Chaman

Noah Gordon · Capítulo 4 de 8 · parte 1/4

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Chaman

Y levantó la mano un poco más.

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

–… cue!

Y levantó la mano un poco más.

Nota a nota recorrió la escala ascendente, pronunciando con cada nota una parte de la letra que había enseñado en la clase: “Nues-tra es cue-la es co-lo-sal!”, y lo mismo hizo con la escala descendente: “Y ve ni-mos a apren-der!”.

Tocó las escalas una y otra vez, permitiéndole al niño que se acostumbrara a las diferencias de las vibraciones que llegaban a su mano, y asegurándose de que veía el gradual ascenso y descenso de su mano con cada nota.

Entonces le dijo que cantara la letra que ella le había puesto a las es calas, no sólo articulándolas en silencio como solía hacer en la escuela.

El resultado estuvo lejos de ser musical, pero la señorita Burnham no pretendía obtener música. Quería que Chamán adquiriera cierto dominio del tono de su voz, y después de una serie de intentos, en respuesta a la mano de ella que se movía frenéticamente en el aire, elevó la voz; pero la elevó algo más que una nota, mientras miraba paralizado el pulgar y el índice de la maestra que se encontraban a es casa distancia de sus ojos.

Así lo apremiaba y tiranizaba a Chamán, lo cual al niño le resultaba desagradable. La mano izquierda de la señorita Burnham avanzaba por el piano aporreando las teclas, subiendo y bajando obstinada mente las escalas. Su mano derecha se elevaba un poco con cada nota y descendía de la misma forma. Chamán graznaba elogios a su es cuela, una y otra vez. A veces tenía el rostro ceñudo y en dos ocasiones se le llenaron los ojos de lágrimas, pero la señorita Burnham pareció no reparar en ello.

Finalmente la maestra dejó de tocar y estrechó al joven Robert Cole entre sus brazos, sujetándolo durante un buen rato y acariciando dos veces el grueso pelo de su nuca antes de soltarlo.

–Vete a casa -me dijo, pero lo detuvo cuando él se volvió para marcharse-. Mañana, después de clase, volveremos a practicar.

El puso cara larga.

–Sí, señorita Burnham-respondió.

Su voz sonó sin inflexión, pero ella no se desalentó.

Cuando el niño se fue, la maestra se acomodó frente al teclado y tocó las escalas una vez más.

–Sí -afirmó.

Aquel año la primavera fue fugaz; hubo un brevísimo período de calor agradable y luego cayó sobre la planicie un manto de opresivo bochorno.

Un tórrido viernes por la mañana, a mediados de junio, Rob J. fue abordado en la calle Main, de Rock Island, por George Cliburne, un granjero cuáquero que se había convertido en agente comercial de granos.

–¿Podrías concederme un momento, doctor? – preguntó Cliburne en tono cortés, y como si fuera algo sobreentendido, ambos se apartaron del

sol y se protegieron en la frescura casi sensual de la sombra de un nogal.

–Me he enterado de que sientes compasión por los hombres sometidos a la esclavitud.

ROb J. quedó perplejo ante el comentario. Conocía sólo de vista al agente comercial. George Cliburne tenía fama de hombre de negocios eficaz; se decía que era astuto pero honrado.

–Mis puntos de vista personales no interesan a nadie. ¿Quién ha podido contarle eso?

–El doctor Barr.

Recordó la conversación con el doctor Naismith en la Asociación de Médicos. vio que Cliburne miraba a su alrededor para asegurarse de que nadie los oía.

–Aunque nuestro Estado ha prohibido la esclavitud, los asesores jurídicos de Illinois reconocen el derecho de quienes viven en otros Estados a poseer esclavos. Así que los esclavos que han huido de los Esta dos del Sur, al llegar aquí son hechos prisioneros y devueltos a sus amos. Se los trata con crueldad. He visto con mis propios ojos una enorme casa de Springfield en la que se han dispuesto celdas diminutas provistas de gruesas manillas y grilletes sujetos a la pared.

“Algunos de nosotros -personas que pensamos de la misma forma, que coincidimos en que la esclavitud es algo nefasto-, estamos trabajando para ayudar a los que han huido en busca de la libertad. Te invitamos a que te unas a nosotros en la obra de Dios.

Rob J. se quedó esperando a que Cliburne dijera algo más, pero final mente se dio cuenta de que ya le había hecho una especie de proposición.

–¿Ayudarlos… cómo?

–Nosotros no sabemos de dónde vienen. No sabemos a dónde van desde aquí. Nos los traen y se los llevan sólo en las noches sin luna. Tú sólo tienes que preparar un escondite seguro, suficientemente grande para un hombre.

Un sótano, una grieta o un agujero en el suelo. Y alimento suficiente para tres o cuatro días.

Rob J. no se molestó en pensarlo. Sacudió la cabeza.

–Lo siento.

La expresión de Cliburne no revelaba sorpresa ni resentimiento, aunque en cierto modo le resultó conocida.

–¿Mantendrás el secreto de nuestra charla?

–Sí. Sí, por supuesto.

Cliburne suspiró.

–Que Dios te acompañe-lo saludó.

Después de reunir fuerzas para enfrentarse al calor, ambos se alejaron de la sombra.

