Clara Tahoces
Ana, Ana, Ana…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
A los investigadores les resultó muy poco habitual que no fuera la doncella quien les recibiera, así como que una mujer de la condición socioeconómica de doña Esmeralda viviera sola con su hija. De igual modo, no entendían cómo, teniendo recursos económicos suficientes, no deseaba que su pequeña aprendiera las nociones básicas para comportarse en sociedad a las que toda dama estaba obligada. Tampoco les pasó desapercibido el hecho de
que fuera la propia doña Esmeralda la que administrara sus cuantiosos bienes y posesiones sin precisar el concurso de un varón que entendiera de aquellos ministerios.
Sin embargo, a pesar de todas estas extravagancias, no las asociaron con la desaparición de la pequeña Marta. Al fin y al cabo tan sólo se trataba de una mujer y de una niña, lo que supuestamente las incapacitaba para desarrollar complejos entramados por poseer --según su instruida opinión -- mentes
«simples» e «ingenuas». En aquel tiempo la mujer era considerada un cero a la izquierda y, viva o no-muerta, Analisa no constituía una excepción.
Asimismo, tampoco existía un móvil que conectara la desaparición de la niña con aquellas damas, así que tan pronto abandonaron la casona descartaron esa pista falsa que sólo les había conducido a perder buena parte de un tiempo del que carecían, no sin antes exhortarlas a que cerraran bien todas las puertas y las ventanas de la casa.
En cuanto se despidieron, Analisa se giró hacia Mariana.
--Te lo preguntaré una sola vez --le dijo con gesto adusto --: ¿tienes algo que ver con la desaparición de esa niña?
--¡Por supuesto que no! --protestó enérgicamente --. Te prometí que no me acercaría a la trampilla que conduce al pasadizo y he cumplido mi palabra a rajatabla. ¿Cómo puedes pensar algo así?
--Es que parece bastante sospechoso que haya desaparecido del colegio justo cuando acabamos de mudarnos a esta casa.
--Tú misma lo has dicho: ha desaparecido. Por tanto, nadie puede saber dónde se encuentra ni cuál es su estado. Tal vez sólo se haya extraviado.
Mamá, debes creerme cuando te digo que no tengo nada que ver con eso.
Mariana permanecía sentada frente al piano que había en la sala de estar.
Aparentaba tranquilidad y despreocupación. Analisa, en cambio, caminaba por la habitación, nerviosa, como una fiera a la que le falta espacio en su jaula. Su hija, que tenía un oído excelente, se dedicaba a imitar sus
movimientos con las teclas del piano.
--¿Quieres dejar de hacer eso? Me pones nerviosa.
La niña hizo caso omiso y continuó aporreando el piano.
--No tienes por qué estarlo. Nosotras no somos responsables de esa desaparición. ¿Crees que podría hacerle algo a una niña de mi edad? Sería incapaz de acercarme a un niño con intenciones aviesas. En cambio, tú…
Analisa nunca le había referido el amargo episodio que había protagonizado al comienzo de su carrera como vampira y que había desembocado en la muerte de la hija de Patro. ¿Cómo podía estar al tanto?
Aquella niña era insondable. Era imposible saber si hablaba en serio o si interpretaba un papel. Muchas veces tenía la impresión de que sabía cosas que nadie le había referido y que dosificaba dicha información de la manera más conveniente a sus intereses. Analisa intentó introducirse en su mente como lo hacía en la de muchas de sus víctimas. Necesitaba saber si mentía, pero Mariana había logrado crear una barrera invisible entre ambas. Estaba claro que sus capacidades telepáticas eran superiores a las de Analisa, por lo que era capaz de proyectar pensamientos intranscendentes que nada tenían que ver con la conversación que mantenían, pensamientos como «parece que va a llover» o «me encantan los días lluviosos». Mariana ya no era su pequeña. Disponía de la autonomía suficiente para impedir que su propia madre adivinara sus verdaderas intenciones.
Ante la imposibilidad de conectar con su verdadero yo, Analisa prosiguió con su argumentación.
--No quiero problemas de nuevo. Ya nos hemos visto forzadas a huir de otros lugares. No podemos bajar la guardia. Hay que mantener el engaño a toda costa.
Por un momento, Mariana dejó de prestar atención al piano para posar sus ojos en el rostro de su madre. Su mirada era fría y había algo en ella que a
la propia Analisa le producía escalofríos.
--¿Crees que me gusta esto? ¿Lo crees de verdad? Mi vida está aquí --hizo un gesto señalando las paredes del salón --, sin poder llevar una existencia normal, como el resto de los niños. Siempre huyendo, siempre mintiendo. Y
ahora tengo que escuchar tus falsas acusaciones. No puedes imaginarte lo aburrido que resulta estar aquí sola, contigo como única compañía, de día y de noche.
La niña sabía dónde tenía que dar el golpe. Había cosas por las que Analisa se sentía culpable y ésa era una de ellas. Se lamentaba por haberle privado de una vida normal y Mariana lo sabía a la perfección.
--¡Eso no es justo! --exclamó herida --. Yo nunca deseé esta situación para ninguna de las dos.
Mariana no se inmutó y prosiguió con sus reproches.
--Tú, al menos, has tenido la oportunidad de vivir de otra manera, de un modo que yo jamás podré siquiera imaginar. A veces sueño que soy normal y que no necesito sangre para sobrevivir, pero cuando despierto vuelvo a encontrarme dentro de la pesadilla más horrible.
Entonces, la niña comenzó a sollozar bajito, se acurrucó en una butaca cercana al piano y se colocó en posición fetal. Se tapaba la cara con las manos quizá para evitar ser testigo de esa realidad que tanto odiaba. Su respiración sonaba entrecortada, sumida en el dolor. Analisa no pudo resistirlo más. No podía verla sufrir de esa manera, así que se acercó a ella, la abrazó con ternura y le susurró al oído:
--Ven aquí, mi pequeña. No sé cómo he podido dudar de ti. Puede que todo se deba a una confusión y que la niña se haya extraviado. Tal vez aparezca muy pronto.
