Ciro el grande
La ciudad de la muerte
En lugar de evitar la puerta, otro refugiado llegó hasta el umbral de Ciro. Los porteadores que lo seguían depositaron en el suelo fardos de mercancías que habían viajado en una caravana de burros y el hombre se presentó como habiru —o hebreo — y dijo que sólo era refugiado en el sentido de que su monarca estaba cautivo por las aguas de Babilonia, que en realidad eran canales y se diferenciaban mucho del río diáfano y caudaloso de Pasárgada. Este barbudo mercader hebreo lucía en la oreja una anilla de plata, muestra de que estaba en semicautiverio, y obsequió a Kassandan una envoltura de hojas que contenían dulce mirra antes de extender una pieza de magnífica lana púrpura y decir que se trataba de la púrpura real arrancada a las entrañas del Gran Mar y muy adecuada para una dama aqueménida de la realeza. Kassandan deseó en el acto esa tela rara, pese a que costaba dos siclos el codo, pero a Ciro le desagradó y escogió para su esposa un par de brazaletes a juego de oro blando, adornados con diminutos grifos alados. Dijo que esos eran verdaderos adornos, en lugar de un vestido que cualquiera podía ponerse.
Cuando acabaron las transacciones y después de relatar las nuevas de tierras lejanas, el hebreo —como era habitual en el caso de los mercaderes— deambuló por los límites de Pasárgada como si buscara algo que no encontró.
—¡No hay murallas! —exclamó ante el aqueménida durante la noche. Añadió que hasta ese día no había contemplado una ciudad sin murallas…, ni siquiera la abandonada Nínive ni la poderosa Babilonia, donde Nabucodonosor erigió en la ciudad propiamente dicha las fortificaciones de Imgur Bel y Nimitti Bel. El hebreo agregó con tono de plegaria—: Que Yahvé se convierta en escudo de los que aquí moran.
Ciro no conocía ningún dios que respondiese al nombre de Yahvé pero, en su condición de forastero, cabía esperar que el hebreo adorase una deidad desconocida.
—Hasta en el camino de Shushan hasta aquí están reconstruyendo la muralla de la ciudadela con sólidos ladrillos cocidos —añadió el hebreo, meditabundo.
Ciro recordó lo que el otro caminante, el mago, había dicho acerca de Susa: que se encontraba en los estertores de la muerte de la tierra. Lo había visto con sus propios ojos mucho antes, cuando con los amigos de la infancia se apartó de la senda de los pastos nisayanos a fin de explorar las ruinas de la antaño gloriosa ciudadela de Elam, entre las montañas y la meseta. Vio que las malas hierbas asfixiaron los campos cultivados y que talaron los bosques para convertirlos en madera seca mientras las avenidas de los embalses rotos arrasaron la tierra ardiente.
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Los zorros huyeron de las estructuras de los edificios quemados. Los salteadores de caminos buscaron refugio en los salones de los grandes reyes de Elam. El motivo de esa muerte de la tierra habitada fue inscrito en una tablilla de piedra que colgaba de la puerta vacía. Un escriba errante leyó el mensaje y Ciro lo grabó en su memoria: «Yo, Asurbanipal, gran rey de todas las tierras, saqué los muebles tallados de estas cámaras; yo saqué de las cuadras los caballos y las mulas con bocados con adornos de oro. Yo quemé con fuego los pináculos de bronce del templo; yo llevé a Asiria al dios de Elam, con todas sus riquezas. Yo me llevé las estatuas de treinta y dos monarcas, además de los poderosos toros de piedra que guardaban las entradas. De esta forma he asolado totalmente esta tierra y matado a los que en ella moraban. Yo he abierto sus tumbas al sol y me he llevado los huesos de los que no veneraban a Assur y a Ishtar, mis señores…, dejando eternamente sin reposo a los espectros de esos muertos sin ofrendas de alimento ni agua».
Los asirios marcharon sobre Elam a partir de las pruebas de esa inscripción. Desde entonces sólo habían transcurrido tres generaciones. Y Nínive, la ciudad de Asurbanipal, yacía desierta y desvalida ante el calor del sol.
—Como puedes ver, esas grandes ciudades se han convertido en grandes desiertos poblados por fantasmas. —Ciro concluyó su relato.
El hebreo sacudió su cabeza untada de aceite y alzó las manos.
—¡Cuán grande es la sabiduría del ilustre hijo de Cambises! ¡Su memoria es, en verdad, como un pergamino escrito! Sin embargo, los espectros de Shushan me compraron arados para sembrar y me pagaron con una orden de plata de la casa babilonia de Egibi.
Al concluir la velada y entrar en sus aposentos, Kassandan dio expresión a sus pensamientos.
