Ciro el grande

Harold Lamb · Capítulo 44 de 56

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Ciro el grande

La crónica guarda silencio

 

Los habitantes del nuevo imperio persa no se dieron cuenta de que vivieron años de paz inesperada hasta que éstos pasaron. Desde Tiro hasta Maracanda, los estadistas consultaron al aqueménida antes de emprender nuevas conquistas; los mercaderes suponían que estallaría una rebelión contra el gobierno del único hombre que abarcaba la inmensa superficie de su tráfico; los labriegos supusieron que, como de costumbre, aparecerían los incursores o un burócrata —lo que en su opinión era mucho peor— acompañado de lanceros para requisar las cosechas en nombre del rey. Y no sucedió nada semejante. Durante los últimos seis años del reinado de Ciro, la crónica de Babilonia sólo registró el paso del tiempo y los hebreos, por su parte, describieron las rencillas que retrasaron la construcción del templo de Jehová. «Cada uno se ocupa de su casa».

Varios motivos explican esta desacostumbrada tranquilidad. Los incursores nómadas del norte buscaron los ricos botines de los dominios del aqueménida —se hacían la ilusión de que entrarían con los primeros pastos buenos y se irían con las últimas cosechas—, pero se toparon con jinetes adiestrados y tan peligrosos como ellos. En cuanto a las guerras intestinas entre hermanos y príncipes impacientes por la muerte de sus regios padres, la orden de Ciro se opuso a este habitual conflicto. Tampoco quedaban tronos por los que luchar, salvo el persa. El aqueménida nombraba a los gobernadores de cada territorio y el cargo no era hereditario. Después del retiro del anciano Gubaru, Cambises el heredero gobernaba con mano de hierro la inquieta Babilonia, apoyado por soldados que habían puesto grandes esperanzas en él. La Babilonia caldea había sido, de hecho, un imperialismo mercantil y como durante el reinado de Ciro el comercio se expandió ningún jefe nacionalista se atrevió a rebelarse.

La diversidad de lenguas, digna de la torre de Babel, acabó convirtiendo el arameo en el idioma común, hasta en Jerusalén. Creso ya no era llorado en la mundana Sardes. Allí los adalides de la liberación griega tuvieron dificultades para responder a la siguiente pregunta: ¿de qué había que liberar a los jonios? Las ciudades más occidentales, como Esparta y Atenas, buscaban sus raíces en la costa jónica. Los más lúcidos observadores políticos —los sacerdotes de Apolo en Delfos— aún hacían profecías para el persa. (Gradualmente los medos cayeron en el olvido). El motivo fundamental de tanta tranquilidad era desconocido por los cronistas, si bien el pueblo llano lo sospechaba: respondía a la tolerancia del rey.

Se trataba de un concepto nuevo en un gobernante y ni asirios ni babilonios sabían cómo expresarlo. Habían creado un proverbio sobre la presencia del

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gobernante: «El habla de un monarca es mas punzante que un cuchillo de doble filo. Mira porque ante ti se alza algo duro; no te demores en presencia de un rey pues su cólera es más veloz que el rayo. Haz caso de ti mismo; si se te ordena algo, piensa en un fuego ardiente; date prisa, hazlo y cúbrete las manos con arpillera porque la palabra del rey es la ira de su corazón».

En treinta años Ciro el aqueménida logró superar ese miedo. Medos y persas lo llamaban padre y en boca de los campesinos era «el rey del pueblo». No habría bastado con su tolerancia para distinguirlo, por lo que tuvo que sumar un poder superior al de Nabucodonosor. La conjunción entre humanidad y la capacidad de castigar sin miramientos ejerció un peculiar influjo que modificó acontecimientos seculares.