Analisa no se equivocaba. Marta apareció, pero nadie pudo preguntarle
dónde había estado. Estaba muerta. Ante este giro de los acontecimientos, el director del internado adoptó nuevas medidas de seguridad: ninguna alumna podría entrar o salir del colegio sin el permiso expreso de alguno de los profesores, las niñas deberían desplazarse por el recinto en parejas y por las noches se cerrarían todas las puertas del internado, incluso las de acceso a los retretes. Las niñas tendrían que arreglárselas con los orinales hasta que se esclareciera la muerte de la pequeña Marta.
Como es lógico, el miedo y la psicosis se extendieron entre las niñas y los profesores e incluso algunos padres, a petición de las pequeñas, se llevaron a sus hijas consigo, no sin antes elevar una airada queja al director. Pero de poco sirvieron estos clamores, ya que las investigaciones se encontraban en punto muerto. A falta de pistas, poco se podía hacer. La niña había aparecido muerta sin una sola gota de sangre en su cuerpo, pero no había signos que evidenciaran lucha o forcejeo, sólo un par de extrañas marcas violáceas en su cuello. Además, el asesino le había cortado las uñas, el pelo a trasquilones y había maquillado su rostro con polvos de arroz y colorete rojo. ¿Quién podría haber cometido semejante barbaridad?
Aunque las nuevas normas de seguridad se hicieron extensivas a todas las niñas, Celia se encontraba en una situación especial. Si bien entre semana era una alumna más, los fines de semana se convertía en una empleada que debía faenar en las instalaciones del colegio. Y, aunque su madre intentaba acompañarla en todo instante, no siempre era posible. Por supuesto, la niña estaba igual de asustada que las demás y sufría cada vez que tenía que descender al sótano para buscar los trapos y las esponjas.
El domingo por la tarde se vio obligada a hacerlo. Su madre estaba limpiando los excusados. Celia decidió esperarla, pero, como no regresaba, no tuvo más remedio que internarse en la oscuridad que bañaba la escalera de caracol, pues se le hacía muy tarde. La escalera era estrecha y de madera muy oscura, lo que contribuía a que aún hubiera menos luz.
Al pasar por el almacén, la niña escuchó un sonido que le resultó familiar.
Celia se detuvo un instante y entonces se dio cuenta de que alguien la llamaba.
--Celiaaa, Celiaaa --susurró una voz cantarina.
La niña se detuvo y se quedó muy quieta, como si de este modo pudiera impedir ser vista. Se sentía confundida. Aquella voz le resultaba conocida, pero su corazón latía con fuerza, como una advertencia silenciosa de que algo no iba bien.
--¿Quién anda ahí?
--Soy yo. Tu amiga Mariana.
Al escuchar la voz de su única amiga, se tranquilizó.
--¿Qué haces ahí? Puede ser peligroso.
--Ven conmigo --susurró.
La niña obedeció, como atraída por un imán.
--¿No tienes miedo? Mi madre dice que Marta Recarte ha aparecido muerta.
¿Quién es tu pareja de pasillo?
--A ti no te gustaba Marta, ¿verdad?
--No --confesó ruborizada.
Su madre le había advertido de que no se debía hablar mal de los muertos, pero lo cierto es que cuando Celia se enteró de la noticia fue incapaz de sentir consternación. No se la podía culpar por ello, aquella niña siempre se había mostrado odiosa con ella. Pero la muerte de Marta no había contribuido a disminuir su calvario, sino más bien a acrecentarlo. Su testigo lo había tomado Adelina Morante, la mejor amiga de Marta y la peor alumna de la clase, a juzgar por sus calificaciones.
--A mí tampoco. Era taaaan aburrida. ¿Cumpliste tu palabra?
--¿Cuál?
--La de no decir a nadie que me habías visto aquí, ni siquiera a tu madre.
--Sí. Nadie lo sabe.
--Así me gusta. Y, en recompensa, puede que esta semana te lleves una gran sorpresa.
--¿Qué sorpresa?
--No puedo decirlo, igual que tú no puedes decir que me has visto. ¿Lo entiendes? Es muy importante. Sólo conseguirías que me castigaran.
--No diré nada. Lo prometo.
____________________ 48 ____________________
Dario escribía una nota con rapidez. Su letra era inarmónica, picuda, invertida y bastante menuda. Casi había terminado cuando escuchó un ruido de llaves y la puerta abrirse y cerrarse.
Alejo había regresado.
«Mejor --pensó --. Así se lo digo a la cara.»
El escritor pareció sorprenderse al ver al gótico sentado a la mesa con todas sus pertenencias en el suelo a su alrededor.
--¿Qué pasa?
--Me voy.
--¿Adonde?
--A casa de Silvia. Ya no tiene sentido que siga aquí, ¿no crees? --la mirada de Darío era desafiante. Nunca le había tragado, y menos aún desde que le había destrozado el corazón a su hermana.
Alejo no contestó. Estaba claro que era una pregunta retórica.
--¿Y tus padres? ¿Lo saben?
--No, pero a estas alturas me da igual que se enteren. Mi hermana me necesita. Es lo único que ahora me importa.
--¿Qué le ocurre?
--Si de verdad te preocupara su salud, la habrías llamado.