Si un pueblo desconocido reconstruía las ruinas de Susa y si tenía dinero suficiente para tratar con los banqueros, debía pagar tributos a Pasárgada.
—Dime, la más bella de las esposas, ¿por qué tendrían que pagar tributos? — preguntó Ciro distraído mientras pensaba en los arados capaces de sembrar.
—Por protección, es evidente. No me dirás, tú el más sabio de los esposos, que una ciudad nueva no necesita protección contra los bandidos y los conquistadores de fuera. ¿Acaso Susa, la que el mercader llamó Shushan, no se encuentra dentro de los límites de Ansan? ¿Existe alguna protección equiparable a la de los arqueros persas de a caballo?
Ciro sonrió ante el razonamiento de su mujer.
—Si reclamo tributo, como acabas de proponer, ¿qué soy, un bandido o un conquistador de fuera? ¿Qué diría Cambises, mi padre?
No estaba dispuesto a que su esposa siempre dijese la última palabra.
—Ciro, podrías pensar en Cambises, tu hijo.
A la postre, el pastor cabalgó hasta Susa. Tenía por costumbre analizar personalmente toda cuestión dudosa. Entre los varios centenares de asvaran que le
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servían de escolta, Ciro escogió a varios héroes nobles germanios que estaban hartos de colgar las espadas sobre los hogares mientras esperaban a que los medos desencadenasen otra guerra. La larga carretera serpenteaba las montañas y descendía por una «puerta» o desfiladero que conducía a la meseta occidental. En esa puerta natural una tribu de salteadores se lanzó sobre ellos como lobos, pero huyeron cual cabras atemorizadas cuando vieron a los arqueros persas. Los germanios no desperdiciaron una sola flecha con ellos. Cuando abandonaron las colinas y levantaron calientes nubes de polvo, los asvaran se taparon las bocas con los pañuelos de cuello y lanzaron maldiciones. Los montañeses nunca descendían voluntariamente al calor de las tierras bajas.
Poco después el sendero discurría junto a las cascadas del río Susa y Ciro reparó en el verdor de los campos cultivados en medio del yermo pardo de abajo. Susa se alzaba en un recodo del río y habían reconstruido el puente de piedra roto. Los espectros habían hecho varias obras útiles. Al ver a los jinetes, los pastores se apresuraron a ocultar sus rebaños de ovejas y vacas. Ciro condujo a los guerreros hasta el puente y sólo entonces los germanios alzaron sus espadas contra los fugitivos para imponer respeto. Murieron muy pocos antes de que los persas refrenaran sus monturas bajo la ciudadela, en el punto más alto de la ciudad. Tal como había dicho el hebreo, nuevas murallas de ladrillos rodeaban las ruinas dejadas por los asirios. En lo alto de la muralla y en la entrada, en la que aún no habían colocado puertas, aparecieron hombres provistos de escudos y de lanzas. Los héroes germanios comentaron que, más que de metal brillante, los escudos de los susanos eran de cuero; propusieron que Ciro los cubriera con las flechas de sus guerreros para tomar la puerta y garantizarle una entrada segura. Con esa maniobra los veteranos serían los primeros en elegir el botín o los cautivos que tomasen en el interior de la ciudadela.
Ciro estudiaba un arado abandonado en un campo regado del que, a juzgar por las huellas, el labrador había huido con sus bueyes. El arado disponía de una caja sobre el mango vertical y la caja contenía simientes. El hueco del mango permitía que las semillas descendieran hasta la tierra removida. En consecuencia, el hombre que tiraba del arado podía sembrar a medida que recorría el surco. Era toda una novedad. Cuando terminó de examinarlo, Ciro ordenó a sus jinetes que rodearan la muralla de la ciudadela y evaluaran las fuerzas de los defensores antes de tomar la puerta por asalto.
No tuvieron tiempo de hacerlo pues una figura solitaria, a pie y sin guardias, franqueó la gran puerta. Vestía la túnica larga y con flecos del dignatario, pero sin corona, báculo ni insignias doradas de su rango, salvo por la medalla que le colgaba del pecho y que resultó ser la imagen de Shushinak, el dios supremo de los elamitas, una deidad solar con ciertos atributos de justicia. Caminó con paso marcial y mantuvo la cabeza en alto al tocar, como muestra de respeto, las riendas del nisayano de Ciro.
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—Una tregua, hijo de Cambises —solicitó en buen persa—. La próxima vez haz que alguien acuda al galope con tu nombre y saldré a recibirte al puente. Soy Gubaru, señor de Susa, de las Tierras Marinas y de las Aguas Amargas.
