Ciro el grande

Harold Lamb · Capítulo 8 de 56

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Ciro el grande

Ciro cruza la torre

 

Cuando Mandane lo arrojó a las penumbras, Ciro se movió atontado, con el cuerpo jubiloso y la mente confusa. Una criada lo cogió de la mano y lo condujo por una estrecha escalinata que desembocaba en la llama humeante de una lámpara. Por encima dormitaba un eunuco y de detrás salió un hombre grueso que escrutó a Ciro frunciendo sus tupidas cejas. Vestía una basta túnica de piel y un collar de pesado oro y su cara ancha y pálida estaba arrugada por el cansancio. Hizo señas en silencio al eunuco, que cogió la lámpara y salió deprisa al jardín, después de lo cual el oficial se puso el casco y cubrió sus hombros anchos con una capa bordada; embozó a Ciro. El impasible oficial —que debió de ser Hárpago— se adelantó e impidió que Ciro fuese avistado hasta que se internaron en un patio en el que las mulas blancas dormitaban en el varal de un carro. El conductor despertó y cogió las riendas. Ciro calculó, por la posición de las estrellas, que era la hora que precedía al alba. El aire fresco lo despejó y se detuvo. En las montañas de su tierra no utilizaban incómodos carros ni mulas.

—¿Dónde me conducirá esta cosa con ruedas? —quiso saber.

Pareció que el oficial arrugaba la nariz en medio de la barba revuelta y espetó colérico:

—Donde ella quiere que vayas.

Su pulgar ensortijado tocó la empuñadura de oro del puñal que Ciro llevaba en la mano y a continuación el aqueménida lo guardó en su cinturón y dio rienda suelta a su cólera del mismo modo que la espada golpea el escudo.

—Señor Hárpago, iré donde quiera a menos que convoques a más hombres armados para que me mantengan cautivo. Desde que mi padre y yo franqueamos la puerta de tu rey, nos han tratado como a perros a los que se alimentan según los caprichos del monarca. ¿Acaso soy tu prisionero?

—No. —Por primera vez Hárpago miró directamente a los ojos al joven—. Ciro, príncipe de Ansan, puedes ir a donde tu padre se mesa las barbas inquieto y te llevará rápidamente de regreso a tu tierra. O puedes presentarte ante Astiages a la hora en que despierta y disculparte por haber derramado sangre en su palacio y por haber entrado en los aposentos de sus mujeres. Pues sí, puedes elegir cualquiera de estos dos caminos. Desde luego, Astiages palmeará tu hombro inclinado y te concederá su perdón…, se lo dará al heredero de los caballos de Ansan. Ciro, luego se ocupará de enfermar tu alma pues has cometido un delito más grave que el asesinato o el adulterio. Irreflexivamente has mancillado su dignidad en la majestuosidad de la gran corte de Ecbatana.

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Ciro dio rienda suelta a su mal humor.

—La majestuosidad de Ecbatana no es más que una palabra en boca de los tontos, es la espuma que escapa de un cuenco con cerveza, no vale nada. ¿Acaso la dignidad puede cubrir el miedo, del mismo modo que la fina capa que llevas oculta tu suciedad? ¿Se ocultan los hombres tras poderosas murallas a menos que teman un ataque? Los guardias que vigilan las puertas son extranjeros que cobran en plata. Astiages no puede enfermar mi alma porque ya está atiborrada de desdén.

Hárpago meditó unos instantes y las arrugas se dibujaron en sus ojos entrecerrados.

—Tu retórica es honrada —reconoció a regañadientes.

—Dame mil asvaran persas y cabalgaré con tus regimientos de lanceros. Rodearé la corte dentro de las murallas.

Una sonrisa asomó tras las barbas de Hárpago.

—Te conduciré hasta mil arqueros montados persas.

Desconcertado, Ciro reclamó una explicación y Hárpago se expresó con dificultades. La reina Mandane había decidido que Ciro no buscaría la ayuda de su padre ni la misericordia de los medos; rechazaría esos dos caminos seguros y buscaría un tercero, una vía personal. ¿Cuál sería?

—En mi opinión —concluyó Hárpago—, estarás a salvo entre tus compatriotas, que sin duda te saludarán con entusiasmo como estás acostumbrado, y que se desharán de todo enemigo que pretenda acercarse a ti. Hasta aquí, no hay ningún problema. Sin embargo, señor Ciro, es evidente que no puedes permanecer a las puertas de Ecbatana como hiciste en Susa. —Los oscuros ojos de Hárpago relampaguearon—. En consecuencia, este regimiento concreto tomará el campo. De hecho, esta misma mañana cargará sus equipos.

—¿Y a dónde irá?

Hárpago señaló hacia el norte.

