Boabdil
XVIII. El Tiempo Nuevo
XVIII.
EL TIEMPO NUEVO
La quietud de la noche, sin luna y prematuramente fría, quedaba rota por aquella pequeña comitiva. Un grupo de media docena de jinetes dirigiéndose al paso por las empinadas cuestas que conducían a la Alhambra. No llevaban luz de ninguna clase y avanzaban a oscuras, pero los cascos de sus caballos resonaban en la piedra con un eco redoblado en aquel paraje desierto. Al encuentro de los cuatro cristianos habían salido dos hombres de la guardia personal de Boabdil. Les habían dejado el paso franco para entrar en Granada y ahora eran ellos quienes marchaban en cabeza, guiando el grupo.
Estaba avanzado el mes de septiembre. Entre los árboles se oía intermitente el canto de un búho y a lo lejos, tal vez llegando de las calles del Albaicín, resonaban unas voces alteradas, los gritos de alguna pelea callejera de las que entonces tanto abundaban en la ciudad. Los seis jinetes entraron en la Alhambra por la puerta de la Justicia. Llegaron hasta la plaza de los Aljibes y allí desmontaron para seguir a pie. Atravesaron la alcazaba y alcanzaron la torre de la Vela. Los soldados que se encontraban de guardia los miraron fijamente al cruzar ante ellos, conscientes de que su futuro estaba en manos de esa gente a la que ahora daban paso.
Después de subir unas escaleras estrechas, llegaron a una sala medianamente iluminada. Al fondo, de espaldas a ellos había dos figuras. Dos hombres que hablaban entre sí. Uno de ellos era Abul Casím el Muleh, el otro, Boabdil, giró la cabeza para mirar a los recién llegados. El último de los cristianos en entrar en aquella dependencia militar fue Gonzalo Fernández de Córdoba. Iba envuelto en su capa azul y bajo ella se adivinaban el peto y la cruz de la espada.
Boabdil y Gonzalo se miraron a los ojos. Una sonrisa franca asomó a la cara del primero y venció la prevención del segundo, que de inmediato y reconfortado por aquella señal de afecto se acercó a Boabdil y quiso inclinarse ante él.
—Señor.
Boabdil tomó en sus manos los antebrazos de Gonzalo y lo alzó. Le dijo que empezaba un tiempo nuevo y que en el fondo de su corazón se alegraba de que los reyes hubieran decidido que fuese él, Gonzalo, el enviado en esa ocasión, pues así, el dolor, siendo mucho, era menor que si hubiera tenido que afrontar ese paso con un desconocido, con alguno de esos nobles altivos que se ufanaban de su victoria, de la derrota de Granada.
Gonzalo se volvió y señaló al primero de sus acompañantes, un hombre de mediana estatura, barba rala y ojos oscuros. Era Fernando de Zafra, el secretario real y, según anunció Gonzalo, la persona sobre quien recaería el peso de la negociación mediante la cual Granada iba a ser entregada. Boabdil apenas inclinó la cabeza en señal de saludo para corresponder a la reverencia que el secretario real le hacía en ese momento. Por su parte, el todavía rey nazarí alzó una mano y la puso en el hombro de El Muleh. A él le cedía su representación Boabdil, él sería el encargado de defender los intereses de Granada.
—Solo espero que Alá y vuestro Dios quieran iluminarnos a todos en estos últimos pasos —dijo Boabdil antes de retirarse con Gonzalo a una sala contigua.
En la primera estancia quedaron El Muleh y Fernando de Zafra con sus secretarios y escribanos. Estaba acordado que las negociaciones se llevaran a cabo en Santa Fe a lo largo de las siguientes semanas. Sin embargo, promovido por Gonzalo, se había decidido que hubiera este primer contacto entre ambas partes. Un encuentro que aún no tendría carácter oficial, sin la rigidez que exigía la diplomacia y en el que de un modo sosegado y libre de protocolo quedarían establecidas las pautas de los siguientes pasos.