Por extraño que parezca, Gubaru no se presentó como gobernador de un monarca ni como rey. Invitó al aqueménida a apearse del caballo y a compartir con sus guerreros un modesto banquete en el palacio a medio terminar. Como los persas intercambiaron miradas dubitativas al oír la invitación, Gubaru se apresuró a añadir que, en el caso de que sus invitados prefirieran comer fuera, sus sirvientes les acercarían los manjares. Ciro dedujo que ese señor de una ciudad en ruinas tenía la mente ágil y podía convertirse en un anfitrión peligroso. Propuso que Gubaru sacase a todos los criados armados, después de lo cual los persas entrarían a inspeccionar la ciudadela.
—Siento curiosidad por las obras que has hecho —aseguró Ciro—, pues la última vez que estuve aquí, en estos muros sólo habitaban los zorros.
Gubaru apenas vaciló antes de inclinar su bonita cabeza y declarar que los deseos de su glorioso invitado eran ley para él. Evidentemente dio órdenes en elamita para que desalojasen el palacio. Los guardias armados marcharon hasta la orilla del río. Ciro dejó a la mitad de sus guerreros con los inquietos germanios para que defendieran la puerta y los caballos. Los restantes persas entraron detrás de él pues temían que les hubieran tendido una trampa. En la entrada de baldosas azules cuyo cemento aún estaba húmedo, se sorprendieron al ver una fuente que arrojaba rocío y a su lado una muchacha alta y expectante, semivelada en tela regia, con las cejas cual arcos oscuros, de cuyo cuerpo esbelto emanó un dulce aroma cuando se arrodilló ante Ciro y se incorporó para ofrecerle una bandeja con pasteles y un cuenco de mosto. El rostro a medias oculto le recordó a Kassandan cuando rió a través de la espuma de la catarata de Anahita y lo consideró un buen presagio. Gubaru dio que era su hija y que había renunciado a los deleites de Babilonia a cambio del yermo de su Elam ancestral, que jamás había visto.
Era cierto que no debían tener muchas riquezas porque las columnas de las paredes no eran más que troncos de palmeras encajados en el asfalto pesado. Ciro bebió del cuenco, se lo pasó a sus jefes y alabó los milagros de la fuente y la belleza de la princesa elamita; llegó a la conclusión de que Gubaru decía la verdad y de que nada debían temer mientras la muchacha estuviese al alcance de sus espadas. Gubaru comentó que había aprendido a crear juegos de agua mientras servía como ingeniero en el ejército de Nabucodonosor.
También explicó que el misterio de la vida volvió a las ruinas de Susa. Después de que los asirios quemaran su territorio, algunos supervivientes de Elam huyeron hacia el gobierno aqueménida de las montañas del este y unos pocos, incluida la familia de Gubaru, pusieron rumbo oeste, hasta las potentes murallas de Babilonia. A la caída de Nínive, la cólera de los conquistadores asirios se convirtió en polvo arrastrado por el viento y la enemistad desapareció. En ese momento Gubaru
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renunció a su cargo con el espléndido Nabucodonosor y retornó a su arrasada tierra natal. Intentaba que esos campos volviesen a producir alimentos.
—En un caso semejante, ¿no regresarías a los sepulcros de tus antepasados si tu magnífica Pasárgada yaciera en ruinas? —preguntó a Ciro.
Ciro pensó que era muy poco lo que se podía demoler en su heredad persa y que todavía ningún antepasado había dejado su sepulcro junto al río. De todos modos, comprendió los sentimientos del elamita.
—Sí —respondió.
Por sorprendente que parezca, la bella Amitis quebró el silencio del decoro y murmuro:
—¡Oh, hijo de un gran rey, apiádate de nosotros! Ya has visto nuestra pobreza.
Cuando cayó la noche, los jefes se reunieron en torno a Ciro para analizar el lugar de acampada más ventajoso. Durante el día, a lomos de sus corceles, tenían a los susanos a su merced.
Por la noche, mientras dormían, podrían morir bajo el filo de los cuchillos de los elamitas. Ciro ordenó que montaran alrededor de la puerta abierta de la ciudadela las tiendas que llevaban en el tren de carros. En ese caso, si los atacaban desde fuera podían replegarse al interior de la muralla y, si el ataque procedía de palacio, montarían y saldrían. Dispuso que los guardias de los caballos realizaran las rondas acompañados de mastines. Explicó cortésmente a Gubaru que no podía utilizar los aposentos de palacio con su excesiva cantidad de toscos guerreros. El señor de Susa manifestó su reconocimiento por la amabilidad del regio aqueménida y ordenó a los sirvientes de cocina que sirvieran el banquete apresuradamente preparado y compuesto por corderos asados con clavos y montículos de arroz blanco aderezados con compota de frutas. Sabía que los persas nunca aprendieron a beber vino. En un intervalo amable posterior a la cena, se acercó con los mayores y los nobles para conocer el motivo de la visita de Ciro.