Se cuenta una anécdota de la tribu mardiana que moraba en las peladas tierras altas de la futura Persépolis. El jefe y los ancianos presentaron una súplica a Ciro. Los portavoces explicaron que la tierra era pobre y que trabajaban mucho para cultivarla. Por consiguiente, los mardianos deseaban recibir una tierra muy fértil, como la que su rey había conquistado en otras partes. Estaban dispuestos a emigrar a ese territorio más pródigo y menos exigente. Que Ciro dijese la última palabra.

El aqueménida evaluó la petición y replicó:

—Hacedlo. —Mientras le daban las gracias, añadió—: Pero recordad lo siguiente. Tarde o temprano, en ese territorio fértil tendréis que obedecer a un señor. En vuestras tierras altas estáis libres y no sois esclavos de nadie.

Después de analizar las palabras de Ciro, los mardianos anunciaron que habían decidido permanecer en sus tierras.

Un jefe maspiano que en ese momento era comandante de los mil, reconoció ante Ciro que se sentía recompensado por estar a su servicio. Con anterioridad, el maspiano se había visto obligado a cultivar la tierra para alimentar a su familia y a comer de las ollas. Ahora, como oficial de una guarnición, le bastaba alzar la mano para darse un banquete cuando le apetecía, con vino como bebida y criados que le ofrecían frutos almibarados mientras se reclinaba en un sofá de cedro de oloroso aroma. Después de oírlo, el aqueménida lo sometió a algunas preguntas y respuestas de sus tiempos de escolares.

—He notado que cuidas bien de tu corcel.

—¡Sí, como corresponde! —replicó el maspiano, satisfecho.

—¿Lo llevas a hacer ejercicio antes de darle de comer?

Sí, por supuesto.

—¿Para qué?

—Para que esté en forma. De lo contrario, enfermaría.

—Si tanto cuidas un caballo, ¿por qué comes antes de cumplir tu jornada de trabajo? La próxima vez me contarás qué trabajo has hecho antes de darte un festín.

Algo que nunca logró fue convencer a su pueblo para que navegara. Un jefe

 

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aqueménida lo explicó de la siguiente manera:

—Existen tres tipos de seres humanos: los vivos, los muertos y los que deambulan por los mares.

Pese a que no introdujo cambios en las costumbres pastoriles de los persas, hacía mucho tiempo que Ciro había abandonado los viejos concilios de las tres tribus e incluso el de las diez tribus reunidas. Para entonces los persas sólo eran una parte de los pueblos iranios bajo su reinado y un fragmento de los diversos pueblos existentes. Todos los persas habrían cabido en un barrio de Babilonia. Vio que no había nada bueno y que podía conducir a muchos males dar al puñado de persas la supremacía sobre los demás, así como sobre sus caspios. Su autoridad sólo emanaba del trono y un sátrapa persa no tenía poder sobre un hazarapat hircano. Para contribuir a la amalgama de pueblos distintos, adoptó los títulos tradicionales de Babilonia, Ecbatana y Sardes, no eligió capital. Pasárgada, perdida en el valle, seguía siendo residencia del clan aqueménida y estaba administrada por su hermano pequeño, Bardiya, con la ayuda de sus nietos. Amitis continuaba recluida en Zadracarta, en el mar de Hircania, y allí su hija se convirtió en esposa de Darío —hijo de Vishtaspa y Hutaosa—, un militar genial, según todos los informes.

Los asesores de Ciro eran los sátrapas y, aparte de éstos, los emisarios de sus súbditos. Como no tenía ejército regular, no necesitaba hacer frente a un comandante en jefe que podría volverse peligroso.

Este rudimentario estado mundial se mantuvo unido exclusivamente gracias a la personalidad de Ciro, que se había convertido en juez supremo, protector y proveedor. La carga de semejante autoridad era más pesada que el tesoro de Creso, sobre el que había bromeado despreocupadamente en otra época. Probablemente Ciro no previó el peligro que supone el gobierno de un hombre indispensable; de todas maneras, no habría podido cambiar la situación. Al cabo de sus años sólo intentaba cumplir la promesa que había hecho ante las tres tribus persas durante su entronización, pese a que sus súbditos se habían multiplicado por cuatrocientos. Al menos tenían alimentos suficientes y la primera obligación de un pastor era dar de comer a su rebaño.

