Boabdil

Antonio Soler · Capítulo 10 de 19

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Boabdil

X. El Rey Fernando

X.

EL REY FERNANDO

 

El rey Fernando cuidó todos los detalles de cara al primer encuentro que tendría con su prisionero. Se interesó por conocer cuáles eran los alimentos preferidos de Boabdil, qué costumbres tenía y cómo era su carácter. Consultó con el conde de Cabra y mandó interrogar sobre los mismos asuntos a algunos de los oficiales y nobles nazaríes cautivos.

La llegada del rey a Córdoba fue discreta. Envió por delante un mensajero ordenando que no se preparasen honores ni se hiciera pública su llegada hasta días después. Durante esas jornadas de preparativos y consultas mantuvo a Boabdil en la torre de la Calahorra. El rey árabe estaba allí instalado en unas dependencias de una cierta holgura pero sin las comodidades ni las atenciones que había tenido en el castillo del conde de Cabra.

Cuando días después el rey Fernando quiso que fuese anunciada su llegada a la ciudad, hubo desfile de tropas y música, redoblaron todas las campanas de Córdoba y en las iglesias y conventos se dio limosna a los pobres. Apenas había transcurrido una hora del cese de esas manifestaciones de júbilo cuando Ponce de León, marqués de Cádiz, acudió a la torre de la Calahorra y solicitó ser recibido por Boabdil. Se postró ante él como si se encontrase delante de su propio rey. Intentando limar la rudeza que lo caracterizaba, el marqués transmitió a Boabdil los saludos del rey Fernando y su deseo de que se considerase no su prisionero sino su huésped. Le pidió perdón por haber sido encerrado en aquella torre destinada a criminales y enemigos de los reinos de Castilla y Aragón y le rogó que aceptase ser alojado en un palacio digno de su condición real.

Las pupilas verdosas de Ponce de León, algo indecisas por lo forzado que le resultaba aquella especie de representación, miraban de reojo a Boabdil. El carácter hosco del marqués no estaba hecho para esas misiones diplomáticas. Se mordía los pelos rojizos y rebeldes de su bigote y esperaba la respuesta de aquel hombre que le parecía demasiado delicado para poder sostener sobre su cabeza la corona de un reino en guerra. Él había visto años atrás a su padre, Muley Hacén, y dudaba que aquel muchacho etéreo, casi melindroso, que tenía ante él hubiera logrado arrebatarle el trono.

Boabdil, sabiendo que le esperaban días y semanas de tensión y laberínticas negociaciones, aceptó la invitación que el rey Fernando le hacía por medio de Ponce de León. Era consciente de que el esgrima de terciopelo había comenzado y que a él, para aceptar el duelo, le correspondía dar el siguiente paso.

Al pie de la torre tenía preparado un caballo del mismo color y proporciones que aquel que había perdido en el arroyo Martín González. Tenía puesta su silla de montar e incluso sus bridas de cuero labrado por artesanos persas. La escolta personal del rey Fernando, ataviada con sus mejores galas y en compañía de un destacamento de tambores, formaba dispuesta para acompañar a Boabdil. El camino por las calles de Córdoba, hecho a paso lento, duró casi una hora. Al contrario de aquellas burlas que a veces había tenido que soportar en el castillo de Baena o de las amenazas que había recibido durante el mismo recorrido cuando iba camino de la torre de la Calahorra, su marcha fue seguida por los cordobeses con mucho cuidado y respeto, casi con recogimiento. El rey Fernando había dispuesto hasta el menor detalle y sus alguaciles habían anunciado previamente que cualquier insulto hecho a Boabdil tendría el mismo castigo que si se dirigiese al propio rey cristiano.

Todos esos pormenores eran mensajes que Boabdil iba captando paso a paso. Cuando llegó al palacio que iba a servirle de residencia en los próximos meses, sabía que su libertad iba a costarle un precio muy elevado. Algo que seguramente no podría pagarse con ninguna suma de dinero, joyas o riquezas tangibles. Sabía que iban a pedirle más. Mucho más.

No tuvo que esperar demasiado para saber lo que se le proponía. Esa misma noche, Ponce de León volvía a solicitar ser recibido por él. En esta ocasión lo acompañaba el médico personal del rey Fernando, que quiso examinarle las heridas de la pierna y el hombro. Una vez hecho el reconocimiento de modo satisfactorio, Ponce de León le comunicó a Boabdil que su majestad el rey de Aragón estaría muy honrado de recibir una visita suya al día siguiente.

—Podéis decirle a vuestro señor que la honra será mía y que desde este momento espero con impaciencia nuestro encuentro.

