Ciro el grande

Harold Lamb · Capítulo 32 de 56

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Ciro el grande

Ciro juzga a los bactrianos

 

Ciro oyó el testimonio de los partidarios de Zaratustra en el porche de su casa, cubierto con la camisa de caza, sin portadores de la ley o escribas que consignaran las preguntas y las respuestas. Lo recordaba perfectamente y no estaba satisfecho. En los escalones del porche se congregó una multitud de gentes variadas, tan impacientes por prestar testimonio que les ordenó que hablasen por turno. El mago no se presentó. Ciro oyó a un anciano de la congregación blanca que afirmaba haber contemplado la verdad, a una campesina que barbotó que las enfermedades de los animales domésticos se habían curado y a un leproso que estaba convencido de haber sanado de sus males.

El aqueménida los escuchó con gran paciencia y llegó a la conclusión de que negaban el poder de los dioses arios ancestrales, incluso el de Anahita y Mitra, deidades supremas del juicio y la guerra. (Sin embargo, el orfebre había esculpido la imagen del caballo alado que antaño había transportado a Mitra hacia el sol). Creían que el sol sólo era el gran dador de luz. (Ciro pensó en los filósofos de Mileto, que concebían la inmensidad del universo en torno a la órbita solar).

Muchas voces clamaron:

—No, Mitra el de los sacrificios de sangre convierte en mentirosos a los sabios; asola los pastos, su señorío favorece a los devas, los demonios, que destruyen con armas, enfermedades y sufrimientos. Más que al servicio del bien, Mitra sirve al mal.

—En ese caso, ¿por qué Ahura no es la deidad suprema sobre estos dioses? — preguntó Ciro.

—Ahura es, sin duda, el señor de la sabiduría, incognoscible e invisible. ¿Quién puede contemplar el sol? Es propiamente el maestro, pero no el sumo dios.

—¿Y quién es el dios supremo?

—El que nos creó y siempre está más allá de nuestro conocimiento.

Un peregrino de India se refirió al fuego como símbolo del dios supremo y lo llamó fuego de Visnú.

—¿Qué es esa cosa misteriosa que anida dentro de vosotros, esa cosa que llamáis alma? —quiso saber Ciro.

Replicaron que era el don del creador supremo, el que también permitía que el sol sustentase la vida. El alma era la vida espiritual de cada ser. Podía renovar su vida después de la muerte del cuerpo. Cabía la posibilidad de que no muriese jamás.

Ciro dedujo que se referían al fravashi, el espíritu incorpóreo que lo

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acompañaba a la derecha, su lado bueno, y que a veces le hablaba. Ciertamente, su fravashi conocía misterios ocultos para los mortales. Por muchos esfuerzos que hizo, Ciro no pudo imaginar a su fravashi como un ser inmortal que vivía a través de todos los tiempos.

Los partidarios de Zaratustra le explicaron que, después de los cambios de la muerte física, el alma-fravashi ascendía al puente del juicio. Si en esa encrucijada estaba bendita por buenos pensamientos y buenos actos que superaban a los malos, el alma atravesaba el puente rumbo a una nueva vida.

Ciro creyó percibir en ese comentario la antigua ley del juicio de los iraníes: todo demandante tenía derecho a mencionar el total de sus buenos actos para sopesarlos con los malos.

—De acuerdo, traedme pruebas de que la vida perdura después de que el cuerpo muere —solicitó.

Los partidarios de Zaratustra conferenciaron y mandaron llamar a Ashir. Ciro aguardó expectante hasta que aparecieron varios campesinos que portaban una camilla de ramas en la que yacía un frágil anciano de pelo blanco y carnes magras. Los miembros de la congregación se apresuraron a expresar que Ashir se había ganado el nombre de Destino por ser discípulo del maestro; había seguido los pasos de Zaratustra desde su tierra natal, junto al mar Caspio, hasta la casa del discípulo Vishtaspa. Ashir estaba al borde de la muerte y en las horas previas a la llegada del año nuevo había tenido una visión.

—¿Mientras dormía?

No, tenía los ojos abiertos en espera de la muerte.

El anciano alzó un brazo en la litera para pedir silencio. Irguió la cabeza, miró a Ciro y dijo:

—Estaba despierto. Fue el cambio de luz durante la caída de la luna y el nacimiento del sol. Alguien entró en la estancia y era Zaratustra, que habló así: «Perderás la vida para volver a ganarla…, tú, fiel siervo del Señor».

Ciro pensó que el profeta Zaratustra había sufrido una mala muerte ante la lanza de un guerrero y por orden de un kavi.