Dos días más tarde, un domingo, los Geiger fueron a comer a casa de los Cole. A los hijos de los Cole les encantaba que fueran, porque en tales ocasiones la comida era extraordinaria. Al principio Sarah se había sentido molesta al ver que cada vez que comían con ellos, los Geiger rechazaban sus asados, protegiendo su kashruh. Pero había llegado a comprender y a compensarlos. Cuando iban a comer, siempre les ser vía platos especiales, sopa sin carne, budines y verduras suplementarios, y diversos postres.

Jay había llevado un ejemplar del Weekly Guardian de Rock Island que contenía un artículo sobre el caso de Dred Scott, y comentó que el pleito entablado por el esclavo apenas tenía posibilidades de éxito.

–Malcolm Howard dice que en Louisiana todo el mundo tiene esclavos-comentó Alex, y su madre sonrió.

–No todo el mundo -le corrigió con tono suave-. Dudo de que el padre de Malcolm Howard haya poseído jamás esclavos, o alguna otra cosa.

–¿Tu papá tiene esclavos en Virginia?-preguntó Chamán.

–Mi papá sólo tenía un pequeño aserradero-repuso Sarah-. Tenía tres esclavos, pero vinieron tiempos difíciles y tuvo que vender los esclavos y el aserradero e ir a trabajar para su padre, que tenía una granja enorme en la que trabajaban más de cuarenta esclavos.

–¿Y la familia de mi papá en Virginia? – preguntó Alex.

–Los familiares de mi primer esposo eran tenderos-dijo Sarah-. No poseían esclavos.

–De todos modos, ¿por qué alguien querría ser esclavo? – preguntó Chamán.

–No quieren serlo-le explicó Rob J. a su hijo-. Simplemente son personas pobres y desdichadas atrapadas en una mala situación.

Jay bebió un poco de agua y apretó los labios.

–Verás, Chamán, así son las cosas, así han sido en el Sur durante doscientos años. Existen radicales que escriben que habría que dar la libertad a los negros. Pero si en un Estado como Carolina del Sur los dejaran a todos libres, ¿cómo iban a vivir? Mira, ahora trabajan para los blancos, y los blancos cuidan de ellos. Hace unos años, Judah Benjamín, el primo de Lillian, tenía ciento cuarenta esclavos en su plantación de azúcar

de Louisiana. Y los cuidaba muy bien. Mi padre, que vive en Charleston, tiene dos negras que trabajan en la casa. Las tiene desde que yo era niño.

Las trata tan bien que sé que ellas jamás lo abandonarían, aunque las echaran.

RobJ. abrió la boca; volvió a cerrarla y le pasó los guisantes y las zanahorias a Rachel. Sarah fue a la cocina y regresó con un budín de pata tas gigantesco cocinado según una receta de Lillian Geiger, y Jay se quejó de que estaba lleno, pero igualmente preparó el plato.

Cuando los Geiger llevaron a los chicos a casa, Jay le insistió a Rob J.

para que los acompañara, y así Lillian podría tocar con ellos un trío.

Pero Rob le dijo a Jay- que estaba cansado.

La verdad era que estaba rabioso. Para quitarse el malhumor, bajó hasta el río a respirar la brisa. En la tumba de Makwa vio algunos hierbajos y los quitó rápidamente, arrancándolos con rabia hasta que no quedó ninguno.

Comprendió por qué la expresión de George Cliburne le había resultado conocida. Era idéntica a la expresión que había visto en el rostro de Andrew Gerould la primera vez que le había pedido a Rob que escribiera la octavilla contra la administración inglesa, y él se había negado.

Los rasgos de ambos hombres habían quedado transformados por una mezcla de sentimientos, de fatalismo, de fuerza obstinada, y por la incomodidad de saber que se habían vuelto vulnerables al carácter de él y a su prolongado silencio.

El regreso Una mañana en que la niebla colgaba como un espeso manto de va por sobre el río y se aferraba a la franja del bosque, Chamán salió de su casa con paso lento y pasó de largo junto al retrete para ir a mear lánguidamente sobre la corriente caudalosa. A través de las capas más altas de la niebla brillaba un disco de color naranja que iluminaba las capas más bajas con un pálido resplandor. El mundo era nuevo y fresco y olía bien, y lo que podía ver del río y del bosque armonizaba con la paz permanente de sus oídos. Se dijo que si iba a dedicar el día a pescar, tendría que empezar temprano.

Se alejó del río. Entre él y su casa se alzaba la tumba, y cuando vio la figura entre los jirones de niebla no sintió miedo, sólo una rápida batalla entre la incredulidad y un abrumador arrebato de la felicidad y gratitud más dulces que conocía. Espíritu, yo te comvoco. Espíritu, contigo hablo.

–¡Makwa! – gritó lleno de alegría, y avanzó.

–¿Chamán?

Cuando llegó hasta ella, lo primero que sacudió su mente fue darse cuenta de que no era Makwa.

–¿Luna?-preguntó vacilante; la mujer tenía muy mal aspecto.

Detrás de Luna vio otras dos figuras, dos hombres. Uno era un indio que él no conocía, y el otro era Perro de Piedra, que había trabajado para Jay Geiger. Perro de Piedra llevaba el torso desnudo y pantalones de gamuza. El desconocido usaba pantalones de tela tejida en casa y una camisa raída. Los dos iban calzados con mocasines. Luna llevaba unas botas de trabajo como las de los blancos, y un vestido azul, viejo y sucio, roto en el hombro derecho. Los hombres llevaban cosas que Chamán reconoció: una estopilla, un jamón ahumado, una pierna de cordero cruda; se dio cuenta de que habían forzado la puerta de la despensa.