—Así se lo comunicaré, señor. Con esas palabras. —Ponce de León dudaba de la actitud de Boabdil y no acababa de decidir si ese individuo estaba lleno de sarcasmo o simplemente era un pusilánime—. Es decir, como me lo acabáis de decir vos a mí.

La sola presencia de Boabdil le hacía sentirse incómodo, lo desconcertaba.

—Os juro por mi alma que prefiero enfrentarme mal armado y herido a su padre en el campo de batalla que cruzar dos palabras más con esta especie de ser, mitad hombre, mitad anguila —le dijo el marqués al capitán que lo acompañaba.

No tuvo necesidad el marqués de Cádiz de volver a pasar por aquel suplicio. Al menos al día siguiente. El encargado en esa ocasión de dar escolta a Boabdil ante Fernando fue el conde de Cabra, cuya presencia recordó a Boabdil su condición de cautivo y los días pasados en el castillo de Baena y en la torre de la Calahorra. El conde lo condujo a un palacio cercano.

Allí hubo de subir Boabdil una escalera algo angosta y empinada, cuya ascensión le produjo un fuerte dolor en su pierna hasta el punto de tener que pedir ayuda. No quiso ser llevado en brazos de soldados enemigos y se conformó con dos bastones y con ascender a un ritmo más lento. Esperado por el conde de Cabra y siendo interrogado por él a cada instante sobre su dolor. Recibiendo aquella especie de humillación que no estaba seguro si había sido calculada o no por los cristianos.

En la antesala de la estancia donde estaba el rey había un bullicioso trasiego de altos cargos, damas y criados. Cesaron las voces de las personas más cercanas, un leve murmullo corrió rápidamente de un lugar a otro de la sala y a continuación se hizo un silencio total. Se abrió un pasillo entre toda aquella gente para dejarlos pasar. Sonaba en la piedra el roce rígido de los pies del conde de Cabra, el golpe cadencioso que los seis soldados de escolta daban en el suelo a cada paso y el leve bastoneo de Boabdil. Todos miraban al rey preso. Y todos bajaban la mirada al cruzarse con la suya.

Ante la pequeña comitiva se abrió una puerta doble y pesada y entraron en un salón con ventanales despejados y bien iluminado por la luz de ese día de primavera. Boabdil oyó cómo a su espalda, en la antesala que dejaban atrás, volvía a levantarse, ahora intensificado, el vivo rumor de los curiosos, que quedó súbitamente extinguido al cerrarse la puerta.

Una figura erguida y ágil, un poco difuminada por la claridad que había detrás de él, se acercaba diligentemente y sin ninguna solemnidad hacia Boabdil. Este comprendió que nadie más que el propio rey Fernando podía permitirse en medio de aquel lugar esa espontánea muestra de naturalidad.

Cuando el rey llegó a su altura, Boabdil hizo un movimiento como para arrodillarse ante él. Ya estaba inclinado casi del todo, cuando Fernando lo tomó por los hombros y lo obligó a incorporarse:

—No os postréis ante mí. No sois ni mi prisionero ni mi vasallo, sino mi igual. Desde este momento os pido encarecidamente que así os consideréis.

—Como muy bien podéis suponer, majestad, resulta difícil ignorar la realidad que me ha traído aquí y la situación que ahora padezco, pero valoro vuestro ofrecimiento e intentaré no ser indigno de él.

Le fueron presentados a Boabdil las ocho o diez personas que se hallaban en aquella sala. Entre aquellos nobles se encontraban Alonso de Cárdenas, maestre de Santiago, y el gran cardenal de España, Pedro González de Mendoza. En las reuniones previas a ese encuentro aquellas dos personalidades habían mantenido posiciones encontradas sobre la suerte que debía correr el prisionero. El maestre de Santiago, hombre enjuto y amarillento, con una rigidez dorsal que le daba apariencia de empalado y que se correspondía con su espíritu, se había mostrado inflexible. Consideraba que el único objeto de la guerra era la aniquilación de los infieles. De nada valía someterlos, todo debía estar orientado a su expulsión definitiva de la Península. Castilla debía quedar libre de la lacra del islam. Por tanto, no debía concederse la libertad a Boabdil bajo ninguna condición ni contrapartida.

Ponce de León se había enfrentado abiertamente a esa postura. El valeroso marqués de Cádiz era partidario de liberar al joven monarca nazarí. Era la única vía de mantener abierta la guerra civil entre el enemigo:

—Dar la libertad al hijo de Muley Hacén es lo mismo que mantener un fuego lento que implacablemente irá consumiendo las entrañas del enemigo. Una vez que estén consumidas, tiempo habrá de decidir sobre ellos. Ahorraremos batallas, economías, vidas, y tener entre nosotros a ese hombre escurridizo.

