Breaker's Passion
Capítulo Diecisiete
Colby no sabía cómo había llegado aquí. No había estado en este lugar en los últimos años y nunca pensó que iba a venir aquí de nuevo.
Marcó el código para abrir la puerta sin pensar y poco a poco condujo a lo largo de la pared de ladrillo que se curvaba a la derecha. Los arbustos y el césped al lado del largo sendero estaban recortados de forma prolija y no daban ninguna indicación de que al propietario no podría haberle importado menos la condición del bien raíz de primera clase.
El sonido familiar de la alarma de seguridad se silenció después de que Colby diera un puñetazo a un conjunto diferente de números que recordaba como si hubiera entrado anoche. El interior de la gran casa olía un poco húmedo y rancio, como si el aire fresco no se hubiera desplazado a través de ella en mucho tiempo. No había estado dentro durante al menos cinco años, pero, a juzgar por la ausencia de
polvo y telarañas, su abogado continuaba enviando periódicamente un equipo de limpieza.
Pasó sus dedos sobre la mesada de la cocina, recordando la semana que había instalado el granito oscuro. El ebanista había recomendado una mujer en Honolulu, y Colby se sorprendió gratamente, cuando vino a tomar las medidas, al saber que era lesbiana también. Colby había notado que la mujer se sintió atraída por ella y la admiró por mantener su relación estrictamente profesional. Más de un par de veces, durante la remodelación de esta casa, tuvo que declinar sutilmente, y a veces no tan sutilmente, una invitación de otros contratistas por más de lo que estaba pagando. ¿Por qué algunas 154
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personas piensan que eres un blanco fácil sólo porque estás separado de tu pareja por unos pocos miles de kilómetros?
Sin importar qué tan estresada o ajena se había sentido con Gretchen, nunca se había descarriado. Cuando se comprometía con alguien era fiel independientemente de la situación. Nunca se sintió atraída por otra mujer en todo el tiempo que estuvo con Gretchen y orgullosamente podía afirmar lo mismo, incluso en sus últimos días
juntas.
Después de haber dejado sus zapatos en la puerta, vagó por el resto de la casa, las baldosas frías bajo sus pies. No podía recordar muchos momentos felices. A Gretchen nunca le había gustado realmente esta casa, aunque le gustaba la idea de tener una casa de tres mil metros cuadrados, en una colina con vista al Océano Pacífico con la cual impresionar a la gente. Ella y Gretchen habían discutido sobre ese hecho tan a menudo que Colby casi había puesto la propiedad en venta. Colby había heredado la casa de su tía favorita del lado de su padre cuando aún estaba en la escuela de medicina. Que sólo su nombre figurara en el título de propiedad había causado una discusión, pero una persistente sospecha había hecho que lo mantuviera de ese modo. Cuando comenzó a ver la verdadera naturaleza de Gretchen, Colby estuvo contenta de haberlo hecho.
Las puertas francesas dobles se abrieron con facilidad, la cortina ondeando con la suave brisa del mar. Gretchen había insistido en decorar la habitación principal, la enorme cama con dosel y los tonos de rojo y oro le recordaban a Colby más a una habitación de hotel de Las Vegas que al dormitorio de dos mujeres enamoradas. No podía recordar la última vez que ella y Gretchen habían hecho el amor en la
cama grande, o en cualquier otro lugar de la casa, para el caso.
En realidad no le importó como estaba decorada esa habitación ni ninguna otra del resto de la casa, prefiriendo concentrar su atención en los jardines de la casa en ese momento, pero ahora le parecía chillón. Una llamada rápida a una de sus compañeras de cena semanal cambiaría todo eso.
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Después de deslizarse sus zapatos tenis de nuevo sobre sus pies, Colby tomó la llave que colgaba de la puerta trasera y se dirigió al cobertizo de almacenamiento al lado del garaje. Rápidamente se encargó de la cerradura y abrió las puertas dobles. El olor de la hierba cortada y seca llenó sus fosas nasales, haciendo que se sintiera cálida, plena y llena de júbilo. Revisó los fluidos en el tractor segador de césped verde y agregó dos galones de gasolina y un cuarto de galón de aceite antes de instalarse cómodamente en el asiento amarillo. Con el accionar de un interruptor el motor encendió y, después de crepitar un par de veces, se estableció en un murmullo rítmico. Se dirigió al camino y llevó la segadora hacia fuera, sobre la expansión de césped verde.