–¿Tienes whisky?-preguntó Perro de Piedra, y Luna le dijo algo en sauk en tono áspero, y luego se derrumbó en el suelo.

–Luna, ¿te encuentras bien?-le preguntó Chamán.

–Chamán. ¡Qué grande estás!

Lo miró asombrada. Chamán se arrodilló junto a ella.

–¿Dónde has estado? ¿Los demás también están aquí?

–No…, los demás en Kansas. En la reserva. Dejo hijos allí, pero…

Cerró los ojos.

–Voy a buscar a mi padre -le dijo Chamán, con los ojos muy abiertos.

–Nos hicieron mucho daño, Chamán-musitó.

Tanteó buscando las manos de él, y las sujetó con fuerza.

Chamán sintió que algo pasaba del cuerpo de ella a la mente de él.

Como si pudiera oír otra vez y hubiera estallado un trueno; y supo -de alguna manera, supo- lo que le iba a ocurrir a Luna. Sintió un hormigueo en las manos. Abrió la boca pero no pudo gritar, no pudo avisarle.

Estaba paralizado por un miedo totalmente nuevo para él, más cruel que el terror de la sordera recién conocida, mucho peor que cualquier cosa que hubiera experimentado en toda su vida.

Finalmente logró apartar las manos de ella.

Huyó en dirección a la casa, como si fuera su última oportunidad.

–¡Papá!-chilló.

Rob J. estaba acostumbrado a que le despertaran para atender alguna urgencia, pero no por la histeria de su hijo. Chamán no dejaba de farfullar que Luna había regresado y que se estaba muriendo. Sus padres necesitaron

varios minutos para comprender lo que decía y para convencerlo de que centrara la mirada en los labios de ellos, que querían hacerle preguntas.

Cuando comprendieron que Luna realmente había regresado y que estaba muy enferma, tendida en el suelo junto al río, salieron de la casa corriendo.

La niebla se desvanecía por momentos. Había más visibilidad, y pudieron ver claramente que allí no había nadie. Interrogaron a Chamán varias veces más, con detenimiento. El niño insistió en que Luna, Perro de Piedra y otro sauk habían estado allí. Volvió a describir la forma en que iban vestidos, lo que habían dicho, y el aspecto que tenían.

Sarah salió corriendo cuando oyó decir a Chamán lo que llevaban los indios, y regresó furiosa porque la despensa había sido forzada y faltaban algunos alimentos conseguidos a costa de un gran esfuerzo.

–Robert Cole-dijo de mal humor-, ¿no cogerías tú esas cosas y luego te inventaste esa historia de que los sauk han regresado?

Rob J. fue hasta el río y caminó junto a la orilla llamando a gritos a Luna, pero nadie respondió Chamán sollozaba inconsolablemente.

–Se está muriendo, papá.

–Bueno, ¿y tú cómo lo sabes?

–Ella me cogió las manos, y ella…

El chico se estremeció.

Rob J. miró fijamente a su hijo y suspiró. Rodeó a Chamán con sus brazos y lo estrechó con fuerza contra su pecho.

–No tengas miedo. Lo que le ocurrió a Luna no es culpa tuya. Hablaré contigo sobre esto e intentaré explicártelo. Pero creo que sería mejor que antes intentáramos encontrarla-sugirió.

Montó a caballo y emprendió la búsqueda. Durante toda la mañana se concentró en la gruesa franja del bosque que se extendía a la orilla del río, porque si él estuviera huyendo y quisiera esconderse habría ido al bosque.

Cabalgó primero rumbo al norte, hacia Wisconsin, y luego regresó y fue hacia el sur. De vez en cuando la llamaba a gritos, pero en ningún momento obtuvo respuesta.

Era posible que se hubiera acercado a ellos mientras los buscaba. Los tres sauk podrían haber esperado entre la maleza, dejando que Rob J.

pasara de largo; tal vez lo habían hecho varias veces. A primeras horas de la tarde tuvo que reconocer que no sabía cómo pensaban los sauk fugitivos, porque él no era un sauk fugitivo. Tal vez habían abandonado inmediatamente el río. La pradera estaba cubierta por la vegetación típica

de finales del verano, hierbas altas que podían ocultar el avance de tres personas; y los campos de maíz cuyos cultivos eran algo más altos que cualquier persona, proporcionaban una protección perfecta.

Cuando por fin se dio por vencido regresó a casa, donde le esperaba Chamán. El chico quedó claramente decepcionado al enterarse de que la búsqueda de su padre había resultado infructuosa.

Se sentó a solas con su hijo bajo un árbol, a la orilla del río, y le habló del Don, de cómo le había sido dado a algunos miembros de la familia desde tiempos inmemoriales.

–No a todos. A veces se salta una generación. Mi padre lo tenía, pero mi hermano no, y tampoco mi tío. Le sucede a algunos Cole cuando son muy jóvenes.

–¿Tú lo tienes, papá?

–Sí.

–¿Cuántos años tenías cuando…?

–A mí no me fue dado hasta que tenía casi cinco años más que tú.

–¿Qué es? – preguntó el niño con voz débil.

