Chaman

Noah Gordon · Capítulo 7 de 8 · parte 1/3

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Chaman

Sección 23

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

–Prométemelo -dijo Rachel.

Chamán sonrió.

–Lo prometo.

–¿Por qué hablas raro? – le preguntó Hattie.

–¿Yo hablo raro? – preguntó él, dirigiendo la pregunta a Rachel más que a la niña.

–¡Si!-dijo Hattie.

–Tu voz suena más gutural que antes de que yo me marchara -aclaró Rachel con cautela-. Y parece que no la dominas tanto.

El asintió y le habló de la dificultad que había tenido al intentar susurrar en el teatro, durante la representación.

–¿Has seguido haciendo los ejercicios? – preguntó ella.

Pareció sorprendida cuando él admitió que no había pensado demasiado en su pronunciación desde que dejara Holden's Crossing para ir a la facultad de medicina.

–No tenía tiempo para ejercicios. Estaba demasiado ocupado intentando convertirme en médico.

–¡Pero ahora no debes abandonarte! Tienes que volver a hacer tus ejercicios. Si no los haces, olvidarás cómo debes hablar. Yo trabajaré contigo en los ejercicios, si quieres, como solíamos hacer.

Lo miró con expresión seria; la brisa del río le enredaba el pelo suelto, y la pequeña, que tenía sus mismos ojos y su sonrisa, seguía reclinada contra su pecho. Ella tenía la cabeza erguida, y su cuello tenso y atractivo le recordó a Chamán el dibujo que había visto de una leona.

"Sé que puedo hacerlo, señorita Burnnam." Recordó a la niña que se había ofrecido espontáneamente a ayudar a un chico sordo a hablar, y recordó cuánto la había amado.

–Te lo agradecería, Rachel -respondió con firmeza, cuidando de acentuar la última silaba de "agradeceria" y de bajar levemente la voz al final de la frase.

habían decidido encontrarse en un punto del Camino Largo equidistante de ambas casas. El estaba seguro de que Rachel no le había dicho a Lillian que volvería a trabajar con él en los ejercicios, y consideró que no había razón alguna para comentárselo a su madre. El primer día Rachel apareció a la hora convenida, las tres en punto, acompañada por los dos niños, a los que envió a recoger avellanas en el sendero.

Rachel se sentó en una pequeña manta que había llevado, con la espalda apoyada en un roble, y él se sentó obedientemente frente a ella.

El ejercicio que escogió Rachel consistía en pronunciar una frase que Chamán leería en sus labios y repetiría con la entonación y el énfasis adecuados. Para ayudarlo, ella le cogió los dedos y los apretó para indicarle en qué silaba debía acentuarse cada palabra. La mano de ella era cálida y seca, y tan formal como si sostuviera una plancha o la ropa para lavar.

Chamán sentía que su propia mano estaba caliente y sudorosa, pero cuando dedicó su atención a la tarea que ella le imponía perdió toda la timidez. Su pronunciación había empeorado más de lo que él imaginaba, y luchar con ello no le producía ningún placer. Se sintió aliviado cuando por fin llegaron los niños, cargando laboriosamente con un cubo medio lleno de avellanas.

Rachel les dijo que en cuanto llegaran a casa las abrirían con un martillo, quitarían el fruto del interior y luego amasarían un pan de avellanas para compartirlo con Chamán.

El tenía que encontrarse con ella al día siguiente para hacer más ejercicios, pero por la mañana, después de atender el dispensario y de salir a hacer sus visitas, descubrió que Jack Damon estaba sucumbiendo finalmente a la tuberculosis. Se quedó junto al hombre agonizante, intentando aliviarlo. Cuando todo concluyó, era demasiado tarde para reunirse con Rachel, y regresó a su casa de mal humor.

El día siguiente era sábado. En casa de los Geiger se respetaba estrictamente el Sabbath y no podría encontrarse con Rachel, pero cuando concluyó el horario del dispensario se puso a hacer los ejercicios él solo.

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Se sintió desarraigado, y en cierto modo, en un aspecto que no tenía nada que ver con su trabajo, estaba insatisfecho con su vida.

Esa tarde volvió a coger los libros de Cliburne y siguió leyendo sobre el pacifismo y el movimiento cuáquero, y el domingo por la mañana se levantó temprano y se fue a Rock Island. Cuando llegó a casa de Cliburne, el hombre estaba terminando de desayunar. Aceptó los libros que Chamán le devolvió, y le sirvió una taza de café; asintió sorprendido cuando Chamán le preguntó si podía asistir a una reunión cuáquera.

George Cliburne era viudo. tenía un ama de llaves, pero el domingo era su día libre, y él era un hombre muy pulcro. Lavó los platos del desayuno y le permitió a Chamán secarlos. Dejaron a Boss en el establo y subieron a la calesa de Cliburne, y en el camino le explicó algunas cosas sobre la Reunión

–Entramos en la Casa de Reuniones sin hablar y nos sentamos, los hombres a un lado y las mujeres a otro. Supongo que eso es para que haya menos distracciones. La gente guarda silencio hasta que el Señor deja caer en alguien la carga del sufrimiento humano, y esa persona se pone de pie y habla.