—¿Crees que mediante el servicio has alcanzado la inmortalidad, como los dioses? —preguntó.

El rostro delgado y asolado por muchos soles manifestó alegría y los ojos del moribundo centellearon.

—Es la bendita verdad.

Ciro hizo señas a los portadores de la camilla para que se llevaran a Ashir.

—Entonces yo, el rey, estoy condenado porque no puedo servir a nadie —dijo irreflexivamente—. Yo, que todo lo juzgo, no puedo ser juzgado.

Ashir intentó protestar y los portadores no movieron la camilla mientras hablaba. Proclamó que el juicio del Señor recaería sobre kavis, príncipes y reyes de la tierra. Sobre Ciro, gobernante de los medos y los persas, así como sobre el pastor

 

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que cuida su rebaño.

—Si sirviera a otro, faltaría a mi juramento como rey de mi pueblo —dijo Ciro—. Adiós, Ashir, no pongo en duda tu visión.

El aqueménida se puso en pie para indicar a la congregación que la audiencia había concluido.

Mientras esperaba a que llegaran los cazadores con los mastines, Ciro pensó que al nacer le habían puesto el nombre de pastor. Una cosa era atender un rebaño o un grupo agrícola como los bactrianos de esos valles fértiles y otra muy distinta, y mucho más difícil, gobernar a los persas, a los medos, a los armenios, los capadocios, los lidios, los griegos y la infinidad de pueblos distintos de Oriente. ¿Acaso no lo habían llamado «rey del pueblo»? Cuando Emba se acercó con el corcel nisayano con arreos de oro, Ciro llegó a la conclusión de que había que considerar a los partidarios de Zaratustra aún más inflexibles que los milesios.

Sus agentes de información le aseguraron que contaron los conversos entre las lejanas naciones de India, así como en la Hircania-Partia del propio Vishtaspa.

Como de costumbre, Ciro se levantó temprano y oyó el canto de sus asvaran, renovando el himno en honor del alba que hacía muchos años no oía. En sus huestes habían ingresado hombres de tantas tierras que habían abandonado el canto del himno, que ahora se sumó al de los partidarios de Zaratustra.

Ciro llegó a la conclusión de que debía abandonar el valle en cuanto descubriese una salida practicable.

 

En realidad, su ejército volvió imprescindible el traslado. Pese a que los hombres y los animales estaban bien en el valle, resultaba imposible mantener inactivos y acuartelados en las aldeas a miles de guerreros. Ciro siempre había tenido problemas cuando sus huestes pasaban el invierno cerca de una gran ciudad como Sardes o Ecbatana. La soldadesca se sentía atraída por las calles de las rameras, de los vendedores de vino y de los traperos. En este valle ubérrimo buscaban a las jóvenes núbiles o, simplemente, se peleaban entre sí e intentaban conseguir con engaños o adquirir una sorprendente cantidad de vasijas de oro puro. Ciro intentó guiarlos hacia el este por la carretera de las caravanas que lo conduciría al gran río ludo. Mediante esa maniobra se proponía convertir Bactria en una base de operaciones semejante a Maracanda. Fue el mago quien logró modificar inopinadamente el plan de Ciro. Después de la audiencia, el nómada ya no se dejó ver por las aldeas. Regresó por una senda del Zarafshan, al frente de un grupo de correos del gobierno. Los audaces jinetes de las cortes occidentales no habían hallado rastro del ejército de Ciro después de que ascendiese hacia los desfiladeros más altos, en ese momento cerrados por la nieve y el hielo. El mago los buscó y los trasladó por el camino abierto desde las orillas del Amu Daria.

Ciro, que no hacía caso de muchas cosas, tampoco se preocupó por haber

 

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perdido el contacto con los sátrapas de Occidente. Se había divertido explorando las montañas y en ese momento tuvo que permanecer sentado muchas horas mientras los escribas eruditos le leían los mensajes lacrados de sus lugartenientes.

Había estado fuera demasiado tiempo. La imagen del conocido oeste que perfilaban los informes supuso una sorpresa para el aqueménida: Hárpago había muerto; los sátrapas de Anatolia reclamaban su intervención; Gubaru le suplicaba que regresase para hacer frente a las plagas de Babilonia, donde la muerte de la tierra aumentaba al tiempo que Belchazar se daba un festín. Ciro se vio obligado a preguntar quién era Belchazar y le comunica ron que se trataba del primogénito de Nabunahid.

