Chaman

Noah Gordon · Capítulo 2 de 8 · parte 4/4

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Chaman

Cuando Makwa se permitió pensar en el…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Alex obedecía a Makwa, pero ella se daba cuenta de que la suspicacia y la aversión que a veces veía en sus jóvenes ojos eran un reflejo de los sentimientos de Sarah Cole hacia ella. No le importaba demasiado.

Alex era un niño, y ella se esforzaba por ganarse su confianza. En cuanto a Sarah… Makwa no olvidaba que los sauk siempre habían tenido enemigos.

Jay Geiger, ocupado con su botica, había contratado a Mort London para que arara el primer trozo de su granja, una tarea lenta y brutal.

Mort había tardado desde abril hasta finales de julio en roturar en profundidad, proceso que resultó más costoso porque había que dejar que las raíces se pudrieran totalmente durante dos o tres años antes de arar de nuevo el campo y sembrarlo, y porque Mort había cogido la sarna de Illinois, que afectaba a la mayoría de los hombres que roturaban la tierra de la pradera. Algunos pensaban que la hierba en descomposición emanaba un miasma que transmitía la enfermedad a los agricultores, mientras otros decían que la enfermedad surgía por la mordedura de los diminutos insectos que ponía en movimiento la reja del arado. La indisposición era desagradable, y la piel se abría en pequeñas llagas que picaban. Tratada con azufre podía quedar reducida a una molestia pero si se la descuidaba podía desembocar en una fiebre fatal, como la que había matado a Alexander Bledsoe, el primer marido de Sarah.

Jay insistió en que incluso los ángulos de su campo debían ser cuidadosamente arados y sembrados. De acuerdo con la antigua ley judía, en la época de la cosecha dejaba esos ángulos sin cosechar para que los pobres recogieran los frutos. Cuando el primer trozo empezó a dar una buena cantidad de maíz, estaba en condiciones de preparar el segundo trozo para plantar trigo. Para entonces Mort London era sheriff, y ninguno de los otros granjeros estaba dispuesto a trabajar por un jornal.

Era una época en la que los culis chinos no se atrevían a abandonar las cuadrillas de trabajadores del ferrocarril porque podían caer en una trampa si lograban llegar al pueblo más cercano. De vez en cuando algunos irlandeses o italianos escapaban de la semiesclavitud que suponía cavar el Canal de Illinois y Michigan y llegaban a Holden’s Crossing, pero los papistas causaban alarma en la mayoría de la gente, y eran rápidamente obligados a continuar su camino.

Jay había mantenido una relación pasajera con algunos sauk, porque eran los pobres a los que había invitado a recoger su maíz. Finalmente compró cuatro bueyes y un arado de acero y contrató a dos de los guerreros indios, Pequeño Cuerno y Perro de Piedra, para que labraran sus tierras.

Los indios conocían secretos para roturar las planicies y darles la vuelta para dejar al descubierto su sangre y su carne, la tierra negra.

Mientras trabajaban pedían perdón a la tierra por cortarla, y entonaban canciones para imprecar a los espíritus que correspondía. Sabían que los blancos araban demasiado profundamente. Cuando ellos introducían la reja del arado para el cultivo superficial, la masa de raíces que se encontraba debajo de la tierra arada quedaba arrancada más rápidamente, y en lugar de un solo acre cultivaban dos acres y cuarto al día. Y ni Pequeño Cuerno ni Perro de Piedra cogieron la sarna.

Maravillado, Jay intentó compartir el método con todos sus vecinos, pero no encontró a nadie dispuesto a escucharlo.

–Es porque esos ignorantes imbéciles me consideran un extranjero, aunque yo nací en Carolina del Sur y algunos de ellos nacieron en Europa -

se quejó vehementemente a Rob J.-. No confían en mi.

Odian a los irlandeses, a los chinos, a los italianos y a Dios sabe quién más por haber llegado demasiado tarde a Norteamérica. Odian a los franceses y también a los mormones por una cuestión de principios.

Y odian a los indios por haber llegado a Norteamérica demasiado pronto. ¿A quién demonios quieren?

Rob esbozó una sonrisa.

–Bueno, Jay…, se quieren a si mismos. Creen que ellos son perfectos, que han tenido la sensatez de llegar exactamente en el momento adecuado -

dijo.

En Holden’s Crossing, ser querido era una cosa y ser aceptado era otra.

Rob J. Cole y Jay Geiger habían sido aceptados, aunque remisamente, porque la profesión de ambos era necesaria. Mientras se convertían en

fibras importantes del tejido social, las dos familias seguían unidas, dándose mutuo apoyo y estímulo. Los niños se acostumbraron a las obras de los grandes compositores y muchas noches se iban a la cama escuchando la música que se elevaba y descendía con la belleza de los instrumentos de cuerda interpretados con amor y pasión por sus padres.

El año del quinto cumpleaños de Chamán, la enfermedad más importante de la primavera fue el sarampión. Desapareció la armadura invisible que protegía a Sarah y a Rob, lo mismo que la suerte que los había mantenido inmunes.

Sarah llevó la enfermedad a casa y la padeció en un grado leve, lo mismo que Chamán. Rob J. pensaba que era una suerte coger un sarampión suave, porque según su experiencia la enfermedad no se contraía dos veces en la vida; pero Alex la contrajo en su nivel más terrible. Mientras su madre y su hermano habían estado sólo afiebrados, él ardía. Mientras ellos habían sentido picazón, a Alex le sangraba el cuerpo por la forma frenética en que se rascaba, y Rob J. lo envolvía en hojas marchitas de col y le ataba las manos para que no pudiera hacerse daño.

La primavera siguiente, la enfermedad predominante fue la escarlatina.

El grupo de sauk la contrajo y contagió a Makwa-ikwa, de modo que Sarah tuvo que quedarse en casa, llena de resentimiento, y atender a la india en lugar de acompañar a su esposo. Luego enfermaron los dos chicos. Esta vez Alex tuvo la versión más suave de la enfermedad, mientras Chamán ardía de fiebre, vomitaba, lloraba por el dolor de oídos y tenía una erupción cutánea tan espantosa que en algunas partes del cuerpo la piel se le caía como si fuera la de una serpiente.

Cuando la enfermedad cumplió su ciclo, Sarah abrió la casa para que entrara el cálido aire de mayo y anunció que la familia necesitaba una fiesta.