–Verás, Chamán… No lo sé en realidad. Sé que no tiene nada de mágico. Creo que es una clase de sentido, como la vista, el oído o el olfato.

Algunos somos capaces de coger las manos de una persona y saber si se está muriendo. Creo que simplemente se trata de una sensibilidad adicional, como sentir el pulso cuando tocas diferentes partes del cuerpo.

A veces… -Encogió los hombros-. A veces es un don que viene muy bien cuando se es médico.

Chamán asintió, con movimientos temblorosos.

–Supongo que me vendrá bien cuando yo me convierta en médico.

Rob J. se enfrentó al hecho de que si su hijo era suficientemente adulto para recibir el Don, también era bastante maduro para enfrentarse a otras cosas.

–Tú no vas a ser médico, Chamán -dijo suavemente-. Un médico tiene que oír. Yo utilizo el oído todos los días cuando atiendo a mis pacientes.

Para auscultarles el pecho, para oír su respiración, o para percibir la cualidad de su voz. Un médico tiene que ser capaz de oír que le piden ayuda. Un médico necesita sus cinco sentidos, sencillamente.

Le dolió ver la mirada de su hijo.

–¿Entonces qué haré cuando sea mayor?

–Esta es una buena granja. Puedes trabajar en ella con Bigger-sugirió Rob J., pero el muchacho sacudió la cabeza-. Bueno, pues entonces podrías convertirte en un hombre de negocios o algo así, tal vez trabajar en una tienda. La señorita Burnham dice que eres uno de los alumnos más brillantes que ha tenido. Quizá te gustaría dar clases.

–No, no quiero dar clases.

–Chamán, aún eres un niño. Faltan varios años para que tengas que decidir. Mientras tanto, mantén bien abiertos los ojos. Observa a la gente y estudia sus ocupaciones. Hay muchas formas de ganarse la vida.

Puedes elegir cualquiera de ellas.

–Menos una-protestó Chamán.

Rob J. no se habría permitido exponer a su hijo a un sufrimiento innecesario aceptando la posibilidad de un sueño que en realidad no creía realizable.

–Sí. Menos una-dijo con firmeza.

2-6

Había sido un día triste que había dejado a Rob J. furioso ante la injusticia de la vida. Detestaba tener que destruir el maravilloso sueño de su hijo. Era tan terrible como decirle a alguien que ama la vida que no tiene sentido hacer planes a largo plazo.

Se paseó de un lado a otro de la granja. Cerca del río los mosquitos compitieron con él por la sombra de los árboles y zumbaron en sus oídos.

Sabía que nunca más volvería a ver a Luna. Deseó haber tenido la posibilidad de decirle adiós. Le habría preguntado dónde había sido enterrado viene Cantando. Le hubiera gustado enterrar a los dos como correspondía, pero tal vez en este momento Luna también habría sido abandonada en una tumba sin marcas. Como quien entierra una basura.

Al pensar en esto se sintió furioso, y también culpable porque él era parte de los problemas de ellos, lo mismo que la granja. En otros tiempos, los sauk habían poseído granjas magníficas y Pueblos de los Muertos en los que las tumbas estaban marcadas.

“Nos hicieron mucho daño”, le había dicho Luna a Chamán.

En Estados Unidos había una buena Constitución, y Rob J. la había leído atentamente. Proclamaba la libertad, pero Rob tenía que reconocer que sólo se aplicaba a personas cuya piel iba del rosado al tostado. Las personas de piel más oscura bien podían llevar pieles o plumas.

Durante todo el tiempo que dedicó a pasearse por la granja estuvo

buscando algo. Al principio no se dio cuenta, y luego, cuando comprendió lo que estaba haciendo, se sintió un poco mejor, aunque no demasiado. El lugar que buscaba no debía encontrarse en los campos ni en los bosques por los que Alden o alguno de los chicos -o incluso un cazador furtivo- pudiera pasar. La casa propiamente dicha era inadecuada porque necesitaría ocultársela a su familia, cosa que le fastidiaba enormemente. El dispensario a veces estaba desierto, pero en las horas de consulta quedaba atestado de pacientes. El establo también era un sitio muy frecuentado.

Pero…

En la parte de atrás del establo había un cobertizo largo y estrecho, separado por una pared del lugar donde se ordeñaba. Era el cobertizo de Rob J., el lugar donde almacenaba los medicamentos, los tónicos y otros productos medicinales. Además de las hierbas que tenía colgadas y de los frascos y vasijas que llenaban las estanterías, guardaba una tabla de madera y un fuego suplementario de instrumentos de drenaje, porque cuando le pedían que practicara una autopsia realizaba la disección en el cobertizo, que tenía una sólida puerta de madera y una buena cerradura.

La estrecha pared norte del cobertizo, lo mismo que toda la pared norte del propio establo, estaba construida en una elevación. En el cobertizo, una parte de la pared era un saliente rocoso, y el resto era de tierra.

Rob J. dedicó el día siguiente a atender el atestado dispensario y a hacer unas cuantas visitas domiciliarias, pero la mañana después dispuso de tiempo. Fue un día lleno de casualidades porque Chamán y Al den estaban reparando las vallas y construyendo un comedero con techo de una vertiente en la zona más alejada, y Sarah trabajaba en un proyecto de la iglesia. En la casa sólo se encontraba Kate Stryker -a quien Sarah había contratado para que la ayudara durante algunas horas en las tareas domésticas, después de que Luna se marchara-, pero Kate no lo molestaría.

