Búscame
Capítulo 45
45
Parado junto a la puerta del vagón, Jar respira el aire salobre del mar a través de la ventanilla abierta. El tren bordea Mount’s Bay acercándose a su destino final, la estación de Penzance. Saint Michael’s Mount queda a su izquierda: sus almenas de cuento de hadas se alzan sobre un manto azul de niebla marina. Por encima de él giran plañideras gaviotas.
Rosa solía contarle cómo llegaba a Penzance en el coche cama, con su padre, cuando era pequeña. En aquellos tiempos también podías llevar tu coche en el tren. Tomaban la carretera de la costa en su furgoneta Volkswagen y, cruzando Newlyn, llegaban a Mousehole, donde se alojaban en la casita de pescadores que había sido de su madre.
Jar tiene previsto tomar el autobús en la parada que hay enfrente de la estación. Tendrá que ir primero a Saint Ives y coger luego otro autobús que le llevará por la costa norte, hasta Gurnard’s Head, pasado Zennor.
En Paddington, tras despedirse de Cato, hizo todo lo posible por dar esquinazo a quienes le seguían, pero no conoce tan bien como Max las técnicas de despiste. ¿Y cómo sabía Max tantas cosas al respecto? Él se subió al tren de última hora con destino a Swansea en el andén cinco, donde los torniquetes estaban abiertos, y se quedó allí sentado tanto tiempo como se atrevió. Un minuto antes de la hora de partida de su tren a Penzance, se apeó, corrió al andén número uno y, haciendo oídos sordos a los gritos del vigilante para que se apartara, montó en él de un salto.
Jadeando todavía, bajó la ventanilla y miró por el andén mientras esperaba a que el tren arrancara. Pero hubo un retraso. Fue como si el tren se burlara de él, de su paranoia. Jar se dijo que era una idea absurda y se apartó de la ventanilla. «Escenitas de película de misterio», como había dicho Cato. ¿Cómo se le había ocurrido? Aquel no era su mundo. Nadie le seguía. Luego echó otro vistazo por la ventanilla. Un hombre alto le estaba enseñando su billete al vigilante mientras señalaba hacia el tren. Hubo una discusión. Jar consultó su reloj. El tren ya llevaba dos minutos de retraso. «No es nada», se dijo, pero entonces el hombre pasó junto al vigilante dándole un empujón y corrió hacia su vagón. Jar se apartó de la ventanilla como si hubiera visto acercarse otro tren. Después se atrevió a asomarse de nuevo. El tren se movía por fin.
Era el mismo hombre al que había visto tantas veces en la cafetería de enfrente de la oficina, no había duda, y había llegado casi a la altura de su ventanilla. Se miraron el uno al otro, Jar paralizado, tratando todavía de calcular si aquel individuo que llevaba tanto tiempo siguiéndole podría subirse al tren, que iba ganando poco a poco velocidad.
Subió la ventanilla. Su perseguidor era más joven de lo que había imaginado: treinta y pocos años, la piel enrojecida como por un sarpullido, ojillos penetrantes, un rostro en cierto modo inarmónico, embotado, contraído quizá por el esfuerzo de la carrera y desprovisto de toda emoción. Al darse cuenta de lo inútil de sus esfuerzos y quedarse atrás, sus facciones parecieron desinflarse, perforadas por el cansancio y la desesperación. Fue extraño, pero Jar intuyó que aquel hombre no sentía ninguna hostilidad personal hacia él mientras veía alejarse el tren, que solo experimentaba una sensación de fracaso profesional por haber perdido a su objetivo.
Veinticinco minutos después, cuando el tren pasaba por Reading, se sintió al fin lo bastante tranquilo para apartarse de la ventanilla y ocupar su asiento. La primera parada era Exeter, y ya la temía. Sin embargo, el resto del viaje transcurrió sin incidentes. En cada parada buscaba al mismo individuo en el andén por si había logrado de algún modo alcanzar el tren, pero no lo vio por ningún lado y no hubo nadie más que despertara sus sospechas. Quizá no fuera el hombre de la cafetería. Tal vez fuera un tipo corriente que trataba de coger el tren a Cornualles.