Y así, mientras se trazaba el esquema mediante el cual Granada iba a cambiar su destino después de tantos siglos, Boabdil y Gonzalo hablaron del futuro y también del pasado de cada uno de ellos. De la posibilidad de que Boabdil aceptara vivir en las Alpujarras, de su hijos, a los que pronto recuperaría, y de cómo los granadinos empezarían a ser informados a partir de entonces y de un modo paulatino del pacto que ya estaba en marcha.
Tumbados en unos modestos cojines, bebiendo el té que les iba sirviendo un criado, conversaron los dos hombres hasta muy entrada la noche. Por una de las estrechas ventanas de la estancia, casi una saetera, se veía el cabeceo de la copa de los árboles, una masa negra mecida por un viento silencioso. La muerte de Aliatar en el riachuelo Martín González, el cautiverio de Boabdil en el mismo torreón en el que había estado preso años atrás Gonzalo, las cabalgadas y la lucha contra el Zagal fueron revividas en un tono sereno, alejadas ya del estruendo y la furia del presente o de lo que repercute en él, ya engarzadas definitivamente esas imágenes al pasado. Cuentas de un collar que ahora se cerraba.
Muy poco antes del amanecer volvieron a salir los seis jinetes por la puerta de la Justicia. Una difusa luz anaranjada los alumbró al salir de Granada. Boabdil se quedó en aquella torre, mirando la llanura, hasta que el sol acabó de iluminar la ciudadela de Santa Fe.
Dos días después, partió de la Alhambra la primera comitiva encabezada por Abul Casím el Muleh. Vestía para la ocasión un traje rico de seda, la capa roja de los nazaríes. Iba sobre uno de los caballos pequeños y ágiles que montaban los soldados granadinos y lo acompañaban varios secretarios y albaceas, además de una escolta de diez lanceros.
Fueron recibidos con solemnidad por Gonzalo Fernández de Córdoba y Fernando de Zafra. Había formada una compañía de la guardia real y varios pajes acudieron a recoger los caballos y se ofrecieron para servir en cualquier cosa que necesitasen a los recién llegados, pero, al mismo tiempo, de entre la multitud que se agolpaba alrededor surgieron voces de burla y mofa, risotadas. Unas verduras podridas fueron a estrellarse a los pies de El Muleh, que miró aquellas hortalizas con calma, casi con curiosidad. Y aunque una mirada de Gonzalo bastó para que cesaran las risas y se acallaran por completo las voces de los soldados cristianos que allí se habían asomado, por detrás de ellos todavía continuaron las palabras de desprecio y los insultos de los comerciantes, curiosos y trotamundos llegados a Santa Fe.
Un recibimiento parecido aguardaba a los embajadores al regresar a Granada. Poco a poco se había ido corriendo por la ciudad la noticia de que se habían iniciado las negociaciones que acabarían con la rendición del reino a los cristianos. Hubo gente que acogió la nueva como una bendición que pondría fin a sus sufrimientos. Otros no dejaron de hablar de traición e invocaban a Muley Hacén, al Zagal e incluso a Muza o la reina Aixa, que nunca habrían consentido en entregar la ciudad sagrada de Granada sin derramar hasta la última gota de sangre. Pero como todo era un ir y venir de habladurías, el humor y las opiniones del común de los granadinos podía cambiar cada día según el signo de los rumores, dependiendo de lo que algún imán hubiera dicho en la mezquita o algún capitán en la plaza Bab-al-Rambla.