—Hacia allá. Cruzará la puerta rumbo a las montañas nevadas. Al otro lado de la luz de nuestra civilización y del Mar de la Sal vagabundean incontables tribus bárbaras. Alcanzarás gran gloria atacándolas porque nadie sabrá con exactitud lo ocurrido… y acrecentarás la dignidad de Astiages, rey de los medos, pues sus fronteras se ampliarán gracias a otra conquista. Al menos constará como conquista. De esta forma, dentro de un año habrán olvidado tu conducta en el palacio real, en el parque de caza y en el harén o, al menos, quedará desdibujada por otros acontecimientos. ¿Estás de acuerdo?

Ciro fue consciente de la voz de advertencia de su fravashi, que sonó a la altura de su mano derecha. La propuesta de Hárpago le resultó familiar; la reina en persona se había referido a su retorno victorioso. ¿Acaso habían hablado de su destino? Si lo hicieron, fue sin duda antes de la caída de la noche.

—Si dudas de mi lealtad —añadió Hárpago sin dilaciones—, te acompañaré personalmente al campamento de los persas y mi hijo se reunirá contigo en el cruce

 

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de las montañas.

Ciro no se detuvo a analizar el significado de las palabras de Hárpago. Lo fatigaba pensar en planes tan complicados. La mención de las lejanas montañas acentuó sus anhelos. El peligro siempre lo había atraído.

—En ese caso, comandante de los medos, iré —replicó.

Ciro subió al carro de un salto y el cochero agitó las riendas. Bajaron a toda velocidad por la ladera del palacio mientras una luz gris iluminaba el cielo por la derecha. A la izquierda, el lado del Mal, un rayo de sol golpeó la cumbre nevada del excelso Alwand y lo tiñó de color rojo sangre. Ciro ignoró esa señal agorera porque aún conservaba el calor de los brazos de Mandane. Tampoco pensó dos veces en el presagio de la atalaya.

La torre de la atalaya se alzaba junto a la puerta norte. En Ecbatana sólo los medos estaban autorizados a morar intramuros; los demás montaban fuera sus pueblos, sus campamentos y sus caravasares. La torre se construía para gloria de Astiages, hijo de Ciaxares, aunque en realidad era una copia del gran zigurat de Babilonia, que se elevaba hacia el cielo, y que muchos conocían como Torre de Babel, es decir, puerta de los dioses. La primera planta de asfalto oscuro creaba sólidos cimientos; la segunda resplandecía en blanco, como señal de pureza; el tercer piso ahusado era rojo como la sangre de la humanidad, se elevaba hasta la cuarta planta escarlata y —con el cielo como fondo— el quinto piso era de un púrpura profundísimo y el sexto de pura plata. En la torre de Astiages todavía no se había levantado la cima definitiva de oro.

A esa hora no había trabajadores en los andamios. Sólo se divisaba un ser vivo, evidentemente un peregrino que rezaba al amanecer.

Hárpago hizo detener el carro junto a ese hombre silencioso y lo examinó con atención mientras los guardias apostados en la muralla se apresuraban a abrir la puerta a su comandante. Ciro no supo cómo interpretar la estructura multicolor que, como una espiral, trepaba hacia el cielo por la izquierda.

—Hay un largo camino para llegar a lo alto de la atalaya —comento.

—Pues recuerda a todos los que aquí acuden la gloria del rey de los medos — explicó Hárpago, distraído—. El imperio de los medos será creado cuando se coloque en su sitio la cúpula de oro.

Al oír esas palabras el peregrino de túnica gris se volvió hacia ellos con los brazos en alto.

—¡Cuando se coloque en su sitio la cúpula de oro, el reino de los medos se desmembrará y dejará de existir! —exclamó.

—¿Quién lo dice?

—Así hablaba Zaratustra.

Ciro reconoció al peregrino: se trataba del joven mago que se había refugiado en la cueva de las colinas de Pasárgada. Hárpago llamó en el acto a los guardianes de la puerta, que se acercaron a la carrera, tan asustados ante su comandante en

 

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jefe que intentaron bajar simultáneamente las cabezas y las lanzas. Les ordenó que desnudaran al mago, que ataran sus brazos a un yugo colocado sobre sus hombros y que lo flagelasen hasta que su cuerpo blanco se tiñera de rojo.

—Zaratustra fue un profeta de la chusma —aseguró a Ciro y lo miró fugazmente —. Fue un rebelde testarudo.

Ciro reprimió el impulso de hablar en favor del peregrino porque pensó que el mago, en su condición de fugitivo, no había compartido la hospitalidad de la heredad aqueménida. Como los soldados trataron violentamente al joven para satisfacer a su jefe, Ciro comentó:

—Si yo fuera Astiages, convocaría a este errabundo a mi presencia para preguntarle qué lo llevó a rebelarse contra mi gobierno.