Ahora, al salir de la estación de Penzance una luminosa mañana de sábado, observa a la gente que se ha congregado a la entrada, esperando la llegada de amigos y familiares que vienen a pasar el fin de semana. De no haber estado tan tenso, podría haberse detenido a admirar la escena: la recia estación de paredes de granito que marca el fin de la línea, el confín de la epopeya ferroviaria victoriana. No hay más estaciones al oeste de Penzance. De pronto le asalta la nostalgia, desea estar de vuelta en casa, en Galway. Puede que sea el olor del mar, el cielo inmenso.
Fuera, al sol, un taxista que espera junto a la puerta de su coche levanta las cejas esperanzado, pero Jar se dirige a la marquesina que hay más allá. Faltan veinte minutos para que pase el siguiente autobús a Saint Ives, de modo que cruza la calle y entra en una cafetería en la que pide un sándwich de beicon. Nadie parece seguirle.
Mientras se toma sin prisas un té negro, pasea la mirada por el local pensando en el hombre que ha tratado de subirse a su tren. Debe de trabajar para Cato, cuyo papel en todo esto consiste en encontrar a Rosa y cerrar el caso acallando a cualquiera que, como él, pueda saber demasiado. Su presunta investigación policial en torno a Martin no es más que una tapadera, como ha confirmado el último e-mail de Rosa.
Recuerda su conversación con Max, la posibilidad de que alguien le esté manipulando. Le parece imposible, sobre todo desde que empezaron a llegar los e-mails. Rosa está huyendo de sus captores, se esconde en Gurnard’s Head, donde le espera. Si alguna vez el mundo se sale de su eje… Traga saliva al pensar que va a volver a verla después de tantos años y procura alejar de sí las dudas que ha sembrado Max.
Una hora después divisa las paredes ocres del pub de Gurnard’s Head, destacándose como un faro de esperanza. «O puede que como una señal de advertencia», piensa. Tiene los nervios a flor de piel desde que cambió de autobús en Saint Ives, y ahora es el único pasajero. Se pone en pie.
—¿Va al pub? —pregunta el conductor. Tiene acento del norte, piensa Jar.
—Sí, gracias.
—Un poco más adelante hacen un té con crema buenísimo. En el Rosemergy, como a dos kilómetros de aquí —añade el conductor.
Es la primera vez que hablan y Jar se pregunta por qué han tardado tanto.
—El mejor de Cornualles. Con la crema por encima, claro.
—Puede que lo pruebe.
Jar se queda parado en la cuneta, viendo alejarse el autobús por el desnudo paisaje del páramo. Debería haber hablado más con el conductor, haber disfrutado de la compañía de otro ser humano, pero ya no se fía de nadie. No se ve un alma y el pub parece cerrado. Luego, detrás de él, a lo lejos, oye acercarse un coche desde Zennor. Se pega a las sombras del edificio, a un lado, junto a un camino de tierra, y ve que un Mini de color verde aminora la marcha al pasar frente al pub. No ve al conductor, que tiene la cabeza girada. Espera a que el coche se pierda de vista en el horizonte antes de salir de las sombras.
El pub resulta estar abierto, y en la barra traba conversación con una camarera muy joven. Al principio hablan solo de tés con crema, y de los rumores de que cerca de allí se sirven los mejores bollitos de la región. Le sienta bien hablar. Ha pasado demasiado tiempo encerrado en sí mismo estas últimas horas. La chica le recomienda también el pub de más adelante y deja que sus ojos de color jade se posen en los suyos un momento más de lo que exige una conversación trivial sobre té.
Jar sonríe, se fija en lo guapa que es: en su piel bronceada, en su cabello descolorido por el sol y recogido hacia atrás.
—También estoy tratando de localizar a una amiga —dice mientras da vueltas en las manos a un posavasos—. Una mujer de veintitantos años, pelo negro, ojos grandes.
La chica levanta la mirada, su sonrisa es ahora más tenue, más formal que íntima.
—No sé si se aloja aquí —continúa Jar.
—Ahora mismo solo hay parejas —contesta ella echando un vistazo al libro que tiene delante—. Y una familia con dos niños.
Jar asiente con un gesto. Naturalmente, Rosa no podía alojarse en el pub. ¿Cómo se le ha ocurrido?
—Bueno, gracias.
Al girar el pomo de la puerta de salida, ella le llama.
—Pero sí que vino alguien anoche.
Jar se para, la mano posada en el canto de la puerta.
—Vino una mujer sola, caminando por la senda de la costa. Creo que está acampada en alguna parte.
