Breaker's Passion

Julie Cannon · Capítulo 7 de 15

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Breaker's Passion

Capítulo Siete

Colby apenas había dormido. La pesadilla había regresado, pero esta vez el rostro de Elizabeth había reemplazado al que había perseguido sus sueños durante tres años. Despierta, echó un vistazo al reloj. Cuatro y media. Dentro de una hora habría luz y otro día comenzaría. Retiró las sábanas húmedas por sus atormentados sueños.

Bien podría levantarse. No podría volver a dormir y ni siquiera quería intentarlo. El sueño llegaba justo antes del amanecer. Exactamente como la realidad de lo que había sucedido.

Hubo un tiempo en que ella estuvo a punto de suicidarse por falta de sueño. Cuando las pesadillas comenzaron, no había podido dormir más de una hora o dos seguidas. Seteó la alarma para evitar caer en un sueño profundo, que era cuando los sueños aparecían. Una noche de camino a casa, se salió de la carretera. Por suerte, patinó en una zanja en lugar de contra una secuoya.

El tiempo cura todas las heridas, y en su caso era cierto. Las pesadillas ya no ocurrían todas las noches, sólo cuando estaba

estresada o el calendario le recordaba qué día era. Estaba empezando a sentirse humana de nuevo.

Después de poner el café, se duchó y vistió en unos minutos con lo poco que llevaba todos los días. En su vida anterior, podía despertarse de un sueño profundo, ducharse, y estar fuera de la puerta en diez minutos, a veces menos. Desde entonces, había tratado de tomarse conscientemente más tiempo y disfrutar del agua caliente cayendo sobre ella y del lujoso jabón perfumado, pero era difícil cambiar los hábitos que los años de necesidad habían impuesto.

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Sus manos seguían temblando cuando se sirvió su primera taza de café. Siempre tomaba un tiempo que sus nervios se calmaran, sin embargo, esta mañana, las manos le temblaban visiblemente más de lo habitual después de la pesadilla. Había cometido el error de mirar el calendario cuando entró en la cocina y se dio cuenta de la fecha. Cinco de junio. Tres años, tres meses y doce días atrás, su egoísmo había cambiado su vida. Mil ciento setenta y seis días desde aquella horrible noche en que su amante saltó del puente I-90 ante sus ojos.

Nadie conocía la historia completa, excepto la policía de Seattle.

Ella les había explicado todo, cada momento de los días y semanas previos a la noche, con absoluto detalle, hasta que quedaron satisfechos de que no tenía la culpa. Si sólo fuera así de simple.

Demasiado nerviosa para sentarse en la cocina, bajó a la tienda.

Cuando regresó a la isla se la había comprado a un anciano por mucho menos de lo que valía ahora y había reconstruido tanto la tienda como su vida. Era su refugio.

La Tienda Top Surf Side era un buen negocio, y empleaba a varios personas del lugar para atenderla y gestionarla. Prefería estar en el agua en vez de detrás del mostrador. Sólo Simi, el gerente, sabía que era la jefa. Todo el mundo pensaba que era simplemente otra asalariada. Ella firmaba los cheques, pero Simi dirigía el lugar. No quería ninguna otra responsabilidad que la de las lecciones que le daban a su espíritu la libertad que necesitaba. Y le gustaba de esa manera.

Al mirar por la tienda, nombres conocidos y logotipos saltaron a ella. Tablas de surf Bing, Surftech y Hobe, trajes de neopreno Body Glove y Rip Curl, pantalones cortos y bikinis Billabong llenaban los bastidores. Cajas de zandalias se apilaban ordenadamente por los vestuarios, y gafas de sol Oakley flanqueaban la caja registradora. Se

sentía cómoda aquí. Habiendo crecido en el agua, con una correa de sujeción prácticamente pegada alrededor de su tobillo, aquí era donde se sentía más viva.

El lugar que había llamado su hogar antes de regresar a la isla era 58

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muy diferente. Luces frías, brillantes y estériles adornaban las habitaciones. Blips y beeps indicando sistemáticamente la vida y la muerte, voces apuradas que hablaban en voz baja le llenaban los oídos. Lo que tenía ahora había reemplazado todo eso.

Al principio, el silencio en su apartamento era exasperante, casi abrumador. Mantenía una radio encendida en forma continua, en sintonía con la única estación de la isla sólo por la ilusión de tener gente alrededor. Enceraba tablas con los charlatanes de la tarde y anotaba las ventas del día con el equipo de la noche. Más a menudo de lo que no, se quedaba dormida durante el show de la noche. Una vez que contrató a Simi, fue capaz de escapar del ambiente manufacturado y saborear el sonido tranquilizador del océano.

