Ciro el grande
Seis.- La apelación del mago
SEIS
La apelación del mago
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«Las carreteras que van al mar»
La humanidad no se acuesta a dormir en la noche de la antigüedad y despierta el primer día de la era moderna. Y los profetas que vaticinan los cambios no suelen prever en qué consistirá el cambio. Los habitantes de Babirush dormían a pierna suelta durante el reinado de Ciro y despertaban convencidos de que en su viejo mundo establecido —del que Babilonia era el centro— tenían un monarca nuevo e imprevisible.
Sin embargo, las cosas va no eran así. Cuando la paz aqueménida se extendió de Bactria a Mileto, a orillas del «mar de poniente», las caravanas empezaron a realizar viajes transcontinentales hasta los puertos marítimos. Mileto prosperó y sus científicos viajaron a fin de explorar o de alcanzar riquezas mediante sus enseñanzas. Su hijo errante, Pitágoras, concluyó sus experimentos en Egipto y embarcó hacia el oeste para dar clases en Crotona —el nuevo centro de la medicina —, en la costa de lo que luego sería Italia. En la costa oeste de la futura Italia hacía mucho tiempo que se habían establecido los etruscos, que anteriormente habían emigrado de Anatolia, y que ahora trasladaron por mar sus trabajos especializados en metal. En las ciudades de las colinas —sobre todo en Tarquinia—, los artistas etruscos vivieron un renacimiento y adornaron hasta las paredes de los sepulcros de piedra con pinturas que denotaban una nueva maestría. La herencia había legado a dichos artistas un fuerte sentido de la decoración que se combinaba con la delicadeza cretense, la moderación egipcia y la naturalidad siria. Sin embargo, los artistas dejaron de pintar la silueta de las figuras humanas; improvisaron retratos a los que dotaron de animación.
Enfrente de las colonias etruscas se alzaban los puertos comerciales de los cartagineses —descendientes de los fenicios—, que habían adoptado un nuevo estilo de vida en el norte de África. Los barcos de Cartago competían con los buques mercantes etruscos y los superaron cuando surcaron el mar hasta su puerta occidental. Sólo los cartagineses se atrevieron a buscar nuevos litorales en el océano inexplorado.
La era del descubrimiento había comenzado sin presagios. Pueblos aventureros como los foceos —desplazados por la llegada de los persas a Jonia— se dieron cuenta de que existían más mares que el Mediterráneo, al que llamaban mar del Medio. Las barreras del mito griego —las columnas de Hércules por el oeste y el monte de Cólquida al que los nebulosos argonautas arribaron por el este— no impidieron que sus embarcaciones se adentrasen en aguas ignotas.
En Atenas, Pisístrato fue consciente de los nuevos descubrimientos. El tirano
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culto había terminado la construcción del acueducto de piedra que, por primera vez, proporcionó agua corriente a la ciudad y había reunido los cantos victoriosos de los poemas homéricos en un solo texto escrito: la Ilíada. De esta forma, su pueblo contó con la tradición épica de los antepasados, esos viajeros de cuna noble que habían sido mejores espadachines que los anatolios de Troya, si bien los mismos dioses fueron cómplices de ambos bandos. Los atenienses que escucharon la lectura de la Ilíada se preguntaron si, en última instancia, la espada de hierro bien forjado no surtía más efecto que la intervención de Artemis. ¿Acaso un héroe humano no podía desafiar a las Parcas?
Pisístrato apeló a la tradición y fomentó la nueva moda de la exploración — pisando los talones a los foceos de tiro largo y a los carios de Jonia— colonizando la gran península del mar del este, el Euxino. El tráfico marino ateniense hasta el lejano Quersoneso podría llegar a controlar el estratégico estrecho de los Dardanelos, que los griegos todavía llamaban Helesponto, el mar de los helenos. En ese mismo estrecho las avanzadas persas habían establecido sus puestos fronterizos. De momento no hubo conflicto de intereses porque a los persas sólo les interesaba ocupar el territorio, mientras que atenienses y espartanos se limitaban a los viajes marítimos.
