Clara Tahoces

Gothika · Capítulo 4 de 6 · parte 5/5

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Clara Tahoces

Ana, Ana, Ana…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

A pesar del tiempo transcurrido, la joven aún se preguntaba quién era el

«espíritu» --si es que se trataba de eso -- que se había hecho con el control de la sesión. «Violeta lo sabe», había dicho, pero ella no tenía ni la más remota idea de quién podía tratarse. Primero vaticinó la muerte de Mystica, después la de la hermana de Darío. Y ambas se habían cumplido con siniestra exactitud. Ahora tenía muy claro que ninguno de los presentes aquella noche en el cementerio había movido el vaso, pero, entonces,

¿quién lo habría hecho?

Su primera sospechosa fue Ana. Ella era la única que tenía poder para hacer algo así, para castigarla de una manera tan cínica y retorcida, pero pronto descartó esta posibilidad. La no-muerta estaba demasiado pendiente de su embarazo, avanzadísimo ya, como para dedicarse a mortificarla a distancia.

Ana era mucho más directa en sus actuaciones. Por su forma de ser --

Violeta se jactaba de conocerla un poco --, no se andaba con miramientos a la hora de reprenderla.

Sin embargo, saber que ella no había sido la causante de esas muertes no contribuyó a que Violeta la odiara menos de lo que ya la detestaba. Aquel ser la estaba matando lentamente por dentro, podía sentirlo cada día que pasaba. Las arrugas nacían sin piedad alguna en su rostro y en sus manos y Violeta estaba convencida de que todo era por culpa de su sangre eterna.

Uno no podía esperar ingerir sangre no humana sin sufrir a cambio alguna penalización.

«Beber sangre no es un placer, es una necesidad», le había dicho la vampira en más de una ocasión. ¡Y cuánta razón tenía! Mientras Ana le suministraba gotas de su sangre, todo fue placer y bienestar. Su piel parecía mucho más tersa; sus energías, renovadas; su ánimo, eufórico. Pero desde que decidió desentenderse de sus necesidades, creadas a fin de cuentas por la vampira, Violeta se sentía como un desecho. Su vitalidad había caído en picado, las arrugas --a pesar de su juventud -- habían hecho acto de presencia de manera

prematura y su estado anímico era depresivo, por no hablar del rencor y del odio que había comenzado a sentir por Ana.

La detestaba con los cinco sentidos por haberle arrebatado su vida anterior.

Una vida sórdida y solitaria, pero suya a fin de cuentas. Y quizá, de no haberse topado con la no-muerta, podría haber llevado una existencia más normal. Lo había abandonado todo por ella. ¿Y para qué? ¿De qué le había servido si ahora Ana no le hacía el menor caso? Sólo le preocupaba ese maldito bebé.

La gótica sabía que si aún la mantenía a su lado era porque la necesitaba para ayudarla en el parto. ¿Pero qué pasaría una vez que hubiera dado a luz?

La joven se temía lo peor. Sospechaba que, tan pronto dejara de serle útil, acabaría con ella para vivir su maternidad en solitario. Tal vez la matara para proporcionarle sangre fresca al bebé. Ana le había confiado que tras el parto se sentiría demasiado débil para moverse, para salir a «cazar» o para cualquier otro tipo de acción que precisara fuerza. Por eso le había advertido de que debía tener preparadas varias bolsas de sangre para que pudiera alimentarse inmediatamente después del parto.

Pero ahora no era el momento para pensar en eso. Darío ya asomaba por la puerta.

--¿Cómo estás? --preguntó Violeta.

--¿Y tú? No tienes buena cara --repuso Darío --. No es por ser grosero, pero te veo muy desmejorada. ¿Te encuentras bien?

Cuando Darío le envió un mensaje para quedar, Violeta estuvo a punto de rechazar el encuentro. No quería que la viera de esa manera, pero no le parecía adecuado decirle que no después de todo lo que había pasado con su hermana.

--Sí, ya lo sé. Me han salido arrugas. Pero estoy bien, no te preocupes --dijo tapándose la cara con el pelo, como si con ello pudiera disimular su aspecto.

Darío se había quedado de piedra, pero no dijo nada más sobre el asunto.

Era evidente que la joven no quería hablar de eso.

--¿Lo has traído?

--Sí, aquí está.

El joven tomó el cuaderno de dibujo de Violeta y comenzó a pasar sus páginas con brusquedad.

--¿Qué es lo que buscas?

--A esa mujer.

Muertos, ataúdes, lápidas, el tanatorio de la M-30, varios dibujos de una anciana vestida de época, y por fin, ella. ¡Ana!

--¿Quién es?

--Nadie. No sé.

--Tú la conoces, ¿verdad? ¿Qué sabes de ella?