Cerrando la puerta a su espalda se dirigió hacia la playa. Nadar temprano en la mañana siempre le aclaraba la cabeza y con frecuencia

borraba sus pesadillas. Esperaba que esta mañana fuera así. A medida que entró en el aparcamiento desierto, se obligó a no mirar en dirección del Carlyle. Mantuvo su espalda hacia el extenso complejo mientras se ponía su traje de neopreno. No quería ceder a la tentación de buscar a Elizabeth en una de las ventanas iluminadas. No tenía ni idea de dónde estaba su habitación y mirar sería ridículo.

El amanecer estaba asomándose en el horizonte cuando se deslizó en el agua tan silenciosamente como una anguila. Era una nadadora fuerte, incluso más fuerte desde que regresó, pero se mantenía cauta. Brazada tras brazada la llevaron más lejos de la costa.

Las mareas no eran muy fuertes en este momento del día, pero una vez había quedado atrapada en la contracorriente y la había asustado.

Cuando estaba a no más de cincuenta metros de la costa cambió su brazada y empezó a nadar paralela a la playa. A juzgar por las luces de las estaciones a lo largo de la playa, Elizabeth estaba lejos detrás de ella. Finalmente se relajó y nadó durante otra media hora, luego volvió en la dirección en la que había venido. El sol estaba completamente por encima de la línea del agua cuando salió de las olas.

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*

Elizabeth no podía creerlo. De todos los minutos en la mañana en que podía salir, escogió el momento exacto en que Colby emergía del océano. Se quedó inmóvil, su taza de café no del todo en sus labios.

La visión de Colby desenrollando su cuerpo, saliendo del agua como una diosa del mar, la dejó sin aliento. El mundo se detuvo. No había olas rompiendo a la orilla, ni pájaros dándole la bienvenida a la mañana, ni nada de ruidos en el mundo que la rodeaba. Su visión se volvió borrosa durante un instante antes de que se enfocara en Colby.

No vio nada más.

Colby sacudió la cabeza como Elizabeth la había visto hacer cada vez que salía del agua. Salpicó el agua de sus cabellos cortos en todas direcciones antes de alisar el cabello oscuro lejos de su cara. El traje era como una segunda piel, dejando muy poco a la imaginación de Elizabeth. Había visto a Colby en mucho menos, pero el neopreno azul ceñido al cuerpo que la cubría desde el cuello hasta sus tobillos era la cosa más sexy que había visto nunca.

Siguió mirando fijamente, sin moverse, mientras Colby paseaba por la arena en la dirección opuesta. Sentía cada latido de su corazón mientras su sangre corría por sus venas. Oyó a cada molécula de aire

entrar y salir de sus pulmones. Sus rodillas se debilitaron y de repente estaba mareada. Sus dedos se estremecieron y le temblaban las manos tan mal que el café chorreaba por encima del borde de la taza casi llena. Su sistema nervioso estaba sobrecargado.

No fue hasta que Colby estuvo completamente fuera de la vista que finalmente se recompuso. ¿Qué demonios le pasaba? No era como si ella nunca hubiera visto a una mujer increíblemente hermosa. Pero incluso con la única mujer de su pasado con la que comparaba a todas sus otras amantes, no había sentido este nivel de conciencia.

Estaba confundida, preocupada de que estuviera sufriendo de una crisis de la mediana edad o una crisis emocional. Había estado bajo una presión tremenda en los últimos años con su puesto de trabajo.

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Como primera mujer presidente de la universidad de Embers estaba bajo un inmenso escrutinio, incluso después de siete años en el cargo.

No todos los miembros de la junta directiva habían votado por su selección para el puesto. Cada día era un reto, cada decisión cuestionada, y eso sin siquiera contar los conflictos con el profesorado. Algunos días se preguntaba por qué había querido el

trabajo alguna vez.

Había amado ser profesora, compartiendo su conocimiento y amor por la historia con estudiantes ávidos de aprender todo lo posible sobre el tema. Las mentes jóvenes, que eran rápidas, perspicaces, y cuestionaban constantemente, la habían mantenido sobre sus pies.