Alejo agachó la mirada. Sabía que Darío tenía razón. Desde que ella lo había dejado plantado en medio de la calle, y de eso hacía ya bastante tiempo, no había vuelto a llamarla ni siquiera para reclamar algunas de sus pertenencias, que todavía estaban en su casa. Para el joven escritor había sido la excusa perfecta para acabar con su relación. Sabía que se había comportado como un cobarde, pero la sombra de Ana era demasiado alargada para permitirle actuar de otro modo. Cuando lo pensaba fríamente, se sentía como un gusano. ¿A quién quería echar la culpa? ¿A Ana? Sólo él era responsable de aquella situación. Pensaba que si ya no la quería tendría que habérselo dicho. Debió afrontar esa tesitura con valentía, sin dobleces.
En ese momento, frente al hermano de Silvia, tampoco supo reaccionar de manera consecuente.
--Bueno, no voy a discutir contigo sobre eso, pero para tu información fue ella la que me dejó.
--Y a ti te hizo un favor, ¿verdad?
Alejo permaneció en silencio. Se limitó a soltar las llaves y a depositar el correo sobre la mesa.
En vista de su actitud cobarde, Darío continuó.
--¿Me tomas por gilipollas? Yo también me muevo por el ambiente. Fui yo quien te introdujo allí, ¿recuerdas? Y he oído los rumores sobre ti y esa tía.
--Ya no estoy con tu hermana. Ahora soy libre para hacer lo que me dé la gana. Además, ¿no habías dicho que te ibas?
--Tienes razón. Ya me voy --dijo levantándose de la silla al tiempo que arrugaba con su mano la nota. Tenía la impresión de que, después de todo, darle alguna explicación era andarse con demasiadas consideraciones. Y
Alejo no las merecía. Tras ello se dirigió hacia la puerta de la calle, pero antes de abrirla se volvió y le espetó con ironía:
--¿Y dónde está ahora? Andas detrás de esa mujer como un perrito faldero y ella escapa de ti como lo haría de la peste.
La reacción de Alejo no se hizo esperar. Sin embargo, no saltó por la provocación que suponían las palabras de Darío, sino por la posibilidad de descubrir algo, por mínimo que fuera, que le condujera al paradero de Ana.
Hacía meses que la buscaba sin éxito. La mujer de la que se había enamorado parecía haberse volatilizado sin dejar rastro.
--¿Qué sabes de ella? ¿Dónde vive?
Darío no sabía nada sobre ella. Pero, al ver la cara de desesperación del escritor, que no ocultaba su incertidumbre ante el hermano de su ex novia, sintió la tentación de herirle, de hacerle daño deliberadamente, sólo por obtener la satisfacción de verle sufrir, un deleite que Silvia no había podido experimentar. Sería su venganza silenciosa.
--Te ha dejado, ¿verdad? Como hace con todos. No eres el primero al que se ha follado en su cama ni tampoco serás el último. No lo hacía mal del todo -
-añadió ante la desesperada mirada de Alejo --, aunque, para mi gusto era demasiado guarrilla.
Alejo sintió la rabia crecer en su interior.
«¡Por eso no quería que me acercara a ella la primera noche que coincidimos en The Gargoyle! --pensó Alejo -- ¡Ya se conocían y tenía celos de mí!»
Sintió deseos de partirle la cara, pero ante el asombro de Darío y el suyo propio, reaccionó con increíble sumisión. Por encima de todas las cosas necesitaba averiguar dónde vivía esa mujer y, si tomaba represalias contra el gótico, éste se negaría a facilitarle información alguna.
--Ana será todo lo que tú quieras, pero, por favor, necesito saber dónde vive.
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El gótico lo ignoraba. No sabía nada sobre su vida. Sólo lo que sobre ella se especulaba. En el ambiente tenía fama de rara. En realidad, nadie la conocía. Jamás aparecía acompañada y con el único que intercambiaba un par de frases era con el camarero de turno. Aquella mujer era un enigma.
A Darío la situación le producía una sensación indescriptible de poder y de placer. La cara del escritor delataba que habría sido capaz de dejarse cortar un dedo por conocer el paradero de la mujer que lo tenía subyugado. «¡Ni de coña! --concluyó para sus adentros --. Bastante ha sufrido Silvia por tu culpa.»
El gótico lo miró con fijeza y, con toda la frialdad que fue capaz de transmitir, masculló con deleite:
--¡Que te jodan! Si ella no ha querido llevarte a su casa, por algo será. Pero, descuida, cuando la vea le daré recuerdos de tu parte --añadió antes de dar un portazo.
--¡Joder!, ¿te has mirado al espejo? --inquirió Darío al ver a Silvia --.
Mañana mismo vamos al médico. No puedes seguir en este estado.
--Estoy bien --repuso la joven --. Es por culpa del estrés.
--Eso ya no cuela. Llevas varios meses así, desde que lo dejaste con ese soplagaitas de Alejo.
El joven sintió tentaciones de anunciarle que su querido ex novio estaba liado con otra, pero se contuvo. ¿Para qué hacerle más daño? Ya tenía suficiente sin su ayuda y en aquel instante no procedía entonar el «ya te lo advertí».
--Es por culpa de las pesadillas --dijo mientras extraía un vaso del armario de la cocina. Darío se dio cuenta de que apenas podía sujetarlo. Las fuerzas
no la asistían. Tuvo que sentarse de inmediato. De nuevo la poseía aquella debilidad extrema.
--Déjalo, anda. Yo prepararé la cena.
--No tengo hambre.
--Me da igual. No voy a discutir contigo. Vas a cenar y punto.
Pero las preocupaciones de Silvia iban por otros derroteros.
--¿Has visto a Alejo? ¿Qué tal le va?
--No --mintió --. Le he dejado una nota. No quiero seguir allí. He venido a cuidarte y no me importa lo que digan papá y mamá. Tú no estás bien.
Necesitas ayuda. Si he aguantado tanto tiempo en su casa ha sido por ti.