El gran cardenal de España había apoyado la postura de Ponce de León, aunque huyendo aparentemente de su dureza y del sarcasmo final:

—Nadie, en su buen juicio, querría facilitarle a una facción de los moros, armas, dinero y hombres para intentar alentar una guerra entre ellos. Pero nos encontramos con que nada de eso es necesario porque ellos mismos se han encargado de proporcionárnoslo. El único esfuerzo que nos corresponde consiste en liberar a este Boabdil para que él y su padre cumplan naturalmente con algo que solo puede traer grandes beneficios para el servicio de Dios, ya que un reino dividido contra sí mismo no puede subsistir.

Había abierto las manos el cardenal y las había vuelto hacia el techo como si de allí arriba manase la fuente de su estrategia.

El maestre de Santiago, por su parte, intentó defender su postura anterior:

—No puedo dudar de vuestra fe, porque lo que exponéis es una cuestión de fe. Y mi creencia es la contraria. En cuanto a lo que vos defendéis, señor marqués, sobre la liberación de Boabdil, solo nos reportaría riesgos. Significaría echar a volar un pájaro que tenemos en nuestras manos, con el sueño de que tal vez otro día, si tenemos suerte, volveremos a capturarlo.

—Espero que no me supongáis tan ingenuo, estimado maestre. Nunca lo echaríamos a volar sin antes atarle a una de sus patas un fino pero muy resistente hilo de seda.

—Muy bien puede ocurrir que, mientras está en libertad, este rey se afiance entre los suyos, ellos se esfuercen por cortar esos hilos que decís y se junten a su alrededor para guerrear a conciencia contra nosotros.

Sonrió el marqués de Cádiz con un gesto desdeñoso, su cara, picada de viruela, había enrojecido, contagiada por el relumbre llameante de su barba pelirroja:

—Podéis estar tranquilo sobre ese asunto. Si conocierais bien a esta gente, sabríais que los moros tienen muy poca fe en sus reyes. Siempre están dispuestos a cambiar uno por otro y lo mismo que hoy apoyan a este Boabdil mañana pueden favorecer a su padre, a su tío o a cualquiera que les prometa un poco de miel y un paraíso con unas cuantas huríes de más.

El rey Fernando había escuchado días atrás todas esas reflexiones. Había consultado además con alguien de su confianza, Íñigo López de Mendoza, marqués de Tendilla, también presente en la recepción al rey Boabdil, lo mismo que Fernando de Zafra, secretario real, y Pedro Manrique, duque de Nájera y responsable del sector central de la frontera árabe. Todos ellos se encontraban ese día presentes y todos fueron saludando ceremoniosamente a Boabdil, sin que ninguno de ellos supiera a ciencia cierta qué suerte iba a correr el preso.

Mientras se producían aquellas salutaciones, Boabdil advirtió la presencia, algo más apartada, de un hombre joven, sin duda militar, que lo observaba discretamente y que fue el último en serle presentado. Gonzalo Fernández de Córdoba se inclinó levemente ante el rey nazarí, sin la afectación exagerada de unos ni la sequedad que le habían mostrado otros. Gonzalo lo saludó con sencillez, en árabe, mirándolo a los ojos.

El rey Fernando no había consultado con Gonzalo lo que opinaba sobre el posible destino de Boabdil. Estaba seguro de que el juicio de su pariente estaría muy cercano al suyo propio. Un juicio que a esas alturas era una auténtica incógnita, pues Fernando se había limitado a preguntar y a escuchar calmosamente toda clase de respuestas, sin dar nunca ninguna muestra de conformidad o de rechazo sobre aquello que le decían. Poco a poco, desde que salió de la corte, había ido labrando su plan y solo, a través de un continuo ir y venir de correos, había hecho partícipe de él a la reina Isabel.

La reina había sido testigo de cómo durante el reinado de sus antepasados los reyes árabes se habían mantenido en Granada como vasallos de Castilla. Por tanto, veía con buenos ojos que Boabdil fuese liberado con la condición de que pasara a ser vasallo de los cristianos, firmando una tregua y jurándoles fidelidad. Fernando estaba de acuerdo con su esposa, pero pretendía dar un paso adelante. El primer movimiento de su estrategia empezaba allí, aquella mañana de primavera en Córdoba.