Ahora se sentía como si estuviera siempre medio paso detrás de donde debería estar. El papeleo era interminable, la reuniones de personal eran largas, y las disputas mezquinas entre los miembros de la facultad, tediosas. La constante recaudación de fondos y el mantener contentos a los ex alumnos y benefactores le daban náuseas, casi un poco más que un vendedor de autos usados. Supuestamente era solitario estar en la cima, y ahora que estaba allí, sabía exactamente lo que eso quería decir. Nadie quería estar allí arriba contigo.

El trabajo había hecho mella en su vida personal también. Sus días de amoríos casuales habían terminado. Simplemente no tenía el tiempo y, la verdad, rara vez tenía el interés. Cuando era miembro de la facultad, no había vivido en el armario, pero nunca había llevado una cita a un evento profesional tampoco. El primer año o dos, no le importó. Estaba tan absorta en su nuevo papel que apenas tenía tiempo para la lavandería, y tampoco tenía la energía para tener sexo. Pero,

¿cuál era su excusa después de eso?

Tal vez eso era todo. Finalmente se sentó a la mesa pequeña en la esquina del patio. Tal vez estar en un lugar en el que nunca había estado, en unas vacaciones que necesitaba desesperadamente, había encendido su libido. A menudo la gente de vacaciones hacía cosas que normalmente ni siquiera se imaginarían. Especialmente en un paraíso tropical como Maui. La realidad no parecía existir en toda esta belleza.

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¿Estaba eso empezando a transformarla en una mujer que nunca había visto? Más importante aún, ¿tenía miedo de ella o le gustaba?

*

"¿Puedo acompañarte?"

Elizabeth pensó que la persona en su visión periférica era su camarero, pero cuando la voz familiar sonó, se volvió y miró a los ojos oscuros e inquisitivos. Colby estaba vestida con un par de pantalones cortos y una camiseta sin mangas naranja, ambos apretados sin piedad. Acababa de tomar un bocado de huevos Benedict, su boca estaba demasiado llena para responder. En cambio, le indicó Colby a la silla frente a ella. Antes de que tuviera la oportunidad de hablar, el

camarero le ofreció café a Colby y le preguntó si necesitaba un menú.

De repente, tenía la garganta seca, tenía problemas para tragar su desayuno y tomó un trago de su jugo de naranja. Colby la estaba mirando como si fuera a preguntar: "¿Me invitas a quedarme a desayunar?" Asintió con la cabeza a esa pregunta también. Colby ordenó jugo de naranja y avena mientras el camarero llenaba su taza de café. Finalmente su boca estaba suficientemente despejada como para hablar sin parecer grosera.

"Buenos días. ¿Cómo estuvo tu baño?" Se dio cuenta de lo que había dicho un segundo demasiado tarde. No quería que Colby supiera que la había estado observando en el agua. La leve expresión de interés en la cara de Colby le dijo que había fracasado estrepitosamente.

"Genial. Deberías haberte unido a mi".

La voz de Colby era baja y casi un susurro, provocando que un escalofrío bailara por su espalda. "Gracias, pero yo no soy una persona muy de la mañana." A menos que se despertara con Colby a su lado.

"Eso es una pena. El agua esta perfecta. Tal vez te haga cambiar de opinión algún día." Colby tomó su respuesta casi como un desafío.

Ella sonrió. Se conocía demasiado bien. "Lo dudo. Yo no hago

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mucho antes de tomarme dos tazas de café, una si se me está haciendo tarde." Tomó otro bocado de su desayuno, mientras Colby hacía señas para que le sirvieran mas café.

"Ah, me acuerdo de lo que era eso", respondió Colby antes de detenerse bruscamente.

Su expresión cambió de dedicarse a algo oscuro antes de transformarse de nuevo a no ser exactamente la misma. ¿Qué había detrás del cambio instantáneo? Pero eso no era asunto suyo.

Sintiendo la retractación de Colby dijo, "Es un hábito que intenté romper más veces de las que puedo contar. Pero finalmente lo acepté y he pasado a tratar de conquistar otros vicios más importantes".

"¿Por ejemplo?", Preguntó Colby cuando el café llegó.

Habiendo terminado su desayuno, Elizabeth apartó el plato a un lado y sostuvo su vaso de agua entre las manos húmedas. "Los Krispy Kreme, las papas fritas de McDonald, las novelas de Nora Roberts".

"¿Nora Roberts?" Colby estaba claramente sorprendida.

