Chaman
–Quid visí -preguntó Brooke.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
–Condo parvam catulaí n meo íubiulo.
Brooke enarcó las cejas, perplejo.
–¿Que tienes escondida una hembra en tu habitación?
–Sic est.
–¡Vaya! – exclamó Brooke en tono incrédulo, y palmeó a Chamán en la espalda.
Como era lunes, en el comedor encontró restos del asado del domingo.
Cogió varios trozos de su plato y se los guardó en el bolsillo.
Brooke lo observó con interés. Cuando la señora Hammond fue a buscar el postre, puso leche en una taza y se levantó de la mesa mientras el decano estaba concentrado en una conversación con el bibliotecario sobre el presupuesto para libros.
La perra no mostró el más mínimo interés por la carne, y tampoco quiso probar la leche. Chamán mojó los dedos en la leche y se los puso al animal en la lengua, como si estuviera alimentando a un cordero sin madre, y de esa forma le hizo tomar algo nutritivo.
Pasó varias horas estudiando. Al anochecer acarició al decaído animal y notó que tenía el morro caliente y seco.
–Vamos a dormir, que hay una chica -dijo, y apagó la lámpara.
Resultaba raro tener a otra criatura viviente en la habitación, pero le gustó.
Lo primero que hizo por la mañana fue mirar a la perra y descubrió que tenía el hocico frío. En realidad, todo su cuerpo estaba frío y rígido.
–Maldita sea -dijo en tono triste.
Ahora tendría que pensar en la forma de librarse del animal. Se lavó, se vistió y bajó a desayunar después de cerrar la puerta con llave.
Brooke lo esperaba en el pasillo.
–Pensé que bromeabas -dijo en tono áspero-. Pero la he oído llorar y gemir toda la noche.
–Lo siento -se disculpó Chamán-. No volverá a molestarte.
Después de desayunar subió a su habitación y se sentó en la cama a mirar al animal. había una pulga en el borde del cajón e intentó aplastarla, pero no acertó. Tendría que esperar a que todos se fueran de la casa y entonces llevar a la perra afuera. En el sótano debía de haber una pala. Eso significaba que se perdería la primera clase.
Entonces se dio cuenta de que era una buena oportunidad para hacer una autopsia.
La posibilidad lo atraía, aunque presentaba algunos problemas. Uno de ellos era la sangre. Como había ayudado a su padre en alguna autopsia sabía que la sangre se coagulaba cuando se producía la muerte, pero de todos modos podría haber un poco de hemorragia.
Esperó hasta que casi todos habían salido de la casa, y luego fue hasta el pasillo de atrás, donde había una enorme bañera de metal colgada de un clavo de la pared. La llevó hasta su habitación y la colocó junto a la ventana, donde había más luz. Cuando colocó la perra dentro, de espaldas y con las patas arriba, parecía que esperaba que alguien le acariciara la panza.
tenía las uñas largas, como las de una persona desaliñada, y una de ellas estaba rota. tenía cuatro uñas en las patas traseras y una quinta, más pequeña, en la parte superior de las patas delanteras, como pulgares que se habían deslizado hacia arriba. Chamán quería ver cómo eran las articulaciones de las patas comparadas con las de un ser humano. Sacó la hoja pequeña de la navaja que le había regalado su padre. La perra tenía pelos largos y sueltos, y pelos cortos y más gruesos, pero la piel de la parte de abajo no estorbaba en lo más mínimo, y la carne se separó fácilmente mientras la navaja la abría.
No fue a clase ni se tomó un descanso para comer. Pasó todo el día dedicado a la disección e hizo anotaciones y diagramas. A últimas horas de la tarde había terminado de estudiar los órganos internos y varias articulaciones. Quería proseguir con el examen y retirar la espina dorsal, pero volvió a poner a la perra en el cajón y lo guardó en la cómoda.
Puso agua en la palangana y se lavó detenidamente, utilizando gran cantidad de jabón sin refinar; luego vació la palangana en la bañera.
Antes de bajar a cenar se cambió la ropa.
Apenas habían empezado a tomar la sopa cuando el decano Hammond arrugó su gorda nariz.
–¿Qué? – le preguntó su esposa.
–Algo…-vaciló el decano-. ¿Col?
–No -repuso ella.
Chamán se alegró de marcharse cuando terminaron de cenar. Se sentó en su habitación, empapado en sudor; temía que alguien decidiera darse un baño.
Pero nadie lo hizo. Demasiado nervioso para dormir, esperó durante mucho rato hasta que se hizo tan tarde que todos estuvieron acostados.
Entonces sacó la bañera de su habitación, bajó la escalera y salió al aire templado del patio trasero; tiró el agua sucia de la bañera en el césped.
La bomba de agua hizo más ruido que nunca cuando él accionó la palanca, y además existía el riesgo de que alguien saliera para utilizar el retrete; pero no salió nadie. Frotó la bañera varias veces con jabón y la enjuagó bien, la llevó dentro y la colgó de la pared.
Por la mañana se dio cuenta de que no habría podido extraer la espina dorsal porque la habitación estaba caliente y el olor era muy fuerte. Dejó el cajón cerrado y colocó delante la almohada y las mantas, con la esperanza de que el olor quedara tapado. Pero cuando bajó a desayunar, vio que todos tenían mala cara.
–Supongo que un ratón muerto entre las paredes -decía el bibliotecario-.
O tal vez una rata.
–No -aclaró la señora Hammond-. Encontramos el origen del mal olor esta mañana. Parece que sale del suelo, alrededor de la bomba de agua.