Quedó muy afectado por las noticias de Pasárgada, la ciudad que lo había visto nacer. En el cuarto año de la ausencia de Ciro, Cambises se proponía lanzar el ejército contra el faraón de Egipto, antaño aliado de Creso. Aunque no había informe del propio Cambises explicando el plan, su hijo mencionaba obedientemente el total anual del tesoro que controlaba y expresaba deseos por el bienestar de su regio padre y por sus victorias ininterrumpidas. Por enésima vez, Ciro lamentó no haber mantenido a Cambises a su lado. Era lógico que su hijo, que había quedado al mando en Pasárgada, deseara utilizar las fuerzas armadas que estaban a su servicio. ¡Pero atacar Egipto…!

Ciro pidió al escriba que leyera por segunda vez el mensaje de Amitis, que había dado a luz a una niña en el hospitalario hogar de Vishtaspa. Oraba por la salud de su marido y señor y expresaba con subterfugios —y la hija de Gubaru era muy capaz de manifestar claramente sus opiniones— sus deseos de continuar en la finca-castillo de Zadracarta. La niña se encontraba bien en un hogar tan pacífico. A Ciro le sorprendió que Amitis desease permanecer apartada de él y en compañía de una niña que no podía heredar la gloria de los aqueménidas. Tuvo la sensación de que su esposa se había convertido al credo de Zaratustra.

Cuando los escribas concluyeron la lectura, Ciro los dejó y se retiró a meditar junto al fuego. La estancia se llenó de oficiales que aguardaban sus órdenes. Ciro meditó el mismo tiempo que la leche tarda en hervir y luego ordenó que reunieran al ejército para regresar al oeste.

De esta forma el aqueménida emprendió la larga marcha hacia su tierra natal. Al dejar Bactria la convirtió en una nueva satrapía lindante con Sogdiana. Encomendó a un lidio comprensivo que la dirigiese y estipuló un tributo moderado. Se llevó menos que el peso de diez talentos del excedente de oro refinado.

Por decisión propia se llevó el caballo alado de oro y al orfebre que lo había tallado. Comunicó a los bactrianos su compromiso de defenderlos de cualquier enemigo, como había hecho en todas las regiones conquistadas.

Durante su partida no hubo protestas ni manifestaciones, ni de alegría ni de pesar. Al igual que los griegos, tuvo la impresión de que los bactrianos

 

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consideraban su paso como una prueba de su destino inmutable. Al bajar la escalinata del porche para montar a caballo, Ciro mandó llamar al mago y esperó hasta que el peregrino de túnica blanca se presentó.

—Verás cumplido tu deseo. Me voy del valle —le comunico Ciro—. Si me necesitas, ven personalmente a buscarme. Estoy dispuesto a ayudar a Bactria, la más hospitalaria de mis tierras.

El mago inclinó la cabeza a modo de reconocimiento y respondió impertérrito:

—He oído la orden del gran rey, del rey de todas las tierras.

A medida que descendían por la serpenteante orilla del río, el Traedor de Oro, Ciro volvió la vista atrás para contemplar el primer campamento nocturno. Bajo las estrellas observó la almenara, que ardía del mismo modo que cuando lo guió para salir de la ventisca de las alturas.

Durante el regreso el ejército siguió una ruta nueva. Durante el camino se establecieron las nuevas provincias de Aria y Drangiana. Nuevos efectivos se unieron al ejército. Cuando las huestes llegaron al Desierto de la Sal, estaban formadas por cinco decenas de miles de soldados.

Ciro arribó a las conocidas tierras altas de los germanios —la tribu persa más occidental— con un poderoso ejército a las espaldas. Por detrás y por delante se extendía un vasto y extenso imperio. Los poetas que se apresuraron a loarlo declararon que, desde los albores de la civilización, ningún hombre había gobernado tantos territorios.

Al avistar el río de Pasárgada, Ciro ya no pensó en sus dominios sino en el valle de su infancia. En su seno siempre había hallado sosiego. Lloró de alegría al contemplar el blanco de los altares de fuego por encima del verdor del valle.

Con el paso de los días la alegría lo abandonó. Aunque el valle parecía el mismo después de cinco años, en su interior muchas cosas habían mudado. En secreto, uno tras otro los siervos furtivos que eran «los ojos y los oídos del rey» acudieron para hablarle del mal que había visto y oído: de la arrogancia de Kassandan, que obligaba a los visitantes a postrarse a sus pies; de la traición de los oficiales que estaban al servicio de Cambises, su hijo, quienes intentaban arrastrar al heredero allende Pasárgada para iniciar una campaña de conquistas que eclipsarían a su padre, y de la envidia del propio Cambises, que había disimulado su tormento mientras enviaba poco convincentes cartas de felicitación al monarca, su padre. Cuando se encontraron cara a cara con Ciro, ni Cambises ni Kassandan —que idolatraba a su hijo— revelaron sus pensamientos. Sí, Ciro tendría que haber llevado a su hijo a las tierras del este, sin tomar en consideración la ley.