Asó un ganso e hizo saber a los Geiger que le encantaría contar con su presencia, y esa noche la música volvió a reinar en la casa después de varias semanas.

Los niños de los Geiger se acostaron en jergones, junto a las literas de los niños de los Cole. Lillian Geiger entró silenciosamente en la habitación y dio a cada niño un beso y un abrazo. Se detuvo en la puerta y les dio las buenas noches. Alex le respondió, lo mismo que sus hijos, Rachel, Davey, Herm y Cubby, que era demasiado pequeño para cargar con Lionel, su verdadero nombre. Lillian observó que un niño no había respondido.

–Buenas noches, Rob J. – le dijo. No obtuvo respuesta y vio que el niño miraba fijamente hacia delante, como perdido en sus pensamientos-.

Chamán, cariño…

Al ver que no había respuesta, batió las palmas bruscamente. Cinco rostros se volvieron para mirarla, pero uno no se movió.

En la otra habitación, los músicos tocaban el dúo de Mozart, la pieza que mejor interpretaban juntos, la que los hacia resplandecer. Rob J. quedó sorprendido cuando Lillian se detuvo delante de él y extendió la mano deteniendo el arco de la viola en una frase que a él le gustaba especialmente.

–Tu hijo -anunció-. El pequeño. No oye.

Finalmente Rob J., que se había pasado la vida salvando a la gente de las aflicciones que provocaban los problemas físicos y mentales, siempre se sorprendía de lo mucho que podía dolerle que el paciente fuera uno de sus seres queridos. Sentía afecto por todas las personas a las que atendía, incluso aquellos a los que la enfermedad volvía desagradables o los que lo habían sido antes de enfermar porque al buscar su ayuda, en cierto modo pasaban a ser suyos. Cuando era un médico joven y vivía en Escocia había visto a su madre debilitarse y quedar al borde de la muerte, y ésa había sido una lección especial y amarga en su impotencia última como médico. Y

ahora sentía un vivo dolor por lo que le había sucedido al fuerte y fornido niño, grande para su edad, que tenía su misma sangre.

Chamán parecía bastante desconcertado mientras su padre batía palmas, dejaba caer pesados libros al suelo y se quedaba delante de él gritando:

–¡Hijo! ¿Puedes oír algo?

Señalaba sus propias orejas, pero el pequeño se limitaba a mirarlo con perplejidad. Chamán era totalmente sordo.

–¿Se le pasará? – le preguntó Sarah a su esposo.

–Tal vez -respondió Rob, pero estaba más asustado que Sarah por que sabía más, había conocido tragedias cuyas posibilidades ella apenas imaginaba.

–Tú harás que se le pase.

Tenía una fe ciega en él. En una ocasión la había salvado a ella, y ahora salvaría al hijo.

Rob J. no sabía cómo hacerlo, pero lo intentó. Vertió aceite tibio en los oídos de Chamán. Sumergió al niño en baños calientes, le aplicó compresas.

Sarah le rezó a Jesús. Los Geiger rezaron a Jehová. Makwa golpeteó su tambor de agua y le cantó al manitú y a los espíritus.

Pero ni dioses ni espíritus prestaron atención.

Al principio, Chamán estaba demasiado desconcertado para sentir miedo. Pero al cabo de unas horas empezó a lloriquear y a gritar. Sacudió la cabeza y se agarró las orejas. Sarah pensó que volvía a tener el terrible dolor de oídos, pero Rob enseguida se dio cuenta de que no se trataba de eso, porque ya había visto casos como éste.

–Oye ruidos que nosotros no oímos. Ruidos que suenan dentro de su cabeza.

Sarah se puso pálida.

–¿Tiene algo en la cabeza?

–No, no.

Podía decirle que el fenómeno se conocía como “zumbido” pero no sabía qué era lo que provocaba aquellos sonidos tan privados para el niño.

Chamán no paraba de llorar. Su padre, su madre y Makwa se turnaban para tenderse a su lado en la cama y abrazarlo. Tiempo después, Rob sabría que su hijo oía una variedad de sonidos estrepitosos, crujidos, zumbidos, estruendos formidables y silbidos. Todos eran muy fuertes, y Chamán estaba constantemente asustado.

El bombardeo interno desapareció al cabo de tres días. El alivio de Chamán fue absoluto y el silencio recuperado supuso un alivio, pero los adultos que lo querían se atormentaban al ver la desesperación en su pequeño rostro blanco.

Esa noche Rob le escribió a Oliver Wendell Holmes, que estaba en Boston, pidiéndole consejo sobre cómo tratar la sordera. También le pidió que, en caso de que no se pudiera hacer nada al respecto, le enviara información que pudiera indicarle cómo educar a un hijo sordo.

Ninguno de ellos sabía tratar a Chamán. Mientras Rob J. buscaba una solución médica, Alex fue quien asumió la responsabilidad. Aunque perplejo y asustado por lo que le había ocurrido a su hermano, Alex se adaptó rápidamente. Cogía a Chamán de la mano y no lo soltaba. Si el hermano mayor caminaba, el pequeño lo seguía. Cuando los dedos se le agarrotaban, Alex se colocaba al otro lado de su hermano y cambiaban de mano. Chamán se acostumbró enseguida a la seguridad del apretón sudoroso y con frecuencia sucio de Bigger.

Alex lo vigilaba de cerca.

–Quiere más -anunciaba en la mesa durante las comidas, cogiendo el bol vacío de Chamán y extendiéndoselo a su madre para que volviera a servirle

Sarah observaba a sus dos hijos y veía cómo sufrían. Chamán dejó de hablar, y Alex decidió sumarse a su mutismo: apenas hablaba; se comunicaba con Chamán mediante una serie de gestos exagerados, y los dos hermanos entrelazaban profundamente sus miradas.

Ella se torturaba imaginando situaciones en las que Chamán se enfrentaría a una serie de hechos peligrosos porque no podría oír sus atormentados gritos de advertencia. Obligó a los niños a quedarse cerca de la casa. Ellos se aburrían y se sentaban en el suelo a hacer juegos estúpidos con nueces y guijarros, y a dibujar en la tierra con palos.

Aunque parecía increíble, a veces los oía reír. Como no podía oír su propia voz, Chamán solía hablar en voz muy baja, de modo que los demás tenían que pedirle que repitiera lo que había dicho, y él no los entendía. Se acostumbró a gruñir en lugar de hablar. Cuando Alex se exasperaba, se olvidaba de cuál era la realidad.