El decano suspiró.
–Espero que no haya que cavar un pozo nuevo.
Brooke tenía cara de no haber dormido. Y apartaba la mirada, nervioso.
Chamán se marchó a toda prisa a la clase de química para darles tiempo a
todos a salir de la casa. Cuando terminó la clase de química, en lugar de dedicarse a Shakespeare regresó corriendo a su habitación, ansioso por poner todo en orden. Pero al subir la escalera de atrás encontró a Brooke, a la señora Hammond y a uno de los dos policías de la ciudad en la puerta de su dormitorio. Ella le estaba entregando la llave.
Todos miraron a Chamán.
–¿Hay algo muerto ahí dentro? – preguntó el policía.
Chamán no logró articular palabra.
–Me dijo que tenía una mujer escondida ahí dentro -declaró Brooke.
Chamán recuperó por fin el habla.
–No -dijo, pero el policía había cogido la llave de la señora Hammond y abría la puerta.
Una vez dentro, Brooke empezó a mirar debajo de la cama, pero el policía vio la almohada y las mantas y fue directamente a abrir el cajón.
–Un perro -dijo-. Parece que está hecho pedazos.
–¿No es una mujer? – preguntó Brooke. Miró a Chamán-. Dijiste que era una hembra.
–Fuiste tú el que usaste la palabra hembra. Yo dije catulam -lo corrigió Chamán-. El femenino de perra.
–Señor -dijo el policía-, supongo que no habrá nada más escondido ni muerto por aquí, ¿verdad? Déme su palabra de honor.
–No -le aseguró Chamán.
La señora Hammond lo miró pero no dijo una palabra. Salió de la habitación y bajó la escalera a toda prisa, y enseguida se oyó que la puerta principal se abría y se cerraba de golpe.
El policía suspiró.
–Debe de haber ido al despacho de su esposo. Creo que nosotros también deberíamos ir.
Chamán asintió, y mientras salía detrás del policía pasó junto a Brooke; éste tenía la boca y la nariz tapadas con un pañuelo, pero en sus ojos se veía una expresión de pesar.
–Adiós -dijo Chamán.
Fue expulsado. Quedaban menos de tres semanas para que terminara el semestre, y el profesor Gardner le permitió dormir en un catre, en el cobertizo de su huerto. Chamán removió la tierra del huerto y plantó unos diez metros de patatas para mostrar su agradecimiento. Una serpiente que
vivía debajo de unos tiestos le dio un susto, pero cuando tuvo la certeza de que sólo se trataba de una culebra, se llevaron bien.
Obtuvo excelentes calificaciones, pero le dieron una carta cerrada para que se la entregara a su padre. Cuando llegó a su casa se sentó en el estudio y esperó mientras su padre la leía. El ya sabía lo que decía. El decano Hammond le había dicho que gracias a las calificaciones había ganado dos años de estudios, pero que quedaba suspendido por un año para que pudiera madurar lo suficiente para poder vivir en un centro académico. Cuando regresara tendría que buscar otro sitio en el que alojarse.
Su padre terminó de leer la carta y lo observó.
–¿Has aprendido algo de esta pequeña aventura?
–Si, papá -respondió-. Que por dentro un perro es sorprendentemente parecido a un ser humano. El corazón era mucho más pequeño, por supuesto, medía menos de la mitad, pero se parecía mucho a los corazones que te he visto extraer y pesar. El mismo color caoba.
–No es exactamente caoba…
–Bueno…, rojizo.
–Si, rojizo.
–Los pulmones y el tracto intestinal también son parecidos. Pero el bazo no. En lugar de ser redondo y compacto, era como una lengua enorme, de unos treinta centímetros de largo, cinco de ancho y dos de espesor.
La aorta estaba rota. Eso es lo que le produjo la muerte. Supongo que perdió la mayor parte de la sangre. Y una gran cantidad quedó acumulada en la cavidad -añadió.
Su padre lo miró.
–He tomado notas. Quizá te interese leerlas.
–Me interesan mucho -dijo su padre con expresión pensativa.
El aspirante
Por la noche Chamán se tendió en la cama, que tenía los muelles flojos, y se dedicó a mirar las paredes, tan conocidas que por la variación de la luz del sol sobre ellas podía reconocer la época del año. Su padre le había sugerido que pasara en casa el tiempo de la suspensión.
–Ahora que has aprendido algo de fisiología, puedes resultarme más útil cuando haga un autopsia. Y puedes ayudarme en las visitas a los pacientes.
Mientras tanto -añadió Rob J.– puedes ayudar en la granja.
Pronto fue como si Chamán jamás se hubiera marchado. Pero por primera vez en su vida el silencio que le envolvía lo hizo sentirse
terriblemente solo.
Aquel año, gracias a los cadáveres producidos por suicidios, abandonos e indigencia, y a los libros de texto, aprendió el arte de la disección.
En casa de los enfermos o heridos preparaba instrumental y vendajes, y observaba la forma en que su padre reaccionaba ante cada nueva situación.
Sabía que su padre también lo observaba a él, y se esforzó por mantenerse alerta, aprendiendo los nombres de los instrumentos, de las tablillas y los vendajes para poder tenerlos preparados incluso antes de que Rob J. se los pidiera.
Una mañana, cuando detuvieron la calesa en el bosque para hacer sus necesidades, le dijo a su padre que quería estudiar medicina en lugar de volver al Knox College cuando concluyera el año de suspensión.