Aparte del surf, entretenerse en su jardín era la única cosa que realmente le relajaba. No supo lo mucho que lo había extrañado hasta que condujo el corta-césped hacia atrás y adelante sobre la hierba, maniobrando hábilmente alrededor de los árboles y arbustos. El patrón dejado atrás por la podadora indicaba que la hierba realmente no necesitaba más que un recorte.
Su mente flotaba mientras conducía. Vistas familiares, sonidos y olores cayeron en cascada a su alrededor como viejos amigos. El sol calentaba su piel y la brisa le revolvió el pelo corto. Una mosca le zumbaba en la cabeza. En otro momento hubiera pensado en ella como en una plaga, pero ahora no le molestaba. Sus gafas de sol protegían sus ojos del más crudo resplandor mientras que los tapones para los oídos restringían el ruido de la segadora. Siempre había sido un purista de la seguridad, ya fuera con los afilados bisturíes en la sala de operaciones como con los equipos para el jardín de su casa. Como médico, su cuerpo era su medio de vida. Como ... ¿que era ahora?
¿Una ex médica? ¿Instructora de surf? ¿Dueña de una tienda?
Colby cayó en la cuenta de que siempre se había definido por su trabajo. Su ocupación había determinado su autoestima tan atrás como podía recordar. Pero esas cosas realmente no importaban. Ya no era
así. Lo que importaba era cómo eres como persona, como persona que 156
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vive el presente. ¿Aportas a la sociedad o simplemente tomas? ¿Haces que la vida de alguien más sea mejor? ¿Ayudas a preservar el planeta para sus futuros habitantes? ¿Haces alguna diferencia?
Elizabeth lo hacía. Estaba moldeando y formando las mentes de los jóvenes para las generaciones futuras. Afectaba las vidas de sus estudiantes todos los días mediante la creación de un ambiente propicio para el aprendizaje y la lucha por los recursos que los estudiantes de su universidad necesitaban.
Pero, ¿qué hacía ella? Solía salvar vidas. O por lo menos trabajar sin descanso con todas las habilidades que tenía para intentarlo. Hacer memorables las vacaciones de alguien no era nada en comparación.
¿O lo era? Los recuerdos se hacían durante las vacaciones, las familias se reunían, y las parejas se volvían a conectar. ¿No era ella parte de eso? A menudo todos los miembros de una familia tomaban su clase, o al menos estaban en la playa manteniendo un ojo atento sobre sus seres queridos. ¿No era la creación de los recuerdos algo importante también?
*
"Me rindo", dijo Elizabeth, echando sus cosas en su mochila.
Había caminado hacía arriba y hacia abajo de la playa por kilómetros todos los días, en busca de cualquier signo de Colby. Por último, el cansancio, las quemaduras solares y la inutilidad absoluta de tratar de encontrar a una persona en una isla con una población de 150.000
habitantes fue demasiado para ignorarlo. Eso y el hecho de que Colby, obviamente, no quería ser encontrada.
Colby quería poner fin a su relación, eso estaba claro. Elizabeth se rió de su elección de palabras. ¿De dónde demonios había venido eso? Lo que ellas eran la una a la otra era tanto una relación como el sexo era al amor. Uno no es necesariamente igual al otro.
Pensó que sabía en lo que se estaba metiendo cuando dejó que Colby la besara esa primera vez, pero nunca se había imaginado esto.
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Y Colby sabía que ella estaba en su isla sólo por un tiempo corto. Los locales no se sentaban en la playa frente a un popular complejo turístico y bebían Lava Flaws todo el día. Ella era ideal. Un poco de diversión, un poco de arena en los lugares correctos, y Elizabeth se
habría ido. ¡Qué vida perfecta había forjado Colby para sí misma! No había posibilidad de ninguna demanda sobre ella. Si alguien se acercaba demasiado, simplemente desaparecería hasta que la mujer saliera de la isla.