Por extraño que parezca, con esa actitud Pisístrato imitaba a Ciro. Envió a las familias más jóvenes y activas a cultivar las costas adyacentes y a colonizar litorales lejanos. Obviamente, esta política ateniense de descentralización tenía un propósito. Apartaba de la política a la juventud inquieta y, consecuentemente, volvía más seguro el ejercicio del poder por parte de Pisístrato. Y por mucho más extraño que parezca, la dicotomía del tirano griego contribuyó a realzar la grandeza y el alcance de Atenas, su ciudad, mientras que la diáspora de Ciro sirvió para que Babilonia se redujera al nivel de las demás capitales. A partir de ese momento los griegos trabajaron en pro de sus ciudades-estado, mientras que Ciro el aqueménida se esforzó por crear un imperio.
Pese a la adulación de los habitantes, Ciro no estaba contento en Babilonia y tampoco podía dejaría. Su reorganización de la estructura social suscitó el antagonismo de la poderosa Mar Banu, que se vio privada de casi toda la mano de obra esclava y de sus privilegios. Dada la indiferencia de Nabunahid, la nobleza había vivido cómodamente en sus fincas. El nuevo monarca esperaba que los nobles fuesen útiles a las otras clases, idea que para las familias de raigambre era muy difícil de aceptar. Con el paso de los meses, los magnates de Babilonia experimentaron un nostálgico pesar por el misticismo inofensivo de Nabunahid, por el renombre militar del difunto príncipe Belchazar, por las espectaculares obras públicas de Nabucodonosor y por la gloria de Babilonia como señora del mundo.
Ese antagonismo intramuros se expresó mediante quejas por el favoritismo que
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se mostraba hacia los extranjeros, amos bárbaros que vestían pantalones e invocaban leyes que Sargón no había conocido. Decían que desde los tiempos de Sargón no había justicia.
Consciente de la hostilidad solapada, Ciro pidió a Rimut que tomara cartas en el asunto.
—Prepararemos una canción —propuso el experimentado Rimut—. No hay nada que conmueva tanto a los babilonios como una canción callejera.
La canción propagandística narraba las fechorías del reinado de Nabunahid. «Nabunahid se dedicó a errar y no hizo lo correcto. Impidió el paso al mercader y quitó las tierras al campesino. Anuló los gritos de alegría de las cosechas. Encerró el agua en los canales y cerró las salidas que daban a los campos. Dejó que el río discurriera sin freno. ¡Qué pena para los buenos ciudadanos! No caminaron contentos por los espacios abiertos. Sus semblantes se demudaron. No vieron alegría a su alrededor».
La canción explicaba los motivos de la mala administración de Nabunahid. «Un demonio lo dominó. Dio la espalda a sus legítimos súbditos y erigió su ciudad en el desierto. Echó al ejército de Acad. Hizo oídos sordos a los lamentos de su pueblo».
Ciro se preguntó si, de alguna manera, la canción de Rimut no contenía la ridiculización de su persona. De todas maneras, se añadieron nuevos versos que se entonaron por las calles en el frescor del atardecer: «Nabunahid se jactó insensatamente de que había vencido a Ciro. Mintió cuando dijo que Ciro no podría leer lo que había escrito en la tablilla. Tal vez Ciro no supiera leer, pero los dioses le enviaron una visión. Logró que la semilla volviese a brotar en la tierra yerma. En su primer año nuevo devolvió la alegría a los habitantes de Babilonia. Pacificó sus corazones y alegró sus vidas. Derribó paredes arruinadas y reconstruyó los santuarios de los dioses. Renovó las devastadas vidas del pueblo. Ahora, como recompensa, que Nabunahid sea arrojado a las mazmorras del infierno. Que Marduk vea con buenos ojos el reino de Ciro».
Aunque no atenuó el resentimiento, la canción encantó a la gente del común, a las multitudes que habían padecido la confiscación del agua y el peso de los impuestos que cada año aumentaban. El pueblo siempre creyó que todo cambio sería para mejor.
Por su parte, Zeria aconsejó a Ciro que recabase la ayuda de los astrónomos que llevaban el registro de los cielos. Estos científicos, que trabajaban con instrumentos silenciosos en el observatorio de la torre, despertaron la admiración del aqueménida. Habían trazado las cartas del curso de las estrellas hasta en un sesentavo de hora. Los babilonios utilizaban el sesenta como número de control. Habían descubierto el Saros, el enorme ciclo de años después del cual la sucesión de los eclipses volvía al punto de partida; habían consignado el paso del tiempo a través de la eternidad. En cualquier momento de un día despejado eran capaces de determinar la hora exacta mediante una aguja de bronce colocada en el centro de
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un cuenco con marcas. La hora y el minuto se precisaban en el punto en el que caía la sombra de la punta de la aguja. Los observadores de los astros esclarecieron el misterio de los números. Explicaron que los números avanzaban en dos direcciones. Podías contar hacia arriba y hacia abajo y el punto central de tu cómputo comenzaba en «nada» (cero). Sin hacer grandes alharacas, estos caldeos inteligentes propusieron realizar un horóscopo favorable del monarca persa.