–¡Maldita sea! – protestó Rob J., y Chamán sintió una amarga decepción, porque en el rostro de su padre vio que nada le había hecho cambiar de idea-. ¿No te das cuenta? Intento evitar que sufras. Es evidente que tienes verdadero talento para la ciencia. Termina tus estudios en el instituto y yo te pagaré la mejor escuela de graduados que puedas encontrar, en cualquier lugar del mundo. Puedes enseñar, puedes investigar. Creo que puedes hacer grandes cosas.
Chamán sacudió la cabeza.
–No me importa sufrir. Una vez me ataste las manos y no me diste de comer hasta que hablé. Estabas intentando sacar lo mejor de mi, no protegiéndome del sufrimiento.
Rob J. suspiró.
–Muy bien. Si lo que has decidido es estudiar medicina, puedes hacer tu aprendizaje conmigo.
Pero Chamán sacudió la cabeza.
–Estarías haciendo un acto de caridad con tu hijo sordo. Estarías intentando hacer algo valioso con una mercancía de calidad inferior, en contra de tu voluntad.
–Chamán -dijo Rob en tono severo.
–Lo que quiero es estudiar como estudiaste tú, en una facultad de medicina.
–Eso es una mala idea. No creo que una buena facultad te admita.
Por todas partes están surgiendo facultades de medicina de pacotilla, y en ésas te aceptarían. Aceptan a cualquiera que pague. Pero sería un gran error intentar estudiar medicina en uno de esos sitios.
–No es eso lo que pretendo.
Chamán le pidió a su padre que le hiciera una lista de las mejores facultades de medicina que se encontraran a una distancia prudencial del valle del Mississippi.
En cuanto llegaron a casa, Rob J. fue a su estudio, preparó la lista y se la entregó a Chamán antes de la cena, como si quisiera borrar ese tema de su mente. Chamán puso aceite en la lámpara y se sentó ante la mesa de su habitación, donde estuvo escribiendo cartas hasta después de la medianoche. Se esforzó por dejar claro que el aspirante era un joven sordo, porque no quería ninguna sorpresa desagradable.
La yegua que se llamaba Bess, la ex Mónica Grenville, se quedó flaca y coja después de trasladar a Rob J. a través de medio continente, pero ahora, que había llegado a la vejez y no trabajaba, estaba gorda y tenía buen aspecto. Pero la pobre Vicky, la yegua que Rob había comprado para reemplazar a Bess, ya estaba ciega y para ella el mundo se había convertido en algo horrible. Una tarde de finales del otoño, Rob J. llegó a su casa y vio que Vicky temblaba. tenía la cabeza gacha y las delgadas patas ligeramente torcidas, y era tan inconsciente de lo que sucedía a su alrededor como cualquier ser humano que ha llegado a la vejez embotado. débil y enfermo.
A la mañana siguiente, Rob fue a casa de los Geiger y preguntó a Jay si podía darle morfina.
–¿Cuánta necesitas?
–Lo suficiente para matar un caballo -respondió Rob J.
Llevó a Vicky al medio de la pradera y le dio dos zanahorias y una manzana. Le inyectó la droga en la vena yugular derecha, le habló suavemente y le acarició el cuello mientras ella masticaba su última comida. Casi al instante se le doblaron las rodillas y se desplomó. Rob J. se quedó a su lado hasta que murió; luego les dijo a sus hijos que se ocuparan de ella, y se fue a visitar a sus pacientes.
Chamán y Alex empezaron a cavar exactamente junto al lomo del animal. Tardaron un buen rato, porque el agujero tenía que ser profundo y ancho. Cuando estuvo terminado se quedaron de pie, mirando a Vicky.
–De qué forma tan extraña le salen los incisivos hacía fuera -observó Chamán.
–En eso se conoce la edad de los caballos, en la dentadura -comentó Alex.
–Aún recuerdo cuando tenía los dientes tan sanos como tú o como yo…
Era una buena chica.
–Se tiraba muchos pedos -dijo Alex, y ambos sonrieron.
Pero después de colocarla en el agujero la cubrieron rápidamente con la tierra, incapaces de mirarla. A pesar de que era un día fresco, estaban sudando. Alex llevó a Chamán al establo y le mostró el lugar en el que Alden había escondido una garrafa de whisky debajo de unas arpilleras; dio un largo trago de la botella y Chamán probó un poco.
–Tengo que irme de aquí -dijo Alex.
–Pensé que te gustaba trabajar en la granja.
–No consigo llevarme bien con papá.
Chamán vaciló.
–El se preocupa por nosotros, Alex.
–Claro que si. Ha sido fantástico conmigo. Pero… me planteo preguntas sobre mi verdadero padre. Como nadie las responde, salgo y armo un poco de jaleo, porque me siento como si fuera un verdadero bastardo.
Sus palabras hirieron a Chamán.
–Tienes una madre y un padre. Y un hermano -dijo bruscamente-.
Eso debería ser suficiente para cualquiera que no sea un idiota.
–Querido Chamán, tú siempre sales con tu sentido común. – Esbozó una sonrisa-. Te hago una propuesta: larguémonos, tú y yo solos.
A California. Allí debe de quedar algo de oro. Podemos pasarlo en grande, hacernos ricos, regresar y comprarle este maldito pueblo a Nick Holden.
Irse con Alex y vivir libremente… era una perspectiva interesante, y la proposición era bastante seria.