–¿Qué? – gritaba-. ¿Qué dices, Chamán?

Entonces recordaba la sordera y recurría otra vez a los gestos. Adquirió la mala costumbre de gruñir como Chamán para acentuar algo que intentaba explicar con las manos. Sarah no soportaba la mezcla de gruñidos y bufidos que hacía que sus hijos parecieran animales.

Ella también adquirió una mala costumbre: a menudo aparecía detrás de los chicos y, para comprobar la sordera, batía las palmas, chasqueaba los dedos o pronunciaba sus nombres. Dentro de la casa, si daba un golpe en el suelo con el pie, las vibraciones hacían que Chamán se volviera. En todo momento, sólo el ceño fruncido de Alex daba cuenta de su interrupción.

Ella había sido una madre muy irregular que en lugar de estar con sus hijos se marchaba con Rob J. siempre que tenía la oportunidad.

Íntimamente reconocía que su esposo era lo más importante de su vida, lo mismo que reconocía que la medicina era el motor principal en la vida de él, más importante incluso que su amor por ella. Así eran las cosas. Ella nunca había sentido por Alexander Bledsoe ni por ningún hombre lo que sentía por Rob J. Cole. Ahora que uno de sus hijos estaba amenazado, volvió a volcar en ellos todo su amor, pero ya era demasiado tarde. Alex no renunciaría a una parte de su hermano, y Chamán se había acostumbrado a depender de Makwa-ikwa.

Makwa no se oponía a esta dependencia; se llevaba a Chamán al hedonoso-te durante varias horas y observaba todos sus movimientos. En una ocasión, Sarah la vio acercarse a toda prisa a un árbol contra el que el niño había orinado y recoger parte de la tierra mojada en un recipiente pequeño, como si se tratara de la reliquia de un santo. Sarah pensaba que la mujer era una bruja que intentaba atraer aquella parte de su esposo que él más valoraba, y que ahora atraía a su hijo. Sabía que Makwa lanzaba hechizos cantaba, realizaba rituales salvajes que a ella le ponían la carne de gallina, pero no se atrevía a protestar. Estaba tan desesperada porque alguien -cualquiera, cualquier cosa- socorriera a su hijo, que no podía resistir un sentimiento de farisaica justificación, una afirmación de la única fe verdadera, cuando pasaba un día tras otro y esas tonterías paganas no producían ninguna mejoría en el estado de su hijo.

Por las noches Sarah se quedaba despierta y se atormentaba pensando en los sordomudos que había conocido, recordando sobre todo a una mujer desaseada y débil mental a la que ella y sus amigos seguían por las calles de su pueblo de Virginia, burlándose de ella por su obesidad y su sordera. Se llamaba Bessie, Bessie Turner. Le arrojaban palos y piedras, riendo al ver que ella respondía a las agresiones físicas después de pasar por alto las cosas horrendas que le gritaban. Se preguntaba si a Chamán también lo perseguirían por la calle los niños crueles.

Poco a poco se fue dando cuenta de que tampoco Rob -¡ni siquiera Rob!– sabía cómo ayudar a Chamán. Se iba todas las mañanas a hacer sus visitas y se concentraba en las enfermedades de sus pacientes. No se trataba de que estuviera abandonando a su familia; sólo que a ella a veces le parecía que sí porque estaba con sus hijos día tras día y era testigo de sus esfuerzos.

Los Geiger, que querían mostrarse solidarios, los invitaron varias veces a compartir las veladas que habían celebrado con tanta frecuencia, pero Rob J. siempre se negaba. Ya no tocaba la viola de gamba; Sarah creía que no soportaba tocar música y que Chamán no pudiera oírla.

Ella se concentró en el trabajo de la granja. Alden Kimball roturó un nuevo cuadro y ella se ocupó de cultivar un ambicioso huerto. Hurgó la orilla del río a lo largo de varios kilómetros buscando lirios de color limón y los pasó a un arriate delante de la casa. Ayudó a Alden y a Luna a llevar pequeños grupos de ovejas que balaban en una balsa y a soltarlas en medio del río para que tuvieran que nadar hasta la orilla y limpiarse así la lana

antes del esquileo. Después de castrar a los corderos, Alden la miró de reojo cuando ella pidió el cubo de las criadillas, que eran el plato preferido de él.

Sarah les quitó la envoltura fibrosa y se preguntó si debajo de la piel arrugada serian así las glándulas sexuales de un hombre. Luego cortó las tiernas bolas por la mitad y las frió en grasa de tocino con cebollas silvestres y una rodaja de seta pedo de lobo. Alden se comió su ración ansiosamente, comentó que eran fantásticas y dejó de lamentarse.

Sarah podría haberse sentido casi satisfecha. Pero…

Un día Rob J. regresó a casa y le dijo que había estado hablando de Chamán con Tobías Barr.

–Hace poco se ha instalado una escuela para sordos en Jacksonville, pero Barr no sabe mucho sobre ella. Yo podría viajar hasta allí y ver de qué se trata. Aunque Chamán es tan pequeño…

–Jacksonville está a casi doscientos cincuenta kilómetros de distancia.

Apenas veríamos al niño.

El le dijo que el médico de Rock Island le había confesado que no sabía cómo tratar la sordera en los niños. De hecho, algunos años antes había renunciado a una niña de ocho años y a su hermano de seis. Últimamente los niños habían sido enviados como pupilos del Estado al Asilo de Illinois en Springfield.

–Rob J. – dijo Sarah. A través de la ventana abierta le llegaba el gruñido gutural de sus hijos, un sonido delirante, y de pronto recordó la mirada vacía de Bessie Tunner-. Encerrar a un niño sordo con personas locas… es una maldad. – Como siempre, pensar en la maldad le produjo escalofríos-.

¿Tú crees -susurró- que Chamán ha sido castigado por mis pecados?

El la cogió entre sus brazos y ella se entregó a él como siempre hacia.

–No -respondió Rob J., y la siguió abrazando-. Oh, mi Sarah. Nunca debes pensar semejante cosa.

Pero no le dijo qué podían hacer.

Una mañana, mientras los dos niños estaban sentados frente al hedonoso-te con Perro Pequeño y Mujer Pájaro, quitando la corteza a una ramita de sauce que Makwa herviría para preparar sus medicinas, un indio desconocido salió del bosque de la orilla del río montado en un caballo esquelético. Ya no era joven y parecía el fantasma de un siux, delgado y de aspecto tan lastimoso como su caballo. Iba descalzo y tenía los pies sucios.