--Darío --su voz temblaba y sus manos, otrora finas y delicadas, parecían haber envejecido cien años --, tengo miedo.
La salud de Silvia Salvatierra había atravesado diferentes etapas en los últimos tiempos. Todos sus males habían dado comienzo varios meses atrás, coincidiendo con el final de su relación sentimental con Alejo. A partir de entonces, su salud fue a peor. Adelgazó varios kilos, sufría mareos constantes y desvanecimientos, y horribles pesadillas con una mujer vestida de época.
Aunque no era una gran partidaria de los doctores, decidió acudir a su médico de cabecera. Éste le prescribió unos somníferos y le mandó hacerse unos análisis de sangre y orina, pero ella nunca llegó a hacérselos.
Conducida por una extraña fuerza que la guiaba, mintió a todos, y afirmó que los análisis habían concluido que todo estaba en regla y que lo único que en realidad le pasaba era que estaba estresada.
Así pues, la joven se tomó unos días de vacaciones y se fue con unas amigas a la playa. Allí pareció restablecerse por completo. Engordó los
kilos que había perdido, recuperó el apetito y el sueño perdidos y los mareos y las debilidades desaparecieron de su vida.
Al regresar de nuevo a Madrid, las cosas continuaron bien durante varios meses. No volvió a tener pesadillas, ni mareos, ni alucinaciones. Para entonces, Silvia creía que todo había sido sólo eso, un ofuscamiento de su mente que le hacía ver fantasmas donde no los había. La mujer del espejo había pasado al olvido, pero su miedo había sido muy real. De hecho, su sola evocación le producía auténtico pavor.
Sin embargo, desde la noche del sábado, todo había vuelto a repetirse: los mareos, las pesadillas, la espantosa mujer de sus sueños. ¡Había regresado!
¡Aquel ser había vuelto! Ya no sabía qué pensar y, por primera vez en mucho tiempo, Silvia se derrumbó. Aquel peso era demasiado grande para seguir ocultándolo por más tiempo. Ya no podía continuar aparentando una perfección y un equilibrio de los que carecía.
--¡Tengo miedo! --repitió ante la mirada atónita de su hermano.
Darío interrumpió su tarea. Depositó sobre la encimera el bol con los huevos que estaba batiendo para preparar la cena a su hermana y se acercó a ella. La abrazó y la tomó de las manos. Ella no solía mostrar sus debilidades. Si ahora lo había hecho era porque se encontraba mal y Darío lo sabía.
--¿Qué te pasa? Cuéntamelo.
Entonces, Silvia la Perfecta le refirió con pelos y señales todo cuanto le había ocurrido sin omitir detalles, sin obviar nada.
Darío la escuchaba con paciencia, sin demostrar la preocupación que en su fuero interno crecía, sonriéndole para quitar importancia a sus palabras, pero aportándole el consuelo que necesitaba para aliviar su espíritu atormentado.
--Me crees, ¿verdad?
--Claro que te creo. Y ya no volverás a sufrir más pesadillas. Ahora estoy contigo y sé lo que hay que hacer.
--¿No me estoy volviendo loca?
--No, Silvia. No lo estás.
--¿Y si regresa? Estoy aterrada.
--Yo la estaré esperando.
Tras contarle a su hermano todo lo que había estado ocultando durante meses, Silvia se sentía mucho más aliviada. Cenó, tranquila, la tortilla de jamón que Darío le había preparado, se comió unas tostadas untadas con quesitos e incluso se bebió el vaso de leche con un chorrito de coñac que le tendió su hermano cuando ya estaba metida en la cama.
--Eres tan bueno conmigo.
--Tú siempre has cuidado de mí. Ahora me toca a mí hacerlo.
--Por favor, no le digas una palabra de todo esto a mamá y papá. No quiero que se enteren de que tengo miedo de… --se interrumpió. No sabía cómo calificar la situación.
--Tranquila, tampoco me creerían. No tienes nada que temer --la apaciguó antes de besar su frente --. Yo estaré en el salón despierto, haciendo guardia.
Nadie podrá acercársete sin pasar por delante de mí.
--De acuerdo, pero no te vayas hasta que me haya dormido.
--Te lo prometo. Si me necesitas a lo largo de la noche sólo tienes que llamarme. Vendré en seguida.
Darío cumplió su palabra y permaneció con ella hasta que la joven se quedó dormida por completo. Cuando creyó que ya estaba en brazos de Morfeo, se
acercó a ella para examinar su cuello en busca de alguna marca que delatara la presencia de un vampiro. Todo cuanto su hermana le había referido era propio del ataque de un ser no-muerto sediento de sangre.
Sin embargo, no le contó nada acerca de sus sospechas. No quería alarmarla más de lo que ya parecía, pero estaba convencido de que sus terrores nocturnos sólo podían deberse a la obra de un vampiro. ¿Cómo podía haber estado tan ciego? Se había pasado media vida leyendo sobre los seres que pueblan la noche y cuando su hermana había sido atacada por uno ni siquiera era capaz de darse cuenta.
Sin embargo, tras examinar con detenimiento el cuello de Silvia, se sintió confundido; no había marca alguna en su piel, ni siquiera un cardenal antiguo o un simple arañazo. No había nada que delatara la presencia de un chupador de sangre, lo cual dejó al joven sumido en la incertidumbre.
¿Sería todo una fabulación de su mente? ¿Sufría alucinaciones y por eso se había inventado algo así? En aquellos instantes era imposible dilucidarlo.
Atacada por un vampiro o no, montaría guardia en el salón. Ya estaba decidido. Se sentaría en la butaca frente a la puerta y velaría a su hermana toda la noche. Nadie podría atravesarla sin su conocimiento. Al día siguiente, con la claridad del día, la llevaría al médico y que éste decidiera qué era lo que en realidad le ocurría.