—¿Qué edad tenía?
—Veintitantos años. Y tenía los ojos grandes.
Jar consigue esbozar una sonrisa que le es devuelta. A Rosa le encantaba acampar, solía ir de camping a los Lagos en vacaciones con su padre.
Hay unos dos kilómetros de bajada hasta la playa y Jar recorre gran parte de esa distancia a la carrera, notando la brisa del mar en la cara. Trata de recordar cómo le describió Rosa este lugar, su disparatado plan de emergencia por si un meteorito chocaba contra la Tierra. Dios, cuánto la quiere, cuánto echa de menos su cabecita chiflada.
«Hay una playa de arena fina y unas calas maravillosas, pero lo mejor es rodear la bahía a pie, pasando por las ruinas de una capilla antigua, y subir hasta Gurnard’s Head. Verás unos peñascos en el cabo y un sitio en el que puedes agacharte para resguardarte del viento. ¿Quedamos allí? Podemos ver las focas abajo, y puede que hasta marsopas con un poco de suerte. Y el aire es tan puro…».
Puede que sea puro, pero también le revienta los pulmones. Se ha descuidado físicamente estos últimos meses. Desde que murió Rosa, en realidad. Su vida entera se le ha escapado de las manos: no tiene interés en el trabajo, bebe demasiado, le falta disciplina. Rosa solía hablarle de grandes caminatas, a veces por los Lagos, y también en Ladakh.
Se detiene al final de la senda, junto a las ruinas de una edificación de piedra que mira hacia el mar. Debe de ser la casa de máquinas de la antigua mina de cobre sobre la que ha leído en el tren, buscando en Internet. A su derecha hay una caleta empinada y justo enfrente un cúmulo de rocas. A su izquierda se abre una ensenada delimitada por un cabo rocoso: Gurnard’s Head.
Tras echar un vistazo a la ladera por la que ha bajado, se acerca a lo alto del acantilado, fijándose en unas viguetas de hierro incrustadas en las rocas. Parecen vestigios de un cabrestante o de una grúa que debía de bajar el cobre hasta los barcos.
Da media vuelta, regresa a la edificación en ruinas y toma un sendero que bordea la cala y lleva hasta el cabo. Cuando está a medio camino, se tropieza con los restos, casi a ras de suelo, de una pared. Chapel Jane, imagina, su silueta apenas visible entre la hierba crecida. Se detiene un momento, preguntándose si Rosa se ha detenido en este mismo sitio hace poco. Le gustaban todas estas cosas: el pasado antiguo de Cornualles, los pozos y las ermitas, los manantiales y los fogous de la Edad de Hierro.
La senda de la costa está desierta en ambas direcciones cuando echa a andar hacia Gurnard’s Head. Por el norte, en dirección a Zennor, van congregándose oscuros y amenazadores nubarrones, pero el cabo se recorta aún vívidamente contra lo que queda del cielo azul. Allá abajo, las olas del Atlántico se estrellan contra las rocas levantando una lluvia de espuma que centellea al sol.
Por lo menos, si alguien le ha seguido hasta aquí, no los pillará desprevenidos. No hay ningún otro sitio al que ir, ningún lugar al que escapar, pero dispondrán de unos minutos preciosos para estar juntos después de cinco años de separación.
Jar se está acercando a la punta del cabo, baja por una precaria vereda que discurre paralela al promontorio rocoso, hasta el extremo de Gurnard’s Head. Le recuerda a Cleggan, en la costa de Connemara, aquel día que creyó que Rosa caminaba a su lado, cuando le dijo que además de ser un pueblerino era un patoso. Sonríe al recordarlo.
A su izquierda, acantilados cortados a pico y una caída de sesenta metros hasta el mar. A su derecha, una ladera más suave conduce a los barrancos del otro lado. Por allí, atravesando la hierba, el camino es más fácil, pero él prefiere ir por las rocas. Desde aquí arriba el panorama es más amplio.
Solo al llegar a la última afloración rocosa, al verdadero Gurnard’s Head, se da cuenta de lo nervioso que está. Y de lo tonto que es. ¿Por qué iba a estar Rosa precisamente aquí? Trata de repasar los motivos otra vez: porque le encantaba Cornualles, el país de su infancia; porque temía que un meteorito chocara contra la Tierra y una vez le dijo que se reuniera aquí con ella si el mundo se salía de su eje. Pero eso no es suficiente y él lo sabe.