–Tengo otros planes, Bigger. Y tú tampoco debes largarte, porque si te vas, ¿quién va a ocuparse de limpiar la mierda de las ovejas?
Alex se abalanzó sobre él y lo tiró al suelo. Entre gritos y gruñidos, cada uno de ellos luchó por dominar la situación. La garrafa de Alden salió volando y empezó a vaciarse mientras rodaba por el suelo cubierto de heno del establo. Alex estaba endurecido por el trabajo en la granja, y era fuerte, pero Chamán era más grande y tenía más fuerza, y pronto logró inmovilizar a su hermano cogiéndole la cabeza. Enseguida le pareció que Alex intentaba decirle algo y colocó el brazo izquierdo alrededor del cuello de su hermano mientras con la mano derecha le echaba la cabeza hacía atrás para verle la cara.
–Ríndete y te soltaré -logró decir Alex, y Chamán volvió a caer sobre el heno, riendo.
Alex se arrastró hasta la garrafa y la miró con pesar.
–Alden pondrá el grito en el cielo.
–Dile que me lo bebí yo.
–No. ¿Quién iba a creer una cosa así? – dijo Alex al tiempo que se llevaba la garrafa a los labios para salvar las últimas gotas.
Aquel otoño las lluvias fueron abundantes y se prolongaron hasta bien entrada la estación, cuando por lo general empezaba a nevar. Caían formando una gruesa cortina plateada pero de forma intermitente, con varios días de bonanza entre una tormenta y otra, de tal modo que los ríos se convirtieron en gigantes que rugían y corrían a toda velocidad, pero no se desbordaban. En la pradera se asentó la tierra acumulada sobre la tumba de Vicky hasta formar un montículo, y pronto resultó imposible localizarla.
Rob J. compró para Sarah un caballo tordo, flaco y castrado. Le llamaron Boss, aunque cuando Sarah lo montaba era ella quien daba las órdenes.
Rob J. dijo que seguiría atento hasta encontrar un caballo adecuado para Alex. Este se sintió agradecido porque su economía no era floreciente y todo el dinero que podía ahorrar lo tenía destinado a la compra de un rifle de caza de retrocarga.
–Parece que me paso la vida buscando un caballo -comentó Rob J., pero no sugirió que buscaría uno para Chamán.
La saca de la correspondencia llegaba a Holden's Crossing desde Rock Island todos los martes y viernes por la mañana. Hacía Navidad, Chamán empezó a prestar atención a cada entrega del correo, pero las primeras cartas no le llegaron hasta la tercera semana de febrero.
Aquel martes recibió dos cartas de rechazo, breves y casi bruscas, una de la facultad de medicina de Louisiana. El viernes, otra carta le informaba que su formación y sus antecedentes parecian excelentes, pero que “la facultad de medicina Rush de Chicago no cuenta con instalaciones adecuadas para personas sordas”.
¿Instalaciones? ¿Tal vez pensaban que debían colocarlo en una jaula?
Rob J. sabía que habían llegado las cartas, y por el comportamiento controlado de Chamán supo que las respuestas habían sido negativas.
A Chamán no le habría gustado que su padre lo hubiera tratado con cautela o compasión, pero nada de eso ocurrió. Los rechazos le dolieron;
durante las siete semanas siguientes no llegaron más cartas, pero le pareció lógico.
Rob J. había leído las notas que Chamán había tomado al disecar el perro, y le parecieron prometedoras aunque sencillas. Le sugirió a Chamán que en sus archivos podría aprender mucho sobre datos de anatomía, y Chamán se dedicó a leerlos en los ratos libres. Y fue así, por casualidad, como tropezó con el informe de la autopsia de Makwa ikwa. Se sintió extraño al leerlo y enterarse de que mientras ocurrían los terribles hechos descritos en el informe, él, un niño pequeño, estaba dormido en el bosque, a pocos pasos de distancia.
–¡Fue violada! Sabía que fue asesinada, pero…
–Violada y sodomizada. No es el tipo de cosas que se le cuenta a un niño -explicó su padre.
Sin duda, tenía razón.
Leyó el informe una y otra vez, hipnotizado.
Once puñaladas que se extienden en una linea irregular desde el corte de la yugular bajando por el esternón hasta un punto a dos centímetros aproximadamente por debajo del xifoides.
Heridas triangulares, de 0,47 a 0,52 cm de ancho. Tres de las puñaladas alcanzaron el corazón y tienen 0,887, 0,799 y 0,803 cm.
–¿Por qué las heridas tienen diferentes anchos?
–Eso quiere decir que el arma era puntiaguda y que la hoja se ensanchaba a medida que se acercaba a la empuñadura. Cuanta más fuerza se aplicaba, más ancha era la herida.
–¿Crees que alguna vez cogerán al que lo hizo?
–No, no creo -reconoció Rob J.-. Lo más probable es que fueran tres individuos. Durante mucho tiempo tuve a alguna gente buscando por todas partes a un tal Ellwood R. Patterson. Pero no quedó ni rastro de él. Es probable que el nombre fuera falso. Con él iba un sujeto llamado Cough.
Jamás me crucé con nadie que tuviera ese nombre, ni lo oí mencionar.
También había un joven con una mancha de color oporto en la cara, y cojo.
Me ponía tenso cada vez que veía a alguien con una mancha en la cara, o una pierna defectuosa. Pero en todos los casos tenían la mancha o la cojera.
Nunca ambas cosas.
Las autoridades nunca se ocuparon de buscarlos, y ahora… -Se encogió de hombros-. Ha pasado demasiado tiempo, demasiados años.
