Chaman
Después de la comida, los interrogadores intercambiaron…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Después de la comida, los interrogadores intercambiaron sus puestos: el comandante interrogó a Alex y el teniente se encargó de preguntar a Chamán. A media tarde, para enfado de los oficiales, Chamán pidió que se interrumpiera la sesión y se tomó su tiempo para cambiar el vendaje del muñón de Alex, delante de todos.
El comandante Poole le pidió a Chamán que acompañara a tres de los militares a la zona del bosque donde había quemado el trozo amputado de la pierna de Alex. Cuando él señaló el sitio exacto, empezaron a apartar la nieve y los restos de la fogata hasta que recuperaron algunos trozos de tibia y peroné calcinados, los colocaron dentro de un pañuelo y se los llevaron.
Los hombres se marcharon a última hora de la tarde. La casa parecía felizmente desierta, aunque insegura y violada.
En la ventana rota habían clavado una manta. El suelo estaba lleno de barro y en el aire aún flotaba el olor de las pipas y los cuerpos de aquellos hombres.
Chamán calentó la sopa de carne. Para alegría suya, Alex sintió apetito de repente; le sirvió una abundante ración de carne y verduras, además de caldo. Esto también estimuló su apetito, y después de la sopa comieron pan con mantequilla y mermelada, y compota de manzana, y preparó más café.
Llevó a Alex a la planta alta y lo acostó en la cama de la señora Clay.
Se ocupó de todas sus necesidades y se quedó sentado a su lado hasta tarde, pero finalmente regresó a la habitación de huéspedes y cayó rendido en la cama, intentando olvidar las manchas de sangre que había en el suelo.
Esa noche durmieron poco.
A la mañana siguiente no se presentaron ni el sheriff ni sus hombres, pero los militares llegaron antes de que Chamán hubiera recogido las cosas del desayuno.
Al principio pareció que el día sería una repetición del anterior, pero aún era muy temprano cuando un hombre llamó a la puerta; dijo llamarse
George Hamilton Crockett, ayudante del delegado para Asuntos Indios de Estados Unidos, estacionado en Albany. Se sentó con el comandante Poole y hablaron durante un rato, y entregó al oficial un fajo de papeles a los que se refirió varias veces en el curso de la conversación.
Poco después los militares recogieron sus cosas, se pusieron la chaqueta y se retiraron, encabezados por el ceñudo comandante Poole.
El señor Crockett se quedó un rato conversando con los hermanos Cole.
Les dijo que ellos habían sido el motivo de una larga serie de telegramas entre Washington y su oficina.
–El incidente es muy desafortunado. Al ejército le resulta difícil aceptar que ha perdido a uno de los suyos en la casa de un militar confederado.
Están acostumbrados a matar a los confederados que los matan a ellos.
–Lo han dejado muy claro con sus preguntas y su persistencia -comentó Chamán.
–Ustedes no tienen nada que temer. La prueba es demasiado obvia.
El caballo del sargento mayor estaba atado en el bosque, escondido.
Las huellas que dejó el sargento mayor en la nieve iban desde donde está el caballo hasta la ventana de la parte de atrás de la casa. El cristal estaba roto, la ventana abierta. Cuando examinaron el cadáver, aún tenía el arma en la mano, y comprobaron que había sido disparada dos veces.
En el calor de las pasiones que despierta la guerra, una investigación escrupulosa podría haber pasado por alto la prueba convincente de este caso, pero eso no ocurre cuando personas poderosas siguen de cerca el caso.
Crockett sonrió y les transmitió los cálidos saludos del honorable Nicholas Holden.
–El delegado me ha pedido que les asegure que vendrá a Elmira personalmente si lo necesitan. Yo me alegro de poder asegurarle que ese viaje no será necesario-concluyó.
A la mañana siguiente, el comandante Poole envió a uno de los sargentos con el mensaje de que se solicitaba a los hermanos Cole que no abandonaran Elmira hasta que la investigación quedara cerrada formalmente. Cuando le preguntaron al sargento cuándo se daría esa circunstancia, él contestó en tono cortés que no lo sabia.
De modo que se quedaron en la pequeña casa. La señora Clay se habia enterado inmediatamente de lo ocurrido y les hizo una visita; observó con el rostro pálido y sin decir una palabra la ventana rota, y con expresión horrorizada los agujeros dejados por las balas y el suelo manchado de
sangre. Cuando vio el cajón del tocador destrozado, se le llenaron los ojos de l grimas.
–Era de mi madre.
–Me ocuparé de que lo arreglen, y de que la casa quede como estaba -la tranquilizó Chamán-. ¿Puede recomendarme un carpintero?
Esa misma tarde ella envió a un hombre desgarbado y de edad avanzada llamado Bert Clay, primo de su difunto esposo. El hombre lanzó exclamaciones de sorpresa pero se puso inmediatamente a trabajar.
Consiguió un cristal de las dimensiones adecuadas y reparó la ventana. Los desperfectos del dormitorio resultaron más complicados. Las tablas del suelo que estaban astilladas tuvieron que ser reemplazadas, y las que tenían manchas de sangre, lijadas y pulidas nuevamente. Bert dijo que rellenaría los agujeros de la pared con yeso y que pintaría la habitación. Pero cuando miró el cajón del tocador, sacudió la cabeza.
–No sé. Este es un arce especial. Tal vez pueda conseguir una pieza en algún sitio, pero será carisima.
–Consígala -respondió Chamán con expresión ceñuda.
Llevó una semana hacer todas las reparaciones. Cuando Bert concluyó el trabajo, la señora Clay volvió a hacerles una visita e inspeccionó todo cuidadosamente. Asintió y le dio las gracias a Bert y dijo que todo estaba bien, incluso el cajón del tocador. Pero se mostró fría con Chamán, y él comprendió que para ella la casa nunca volvería a ser la misma.