Cliburne le advirtió a Chamán que se sentara en medio o en la parte de atrás de la Casa de Reuniones. No se sentarían juntos.

–Es costumbre que los Mayores, que han hecho el trabajo de la Sociedad durante muchos, muchos años, se sienten delante. – Se acercó a él y sonriendo le dijo en tono confidencial-: Algunos cuáqueros nos llaman los Amigos de Peso.

La Casa de Reuniones era pequeña y sencilla, una casa de madera blanca sin campanario. Las paredes estaban pintadas de blanco y el suelo de gris. Contra tres de las cuatro paredes había unos bancos oscuros dispuestos de tal manera que formaban una U cuadrada y plana que permitía que pudieran verse unos a otros. Cuando entraron ya había cuatro hombres sentados. Chamán se acomodó en el último banco, cerca de la puerta, como quien antes de meterse en las aguas profundas prueba la temperatura metiendo la punta del pie en la parte menos profunda. Al otro lado había media docena de mujeres, y ocho niños. Y los Mayores eran ancianos; George y cinco de sus Amigos de Peso estaban sentados en un banco colocado encima de una plataforma de unos treinta centímetros de altura, en el frente de la sala.

El sosiego del lugar armonizaba con el silencio del mundo de Chamán.

De vez en cuando entraba alguien y se sentaba sin decir una sola palabra. Finalmente estuvieron todos reunidos: once hombres, catorce mujeres y doce niños, según el cálculo de Chamán.

En silencio.

Reinaba la calma.

Pensó en su padre y abrigó la esperanza de que descansara en paz.

Pensó en Alex.

Por favor, dijo en el silencio perfecto que ahora compartía con los demás. De los cientos de miles de muertos, por favor, salva a mi hermano.

Por favor, haz que mi loco, adorable y fugitivo hermano regrese a casa.

Pensó en Rachel, pero no se atrevió a rezar.

Pensó en Hattie, que tenía la sonrisa y los ojos de su madre, y que hablaba sin parar.

Pensó en Joshua, que hablaba poco pero parecía estar mirándolo siempre.

Una mujer de mediana edad que ocupaba un banco cercano se puso de pie. Era delgada y frágil, y empezó a hablar.

–Esta guerra terrible por fin está empezando a declinar. está ocurriendo muy lentamente, pero ahora nos damos cuenta de que no puede seguir para siempre. Muchos de nuestros periódicos están pidiendo que se elija al general Fremont como presidente. Dicen que el presidente Lincoln será muy tolerante con el Sur cuando llegue la paz.

Dicen que no es momento de perdonar sino de vengarse de la gente de los estados sureños.

“Jesús dijo: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Y Jesús dijo: "Dad de comer al hambriento, dad de beber al sediento".

“Debemos perdonar los pecados cometidos por ambas partes en esta terrible guerra, y rezar para que las palabras del salmo se hagan realidad pronto, para que la misericordia y la verdad se unan, para que la justicia y la paz se den la mano.

“Bienaventurados los que sufren, porque ellos serán consolados.”

“Bienaventurados los humildes, porque ellos heredarán la tierra.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.”

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia.”

“Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados los hijos de Dios.”

Se quedó quieto, y el silencio se prolongó.

Una mujer se puso de pie exactamente delante de Chamán. Dijo que estaba intentando conceder el perdón a una persona que le había hecho un gran daño a su familia. Deseaba que su corazón quedara libre de odio y quería mostrar tolerancia y amor misericordioso, pero estaba enzarzada en una lucha consigo misma, porque no deseaba perdonar. Les pedía a sus amigos que rezaran para darle fuerzas.

Cuando se sentó, enseguida se levantó otra mujer; estaba en el otro extremo de la sala, de modo que Chamán no pudo verle la boca lo suficiente para enterarse de lo que decía. Unos minutos después volvió a sentarse y todos guardaron silencio hasta que un hombre que ocupaba un asiento junto a la ventana se puso de pie. Era un joven de veintitantos años, de rostro sincero. Dijo que tenía que tomar una decisión importante que afectaría el resto de su vida.

–Necesito la ayuda del Señor, y vuestras oraciones -anunció, y se sentó.

Después nadie más habló. Pasaron los minutos, y entonces Chamán vio que George Cliburne se volvía hacia el hombre que estaba a su lado y le estrechaba la mano. Era la señal para concluir la reunión. Varias personas que estaban cerca de Chamán le estrecharon la mano, y todos se dirigieron a la puerta.

Era el servicio religioso más extraño que Chamán había visto jamás.

En el camino de regreso a casa de Cliburne, permaneció pensativo.

–¿Entonces se espera que un cuáquero exprese su perdón por todos los crímenes? ¿Y la satisfacción que se siente cuando la justicia triunfa sobre el mal?

–Nosotros creemos en la justicia -afirmó Cliburne-. Lo que no creemos es en la venganza ni en la violencia.