Chamán percibió la tristeza en la expresión de su padre, pero vio que gran parte de la ira y la pasión se habían desvanecido hacía mucho tiempo.
Un día de abril, mientras él y su padre pasaban junto al convento católico, Rob J. hizo entrar a Trude en el sendero y Chamán lo siguió.
Dentro del convento, Chamán observó que varias monjas saludaban a su padre por su nombre y no parecían sorprendidas al verlo. El le presentó a la madre Miriam Ferocia, que al parecer era la superiora. Ella los invitó a sentarse, a su padre en un enorme trono de cuero y a Chamán en una silla recta de madera, debajo de un crucifijo de pared en el que se veía un Cristo de madera, de ojos tristes; entretanto, una de las monjas les sirvió un café magnifico y pan caliente.
–Tendré que volver a traer al chico -le dijo Rob J. a la madre superiora-.
Por lo general no me dan pan con el café.
Chamán se dio cuenta de que su padre era un hombre lleno de sorpresas, y que probablemente nunca llegaría a conocerlo.
había visto alguna vez a las monjas atendiendo a los pacientes de su padre, siempre en parejas. Rob J. y la monja hablaron durante unos minutos de algunos casos, pero enseguida pasaron al tema de la política, y resultó evidente que la visita era de carcter social. Rob J. echó una mirada al crucifijo.
–Según el Chicago Tribune, Ralph Waldo Emerson dice que John Brown hizo de la horca algo tan glorioso como una cruz -comentó.
Miriam Ferocía opinó que Brown, un fanático abolicionista que había sido colgado por tomar un arsenal de Estados Unidos instalado en Virginía del Oeste, se había convertido rápidamente en un mártir para todos aquellos que se oponían a la esclavitud.
–Sin embargo, la esclavitud no es la verdadera causa del problema existente entre las regiones. La causa es la economía. El Sur vende su algodón y su azúcar a Inglaterra y Europa, y compra productos manufacturados allí en lugar de adquirirlos al Norte, que es una zona industrial. El Sur ha decidido que no necesita al resto de Estados Unidos de América. A pesar de los discursos del señor Lincoln en contra de la esclavitud, ésa es la herida que supura.
–No sé nada de economía -comentó Chamán en tono pensativo-.
La hubiera estudiado este año, si hubiera regresado al instituto.
Cuando la monja preguntó por qué no había regresado, Rob J. le reveló que estaba suspendido por haber disecado un perro.
–¡Oh, Dios mio! ¿Y ya estaba muerto? – preguntó la madre superiora.
Cuando le aseguraron que si, asintió.
–Bueno, entonces es correcto. Yo tampoco he estudiado nunca economía, pero la llevo en la sangre. Mi padre se inició como carpintero y reparaba carros de heno. Ahora posee una fábrica de carros en Frankfurt y una fábrica de carruajes en Munich. – Sonrió-. El apellido de mi padre es Brotknecht, que significa fabricante de pan, porque en la Edad Medía nuestros antepasados eran panaderos. Sin embargo, en Ba-den, cuando yo era novicia, había un panadero que se llamaba Wagenknecht.
–¿Cómo se llamaba usted antes de convertirse en monja? – preguntó Chamán.
Vio que ella vacilaba y que su padre fruncía el ceño, y se dio cuenta de que la pregunta había sido poco afortunada.
Pero Miriam Ferocía le respondió.
–Cuando pertenecía al mundo, me llamaba Andrea. – Se levantó de su silla y se acercó a una estantería, de donde cogió un libro-. Quizá te interese llevarte este libro prestado -comentó-. Es de David Ricardo, un economista inglés.
Esa noche Chamán se quedó despierto hasta tarde, leyendo el libro.
Algunas cosas eran difíciles de comprender, pero se dio cuenta de que Ricardo abogaba por el libre comercio entre las naciones, que era lo que quería conseguir el Sur.
Cuando por fin se quedó dormido, vio a Cristo en la cruz. En sus sueños vio que la nariz aguileña y larga se acortaba y se ensanchaba. La piel se oscurecía y enrojecía, el pelo se volvía negro. Aparecían los pechos de una mujer, de pezones oscuros, marcados por los signos rúnicos. Entonces vio los estigmas. Dormido, sin necesidad de contar, Chamán supo que había once heridas, y al mirar notó que la sangre brotaba y resbalaba por el cuerpo hasta caer gota a gota desde los pies de Makwa
Cartas y notas
En la primavera de 7860, las ovejas de los Cole parieron cuarenta y nueve corderos, y toda la familia ayudó a resolver los problemas del parto y la castración.
–El rebaño crece cada primavera -le dijo Alden a Rob J. con orgullo y preocupación-. Tendrá que decirme qué quiere hacer con todos éstos.
Las posibilidades eran limitadas. Podían matar sólo unos pocos. Entre los vecinos, que criaban sus propios animales, existía poca demanda de
carne, y sin duda se estropearía antes de que llegaran con ella a la ciudad para venderla. Los animales vivos podían ser transportados y vendidos, pero eso resultaba complicado y exigía tiempo, esfuerzo y dinero.
–La lana es muy valiosa en proporción con su volumen -reflexionó Rob J.-. La mejor solución es seguir criando el rebaño y ganar dinero con la venta de la lana. Eso es lo que siempre hizo mi familia en Escocia.