Hay una cosa más que le ha traído hasta Cornualles, algo de lo que ha intentado olvidarse desde que sucedió. La mujer de la escalera mecánica de Paddington, la de la mochila y la cabeza rapada, la que subió al tren de Penzance: era Rosa, por supuesto. No era una alucinación postduelo, ni una proyección de su dolor, ni una spéirbhean, como le habría hecho creer su padre. Era la mujer a la que amó en la universidad, la que presuntamente se quitó la vida una noche en Cromer y cuyo cadáver nunca apareció.
Ve primero la tienda, baja y con un estampado de flores, montada en una estrecha franja de hierba alta, al abrigo de unos rocas, de cara al Atlántico. Podría ser cualquiera, se dice mientras avanza, pero ha visto antes aquel dibujo de flores, oscilando colgado de una mochila en el vestíbulo de la estación de Paddington.
Mira automáticamente hacia atrás, recorre con la mirada el sendero hasta las ruinas de la antigua casa de máquinas, al pie de la vereda. Sigue sin verse ni un alma. Luego se vuelve de nuevo hacia la tienda, casi esperando que haya desaparecido: que sea otra alucinación causada por cinco años de aflicción, por la pérdida de una mujer que se marchó sin despedirse. Pero la tienda sigue allí, estremecida por la brisa del mar.
Jar se acerca atajando por las piedras y las franjas de hierba, y un instante después se encuentra a su lado. ¿Está Rosa dentro? Se asoma a la entrada abierta. Hay una esterilla, un saco de dormir y una mochila.
Trata de controlar su respiración y se vuelve para mirar en torno. El cabo está desierto. Se acerca al borde del acantilado, desde donde sale otra vereda que lleva a la punta más lejana, un grupo de peñascos desnudos bajo la enorme y fea roca que da a este lugar su nombre de pez.
Allí, sentada en una piedra con las rodillas pegadas al pecho, mirando al mar, hay una mujer. Lleva la cabeza rapada, pantalones anchos, y se mece suavemente. Está de espaldas a Jar. Él duda, siente el pálpito de su corazón en los párpados cansados y se agarra a una roca para no perder el equilibrio. Piensa primero en llamarla a gritos pero se refrena por si la asusta, por si no es real. La mira fijamente, sentada al borde mismo del despeñadero. A veces, cuando tiene una alucinación, cierra los ojos y vuelve a abrirlos, y entonces ella ha desaparecido.
Cierra los ojos y empieza a contar hasta cinco, pidiéndole para sus adentros que no se vaya. Esta vez sabe que es real, que por fin la ha encontrado. Al llegar a cuatro abre los ojos, se esfuerza por contener las lágrimas.
—¿Rosa? —pregunta en un susurro, de cara al viento—. Rosa —dice otra vez, más alto.
Ella se vuelve y le mira, dibuja una sonrisa distante, entorna los ojos al sol. Jar ha pensado tantas veces en este momento… Quiere correr hacia ella, estrecharla en sus
brazos por si desaparece, por si se desvanece [5] entre el aire iluminado.
—¿Verdad que es precioso? —dice ella, volviéndose a mirar el mar.
Un estremecimiento de alegría recorre a Jar. Es Rosa. No está delirando.
—Hoy he visto muchísimas focas —añade ella—, tantas que no he podido contarlas. Veníamos mucho aquí. Papá hablaba con las focas, se hacía bocina con las manos, se metía los pulgares en la boca y soplaba. Hacía unos ruidos que parecían más de búho que de foca.
—Rosa —repite él. Siente ya que su euforia se difumina, que deja paso al temor —. Rosa, por favor, apártate del borde.
Ella se levanta, casi tambaleándose, y se retira del precipicio. Jar no puede moverse mientras ella baja entre las rocas, mirando por dónde pisa, y pasa a su lado hacia la tienda. Lleva los ojos bajos, como si él no existiera.
—Siempre se me olvida cerrarla —dice al agacharse para bajar la cremallera.
Jar mira su espalda tratando de comprender qué ocurre. Observa con atención su apariencia, la curvatura de sus hombros, el sonido de su voz.
—¿Dónde has estado, Rosa? —pregunta mientras la ve esforzarse por cerrar la tienda—. ¿Dónde te llevaron?