Después de pensarlo, Ciro les pidió que lo hiciesen para su hijo. Era probable que los mundanos babilonios no se hiciesen ilusiones con él, pero tal vez albergaban esperanzas con Cambises, que se enorgullecía del titulo de rey de Babilonia.
Después de diversos análisis, los astrónomos informaron: «El hijo del rey está bajo el signo de la luna creciente, que se conjuga con el signo de Sagitario. Por lo tanto, está claro que durante el reinado del hijo del gran rey, y esperemos que sus años de vida se alarguen, el reino crecerá y su gloria aumentará a través de la guerra».
El resuelto Cambises se tomó a pecho la profecía. Ciro se alegró de que Cambises lo representase en sacrificios y celebraciones. Gubaru se debatió con la aplicación de las nuevas leyes, que se tornaron muy complejas porque los babilonios no estaban dispuestos a aceptar la verdad expresada lisa y llanamente. El antiguo axioma persa según el cual «los poderosos no oprimirán a los débiles» figuraba en el código de la ciudad desde los tiempos de Hammurabi, pero en el ínterin lo habían rodeado de tantas puntualizaciones que los portadores de la ley persa ya no sabían distinguir entre poderosos y débiles. La idea sencilla de Ciro de entregar obsequios al monarca no sirvió para reducir los impuestos consuetudinarios.
—El estilo de Pasárgada no es el de Babilonia —le aseguró Gubaru—. El labriego entrega sus productos, pero el mercader paga con dinero y espera que le paguen. Prometiste que no modificarías las costumbres de la ciudad de Marduk e Ishtar, su esposa. ¿Por qué intentas hacerlo? Acepta los impuestos y, con ese dinero, agasaja a la Mar Banu con una espléndida reunión en palacio.
A su manera, Ciro siguió sus consejos. Recordó que Mandane anhelaba regresar a los jardines colgantes y mandó buscar a la viuda de Astiages. La anciana Mandane retornó a Babilonia en compañía de sus chambelanes, sus eunucos y sus tesoros y ocupó satisfecha los aposentos desocupados desde la muerte de Shamura.
—El gozo inunda mis ojos al contemplar las gloriosa ciudad que me vio nacer en los años previos a mi muerte —confió Mandane a Ciro. Colocaron su trono entre los cedros del bosquecillo artificial y quemaron incienso a su alrededor para disimular los hedores procedentes de la calle—. Hijo mío, has conquistado el mundo entero, salvo el reino del Nilo, con sus tesoros desmesuradamente ricos y sus espejos transparentes que alegrarían mis ojos. Sin duda, al llamarme has pensado en un sepulcro digno y revestido de alabastro, con grapas de oro en lugar de hierro,
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para contener mis pobres restos cuando Nergal me llame a los infiernos.
Ciro experimentó una extraña sensación de grandeza y muerte junto a Mandane, en el jardín colgante. Miró hacia la punta trémula de la torre y hacia el enrejado callejero, que en lugar de zigzaguear discurría recto con relación a los cuatro lados de la muralla. Miró en lontananza, hacia el verde de las plantaciones de la llanura, que se extendían hasta el horizonte gris de los desiertos. A sus pies, multitudes de seres demacrados fabricaban máquinas y artículos raros con una habilidad aprendida desde hacia siglos. Ciro detestaba Babilonia incluso mientras la admiraba.
Entregó una carta a los escribas de la crónica en la que sostenía que Mandane, hija de Nabucodonosor, era su madre. Se trataba de una mentira incorporada a los archivos y daba a Cambises derecho a reclamar el trono, pero era mentira.
Ciro mandó llamar a Mitradat, su amigo cojo, y le encomendó las finanzas; dejó los problemas del gobierno en manos de Gubaru y dejó que Cambises actuase como gobernante. Sacó a los cinco mil de sus lujosos cuarteles y cruzó el río para explorar el desierto occidental de su nueva satrapía.