Llevaba polainas, un taparrabo de gamuza, y un trozo harapiento de piel de búfalo alrededor de la parte superior del cuerpo, como si fuera un chal,

sujeto por un cinturón hecho con un trapo anudado. Su largo pelo canoso había sido arreglado sin cuidado con una trenza corta en la nuca y dos más largas a los lados, atadas con tiras de piel de nutria.

Unos años antes un sauk habría saludado a un siux con un arma, pero ahora unos y otros sabían que estaban rodeados por un enemigo común, y cuando el jinete la saludó con el lenguaje de los signos utilizado por las tribus de la llanura cuyas lenguas nativas eran diferentes, ella respondió al saludo moviendo los dedos.

Makwa supuso que él había atravesado el Wisconsin siguiendo el borde del bosque a lo largo del Masesibowi. El siux le dijo mediante señas que iba en son de paz y que seguía el sol poniente en dirección a las Siete Naciones.

Le pidió comida.

Los cuatro chicos estaban fascinados. Lanzaron risitas e imitaron el signo de "comer" con sus manitas.

Era un siux, de modo que ella no podía darle algo a cambio de nada.

El le cambió una cuerda trenzada por un plato de ardilla guisada, un buen trozo de pan de maíz y una bolsa pequeña de judías secas para el camino. El guiso estaba frío, pero él desmontó y se puso a comer con auténtica avidez.

Al ver el tambor de agua le preguntó si era guardiana de espíritus, y pareció incómodo cuando ella respondió que sí. No se dieron la posibilidad de conocer sus nombres. Cuando él terminó de comer, Makwa le advirtió que no cazara ovejas porque los blancos lo matarían, y él volvió a montar en su flaco caballo y se alejó.

Los niños aún jugaban con los dedos, haciendo señas que no significaban nada, salvo Alex, que hacía el signo de "comer". Ella cortó un trozo de pan de maíz y se lo dio, y luego les enseñó a los otros a hacer el signo, recompensándolos con trozos de pan cuando lo hacían bien. El lenguaje intertribal era algo que los niños sauk debían aprender, así que les enseñó el signo correspondiente a "sauce" incluyendo por cortesía a los niños blancos; pero notó que Chamán captaba los signos con facilidad, y se le ocurrió una idea fantástica que la llevó a concentrarse en él más que en los demás.

Además de los signos correspondientes a "comer" y "sauce" les enseñó los que significaban "chica" "chico", "lava" y "vestir". Pensó que eso era suficiente para el primer día, pero les hizo practicar una y otra vez, como si fuera un juego nuevo, hasta que los chicos conocieron los signos a la

perfección. Esa tarde, cuando Rob J. llegó a casa, ella le llevó los niños y le mostró lo que habían aprendido.

Rob J. contempló a su hijo pensativamente. Vio que a Makwa le brillaban los ojos de satisfacción y le dio las gracias y elogió a los chicos; ella prometió seguir enseñándoles los signos.

–¿Para qué sirve? – preguntó Sarah en tono amargo cuando quedaron a solas-. ¿De qué serviría que nuestro hijo aprendiera a hablar por señas y que sólo lo comprendiera un puñado de indios?

–Existe un lenguaje como ése para los sordos -comentó Rob J. en tono pensativo-. Creo que fue inventado por los franceses. Cuando estaba en la facultad de medicina, vi a dos sordos conversar perfectamente, utilizando las manos en lugar de la voz. Si encargo un libro con esos signos, y nosotros los aprendemos con él, podremos charlar con Chamán y él podrá hablar con nosotros.

Aunque de mala gana, ella estuvo de acuerdo en que valía la pena intentarlo. Rob J. pensó que entretanto al niño no le haría ningún daño aprender los signos indios.

Llegó una extensa carta de Oliver Wendell Holmes que, con su minuciosidad característica, había investigado la literatura de la biblioteca de la facultad de medicina de Harvard y había entrevistado a una serie de autoridades, proporcionándoles los detalles que Rob J. le había comunicado sobre el caso de Chamán.

Le daba muy pocas esperanzas de que la situación de Chamán pudiera cambiar.

"A veces -escribía- un paciente que sufre sordera total debido a una enfermedad como el sarampión, la fiebre escarlatina o la meningitis, puede recuperar la audición. Pero con frecuencia la infección total durante la enfermedad daña el tejido, destruyendo un proceso sensible y delicado que no puede recuperarse mediante la cicatrización."

Dices en tu carta que inspeccionaste visualmente los dos canales auditivos externos utilizando un espéculo, y celebro tu ingeniosidad al enfocar la luz de una vela en el interior del oído mediante un espejo. Es casi seguro que el daño se haya producido más adentro de lo que tú pudiste examinar. Tú y yo, que hemos hecho disecciones, somos conscientes de la delicadeza y complejidad del oído medio y del interno. Sin duda alguna nunca sabremos si el problema del pequeño Robert reside en el tímpano, en los huesecillos auditivos, en el martillo, el yunque, el estribo o tal vez en el

caracol óseo. Lo que si sabemos, mi querido amigo, es que si tu hijo aún está sordo cuando leas esto, con toda probabilidad será sordo durante el resto de su vida.

Así pues, lo que debemos considerar es cuál es el mejor modo de educarlo.

Holmes había consultado con el doctor Samuel G. Howe, de Boston, que había trabajado con dos alumnos sordos, mudos y ciegos, enseñándoles a comunicarse con los demás deletreando el alfabeto con los dedos.

Tres años antes, el doctor Howe había hecho una gira por Europa y había conocido casos de niños sordos a los que se les enseñaba a hablar con toda claridad y eficacia.

Pero ninguna escuela para sordos de Estados Unidos enseña a los niños a hablar -escribía Holmes-, y en cambio enseña a los alumnos el lenguaje de los signos. Si a tu hijo se le enseña a hablar por señas sólo será capaz de comunicarse con otros sordos. Si puede aprender a hablar y, mirando los labios de los demás, a leer lo que dicen, no hay ninguna razón por la que no pueda vivir entre las personas de la sociedad en general.

Así pues, el doctor Howe recomienda que tu hijo se quede en casa y sea educado por ti, y yo estoy de acuerdo.