Ella no responde. Sigue forcejeando con la cremallera.
—Es una tienda de festival —dice—. Papá siempre me decía: «No te compres una barata, es tirar el dinero». Creo que la cremallera se ha roto.
Jar se agacha para ayudarla.
—Espera, deja que lo intente yo.
Sus manos rozan las de Rosa, y aquel roce la hace real. Un momento después, ella llora sobre su hombro, abrazada a él. Jar la estrecha entre sus brazos, absorbe los temblores de su cuerpo frágil sin atreverse a creer que es de carne y hueso. Luego empieza a sollozar. Sabe que debe mantenerse fuerte, pero cinco años de incertidumbre es mucho tiempo.
Siguen así un buen rato: diez minutos, media hora, Jar no está seguro, ni le importa. Abrazándose en silencio, sentados bajo las rocas mientras el viento fustiga las olas allá abajo. Por fin, él se aparta y mira a los ojos a Rosa, toca su cara, le seca las lágrimas con sus gruesos pulgares. Y luego besa sus labios. Ella vuelve la cara.
—Lo sé todo, Rosa. Y no te culpo por haber aprovechado la oportunidad de empezar de cero. Quiero que lo sepas.
—Entonces es cierto.
—¿Qué es cierto?
Ella fija la vista en el suelo.
—Mi vida.
—¿Qué quieres decir?
—Dímelo, cuéntame todo lo que sepas sobre mí. Por favor.
Jar escudriña sus ojos buscando una explicación y luego desvía la mirada. Comprende enseguida que no habrá respuesta rápida, ni fácil. Rosa tiene esa misma mirada distante que ha visto en Amy: perdida, desorientada.
Empieza por el principio: su descontento en la universidad, el doctor Lance, Karen la psicóloga del college, sus viajes a Cromer, el retiro en Herefordshire, la oferta de empezar otra vez. Luego le cuenta cómo se conocieron en el restaurante. Su reacción es la misma: una indiferencia vacua, una mirada mortecina. Están sentados muy juntos, de cara al mar, pero no hay intimidad entre ellos.
Jar vuelve a mirarla. Si se hubiera fiado de sí mismo al verla en Paddington… Porque ahora está seguro de que era Rosa la que corría para coger el tren. Debería haberla seguido a Penzance, haberse fiado de su instinto. Se habría ahorrado tantas cosas esas últimas dos semanas…
—¿Es así? —pregunta—. ¿Lo del retiro en Herefordshire? ¿Lo de Karen?
Ella hace un gesto afirmativo con la cabeza. Jar suelta involuntariamente un suspiro de alivio: nadie le está manipulando. El diario lo escribió Rosa.
—No sabía lo infeliz que eras en el college —dice.
Ella desvía la mirada, la fija en el mar.
—Sabía que echabas de menos a tu padre, claro, pero no me daba cuenta…
—No pasa nada.
Jar la mira de nuevo, allí sentados los dos mientras el viento agita sus pantalones holgados. Y de pronto una idea surge como una náusea. Rosa aún no ha dicho su nombre.
—Rosa…
Se vuelve hacia él con la misma mirada que le dirigió en el tren: como si viera a un desconocido.
—¿Sí?
—¿Sabes quién soy? ¿Cómo me llamo?
Otra vez se le saltan las lágrimas y aparta la cara. Jar la rodea con el brazo y, pasados unos segundos, Rosa apoya la cabeza sobre su hombro.
—Jar, me llamo Jar. Jarlath Costello. Estábamos juntos en Cambridge.
—Sé quién eres, mi niño. A veces lo sé todo. Y luego todo se nubla.
—¿Qué te han hecho, Rosa?
Ella tarda un momento en responder.
—Estaba sola.
—¿Dónde?
—No lo sé, Jar. No recuerdo que me llevaran en avión a ninguna parte, pero oí hablar de una base aérea. ¿Lakenheath? Creo que alguien dijo Lakenheath alguna vez.
La base aérea estadounidense en Suffolk, piensa Jar.
—Había una luz suave. Me raparon la cabeza y me obligaron a ponerme un mono naranja. Día y noche, me ponían la comida en el suelo como si fuera un perro.
—¿Cuánto tiempo estuviste allí?
—¿Seis meses, seis años? No lo sé, Jar. Lo siento.
—No pasa nada —dice él, acunándola. Pero sabe que no es cierto.