El joven ario pensó que los elamitas se parecían al mercader hebreo: ocultaban sus pensamientos tras la cortesía. Como no estaba acostumbrado al lenguaje diplomático, Ciro expresó francamente su opinión, alabó los esfuerzos por devolver la fertilidad a Elam que, al fin y al cabo, era una dependencia de Ansan, y les ofreció la protección de Cambises a cambio de un tributo anual.
Más que jefes, los elamitas parecían portadores de la ley. De repente Gubaru preguntó si Ciro le llevaría anualmente una caballada de magníficos nisayanos. El ario explicó que la ley de los persas le impedía regalar caballos de esa raza. Gubaru sonrió al oír esas palabras.
—Sin embargo, cada primavera Cambises en persona conduce yeguas de cría y sementales a la corte del rey de los medos. Eso es un tributo.
—Mi regio padre gobierna Ansan por derecho propio —replicó Ciro—. El regalo de caballos blancos no es más que una muestra de su amistad hacia Astiages, el arrojador de lanzas.
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Tuvo la sensación de que Gubaru apuntaba a que Elam debía pagar tributo a los medos regentes en lugar de a los persas.
—Y nosotros ofreceremos muestras de amistad a los ilustres y victoriosos aqueménidas —replicó Gubaru. Del bolsillo del cinto extrajo una pequeña piedra negra y siguió con el dedo las marcas escritas dejadas por la cuña. Repitió la inscripción—: Soy Nabucodonosor, el caldeo. Mi justicia se extiende hasta la luz del sol; que todos los débiles y oprimidos apelen a mi justicia, lo digo yo.
Explicó con gran afabilidad que el estado redivivo de Elam contaba con la protección de Nabucodonosor, en la poderosa Babilonia.
Ciro ya no tuvo nada más que discutir. Obviamente, al día siguiente guiaría a los asvaran para saquear las moradas de Susa. Recordó la súplica de la muchacha y decidió ser misericordioso.
Repentinamente rió y se animo.
—¡De acuerdo, señor Gubaru, seamos amigos! Dame como muestra uno solo de tus nuevos arados para sembrar.
El astuto Gubaru fingió sorprenderse.
—¡Por el sol de Shushinak! La palabra del aqueménida es más comprometedora que una ley tallada en piedra. Ciro, te he oído prometer amistad.
Al alba siguiente, cuando los jinetes persas aprestaron los carros, Gubaru ya había preparado un arado para Ciro, así como varios sacos de delicioso arroz y especias. Dijo que eran un presente para Cambises. Luego apartó a Ciro de sus hombres y lo condujo hasta el puente, donde el bullicio del agua amortiguó sus palabras. En un primer momento pareció que el señor de Susa entraba en comunión con el río y se desdibujaron las arrugas de su rostro tenso.
—Pastor —dijo en voz tan baja que Ciro tuvo que hacer un esfuerzo para entenderlo—, no soy profeta de los hebreos ni adivinador del destino que figura en las estrellas, como los caldeos. Mi alma está en Elam. Serví lealmente a Nabucodonosor, el poderoso constructor y planificador…, ¡que los dioses le concedan muchos años de vida! Pero lo acosan los siete males de la enfermedad. Cuando te enteres de que Nabucodonosor ha muerto, monta un corcel veloz, ven a verme y hablaremos de cosas aún más grandiosas. —Su voz se había convertido en un susurro. Contempló sonriente el río—. Podrás venir solo sin correr riesgos.
Gubaru el elamita ofreció el vínculo de la comprensión al aqueménida.
Los jinetes persas se alegraron de abandonar el calor y el polvo de Susa; estaban hartos de espantar moscas y rascarse las picaduras de las hormigas. A su regreso a Pasárgada, Ciro contó la verdad de cuanto había ocurrido en la ciudad que se recuperaba de los estertores de la muerte, con excepción del último comentario personal de Gubaru. Kassandan derramó lágrimas y se lamentó de que los elamitas hubiesen cubierto con lana los ojos de Ciro. No podía mostrar ningún tributo. Cambises quedó encantando con el nuevo arado, aunque reconoció que seria difícil enseñar al campesino caspio a realizar la faena que siempre habían
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hecho dos personas.
Al repasar el viaje, Ciro decidió acompañar a su padre a la corte de los medos en la siguiente maduración de la hierba. Se proponía ver con sus propios ojos lo que significaba ser tributario de los medos. No se preocupó por elaborar un plan. Si lo hubiera pensado dos veces, quizás habría evitado el peligro.
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