Ya con la certeza de que su hermana dormía, Darío se preparó una jarra de café a la que añadió un generoso chorro de leche condensada. Después, comprobó puertas y ventanas y rebuscó en los cajones hasta encontrar un crucifijo. Sabía que había uno, regalo de una tía-abuela por parte materna con poco ojo para los regalos. Silvia no era creyente, así que estaba escondido en un sitio poco accesible. Tras colocarlo cerca, se sentó en la butaca dispuesto a encarar una noche muy larga.
«¿Qué estoy haciendo? --se preguntó --. Parezco un caza vampiros moderno o más bien un lunático. Me pregunto qué haría el verdadero Van Helsing en mi situación.»
Restaban muchas horas para el amanecer y el joven estaba cansado. Bebió una taza de café tras otra y, cuando había ojeado todas las revistas de moda que reposaban sobre la mesa del salón, hastiado, agarró la Biblia, otro regalo de la misma tía-abuela, y comenzó a leer algunos de sus pasajes al azar.
Se entretuvo en el Apocalipsis y se sorprendió al llegar al capítulo 17. En el versículo 6 podía leerse lo siguiente: «Y vi a la mujer emborracharse de la sangre de los santos y de los mártires de Jesús, y al verla me quedé estupefacto.» ¿Se refería aquel pasaje a una mujer-vampiro? La Biblia, a fin de cuentas, era un libro que recogía todos los sucesos que habían acontecido sobre nuestro planeta y que narraba la vida de toda suerte de personajes que habían poblado la Tierra, desde los más corrientes a los más extraordinarios. Asimismo, era una obra en la que se describían infinidad de fenómenos extraños. Aunque él no era practicante, sentía respeto por aquel libro; siempre le había impresionado cómo se daba respuesta a un sinfín de problemas mundanos de la manera más variopinta.
De pronto, algo reclamó su atención en la puerta. Estaba sentado justo enfrente, lo que le permitía advertir cualquier movimiento del exterior gracias a la luz del descansillo que se filtraba a través de la rendija que existía entre la puerta de la calle y el suelo; una rendija, quizá --le parecía ahora -- demasiado grande, de modo que cuando alguien encendía la luz ésta se colaba por ella. Pensando en esto, el joven reparó en que el edificio de Silvia poseía un dispositivo de iluminación encargado de detectar la presencia de los vecinos. Si alguien caminaba por el descansillo la luz se activaba de manera automática, lo que les ahorraba tener que pulsar el botón cada vez que salían de sus casas. Lo más probable era que algún vecino hubiera regresado o salido de su hogar. Sin embargo, no se había escuchado ningún sonido de llaves ni ruido de clase alguna.
Silvia vivía en un edificio bastante moderno y su apartamento era lo que se denomina una «casa de diseño». La decoración no podía ser más vanguardista. A ella le encantaban las nuevas tendencias y creaciones artísticas cuyo sentido sólo ella, y posiblemente el artista que les había dado vida, eran capaces de entender.
«Falsa alarma», pensó el joven mientras se servía otra taza de café.
Entonces la volvió a ver. Darío juraría que algo o alguien había pasado por delante de la puerta de la casa de su hermana. Acababa de ver una sombra deslizarse bajo el umbral de la puerta y aquello no había sido una alucinación.
¿Significaba eso que había alguien al otro lado? ¿Alguien que espiaba sus movimientos? ¿Alguien que aguardaba con paciencia a que él se durmiera y apagara la luz del salón?
«No seas paranoico», se dijo cada vez más inquieto.
Darío creía en la existencia de vampiros y en que éstos vivían ocultos entre nosotros, como sugería el juego de rol Vampiro: La mascarada, pero, por algún extraño motivo, le costaba asociarlos a un lugar como la casa de su hermana. ¿Por qué un vampiro podría sentirse atraído por alguien como ella? Era su hermana y la quería, pero tenía que reconocer que era una pija y no se imaginaba a un ser de la oscuridad acudiendo a su domicilio con intenciones aviesas. ¿Qué podría buscar allí? «¡Su sangre! No te dejes engañar: todas las sangres son buenas», pensó.
Al cabo de unos segundos, cuando volvió a ver la sombra pasearse por detrás de la puerta ya no le cupo duda alguna de que había alguien --vivo o no-muerto -- al otro lado.
Decidió acercarse hasta la puerta para otear el descansillo y saber así a qué se enfrentaba. Sin embargo, justo cuando aproximaba su ojo a la mirilla la luz, que disponía de un temporizador, se apagó, lo que le impidió saber qué había afuera.
Entonces tomó la determinación de abrir la puerta, aunque sin quitar la cadena de seguridad. El joven estaba asustado. Sin embargo, sabía que si no lo hacía no podría estar tranquilo pensando que había alguien acechando sus movimientos.
Darío abrió la puerta con precaución. Sus ojos se encontraron con la oscuridad más absoluta. Ni un ruido, ni una sombra, allí no había nada. Pero justo cuando iba a cerrar la puerta unos ojos rojos endiablados se encararon a los suyos. Estaban muy cerca, tan sólo a un palmo. No se veía figura humana alguna, sólo esos inmensos ojos llameantes que emergían de la oscuridad.
Intentó cerrar la puerta, pero a partir de ese momento ya no fue capaz de obedecer otra voluntad que no fuera la que acababa de subyugarle. El joven empujó la puerta, pero sólo lo hizo para poder retirar la cadena que impedía el libre acceso al piso. Después, la abrió de par en par y esa cosa entró con facilidad.
Silvia Salvatierra se despertó sobresaltada. Le parecía haber escuchado el ruido de la puerta de la calle cerrarse y temía que Darío se hubiera marchado dejándola sola.
--¿Darío? ¿Eres tú? ¿Estás ahí?