En cuanto los demás se alejaron de esa zona de la granja, él llevó un pico y una pala y se puso enseguida a trabajar. No hacía mucho que había hecho un trabajo físico prolongado, y avanzó a buen ritmo. El terreno era rocoso y tan duro como la mayor parte del de la granja, pero él era un hombre fuerte y el pico abría el suelo sin dificultad. De vez en cuando tiraba tierra con la pala en una carretilla y la trasladaba a una buena distancia del establo, hasta un pequeño barranco. Había calculado que tal vez estaría varios días cavando, pero a primeras horas de la tarde llegó al saliente. La pared rocosa se extendía hacia el norte, de modo que la

excavación sólo tenía un metro de profundidad en un extremo, algo más de uno y medio en el otro, y menos de un metro y medio de ancho. El espacio que quedaba era apenas suficiente para acostarse, sobre todo si había que guardar en él alimentos y otras provisiones, pero Rob J. pensó que serviría.

Cubrió la abertura con unos tablones verticales de más de dos centímetros de grosor que habían estado amontonados fuera durante más de un año, de modo que parecían tan viejos como el resto del establo. Utilizó una lezna para agrandar un poco algunos agujeros de los clavos y aceitó los clavos que introdujo en los agujeros, de forma tal que algunos tablones podían ser retirados y colocados nuevamente con toda facilidad y sin hacer ruido.

Trabajó con mucho cuidado, trasladando la carretilla hasta el bosque y cargando musgo, que esparció en el barranco para ocultar la tierra añadida.

A la mañana siguiente cabalgó hasta Rock Island y mantuvo una breve pero significativa charla con George Cliburne.

La habitación secreta

Aquel otoño el mundo empezó a cambiar para Chamán; no fue un cambio brusco y desconcertante como el que había sufrido al perder el sentido del oído, sino una compleja alteración de su entorno que no fue menos modificadora por su carácter progresivo. Alex y Mal Howard se habían convertido en grandes amigos y su compañerismo bullicioso y risueño excluía a Chamán la mayor parte del tiempo. Rob J. y Sarah no estaban conformes con esa amistad; sabían que Mollie Howard era una mujer desaseada y quejosa, y su esposo Julian un vago, y detestaban que su hijo pasara el tiempo en la cabaña atestada y sucia de los Howard, a la que se acercaba una buena parte de los vecinos de la población para comprar el brebaje casero que Julian destilaba a partir del maíz triturado en un deshidratador oculto bajo una cubierta oxidada.

Ese malestar se vio justificado con la llegada de la Víspera de Todos los Santos, cuando Alex y Mal probaron el whisky que éste había apartado mientras embotellaba la producción de su padre. Así inspirados, se dedicaron a dejar una serie de retretes volcados a lo ancho de medía población, lo que obligó a Alma Schroeder a salir arrastrándose y gritando de su retrete derribado, después de lo cual Gus Schroeder puso fin a la incontenible hilaridad de ambos apareciendo con su rifle de cazar búfalos.

El incidente dio lugar a una sucesión de desagradables conversaciones entre Alex y sus padres que Chamán hizo todo lo posible por evitar, porque después de observar los intercambios iniciales fue incapaz-de leer el

movimiento de sus labios. La reunión que mantuvieron los chicos, los padres y el sheriff London fue aún más desagradable.

Julian Howard afirmó que se había dado demasiada importancia a la travesura que un par de muchachos habían hecho la Víspera de Todos los Santos.

Rob J. intentó olvidar la antipatía que tenía a Howard; estaba seguro de que si en Holden’s Crossing había algún miembro de la Orden Suprema de la Bandera Estrellada, éste era Howard, un hombre capaz de provocar bastantes problemas por su cuenta. Estaba de acuerdo con Howard en que los muchachos no eran asesinos ni criminales pero dado que su trabajo consideraba la digestión humana como algo serio, no se sentía inclinado a compartir la opinión general de que todo lo relacionado con la mierda fuera divertido, incluida la destrucción de retretes. Sabía que el sheriff London se sentía respaldado por medía docena de quejas sobre los chicos, y que tomaría medidas contra ellos porque no sentía simpatía por ninguno de los padres. Rob J.

sugirió que Alex y Mal se hicieran responsables de arreglar los des perfectos. Tres de los retretes se habían astillado o derrumbado. Otros dos no podían ser levantados sobre el mismo agujero, que había que dado obstruido. Como compensación, los muchachos debían cavar agujeros y reparar los retretes. Rob J. pagaría la madera que fuera necesaria, y Alex y Mal saldarían esa deuda con él trabajando en la granja. Y si no cumplían el trato, el sheriff London podría tomar medidas.

Mort London admitió de mala gana que no le parecía mal el plan.

Julian Howard se opuso hasta que supo que tanto su hijo como el de los Cole serían responsables también de sus tareas habituales; entonces estuvo de acuerdo. A Alex y a Mal no se les dio la posibilidad de negarse, de modo que durante el mes siguiente se convirtieron en expertos en la reparación de letrinas, cavando los agujeros antes de que el invierno helara el suelo, y realizando el trabajo de carpintería con los dedos entumecidos de frío.