Toda la gente con la que trataba se mostraba fría. El señor Barnard ya no le sonreía ni conversaba cuando él pasaba por la tienda; en la calle, la gente lo miraba y hacia comentarios. La animosidad general le ponía los nervios de punta. El comandante Poole había confiscado el Colt, y tanto Chamán como Alex se sentían desprotegidos. Por la noche, Chamán se iba a la cama con el atizador de la chimenea y un cuchillo de cocina que dejaba en el suelo, al lado de la cama, y se quedaba despierto mientras el viento azotaba la casa, intentando detectar las vibraciones producidas por los intrusos.
Al cabo de tres semanas, Alex había ganado peso y tenía mejor aspecto, pero estaba desesperado por marcharse de allí. Se sintieron aliviados y contentos cuando Poole les envió el mensaje de que podían marcharse.
Chamán le había comprado a Alex ropas de paisano, y lo ayudó a ponérselas, sujetando la pierna izquierda del pantalón para que no le
estorbara. Alex intentó caminar con ayuda de la muleta, pero le resultaba difícil.
–Me falta un trozo de pierna tan grande que me da la impresión de que voy a perder el equilibrio -dijo, y Chamán le aseguró que se acostumbraría.
En la tienda de Barnard, Chamán compró un queso enorme, y lo dejó encima de la mesa para la señora Clay, como regalo de compensación.
Había quedado de acuerdo en devolver el caballo y el carro en la estación de ferrocarril, y Alex viajó hasta el andén tendido sobre la paja, tal como lo había hecho al salir del campo de prisioneros.
Cuando llegó el tren, Chamán subió a su hermano en brazos y lo acomodó en el asiento de la ventanilla mientras los demás pasajeros lo miraban fijamente o apartaban la mirada. Ambos hablaron muy poco, pero cuando el tren abandonó Elmira, Alex apoyó la mano en el brazo de su hermano, en un ademán elocuente.
Regresaron a casa por un camino situado más al norte que el que había utilizado Chamán para llegar a Elmira. Se dirigieron a Chicago, y no a Cairo, porque Chamán pensaba que el Mississippi tal vez estuviera helado cuando llegaran a Illinois. La travesía resultó agotadora. El traqueteo del tren le producía a Alex un dolor agudo y continuo. A lo largo del viaje tuvieron que hacer varios transbordos, y en cada ocasión Alex tuvo que trasladarse de un tren a otro en brazos de su hermano.
Los trenes casi nunca llegaban ni salían a la hora prevista. El tren en el que viajaban tuvo que esperar varias veces en un vía muerta para permitir el avance de un tren militar. En una ocasión, Chamán consiguió asientos tapizados en un coche salón, en el que recorrieron ochenta kilómetros, pero la mayor parte del tiempo tuvieron que viajar en duros asientos de madera.
Cuando llegaron a Erie, Pensilvania, Alex tenía calentura en las comisuras de los labios, y Chamán comprendió que no podía seguir viajando.
Alquiló una habitación en un hotel para que Alex pudiera descansar en una cama blanda. Esa noche, mientras le cambiaba el vendaje, empezó a contarle algunas cosas de las que se había enterado leyendo el diario de su padre.
Le habló de la suerte que habían corrido los tres hombres que habían violado y asesinado a Makwa-ikwa.
–Creo que yo tengo la culpa de que Henry Korff nos siguiera. Cuando estuve en el asilo de Chicago en el que está internado David Goodnow, hablé demasiado de los asesinos. Le pregunté por la Orden de la Bandera
Estrellada y por Hank Cough, y les di la clara impresión de que les causaría infinidad de problemas. Probablemente algún miembro del personal forma parte de la Orden, o tal vez todos los que llevan a ese asilo pertenecen a ella, cualquiera sabe. Pero de lo que no cabe duda es que se pusieron en contacto con Korff, y él decidió seguirnos.
Alex guardó silencio durante un instante, pero miró a su hermano con expresión preocupada.
–Escucha, Chamán… Korff sabía dónde debía buscarnos. Lo que significa que alguien de Holden's Crossing le informó que tú habías ido a Elmira.
Chamán asintió.
–He pensado mucho en eso -respondió serenamente.
Una semana después de salir de Elmira llegaron a Chicago. Chamán le envió un telegrama a su madre, comunicándole que regresaba a casa con Alex. No le informó de que Alex había perdido una pierna, y le pedía que les fuera a esperar a la llegada del tren.
Cuando el tren llegó a Rock Island, con una hora de retraso, ella estaba en el andén con Doug Penfield. Chamán bajó a Alex del vagón y Sarah abrazó a su hijo mayor y lloró en silencio.
–Déjame que lo acomode en la calesa, pesa mucho -se quejó Chamán finalmente, y puso a Alex en el asiento del vehículo.
Alex también había llorado.
–Tienes muy buen aspecto, mamá -dijo por fin.
Sarah se sentó junto a Alex y le cogió la mano. Chamán sujetó las riendas mientras Doug montaba su caballo, que había sido atado a la parte posterior de la calesa.
–¿Dónde está Alden? – preguntó Chamán.
–Está en cama. Ha ido empeorando, Chamán; los temblores son mucho más graves. Y hace unas semanas resbaló y sufrió una caída terrible mientras cortaban hielo en el río -le informó Sarah.
Mientras avanzaban, Alex contempló ávidamente el paisaje. Chamán hizo lo mismo, pero se sentía raro. Así como la casa de la señora Clay nunca volvería a ser la misma para ella, la vida de Chamán tampoco sería la de antes. Desde su partida hasta este momento había matado a un hombre, y ahora el mundo parecía trastocado.
Al anochecer llegaron a casa y acostaron a Alex en su cama. El se quedó tendido con los ojos cerrados, y su rostro mostraba una expresión de
profundo placer.
Sarah cocinó algo especial para celebrar el regreso de su hijo. Le preparó pollo asado y puré de patatas y zanahorias. En cuanto la cena estuvo lista, Lillian llegó a toda prisa por el Camino Largo, cargada con una fuente en la que llevaba estofado.