—Van a venir a por mí otra vez, ¿verdad?
Jar mira hacia el otro lado de la bahía.
—¿Le has dicho a alguien que ibas a venir aquí? —pregunta.
—No.
—¿Tienes teléfono?
—No.
—¿Estás desconectada?
Rosa le mira de nuevo, sus ojos parecen brillar un momento como si comprendiera lo que dice.
—Pero en el pub hay wifi —dice.
Debe de haber usado el wifi del pub para mandarle los e-mails, piensa Jar. Le habrá pedido prestado el teléfono o el iPad a alguien.
—No pueden localizarte si no tienes teléfono —añade.
—No, no pueden.
Jar se levanta, mira la vieja casa de máquinas del otro lado de la bahía. Una figura alargada ha aparecido al pie de la senda. Jar se dice que debe intentar controlar su paranoia.
—¿Tienes frío? —pregunta ella—. Está empezando a refrescar.
—Estoy bien. —Jar se sienta en el suelo a su lado, como dos amigos del colegio en un banco del parque. No esperaba que su reencuentro fuera así, no se lo imaginaba tan prosaico—. Así que este es el lugar donde quedamos en vernos «si alguna vez el mundo se salía de su eje» —dice mientras contempla el mar—. He recibido tus e-mails.
Ella se queda callada, sonríe como si recordara algo muy lejano.
—He visto algunas estrellas fugaces. Pero meteoritos no. Todavía no.
—Escribiste sobre eso en tu diario una vez, pero no decías dónde estaba.
—A ellos nunca se lo dije —añade ella—. Nuestro secreto.
«Y ahora yo lo he revelado», piensa Jar, y mira de nuevo aquella figura cuyo paso le resulta familiar. Se le encoge el corazón. Es el hombre que trató de subirse a su tren en Paddington. Camina a buen ritmo por el sendero, hacia el cabo donde están sentados. Jar mira a su alrededor buscando una vía de escape, pero no hay donde esconderse, ningún lugar al que huir. El cabo está rodeado por precipicios y por el mar. Él ha traído a los captores de Rosa hasta aquí.
—Tienes que contarme todo lo que puedas sobre dónde has estado, sobre lo que ha pasado —dice en tono apremiante.
—Está todo en mi diario. Mi vida entera está anotada ahí.
—¿Lo llevas encima? —Jar no sabe si decirle que ya lo ha leído casi todo.
—De todos modos me lo sé de cabo a rabo. Me hacían memorizar una entrada cada día. —Se interrumpe un momento—. «Había una sola cosa que me ponía nerviosa de Karen: esa manera que tiene de tomar aire por la nariz justo antes de empezar a hablar, como si de repente se acordara de que tiene que respirar. Cuanto más hablaba… más me fijaba yo en aquella forma de respirar, hasta que empecé a oírla como un jadeo ensordecedor. A papá le habría hecho gracia».
Karen, la psicóloga que la atendía en el college, piensa Jar. Esa de la que nunca le habló. De la que Max no encontró ningún indicio en ninguna parte.
—¿Te acuerdas de Herefordshire? —pregunta—. ¿Del retiro al que fuiste?
—De comer chocolate negro con Sejal.
—¿De lo que te explicaron los americanos?
Rosa se queda callada un segundo.
—Creo que sí.
De eso quiere Jar que le hable: de la última entrada del diario, la que estaba incompleta, cortada, en la que iba a revelarlo todo.
—¿Puedes decirme algo más sobre ese programa? ¿Sobre el programa Eutico?
—Nos apodaban «los invisibles». Todo el mundo nos creía muertos, nadie sabía que existíamos. Papá no quería que fuera así. Se suponía que iban a ofrecernos una nueva vida, y durante un tiempo fue así, pero luego los americanos… —Su voz se apaga un instante—. Tenían otros planes, nos consideraban prescindibles.
—¿Cómo era tu nueva vida?
Ella tarda un momento en contestar. Jar trata de no impacientarse. El hombre ya casi ha llegado a su altura. Jar debería haber tomado un tren de regreso a Paddington en vez de venir desde Penzance, debería haber despistado a su perseguidor, haberle alejado de Rosa y de Cornualles. Pero le ha traído hasta aquí, y ahora están atrapados.
—Pasábamos mucho tiempo estudiando.
—¿Encriptación?