No se hizo esperar el rey. Fue moderado con el vino, estuvo sentado junto a Boabdil y conversando con él sobre la situación que estaban viviendo sus respectivos reinos, aunque siempre en términos generales y sin entrar en la situación concreta de Boabdil. Hablaron de política exterior, alianzas, enfrentamientos con terceros. Turquía, el papado, Nápoles, Borgoña, Génova. El rey cristiano, abierto, buen conversador e irónico, iba, a pesar de esa expansión suya, estudiando las reacciones de su invitado, valorando la firmeza sutil de su criterio, confirmando las impresiones previas que se había formado sobre él. Y antes de que finalizaran los postres, apartando de sí el hojaldre árabe que en honor a Boabdil habían preparado los cocineros, quiso abordar el asunto que todos, empezando por el propio rey nazarí, esperaban escuchar:

—Antes os dije que estáis aquí como invitado y amigo y no como prisionero, por mucho que hayáis sido apresado en un acto de guerra y que este se haya producido después de que hubieseis cruzado nuestra frontera y de haber asaltado y saqueado una de nuestras ciudades. La reina Isabel y yo comprendemos vuestros motivos y la necesidad que tenéis de afirmaros entre vuestra gente.

—Soy el rey legítimo de Granada y no necesito ningún acto de afirmación. Fue, como bien habéis dicho, un acto de guerra.

Fernando hizo un gesto que quería quitarle importancia a aquello, como si fuese un detalle irrelevante:

—Nosotros también hemos padecido esa situación. Guerras internas, lucha por el poder. El rencor del hermano. Vuestro padre también asegura ser el rey legítimo de Granada. No deja de gritarlo o susurrarlo cada vez que tiene ocasión. Incluso algunos de nuestros más queridos nobles afirman que somos nosotros, castellanos y aragoneses, quienes en verdad tenemos la legitimidad sobre el reino de Granada. — Boabdil no pudo evitar dirigir la vista a algunas de las personas que había sentadas frente a él. Sonrió el rey Fernando—. Sí, algunos de los presentes son de esa opinión, y tienen sus argumentos. Pero eso no es lo que os quiero transmitir ni esa es la idea de la reina ni tampoco la mía.

Fernando se calló. Cambió de expresión, desapareció su sonrisa e inclinándose un poco, mirando fijamente a los ojos de Boabdil, le dijo, como si se encontraran solos y le confesara un viejo secreto:

—Queremos vuestra amistad. Eso es lo que queremos la reina Isabel y yo.

Boabdil le sostuvo la mirada, sin ninguna expectación, esperando la continuación a aquella declaración de intenciones, sin decir nada.

—Queremos vuestra amistad y estamos dispuestos a afrontar sacrificios. El primero, contradecir a muchos de nuestros más queridos súbditos y consejeros. Y del mismo modo que nosotros estamos dispuestos al sacrificio y a dar pruebas evidentes de nuestra voluntad, exigimos de vuestra parte la misma determinación. El mismo valor.

—Supongo que mi determinación y mi sacrificio, dada mi condición de… invitado de Aragón y Castilla, deberán ser algo mayores que los vuestros, majestad.

—Nosotros arriesgamos más que vos. Tenemos un ramo amplio de posibilidades entre las que elegir y deseamos optar por una que entraña riesgos, pero que nos parece la más justa y conveniente para todos.

—Estoy convencido de que podéis elegir entre más caminos que el que yo ofrezco. Pero ni abandonaré mi dignidad ni haré nada que perjudique a los granadinos por el hecho de que tengáis más de una idea en la cabeza sobre el futuro de ese reino.

Fernando continuó con su argumento, como si no hubiera oído lo que Boabdil le acababa de decir:

—Vuestro propio padre ya nos ha enviado sus emisarios. Ofrece un alto rescate por vos.

—Veo que se ha apresurado. La preocupación de mi padre por mi suerte es realmente conmovedora.

—No os he mencionado ese hecho para sugerir que esa sea una de nuestras opciones. No nos importa cuán poderoso puedan ser vuestro padre y vuestro tío el Zagal ni qué tipo de alianzas tengan con Génova o con el norte de África. Nosotros, repito, deseamos vuestra amistad, vuestra colaboración y vuestra lealtad. Y acabar con el poder de ellos. Son nuestros enemigos, y los vuestros.

Boabdil se quedó mirando fijamente a Fernando. Por primera vez desde que habían empezado a hablar parecía verdaderamente interesado en lo que este pudiera decirle. También Fernando comprendió que habían llegado al punto que había estado buscando desde el inicio de la conversación.