Chamán sabía que su padre había deseado vengar la muerte de Makwa, y sin duda él también deseaba hacerlo.

–¿No sería violento si viera que alguien está a punto de matar a su madre? – preguntó, y se sintió molesto al ver que George Cliburne sonreía irónicamente.

–Todos los que reflexionan sobre el pacifismo, tarde o temprano plantean la misma pregunta. Mi madre murió hace tiempo, pero si alguna vez me encontrara en una situación semejante, estoy seguro de que el Señor

me indicaría qué debo hacer. Verás, Chamán. Tú no vas a rechazar la violencia porque yo te lo diga. No es algo que saldrá de aquí -dijo tocándole los labios-. Y tampoco saldrá de aquí.

Tocó la frente de Chamán.

–Si ocurre, debe salir de aquí. – Le dio unos golpecitos en el pecho-.

Hasta entonces, debes seguir sujetando tu espada -añadió, como si Chamán fuera un romano o un visigodo en lugar de un joven sordo al que no habían aceptado para el servicio militar-. Cuando desenvaines la espada, si es que lo haces, será porque no tienes otra alternativa -concluyó Cliburne, y mientras volvía a coger las riendas hizo chascar la lengua para que el caballo fuera más rápido.

El final del día

–Esta tarde estamos invitados a tomar el té en casa de los Geiger -le informó Sarah a Chamán-. Rachel dice que debemos ir. Parece que tiene algo que ver con los niños y unas avellanas.

De modo que esa tarde recorrieron el Camino Largo y se sentaron a la mesa de los Geiger. Rachel le enseñó a Sarah una capa nueva para el otoño, de lana verde clara.

–¡Hecha con lana de los Cole!

Lillian la había tejido para su hija, porque había concluido el año de luto, y todos la elogiaron por haber confeccionado una prenda tan bonita.

Rachel comentó que se la pondría el siguiente lunes, cuando viajara a Chicago.

–¿Estarás fuera mucho tiempo? – le preguntó Sarah, y Rachel le respondió que no, que sólo se ausentaría unos días.

–Negocios -apuntó Lillian en un tono que reflejaba su desaprobación.

Cuando Sarah comentó apresuradamente lo intenso que era el aroma del té inglés, Lillian suspiró y dijo que era una suerte tenerlo -En todo el Sur casi no queda café, y no hay té decente. Jay dice que tanto uno como otro se venden en Virginia a cincuenta dólares la libra.

–¿Entonces has vuelto a tener noticias de él? – le preguntó Sarah.

Lillian asintió.

–Dice que está bien, gracias a Dios.

Hattie sonrió cuando su madre llevó a la mesa el pan, aún caliente.

–¡Lo hicimos nosotros! – anunció-. ¡Mamá puso las cosas y las mezcló, y mi y Joshua pusimos las avellanas!

–Joshua y yo -la corrigió la abuela.

–Bubbie, ¡tú ni siquiera estabas en la cocina!

–Estas avellanas son deliciosas -le dijo Sarah a la pequeña.

–Las recogió mí y Hattie -declaró Joshua, orgulloso.

–Las recogimos Hattie y yo-insistió su abuela.

–No, Bubbie, tú no estabas; fue en el Camino Largo, y mi y Hattie recogimos las avellanas mientras mamá y Chamán estaban sentados en la manta, cogidos de la mano.

Hubo un momento de silencio.

–Chamán ha tenido algunas dificultades con su pronunciación -explicó Rachel-. Necesita un poco de práctica, simplemente. Y yo lo estoy ayudando, como hacia antes. Nos encontramos en el sendero del bosque, para que los chicos pudieran jugar cerca, pero ahora vendrá a casa y haremos los ejercicios en el piano.

Sarah asintió.

–A Robert le iría muy bien ejercitar la pronunciación.

Lillian también asintió, pero con rigidez.

–Si, qué suerte que estés en casa, Rachel -comentó, y cogió la taza de Chamán y le sirvió más té inglés.

Al día siguiente, aunque no había acordado ninguna cita con Rachel, cuando concluyó las visitas domiciliarias recorrió el Camino Largo y la encontró caminando en dirección opuesta.

–¿Dónde están mis amigos?

–Estuvieron ayudando a hacer la limpieza general de la casa, y se perdieron la siesta, así que ahora están durmiendo un poco.

Chamán dio media vuelta y caminó a su lado. Los árboles estaban llenos de pájaros, y en un árbol cercano vio un cardenal que emitía un canto Imperioso y mudo.

–He estado discutiendo con mi madre. Quiere que vayamos a Peoria a celebrar las fiestas, pero me niego a ser exhibida delante de todos los solteros y viudos deseables. Así que pasaremos las fiestas en casa.

–Fantástico -dijo él serenamente, y ella sonrió.

Le contó que también había discutido con su madre porque el primo de Joe Regensberg se iba a casar con otra mujer, y le había hecho una oferta para comprarle la Compañía de Quincalla Regensberg ya que no podía hacerse con ella mediante el matrimonio. Por eso iba a viajar a Chicago, le confió, para vender la compañía.