Elizabeth había repetido este mantra desde que Colby salió por la puerta de su casa, cinco días antes. Le había dado dos días para que la llamara, pero cuando no lo hizo, Elizabeth comenzó a buscarla. ¿Y
cuán estúpido fue eso? Rara vez, si es que alguna, había perseguido a una mujer, y no tenía absolutamente ningún sentido hacerlo en este momento. Sobre todo ahora.
¿Y qué era toda esa mierda de su novia muerta? Gretchen fue la que decidió saltar del puente de mierda. Nadie la empujó, aunque Colby creyera que ella lo hizo. Había leído el obituario de Gretchen.
La mujer tenía treinta y ocho años, por el amor de Dios, y era responsable de su propia vida. Elizabeth no podía imaginar el dolor y la pena que Colby debió haber tenido que soportar los primeros días.
Y la llevaba consigo hasta ahora.
La semana siguiente pasó muy lentamente, Elizabeth fue incapaz de concentrarse en nada. Finalmente llegó el momento de ir a casa. En realidad, se estaba yendo unos pocos día antes porque nada la retenía
aquí. Nada en absoluto. Regresaba a su casa, a sus amigos, a su trabajo, a su vida. Había esperado que estaría emocionada de irse, ya que realmente no había querido venir a estas vacaciones en primer lugar, pero no esperaba sentirse desgarrada y aprensiva.
Empacó en silencio. Su pulso se aceleró cuando guardó las cámaras a prueba de agua que había usado en su viaje de buceo en la maleta. Su boca de pronto se secó, cuando el traje de baño que llevaba la primera vez que Colby la tocó le siguió. Su estómago se revolvió cuando dobló la camiseta de Skyline Experience que había comprado 158
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antes de subir a la montaña. El lugar donde todo empezó a desmoronarse. Sacudiendo los pensamientos, cerró la maleta, registró la habitación una vez más y luego cerró la puerta detrás de ella.
A medida que el empleado de recepción terminaba su papeleo, Elizabeth ni siquiera intentó luchar contra el impulso de mirar por el vestíbulo en busca de Colby. Había soñado la noche anterior que se encontraba en este punto exacto y una voz a sus espaldas decía: "No te vayas." Una descarga de electricidad se estrellaba a través de su cuerpo y se agarraba al mostrador para mantenerse en pie. No podía
pensar, su repentino mareo le decía que probablemente no podía respirar bien tampoco. Todo el ruido en el ajetreado vestíbulo se detuvo. Todos los graznidos de las aves, cada bocina, cada sonido de la isla se detuvo. Excepto uno. "Por favor".
La voz de Colby era poco más que un susurro que llevó a Elizabeth a darse vuelta. De pie frente a ella estaba la mujer que la había hecho reír, de buena gana saltar de una montaña, y nadar con las tortugas frente a la proa del catamarán. Le había enseñado a surfear, a comer sushi en un restaurante en Lahaina, y a reírse de su propia torpeza. Había hecho tronar su corazón en su pecho y su sangre correr tan rápido que Elizabeth pensó que podría morir. La había tocado como nadie lo había hecho, y más de una vez se sintió como si hubiera muerto y estuviera flotando en el cielo. Y le estaba pidiendo que se quedara.
Sin decir palabra Colby le tomó la mano, y al instante siguiente, estaban desnudas en la cama pequeña de Colby en su pequeño apartamento compartiendo sensaciones maravillosas. Colby le hizo el amor con una paciencia que la volvía loca de necesidad.
Comenzó con sus besos, y un beso de Colby nunca era suficiente.
Tiernamente besó los ojos de Elizabeth, las mejillas, la línea de su
mandíbula, hasta que sus suaves labios habían tocado casi cada centímetro de la cara de Elizabeth. Colby era una besadora fabulosa y Elizabeth quería desesperadamente que sus labios se juntaran, la lengua fuerte y exigente de Colby en su boca. Pero cada vez que 159
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volvía la cabeza hacia los besos de Colby, Colby se alejaba hasta que Elizabeth quedaba jadeando de necesidad. Colby finalmente le cubrió la boca con la suya.
Lentamente al principio, casi tímidamente, Colby arrastró la lengua por los labios hinchados de Elizabeth, a continuación burlándose de ella hasta que finalmente decidió deslizarse dentro. Sus lenguas danzaban y Elizabeth seguía voluntariamente a Colby, donde la llevara.