—Solo necesitamos tener garantías de vuestra amistad. Deberemos afrontar momentos difíciles en los que el camino se estrechará y parecerá cerrado, vendrán encrucijadas. Hay que contar con ello y por eso mismo no podremos permitirnos dudas por vuestra parte. La alianza debe ser férrea. Y debemos tener garantías de que será de ese modo. Pero desde este mismo momento os digo que seremos generosos. Con vos y con vuestro pueblo.

—Garantías.

—Garantías firmes.

Fernando hizo un silencio. Se aseguró de que la atención de Boabdil se mantenía. Todos los presentes aguardaban sus palabras.

—Estas son las condiciones que exigimos por vuestra libertad: deberéis ingresar en nuestras arcas unos tributos anuales cuya cantidad deberá ser precisada por los administradores. Os comprometeréis a prestarnos ayuda militar y a que nuestras tropas tengan paso franco por las tierras que estén bajo vuestro control. Del mismo modo firmaremos una tregua de al menos dos años.

—¿Recibiré yo a mi vez alguna compensación?

—Algunas de esas condiciones serán recíprocas, como la tregua. También vuestros soldados tendrán paso libre por nuestra frontera siempre que informen previamente de su destino y aprobemos la misión que os mueve a ello. También recibiréis ayuda militar de nuestra parte. Y si lo requiriese vuestra economía, tendréis asimismo préstamos para el mantenimiento de vuestro ejército.

—Con intereses.

—Con intereses que deberán calcular nuestros administradores.

—¿Os dais cuenta de lo que me proponéis, señor? —Boabdil esbozó una sonrisa triste.

—Sí, perfectamente. Debéis pensarlo con detenimiento y veréis entonces, después de sopesados todos los esfuerzos y las ventajas, lo favorable que resultaría ese acuerdo para vuestro pueblo y para vos mismo. Lo que os ofrecemos finalmente es el reino de Granada. Su corona.

—¿A cambio de llevar al cuello para siempre una cadena de perro amaestrado?

—Sabéis que nunca será ese el trato ni la consideración que recibiréis de nosotros. Os ofrecemos lealtad y os la pedimos en la misma medida. Y para asegurárnosla, para que en los momentos aciagos, que Dios quiera sean pocos, no tengáis dudas y recordéis cuál es el camino a seguir, se os pedirá que queden bajo nuestra custodia los hijos y allegados de algunas de vuestras nobles familias, en una cantidad que habrá de precisarse en los días venideros.

—¿Rehenes? —Aunque la indignación se mostró de un modo más claro en su mirada que en su voz, el tono de Boabdil se elevó bruscamente.

Fernando, por el contrario, parecía cada vez más relajado, casi distraído.

—No os preocupéis por nominar cada punto y cada cuestión que se os propone. Debéis tener un pensamiento general, contemplad en qué estado se encuentra el reino de Granada en este momento e imaginad cómo puede encontrarse en un plazo de dos, tal vez tres años. Un reino vasallo de Castilla y Aragón, en paz y con vos como rey.

—Un rey que será mirado con recelo cuando deba imponer a sus más nobles súbditos el sacrificio de desprenderse de sus hijos durante no se sabe cuánto tiempo y entregarlos al enemigo como rehenes.

—Os empeñáis en distorsionarlo todo por medio de las palabras. No serían rehenes, sino huéspedes, y no serían entregados al enemigo, sino al aliado.

—Las palabras no aliviarán en ellos su desconfianza hacia mí.

Fernando miró fijamente a Boabdil:

—Tal vez no lo hagan las palabras, pero sí lo hará vuestro ejemplo.

Los dos hombres se escrutaron los ojos. Boabdil comprendió. Una mueca triste, algo que él quiso esbozar como una sonrisa de desprecio y que se quedó en un dibujo roto, le cruzó la cara.

—¿Mis hijos? ¿Pensáis que los dejaré en garantía de mis actos? ¿Que cambiaré mi libertad por la de ellos?

Boabdil se puso de pie, sin hacer caso del dolor que aquel movimiento le producía en su pierna herida. Retiró el sillón que lo acercaba a la mesa.

—Os agradezco todas vuestras atenciones, señor. Y también que hayáis pensado en mi futuro, e incluso en el de mis hijos. Pero deseo que crezcan a mi lado y no, como rehenes, huéspedes, o como queráis llamarlo, vuestros.

—¿Creéis en verdad que vuestros hijos podrán crecer a vuestro lado si permanecéis de espaldas a la realidad? ¿Aquí en Córdoba o en manos de vuestro padre? —Fernando también se levantó, sin dejar nunca de mirar a los ojos de Boabdil —. Vuestra libertad, finalmente, será la de ellos. Os aconsejo que reflexionéis con calma. Tenéis tiempo y también tendréis un lugar adecuado para hacerlo.