–Tu madre se serenará. Te adora.

–Ya lo sé. ¿Te apetece hacer unos ejercicios?

–¿Por qué no? – dijo, extendiendo la mano.

Esta vez percibió el temblor en la mano de Rachel. Quizás el esfuerzo de la limpieza general la había agotado, o tal vez la discusión. Pero confió en que fuera algo más, y reconoció la corriente que circulaba entre los dedos de ambos, y su mano se movió involuntariamente en la de ella.

Se concentraron en el dominio respiratorio necesario para pronunciar las pequeñas explosiones de la letra P, y él repetía seriamente una frase sin sentido sobre un perro perfecto que persigue a una perturbada perdiz, pero ella sacudió la cabeza.

–No. Verás cómo lo hago yo -le dijo, y puso la mano de él en su cuello.

Pero lo único que notó en sus dedos fue el calor de la piel de Rachel.

No lo había planeado; y si lo hubiera pensado, no lo habría hecho.

Deslizó la mano hacia arriba para cogerle suavemente la cara y se inclinó hacia ella. El beso fue infinitamente suave, el beso soñado y anhelado del chico de quince años a la chica de la que estaba locamente enamorado. Pero enseguida fueron un hombre y una mujer que se besaban, y la avidez mutua fue tan sorprendente para él, tan contradictoria con el decidido control de la amistad eterna que ella le había ofrecido, que tuvo miedo de creerlo.

–Rachel -dijo él cuando se separaron.

–No. Oh, Dios.

Pero cuando volvieron a acercarse, ella le besó la cara una y otra vez, y sus besos parecían una cálida lluvia. El le besó los ojos, pasó por alto el centro de sus labios y le besó las comisuras, y la nariz. Sintió el cuerpo de ella que se tensaba contra el suyo.

Rachel luchaba con su propia conmoción. Colocó una mano temblorosa en la mejilla de Chamán, y él movió la cabeza hasta apretar los labios contra su palma.

Vio que ella pronunciaba palabras que él conocía hacia mucho tiempo, las mismas que Dorothy Burnham había empleado para indicar que la clase había terminado.

–Creo que esto es todo por hoy -dijo Rachel sin aliento.

Se apartó de él, y Chamán se quedó quieto, viéndola alejarse a toda prisa hasta que desapareció en la curva del Camino Largo.

Esa noche empezó a leer el último fragmento del diario de su padre, observando con temor e infinita tristeza cómo se extinguía la existencia de

Robert Judson Cole, y se enteró de los detalles de la terrible batalla librada en el Tappahannock tal como su padre la había registrado con su letra grande y clara.

Cuando Chamán supo que Rob J. había descubierto a Lanning Ordway, se quedó un rato sentado, sin leer. Le resultaba difícil aceptar que después de haberlo intentado durante tantos años, su padre hubiera establecido contacto con uno de los hombres que habían causado la muerte de Makwa.

Estuvo levantado toda la noche, encorvado sobre el diario para aprovechar la luz de la lámpara y continuar la lectura.

Volvió a leer varias veces la carta de Ordway a Goodnow.

Poco antes de que amaneciera llegó al final del diario, y al final de la vida de su padre.

Se tendió en la cama completamente vestido y permaneció así durante una hora solitaria. Cuando calculó que su madre ya estaba en la cocina, bajó hasta el establo y le pidió a Alden que entrara en la casa.

Les mostró a ambos la carta de Ordway y les dijo cómo la había encontrado.

–¿En su diario? ¿Has leído su diario? – le preguntó su madre.

–Si. ¿Te gustaría leerlo?

Ella sacudió la cabeza.

–No necesito hacerlo, yo era su esposa. Lo conocía.

Los dos vieron que Alden tenía resaca y que parecía no encontrarse bien, y Sarah sirvió café para los tres.

–No sé qué hacer con respecto a la carta.

Chamán esperó a que ambos la leyeran.

–Bueno, ¿y tú qué puedes hacer? – dijo Alden irritado. Chamán se dio cuenta de que el jornalero estaba envejeciendo muy rápidamente.

O bebía más que antes o le resultaba más difícil asimilar el whisky. El temblor de la mano le hizo derramar el azúcar mientras se lo servia en la taza-. Tu padre hizo todo lo posible para conseguir que la justicia actuara en el caso de esa mujer sauk. ¿Crees que ahora van a mostrarse más interesados porque tienes el nombre de alguien en la carta de un hombre muerto?

–Robert, ¿cuándo va a terminar esto? – preguntó su madre amargamente-. Los huesos de esa mujer han estado enterrados en nuestras tierras durante todos estos años, y vosotros dos, tu padre primero y ahora tú, no habéis sido capaces de dejar que descanse en paz, y nosotros tampoco.

¿no puedes romper esa carta y olvidar esos antiguos sufrimientos, y dejar que los muertos descansen en paz?