Trabajaban bien; todos “sus” retretes durarían varios años, excepto el que construyeron detrás de la casa de los Humphrey, que quedó astillado tras el tornado que arrasó la casa y el granero en el verano del sesenta y tres, acabando también con la vida de Irving y Letty Humphrey.

Alex era incontrolable. Una noche entró con la lámpara de aceite en la mano en el dormitorio que compartía con Chamán y anunció con profunda satisfacción que lo había hecho.

–¿Qué es lo que has hecho?-preguntó Chamán soñoliento, parpadeando para poder ver los labios de su hermano.

–Ya sabes. Lo he hecho. Con Pattie Drucker.

Chamán terminó de despertarse.

–Eres un asqueroso embustero, Bigger.

–No; lo he hecho con Pattie Drucker. En casa de su padre, mientras la cenaba fuera.

Chamán lo miró embelesado, incapaz de creerle, aunque con unas tremendas ganas de hacerlo -Entonces dime cómo se hace.

Alex le sonrió con aire de suficiencia y explicó:

–cuando metes el pirulí entre los pelos y todo lo demás, sientes algo tibio y agradable. Muy tibio y agradable. Pero entonces te excitas, de alguna manera y te mueves hacia atrás y hacia delante porque estás muy contento.

Atrás y adelante, como hace el carnero con la oveja.

–¿y la chica también se mueve hacia atrás y hacia delante?

–No. La chica se queda tendida y muy contenta, y te deja hacer.

_¿Y entonces qué ocurre?

–Bueno, se te cruzan los ojos. Esa cosa sale disparada de tu polla como una bala.

–¿Como una bala? ¿Y le hace daño a la chica?

–No, idiota, quiero decir tan rápido como una bala, no tan fuerte como una bala. Es más blanda que un flan, como cuando te lo haces tú mismo. De todos modos, después de eso casi todo ha terminado.

Chamán quedó convencido por la gran cantidad de detalles que nunca había oído mencionar.

–¿Eso quiere decir que Patty Drucker es tu chica?

–¡No!-exclamó Alex.

–¿Estás seguro?-preguntó Chamán ansiosamente.

Pattie Drucker ya era casi tan grande como su pálida madre, y su risa sonaba como un rebuzno.

–Eres demasiado pequeño para entenderlo-murmuró Alex, preocupado y contrariado, y apagó la lámpara para interrumpir la conversación.

Chamán se quedó despierto, pensando en lo que Alex le había contado, también excitado y preocupado. No le gustaba la parte en que se cruzaban los ojos. Luke Stebbins le había dicho que si se lo hacía solo podía quedarse ciego. Tenía suficiente con la sordera, no quería perder ningún otro sentido.

“Tal vez ya había empezado a quedarse ciego”, pensó, y a la mañana

siguiente anduvo de un lado a otro comprobando ansiosamente su visión de lejos y de cerca.

Cuanto menos tiempo pasaba Bigger con él, más se dedicaba Chamán a los libros Los leía a toda prisa y los pedía prestados sin ningún tipo de reparO. Los Geiger tenían una buena biblioteca y le permitían llevarse los libros prestados. Para su cumpleaños y para Navidad todos le regalaban libros, el combustible para el fuego que él encendía contra el frío de la soledad. La señorita Burnham decía que jamás había conocido a nadie que leyera tanto.

La maestra lo hacía trabajar sin descanso para que mejorara su expresión. Durante las vacaciones de la escuela recibía alojamiento y pensión gratuitos en casa de los Cole, y Rob J. se ocupaba de que los esfuerzos que hacía por su hijo quedaran recompensados, pero ella no trabajaba con Chamán por interés personal. Había convertido la claridad de expresión de Chamán en su propio objetivo. Los ejercicios con la mano del muchacho sobre el piano continuaban sin cesar Se sintió fascinada al comprobar que desde el principio el chico captaba la diferencia entre las distintas vibraciones, y que poco tiempo después era capaz de identificar las notas en cuanto ella las tocaba.

El vocabulario de Chamán se iba ampliando gracias a la lectura, pero tenía dificultades con la pronunciación y no podía corregirla escuchando las voces de los demás. Por ejemplo, pronunciaba “habito” en vez de “hábito”

y ella se dio cuenta de que parte de su dificultad se debía a que ignoraba dónde acentuar las palabras. Utilizó una pelota de goma para mostrarle cuál era el problema, lanzándola suavemente para indicar una acentuación normal, y con más fuerza para señalar una acentuación mayor. Incluso eso le llevó tiempo, porque la actividad corriente de recoger una pelota que rebota representaba para él una gran dificultad. La señorita Burnham se dio cuenta de que ella estaba preparada para recoger la pelota gracias al sonido que ésta hacía al golpear contra el suelo. Chamán no tenía este tipo de preparación, y tuvo que aprender a cogerla memorizando la cantidad de tiempo que la pelota tardaba en llegar al suelo y rebotar hasta su mano cuando la lanzaba con una determinada fuerza.

Cuando Chamán logró identificar el rebote de la pelota como una representación de la acentuación, ella puso en marcha una serie de ejercicios con la pizarra y la tiza, escribiendo palabras y luego dibujando pequeños círculos sobre las sílabas que recibían una acentuación oral

normal, y círculos más grandes sobre las sílabas que debían acentuar. Ca-te-dral. Bue-nos-días. Cua-dro. Fies-ta. U-ná-mon-ta-ñá.

