Búscame
Capítulo 47
47
Cromer, 2012
Esta mañana he ido a Norwich a recoger a Rosa. Se ha empeñado A, a pesar de que hay un servicio de tren estupendo, aunque lento, que hace el trayecto Norwich-Cromer. Rosa estaba más arisca que nunca. Ha salido a su padre. A dice que estos últimos meses lo ha pasado muy mal, que no me compadezco de ella. Sé que tendría que preocuparme más, pero cuesta tenderle la mano a alguien que no acepta tu ayuda. Le he hablado de las ventajas de las benzodiacepinas, pero no le interesan.
Mi nueva tarea en el curso de escritura creativa consiste en llevar este diario, mezclando poco a poco la ficción con la realidad cotidiana de mi inesperada prejubilación. Es mi placa de Petri literaria, antes de empezar la gran novela. Tengo que escribirlo como si me estuviera dirigiendo a alguien en particular, a una persona en una habitación. Como una carta, solo que más directa: a la cara, a bocajarro. El peligro está en caer en un estilo excesivamente autorreferencial: «una primera persona inflada de esteroides», como dijo mi tutor online, en lo que supongo fue una conmovedora tentativa de enlazar mi vida anterior en el laboratorio con mi futura dedicación a la escritura. («Una primera persona inflada de nootrópicos» habría sido una definición más correcta).
Preferiría sentarme a hablar un par de horas con un autor publicado, en vez de hacer todos estos ejercicios tan aburridos. Lo de la semana pasada fue peor: redactar el curriculum vitae de cada uno de tus personajes principales. Y yo que creía que había dejado atrás el mundo empresarial.
Lo bueno es que Rosa se ha buscado un nuevo novio. Está claro que el chaval no la hace muy feliz, pero ha escrito un libro de relatos. Y lo ha publicado (no él mismo, sino una editorial). He intentado sonsacarle alguna información a Rosa en el coche, pero tenía todavía menos ganas de hablar que de costumbre, así que he buscado el libro en Amazon cuando hemos vuelto.
No estoy seguro de que sea muy de mi estilo, pero tiene un montón de reseñas de cinco estrellas. (¿Qué sería de nosotros sin la familia y los amigos?). Ya he encargado un ejemplar. Si es medio decente, invitaré a Jar a pasar en casa un fin de semana con Rosa, para charlar sobre literatura. Mi problema no es inventar un curriculum vitae para mis personajes, es dar con una historia original. Puede que solo tenga que revisar material preexistente. Contarlo de una manera nueva.
Mi tutor dice también que debería tener siempre a mano un cuaderno para anotar observaciones acerca de mis personajes, esbozos de diálogos y tal, y luego añadirlos a mi diario. Solía hacerlo antes de ir a Cambridge, cuando pensaba que iba a ser escritor y trataba en vano de escribir una novela beatnik: anotaba cosas que pescaba al vuelo y luego las pasaba por el prisma del peyote y otros alcaloides psicodélicos. Así que hoy me he comprado un cuaderno en Norwich, cuando esperaba a que apareciera Rosa (llegó tarde, como siempre). Es un Moleskine. Ya que estaba allí, he comprado también un bloc de dibujo nuevo, para la clase de dibujo al natural de la semana que viene. A dice que me vendrá bien. Está empeñada en que tengo la crisis de la mediana edad y cree que así la bandearé mejor. Intenté escaquearme, pero no hubo manera: dice que tengo que mantenerme ocupado. Si ella supiera…
Las cosas están bastante tensas entre nosotros ahora mismo, sobre todo porque ella ha decidido tomarse nuestro «cambio de circunstancias vitales» como una oportunidad para reducir el consumo de benzodiacepinas y el resto de la medicación que llevo dándole veinte años. «Un nuevo comienzo» dice constantemente, aunque no me ha confesado que está tratando de dejar las pastillas, y yo finjo que no me he dado cuenta.
Nadie debería pasar tanto tiempo tomando ansiolíticos, claro, pero así se han solventado sus problemas de ansiedad durante años. Y, como le he dicho muchas veces, no es fácil dejarlo: hay que hacerlo poco a poco y con cuidado para evitar síntomas de abstinencia incapacitantes, que suelen ser muy parecidos a los efectos primordiales de las benzodiacepinas: insomnio más que efectos sedantes, ansiedad más que calma, tensión en vez de relajación muscular.
También paso mucho más tiempo en casa, aunque esté casi siempre aquí, en mi cabaña. Le he explicado que me he apuntado a un curso de escritura, para reavivar la pasión que hace años me llevó a considerar la posibilidad de estudiar Filología en Cambridge. Es el primer paso en el largo camino hacia la publicación —le he dicho —, pero los dos sabemos que eso no explica que pase tanto tiempo aquí. Es demasiado buena para decírmelo a la cara, y además se da cuenta de que necesito espacio para aclarar mis ideas ahora que me han «dejado marchar». (Yo prefiero el verbo «despedir»: suena a propulsión, a finalidad). Si pudiera comer, beber y dormir solo en la cabaña, lo haría.
Pensaba que tener tiempo para dedicarme por fin a lo que siempre he querido hacer (escribir una novela) sería un bálsamo, pero había olvidado que ir ordenando palabras en un papel es un proceso lento y penoso después de pasar años manejando datos. Nunca he aflojado mi ritmo de lectura, devoro varios libros a la semana, pero eso no sustituye al proceso de escritura. Para ser sincero, paso más tiempo navegando en Internet que trabajando en mi libro: me mantengo al día de lo que hacen antiguos colegas (hoy he estado leyendo lo último sobre receptores 2C de serotonina en Molecular Psychiatry) y también —lo reconozco— miro Strava para comparar mis cronos en la bici con los de otros ciclistas. Es lo que tiene la vida de escritor: la infinita variedad de estímulos que pueden servirte de distracción. Ahora tengo más horas al día para salir con la bici, por ejemplo. Pero no tantas como pensaba: Internet me roba mucho tiempo.