–No quiero faltar al respeto, señora Cole. Pero este hombre no está más dispuesto que su padre a escuchar palabras sensatas sobre esos indios. –

Sopló el café, lo sostuvo delante de su cara con ambas manos y dio un trago que debió de quemarle la boca-. No, él seguirá preocupándose hasta el día de su muerte, como un perro que se asfixia con un hueso, tal como hizo su padre. – Miró a Chamán-. Si mi consejo significa algo para ti, cosa que dudo, deberías ir a Chicago en cuanto puedas y buscar a ese tal Goodnow, y averiguar si él puede decirte algo. De lo contrario, vas a quedar hecho una ruina, y nosotros contigo.

La madre Miriam Ferocia no estaba de acuerdo. Esa tarde, cuando Chamán cabalgó hasta el convento y le mostró la carta, ella asintió.

–Tu padre me habló de David Goodnow -dijo sin inmutarse.

–Si el reverendo Goodnow fuera realmente el reverendo Patterson, debería ser responsabilizado de la muerte de Makwa.

La madre Miriam suspiró.

–Chamán, tú eres médico, no policía. ¿No puedes dejar que sea Dios quien juzgue a este hombre? Aquí te necesitamos como médico. – Se inclinó hacia delante y lo miró fijamente-. Tengo noticias importantísimas.

Nuestro obispo nos ha comunicado que nos enviará los fondos necesarios para levantar un hospital aquí.

–¡Es una noticia maravillosa, reverenda madre!

–Sí, maravillosa.

Chamán notó que la sonrisa hacia que su rostro pareciera más luminoso.

Recordó que por el diario de Rob J. se había enterado de que ella había recibido una herencia después de la muerte de su padre, y que la había entregado a la Iglesia; se preguntó si era su propia herencia lo que el obispo le enviaría, o una parte de la misma. Pero la dicha de ella no habría tolerado el cinismo.

–La gente de esta zona tendrá un hospital -dijo, radiante-. Las monjas enfermeras de este convento cuidarán a los enfermos en el Hospital de San Francisco de Asís.

–Y yo tendré un hospital en el que ingresar a mis pacientes.

–En realidad esperamos que tengas más que eso. Las hermanas están de acuerdo. Queremos que seas el médico director del hospital.

Chamán guardó silencio durante un instante.

–Me honra, reverenda madre -dijo finalmente-. Pero yo creo que sería preferible que el director fuera un médico que tuviera más experiencia, alguien mayor. Y usted ya sabe que yo no soy católico.

–Una vez, cuando me atreví a soñar algo como esto, abrigué la esperanza de que tu padre fuera nuestro director. Dios nos envió a tu padre para que fuera nuestro amigo y nuestro médico, pero tu padre ya no está. Y

ahora Dios te envía a ti. Tú tienes la preparación y la capacidad necesarias, y ya posees una buena experiencia. Eres el médico de Holden's Crossing, y debes dirigir su hospital.

La monja sonrió.

–En cuanto a que no eres mayor, creemos que eres el joven más viejo que jamás hemos conocido. El hospital será pequeño sólo contará con veinticinco camas, y todos creceremos con él.

Me tomaré la libertad de darte algunos consejos. No te niegues a considerar que eres valioso, porque los demás pensamos que lo eres.

Tampoco vaciles en aspirar a cualquier objetivo, porque Dios ha sido generoso contigo.

Chamán se sintió incómodo, pero sonrió con la tranquilidad de un médico al que acaban de prometerle que tendrá un hospital.

–Siempre es un placer creer en usted, reverenda madre -le aseguró.

Chicago

Chamán sólo confió a su madre la conversación que había mantenido con la priora, y Sarah lo sorprendió con la intensidad de su orgullo.

–Qué fantástico será tener aquí un hospital, y que tú lo dirijas. ¡Qué feliz se habría sentido tu padre!

El le advirtió que la arquidiócesis católica no entregaría los fondos para la construcción hasta que estuvieran hechos y aprobados los planos del hospital.

–Mientras tanto, Miriam Ferocia me ha pedido que visite varios hospitales y que estudie los distintos departamentos -le informó.

El enseguida supo a dónde iría, y qué tren cogería.

El lunes cabalgó hasta Moline y dispuso lo necesario para dejar a Boss en un establo durante unos días. El tren para Chicago paraba en Moline a las tres y veinte de la tarde, sólo el tiempo suficiente para cargar las mercancías despachadas por la fábrica de arados John Deere, y a las dos y cuarenta y cinco Chamán ya esperaba en el andén de madera.

Subió al tren en el último vagón y empezó a caminar hacia delante.

Sabía que Rachel lo había cogido en Rock Island sólo unos minutos antes, y la encontró tres vagones más abajo, sola. Se había preparado para saludarla en tono despreocupado y hacer alguna broma sobre lo “casual” del encuentro, pero cuando Rachel lo vio se puso pálida.

–Chamán…, ¿sucede algo con los niños?

–No, no, en absoluto. Voy a Chicago por asuntos personales -respondió, molesto consigo mismo por no haberse dado cuenta de que éste sería el resultado de su sorpresa-. ¿Puedo sentarme contigo?

–Por supuesto.