Hubo conatos de tumultos. Salió el ejército en varias ocasiones a templar los ánimos en las calles y llevar un poco de orden a aquella gente desesperada a la que seguían azotando el hambre y las miserias de un asedio que no rebajaba su presión por mucho que las negociaciones fueran avanzando. El Muleh no dejaba de traerle cada día documentos y cartas lacradas a Boabdil, que a su vez remitía nuevos escritos a los reyes cristianos. Empezó a ser frecuente ver las figuras de Boabdil y Moraima a la caída de la tarde, una al lado de la otra, asomados al balcón desde el que se veía ocultarse el sol en el horizonte. En esos momentos, el campamento cristiano, a pesar de toda su majestuosidad y bullicio, parecía un pequeño hormiguero. Su magnitud quedaba disminuida por el esplendor de aquellos atardeceres, por la trascendencia que de ellos emanaba, tan por encima de los desvelos de los hombres, empequeñecidos por la presencia de aquella sierra que los miraba como una madrastra distante, de un solo ojo, omnipotente.
Y desde allí, desde ese marasmo parduzco y gris del campamento de Santa Fe, Boabdil y Moraima veían cada atardecer partir las figuras menudas, a veces alumbradas por candiles, de El Muleh y su escolta de secretarios y militares. Cada día más vencido y agotado el fiel servidor, pero al mismo tiempo cada día más cerca de terminar con aquel dilatado sufrimiento. El otoño era una cueva por la que se adentraban aquellos hombres. La luz del día cada vez era más débil y los ruidos del mundo parecían apagarse. Con esa sensación despertaba en medio de la noche Boabdil demasiadas veces.
En varias ocasiones fue el propio Boabdil quien acudió a Santa Fe para tener audiencia con los reyes. Isabel y Fernando continuaron recibiéndolo como a un igual. No se hicieron reproches. Boabdil no mencionó a los reyes el endurecimiento que había sufrido su antiguo acuerdo y como lo habían ido despojando, a él y a los granadinos, de atribuciones. Por su parte los reyes no quisieron recordarle en ningún momento al nazarí el quebrantamiento de la paz que había llevado a cabo y que había dado lugar a la nueva guerra. Tanto los reyes cristianos como Boabdil convinieron en atribuir tácitamente aquella ruptura de la paz a la intransigencia que habían demostrado los sectores islamistas más radicales de Granada, gente que habían debido padecer tanto los cristianos como el propio Boabdil.
Fue avanzado el otoño, ya en lo hondo de esa caverna con la que soñaba el rey maldito de los nazaríes, cuando se firmaron los tres pliegos donde quedaban fijadas las condiciones de la capitulación de Granada. La noche del 25 de noviembre, en Santa Fe, Abul Casím el Muleh, con el pulso firme y sin dejar traslucir ante los cristianos ningún asomo de emoción, firmó cada uno de los documentos alumbrado por la luz temblorosa de los cuatro candiles que iluminaban la estancia de Fernando de Zafra, secretario real.
La noticia fue corriendo por la ciudadela cristiana. Al principio lo hizo de modo lento y dudoso, pero poco a poco la celebración fue ganando en aparatosidad. Antes del amanecer, la algarabía despertó a Gonzalo Fernández de Córdoba. Hombres borrachos vitoreaban a lo lejos los nombres de los reyes Fernando e Isabel mezclados con el del apóstol Santiago, los patrones de sus tierras y los de medio santoral. Y cuando por la mañana Gonzalo fue a acercarse a las dependencias reales, por todas partes fue encontrando grupos de gente insomne, borrachos y mercaderes que fantaseaban con las ganancias que obtendrían con la nueva situación sin que ninguno de ellos conociese todavía las condiciones en las que se había acordado la rendición ni el modo en el que a partir de entonces vivirían los granadinos.
Nobles, soldados, clero, damas y prostitutas, mendigos y señores de distinto rango y linaje acudieron ese día a la misa que se ofició para dar gracias a Dios por la conquista de Granada, el fin del poder árabe en la Península y la llegada de la paz. Hubo festejos de todo tipo y se celebraron algunas justas en las que los nobles ponían de manifiesto ante las damas de la corte la habilidad con las armas que habían adquirido en años de combate.