Pero su hermano no contestaba. «Quizá se ha quedado dormido --aventuró -
-. Pero, entonces, ¿por qué ha sonado la puerta como si alguien hubiera salido o entrado de la casa?»
Aquel pensamiento le heló la sangre. No quería hacerlo porque estaba aterrada, pero, en vista de que Darío no respondía, decidió abrir un poco la puerta de su habitación para asomarse y ver lo que ocurría en el salón.
Se aproximó con cuidado y empujó el picaporte muy despacio, sin hacer ruido. Entonces la vio. Era ella, la mujer vestida de época. Iba toda enlutada. Parecía un holograma y no un ser de carne y hueso. Tenía el rostro arrugado y cubierto de gusanos; las cuencas de los ojos, vacías; la mandíbula, corroída; las manos, esqueléticas. Aquella mujer estaba al lado de su hermano y éste le tocaba los pechos y el sexo de manera obscena, con lascivia. No parecía darse cuenta de lo que tenía frente a sus ojos. De otro modo, ¿cómo podían éstos reflejar deseo por aquella cosa?
De pronto, la mujer espectral reparó en su existencia y se volvió hacia ella.
--¿Qué miras, querida? ¿Te gustaría unirte a nosotros?
Su hermano no reaccionaba. Estaba embobado.
Silvia dio un respingo y cerró la puerta de golpe. Estaba claro que Darío no iba a ayudarla, por lo que corrió hacia la mesilla de noche y cogió su teléfono móvil (era un aparato de última generación, que había comprado porque le hacía juego con los zapatos) con el fin de llamar a alguien. Pero
¿a quién podría llamar a esas horas para contarle la ordalía que estaba sufriendo?
A la policía, no. Nadie iba a creerla; a Alejo, menos. ¡A sus padres!
¡Llamaría a sus padres! No quería alarmarlos, pero se le acababan las opciones.
Silvia Salvatierra se escondió dentro del armario y trató de hacer una llamada, quizá la última que haría en su vida, pero comprobó con horror que dentro del armario su maravilloso móvil no disponía de cobertura.
«Sólo emergencias», rezaba la pantalla del aparato. ¿Es que acaso aquello no lo era?
No hubo tiempo para más. De pronto, Darío irrumpió en su escondite, abrió la puerta que la cobijaba de esa cosa aterradora y durante unos segundos Silvia albergó la esperanza de estar a salvo. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que su hermano tenía los ojos en blanco, igual que un zombi, y que obedecía las órdenes de la mujer de negro como lo haría un autómata.
Entre los dos la sacaron del armario. Silvia seguía aferrada a su teléfono móvil intentando establecer comunicación con el exterior, pero estaba demasiado nerviosa para atinar con los botones. Y cuando quiso darse cuenta tenía al ser espantoso encima y nada, absolutamente nada, iba a detenerlo.
La joven supo que todo había terminado. En aquellos momentos, sus últimos instantes de vida, Silvia miró a su hermano, que permanecía a un lado, de pie, en espera de nuevas órdenes que cumplir. Habría jurado que en sus labios se esbozaba una leve sonrisa.
Silvia sintió que la vista se le nublaba y muy pronto la luz se oscureció.
Todo había acabado. Su última sensación fue su teléfono móvil deslizándose de su mano inerte.
____________________ 49 ____________________
--¡Esto es intolerable! No les confiamos a nuestras pupilas para esto. Y sepa usted, señor mío, que haremos todo cuanto esté en nuestra mano para que cierren este recinto laico --fueron las últimas palabras del tutor de Martina de Casariego y de la Flor.
Después, tomó sus guantes, su bastón y su sombrero y salió con la cabeza muy alta y gesto airado del despacho del director del internado María Auxiliadora del Buen Suceso. Y junto a él lo hizo la pequeña Martina, bastante aliviada por no tener que pasar un solo día más entre las paredes de aquel lóbrego lugar, que las alumnas habían bautizado como «el colegio tenebroso».
Desde la desaparición de Adelina Morante nadie se sentía seguro allí. Había sido un duro golpe para todos, ya que las esperanzas de que la muerte de Marta Recarte se debiera a un hecho desgraciado pero casual se habían desvanecido igual que el humo. Aunque la pequeña Adelina aún no había aparecido, todos --entre ellos Agustín Merino, el director del centro de enseñanza -- estaban convencidos de que muy pronto lo haría, aunque sospechaban que, al igual que sucedió con Marta Recarte, estaría muerta.
Agustín Merino salió de su despacho cabizbajo, pero con la cólera dibujada en sus ojos. Le había costado Dios y ayuda convencer a las altas instancias para que le facilitaran la licencia que le permitía tener abierto el colegio, que, pese a su nombre, no era un centro regido por religiosas. Aquella
excepción sólo había sido posible gracias a su anciana abuela, cuyo excelso capital y su buen nombre habían servido para abrirle las puertas necesarias para llevar a cabo tal empresa. Y ahora todo podía venirse abajo debido a aquellos horrendos crímenes que tenían aterradas a las alumnas, a los padres y a los profesores. La desconfianza se había instalado en todas y cada una de las almas que habitaban el enorme internado.
Merino llegó a la casa de su abuela un poco más tarde de lo habitual. Se había entretenido escuchando las quejas del tutor, a quien, sin embargo, tenía que admitir que le asistía más razón que a un santo. ¿Qué padres iban a permitir que sus hijas siguieran estudiando en un lugar en el que merodeaba un asesino? Ya tenía cuatro peticiones, cinco si contaba la del tutor de Martina, para sacar a sus hijas del internado. Pero no serían las únicas, sin duda llegarían más. Era sólo una cuestión de tiempo.
Cuando Merino se sentó a la mesa no pudo ocultar su turbación. Su abuela era una maestra en interpretar las expresiones de su rostro.