Ciro no se percató de que él también había cambiado. Instalado con todos los honores en su apadana, lo perturbaron los recuerdos del valle de Zaratustra, como si lejanas voces lo llamasen. A veces, perdido en sus cavilaciones, no oía a los demandantes que se encontraban ante el trono. Recordaba la angustia de su laborioso padre, que temía que el gobierno de un imperio pusiera fin a la paz del

 

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valle. Un anochecer en que los esclavos del apadana se acercaron para encender las lámparas, Ciro no soportó más la tensión de escuchar. Se incorporó bruscamente para poner fin a la audiencia y ordenó a los guardias que lo asistían que no lo acompañasen. Dejó que la púrpura cayera de sus hombros, se dirigió a la columnata trasera y deambuló por un sendero del jardín que conducía a la vieja puerta en la que, durante su infancia, había prestado atención a los maestros de la sabiduría. Ahora en ese sitio se alzaban los impasibles toros alados de piedra. Bajo las estatuas el envejecido Emba cotilleaba con un arameo fornido y cubierto por un chal, quien gritó a Ciro que tenía caballos de carrera para vender. Ciro los ignoró y siguió andando hacia el río.

Llegó a un montículo desde el que se oía el murmullo del agua, tal vez a tiro de arco de distancia. De pie en el montículo, contempló el fuego del crepúsculo que incendiaba las colinas del oeste y las llamas del cielo se semejaron al tormento de sus pensamientos. Echó de menos la voz familiar de su fravashi dándole consejos y sólo oyó el impetuoso fluir del río, sin ver más que las figuras desdibujadas de Emba y el comerciante de caballos, que lo siguieron indecisos. Jamás estaría completamente solo. Otra figura se acercó y le habló:

—Gran rey, en otros tiempos te lo advertí. —El hombre, escorado por los años, se apoyaba en un báculo y el crepúsculo iluminaba el hilo de oro de su capa. En su lóbulo centelleaba un arete de plata. Añadió—: Si, fui el primero en avisarte de la llegada de Hárpago, que ahora está muerto, y de las huestes medas que actualmente están a tu servicio.

Ciro se inclinó para mirar al anciano a la cara y reconoció al mercader hebreo de Babilonia que, sin duda, lo había ayudado.

—Te reconozco —confirmó—. ¿Qué quieres ahora?

—Esperé junto a la puerta exterior porque mis palabras sólo ha de oírlas Ciro. — Los ojos oscuros del mercader lo observaron con inquietud—. El rey babilonio Nabunahid se ha unido a su primogénito, Belchazar. Juntos defienden las murallas y congregan a sus huestes de lanceros y carros desde Gaza hasta las Tierras del Mar. Se están concentrando contra Ciro el aqueménida.

Por la fuerza de la costumbre Ciro se preguntó qué motivo acechaba tras esa advertencia gratuita del hebreo, ya que estaba convencido de que existía una razón. Otros le habían informado que Nabunahid se había distanciado de su hijo. Ciro reflexionó y repentinamente rió. Podrían haber dicho lo mismo de Cambises y él. ¿Cuál era la verdad? Al evaluar la veracidad de la advertencia, pensó que se le presentaba la ocasión de acabar con sus preocupaciones. ¿Para qué poner en duda semejante posibilidad? Cruzó las manos y le dijo al hebreo que, una vez más, le estaba muy agradecido. Dijo a Emba que, otra vez, el viejo criado lo seguiría y gritó al arameo que compraría los caballos de carrera y los montaría personalmente.

Renovadas las esperanzas, Ciro retornó al salón de audiencias en cuyo pórtico

 

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lo aguardaban cortesanos y servidores con las miradas atentas a cada uno de sus movimientos en esas horas de incertidumbre. Se apartaron al verlo llegar y Ciro enfiló directamente hacia Cambises, que ahora era más alto que él y un guerrero de carnes prietas, aunque eso era todo. Abrazó a su hijo, lo besó a modo de gozoso encuentro y dijo para que todos lo oyesen:

—Ha llegado la hora de que esgrimas las riendas del mando de nuestras huestes armadas, de nuestros regimientos, tanto de Saparda como de las tierras del este. Es hora de que las guíes antes de que las nieves del otoño cierren el paso por los desfiladeros. Ven y padece mis consejos, porque esta vez cogeremos el mismo camino.

 

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