–¡Los tiempos de hambre se han acabado para ti! – le dijo a Alex después de besarlo y darle la bienvenida a casa.
Le dijo que Rachel había tenido que quedarse con los niños, pero que por la mañana pasaría a verlo.
Chamán los dejó conversando, su madre y Lillian sentadas tan cerca como era posible de la cama de Alex, y se dirigió a la cabaña de Alden.
Al entrar vio que el anciano dormía, y la cabaña olía a whisky barato.
Salió sin hacer ruido y echó a andar por el Camino Largo. La nieve había sido pisada y luego se había congelado, y en algunos tramos era fácil resbalar. Cuando llegó a casa de los Geiger se acercó a la ventana y vio a Rachel sentada junto a la chimenea, leyendo. Cuando golpeó el cristal, a ella se le cayó el libro de las manos.
Se besaron como si uno de los dos estuviera agonizando. Ella le cogió la mano y lo condujo escalera arriba, hasta su habitación. Los niños dormían en la del otro extremo del pasillo, su hermano Lionel estaba en el establo arreglando unos arneses y su madre podía regresar a casa en cualquier momento, pero hicieron el amor en la cama de Rachel sin desvestirse, tierna y decididamente, con desesperada gratitud.
Cuando él regresó por el mismo sendero, el mundo había recuperado el equilibrio.
El apellido de Alex
A Chamán le dio un vuelco el corazón cuando vio a Alden caminar de un lado a otro de la granja. Tenía el cuello y los hombros tiesos -cosa que no le ocurría cuando Chamán se había marchado- y su rostro parecía una máscara rígida y paciente, incluso cuando los temblores eran más agudos.
Lo hacia todo lenta y pausadamente, como un hombre que se mueve debajo del agua.
Pero su mente seguía lúcida. Encontró a Chamán en el cobertizo del granero y le entregó el pequeño estuche que había hecho para el escalpelo de Rob J., y el nuevo bisturí que Chamán le había encargado. Le dio un informe detallado de lo que había sucedido en la granja durante el invierno:
el número de animales que había, la cantidad de forraje consumido, las posibilidades con respecto a las nuevas crías.
–Le he dicho a Doug que traslade madera seca a la azucarera, para que podamos preparar jarabe en cuanto empiece a salir la savia.
–Fantástico -dijo Chamán.
Reunió fuerzas para la tarea más desagradable: decirle a Alden, en tono despreocupado, que le había dado instrucciones a Doug para que buscara un buen trabajador que los ayudara a realizar los trabajos específicos de la primavera.
Alden asintió lentamente. Carraspeó durante un buen rato hasta aclararse la garganta, y luego escupió cuidadosamente.
–No estoy tan activo como en otros tiempos -comentó, como si quisiera revelar la noticia poco a poco.
–Bueno, deja que esta primavera se ocupe otro de arar. No hay ninguna necesidad de que el administrador de la granja haga el trabajo pesado cuando podemos conseguir individuos jóvenes con buenos músculos -
prosiguió Chamán.
Alden volvió a asentir y salió del cobertizo. Chamán notó que tardaba en empezar a caminar, como un hombre que ha decidido mear pero no puede. Cuando se puso en marcha, fue como si sus pies se movieran gracias al impulso inicial y el resto del cuerpo avanzara dejándose llevar.
A Chamán le resultó agradable reanudar su trabajo. Pese al cuidado con que las monjas enfermeras se habían ocupado de los pacientes, no podían reemplazar al médico. Trabajó arduamente durante varias semanas, poniendo al día operaciones postergadas y haciendo más visitas diarias de las que había hecho con anterioridad.
Cuando se detuvo en el convento, la madre Miriam Ferocia lo saludó con cariño y escuchó con serena alegría su relato sobre el regreso de Alex.
Ella también tenía noticias que darle.
–La archidiócesis nos ha comunicado que nuestro presupuesto inicial ha sido aprobado, y nos piden que pongamos en marcha la construcción del hospital.
El obispo había revisado los planos personalmente y los había aprobado, pero aconsejaba que el hospital no se construyera en el terreno del convento.
–Dice que el convento es demasiado inaccesible, que está demasiado alejado del río y de los caminos principales. Así que debemos buscar un
solar.
Estiró el brazo detrás de su silla y le entregó a Chamán dos pesados ladrillos de color crema.
–¿Qué te parecen?
Eran duros y casi sonaron como una campanilla cuando él los hizo entrechocar.
–No soy un experto en ladrillos, pero tienen muy buen aspecto.
–Las paredes que levanten con ellos serán como las de una fortaleza -le aseguró la priora-. El hospital será fresco en verano y caliente en invierno.
Estos ladrillos están vitrificados, son tan compactos que no absorben el agua. Y se consiguen cerca de aquí; los hace un hombre llamado Rosswell que ha construido un horno en sus depósitos de arcilla. Tiene en reserva una cantidad suficiente para comenzar la construcción, y está impaciente por hacer más. Dice que si queremos que tengan un color más oscuro, puede ahumarlos.
Chamán sopesó los ladrillos, que parecían muy sólidos, como si sostuviera en sus manos las paredes mismas del hospital.
–Creo que este color es perfecto.
–Yo también -coincidió la madre Miriam Ferocia, y se sonrieron encantados, como dos niños que comparten una golosina.
A última hora de la noche, Chamán se sentó en la cocina a beber café con su madre.
–Le he hablado a Alex de su… relación con Nick Holden -comentó
–¿Y cómo se lo ha tomado?
Sarah se encogió de hombros.
–Simplemente lo aceptó -dijo con una débil sonrisa-. Comentó que le daba lo mismo que su padre fuera Nick o un forajido muerto.