La efusión continuó en los días siguientes. Y aunque el ejército real mantenía la disciplina y ya iba recibiendo las primeras instrucciones de cómo irían penetrando en Granada, los civiles de Santa Fe continuaban en un estado de permanente excitación. No era raro ver rodar por los suelos a algunos patanes que, a pesar del vino bebido y de que los prados ya tenían una resbaladiza y crujiente capa de escarcha cubriéndolos, se entretenían en el juego de la pelota y en hacer apuestas con sus usuras y los maravedíes que habían ganado en sus fugaces comercios.
Gonzalo parecía el único ser melancólico en medio de aquel bullicio y así se lo hizo ver Ponce de León. El marqués de Cádiz salía de tener audiencia con la reina Isabel y se encontró con Fernández de Córdoba en las inmediaciones del recinto que la reina ocupaba. Hablaron los dos hombres y el marqués mencionó la melancolía de Gonzalo. No se excusó por ella Fernández de Córdoba y simplemente, para justificarla, señaló el bullicio que tenían a su alrededor. «No pensé que tantas batallas ni todas esas heroicidades y desgracias que han pasado ante mis ojos en estos años se borraran de pronto para dar paso a esta algazara», dijo Gonzalo.
Asintió Ponce de León. El veterano soldado pasó sus gruesos dedos por las cicatrices y viruelas de la cara, por aquel rastrojo anaranjado de su barba, y convino en que el trabajo de los soldados parecía hecho por los mercaderes, pues tan grande eran su alegría y la euforia con las que celebraban la conquista de Granada. A pesar de todo, dijo confiar en que el buen sentido de los reyes hiciera que aquel júbilo se calmase y la normalidad acabara por llegar una vez pasados aquellos días de expectativas y desconcierto. «Todo se acaba, una época cierra sus páginas ante nuestros ojos y un tiempo nuevo nos aguarda», decía Ponce de León cuando un nuevo grupo de gente se arremolinaba en la entrada de los aposentos reales.
Un hombre de mediana edad y mirada triste, acompañado de un muchacho endeble, se abría paso entre la gente con la ayuda de unos guardias y accedía al lugar reservado para quienes tenían audiencia con los monarcas. Gonzalo se quedó mirándolo, sorprendido por el aire discreto y decidido de aquel hombre avanzando entre el gentío. Ponce de León, que, sin compartirlo, descubrió el interés de su amigo le informó de que ese hombre era «otro genovés. Cristóbal Colón, el marino que pide el favor de la reina para sus extravagantes navegaciones y que viene acompañado por su hijo, como un limosnero».
Se perdió aquel hombre entre la multitud y se perdían los últimos días de aquel otoño sin que se fijara la fecha exacta en la que la entrega de Granada se llevaría a cabo. Y si en un principio se acordó la próxima primavera para la entrada de los cristianos en la ciudad, pronto empezaron a rebajarse los plazos, pues ni los cristianos querían prolongar más tiempo aquella situación de espera ni Boabdil y los suyos deseaban dar espacio a que en esos meses los descontentos con los acuerdos pudieran levantar motines y rebelar a los habitantes de Granada, que en esos días oscilaban como una marea embravecida y temerosa al mismo tiempo, sin que se pudiese predecir qué rumbo tomaría ese flujo ni en qué podía desembocar tanto desasosiego.
Finalmente, quedó fijado el día 1 de enero para la salida de Boabdil de la ciudad y el cambio de poder, que habría de producirse ese mismo día, el primero de 1492. Desde semanas antes, Boabdil, a quien se había concedido un inexpugnable señorío en las Alpujarras al que se retiraría con los suyos, había ordenado que fueran difundidos por la ciudad algunos de los términos de la rendición. La soberanía de Granada, efectivamente, pasaba a ser de los reyes de Castilla y Aragón, pero todos los granadinos quedarían acogidos a una amnistía y al perdón de culpas anteriores, quedando asimismo perdonados los malos tratos que pudieran haberse infringido a los cautivos cristianos. Se aseguraba además en aquellos acuerdos que ningún cristiano nuevo de origen judío sería recaudador de impuestos ni tendría poder sobre los musulmanes y que estos tendrían libertad completa de culto sin que ningún cristiano pudiera entrar en sus mezquitas ni algimas o casas de oración sin permiso previo de los imanes y faquíes.
