura y su ama y mientras se debatían les prendieron fuego a los sayones que vestían cuando fueron sacados de debajo de la cama.

Caía la noche y por todas partes se oían lamentos y gritos de piedad y las risas de los asaltantes, que tenían más que ver con el delirio que con la alegría. Olor a sangre y a gente quemada, la humareda de algunas casas que habían ardido. Ahorcaron a los soldados que habían sobrevivido al combate en las almenas del castillo. A los heridos los colgaban de un garfio y allí quedaban sus pies contoneándose de un modo siniestro entre las sombras.

En el baile reían y se hacían confidencias las damas de la corte y las jóvenes doncellas. Sonaba deliciosamente en el salón la guitarra morisca combinada con la giga y la espineta. Los caballeros seguían el compás de la música llevando entre sus dedos los dedos pálidos de las damas. El rey Fernando había abandonado la sala acompañado por el marqués de Tendilla y por Pérez de Guzmán y Fonseca, duque de Medina Sidonia. La reina Isabel, por el contrario, seguía presidiendo el baile, comentando con las señoras llegadas de Portugal lo majestuoso de los regalos recibidos, la delicadeza y madurez de la infanta, la piedad cristiana que se desprendía de cada uno de sus actos.

Al poco, un servidor del rey se acercó discretamente a Gonzalo y le pidió que lo acompañara. Unos pasos más allá de donde él se encontraba ocurrió lo mismo con Ponce de León, marqués de Cádiz. El bravo militar, que parecía realmente disfrazado con aquella indumentaria palaciega, se unió en silencio a Fernández de Córdoba. Ambos intuían lo que les esperaba. A pesar de ello se sorprendieron al ver el rostro desencajado, profundamente pálido, del rey Fernando. A su lado se encontraban los nobles que anteriormente había hecho llamar y también Alonso de Cárdenas, maestre de Santiago. Sobre una mesa estaba desplegado un hermoso mapa de Andalucía que reproducía dibujos de ciudades, bosques y fortalezas. En el punto donde se encontraba Granada, se cimbreaba, hincada en la mesa, atravesando el mapa, la hermosa daga del rey Fernando.