--¿Un mal día, hijo?
Lo trataba igual que a un vástago desde que los padres de Agustín fallecieron siendo él apenas un niño.
--Hoy se han llevado a otra niña. De seguir así, tendremos que cerrar el centro --contestó atusándose un mechón de pelo rebelde que venía molestándole toda la mañana.
Acababan de servirles la sopa, pero a él se le había quitado el apetito por completo.
--Come, hijo, que las penas con pan son menos penas.
Aquella mujer sabía de lo que hablaba. No en vano había perdido a su marido, a su hijo --el padre de Agustín -- y a su nuera en el mismo año.
Además del dolor por las pérdidas, se había visto obligada a hacerse cargo de todo. Hoy, muchos años después de la experiencia amarga, podía decir que había superado la prueba con creces.
--No tengo hambre, abuela. Ya sé que lo hace por mi bien, pero no hago más que darle vueltas a todo lo ocurrido y, por más que lo pienso, menos lógica le encuentro a este asunto.
--A veces las cosas no obedecen a la lógica de la razón, sino a la voluntad del Altísimo.
--Abuela, con todos mis respetos, me niego a creer que el Señor desee que esas pobres niñas sufran un destino tan terrible.
--Desde luego que no --dijo persignándose --, pero «el otro», «la serpiente que se arrastra», siempre está al acecho y busca las debilidades de la gente para entrar en sus vidas.
--Abuela, siempre está igual --le dijo en tono resignado --. Aquí no hay diablos ni brujas, sólo un asesino de carne y hueso despiadado y cruel.
A la hora de los postres se conoció la desagradable noticia. Dos hombres se presentaron en la casa de Merino. Agustín ya los conocía, eran los mismos que investigaban --sin mucho éxito, hasta el momento -- la muerte de la niña Marta Recarte. Merino se temió lo peor.
--Hágalos pasar a la biblioteca.
--Lo siento, señor, pero insisten en hablar con usted y con la señora --repuso la doncella.
--Bien. En ese caso, dígales que entren.
El investigador Torres era un hombre bastante corpulento, ya entrado en años. Su ayudante, en cambio, era un muchacho que no sobrepasaría la veintena y que no aparentaba tener demasiadas luces, pero a Torres le servía para descargar en él las tareas más pesadas y desagradables.
--Buenas tardes, señora --habló el inspector.
La dama hizo un gesto con su cabeza.
--Buenas tardes, señor Merino.
--Buenas tardes, investigador Torres. Espero que no traiga malas noticias.
--Me temo que sí, señor Merino. A veces odio este trabajo --dijo preparándoles para lo peor -- y esta tarde es una de ésas. Adelina Morante ha aparecido asesinada, como ya nos temíamos.
--¡Santo Dios! --exclamó la dama mirando hacia arriba, acaso en busca de una señal divina.
Merino, por su parte, sintió un dolor en el pecho, como una punzada, lo que le obligó a volver a sentarse. Aquella niña era tan pequeña y hermosa,
¿quién podría haber hecho algo así?
--¿Cómo ha sido? --preguntó haciendo acopio de valor.
--La han encontrado en una acequia cercana al internado. Todo ha sido igual: tenía las uñas y el pelo cortados a trasquilones y la cara manchada de polvos de arroz y de carmín… --el inspector se interrumpió. Había un detalle que tenía que comunicarles y que resultaba especialmente escabroso --. Bueno, hay algo diferente esta vez: el criminal ha escrito con carmín algo en su brazo derecho.
--¿Algo? ¿De qué está hablando?
--No sé si es correcto referir este detalle delante de una dama.
--Por favor --rogó la mujer.
--De acuerdo. La frase que ha escrito es «Las niñas malas no van al cielo».
Durante unos instantes se creó un incómodo silencio durante el cual todos parecieron embebidos en sus propios pensamientos. Después de unos segundos, Torres preguntó algo en apariencia intrascendente, como quien se interesa por el tiempo que va a hacer.
--¿Le suena de algo esa frase, señor Merino?
--Pues, no. No recuerdo haberla oído con anterioridad.
--Es curioso, señor director --explicó el investigador mirándole fijamente --.
Es muy curioso, porque una de sus ex alumnas sostiene que en cierta ocasión le oyó pronunciarla.
El rostro de Merino demudó.
¡Aquello era el colmo! ¿Es que acaso pretendían buscar un chivo expiatorio ante su ineptitud manifiesta?
Su reacción no se hizo esperar.
--Señor investigador, no sé lo que insinúa y, en realidad, tampoco quiero saberlo. Tan sólo deseo que indague y encuentre cuanto antes al malnacido que ha hecho esto. Y le recomiendo también que busque testigos sólidos y que no se deje llevar por habladurías o…
Agustín se vio interrumpido por su abuela, quien se había puesto en pie --no sin cierta dificultad -- apoyándose en su bastón de marfil.
--O de lo contrario, haré uso de todas mis influencias para que le cesen en el cargo --su voz era tajante y su gesto lo suficientemente adusto para obligar al investigador Torres a bajar la mirada --. Y ahora márchese de una vez a investigar pistas fiables y no maledicencias y chismes.
Por extraño que parezca, la noticia de la muerte de Adelina Morante no contribuyó en absoluto a suavizar el trato de algunas de las alumnas del colegio hacia la pequeña Celia. Como si de una víctima de sacrificio se tratara, la comunidad decidió que alguien debía ser el responsable de todas las desgracias y Beatriz Ramírez del Campillo, amiga de Adelina y de Marta, empezó a ensañarse con Celia como lo habrían hecho ellas mismas de continuar vivas.