Rob J. se unió a sus esfuerzos enseñándole a Chamán a hacer malabarismos, y a menudo Alex y Mal Howard se sumaban a las lecciones.

A veces Rob había hecho malabarismos para entretenerlos, y ellos se divertían y se mostraban interesados, pero la técnica era difícil. No obstante, los estimulaba a que perseveraran.

–En Kilmarnock, todos los chicos de la familia Cole aprenden a hacer malabarismos. Es una antigua costumbre familiar. Si ellos pueden aprender a hacerlos, vosotros también -les decía, y ellos descubrieron que tenía razón Para decepción de Rob, Mal Howard resultó ser el mejor malabarista de los tres, y pronto pudo trabajar con cuatro pelotas. Pero Chamán le seguía de cerca, y Alex tuvo que practicar tenazmente para poder mantener tres pelotas en el aire con soltura. El objetivo no era forjar un artista sino darle a Chamán la noción de la diferencia de ritmos. Y funcionó.

Una tarde, mientras la señorita Burnham estaba delante del piano de Lillian Geiger con el muchacho, le cogió la mano que tenía apoyada en la caja de resonancia y la colocó en la garganta de ella.

–Mientras yo hablo -dijo-, las cuerdas de mi laringe vibran, como las cuerdas del piano. ¿Percibes las vibraciones, el modo en que cambian con cada palabra?

El asintió embelesado, y se miraron sonrientes.

–Oh, Chamán!-exclamó Dorothy Burnham, apartando la mano del chico de su garganta y estrechándola entre las suyas-. Estás haciendo muchos progresos! Pero necesitas un entrenamiento constante, más del que yo puedo darte durante el curso. ¿Alguien podría ayudarte?

Chamán sabía que su padre estaba ocupado con los enfermos. Su madre se dedicaba a trabajar para la iglesia, y él captaba la poca disposición de ella a ocuparse de su sordera, cosa que lo desconcertaba pero que no era imaginada. Y Alex se iba con Mal cada vez que terminaba sus tareas.

Dorothy suspiró.

–¿A quién podríamos encontrar que pudiera trabajar contigo de una forma regular?

–A mí me encantaría ayudar -dijo de repente una voz surgida de un enorme sillón de orejas con respaldo de crin que se encontraba de espaldas al piano, y Dorothy se sorprendió al ver que Rachel Geiger se levantaba a toda prisa del sillón y se acercaba a ellos.

La maestra se preguntó cuántas veces la niña habría estado allí sentada sin que la vieran, oyendo mientras ellos hacían los ejercicios.

–De verdad que puedo hacerlo, señorita Burnham -afirmó Rachel casi sin resuello.

Chamán pareció encantado.

Dorothy le sonrió a Rachel y le apretó la mano.

–Estoy segura de que lo harás muy bien, cariño -le dijo.

Rob J. no había recibido respuesta alguna a las cartas que había enviado con relación a la muerte de Makwa. Una noche se sentó a la mesa y desahogó su frustración redactando otra carta, en tono áspero, con la intención de armar un poco de alboroto.

“… Los delitos de violación y asesinato han sido totalmente pasados por alto por los representantes del gobierno y de la ley, hecho que lleva a plantear la pregunta de si el Estado de Illinois, o incluso Estados Unidos de América, es un reino de auténtica civilización o un sitio en el que los hombres pueden comportarse como auténticas bestias con toda impunidad.”

Despachó copia de las cartas a las mismas autoridades con las que ya se había puesto en contacto; tenía la esperanza de que el tono áspero de las mismas produjera algún resultado.

Pensó malhumorado que nadie se había puesto en contacto con él.

Había cavado la habitación en el cobertizo a un ritmo casi frenético, pero ahora que estaba hecha no tenía noticias de George Cliburne. Al principio, a medida que los días se convertían en semanas, pasaba horas pensando cómo harían para avisarle, y luego empezó a preguntarse por qué lo dejaban de lado. Apartó la habitación secreta de su mente y se resignó al conocido acortamiento de los días, a la enorme y que formaban los gansos mientras acuchillaban el aire azul en su vuelo hacia el sur, al estruendoso sonido del río que se volvía cristalino a medida que el agua se enfriaba. Una mañana cabalgó hasta el pueblo y Carroll Wilkenson se levantó de la silla que ocupaba en el porche del almacén y caminó hasta donde Rob J.

desmontaba de una pequeña yegua pinta de cuello encorvado.

–¿Yegua nueva, doctor?

–Sólo estoy probándola. Nuestra Vicky ya está casi ciega. Es fantástica para que los chicos paseen por la pradera, pero… Esta pertenece a Tom Beckermann.

Sacudió la cabeza. El doctor Beckermann le había dicho que la pinta tenía cinco años de edad, pero los incisivos inferiores del animal estaban tan

gastados que él supo que tenía más del doble; además se sobresaltaba con los insectos y las sombras.

–¿Prefiere las yeguas?

–No necesariamente. Aunque en mi opinión son más tranquilas que los sementales

–Creo que tiene usted razón. Toda la razón… Ayer tropecé con George Cliburne. Me pidió que le dijera que tiene algunos libros nuevos en su casa, y que tal vez le interese echarles un vistazo.

Esa era la señal, que cogió a Rob J. por sorpresa.

–Gracias, Carroll. George tiene una biblioteca maravillosa -respondió, con la esperanza de que su voz sonara serena.