Pero cuando colocó su maleta junto a la de ella en el estante y ocupó el asiento del pasillo, se sintieron violentos.

–Chamán, con respecto a lo que ocurrió el otro día en el sendero del bosque…

–Me gustó mucho -dijo él en tono firme.

–No puedo permitir que te formes una idea equivocada.

“Otra vez”, pensó él desesperado.

–Creí que a ti también te había gustado mucho -comentó, y ella se puso roja.

–Esa no es la cuestión. No debemos entregarnos al tipo de… gustos que sólo sirven para hacer que la realidad sea más cruel.

–¿Cuál es la realidad?

–Soy una judía viuda con dos hijos.

–¿Y qué?

–He jurado que nunca más permitiré que mis padres me elijan un marido, pero eso no significa que no vaya a ser sensata cuando haga mi elección.

Le dolió. Pero esta vez no se dejaría amedrentar por las cosas que no se decían.

–Te he amado durante la mayor parte de mi vida. Jamás he conocido a ninguna mujer cuyo aspecto e inteligencia me parecieran más hermosos. En ti hay una bondad que yo necesito.

–Chamán. Por favor.

Se volvió y se puso a mirar por la ventanilla, pero él continuó.

–Me has hecho prometer que nunca me resignaré ni me mostraré pasivo ante la vida. Y no me resignaré a perderte otra vez. Quiero casarme contigo y ser el padre de Hattie y Joshua.

Ella siguió dándole la espalda, contemplando los campos que pasaban a sus pies y las granjas.

El había dicho lo que quería decir, de modo que cogió una revista médica de su bolsillo y empezó a leer un articulo sobre la etiología y tratamiento de la tosferina. Un instante después Rachel cogió la bolsa del tejido de debajo del asiento y sacó su labor de punto. El vio que es taba haciendo un jersey pequeño de lana azul oscura.

–¿Para Hattie?

–Para Joshua.

Se miraron durante un prolongado momento y ella sonrió levemente y siguió haciendo punto.

La luz se desvaneció antes de que hubieran recorrido ochenta kilómetros, y el revisor entró para encender las luces. Eran apenas las cinco de la tarde cuando se sintieron demasiado hambrientos para esperar la hora de la cena. Chamán llevaba un paquete con pollo frito y tarta de manzana, y Rachel tenía pan, queso, huevos duros y cuatro peras dulces pequeñas. Se repartieron la tarta de él, y los huevos y la fruta de ella. Chamán tenía también agua de manantial en un termo.

Después de que el tren se detuviera en Joliet, el revisor apagó las lámparas y Rachel se quedó dormida durante un rato. Cuando se despertó, tenía la cabeza apoyada en el hombro de Chamán y él le sujetaba la mano.

Ella apartó la mano pero dejó la cabeza en su hombro unos segundos más.

Cuando el tren se deslizó desde la oscuridad de la pradera hasta el mar de luces, ella estaba sentada, arreglándose el pelo, sujetando una horquilla entre sus fuertes dientes blancos.

Cuando concluyó, le dijo que estaban en Chicago.

En la estación cogieron un coche hasta el hotel Palmer's Illinois donde el abogado de Rachel había reservado una habitación para ella.

Chamán también se registró allí, y se le asignó la habitación 508 en el quinto piso. La acompañó hasta la habitación 306 y le dio propina al botones.

–¿Quieres alguna cosa? ¿Un café?

–Creo que no, Chamán. Se está haciendo tarde y mañana tengo que resolver un montón de asuntos. – Tampoco quería reunirse con él a la hora del desayuno-. ¿Por qué no nos encontramos aquí a las tres en punto, y antes de comer te enseño Chicago?

El le dijo que le parecía fantástico, y se marchó. Subió a la 508, guardó sus cosas en la cómoda, colgó algunas prendas en el armario, y volvió a bajar los cinco pisos para usar el retrete que había detrás del hotel y que estaba agradablemente limpio y bien cuidado.

Al regresar hizo una breve pausa en el rellano del tercer piso y miró el pasillo en dirección a la habitación de Rachel, y luego subió los dos pisos que le quedaban.

Por la mañana, después de desayunar, salió a buscar la calle Bridgeton, que estaba en un barrio obrero de casas adosadas de madera. En el número 237, la joven de aspecto cansado que le abrió la puerta llevaba un niño en brazos y otro agarrado a las faldas.

Cuando Chamán le preguntó por el reverendo David Goodnow, sacudió la cabeza.

–El señor Goodnow hace más de un año que no vive aquí. Estaba muy enfermo. Eso me dijeron.

–¿Sabe adónde se ha marchado?

–Si, está… en una especie de hospital. Nosotros nunca lo vimos.

Le enviamos el importe del alquiler al hospital todos los meses. Eso es lo que dispuso su abogado.

–¿Podría darme el nombre de ese hospital? Es importante que lo vea.

La joven asintió.

–Lo tengo apuntado, en la cocina.

Desapareció y volvió un instante después, con el niño pegado a sus faldas y un trozo de papel en la mano.

–Es el Asilo Dearborn -dijo-. En la calle Sable.