Se propalaban y se les daba el mayor pábulo posible a las condiciones favorables que Boabdil había obtenido para los granadinos. Pero, a pesar de ello, nadie podía combatir los rumores que desmentían la bondad de esos acuerdos y engrandecían los favores que Boabdil había obtenido para sí mismo y para los suyos. Aben Comisa, enviado de Aixa, y Muza ben Abul Gazán, por su propia cuenta, se encargaban de difundir las habladurías y trataban de reunir a su alrededor grupos de resistencia. Pero, salvo algunas tentativas esporádicas, medianamente violentas, no hubo respuesta a esas llamadas. Las fuerzas de la ciudad estaban verdaderamente agotadas y la garantía ofrecida por Boabdil de poder conservar su forma de vida moderaba a los granadinos, quedando su rabia desahogada solo con las palabras.
Boabdil vivió sus últimos días en la Alhambra en la mayor soledad posible. El amanecer siempre lo sorprendía despierto, observando cómo la luz plomiza de diciembre iba ganándole trabajosamente su lugar a la oscuridad. Observaba con una distancia casi material, como si se encontrara detrás de un velo tupido, el continuo movimiento que esos días había en la Alhambra. Era la misma distancia que había sentido cuando fue hecho prisionero después de la batalla de Lucena, cuando la victoria y la gloria se desvanecieron de pronto igual que cenizas vertidas en un poderoso caudal y la paz inundó su pecho como si él mismo fuese parte de ese río, del poderoso caudal de la vida que arrastraba y desmenuzaba todas las vanidades del mundo.
Por el Generalife veía a los niños, hijos de nobles y generales, jugando entre los jardines como si nada en el mundo importase más que el inocente juego que los ocupaba. El infinito recogido en aquellas piezas de madera, en esos caballos de pino tintados de colores llamativos. Él mismo iba a refugiarse en los brazos de Moraima como si fuese un niño. Cada anochecer despachaba con El Muleh. Las voces de los imanes desde los minaretes nunca habían estado tan cerca del cielo ni de la verdad como en aquellos días.
Y así venció el último plazo y llegó la última jornada, sin que nada extraordinario anunciase que se había llegado al final de los nazaríes en aquella tierra. Solo cuando ya estaba avanzado el día, en un extremo de la ciudad se percibió un amontonamiento de gente que poco a poco fue creciendo. Eran los quinientos rehenes árabes que se entregaban a los cristianos para asegurar que Boabdil cumpliría lo pactado. Nobles e hijos de nobles que salían al campo abierto conducidos por la guardia real y que provocaron un tumulto entre los granadinos que iban llegando desde todos los rincones para ver salir aquella deshonrosa comitiva. Profirieron gritos contra Boabdil y los reyes cristianos, arrojaron piedras sobre los militares. Cargaron contra ellos los soldados con las espadas desnudas, y hubo entre el propio ejército algunos soldados que se rebelaron contra sus oficiales y apoyaron la revuelta popular. Su sangre fue la última derramada en aquella guerra.
Con el fin de evitar nuevos asomos de rebelión, Boabdil pidió a los reyes cristianos que esa misma noche enviaran tropas para ocupar la alcazaba y todo el perímetro de la Alhambra. Después del atardecer, una columna mandada por expertos capitanes salió de Santa Fe rumbo a Granada y tomó posiciones en las afueras de la ciudad, esperando la orden de entrar sin ser vista. Gonzalo Fernández de Córdoba no quiso formar parte de aquella fuerza de ocupación. Pidió al rey Fernando que lo dispensara de participar en la misión. Había hecho mucho por la conquista de Granada y no reconocía en esa sensación de contrastes amargos el sabor de la victoria. «¿Es esto la victoria?», había llegado a preguntarle a Ponce de León, antes de despedirse aquella mañana de festejos en la que se habían encontrado cerca de los aposentos de la reina. Y el marqués de Cádiz, con una media sonrisa dibujada entre el desastre de su cara y sus ojos zorrunos entornados, le respondió: «Sí, esto es. Si alguna vez hubierais experimentado la derrota, una verdadera derrota, sabríais apreciar el latido feroz de la victoria».