Los especialistas habían informado que, a menos que se hiciera hablar a Chamán, el niño se quedaría mudo poco a poco debido a una falta del uso de los órganos del habla. Pero el doctor Holmes advertía que si se quería lograr que el pequeño Robert hablara, la familia Cole nunca debía utilizar con él signos formales, ni aceptar de él un solo signo.

Al principio, Makwa-ikwa no comprendía que Cawso wabeskiou le dijera que no siguiera enseñando a los niños los signos de las naciones. Pero Rob J. le explicó por qué los signos eran una medicina perjudicial para Chamán. El niño ya había aprendido diecinueve signos. Conocía el gesto con el que señalar que tenía hambre, podía pedir agua, podía indicar la idea de frío, calor, enfermedad, salud, podía expresar agrado o desagrado, podía saludar y decir adiós, describir un tamaño, comentar la sensatez o la estupidez. En lo que respecta a los otros niños, los signos indios eran un juego nuevo. Para Chamán, despojado de comunicación de la forma más desconcertante, significaba recuperar el contacto con el mundo.

Sus dedos seguían hablando.

Rob J. prohibió a los otros chicos que participaran; pero no eran más que niños y a veces, cuando Chamán mostraba un signo, el impulso de

responder era irresistible.

Después de presenciar varias veces que utilizaba el lenguaje de señas, Rob J. desenrolló un trapo suave que Sarah había reservado para utilizar como venda. Le ató las manos a Chamán y luego las sujetó al cinturón.

Chamán empezó a lanzar gritos y a llorar.

–Tratas a nuestro hijo como si fuera un animal-le susurró Sarah.

–Tal vez ya sea demasiado tarde para él. Esta podría ser su única oportunidad. – Rob cogió las manos de su esposa entre las suyas e in tentó consolarla. Pero las súplicas no le hicieron cambiar de idea, y las manos de su hijo siguieron atadas, como si el niño fuera un prisionero.

Alex recordaba cómo se había sentido cuando el sarampión le producía un picor terrible y Rob J. le había atado las manos para que no pudiera rascarse. Olvidó que su cuerpo había sangrado, y recordó únicamente el picor que no quedaba aliviado y el terror de estar atado. En la primera oportunidad que tuvo, cogió la hoz del granero y cortó las ataduras de su hermano.

Cuando Rob J. le prohibió salir de casa, Alex le desobedeció. Cogió un cuchillo de cocina, salió y volvió a liberar a Chamán; luego cogió a su hermano de la mano y se marchó con él.

Era mediodía cuando notaron su ausencia, y en la granja todos deja ron de trabajar y se sumaron a la búsqueda, dispersándose por el bosque, la pradera y la orilla del río, gritando sus nombres, que sólo uno de los niños podría oír. Nadie mencionó el río, pero aquella primavera dos franceses de Nauvoo habían estado en una canoa que zozobró cuando creció el río. Los dos hombres se habían ahogado, y ahora todos pensaron en la amenaza del río.

No hubo señales de los chicos hasta que, cuando la luz empezaba a desvanecerse hacia el final del día, Jay Geiger apareció en casa de los Cole con Chamán montado delante de él y Alex en la grupa. Informó a Rob J.

que los había encontrado en medio de su campo de maíz, sentados entre las hileras, aún cogidos de la mano y llorando.

–Si no hubiera pasado a quitar la mala hierba, aún estarían allí sentados

-comentó Jay.

Rob J. esperó hasta que los niños tuvieron la cara limpia y hubieron comido. Luego se llevó a Alex a la orilla del río. La corriente se ondulaba y canturreaba al chocar con las piedras de la orilla; el agua, más os cura que la atmósfera, reflejaba la llegada de la noche. Las golondrinas se elevaban y

descendían, rozando a veces la superficie. En lo alto, una grulla avanzaba con la misma decisión de un paquebote.

–¿Sabes por qué te he traído hasta aquí?

–Porque me vas a dar una paliza.

–Hasta ahora nunca te he pegado, ¿verdad? Y no voy a empezar ahora.

No, lo que quiero es consultarte.

El niño lo miró alarmado, sin saber si ser consultado podía ser mejor que ser azotado.

–¿Qué es eso?

–¿Sabes lo que es intercambiar?

Alex asintió.

–Claro. He intercambiado cosas montones de veces.

–Bien. Quiero intercambiar ideas contigo sobre tu hermano. Chamán es afortunado al tener un hermano mayor como tú, alguien que se ocupa de él.

Tu madre y yo…, los dos estamos orgullosos de ti. Y te lo agradecemos.

–Tú lo trataste mal, atándole las manos.

–Alex, si sigues hablándole por señas no tendrá necesidad de hablar.

Muy pronto se habrá olvidado de hablar, y nunca podrás oír su voz.

Nunca más. ¿Me crees?

El niño tenia los ojos muy abiertos y en ellos se veía un aire de responsabilidad. Asintió.

–Quiero que le dejes las manos atadas. Lo que te estoy pidiendo es que nunca más utilices signos con él. Cuando hables con tu hermano primero señálate la boca para que él te la mire. Luego habla lenta mente y con claridad. Repite lo que le dices, para que empiece a leer el movimiento de tus labios. – Rob J. lo miró-. ¿Comprendes, hijo? ¿Nos ayudarás a enseñarle a hablar?

Alex asintió. Rob J. lo acercó a su pecho y lo abrazó.

El pequeño olía como un niño de diez años que se ha pasado el día sentado en un maizal abonado, sudando y llorando. En cuanto llegaran a casa, Rob J. le ayudaría a acarrear agua para el baño.

–Te quiero, Alex.

–Y yo a ti, papá-susurró el niño.

Todos recibieron el mismo mensaje.

Llama la atención de Chamán. Señálate los labios. Háblale lentamente y con claridad. Habla para sus ojos en lugar de hacerlo para sus oídos.

Por la mañana, en cuanto se levantaba, Rob J. le ataba las manos a su hijo. A la hora de las comidas, Alex se las desataba para que pudiera comer.

Luego volvía a atárselas.

El se ocupó de que ninguno de los otros chicos le hiciera señas.

Pero los ojos de Chamán se veían cada vez más acosados, en un rostro atenazado y aislado de todos los demás. No lograba entender. Y no decía absolutamente nada.

Si Rob J. se hubiera enterado de que alguien le ataba las manos a su hijo, habría hecho todo lo posible por rescatar al niño. La crueldad no estaba hecha para él, y veía los efectos que el sufrimiento de Chamán tenia en las demás personas de la casa. Para él era un alivio coger su maletín y marcharse a atender a sus pacientes.