Colby yacía a su lado y exploraba el cuerpo de Elizabeth, como si se tratara de un terreno desconocido. Sin embargo, difícilmente lo era. Elizabeth estaba segura de que Colby conocía la ubicación de cada pliegue, peca y cicatriz. Sabía que Elizabeth tenía cosquillas, dónde tenía que ser tocada con firmeza, y donde sólo un soplo de un toque enviaría una sacudida desde la parte superior de su cabeza hasta
la punta de los dedos. Y usaba ese conocimiento para dejar a Elizabeth loca de deseo.
Besos suaves como plumas acariciaron su garganta, luego Colby trazó la vena que palpitaba en su cuello con sus dientes. Sus manos no estaban quietas sino que poco a poco se movían arriba y abajo por los lados de Elizabeth, cada viaje mucho más cerca de sus pechos.
Elizabeth se arqueaba contra la embestida y gemía su frustración cuando Colby seguía acariciándola.
La boca de Colby bajó por el cuello de Elizabeth al mismo tiempo que su mano derecha subía para acariciar su pecho. Lamiendo ligeramente su pecho como a una flor preciosa, Colby ignoró el pezón que estaba pidiendo atención. Elizabeth quería que Colby chasqueara su lengua caliente sobre el pezón apretado y chupara la punta dura hasta que ella se viniera. Colby debía haber leído su mente, porque empezó a hacerlo con el pecho en su mano y, cuando la hubo llenado, se trasladó al otro.
Los gemidos de éxtasis de Elizabeth llenaron la pequeña habitación y Colby aminoró el paso. Habían estado juntas bastantes veces como para que Colby sintiera cuando estaba al borde del 160
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Colby movió la mano por su vientre y deslizó sus dedos a través de sus pliegues cálidos y húmedos.
"Imagínate mi cara entre tus piernas, mis labios sobre ti, mi lengua rozándote, allí donde lo necesitas. Yo lo siento. Imagíname mirándote. Tus jugos en mi cara, mis ojos encontrándote con los tuyos. ¿En qué piensas? ¿Qué quieres decir? ¿Sabes lo que te oigo decir? Te escucho diciendo: Ćógeme. Lame mi coño. lámeme, lámeme, lámeme.Ímagínate mi cabeza meciéndose hacia adelante y hacia atrás mientras mi lengua te folla hasta que te vengas."
Elizabeth mordió duro en su cuello su grito ahogado.
Su respiración volvió lentamente a su cadencia natural. Su garganta estaba en carne viva y estaba todavía más que un poco mareada. El sexo con Colby era sorprendente.
"Bueno, ahora está todo arreglado", dijo ella, casi vergonzosamente. Colby le tomó la mano, deteniendo su retirada.
"¿Elizabeth?"
No sabía si se trataba de una pregunta o simplemente de su nombre.
Colby levantó la barbilla. "Mírame".
Elizabeth tenía problemas para obedecer la suave orden, pero el sonido de la voz de Colby hizo caso omiso de su vacilación.
"Eres hermosa". Las mismas sencillas palabras que le había dicho la primera noche.
"¿Miss Collins?" La voz de la recepcionista la trajo de lleno a la actualidad. Tuvo que parpadear varias veces para sacar el sueño erótico de su mente. Pasaron unos segundos más antes de que pudiera responder con coherencia. "Lo siento, ¿qué dijiste?"
"Le pregunté si ha disfrutado de su estancia", la mirada en el rostro de la recepcionista decía que no esperaba otra cosa que un sí rotundo. Elizabeth no la defraudó mientras doblaba su recibo por la mitad.
"Si puedo preguntarle," la empleada hizo una pausa, "¿cuál fue la 161
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parte más agradable de su visita a Maui?"
Elizabeth dudó. Todo en ella quería decir Colby. Sería el único recuerdo que Elizabeth mantendría con ella para siempre. Mucho tiempo después de las hermosas playas se disolvieran en su mente y
las abrasadoras puestas de sol se desvanecieran en sus fotografías, recordaría a Colby saliendo del agua, masterizando las olas de la Madre Naturaleza, riendo, sonriendo cuando la miraba. Su cuerpo nunca se olvidaría toque magistral y aún así tierno de Colby.