De madrugada entró la columna cristiana en la Alhambra y fue ocupando sus principales dependencias y torreones. Esa misma noche, después de que se afianzaran en sus puestos los castellanos, El Muleh y Aben Comisa guiaron al comendador mayor de León, Gutierre de Cárdenas, y a algunos de sus oficiales hasta la alcazaba. Allí esperaron al calor de una endeble hoguera hasta que un capitán de la guardia de Boabdil los mandó llamar. Atravesaron Cárdenas, El Muleh, Comisa y los oficiales cristianos la plaza de los Aljibes, el patio de la Madraza y el de los Arrayanes, y por todas partes, en medio de un paisaje que había cobrado un aire fantasmal, iban viendo apostados a los soldados de Castilla y Aragón en estado de alerta, escrutando desde sus puestos cualquier movimiento.
Empezaba a amanecer cuando El Muleh y quienes lo acompañaban entraron en la torre de Comares. Al llegar a la sala mayor de ese edificio se encontraron allí con la figura leve, adelgazada por la penumbra, de Boabdil. Estaba solo. Vestido con ropas sencillas. El Muleh no quiso avanzar más. Desde el fondo de la sala vio cómo Gutierre de Cárdenas se acercaba a Boabdil y se inclinaba ante él con un respetuoso saludo. Los capitanes cristianos que lo acompañaban miraban todo aquello con distancia y también con algo de desdén.
No oyó El Muleh lo que Boabdil y el comendador de León se decían, pero observó el gesto, la sonrisa de su señor, y vio cómo en un gesto simple, alejado de cualquier trascendencia, entregaba a Cárdenas las llaves de la Alhambra. Los dos hombres se volvieron a saludar con muestras de respeto antes de que Boabdil se diera la vuelta y desapareciese por el pequeño vano que tenía a su espalda.
Al poco, un rumor creciente empezó a envolver la Alhambra entera. Unas voces que querían ser quedas iban y venían llevadas por la liviandad de aquel aire frío de enero, el primer aire de la mañana, transparente, suave como la seda fría.
Cascos de caballos, relinchos y ruido de armas. Un fragor sordo haciéndose cada vez más denso y evidente. Llegaba Íñigo López de Mendoza, marqués de Tendilla, con más hombres. Aquellas eran las verdaderas tropas de ocupación. Habían recorrido el lado sur de la ciudad, bordeándola, para remontar el camino hacia la Alhambra sin ser advertidos por el pueblo, que ya empezaba a llenar las calles y podría haberse agitado al ver entrar tanta gente armada.
El marqués de Tendilla se hacía con el mando de la Alhambra, ordenaba que se izara el pendón de Castilla y una cruz en el punto más alto de la torre de la Vela. Después de distribuir a algunos de sus hombres para acabar de reforzar el recinto fortificado, disponía al grueso de sus tropas para que fueran descendiendo hacia Granada y en formación cerrada ocuparan los enclaves principales. Mientras, por el lado contrario de la ciudad, callada y sin apenas atraer la atención de algún curioso, salía la comitiva de Boabdil.
Antes de salir de la Alhambra, Boabdil había querido ver su cara reflejada en el estanque de los Arrayanes. Allí se inclinó y en la luz difusa del amanecer contempló su rostro quieto y recordó cómo de niño iba allí mismo para asomarse en busca de un raro misterio. Quizá buscase a ese hombre derrotado que hoy se inclinaba exactamente en el mismo lugar.