–Sí, así es. – Wilkenson levantó la mano para despedirse-. Bueno, haré correr la voz de que quiere comprar una yegua.

–Se lo agradeceré -repuso Rob J.

Después de la cena Rob J. estudió el cielo para asegurarse de que no habría luna. Durante toda la tarde habían pasado negros nubarrones.

El aire parecía el de una lavandería después de lavar durante dos días, y prometía lluvia antes de la mañana.

Se acostó temprano y logró dormir unas pocas horas, pero tenía la habilidad de los médicos para hacer una siesta corta, de modo que alrededor de la una estaba despierto y despabilado. Recuperó el tiempo perdido y se apartó del calor del cuerpo de Sarah antes de las dos. Se había acostado en ropa interior, y cogió el resto de la ropa en silencio, a oscuras, y se vistió en la planta baja. Sarah estaba acostumbrada a que él se marchara a cualquier hora para atender algún paciente, y siguió durmiendo profundamente.

Las botas de Rob estaban en el suelo, debajo de su abrigo, en el vestíbulo delantero. Una vez en el establo ensilló a Reina Victoria porque sólo iría hasta el lugar en que el sendero de entrada a la casa de los Cole se encontraba con el camino público, y Vicky conocía ese tramo tan bien que no necesitaba tener buena vista. Estaba tan nervioso que hizo todo con demasiado tiempo, y diez minutos después de llegar al camino se sentó y acarició el pescuezo de la yegua mientras empezaba a caer una débil lluvia.

Aguzó el oído para captar sonidos imaginados, pero por fin oyó sonidos reales, el chirrido y el tintineo de unos arreos, el ruido de los cascos de un caballo de tiro que avanzaba pesadamente. Un instante más tarde el carro tomó forma: un carro cargado de heno.

–Entonces has venido -dijo George Cliburne tranquilamente.

Rob J. luchó contra el impulso de negar que era él y se quedó sentado mientras Cliburne buscaba entre el heno y de éste salía otra forma humana Evidentemente, Cliburne ya le había dado instrucciones al esclavo, porque sin hacer ningún comentario el hombre se aferró a la parte de atrás de la montura de Vicky y montó detrás de Rob.

–Que Dios te acompañe -lo saludó Cliburne alegremente, tirando de las riendas y poniendo en marcha el carro.

Con anterioridad -y tal vez varias veces- el negro había perdido el control de su vejiga. Gracias a su experta nariz, Rob supo que la orina se había secado, quizá varios días antes, pero apartó su cuerpo del penetrante olor a amoniaco que le llegaba desde atrás. Cuando pasaron frente a la casa, todo estaba a oscuras. Había pensado colocar al hombre en el refugio subterráneo a toda prisa, desensillar el caballo y volver a meterse en la cama caliente. Pero una vez dentro del cobertizo, el proceso resultó más complicado.

Cuando encendió la lámpara vio que se trataba de un hombre negro entre treinta y cuarenta años, de ojos asustados y cautelosos como los de un animal acosado, nariz grande y ganchuda y pelo en marañado como la lana de un carnero. Llevaba zapatos resistentes, una camisa adecuada y unos pantalones tan raídos y agujereados que faltaba más tela de la que quedaba.

Rob J. quería preguntarle cómo se llamaba y de dónde había huido, pero Cliburne le había advertido que hacer preguntas iba en contra de las reglas.

Retiró los tablones y detalló lo que había dentro del escondite: un recipiente con tapa para las necesidades fisiológicas, papel de periódico para limpiarse, una jarra de agua para beber, una bolsa de galletas. El negro no dijo nada; se agachó y entró, y Rob volvió a colocar los tablones.

Había un recipiente de agua sobre la estufa apagada. Rob J. preparó y encendió el fuego. En el establo, colgados de un clavo, encontró sus pantalones más viejos de trabajo -que eran demasiado largos y demasiado grandes- y unos tirantes que en otros tiempos habían sido rojos y ahora estaban grises de polvo, el tipo de tirantes a los que Alden llamaba suspensorios. Los pantalones enrollados podían resultar peligrosos si quien los llevaba tenía que correr, así que cortó un trozo de veinte centímetros a cada pierna con las tijeras quirúrgicas. Cuando terminó de poner en su sitio la yegua, el agua que estaba encima de la estufa se había calentado. Volvió a retirar los tablones y pasó el agua, los trapos, el jabón y los pantalones al

interior del escondite; colocó otra vez los tablones, apagó la estufa y luego la lámpara.

Vaciló antes de marcharse.

–Buenas noches -dijo mirando los tablones.

Se oyó un movimiento, como el ruido que hace un oso en su madriguera; el hombre se estaba lavando.

–Gracias, señor -llegó por fin la respuesta como un ronco susurro, como si alguien hablara en una iglesia.

“El primer huésped de la posada”, pensó Rob J. El hombre se quedó allí durante setenta y tres horas. Después de dedicarle un saludo tranquilo y alegre en un tono tan cortés que resultó casi formal, George Cliburne lo recogió en medio de la noche y se lo llevó. Aunque estaba tan oscuro que Rob J. no pudo ver los detalles, tenía la seguridad de que el cuáquero llevaba el pelo prolijamente peinado sobre la coronilla, y las mejillas rosadas tan bien afeitadas como si fuera mediodía.

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