Más allá de los límites de la granja, el mundo seguía su curso, indiferente a los problemas de la familia Cole. Ese verano había en Holden’s Crossing otras tres familias que construían su nueva casa de madera para reemplazar la anterior de tepe. Existía un enorme interés por abrir una escuela y contratar a un maestro, y tanto Rob J. como Jason Geiger apoyaron la idea con entusiasmo. Cada uno enseñaba a sus hijos en su casa, a veces reemplazándose mutuamente en caso de emergencia, pero los dos estaban de acuerdo en que para los niños seria mejor asistir a una escuela.

Cuando Rob J. se detuvo en la botica, Jay estaba emocionado por una noticia. Finalmente logró comunicarle que el piano Babcock de Lillian había sido despachado. Desde Columbus había recorrido más de mil quinientos kilómetros en balsa y en barco.

–Bajando por el río Scioto hasta el Ohio, Ohio abajo hasta el Mississippi y subiendo por el dorado Mississippi hasta el muelle de la Empresa de Transportes Great Southern de Rock Island, donde ahora espera mi carro y mis bueyes!

Alden Kimball había pedido a Rob que atendiera a uno de sus amigos que estaba enfermo en la abandonada ciudad mormónica de Nauvoo.

Alden lo acompañó para servirle de guía. Compraron billetes para ellos y sus caballos en una chalana, trasladándose río abajo de la forma más fácil.

Nauvoo era una ciudad fantasmal y abandonada, una red de calles anchas que se extendían sobre un recodo del río, con casas elegantes y sólidas, y en el medio las ruinas de un grandioso templo de piedra que parecía construido por el rey Salomón. Alden le contó que allí sólo vivía un puñado de

mormones viejos y rebeldes que habían roto con los lideres cuando los santos del último día se

habían trasladado a Utah. Era un lugar que atraía a los pensadores independientes; una esquina de la ciudad había sido alquilada a una pequeña colonia de franceses que se hacían llamar icarios y que vivían según un sistema corporativo. Con una actitud de desdén, Alden con dujo a Rob J. al otro lado del barrio francés y finalmente hasta una casa de ladrillos rojos deteriorados que había a un lado de una bonita callejuela.

Una circunspecta mujer de edad mediana respondió cuando llama ron a la puerta, y asintió con la cabeza a modo de saludo. Alden presentó la mujer a Rob J. como la señora Bidamon. En la sala había unas cuantas personas reunidas, pero la señora Bidamon condujo a Rob hasta la planta alta, donde un hosco muchachito de unos dieciséis años se encontraba en la cama, aquejado de sarampión. No se trataba de un caso grave. Rob le dio a la madre semillas de mostaza molidas y las instrucciones para mezclarlas en el agua del baño del chico, y un paquete de flores secas de saúco para utilizarlas en infusión.

–No creo que me necesite de nuevo-le informó-. Pero quiero que me envíe a buscar de inmediato si se produce una infección de oídos.

La mujer bajó la escalera antes que él y debió de decir unas palabras tranquilizadoras a los que estaban en la sala porque cuando Rob J.

se acercó a la puerta todos lo esperaban con regalos: un frasco de miel, tres frascos de confitura, una botella de vino. Y un montón de palabras de agradecimiento. Una vez fuera de la casa, Rob se quedó mirando desconcertadamente a Alden, con las manos llenas de cosas.

–Le están agradecidos por haber atendido al muchacho -le explicó Alden-. La señora Bidamon es la viuda de Joseph Smith, el profeta de los santos del último día, el hombre que fundó la religión. El chico es hijo de él y también se llama Joseph Smith. Ellos creen que el chico también es profeta.

Mientras se alejaban, Alden contempló la ciudad de Nauvoo y lanzó un suspiro.

–Este era un sitio fantástico para vivir, pero todo se echó a perder porque Joseph Smith no podía dominar su polla. El y su poligamia. Las llamaba esposas espirituales. No había nada espiritual en ello; simple mente le gustaba follar.

Rob J. sabía que los santos habían sido obligados a marcharse de Ohio, de Missouri y finalmente de Illinois porque los rumores de sus matrimonios múltiples habían indignado a las gentes del lugar. Nunca le había hecho preguntas a Alden sobre su vida anterior, pero esta vez no pudo resistir la tentación.

–¿Tú también tenías más de una esposa?

–Tres. Cuando rompí con la iglesia, ellas fueron repartidas entre otros santos, junto con sus niños.

Rob no se atrevió a preguntar cuántos niños. Pero el demonio lo empujó a hacer una pregunta más:

–¿Eso te molestó?

Alden reflexionó y lanzó un escupitajo.

–La variedad era interesante, sin duda, no voy a negarlo. Pero sin ellas la paz es maravillosa-concluyó.

Esa semana Rob pasó de visitar a un joven profeta a atender a un anciano miembro del Congreso. Fue citado a Rock Island para atender al diputado de Estados Unidos Samuel T. Singleton, que había sufrido un ataque mientras regresaba de Washington a Illinois.

Cuando Rob entraba en casa de Singleton, Thomas Beckermann se marchaba; Beckermann le contó que Tobías Barr también había examinado al diputado Singleton.

–Pide demasiadas opiniones médicas, ¿no le parece? – comentó Beckermann con acritud.

Eso indicaba el alcance de los temores de Sammil Singleton, y cuando Rob J. examinó al diputado se dio cuenta de que sus temores estaban bien fundados. Singleton era un hombre de setenta y nueve años, bajo, casi calvo, de constitución débil y estómago gigantesco.

Rob J. oyó que su corazón jadeaba y gorjeaba en un esfuerzo por latir.

Cogió las manos del anciano entre las suyas y miró la muerte a los ojos.

Stephen Hume, el ayudante de Singleton, y Billy Rogers, su secreta río, estaban sentados al pie de la cama.

–Hemos estado en Washington todo el año. Tiene que pronunciar discursos. Y arreglar asuntos pendientes. Tiene que hacer montones de cosas, doctor -dijo Hume en tono acusador, como si la indisposición de Singleton fuera culpa de Rob J.

Hume era un apellido escocés, pero a Rob J. no le caía nada bien.

–Debe quedarse en la cama -le dijo a Singleton francamente-. Olvídese de los discursos y de los asuntos pendientes. Siga una dieta ligera.