–Guardó silencio durante un instante, pero volvió a mirar a Chamán, y éste notó que estaba nerviosa-. El reverendo Blackmer se marcha de Holden's Crossing El pastor de la iglesia baptista de Davenport ha sido trasladado a Chicago, y los fieles le han ofrecido el púlpito a Lucian.
–Lo siento. Sé cuánto lo aprecias. Así que ahora la iglesia de aquí tendrá que buscar otro pastor.
–Chamán -dijo ella-. Lucian me ha pedido que me vaya con él.
Y que nos casemos.
Chamán le cogió la mano y notó que estaba fría.
–¿Y tú qué quieres hacer, madre?
–Hemos estado… muy unidos desde que murió su esposa. Cuando yo me quedé viuda, él me ayudó mucho. – Apretó con fuerza la mano de Chamán-. Yo amaba profundamente a tu padre. Y siempre lo amaré.
–Lo sé.
–Dentro de pocas semanas se cumplirá un año de su muerte. ¿Me guardarías rencor si volviera a casarme? – El se acercó a su madre-. Soy una mujer hecha para el matrimonio.
–Yo sólo quiero tu felicidad -le dijo al tiempo que la abrazaba.
Sarah tuvo que liberarse del abrazo para que él pudiera verle los labios.
–Le he dicho a Lucian que no podemos casarnos hasta que Alex ya no me necesite.
–Mamá, Alex se pondrá mejor en cuanto dejes de desvivirte por él.
–¿De veras?
–De veras.
Sarah sonrió, radiante. Por un instante él tuvo una arrobadora visión de cómo había sido ella de joven.
–Gracias, Chamán, cariño. Se lo diré a Lucian -comentó.
El muñón de su hermano cicatrizaba maravillosamente bien. Alex recibia atenciones constantes de su madre y de las damas de la iglesia.
Aunque había aumentado de peso y ya no se veía tan delgado, rara vez sonreía, y sus ojos tenían una expresión sombría.
Un hombre llamado Wallace se estaba haciendo famoso gracias a la tienda que había abierto en Rock Island, en la que construía miembros postizos. Después de mucho insistir, Chamán consiguió convencer a Alex de que fueran a verlo. De la pared del taller de Wallace colgaba una fascinante colección de manos, pies, piernas y brazos tallados en madera. El fabricante tenía el tipo de físico corpulento que lleva a clasificar a los hombres como alegres y divertidos, pero se tomaba a si mismo con mucha seriedad. Pasó más de una hora tomando medidas mientras Alex se quedaba de pie, se sentaba, se estiraba, caminaba, flexionaba una rodilla, flexionaba ambas rodillas, se arrodillaba y se acostaba como si se dispusiera a dormir.
Finalmente les dijo que pasaran a retirar la pierna postiza al cabo de seis semanas.
Alex era uno más de los muchos que habían quedado tullidos. Chamán los veía por todas partes cada vez que iba a la ciudad: ex militares que habían perdido alguna parte de su cuerpo, y muchos de ellos espiritualmente lisiados. Stephen Hume, el viejo amigo de su padre, había
regresado con el rango de general de una estrella después de obtener en el campo de batalla de Vicksburg el ascenso a general de brigada, tres días después de que una bala lo alcanzara exactamente debajo del codo derecho.
No había perdido el brazo, pero la herida le había destruido los nervios del mismo, de modo que le había quedado inútil, y Hume lo llevaba en un cabestrillo negro, como si lo tuviera constantemente roto. El honorable Daniel P. Allan, juez del tribunal del distrito de Illinois, había fallecido dos meses antes de que regresara Hume, y el gobernador había designado al heroico general para que ocupara su lugar. El juez Hume ya estaba viendo algunos casos. Chamán notó que algunos ex militares estaban en condiciones de reanudar la vida civil sin pestañear, mientras otros tenían problemas que los atormentaban y los dejaban incapacitados.
Intentaba consultar con Alex cada vez que había que tomar una decisión relacionada con la granja. Los jornaleros aún escaseaban, pero Doug Penfield encontró a un hombre llamado Billy Edwards que había trabajado en la cría de corderos en Iowa. Chamán habló con él y vio que era un joven fuerte y voluntarioso, y además venia muy bien recomendado por George Cliburne. Chamán le preguntó a Alex si quería conversar con Edwards.
–No, no me interesa.
–Creo que sería interesante que lo hicieras. Después de todo, el hombre trabajará para ti cuando puedas dedicarte de nuevo a la granja.
–No creo que vuelva a dedicarme a la granja.
–Quizá trabaje contigo. Puedo prestarte mis oídos, como aquel individuo del hospital de Cincinnati del que me hablaste.
Chamán sonrió.
–No necesito unos oídos constantemente. Puedo recurrir a los de cualquiera cada vez que los necesite. Hablando en serio, ¿tienes idea de lo que querrás hacer?
–No lo sé exactamente.
–Bueno, tienes tiempo para decidir -concluyó Chamán, y se alegró de dejar el tema para más adelante.
Billy Edwards era un buen trabajador, pero cuando dejaba de trabajar era un gran conversador. Hablaba de la calidad de la tierra, de la cría de corderos, de los precios de las cosechas y de lo importante que era contar con el ferrocarril. Cuando se puso a hablar del regreso de los indios a Iowa despertó todo el interés de Chamán.
–¿A qué te refieres cuando dices que han vuelto?
–Hablo de un grupo de sauk y mesquakie. Abandonaron la reserva de Kansas y regresaron a Iowa.
“Como el grupo de Makwa-ikwa”, pensó Chamán.
–¿Tienen algún problema con la gente de la zona?
Edwards se rascó la cabeza.
–No. Nadie tiene motivos para crearles dificultades. Estos indios son listos; han comprado tierras de forma legal. Y han pagado con dinero norteamericano contante y sonante.-Sonrió-. Por supuesto, la tierra que han comprado es seguramente la peor de todo el Estado poco fértil. Pero en ella han construido cabañas y tienen unos pocos cultivos. Han creado una pequeña población. La llaman Tama, como a uno de sus caciques, según me dijeron.