Como las multitudes lo aguardaban en el pórtico y reclamaban la presencia del gran rey, Ciro no podía ir más allá del Desierto de la Sal de los germanios ni del monte de Cristal.

 

Ciro se sentía solo incluso ante las multitudes. Emba ya no esgrimía las riendas de su corcel; Kassandan había muerto e hizo construir su sepulcro en los peñascos de la cueva de Anahita. Pese a sus quejas. Kassandan había amado profundamente a sus hijos. De sus dos esposas, Amitis le había ocultado sus pensamientos; los observadores le comunicaron que la elamita se había convertido a la doctrina de Zaratustra y casado a su hija con el hijo de Vishtaspa, ardoroso seguidor del

 

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misterioso profeta. Aunque Ciro no logró deducir por qué lo había hecho, supo que existía un motivo. Sus nietos le temían porque estaba rodeado de dignatarios de la corte y los extranjeros se postraban a sus pies. Cuando Ciro se presentaba, los chambelanes exclamaban:

—¡Silencio! ¡Postráos ante la gloria real!

A Ciro ya no le apetecía compartir la mesa con cuantos lo rodeaban. En torno a su residencia —que antaño había albergado a su familia— habían construido cuatro columnatas tan elevadas como el gran salón de audiencias que medía treinta y un pasos por treinta y dos; noventa y ocho columnas se alzaban en las sencillas bases negras, sobre el suelo de mármol blanco. Ciro comía solo en una tarima, elevada como la de Astiages, por encima de cortesanos y criados. Enfrente contemplaba su imagen tallada en el revestimiento de piedra de la pared. En muda procesión, funcionarios y servidores —cada cual con su arma o herramienta— seguían al rey, sobre el que se desplegaban las alas aqueménidas. La imagen perduraba para hacer saber a todos los visitantes que se encontraban en la cámara real. Asimismo, las columnas blancas que asomaban de las bases negras —muy agradables para la vista — simbolizaban el triunfo del bien sobre el mal. La nueva dignidad de la cámara evitó un mal a Ciro, pues los poetas errantes no se atrevieron a ensalzar las glorias de su antepasado Aquemenes mientras comía.

Más allá de las columnatas, los jardines cubiertos de maleza se convirtieron en rosaledas bordeadas por cipreses oscuros por encima de los canales de agua embaldosados; para entonces los tranquilos jardines eran lugar de cita de los cortesanos que lucían las insignias de su categoría y vigilaban a cuantos recababan la presencia del monarca. Incluso en el alto de los altares de fuego, los partidarios de Zaratustra se reunían para rezar al maestro Ahura Mazda.

Sus murmullos hicieron que Ciro se acordase de un cántico de los hebreos de Kebar: «No desees el buey de tu prójimo, ni su asno…, ni nada de lo que le pertenece». Los hebreos decían que era uno de los Diez Mandamientos revelados por un profeta en la cumbre del monte Sinaí. Puesto que era harto improbable que los hebreos del Oeste hubieran hablado de esas cuestiones con los partidarios de Zaratustra en el este, las revelaciones debieron de ser parecidas. ¿Llegaría el día en que las dos congregaciones orarían juntas y presentarían ofrendas a sus fuegos de las alturas?

¿Alguna vez los filósofos de Mileto, que sondeaban la inmensidad del universo, llegarían a montar guardia con los astrónomos caldeos que trazaban el curso de los astros? Los indagadores de las mismas verdades solían llegar a convicciones distintas, pensó Ciro. Había llevado a Pasárgada algunos caldeos eruditos y sus instrumentos. En seguida montaron los relojes para seguir el paso del tiempo mediante el goteo del agua, a la vez que sus siervos caspios no tenían ni la más remota idea del tiempo más allá del alba que marcaba el comienzo de la jornada y del ocaso que le ponía fin.