El letrero era modesto y decoroso: una plancha de bronce colocada en la columna central que se elevaba por encima de una pared baja de ladrillos rojos:

ASILO DEARBORN. PARA ALCOHOLICOS Y DEMENTES.

El edificio era una mansión de tres pisos de ladrillos rojos, y las gruesas rejas de hierro de las ventanas combinaban con las puntas de hierro que remataban la pared de ladrillos.

Al otro lado de la puerta de caoba había un vestíbulo oscuro con un par de sillas de crin. En un pequeño despacho al lado del vestíbulo se veía un hombre de mediana edad sentado ante un escritorio, escribiendo en un enorme libro mayor. Asintió cuando Chamán le informó del motivo de su visita.

–El señor Goodnow no recibe a nadie desde sabe Dios cuándo. No sé si alguna vez ha recibido a alguien. Firme el libro de visitas, y yo iré a buscar al doctor Burgess.

El doctor Burgess apareció unos minutos más tarde; era un hombre bajo, de pelo negro y bigote fino y remilgado.

–¿Es usted familiar o amigo del señor Goodnow, doctor Cole? ¿O se trata de una visita profesional?

–Conozco a unas personas que conocen al señor Goodnow -dijo Chamán cautelosamente-. Estoy de paso por Chicago, y pensé en venir a verlo.

El doctor Burgess asintió.

–El horario de visita es por la tarde, pero tratándose de un médico ocupado podemos hacer una excepción. Sígame, por favor.

Subieron la escalera y el doctor Burgess llamó a una puerta que estaba cerrada con llave, y que fue abierta por un voluminoso empleado.

El hombre los guió por un largo pasillo en el que había unas cuantas mujeres pálidas sentadas contra las paredes, hablando solas o mirando el vacio. Sortearon un charco de orina, y Chamán vio excrementos aplastados.

En algunas habitaciones a los lados del pasillo había mujeres encadenadas a la pared. Cuando estaba en la facultad de medicina Chamán había pasado cuatro tristes semanas trabajando en el asilo del estado de Ohio para enfermos mentales, y no se sorprendió por las imágenes ni por los olores.

Se alegró de no captar los sonidos.

El empleado abrió otra puerta que estaba cerrada con llave y los condujo por otro pasillo a la sala de los hombres, que no era mejor que la de las mujeres. Finalmente Chamán fue introducido en una pequeña habitación en la que había una mesa y algunas sillas de madera, y le dijeron que esperara.

El médico y el empleado regresaron enseguida, acompañando a un anciano vestido con un pantalón al que le faltaban varios botones en la bragueta, y una mugrienta chaqueta encima de la ropa interior. Necesitaba un corte de pelo y su barba gris estaba enmarañada y sin recortar.

tenía una débil sonrisa en los labios, pero sus ojos estaban en otra parte.

–Aquí está el señor Goodnow -anunció el doctor Burgess.

–Señor Goodnow, soy el doctor Robert Cole.

La sonrisa se mantuvo imperturbable. Los ojos no lo veían.

–No habla -dijo el doctor Burgess.

No obstante, Chamán se levantó de la silla y se acercó al hombre.

–Señor Goodnow, ¿usted era Ellwood Patterson?

–Lleva más de un año sin hablar -dijo el doctor Burgess pacientemente.

–Señor Goodnow, ¿usted mató a la mujer india que violó en Holden's Crossing? ¿Cuándo lo envió allí la Orden de la Bandera Estrellada?

El doctor Burgess y el empleado miraron fijamente a Chamán.

–¿Sabe dónde puedo encontrar a Hank Cough?

Pero no obtuvo respuesta.

Insistió, en tono áspero.

–¿Dónde puedo encontrar a Hank Cough?

–Es sifilítico. Parte de su cerebro ha quedado destruido por la paresia -

explicó el doctor Burgess.

–¿Cómo sabe que no está fingiendo?

–Lo vemos día y noche, y lo sabemos. ¿Qué sentido tendría que al guien fingiera para vivir de esta forma?

–Hace años, este hombre participó en un crimen horrendo e inhumano.

No quiero ver cómo se salva del castigo -señaló Chamán en tono amargo.

David Goodnow había empezado a babear. El doctor Burgess lo miró y sacudió la cabeza.

–No creo que se haya salvado del castigo -dijo.

Chamán fue conducido de nuevo por las salas hasta la puerta de entrada, donde el doctor Burgess se despidió de él con cortesía y mencionó que el asilo siempre recibía con agrado las consultas de los médicos del oeste de Illinois. Se alejó de aquel lugar parpadeando a causa de la brillante luz del sol. En contraste con el interior, los hedores de la ciudad parecían perfumes.

Le daba vueltas la cabeza, y caminó varias manzanas completamente absorto en sus pensamientos.

Le parecía que era el final de un camino. Uno de los hombres que había asesinado a Makwa-ikwa estaba muerto. El otro, como él mismo había visto, estaba atrapado en un infierno, y en cuanto al tercer hombre, nadie conocía su paradero.