Los persas avanzaron por la llanura hacia el ocaso. Llevaban agua en botijos que portaban hileras de camellos porque se enfrentaban al verdadero desierto, a la tierra gris y vacía bajo un cielo sin nubes. Los guías arameos explicaron a Ciro que ningún gran monarca había osado pasar por allí; ningún señor de Assur, o de Hatti, ni siquiera un faraón del Nilo. Dejaron atrás las murallas de ladrillo a medio construir de Tema, donde Nabunahid se había replegado. Las murallas habían quedado parcialmente cubiertas de arena y los colonos babilonios expulsados por las tribus incursoras. Ciro supuso que no necesitaron muchas excusas para regresar a Babilonia.
Se internaron por la Tierra Roja de terrenos quemados por la canícula, donde las aldeas como colmenas se alzaban en torno a los pozos y las gentes oraban ante cumbres de roca negra. De pozo a pozo, las caravanas nabateas viajaban hacia el norte con incienso, oro y cobre sin trabajar de Arabaya. Se dirigían a Damasco o a los puertos fenicios y proporcionaban un hálito de vida a la tierra yerma que no permitía el surgimiento de una ciudad.
A la sombra protectora de una hondonada, los comerciantes nabateos moraban en pabellones bajo los sepulcros abiertos en las paredes rocosas. Ciro convocó a los jefes de la Tierra Roja, tanto a arameos como a ismaelitas, y declaró que desde ese momento vivían bajo su gobierno y ley. Prohibió las luchas tribales y de un hermano contra otro en el seno de una misma tribu. La lengua de su gobierno era el arameo y el objetivo consistía en unir las moradas de los dos ríos con el mar de poniente a través del tráfico de las caravanas. La enorme satrapía recibiría el nombre de Arabaya.
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Al consejo de jefes nómadas asistieron forasteros que no habían sido invitados. Se presentaron emisarios fenicios con carros ligeros y camellos que portaban sus provisiones. Con sus gorros y sus túnicas largas de lana púrpura, los fenicios se arrojaron a los pies de Ciro y sus esclavos le entregaron ofrendas de exquisita excelencia: vasijas de cristal con los colores del arco iris, finos cuencos de bronce y jarras de cobre adornados con grifos míticos y bestias con cabezas de mujer, a las que llamaban esfinges. Para ganarse el favor de Ciro, le ofrecieron un símbolo alado de lapislázuli engastado en oro, semejante a las alas de los aqueménidas, si bien se trataba de un trabajo de los antiguos egipcios. Le ofrecieron siete doncellas de frágil belleza, cada una de un tipo, pues las habían buscado entre las hijas jóvenes de Egipto y Etiopía, las islas de Creta y Delos e incluso en la Hélade. Las doncellas portaban, a su vez, pequeños tesoros como espejos de plata, pebeteros y lámparas de alabastro para contentar al gran rey siempre vencedor.
Los fenicios abrigaban la esperanza de que las hermosas doncellas despertaran en el aqueménida el deseo de conquistar sus tierras del oeste. Ciro lo comprendió, entregó como regalo una joya distinta a cada doncella —contempló más tiempo a la hija de Creta, cuya piel blanca contrastaba con la oscuridad de sus cabellos sueltos —, las devolvió a los traficantes de esclavos y dijo:
—Ciertamente, me intimida la belleza de estas jóvenes. Se dice, y con razón, que la belleza procede de la lealtad. No es adecuado que un rey como yo tenga miedo. —Desconcertó un poco más a los enviados fenicios con otro proverbio—: Se creó el trono para un embustero que, cuando sus mentiras lo alcanzaron, le escupieron el rostro.
Los sagaces fenicios celebraron la sabiduría de Ciro y la magnificencia de su trono al tiempo que intentaban descifrar el significado de sus palabras. Finalmente Ciro dijo:
—Yo prefiero decir la verdad.
Durante una semana, mientras Ciro los agasajaba, los embajadores de Sidón y Tiro sondearon qué pensaba conseguir con ese viaje al oeste. Explicaron que conocían perfectamente la Tierra Roja porque en otros tiempos había sido su hogar. Con sus caravanas habían osado llegar al mar y cruzarlo, va que las carreteras llegaban hasta el mar. Actualmente utilizaban barcos en lugar de acémilas y los buques negros de Tiro eran superiores a las barcazas egipcias y a las galeras de remo griegas. Además, sólo sus marineros conocían los largos caminos del mar o se guiaban por las estrellas.