–Bueno, entonces tendremos más trabajo que nunca. Eso nos obligará a contratar a alguien más -dijo Alden incómodo, y Chamán se preguntó si Alex le habría dicho algo de su deseo de marcharse-. Doug Penfield está dispuesto a trabajar para nosotros media jornada. Eso me dijo.
–¿Crees que es un buen trabajador?
–Seguro que si; es de New Hampshire. No es lo mismo que ser de Vermont, pero está cerca.
Rob J. estuvo de acuerdo con Alden, y contrató a Doug Penfield.
Esa primavera, Chamán trabó relación con Lucille Williams, hija de Paul Williams, el herrador. Lucille había asistido durante varios años a la escuela donde Chamán le había enseñado matemáticas. Ahora se había convertido en una mujer. Aunque su pelo rubio, siempre recogido en un gran moño, era más claro que el de las suecas con las que Chamán soñaba, tenía una sonrisa fácil y un rostro encantador. Siempre que se cruzaba con ella en el pueblo se detenía a charlar un rato y a preguntarle por su trabajo, que estaba repartido entre las cuadras de su padre y Ropa para Señoras Roberta, la tienda que su madre tenía en la calle Main. Esta combinación le permitía cierta libertad, porque sus padres aceptaban su ausencia sin hacer preguntas, y cada uno suponía que ella había salido a hacer algún recado para el otro. Por eso, cuando Lucille le preguntó a Chamán si podía llevarle un poco de mantequilla de su granja y entregársela en su casa a las dos de la tarde del día siguiente, él se sintió nervioso y excitado.
Ella tuvo el buen cuidado de explicarle que debía atar el caballo en la calle Main, delante de las tiendas, luego rodear la manzana hasta Illinois Avenue, acortar camino por la propiedad de los Reimer, detrás de la hilera de arbustos de lilas, fuera de la vista de la casa, y finalmente saltar la valla de estacas del patio de atrás de su casa y llamar a la puerta trasera.
–Así no se verá…, ya sabes, despistaremos a los vecinos -comentó Lucille bajando la vista.
Chamán no se sorprendió, porque Alex le había llevado mantequilla durante todo el año anterior; pero sintió miedo: él no era Alex.
Al día siguiente, las lilas de los Reimer estaban totalmente florecidas.
Fue fácil saltar la valla, y la puerta de atrás se abrió en cuanto llamó. Lucille hizo comentarios efusivos acerca de lo bien envuelta que estaba la mantequilla con las toallas, y las dobló y colocó sobre la mesa de la cocina, junto al plato, después de llevar la mantequilla a la fresquera. Cuando regresó, cogió a Chamán de la mano y lo condujo a una habitación contigua a la cocina, que evidentemente era el probador de Roberta Williams. En un rincón había medía pieza de guinga, y sobre un estante largo, retazos de seda, raso, dril y algodón pulcramente doblados. Junto a un enorme sofá de crin se veía un maniquí hecho con alambres y tela, y Chamán quedó fascinado al ver que tenía nalgas de marfil.
Lucille le ofreció su rostro para un único beso prolongado; luego empezaron a desnudarse con diligencia y pulcritud y dejaron la ropa en dos delicados montones iguales, y los calcetines dentro de los zapatos.
Con ojo clínico, Chamán observó que el cuerpo de ella estaba desequilibrado: tenía hombros estrechos y caídos, los pechos parecían pasteles ligeramente levantados -cada uno rematado en un pequeño charco de almíbar y adornado con una baya pardusca-, mientras la mitad inferior del cuerpo era más gruesa, de caderas anchas y piernas gordas. Cuando se volvió para cubrir el sofá con una sábana gris "¡La crin raspa!", él se dio cuenta de que el maniquí no era adecuado para sus faldas, que debían ser más amplias.
Ella no se soltó el pelo.
–Lleva demasiado tiempo volver a recogerlo -dijo a modo de disculpa, y él le aseguró en tono casi formal que así estaba bien.
Resultó fácil. Ella hizo que lo fuera, y además él había escuchado tantas veces las historias jactanciosas de Alex y sus amigos, que aunque nunca se había encontrado en esa situación conocía muy bien todos los entresijos. El día anterior no habría soñado siquiera con tocar las nalgas de marfil del maniquí, pero ahora estaba acariciando unas muy cálidas y de verdad, y lamió el almíbar y probó las bayas. Enseguida, y con gran alivio, se liberó de la carga de la castidad después de alcanzar un tembloroso clímax. Como no podía oir los jadeos de ella, utilizó al máximo todos sus otros sentidos, y ella colaboró adoptando toda clase de posturas para que él hiciera un detenido examen, hasta que logró repetir la experiencia anterior, tomándose un poco más de tiempo. Estaba preparado para seguir, una y otra vez, pero de pronto Lucille miró el reloj y saltó del sofá mientras decía que tenía que
tener la cena preparada cuando llegaran su madre y su padre. Hicieron planes mientras se vestían. Ella (¡y esa casa vacia!) estaban disponibles durante el día.
Pero, ¡ay!, durante el día Chamán trabajaba. Quedaron de acuerdo en que ella intentaría estar en su casa todos los martes y los viernes a las dos de la tarde, en caso de que él pudiera acercarse al pueblo. De esa forma, explicó él con sentido práctico, podría recoger la correspondencia.
Lucille se mostró igualmente práctica: mientras lo despedía con un beso, le informó que le encantaban los bombones de azúcar cande, y los granulados de color rosa no los verdes aromatizados con menta. El le aseguró que comprendía cuál era la diferencia. Al otro lado de la valla, mientras caminaba con una ligereza desconocida, volvió a pasar junto a la larga fila de lilas en flor, entre el intenso perfume que durante el resto de su vida le resultaría absolutamente erótico.