Miriam Ferocia tenía razón. Ya era hora de que dejara en manos de Dios el castigo de los asesinos de Makwa y se concentrara en la medicina y en su propia vida.

Cogió un tranvía de caballos hasta el centro de Chicago, y otro hasta el Hospital de Chicago, que enseguida le recordó a su hospital de Cincinnati.

Era un buen hospital, y grande, con casi quinientas camas. Cuando solicitó

una entrevista con el director médico y le explicó cuál era su objetivo, recibió un trato agradablemente cortés.

El médico jefe le presentó al cirujano jefe, y ambos le dieron su opinión sobre el equipo y las provisiones que necesitaría un hospital pequeño. El agente de compras del hospital le recomendó algunas casas de suministros que podían ofrecerle un servicio permanente y entregas razonables. Y habló con el ama de llaves acerca de la cantidad de ropa de cama necesaria para que cada cama estubiera siempre limpia. Chamán no dejaba de tomar apuntes en su libreta.

Poco antes de las tres de la tarde, cuando regresó al Palmer's Illinois, encontró a Rachel sentada en el vestíbulo, esperándolo. En cuanto vio su rostro, Chamán supo que a ella le había ido bien.

–Se acabó, la compañía ya no es responsabilidad mia -anunció.

Le contó que el abogado había hecho un trabajo excelente preparando los documentos necesarios, y que la mayor parte de los recibos de la venta ya estaban depositados para Hattie y Joshua.

–Bueno, esto hay que celebrarlo -afirmó él, y el mal humor que se había apoderado de él tras las actividades de la mañana quedó evaporado.

Cogieron el primer cabriolé de la fila que aguardaba en la puerta del hotel. Chamán no quería ver la sala de conciertos ni los nuevos corrales del ganado. En Chicago sólo había una cosa que le interesaba.

–Enséñame los lugares que frecuentabas cuando vivías aquí -le pidió.

–¡Pero eso te resultar muy aburrido!

–Por favor.

De modo que Rachel le dio algunas direcciones al cochero, y el caballo echó a andar.

Al principio se sintió incómoda al señalar la tienda de música en la que había comprado cuerdas y un arco nuevo para su violín, y donde había hecho reparar las clavijas. Pero empezó a disfrutar al mostrarle las tiendas en las que se había comprado sombreros y zapatos, y la del camisero al que había encargado algunas camisas de frac como regalo de cumpleaños para su padre. Recorrieron unas veinte manzanas, hasta que ella le enseñó un edificio imponente y le dijo que era la Congregacion del Smai.

–Aquí es donde tocaba con mi cuarteto los jueves, y donde veníamos a celebrar el servicio los viernes por la noche. No es donde nos casamos Joe y yo. Nos casamos en la sinagoga Kehilath Anshe Maarib, de la que Harriet Ferber, la tía de Joe, era un miembro destacado.

Hace cuatro años, Joe y algunos hombres más se separaron de la sinagoga y fundaron Sinai, una congregación del judaísmo reformado.

Suprimieron una buena parte de los rituales y la tradición, y eso originó un escándalo enorme. Tía Harriet estaba furiosa, pero la ruptura no duró mucho, y nos mantuvimos unidos. Cuando ella murió, un año más tarde, le pusimos su nombre a la niña.

Luego le indicó al cochero que los llevara a un barrio en el que había casas pequeñas pero confortables, y al pasar por la calle Tyler señaló una casa con tejado de tablillas marrones.

–Ahí vivíamos.

Chamán recordó el aspecto de ella en aquel entonces, y se echó hacia delante, intentando imaginar a la chica de su recuerdo en el interior de esa casa.

A cinco manzanas de distancia había un grupo de tiendas.

–¡Oh, debemos parar aqui! – exclamó Rachel.

Bajaron del cabriolé y entraron en una tienda de comestibles que olía a especias y a sal. Un anciano de cara colorada y barba blanca, tan corpulento como Chamán, se acercó a ellos radiante de alegría, mientras se limpiaba las manos en el delantal.

–¡Señora Regensberg, qué alegria volver a verla!

–Gracias, señor Freudenthal. Yo también me alegro de verlo.

Quiero comprar algunas cosas para mi madre.

Compró diversas variedades de pescado ahumado, olivas negras y una buena cantidad de pasta de almendras. El tendero echó una penetrante mirada a Chamán.

–Ehr is nit ah Yiddish -le dijo a ella.

–Nein -respondió Rachel. Y como si fuera necesaria una explicación, añadió-: Ehr is ein guteh frint.

Chamán no tuvo necesidad de conocer el idioma para saber lo que habían dicho. Sintió un destello de resentimiento, pero enseguida se dio cuenta de que la pregunta del anciano era parte de la realidad que la rodeaba a ella, lo mismo que Hattie y Joshua. Cuando él y Rachel eran niños y vivían en un mundo más inocente, habían tenido que enfrentarse a menos diferencias, pero ahora eran adultos y había que asumir esas diferencias.

De modo que cuando cogió los paquetes de Rachel de manos del tendero, miró al anciano con una sonrisa.

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