—No me acuerdo.
—¿Fue así como descubriste lo de tu padre?
—Entonces me escapé. Quería hacerlo público. Pero ellos me cogieron y me metieron en… —Se interrumpe otra vez, se le humedecen los ojos.
—No pasa nada. —Jar la estrecha entre sus brazos, se dice que está viva, que es real. ¿Volverán a estar así, juntos, alguna vez? ¿Solos los dos? Mira de nuevo al hombre que se acerca.
—Pasaron cosas horribles —susurra Rosa—. Como no te puedes imaginar.
—¿Te las hicieron a ti?
—Él decía que era dueño de mi alma.
—¿Quién decía eso?
Rosa tarda en responder.
—«Cuando le salvamos la vida a un ser humano, su alma nos pertenece…».
—¿Eso formaba parte del programa?
Ella no parece escucharle.
—Luego me llevaron a otra parte.
—¿A la base aérea?
Otra pausa, esta vez más larga. Luego, Rosa empieza a sollozar.
—Intentaron ahogarme —dice casi en un susurro.
—Dios mío, Rosa, lo siento muchísimo.
La curiosidad está dando paso a la ira.
—Crees que vas a morir. Te meten un trapo en la boca, vierten agua. No puedes respirar, te entra el pánico y entonces es peor aún…
La tortura del agua, piensa Jar. Una especialidad americana en Guantánamo. No sabía que también se utilizara en Lakenheath.
—Y luego me… —susurra Rosa—. Una y otra vez, y otra.
Jar cierra los ojos, recuerda las palabras de advertencia de Cato. «Creo que no es usted consciente de a qué se está enfrentando».
—Tenemos que hacerlo público, Rosa. Contarle a todo el mundo lo que ocurrió. Lo que te pasó a ti, y a tu padre. Tenemos que demostrar que estás viva.
—¿Lo estoy? —Ella consigue proferir una risa débil, esboza una sonrisa.
Jar la abraza más fuerte por si desaparece.
—Confiaba en que vinieras —susurra Rosa—. A nuestro punto de encuentro secreto. Sabía que vendrías. Es una de las pocas cosas que sabía sobre mi vida. Sobre mi antigua vida. Entre nosotros había algo muy serio, ¿verdad? Entre tú y yo.
—Tenemos que hacernos una foto —dice Jar.
Las lágrimas vuelven a aflorar. Las entradas del diario de Rosa habían empezado a hacerle dudar de si su relación era tan fuerte como recordaba. Saca su teléfono, estira el brazo y lo sostiene ante ellos. Le tiembla la mano. Se apoyan el uno en el otro.
—Un selfie —dice Rosa sonriendo.
—Rápido. Mira a la cámara.
Hace la foto y echa un vistazo al teléfono.
—No hay cobertura. Antes había cobertura.
—Espera a que sople el viento —dice Rosa.
—No hay tiempo. —Jar se pone en pie y levanta el teléfono estirando el brazo como si fuera a hacer una pregunta en clase—. Con una rayita de cobertura basta.
Ya ha escrito el mensaje dirigido a Carl. La foto lleva un texto adjunto que dice Rosa y yo hoy, con la fecha entre paréntesis. Pulsa «enviar».
—¡Dios, envíala de una vez! —grita, viendo cómo gira la ruedecilla del programa en el teléfono.
Un momento después, el hombre aparece en las rocas, por encima de ellos, destacándose contra el cielo azul. Lleva un pasamontañas negro y empuña una pistola. Jar le mira tratando de distinguir sus rasgos por debajo del pasamontañas: los ojos penetrantes, la piel enrojecida. Luego lanza el teléfono al aire, por encima del precipicio y lo ve girar al sol y perderse de vista al caer al mar. Un segundo después el hombre salta y cae a su lado. Jar se adelanta para proteger a Rosa, pero el otro es más rápido, le golpea en la cara con la culata de la pistola. Jar cae al suelo, su mejilla choca con la hierba blanda y musgosa. Trata de levantarse, de impedir que se lleve a Rosa, pero no puede moverse. Le pesan las piernas, la cabeza le da vueltas.
—¡Rosa! —gime—. ¡Rosa!
Ve impotente cómo se la lleva por las rocas con las muñecas sujetas a la espalda, apretando un trapo contra su boca. Le ha fallado, piensa. Y entonces todo se oscurece.