Al cabo de la semana llegaron a un acuerdo de palabra con Ciro porque los fenicios, a diferencia de los babilonios, no apuntaban nada por escrito, pese a que poseían el mejor papiro. Fenicia, así como Palestina, quedarían incluidas en la satrapía de Babilonia y sometidas a las órdenes del gobernador de esta ciudad —de momento, Cambises—, pero se gobernaría autónomamente sin que sus costumbres cambiasen y sólo pagaría tributos por el aumento de los intercambios comerciales
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con Babilonia. Empero, la flota fenicia podría prestar servicios al gran rey.
Ciro sospechó que, de momento, no la necesitaría, pero su pacto con las ciudades marítimas sentó las bases para la invasión de Egipto —que era lo que Cambises deseaba— y de las islas griegas.
Para entonces los fenicios estaban pendientes de su palabra. Antes de despedirse de ellos, Ciro pronunció otro proverbio:
—Los peores males que existen son dos: que el labriego que obtiene el sustento de la tierra se muera de hambre y que el fuerte se apodere de las pertenencias del débil sin trabajar. —Hizo una pausa y añadió—: Me opongo firmemente a estos males.
De esta manera la noticia de la extraña paz aqueménida llegó a los litorales. Como los antiguos pueblos costeros tenían muchas expectativas puestas en su gobierno, tocó a su fin la alianza contra Ciro. Tanto Ahmés en el Nilo, como Pisístrato en la Acrópolis de Atenas, dejaron de preocuparse por la llegada de los persas.
Ciro no llegó al mar. Emprendió el regreso cuando su ejército tuvo una visión en la Tierra Roja. Más adelante, en medio del resplandor del sol, las albas murallas de una ciudadela encumbrada adquirieron forma por encima del trémulo llano. El lago se extendía bajo las murallas, bordeado de frescas arboledas. Azorados los persas exclamaron:
—¡Es Kangdiz, la fortaleza de los dioses! ¡Está ahí, ante nuestros ojos!
Acostumbrados a los espejismos, los arameos explicaron que el lago y el palacio no existían y que si seguían avanzando desaparecerían. Pero los persas estaban hartos del bochorno constante de las tierras bajas y esa aparición se convirtió en una suerte de aviso. Ciro les concedió inmediatamente la petición de dar marcha atrás. Íntimamente anhelaba ir hacia el este, no hacia el oeste. En toda su vida no había hallado restos de la tierra natal de los arios, que no podía encontrarse a orillas de ese mar occidental. El deseo de descubrir Aryan-vej se había ahondado con los años y ya tenía más de sesenta.
Dos circunstancias dieron pábulo a su anhelo durante el retorno. Las necesidades acuciantes lo obligaron a desplazarse de Babilonia a Ecbatana, de donde había retirado al confiable Mitradat. Cuando los correos del reino lo alcanzaron en Ecbatana, le entregaron una petición de auxilio de Zorobabel, al que no conocía. Los escribas le explicaron que Zorobabel —o Simiente de Babilonia, que era el nombre en caldeo— se había convertido en el jefe de los exiliados judíos que estaban de regreso en Jerusalén. En su misiva en arameo decía que las aldeas habían sido arrasadas desde los tiempos de Nabucodonosor y que nunca fueron restauradas: que los campos estaban yermos, las ovejas escaseaban y que la enemistad de los samaritanos contra los judíos de Babilonia era profunda. Los nativos de Judá ponían en duda el derecho del pueblo de Zorobabel a reconstruir el templo de Jehová en sus alturas. Para hacerlo necesitaban de inmediato la ayuda
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del dinero de plata del gran rey.
Ciro analizó la petición y dictó la respuesta: «En cuanto a la casa de Dios en Jerusalén, que se construya el templo, el sitio donde ofrecen constantemente el sacrificio del fuego; su altura será de veintisiete metros, con una anchura de veintisiete metros, tres plantas de piedras grandes y una de madera. Que su coste corra a cargo de la casa del rey». Se acordó de las vasijas sagradas que el pueblo de Zorobabel había llevado consigo. «Que los utensilios de oro y plata de la casa de Dios, los mismos que Nabucodonosor capturó y trasladó a Babilonia, sean devueltos y llevados nuevamente al templo de Jerusalén, cada uno a su sitio. Los guardaréis en la casa de Dios».