Después de que le colocaran el pesado yugo sobre el cuello, el mago buscó la mirada de Ciro con sus ojos oscuros, pero el aqueménida no dijo nada.

—Pues no eres Astiages —replicó Hárpago e hizo señas para que el carro franquease la puerta.

Ciro tendría que haber captado el mensaje de ese acontecimiento. Pero aún sentía la falsa seguridad de su vida en tanto hijo del monarca que deambula por las montañas que rodean las ciudades. Tuvo la sensación de que los medos de Astiages mentían a voluntad y de que Mandane, por alguna razón femenina, había intentado atarlo, mientras que Hárpago le ocultaba muchas cosas. No relacionó el asesinato de Volka, su guardaespaldas, con el hecho de que lo alejaban de la zona de influencia de su padre, fuera de la ciudad de Ecbatana, para viajar por alturas extrañas hasta las praderas de los nómadas, «donde nadie sabrá jamás lo que ha ocurrido».

Ciro el aqueménida no estaba destinado a regresar de ese limbo. La malevolencia de Astiages, ese viejo politiquero, había decretado su muerte por considerarlo indigno heredero del bondadoso Cambises. Astiages prefería que un nieto impotente sucediera a Cambises.

Cuando entró en el campamento de los arqueros montados, todos los recelos de Ciro desaparecieron. El tumulto sobre las bestias de bagaje y los relinchos de los orgullosos corceles nisayanos lo alegraron como una bocanada de aire de montaña. Los guerreros persas se acercaron a su carro y gritaron:

—¡Alabados sean los dioses, el pastor esta aquí!

En primer lugar Emba, el cuidador de sus caballos, corrió hasta el carro y se arrodilló para sujetar el pie de Ciro. Los que ya habían montado lanzaron al aire sus lanzas adornadas con pendones y fue un encuentro de amistad y buena voluntad.

—¿Crees ahora en mi buena fe? —inquirió Hárpago—. Mi hijo te espera en el norte, en compañía de guías. Espero que Ishtar y Shamash os protejan a los dos.

Después de esa despedida y como era un agudo juez del momento oportuno, Hárpago se alejó en el carro.

 

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Así fue como Ciro, con toda la buena voluntad del mundo, volvió a ceñir una espada y emprendió el viaje que también era una guerra de los medos, aunque reducida. Siguió luciendo el puñal de Mandane porque muchos guerreros lo admiraron.

En cuanto se puso en camino recibió buenas noticias. Un correo de Ecbatana alcanzó al regimiento, transmitió las felicitaciones del rey Astiages y el mensaje de que, después de su trigésimo año de vida, en Pasárgada había nacido un segundo hijo de Ciro. Su esposa le había puesto el nombre de Bardiya, que significa fructífero. A Ciro no le gustó, pero no podía hacer nada para cambiarlo.

Cuando las tormentas del invierno cerraron los desfiladeros a espaldas de los guerreros en marcha, Ciro ya no recibió noticias de las ciudades. Se convirtió en una especie de ciego que seguía un camino desconocido. No se enteró de la muerte de Nabucodonosor, ni de que en Babilonia había salido de la cárcel Joachim, el rey de los judíos. El mensaje que Gubaru envió desde Susa para advertir a Ciro, según lo prometido, sólo encontró a Cambises haciendo cosillas de poca importancia en los jardines. Como Astiages el medo creció en fuerza y poder a la muerte del gran rey de Babilonia, Gubaru dio unos cuantos rodeos y finalmente envió tierra y agua a Ecbatana como muestras de sumisión.

En Babilonia estallaron conflictos entre los sacerdotes de Marduk y los descendientes de reyes anteriores. Un profeta hebreo, un tal Isaías, el segundo del mismo nombre, lanzó una carga sobre Babilonia. Isaías alzó la voz: Llorad todos, pues el día del Señor está muy cerca. Cada hombre se volverá hacia su propio pueblo y cada uno huirá a su propia tierra. Y Babilonia, gloria de los reinos, belleza de la excelencia de los caldeos, quedará como cuando Dios echó abajo Sodoma y Gomorra.

Muy pocos se detuvieron a escuchar a Isaías en los callejones de Babilonia. Hablaba como si las palabras procedieran de Yahvé, el Señor. Levantaré a los medos contra ellos. Sus arcos también matarán a los jóvenes y no tendrán compasión. Isaías azuzó a quienes lo escuchaban para que mirasen al norte y se reuniesen en las montañas. El ruido de la multitud en las montañas, de reinos de naciones que se han reunido. El Señor de las huestes reunió a la hueste de la batalla.

A decir verdad, el poderío de Astiages creció en las montañas y se difundió por Ararat, entre los urarteanos, los maneanos y los escitas.

Cambises murió enfermo en Pasárgada y junto al diván sólo estaban sus nietos, que no entendieron nada.

 

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