–¿Dónde está esa población?
–A unos ciento sesenta kilómetros al oeste de Davenport. Y un poco más al norte.
Chamán sintió deseos de visitarla.
Algunas mañanas más tarde evitó cuidadosamente preguntar al delegado de Asuntos Indios por los sauk y los mesquakie que vivían en Iowa. Nick Holden llegó a la granja de los Cole en un espléndido coche nuevo con cochero. Cuando Sarah y Chamán le dieron las gracias por su ayuda, Holden se mostró cortés y amable, pero quedó claro que había ido a ver a Alex.
Pasó la mañana en la habitación de Alex, sentado junto a su cama.
A mediodía, cuando Chamán concluyó sus tareas en el dispensario, quedó sorprendido al ver que Nick y el cochero ayudaban a Alex a subir al coche.
Estuvieron fuera toda la tarde y parte del anochecer. Cuando regresaron, Nick y el cochero ayudaron a Alex a entrar en la casa, saludaron a los demás con cortesía y se marcharon.
Alex no habló mucho de lo que había sucedido en el curso del día.
–Paseamos un poco. Hablamos. – Sonrió-. Es decir, casi todo el tiempo habló él y yo escuché. Comimos en el comedor de Anna Wiley.
Se encogió de hombros. Pero parecía pensativo y se fue a la cama pronto, fatigado por la actividad del día.
A la mañana siguiente, Nick volvió con su coche. Esta vez se llevó a Alex a Rock Island, y por la noche éste describió a Chamán la comida y la cena de lujo que habían disfrutado en el hotel.
El tercer día fueron a Davenport. Alex regresó a casa más temprano que los dos días anteriores, y Chamán le oyó despedirse de Nick deseándole un agradable viaje de regreso a Washington.
–Me mantendré en contacto contigo, si quieres -dijo Nick.
–Por supuesto, señor.
Esa noche, cuando Chamán se fue a dormir, Alex lo llamó a su habitación.
–Nick quiere reconocerme-anunció.
–¿Reconocerte?
Alex asintió.
–El primer día que vino me dijo que el presidente Lincoln le había pedido que dimitiera, para poder nombrar a otro. Nick dice que ya es hora de instalarse de nuevo aquí. No tiene deseos de casarse, pero le gustaría tener un hijo. Dijo que siempre había sabido que era mi padre. Pasamos tres días recorriendo toda la zona, mirando sus propiedades. También tiene una próspera fábrica de lápices en el oeste de Pensilvania, y un montón de cosas más. Quiere que me convierta en su heredero y que cambie mi nombre por el de Holden.
Chamán sintió una profunda tristeza, y también rabia.
–Bueno, tú dijiste que no quieres trabajar en la granja.
–Le dije a Nick que no tengo dudas acerca de quién es mi padre. Mi padre fue el hombre que se ocupó de mi durante mi infancia y mi juventud sin pestañear, el hombre que me dio disciplina y amor. Le dije que mi nombre es Cole.
Chamán puso la mano sobre el hombro de su hermano. No pudo hablar, pero asintió. Luego besó a su hermano en la mejilla y se fue a la cama. El día que tenían que retirar la pierna postiza volvieron al taller.
Wallace había tallado el pie hábilmente, para que se le pudiera poner el calcetín y el zapato. El muñón de Alex quedó encajado en el hueco, y el miembro postizo fue atado a su pierna con unas correas de cuero por debajo y por encima de la rodilla.
Alex odió la pierna postiza desde el primer momento, porque le producia un dolor espantoso.
–Eso se debe a que el muñón aún está tierno -le explicó Wallace-.
Cuanto más tiempo lleve puesta la pierna, más rápidamente se formará el callo en el muñón. Y después no le hará el más mínimo daño.
Pagaron la pierna y se la llevaron a casa. Pero Alex la guardó en el armario del vestíbulo y nunca se la quería poner. Cuando caminaba, se arrastraba con la muleta que Jimmie-Joe le había hecho en el campo de prisioneros.
Una mañana de mediados de marzo, Billy Edwards estaba haciendo maniobras con un carro cargado de troncos, intentando que girara la yunta de bueyes que le habían alquilado al joven Mueller. Alden se encontraba detrás del carro, apoyado en su bastón y gritándole instrucciones al atónito Edwards.
–¡Hazlos retroceder, muchacho! ¡Hazlos retroceder!
Billy obedeció. Era lógico suponer que, desde el momento en que le ordenaba que hiciera retroceder el carro, el anciano se había apartado.
Un año antes, Alden podría haber dirigido la operación fácilmente y sin problemas, pero ahora, aunque su mente le decía que se apartara del camino, su enfermedad no permitía que el mensaje pasara a sus piernas con la rapidez suficiente. Un tronco que sobresalía del carro lo golpeó en el costado derecho del pecho con la fuerza de un ariete, arrojándolo a bastante distancia, y quedó tendido sobre el barro lleno de nieve. Billy irrumpió en el dispensario mientras Chamán examinaba a una embarazada llamada Molly Thornwell, que había soportado una larga travesía desde Maine.
–Es Alden. Creo que lo he matado -declaró Billy.
Llevaron a Alden a la casa y lo colocaron sobre la mesa de la cocina.
Chamán le cortó la ropa y lo examinó cuidadosamente.
Con cara pálida, Alex había salido de su habitación y se las había arreglado para bajar la escalera. Miró a Chamán con expresión interrogadora.
–Tiene varias costillas rotas. No podemos atenderlo si se queda en su cabaña. Voy a instalarlo en la habitación de huéspedes, y yo volveré a dormir en nuestra habitación contigo.
Alex asintió. Se apartó y vio cómo Chamán y Billy llevaban a Alden a la planta alta y lo metían en la cama.