"Dios, sí, me encanta su trabajo. Mi madre aún no puede entender por qué ... ¿Cómo lo dice ella?." Vaciló para conseguir las

palabras adecuadas. "¿Por qué una mujer con educación universitaria, con un montón de letras después de su nombre, lee novelas baratas de romance?" Prácticamente podía oír la voz de su madre por encima de su hombro.

"No podía haber preguntado eso mejor yo misma", dijo Colby.

"En realidad, Nora Roberts no es nada baladí, especialmente cuando escribe como JD Robb, pero te diré lo que he estado diciéndole a ella durante años."

"Estoy en ascuas." Colby se inclinó hacia adelante en su silla.

Le gustaba el rápido ingenio de Colby. "Que después de devanarme los sesos durante todo el día, tomando docenas de decisiones, respondiendo cientos de preguntas, y sentándome en reuniones maratónicas, una chica sólo quiere desaparecer en la fantasía de vez en cuando, donde no tiene que hacer nada más agotador que pasar la página."

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Colby asintió. "Veo tu punto. Yo no sé quién es Nora Roberts, o JD Robb, para el caso, pero lo entiendo. "

"¿No conoces a JD Robb?", preguntó burlonamente.

"¿Debería?"

"¿Has ido a una tienda de libros en los últimos diez años?"

Colby la miró avergonzada. "Si digo que no, ¿me harás pagar la cuenta?"

Esto la hizo reír. "Por supuesto que no. Necesitarás tu dinero para comprar Desnuda en la Muerte". Ante la mirada confusa de Colby explicó. "Es el primer libro de la serie protagonizada por la detective Eva Roberts. No es lesbiana, pero patea traseros y es c-a-l-i-e-n-t-e".

Colby tomó la cuenta de todos modos.

"Hey!"

"Yo invito, ya que casi me invité. Creo que puedo afrontar el desayuno y estar desnuda en la cama." Sus ojos brillaron y Elizabeth supo que había mencionado intencionalmente mal el título del libro que acababa de referenciar.

"El Desnuda en la Muerte, y apuesto a que puedes".

El camarero se llevó sus platos, pero Elizabeth no quería que la conversación terminara. "¿No hay clases esta mañana?"

"No los miércoles. Una chica tiene que tener la oportunidad de relajarse, ya sabes, de devanarse los sesos durante todo el día, tomando docenas de decisiones, respondiendo a cientos de preguntas,

y tragando litros de agua salada".

"¿Por qué no te creo?"

"¿Qué parte, lo de devanarme los sesos o tomar docenas de decisiones?"

Esta conversación se sentía sospechosamente como la primera que habían tenido. "¿Tragar galones de agua salada? Te he visto por ahí, surfista Colby Taylor, y tú sabes cuándo mantener la boca cerrada y cuándo abrirla."

Se sonrojó cuando los ojos de Colby se oscurecieron y se lanzaron como dardos a sus labios. Sus palabras no tenían la intención 64

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de ser un juego de palabras sobre su encuentro íntimo hace dos noches, pero tuvieron el mismo efecto.

"Mi madre me enseñó a no discutir nunca con una mujer con un montón de siglas después de su nombre." Colby se inclinó hacia ella, con los brazos sobre la mesa.

"Me gusta una chica que escucha a su madre", dijo ella, un poco sin aliento.

"Me gusta una chica que se enfrenta a la suya", dijo Colby

suavemente.

Por segunda vez aquel día su mundo parecía centrarse en Colby.

El tintineo de los cubiertos, el sonido de los vasos tocando las mesas, desaparecieron. El restaurante lleno de gente estaba en silencio. Quedó absolutamente cautivada por la mujer sentada frente a ella. No podía hablar y realmente no quería hacerlo. Podía mirar a esos ojos oscuros durante horas y nunca ver la misma cosa. Colby rompió el hechizo.

"Ya que hemos establecido que nos gustamos ... ¿tienes algún plan para hoy?"

"No." Por lo menos ninguno que pudiera recordar. Incluso si pudiera, rápidamente los habría cambiado. Ese pensamiento era muy inusual.

"¿Has visto mucho de mi isla?" Colby sonrió ante su reacción a su isla.

"En realidad no. Llegué el domingo." Dios, ¿sólo habían sido tres días desde que vio a esta mujer por primera vez?

Colby se levantó, extendiendo la mano igual que lo había hecho esa noche." Entonces tengo la cosa perfecta para hacer. ¿Interesada? "

En ti, sí. En cualquier cosa que tengas en mente, definitivamente.

Tomó la mano extendida de nuevo. "Adelante".

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