A Lucille le gustaba la suavidad de las manos de Chamán, pero no sabía que se debía a que durante gran parte del día las tenía cubiertas por la lana de las ovejas, rica en lanolina. A mediados de mayo llegó el momento de ocuparse de la lana; Chamán, Alex y Alden hicieron la mayor parte del esquileo; Doug Penfield estaba ansioso por aprender, pero era torpe con las tijeras. La mayor parte del tiempo le hacían seleccionar y limpiar la lana. A su llegada, les llevó noticias de lo que ocurría en otros sitios, incluida la información de que los republicanos habían elegido a Abraham Lincoln como candidato a la presidencia.
Cuando todos los vellones estuvieron enrollados, atados y embalados, también se enteraron de que los demócratas se habían reunido en Baltimore y después de un debate habían elegido a Douglas. Al cabo de unas semanas, los demócratas sureños habían convocado una segunda convención en la misma ciudad y habían designado al vicepresidente John C. Breekinridge para que se presentara como candidato a presidente, pidiendo la protección de su derecho a poseer esclavos.
Los demócratas estaban más unidos a nivel local, y una vez más habían elegido a John Kurland, el abogado de Rock Island, para que disputara a Nick Holden su escaño en el Congreso. Nick se presentaba como candidato de los dos partidos, el Partido Americano y el Republicano, y recorría las poblaciones haciendo propaganda electoral a favor de Lincoln con la esperanza de subir al carro triunfal del que resultara vencedor en las
elecciones. Lincoln había aceptado de buen grado el apoyo de los Ignorantes, y por ese motivo Rob J. declaró que no votaría por él.
A Chamán le resultó difícil concentrarse en la política. En julio tuvo noticias de la facultad de medicina de Cleveland, otra negativa, y a finales del verano también fue rechazado por la facultad de medicina de Ohio y por la Universidad de Louisville. Pensó que sólo necesitaba una aceptación. La primera semana de septiembre, un martes en que Lucille había esperado en vano, su padre llegó a casa con la correspondencía y le entregó un sobre largo de color marrón cuyo remitente indicaba que se trataba de la facultad de medicina de Kentucky. Antes de abrirlo salió del establo. Se alegró de encontrarse a solas, porque era otra solicitud rechazada. Se tendió sobre el heno y trató de no dejarse llevar por el pánico. Aún estaba a tiempo de ir a Galesburg y matricularse en el Knox College como alumno de tercer año.
Eso sería algo seguro, un retorno a una rutina en la que había sobrevivido, en la que le había ido bien. Cuando hubiera obtenido el grado de bachiller, la vida podía incluso ser emocionante, porque podría ir al Este a estudiar ciencias. Tal vez incluso viajar a Europa.
Si no regresaba a Knox y no podía ingresar en una facultad de medicina,
¿en qué consistiría su vida?
Pero no hizo nada para ir a ver a su padre y pedirle que lo enviara otra vez al instituto. Se quedó un buen rato tendido sobre el heno, y cuando se levantó cogió una pala y la carretilla y empezó a limpiar el establo, un acto que en si mismo era una especie de respuesta.
Era imposible evitar la política. En noviembre Rob J. reconoció libremente que en las elecciones había votado por Douglas; pero era el año de Lincoln, porque los demócratas del Norte y los del Sur dividieron el partido con candidatos separados, y Lincoln ganó fácilmente. Hubo un pequeño consuelo: Nick Holden fue finalmente separado del cargo.
"Al menos Kurland nos representar bien en el Congreso", dijo Rob J.
En el almacén la gente se preguntaba si Nick regresaría a Holden's Crossing y volvería a ejercer la jurisprudencia.
La pregunta quedó olvidada al cabo de pocas semanas, cuando Abraham Lincoln empezó a anunciar algunos de los nombramientos que se realizarían bajo la nueva administración. El honorable miembro del Congreso, Nicholas Holden, héroe de la guerra de los sauk y ardiente partidario de la candidatura del señor Lincoln, había sido nombrado Delegado de Asuntos Indios de Estados Unidos. Se le encomendaba la tarea
de completar las negociaciones con las tribus del Oeste y de proporcionarles reservas adecuadas a cambio de un comportamiento pacífico, y de confiscar las restantes tierras y territorios indios.
Rob J. estuvo irritable y deprimido durante varias semanas.
Fue una época de tensión y desdicha para Chamán a nivel personal, y una época de tensión y desdicha para toda la nación. Pero mucho tiempo después evocaría aquel invierno con nostalgia, recordándolo como una preciosa escena campestre tallada por unas manos pacientes y habilidosas, y luego congelada en una bola de cristal: la casa, el establo; el río helado, los campos nevados; las ovejas, los caballos y las vacas lecheras; las personas.
Todos a salvo y unidos, en el lugar que correspondía.
Pero la bola de cristal había sido derribada de la mesa y ya estaba cayendo.
Pocos días después de la elección del presidente que se había presentado como candidato con la premisa de que los Estados del Sur no debían poseer esclavos, éstos empezaron a buscar la secesión. Carolina del Sur fue el primero, y el ejército de Estados Unidos, que había ocupado dos fuertes en el puerto de Charleston, se concentró en el más grande de los dos, Fort Sumter. Enseguida quedaron sitiados. Unas tras otras, las milicias de los Estados de Georgia, Alabama, Florida, Louisiana y Mississippi arrebataron las instalaciones de Estados Unidos a unas fuerzas federales de tiempos de paz, más numerosas, y a veces tras una batalla.