Un rato más tarde, Alex tuvo por fin la oportunidad de prestarle sus oídos a Chamán. Escuchó atentamente los sonidos del pecho de Alden e informó a Chamán de lo que oía.
–¿Se pondrá bien?
–No lo sé -respondió Chamán-. Parece que los pulmones no han sufrido daño. Unas costillas rotas pueden ser bien toleradas por una persona fuerte
y saludable. Pero a la edad de él, y con los problemas de su enfermedad…
Alex asintió.
–Yo me quedaré a su lado y lo cuidaré.
–¿Estás seguro? Puedo pedirle a la madre Miriam que me envíe unas enfermeras.
–Por favor, me gustaría hacerlo -le insistió Alex-. Tengo un montón de tiempo.
Así que además de los pacientes que depositaban su confianza en Chamán, éste tenía dos miembros de su propia casa que lo necesitaban.
Aunque era un médico sensible, descubrió que cuidar a los seres queridos no era lo mismo que cuidar a otros pacientes. Existía una urgencia especial con respecto a la responsabilidad y la preocupación cotidianas.
Cuando volvía a casa a toda prisa, al final de la jornada, las sombras parecían más largas y oscuras.
Pero había momentos deliciosos. Una tarde tuvo la dicha de que Joshua y Hattie fueran solos a visitarlo. Era la primera vez que recorrían el Camino Largo sin compañía, y se mostraron solemnes y serios cuando le preguntaron a Chamán si podía disponer de un rato para jugar. Se sintió feliz y honrado de salir a pasear con ellos por el bosque durante una hora.
Descubrieron las primeras flores y las huellas de un venado. Alden tenía fuertes dolores. Chamán le dio morfina, pero la droga preferida de Alden era la que se destilaba a partir de cereales.
–De acuerdo, dale whisky -le dijo a Alex-, pero con moderación.
¿Comprendido?
Alex asintió e hizo lo que Chamán le indicaba. La habitación llegó a tener el olor a whisky característico de Alden, pero el anciano sólo podía beber cincuenta centímetros cúbicos al mediodía y la misma cantidad por la noche.
A veces Sarah y Lillian sustituían a Alex en la tarea de cuidar a Alden.
Una noche Chamán ocupó el puesto; se sentó junto a la cama del anciano a leer una publicación de medicina que le había llegado desde Cincinnati.
Alden estaba inquieto; dormía y se despertaba agitado.
Cuando estaba semidormido, refunfuñaba y conversaba con personas invisibles, revivía conversaciones sobre la granja, con Doug Penfield, maldecía a los depredadores que atacaban a los corderos. Chaman estudió el rostro viejo y arrugado, los ojos cansados, la enorme nariz roja con sus fosas peludas, y pensó en el Alden que había visto por primera vez, un
hombre fuerte y capaz, el ex luchador de ferias que había enseñado a los niños Cole a usar los puños.
Alden fue serenándose y durmió profundamente durante un rato.
Chamán aprovechó para leer un artículo sobre fracturas infantiles.
Cuando empezaba a leer otro sobre cataratas, levantó la vista y vio que Alden lo miraba serenamente, con la expresión despejada de un breve momento de lucidez.
–Mi intención no era que él te matara. Sólo pensé que te daría un susto -
dijo Alden.
Un viaje a Nauvoo
Al compartir de nuevo la habitación, Chamán y Alex se sentían niños de nuevo. Aún en la cama pero despierto, un amanecer Alex encendió la lámpara y le describió a su hermano los sonidos de la primavera que empezaba a desatarse: la explosión exuberante del canto de los pájaros, la tintineante impaciencia de los arroyos que comenzaban a precipitarse en dirección al mar, el rugido estrepitoso del río, el estallido chirriante de los enormes bloques de hielo que chocaban entre si. Pero Chamán no estaba de humor para contemplar la naturaleza.
En lugar de eso, reflexionó sobre la naturaleza del ser humano. Recordó cosas y añadió la suma de los acontecimientos que de pronto podían relacionarse de forma significativa. más de una vez se levantó en plena noche de la cama y caminó silenciosamente por la casa para consultar el diario de su padre.
Y atendía a Alden con un cuidado especial y una especie de ternura fascinada, una vigilancia nueva y fría. A veces miraba al anciano como si lo estuviera viendo por primera vez.
Alden seguía sumido en un semisueño inquieto. Pero una noche, cuando Alex le colocó el estetoscopio, abrió los ojos desorbitada mente.
–Oigo un ruido nuevo…, como si cogieras dos mechones de pelo y los frotaras entre los dedos.
Chamán asintió.
–Eso se llama estertor.
–¿Y qué significa?
–Que algo no va bien en sus pulmones.
El 9 de abril, Sarah Cole y Lucian Blackmer se casaron en la Primera Iglesia Baptista de Holden's Crossing. La ceremonia fue oficiada por el reverendo Gregory Bushman, cuyo púlpito de Davenport ocuparía Lucian.
Sarah se puso su mejor vestido gris, que Lillian había alegrado agregándole un cuello y unos puños de encaje blanco que Rachel había terminado de hacer el día anterior.
El señor Bushman habló muy bien, evidentemente encantado de casar a un pastor y hermano en Cristo. Alex le informó a Chamán de que Lucian pronunciaba su promesa solemne en el tono confiado de un pastor, y Sarah pronunciaba la suya en voz suave y trémula. Cuando concluyó la ceremonia y ambos se volvieron, Chamán vio que su madre sonreía debajo del corto velo.
Después del servicio, los feligreses se trasladaron a casa de los Cole.
Casi todos los asistentes a la reunión llegaron con una fuente tapada pero Sarah y Alma Schroeder habían cocinado, y Lillian había horneado diversos platos durante toda la semana. La gente no paraba de comer y Sarah estaba radiante de alegría.
–Hemos agotado todos los jamones y embutidos de la despensa. Esta primavera vaís a tener que hacer otra matanza -le dijo a Doug.