Dictó una orden a Mitradat de Babilonia para que entregase los talentos de plata a Zorobabel de Jerusalén. Pensó que, pese a que ahora parecían empobrecidos, los refugiados que se habían dispuesto a cruzar el desierto habían llegado a su tierra natal. Era imprescindible que reconstruyeran el templo. Ciro no podía volver a ausentarse por el oeste. Ecbatana se había convertido en el corazón de su reinado e infinitos problemas lo aguardaban: delimitar las fronteras de la inquieta Armenia, abrir carreteras hasta Capadocia, enviar provisiones de emergencia a Vishtaspa porque era lo que había prometido, proporcionar algún tipo de formación a los iberios de la Tierra Hueca…
Agobiado por los problemas buscó a Creso, como solía hacer en Sardes. Encontró al lidio instalado en un modesto aposento que daba a los jardines de palacio. Reclinado bajo el sol, Creso contemplaba una vasija de alabastro y admiraba las delicadas figuras unidas por las manos a medida que giraba el objeto bajo la potente luz.
—Quienquiera que lo haya hecho pretendió que estuviera bajo el sol —afirmó—. Se trata de un artista excepcional que ha dominado el secreto de la luz.
Creso parecía totalmente satisfecho con la observación de la vasija.
—¿Confiaste en la solución que dieron a tus problemas en los oráculos de Delfos o de Sardes? —preguntó Ciro.
Creso rió sin soltar la vasija.
—Confié demasiado, mi señor aqueménida. —Frunció el ceño pensativo—. Sin embargo, el oráculo vaticinó que mi hijo hablaría. Y al menos ahora él y yo podemos hablar.
Ciro echó un vistazo a la estancia, vacía con excepción de unos pocos objetos que, al igual que la vasija de alabastro, eran bellos más que útiles.
—¿Estás cómodo aquí?
Creso evaluó la pregunta.
—Puede que no, pero disfruto. Todos los días me siento al sol. En Sardes el sol nos asaba y aquí, en las montañas, nos revive. ¡Mira cómo embellece esta vasija!
Ciro dejó al cautivo y pensó que nunca llegaría a comprender al lidio. Dondequiera que estuviese y pasara lo que pasase a su alrededor, Creso se las
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ingeniaba para disfrutar. Recelaba de los oráculos y a la vez crecía en ellos. Se consolaba con lo que los griegos llamaban filosofía.
Cuando por fin pudo poner rumbo a Pasárgada, Ciro escogió la conocida carretera de Susa. Apenas reconoció el palacio que se encumbraba sobre el río. Las paredes irregulares resplandecían recubiertas de azulejos y el mármol brillaba en los suelos. La fea imagen de Shushinak reposaba en el santuario revestido en oro del templo. Las palmeras datileras de Babilonia bordeaban los muros del jardín. ¡Para adornar su palacio de esa manera, Gubaru tenía que haber arrancado muchos talentos de plata de los ingresos de Esagila! Encolerizado, Ciro pensó relevar al anciano elamita y reemplazarlo por Mitradat, que no sacaba nada del erario. Después rió y pensó que cada uno hacía su agosto.
Gubaru había trabajado cerca de dos generaciones para rehacer Susa y sus tierras. Era un territorio feliz; los campesinos disponían de los nuevos arados de hierro que Ciro había arrebatado al monopolio del templo de Marduk; los aldeanos hacían largos desplazamientos para contemplar la maravilla del templo dorado. Y Gubaru podía buscar su sepulcro en paz.
A Ciro ni se le ocurrió la idea de que el sabio elamita había logrado todo eso por su intermedio. Las expectativas de Ciro se acrecentaron cuando se internó por el camino de montaña rumbo a su valle. Al llegar al río frenó el caballo para escuchar el familiar tumulto de los rápidos, aspiró profundamente el aire fresco y creyó entrever a la sonriente Anahita en medio del rocío de las cascadas. A decir verdad, cuando entró en ese sitio protegido el cansancio de treinta años cayó sobre él como el sueño. Pese a su decisión de explorar el este más lejano, durante seis años no abandonó su valle.
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