Se levantó y caminó despacio. Leve, como el aire de la mañana, sintiéndose hecho de la misma materia. Al llegar al final del patio vio la comitiva que lo esperaba. El Muleh, capitanes de su guardia, cincuenta hombres a caballo, con lanzas y banderolas. Se giró sobre sí mismo. Miró el patio, el torreón del palacio colindante, el agua en la que por última vez había aparecido su imagen. Y se agachó, se arrodilló Boabdil y besó el suelo.
Ahora iba con aquella escolta de lanzas y capas rojas, descendiendo hacia el campo abierto, donde lo esperaban los reyes cristianos. Los granadinos que lo habían visto salir de la ciudad se habían quedado parados y callados a su paso. Una adolescente le había lanzado pétalos blancos desde una ventana.
A lo lejos, ya divisaban cómo la comitiva de los reyes Isabel y Fernando había llegado a la llanura que les serviría de punto de encuentro. Los soldados cristianos estaban formados en batallones, con gran solemnidad. Poco a poco, Boabdil fue viendo cómo se perfilaban las figuras bajo los pendones y banderas. La majestad de las damas, el púrpura del clero, el reflejo gris, casi opaco de las armas.
Cuando ya se encontraban casi frente a frente, Boabdil frenó su caballo y su séquito se detuvo con él. Ya se distinguían los rostros, ya veía Boabdil en qué lugar se encontraba cada uno de los reyes. Fernando descendió de su caballo y dio dos pasos al frente. La reina permaneció sobre su montura.
Desmontó Boabdil y se acercó con el paso firme pero liviano que siempre había tenido. Cuando ya llegaba hasta donde se encontraba el rey Fernando, hizo el gesto de arrodillarse ante él. El rey se lo impidió tendiéndole los brazos y alzándolo, antes de que la rodilla de Boabdil tocase el suelo embarrado por la escarcha. En señal de respeto o sumisión, Boabdil besó de todos modos el hombro del rey. E inclinó la cabeza ante la reina, que correspondió a su gesto.
Vio caras severas, la piel demacrada del gran cardenal de España, ojos admirados de damas, lagrimeando por la dureza del frío y la ventisca, y allí, a un lado del rey, el rostro familiar de Gonzalo, su mirada fija en él. Se mantuvieron un instante unidos a través de ese lazo antes de que Boabdil, volviendo a posar la vista en el rey Fernando, sacara de su túnica un rubí engarzado en una pieza de oro.
—Os entrego esta joya como símbolo de las llaves de Granada, vuestra ciudad.
Boabdil tendió la mano y el rey aceptó el ofrecimiento. Prometió dar un gobierno justo y misericordioso a los granadinos y cumplir todo lo que se había pactado sobre su futuro. Boabdil asintió y pidió que así lo quisiera Alá dentro de su bondad. Fernando deseó que Dios Nuestro Señor guiara esa misma voluntad. Y fue entonces cuando Boabdil recordó a Fernando que él y su majestad la reina aún guardaban una querida posesión suya. La sonrisa de Fernando fue en esta ocasión sincera. De entre los nobles que había a la espalda del rey, muy cerca de donde se encontraba Gonzalo Fernández de Córdoba, surgieron las figuras de Ahmed y Yusuf, los hijos de Boabdil.
Ahmed, después de abrazarse a Gonzalo, que lo quería como a un hijo suyo, y hacer una reverencia a la reina y al rey se acercó a su padre y le besó la mano. Yusuf siguió los pasos de su hermano mayor, algo asustado. Boabdil inclinó la cabeza en señal de despedida ante los reyes y se dio la vuelta. Los lanceros que acompañaban a Boabdil vieron cómo este se acercaba, teniendo su mano derecha puesta en el hombro de su hijo mayor y llevando al otro lado al pequeño Yusuf. A su espalda quedaban los reyes, aquella profusión de banderolas, estandartes y colores estridentes ondeando bajo el cielo pálido de enero. Las damas asombradas, los obispos y los soldados de la conquista.