Celia era considerada uno de esos «peleles» de los que se sirven en los pueblos para calmar la ira de los «malos espíritus». Bajo la inocente fiesta del «pelele», que se viene realizando desde hace siglos y que finaliza con el desmembramiento a palos de esta figura, se esconde un miedo ancestral a las malas cosechas, a las enfermedades, a la hambruna y a toda suerte de males que pueden aquejar a una comunidad.
Y para las niñas del internado María Auxiliadora del Buen Suceso, el hecho de que se hubieran variado las reglas para que la hija de una fregona pudiera estudiar con ellas constituía una violación flagrante de las leyes no escritas del Universo, lo que podría acarrear toda suerte de desgracias en la comunidad.
Lo cierto es que las investigaciones no progresaban gran cosa. No podía ser de otro modo. Existían demasiadas cortapisas para que el investigador y su ayudante pudieran averiguar algo. Si el propio director utilizaba la influencia de su abuela para parar el avance de las pesquisas, ¿qué podría esperarse de los familiares de las muchachas asesinadas? A nadie le agradaba que se husmeara en su vida, sobre todo si se disponía del ringorrango suficiente para evitarlo.
Así pues, el investigador Torres, consciente de que luchaba contra un muro de silencio, comenzó a hacer averiguaciones en torno al personal del centro, buena parte del cual residía en el propio internado. Si de una cosa estaba convencido era de que el criminal tenía que ser alguien muy próximo a las pequeñas. El hecho de que el asesino se entretuviera en cortar el pelo y las uñas y en maquillar a sus víctimas sugería premeditación y facilidad de actuación. ¿Se habrían llevado a cabo los crímenes en alguna estancia del internado de las muchas que permanecían inactivas? No había que olvidar que aquello era igual que un enorme laberinto.
Había otro detalle que tenía fascinado a Torres y que no sabía bien cómo interpretar y era el hecho de que ninguna de las niñas hubiera opuesto resistencia ante su agresor. ¿Significaba esto que las ataba? No. Eso no era posible, pues no existían marcas de cuerdas o de ligaduras de clase alguna.
¿Conocía el criminal a las niñas y por eso confiaron en él hasta el extremo de no sospechar que iban a ser asesinadas? De ser así, las pistas apuntaban de nuevo a una cierta proximidad. ¿Y quién podía tener la suficiente confianza con las alumnas para que éstas le obedecieran de manera tan sumisa?
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Aquella situación la había cogido totalmente desprevenida. Al principio pensó que se trataba de una falsa alarma, pero con el tiempo se hizo evidente que en el vientre de la no-muerta crecía una nueva vida.
Este embarazo no podía llegar en peor momento. Justo cuando Ana descubrió que se encontraba en estado, su naturaleza se vio alterada de manera demoledora y sus capacidades vampíricas se atrofiaron de la noche a la mañana. ¿Podía existir una tragedia mayor para un no-muerto?
Experimentar de nuevo la «normalidad» era una experiencia peligrosa y extraña. Podría suponer que Ana llegara a cometer errores de principiante, lo que quizá contribuyera a su destrucción. Esta nueva situación la volvía vulnerable y, en cierta manera, dependiente. Aunque la fastidiara reconocerlo, necesitaba la presencia de Violeta, al menos, de momento.
La no-muerta ignoraba a qué podía deberse este cambio en su estructura, pero ya no era capaz de anticipar los movimientos de sus presas, de leer sus pensamientos ni de moverse con la agilidad, la rapidez y el sigilo que solían caracterizar a los de su estirpe. Con los años se había acostumbrado a utilizar estas capacidades como quien se ayuda de una calculadora para realizar multiplicaciones, y era francamente cómodo poder viajar a otra ciudad en la misma noche sólo para darse la satisfacción de cazar una presa de su interés. Había aprendido que por lo general era preferible alimentarse lejos de su refugio. Asimismo, había descubierto que no siempre era preciso eliminar por completo a sus víctimas. En ocasiones era más fácil atontarlas mediante hipnosis, extraerles sangre y después dejarlas tiradas, inconscientes, en cualquier cuneta. Al despertar, eran incapaces de recordar lo ocurrido. Tan sólo sentían una debilidad similar a la que se experimenta
tras donar sangre y una gran desorientación que les impedía explicar lo que les había sucedido.
Claro, que esto no siempre era posible. Al principio de descubrirlo intentó proceder así. La no-muerta procuraba no eliminar a nadie de manera innecesaria. Pero los «años de sangre» --como denominaba Ana a su existencia sobre la Tierra -- transforman a los vampiros en verdaderos sociópatas. Los convierten en seres desprovistos de toda moral a los que no les supone ningún problema asesinar a quien se cruza en su camino. Es decir, que si para alimentarse les resulta más sencillo matar a su víctima en lugar de atontarla, lo harán sin dudar un segundo y sin experimentar sentimiento de culpabilidad alguno. De la joven Analisa, cuya vida se había visto truncada de manera inesperada hacía ya muchos años, apenas quedaba nada.
Regresando al asunto del bebé, Ana se temía lo peor: sospechaba que estaba desarrollando una naturaleza aún más vigorosa que la de Mariana y que tal vez había conseguido activar un mecanismo de defensa tan potente que era capaz de anular el suyo.
«¿Un bebé más fuerte e inteligente que Mariana? Eso es imposible. Tiene que serlo», se repetía para tranquilizarse. Pero sus dudas y temores no se verían disipados hasta que el bebé naciera, y para ello ya no quedaba demasiado tiempo. Los meses habían pasado como un suspiro. Al contrario de lo que había sucedido durante el embarazo de Mariana, este bebé no le había provocado dolores intensos de cabeza ni otras molestias que no fueran las propias de cualquier embarazo humano, aunque Ana tampoco había intentado acabar con él, así que no sabía cómo habría reaccionado de haberlo hecho. «¿Para qué? --se dijo --. Seguro que me neutraliza si lo intento.»