Queridos mamá y papá:
Me marcho con Mal Howard para unirme al Sur. No sabemos exactamente en dónde vamos a alistarnos. A Mal creo que le gustaría ir a Tennessee, para luchar junto a sus parientes. A mi no me importa mucho eso, a menos que pudiera llegar a Virginía y saludar a los nuestros.
El señor Howard dice que para el Sur es importante reunir un ejército gigantesco, para demostrarle a Lincoln que con ellos no se juega. Dice que no habrá guerra, que sólo es una disputa de familia. Así que regresaré con tiempo suficiente para cuando nazcan los corderos, en primavera.
Mientras tanto, papá, tal vez me den un caballo y un arma para mi solo.
Vuestro hijo que os quiere, Alexander Bledsoe Cole Chamán encontró otra nota en su dormitorio, garabateada en un trozo de papel de envolver y sujeta encima de la almohada con una navaja, igual a la que le había regalado su padre.
Querido Brother:
Cuídamela. No me gustaría perderla. Nos veremos pronto.
Bigger Rob J. fue enseguida a ver a Julian Howard, que admitió, incómodo pero con expresión desafiante, que había llevado a los muchachos a Rock Island en su carro la noche anterior, cuando terminaron de trabajar.
–¡Por Dios, no hay necesidad de sacar las cosas de quicio! Son muchachos mayores, y esto no es más que una aventura.
Rob J. le preguntó en qué muelle del río los había dejado. Howard vio cómo la voluminosa figura de Rob J. Cole se cernía sobre él y sintió la frialdad y el desprecio en la voz arrogante del médico, y dijo tartamudeando que los había dejado cerca del muelle de Transporte de Mercancías Tres Estrellas.
Rob J. partió directamente hacía allí, sabiendo que tenía muy pocas posibilidades de llevarlos de vuelta a casa.
Si las temperaturas hubieran sido tan bajas como en otros inviernos, quizás habría tenido más suerte; pero el río no estaba bloqueado por el hielo y el tráfico era intenso. El director de la empresa de transportes lo miró asombrado cuando él le preguntó si había visto a dos jóvenes que buscaban trabajo en alguna de las chalanas o balsas que se trasladaban río abajo.
–Señor, ayer teníamos en este muelle setenta y dos embarcaciones para descargar o para despachar, y estamos en temporada baja, y sólo somos una de las muchas compañías de transporte del Mississippi. Y la mayoría de estas embarcaciones contratan jóvenes que se largan de su casa a alguna parte, así que ni me fijo en ellos -dijo, no sin amabilidad.
Chamán pensaba que los Estados sureños se separaban como el maíz cuando salta dentro de una sartén caliente. Su madre, que siempre tenía los ojos rojos, se pasaba el día rezando, y su padre se iba a visitar a sus enfermos sin sonreír. Una de las tiendas de comida de Rock Island estaba trasladando toda la mercancía posible a la trastienda y alquilaba la mitad del local a un reclutador del ejército. En una ocasión Chamán entró en el lugar, pensando que tal vez, si su vida fracasaba, podría ser camillero, porque era grande y fuerte. Pero el cabo que alistaba a los hombres levantó las cejas en un gesto cómico en cuanto se enteró de que Chamán era sordo, y le dijo que volviera a casa.
El sentía que, dado que en el mundo ocurrían tantas cosas graves, no tenía derecho a angustiarse por la confusión que reinaba en su vida personal. El segundo martes de enero su padre regresó a casa con una carta,
y el viernes con otra. Rob J. lo sorprendió, porque sabía que le había recomendado nueve facultades, y había seguido de cerca las nueve cartas de respuesta.
–Esta es la última, ¿verdad? – le preguntó a Chamán esa noche después de cenar.
–Si. De la facultad de medicina de Missouri. Un rechazo -respondió Chamán, y su padre asintió sin sorprenderse-. Pero ésta es la carta que llegó el martes -añadió el joven mientras la sacaba del bolsillo y la abría.
La carta estaba firmada por el decano Lester Nash Berwyn, doctor en medicina, de la Facultad de Medicina Policlínica de Cincinnati. La facultad lo aceptaba como alumno con la condición de que completara con éxito el primer curso de estudios, que sería un periodo de prueba.
La facultad, afiliada al Hospital de Cincinnati del sudoeste de Ohio, ofrecía un programa de estudios de dos años, que permitía obtener el titulo de doctor en medicina; cada año constaba de cuatro cursos. El siguiente curso comenzaría el 24 de enero.
Chamán tendría que haber sentido la alegría de la victoria, pero sabía que su padre estaba mirando las expresiones "con la condición" y "periodo de prueba", y que se preparaba para una discusión. Alex se había marchado, y ahora él era necesario en la granja; pero estaba decidido a marcharse, a no dejar escapar esta oportunidad. Por varias razones, algunas de ellas egoístas, estaba furioso: porque su padre había permitido que Alex se marchara, porque parecía condenadamente seguro de que Dios no existía, y porque no se daba cuenta de que la mayoría de la gente no era lo suficientemente fuerte para ser pacifista.
Pero cuando Rob J. levantó la vista de la carta, Chamán vio sus ojos y su boca. La idea de que el doctor Rob J. Cole no era invulnerable lo traspasó como una flecha.