–Será un placer, señora Blackmer -respondió Doug en actitud galante, y fue la primera persona que la llamó por ese nombre.
Cuando se fue el último invitado, Sarah cogió la maleta y besó a sus hijos. Lucian la llevó en su calesa hasta la casa parroquial, que abandonarían pocos días después para trasladarse a Davenport.
Un rato más tarde, Alex abrió el armario del vestíbulo y cogió la pierna postiza. Se la ató sin pedir ayuda. Chamán se sentó en su estudio a leer algunas publicaciones médicas. Alex pasaba cada minuto aproximadamente junto a la puerta abierta mientras recorría el pasillo arriba y abajo con paso vacilante. Chamán podía sentir el impacto de la pierna postiza que se elevaba demasiado y luego descendía, e imaginaba el dolor que cada paso le producía a su hermano.
Cuando entró en el dormitorio, Alex ya se había quedado dormido El calcetín y el zapato aún estaban en la pierna, y ésta se encontraba en el suelo, junto al zapato derecho de Alex, como si ése fuera su sitio habitual.
A la mañana siguiente, Alex se puso la pierna postiza para ir a la iglesia, como regalo de bodas para Sarah. Los hermanos nunca asistían a la iglesia, pero su madre les había pedido que ese domingo estuvieran presentes como parte de la ceremonia de la boda, y no le quitó los ojos de encima a su primogénito, que avanzaba por la nave hasta el banco de la primera fila que pertenecía a la familia del pastor. Alex se apoyaba en un bastón de fresno
que Rob J. guardaba para prestar a sus pacientes. A veces arrastraba la pierna postiza, otras la levantaba demasiado. Pero no se tambaleó ni se cayó, y avanzó a ritmo regular hasta llegar junto a Sarah.
Ella se sentó entre sus dos hijos y observó a su nuevo esposo, que dirigía a los fieles en las oraciones. Cuando llegó el momento del sermón, el pastor comenzó dando las gracias a aquellos que se habían sumado a la celebración de sus nupcias. Dijo que Dios lo había llevado hasta Holden's Crossing y que ahora Dios lo conducía a otro sitio y daba las gracias a todos aquellos que habían contribuido a que su ministerio significara tanto para él.
En el momento en que se disponía a mencionar el nombre de algunas personas que lo habían ayudado a realizar la obra del Señor, una serie de sonidos empezaron a entrar por las ventanas entreabiertas de la iglesia.
Primero se oyeron unos débiles vitores que enseguida se hicíeron más audibles. Una mujer chilló y luego hubo varios gritos roncos.
En la calle alguien lanzó un disparo.
De súbito se abrió la puerta de la iglesia y entró Paul Williams. Echó a correr por la nave central hasta llegar junto al pastor, a quien le susurró algo en tono apremiante.
–Hermanos y hermanas-anunció Lucian. Al parecer tenía problemas para articular las palabras-. En Rock Island se ha recibido un telegrama…
Robert E. Lee rindió su ejército al general Grant en el día de ayer.
Un murmullo invadió toda la iglesia. Algunos se pusieron de pie.
Chamán vio que su hermano se echaba hacia atrás en el banco, con los ojos cerrados.
–¿Qué significa, Chamán? – preguntó su madre.
–Significa que por fin todo ha terminado, mamá -le informó Chamán.
Durante los cuatro días siguientes, Chamán tuvo la impresión de que la gente estaba borracha de paz y esperanza. Incluso los enfermos graves sonreían y decían que habían llegado mejores tiempos, y había entusiasmo y risas, y también pesar porque todos conocían a alguien que no había regresado.
Aquel jueves, cuando regresó de hacer su ronda de visitas, encontró a Alex rebosante de optimismo y al mismo tiempo nervioso, porque Alden mostraba unos síntomas que lo desconcertaban. El anciano tenía los ojos
abiertos y estaba consciente. Pero Alex comentó que los estertores se percibían con más claridad.
–Y me parece que tiene fiebre.
–¿Tienes hambre, Alden? – le preguntó Alex.
Alden lo miró fijamente pero no respondió. Chamán le había indicado a Alex que incorporara al anciano y le dieron un poco de caldo, pero resultó difícil debido a que el temblor se había acentuado. Llevaban varios días dándole únicamente gachas, porque Chamán temía que aspirara los alimentos en sus pulmones.
En realidad Chamán podía darle pocos medicamentos que le hicieran bien. Colocó trementina en un cubo de agua hirviendo y cubrió el cubo y la cara de Alden con una manta. Alden aspiró el vapor durante un buen rato y acabó tosiendo tanto que Chamán retiró el cubo y no volvió a intentar el tratamiento nunca más.
El agridulce júbilo de aquella semana se convirtió en horror el viernes por la noche, cuando Chamán recorrió la calle Main. Su primera impresión fue que corría la noticia de una horrible catástrofe. La gente se reunía en pequeños grupos y hablaba. Vio que Anna Wiley lloraba reclinada contra una columna del porche de su pensión. Simeon Cowan, el esposo de Dorothy Burnham Cowan, estaba sentado en su carretón con los ojos entrecerrados y los labios apretados entre su dedo indice y su gordo pulgar.
–¿Qué ocurre? – le preguntó Chamán a Simeon.
Estaba seguro de que la paz había concluido.
–Abraham Lincoln ha muerto. Anoche un fanático le disparó en un teatro de Washington.
Chamán se negó a aceptar semejante noticia, pero desmontó y recibió la confirmación de varias personas. Aunque nadie conocía los detalles, era evidente que la noticia era cierta, y Chamán regresó a casa y se la comunicó a Alex.
–El vicepresidente ocupará su lugar -anticipó Alex.
–Sin duda Andrew Johnson ya ha prestado juramento.
Se quedaron sentados en la sala durante un rato, en silencio.
–¡Pobre país! – dijo Chamán finalmente.