Montaron en sus respectivos caballos Boabdil y sus hijos. Los cincuenta soldados de la guardia giraron sobre sí mismos y comenzaron a seguir el paso alegre, vivo, del rey destronado. Gonzalo Fernández de Córdoba miraba alejarse por aquel pedregal con color de hierro el fulgor escarlata de los soldados. A su alrededor todo era silencio y solo se oían los cascos de los caballos y el golpear del viento en las banderas. Ya nunca volvería a ver a aquel hombre que se perdía entre sus soldados y los quiebros del camino.
Boabdil sentía que estaba alcanzando un nuevo lugar en el mundo. Más que doblar un recodo del tiempo y comenzar una nueva época, tenía la sensación viva, casi palpable, de que se estaba trasladando en el espacio, de que realmente estaba llegando a un lugar desconocido y nunca visto por más que aquellas montañas y aquellos prados hubieran sido frecuentados por él en tantas ocasiones. Pero había algo en el aire, o probablemente en el interior de sí mismo, que le confería a aquellos campos una nueva dimensión, nunca hasta entonces advertida.
Una alegría sutil, casi líquida, se abría paso en el corazón de Boabdil. Sí, llegaba a un nuevo lugar, a un espacio en el que las paredes, los muros de su pecho se engrandecían. Él formaba parte de aquel aire que entraba en sus pulmones porosos, casi abiertos en canal. Su caballo remontaba una colina y al fondo, en una pequeña llanura, esperaba el resto de los exiliados nazaríes, Aixa, su pequeña corte, un grupo de nobles. Y allí, entre un numeroso grupo de sirvientes, carros y animales de carga, entre soldados y nobles, se estremecía suavemente la túnica pálida de Moraima.
Se adelantó unos pasos Moraima, y Ahmed, soltando la rienda de su caballo, fue a su encuentro. Yusuf, alegremente, fue tras él. Desmontaron. La madre y los hijos se abrazaron. Todo el grupo que había estado aguardando la llegada de Boabdil comenzó a moverse. Los carreteros iban a sus vehículos, los arrieros alineaban y ponían en marcha a las mulas. Los soldados unían su formación. El señorío ubicado en los confines de las Alpujarras los esperaba después de un largo viaje a través de las montañas.
El viento venía helado. Los manchones de nieve a cada paso eran más grandes y espesos. El aire cristalino de la mañana cortaba la piel con una fuerza renovada, viva. Ascendían. Boabdil marchaba en la mitad de la caravana. El mundo nuevo. A su izquierda, al borde de un barranco, vio detenida la figura de El Muleh, desde la altura de su caballo miraba al horizonte. Boabdil se detuvo a su lado y dirigió la vista hacia el mismo lugar. Granada. Alumbrada por el sol, emitía fulgores dorados. Por encima de ella aparecían el boscaje oscuro de la Alhambra y sus edificios pintados de rojo. En esos momentos marcharía la comitiva de los reyes cristianos por las calles de la ciudad. Estandartes, cruces, música. Granadinos recelosos, asustados, tal vez esperanzados. Boabdil cruzó una sonrisa triste con El Muleh. Este entornó los ojos, hizo un gesto de asentimiento y se incorporó a la marcha.
Boabdil todavía permaneció unos instantes observando la ciudad. Sintió cómo se le acercaba una sombra. Sin girar la cabeza, reconoció en aquella silueta oscura la figura de su madre. Aixa se detuvo junto a él. Quizá mirase también el fulgor dorado de Granada o tal vez el efecto que aquella imagen provocaba en su hijo. Cuando Boabdil miró la cara de su madre, se encontró con la vista de ella puesta en él. La boca de desprecio, la brea y los cuervos de los ojos y las cejas.
Boabdil apretó suavemente los flancos de su caballo. A una veintena de pasos, cerrando la caravana, distinguió la capa blanca de Moraima. Avanzó hacia ella y creyó que él mismo era un fantasma, un ser que huía de su propio cuerpo, de su propia maldición.