 

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Ciro, amo de todos, notó que su vida tocaba a su fin y meditó sobre el tiempo futuro en el que seguramente estaría solo. Convocó a sus arquitectos —entre los cuales se contaban varios planificadores de Esagila— y les pidió que diseñasen su sepulcro.

—¡Que los dioses no lo permitan! —exclamaron en diversas lenguas—. ¡Que los años de nuestro señor el rey no tengan fin!

—Me apetece un sepulcro pequeño, de piedra sencilla —dijo Ciro.

Cada vez que quería hacer algo, tenía la costumbre de apelar a los hombres más capaces y no les explicaba cómo debían hacerlo. Una luna después los arquitectos reales le presentaron un boceto maravillosamente coloreado en vitela inmaculada. Se trataba de una torre alta, vigilada por genios alados, con una cámara para los sacerdotes y un altar de fuego en la cumbre.

—Si se suelta, la puerta de bronce de la cámara sepulcral queda cerrada para siempre —explicaron.

Bastó que Ciro echara un vistazo al boceto para descartarlo. Diez años antes habría desatado sus iras contra los arquitectos, pero ahora los comprendía. Todo técnico trabajaba según los métodos que había aprendido. El que sabía cómo construir un arco o una bóveda los erigía para sustentar un techo. Siempre había sido necesario limitarlos a sus sencillos propósitos.

—No quiero quedar encerrado. Venid todos, iremos al sitio que he elegido y hablaremos de mi última morada.

El aqueménida fue el primero en abandonar el salón de audiencias. Tomó por un sendero que se alejaba de la escalinata de entrada y que iba hacia el sudoeste, en dirección al crepúsculo. A tiro de arco de la orilla del río, oyó las risas del agua. Miró en derredor, contempló las cumbres del valle y se dio por satisfecho. Dijo a los arquitectos:

—Aquí erigiremos los cimientos de piedra caliza blanca sobre siete escalones. En lo alto de los peldaños pondremos una habitación de la misma piedra. El interior de la cámara será de siete codos de largo por cuatro de ancho. El techo será de vertiente, como si se tratara de una casa. Caerá a ambos lados desde el caballete. — Pensó unos segundos en la casuca semejante a las que sus antepasados habían construido en los bosques—. Dos puertas comunicarán con el interior, la exterior de la misma piedra que os he descrito y la interior del mismo material. Ambas se abrirán, pero habrá que cerrar la exterior del reducido espacio antes de abrir la interior. —Pensó en el edificio y no se le ocurrió añadir nada más—. ¿Tenéis claro el estilo de mi sepulcro? ¿Queréis hacerme alguna pregunta?

—Los adornos…, ¿qué tipo de adornos quieres? —preguntó un arquitecto.

—¿Dónde colocaremos el oro? —quiso saber otro técnico.

—¿Acaso existe mejor adorno que esa buena piedra blanca? —preguntó Ciro a su vez—. Pero debe ser firme y ha de tener grapas. —Sonrió—. Poned el oro en los bordes del hierro que se vea. Así evitaremos que se oxide.

 

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Los técnicos babilonios preguntaron cuál sería la inscripción pues si se trataba de una anotación larga, con todos los títulos e invocaciones pertinentes, convenía tallaría en la piedra antes de colocar los bloques en su sitio.

Ciro pensó en la inscripción. Tal vez fuera mejor poner una invocación. Se le ocurrió que muchos acudirían al río para mirar su sepulcro y que la inscripción debía explicar de qué se trataba.

—Me parece que la inscripción debe decir: «Oh, hombre, soy Ciro el aqueménida, el gran rey». Eso es todo.

Aunque los arquitectos alabaron su sensatez, íntimamente lamentaron tener que diseñar un sepulcro que no era más que una celda de piedra parecida a la casa de un campesino. Por lo que sabían, ningún sepulcro real tenía esas formas.

 

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