Era como si Estados Unidos fuera un paciente que había luchado arduamente y durante mucho tiempo para sobrevivir a la más terrible delas plagas, y ahora cayera estrepitosamente por un acantilado.
Fueron tiempos de tristeza. Cuando hacia sus visitas domiciliarias, Chamán sólo veía rostros sombríos. Todas las tardes sonaba la campana de la iglesia. Un día Chamán ayudó a Alex a montar y Alex salió a cabalgar; era la primera vez que montaba desde que se produjera su captura. Al regresar le contó a Chamán que el tañido de las campanas llegaba hasta el final de la pradera, y su sonido era triste y solitario. Sentado junto a la cama de Alden después de la medianoche, Chamán levantó la vista de la lectura y vio que el anciano lo miraba fijamente.
–¿Quieres algo, Alden?
El viejo sacudió la cabeza de forma casi imperceptible.
Chamán se inclinó sobre él.
–Alden, ¿recuerdas aquella vez en que mi padre salía del granero y alguien le disparó a la cabeza, y tú fuiste a registrar el bosque y no en contraste a nadie?
Alden no parpadeó.
–Tú disparaste a mi padre con el rifle.
Alden se pasó la lengua por los labios.
–Disparé para no darle…, para asustarlo…
–¿Quieres agua?
En lugar de responder, Alden preguntó:
–¿Cómo llegaste a saberlo?
–Mientras dormías dijiste algo que me ayudó a entender un montón de cosas. Lo mismo que cuando me animaste a que fuera a Chicago para buscar a David Goodnow. Sabías que él estaba absolutamente loco, y que no hablaba. Y que yo no me enteraría de nada.
–¿Qué más sabes?
–Sé que estás metido en todo este asunto. Hasta el cuello.
Otra vez el movimiento casi imperceptible de la cabeza.
–Yo no la maté. Yo…
Alden sufrió un prolongado y terrible ataque de tos, y Chamán le acercó una palangana y lo incorporó para que escupiera una gran cantidad de mucosidad gris, con manchas rosadas. Cuando dejó de toser, estaba pálido y agotado, y cerró los ojos.
–Alden, ¿por qué le dijiste a Korff adónde me dirigía?
–Tú no ibas a detenerte. Dejaste alterados a los de Chicago. Korff me envió a alguien el día después de tu partida. Les dije a dónde ibas. Pensé que hablaría contigo, y que te asustaría. Como me asustó a mi. Estaba
agitado. Chamán tenía infinidad de preguntas que hacerle pero sabía lo enfermo que estaba Alden. Se debatió entre la ira y el juramento que había pronunciado. Finalmente se tragó las palabras y contempló a Alden, que tenía los ojos cerrados y de vez en cuando escupía un poco de sangre o se crispaba con el temblor.
Casi media hora más tarde, Alden empezó a hablar por su propia cuenta.
–Yo dirigía el Partido Americano aquí… Esa mañana ayudé a Grueber… en la matanza. Me marché temprano para encontrarme con ellos tres. En el bosque. Cuando llegué, ellos ya… tenían a la mujer. Ella estaba allí tendida. Los oyó hablar conmigo. Empecé a gritar. Dije:
¿cómo voy a quedarme aquí ahora? Les dije que ellos se irían, pero que la india me metería en un tremendo apuro. Korff no pronunció una palabra.
Sólo cogió el cuchillo, y la mató.
Chamán no pudo preguntarle nada. Sentía que temblaba de ira.
Quiso gritar, como un niño.
–Simplemente me advirtieron que no hablara, y se marcharon. Me fui a casa y metí algunas cosas en una caja. Me imaginaba que tendría que huir…, no sabía adónde. Pero nadie me prestó atención, ni siquiera me hicieron preguntas cuando la encontraron.
–¡Incluso ayudaste a enterrarla, miserable! – rugió Chamán.
No pudo evitarlo. Tal vez fue su tono de voz más que sus palabras lo que Alden captó. El anciano cerró los ojos y empezó a toser. Esta vez la tos no cedía.
Chamán fue a buscar quinina y un poco de infusión, pero cuando intentó dársela a Alden, éste se atragantó y desparramó todo el líquido, y quedó tan mojado que hubo que cambiarle la camisa de dormir.
Varias horas más tarde, Chamán se sentó y se puso a recordar al jornalero tal como había sido a lo largo de su vida: el artesano que fabricaba cañas de pescar y patines de cuchillas, el experto que les había enseñado a cazar y a pescar. El borracho irascible.
El mentiroso. El hombre que había sido cómplice de una violación y asesinato.
Se levantó y sostuvo la lámpara sobre la cara de Alden.
–Alden. Escúchame. ¿Qué clase de cuchillo utilizó Korff para apuñalarla? ¿Cuál fue el arma, Alden?
Pero el anciano tenía los ojos cerrados. Alden Kimball no dio muestra de haber oído la voz de Chamán.
Hacia el amanecer, cada vez que tocaba a Alden notaba que tenía mucha fiebre. El anciano estaba inconsciente. Al toser escupía una mucosidad espantosa y cada vez más roja. Chamán cogió la muñeca de Alden con los dedos y notó que el pulso era acelerado: ciento ocho pulsaciones por minuto.
Desvistió a Alden y cuando lo estaba limpiando con una esponja empapada en alcohol levantó la vista y se dio cuenta de que ya era de día.
Alex se había asomado a la puerta.
–¡Dios! Tiene un aspecto espantoso. ¿Siente algún dolor?
–Creo que ya no siente nada.
Le resultó difícil contárselo a Alex -y a éste más difícil aún escucharlo-, pero Chamán no omitió ningún detalle.
Alex había trabajado mucho tiempo con Alden, había compartido con él el cruel y duro trabajo de la granja, había recibido sus indicaciones sobre cómo hacer infinidad de tareas sencillas, había buscado en aquel hombre la estabilidad en la época en que sentía que era un bastardo huérfano, y se había rebelado contra la autoridad paterna de Rob J.