Elizabeth miró alrededor del vestíbulo exuberante por última vez antes de responder. "Todo".
*
Colby detuvo la máquina y apagó el motor. El tictac del motor refrigerándose era lo único que podía oír por sobre el martilleo de los latidos de su corazón. Dos semanas habían pasado desde que había llegado aquí, de vuelta a su casa. Había realizado esta benigna tarea hogareña más frecuentemente de lo que necesitaba, y fuese o no por el murmullo melódico del motor, el calor del sol en su cara, o la comunión con la naturaleza, su mente estaba más clara de lo que había estado en años. El sol era más brillante hoy, el canto de los pájaros más claro, el rugido de las olas más fuerte. Acababa de salir del cielo nublado que había sido su vida durante los últimos tres años.
Elizabeth. La razón era tan clara como el cielo. Elizabeth había entrado en su vida y su corazón y su cuerpo habían cambiado de nuevo. Sólo que no fue tan rápido, ni finito. Se parecía a muchos otros
aspectos de la naturaleza. Una mariposa flotaba en el aire y Colby pensó en una oruga, pasando por la vida un milímetro por vez, tejiendo luego su capullo y esperando el momento adecuado para explotar a la vida.
Ella era como la mariposa o, mejor dicho, había sido la oruga refugiada en su capullo esperando a que alguien viniera a su vida y desentrañara su barrera protectora. No cualquiera, porque no tenía más 162
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que unas cuantas oportunidades. La primera vez que vio a Elizabeth comenzó a transformarse hacia su nueva vida.
Colby se sentó en medio de su patio, donde siempre se había sentido más cómoda, más real, y todas las piezas cayeron en su lugar.
La sensación de comezón de que alguien la estaba observando, la primera vez que vio a Elizabeth sentada en la playa, la imperiosa necesidad de besarla, de tocarla.
Muchas veces a lo largo de los últimos años había necesitado una conexión, el toque de otro ser humano. Siempre había creído que lo estaba recibiendo del sexo casual anónimo, cuando lo que necesitaba era todo lo contrario. Sí, necesitaba conexión, pero necesitaba algo
emocional, no físico. No se dio cuenta hasta Elizabeth.
Se había pasado más tiempo queriendo estar con Elizabeth de lo que en realidad había estado con ella. No tenía ni idea de cuándo sucedió, pero era tan claro para ella como si se lo hubieran tatuado en el pecho en la Dama Pintada. Elizabeth era la luz al final de un túnel largo y oscuro. Ella era la luz de esperanza que Colby había estado buscando sin saberlo.
Colby se sentó congelada en el asiento, sorprendida al darse cuenta de lo que había sido su vida y lo que podría ser. Elizabeth no era su razón de vivir, pero le dio el empujón que necesitaba para seguir adelante con su vida.
Miró a su alrededor. Su casa, los preciosos jardines que cultivaba con sus propias manos, la impresionante vista, no simbolizaban nada.
No tenía que vivir una vida de escasez para pagar su deuda con Gretchen. Gretchen habría hecho lo que tenía la intención de hacer de una manera u otra. Simplemente optó por tomar a Colby con ella.
¿Pero a qué costo? Dejándose arrastrar por el egoísmo de Gretchen, Colby estaba perjudicando a los que amaba, a los que la amaban, a los niños que de otro modo podría estar ayudando. ¿Quién era la egoísta ahora?
¿Podría volver a su vida anterior? ¿A la de antes de que Gretchen se suicidara? ¿Antes de ser ajena al mundo a su alrededor excepto por 163
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sus pacientes? ¿Quería vivir de esa manera otra vez? Caería en la misma trampa si no cambiaba conscientemente su actitud. Cambiar lo que realmente le importaba. ¿Podría hacerlo? ¿Quería hacerlo?
¿Podría vivir consigo misma si no lo hiciera?
Nunca se había negado a lo desconocido en su vida anterior. Lo tomaba como un desafío y no se detenía hasta que lo conquistaba.
Pero no era esa persona ahora. Todavía estaba aprendiendo quién era y dónde encajaba Elizabeth en su vida. Las respuestas a estas preguntas la aterrorizaban.
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