Beba alcohol en pequeñas cantidades.

Rogers lo miró con expresión airada.

–Eso no es lo que nos dijeron los otros dos médicos. El doctor Barr dijo que cualquiera quedaría agotado después de hacer un viaje desde Washington. Ese otro colega de su pueblo, el doctor Beckermann, coincidió con Barr, y dijo que todo lo que el diputado necesita es comida casera y aire de la pradera.

–Pensamos que seria una buena idea llamar a varios colegas por si había una diferencia de opinión -comentó Hume-. Y eso es lo que tenemos. Los otros médicos no están de acuerdo con usted, son dos contra uno.

–Muy democrático. Pero no se trata de unas elecciones. – Rob J. se volvió hacia Singleton-. Por su propia supervivencia, espero que haga lo que le sugiero.

Los ojos fríos del anciano mostraron una expresión divertida.

–Usted es amigo de Holden, el senador del Estado. Y su socio en varias aventuras comerciales, según tengo entendido.

Hume se echó a reír entre dientes.

–Nick espera con impaciencia que el diputado se retire.

–Soy médico. Y me importa un bledo la política. Usted me mandó llamar a mi, diputado.

Singleton asintió y lanzó una mirada significativa a los dos hombres.

Billy Rogers condujo a Rob fuera de la habitación. Cuando intentó subrayar la gravedad del estado de Singleton, recibió una inclinación de cabeza del secretario, una zalamera frase de agradecimiento típica de un político. Rogers le pagó sus honorarios como si estuviera dando una propina a un mozo de cuadra, y lo hizo marcharse rápidamente por la puerta principal.

Un par de horas más tarde, mientras conducía a Vicky por la calle Main de Holden’s Crossing, vio que la red de información de Nick Holden ya estaba en marcha. Nick esperaba en el porche de la tienda de Haskins, con la silla inclinada hacia atrás contra la pared y una bota sobre la barandilla.

Cuando divisó a Rob J. le hizo una señal para que se acercara al palo de atar los caballos.

Nick lo llevó enseguida a la habitación posterior de la tienda y no hizo el menor intento por ocultar su excitación.

–¿Y bien?

–¿Y bien, qué?

–Sé que vienes de ver a Sammil Singleton.

–Sólo hablo de mis pacientes con mis pacientes. Y a veces con sus seres queridos. ¿Tú eres uno de los seres queridos de Singleton?

Holden sonrió.

–Lo aprecio muchísimo.

–Que lo aprecies no sirve, Nick.

–Bueno, Rob J. Sólo quiero saber una cosa. ¿Tendrá que retirarse?

–Si quieres saberlo, pregúntaselo a él.

Holden protestó en tono amargo.

Al salir de la tienda, Rob J. rodeó cuidadosamente una trampa para ratones. La ira de Nick lo siguió junto con el olor a arreos de cuero y a simiente de patata podrida.

–Tu problema, Cole, es que eres demasiado estúpido para saber quiénes son tus amigos de verdad!

Probablemente Haskins tenia que ocuparse todas las noches de guardar el queso, de tapar la caja de las galletas y esas cosas. “Los ratones podían hacer estragos con los alimentos por la noche”, pensó Rob mientras atravesaba la parte delantera de la tienda; y viviendo tan cerca de la pradera, no había forma de evitar la presencia de los ratones.

Cuatro días más tarde, Samuel T. Singleton estaba sentado a una mesa con dos concejales de Rock Island y tres de Davenport, Iowa, explicando la situación fiscal del Ferrocarril de Chicago y Rock Island, que proponía construir un puente ferroviario sobre el Mississippi para unir ambas ciudades. Estaba hablando de la servidumbre de paso cuando lanzó un débil suspiro, como si estuviera exasperado, y se desplomó en su asiento.

Mientras iban a buscar al doctor Tobías y éste llegaba a la taberna, todos los vecinos se enteraron de que Sammil Singleton había muerto.

Al gobernador le llevó una semana designar al sucesor. Inmediatamente después del funeral, Nick Holden partió rumbo a Springfield para intentar algún apaño en la designación. Rob imaginó el tira y afloja en el que se habría metido, y sin duda hubo un esfuerzo por parte del otrora compañero de copas de Nick, el vicegobernador nacido en Kentucky. Pero evidentemente la organización de Singleton tenia a sus propios compañeros de copas, y el gobernador designó al ayudante de Singleton, Stephen Hume, para que cumpliera el mandato de año y medio que aún no había concluido.

–A Nick le han fastidiado-comentó Jay Geiger-. Entre este momento y el final del mandato, Hume se hará fuerte. La próxima vez se presentará como el titular, y a Nick le será casi imposible vencerlo.

A Rob J. le tenia sin cuidado. Estaba absorto en lo que ocurría dentro de las paredes de su hogar.

Al cabo de dos semanas dejó de atarle las manos a su hijo. Chamán ya no intentaba hacer señas, pero tampoco hablaba. Había algo muerto y triste en los ojos del pequeño. Le daban mucho cariño, pero él sólo quedaba momentáneamente aliviado. Cada vez que Rob miraba a su hijo se sentía inseguro e impotente.

Entretanto, todos los que lo rodeaban seguían sus instrucciones como si él fuera infalible en el tratamiento de la sordera. Cuando le hablaban a Chamán lo hacían lentamente y pronunciando con claridad, señalándose la boca después de haber captado la atención del niño y animándolo a que leyera el movimiento de los labios.

Fue Makwa-ikwa quien pensó en un nuevo enfoque del problema.

Le contó a Rob cómo ella y las otras chicas sauk habían aprendido a hablar inglés rápida y eficazmente en la escuela evangélica para niñas Indias: durante las comidas no les daban nada salvo que lo pidieran en inglés.

Sarah se puso furiosa cuando Rob le planteó la cuestión.

–Por lo visto no te ha bastado con atarlo como si fuera un esclavo, y ahora quieres matarlo de hambre.

Pero a Rob J. no le quedaban muchas alternativas, y empezaba a desesperarse. Tuvo una conversación prolongada y sincera con Alex, que estuvo de acuerdo en cooperar, y le pidió a su esposa que hiciera una comida especial. Chamán sentía verdadera pasión por los sabores agridulces, y Sarah preparó pollo guisado con budín relleno de carne y frutas, y pastel caliente de ruibarbo como postre.

Esa noche, cuando la familia se sentó alrededor de la mesa y Sarah llevó el primer plato, ocurrió lo mismo que había sucedido durante varias semanas. Rob levantó la tapa de una humeante fuente y dejó que el olor del pollo, el budín y las verduras se extendiera por la mesa.

Sirvió primero a Sarah y luego a Alex. Agitó la mano hasta captar la atención de Chamán, y luego se señaló los labios.

–Pollo -dijo mientras levantaba la fuente-. Budín.

Chamán lo miró en silencio.

Rob J. se sirvió un trozo de pollo y se sentó.

Chamán observó a sus padres y a su hermano, que comían afanosamente. Levantó su plato vacío y lanzó un gruñido de irritación.

Rob se señaló los labios y levantó la fuente.

–Pollo.

Chamán acercó el plato.

–Pollo-repitió Rob J.

Como su hijo seguía guardando silencio, dejó la fuente en la mesa y siguió comiendo.

Chamán empezó a lloriquear. Miró a su madre, que había hecho un esfuerzo por terminar su ración. Ella se señaló los labios y le extendió su plato a Rob.

–Pollo, por favor -dijo, y él le sirvió.

Alex también pidió una segunda ración y se la dieron. Chamán se quedó sentado y movió irritado la cabeza; tenia el rostro contorsionado ante este nuevo ultraje, este nuevo terror, esta privación de comida.

Cuando terminaron el pollo y el budín retiraron los platos, y entonces Sarah llevó a la mesa el postre recién salido del horno y una jarra de leche.

Sarah se enorgullecía de su pastel de ruibarbo, preparado según una antigua receta de Virginia, con mucho de jarabe de arce que burbujeaba con los jugos ácidos del ruibarbo hasta convertirse en caramelo en la parte superior como una insinuación del placer contenido debajo de la masa.

–Pastel -dijo Rob, y la palabra fue repetida por Sarah y por Alex.

–Pastel-le dijo a Chamán.

No había funcionado. Tenia el corazón destrozado. Pensó que, después de todo, no podía permitir que su hijo muriera de hambre; es mejor un niño mudo que un niño muerto.

Se cortó un trozo de pastel, con aire taciturno.

–¡Pastel!

Fue un aullido de ira, un estallido ante todas las injusticias del mundo.

Era una voz conocida y amada, una voz que llevaba tiempo sin oír. Sin embargo, Rob J. se quedó sentado un momento con expresión estúpida, intentando asegurarse de que no había sido Alex el que había gritado.

–¡Pastel!!Pastel! ¡Pastel!-gritó Chamán-. ¡Pastel!

Su cuerpecito se sacudió de rabia y frustración. Tenia la cara empapada de lágrimas. Rechazó el intento de su madre de limpiarle la nariz.

“La delicadeza no importa en este momento -pensó Rob J.-; el por favor y el gracias también vendrán después.” Se señaló los labios.

–Si -le dijo a su hijo al tiempo que asentía y cortaba un trozo enorme de pastel-. Si, Chamán! Pastel.

El trozo de tierra plano y lleno de hierbas que se encontraba al sur de la granja de Jay Geiger había sido comprado al gobierno por un inmigrante sueco llamado August Lund. Lund se pasó tres años rompiendo el grueso tepe, pero en la primavera del cuarto año su joven esposa enfermó y murió repentinamente de cólera, y su pérdida envenenó el lugar para Lund, y ensombreció su ánimo. Jay le compró la vaca y Rob J.

Los arreos y algunas herramientas, y ambos le pagaron más de lo que correspondía porque sabían lo desesperado que estaba Lund por marcharse de allí. El hombre regresó a Suecia y durante dos temporadas sus campos recién labrados quedaron desolados como una mujer abandonada, luchando por volver a ser lo que alguna vez habían sido. Luego la propiedad fue vendida por un agente de fincas de Springfield, y va ríos meses más tarde llegó una caravana de dos carros con un hombre y cinco mujeres que vivirían en esas tierras.

Un rufián acompañado por sus putas habría causado menos revuelo en Holden’s Crossing que el que produjo el sacerdote y las cinco monjas de la orden católica romana de San Francisco de Asís. En todo el distrito de Rock Island se había corrido la voz de que habían venido a abrir una escuela parroquial y a atraer a los niños al papismo. Holden’s Crossing necesitaba una escuela y también una iglesia. Lo más probable era que ambos proyectos hubieran quedado en agua de cerrajas durante años, pero la llegada de los franciscanos provocó revuelo. Después de una serie de

“veladas sociales” en algunas granjas, se nombró un comité con el fin de recaudar fondos para la construcción de una iglesia, pero Sarah estaba molesta.

–No se ponen de acuerdo. Son como niños que no hacen más que discutir. Algunos sólo quieren una cabaña de troncos, para que resulte económico. Otros quieren una construcción de madera, de ladrillo o de piedra.

Ella prefería un edificio de piedra, con campanario, aguja y vidrie ras: una iglesia de verdad. Las discusiones se prolongaron a lo largo del verano, el otoño y el invierno, pero en marzo, enfrentados al hecho de que los habitantes del lugar también tenían que pagar el edificio de la escuela, el

comité de construcción se decidió por una sencilla iglesia de madera con paredes de tablones en lugar de tablillas, y pintada de blanco. La polémica con respecto a la arquitectura fue disminuyendo hasta convertirse en un debate sobre la relación con una u otra confesión, pero en Holden’s Crossing había más baptistas que miembros de otras sectas, y venció la mayoría. El comité se puso en contacto con la congregación de la Primera Iglesia Baptista de Rock Island, que colaboró con consejos y con algo de dinero para conseguir que la nueva iglesia gemela se pusiera en marcha.

Se aportaron fondos, y Nick Holden deslumbró a todos con la donación más elevada: quinientos dólares.

–Hará falta algo más que filantropía para que lo elijan para el Congreso

-dijo Rob J. a Jay-. Hume ha trabajado mucho y ya ha conseguido la nominación del Partido Demócrata.

Evidentemente Holden pensaba lo mismo, porque muy pronto todo el mundo supo que había roto con los demócratas. Algunos suponían que buscaría el apoyo de los liberales, pero en cambio él se declaró miembro del Partido Americano.

–Partido Americano. Para mi es desconocido -comentó Jay.

Rob, que recordaba los sermones y artículos anti irlandeses que había visto por todas partes en Boston, le informó de quiénes se trataba.