--Ya te he dicho que no es nadie.

--Eso no es cierto. Te pregunté por ella cuando nos encontramos en el tanatorio y me dijiste que era alguien a quien habías conocido hacía tiempo.

--Pues te mentí. No es nadie a quien conozca.

--¡Sí lo es! --exclamó Darío al tiempo que extraía de su cartera la foto tomada por Silvia el día de su muerte --. Sólo sé que se llama Ana y que frecuenta --o, mejor dicho, frecuentaba -- The Gargoyle. Y tú también la conoces. Sabes algo sobre ella, ¿verdad?

Violeta empezaba a inquietarse. No podía contarle quién era Ana, pero intuía que estaba a punto de descubrir algo importante sobre la no-muerta.

--Por favor, no me pidas que te hable de ella. ¡No puedo!

--¡Sí puedes! ¿Sabes quién sacó esta fotografía y dónde fue tomada?

--¿Cómo quieres que lo sepa? No estaba ahí.

--Pues yo te lo diré. ¡La hizo mi hermana justo antes de morir! Esa noche esta mujer estuvo en casa de Silvia, en su habitación. ¡Ella la mató!

--Eso es absurdo. ¿No me dijiste que tu hermana murió de un paro cardíaco? Lo que estás contando no tiene sentido. Además, tú estabas con ella cuando ocurrió. La habrías visto.

--¡Y la vi! Pero ella se encargó de borrar mis recuerdos. Por eso no lo comprendí hasta que vi la fotografía. Tienes que creerme. Esa mujer no es humana. No sé lo que es, pero sospecho que pertenece a la legión de los no-muertos. Darky, necesito que me ayudes. Si sabes algo sobre ella, éste es el momento de contarlo.

Violeta no sabía qué hacer. ¿Debía contarle la verdad?

--No puedo hablar sobre Ana, me mataría. Tú no la conoces. Es capaz de cualquier cosa con tal de salvaguardar su secreto.

--Por favor…

Darío la miraba con ojos de cordero degollado. ¿Cómo podría negarse?

Además, estaba harta de Ana. La odiaba por completo.

--Ella no es humana --dijo al fin --. Se alimenta de sangre y yo vivo en su casa.

--Pero tú…

--¡Yo no! Ella me esclavizó, me obligó a hacer cosas terribles, como matar a un gato para probarle mi lealtad. ¿Recuerdas la noche del móvil? Cuando me preguntaste qué llevaba en el abrigo. En realidad, tenías razón: guardaba una daga. Pero yo no maté a Alejandra Kramer.

Cualquier otra persona la habría tomado por una demente. ¿Quién podría escuchar semejante relato sin pensar que estaba enferma? Esa muchacha no sólo creía en la existencia de vampiros, sino que aseguraba vivir con uno.

¡De locos!

Sin embargo, a Darío no había que convencerle de nada. Él ya creía en la presencia de vampiros entre nosotros desde hacía muchos años, así que sus palabras no podían resultar menos chocantes que las de Violeta.

--Eso ya lo sé. Han cogido al asesino hace poco. Pero no entiendo por qué llevabas eso en el bolsillo.

--Es de Ana. La guarda en una caja y esa noche la cogí para sentirme segura. Tenía miedo de que me pillara al regresar a casa. Ella me tiene prohibido frecuentar los locales góticos. ¡Y me descubrió cuando volví!

Pero fui incapaz de usarla contra ella.

--¡Entonces fue Ana!

--No pienso que ella haya matado a tu hermana. Créeme cuando te digo que Ana es demasiado inteligente para dejarse fotografiar. No va dejando pruebas de su existencia por ahí. Por eso nadie ha logrado acabar con ella todavía.

--Yo lo haré. Acabaré con ese monstruo.

--¡No podrás! Es mucho más fuerte que cualquier humano. ¡La luz no la afecta! Posee poderes que nosotros no tenemos: lee tus pensamientos, tiene mucha más fuerza física, es capaz de imitar voces a la perfección y puede hacer otras muchas cosas que la convierten en un ser indestructible.

--Todo el mundo tiene un punto débil, incluso los vampiros. Lo averiguaré y la destruiré.

--Es posible que lo tenga, pero no podrás hacer nada sin ayuda. Y nadie te ayudará por la sencilla razón de que nadie te creerá.

--Tal vez tú podrías…

--No puedo, y no por falta de ganas, te lo aseguro, pero ella me produce espanto. Y eso que ahora, con lo del embarazo, está mucho más permisiva.

--¿Embarazo? ¿Has dicho embarazo?

--Sí, está a punto de dar a luz. Yo creía que las no-muertas no tenían la capacidad de quedarse preñadas, pero te puedo asegurar que su «bombo» es tan real como mis arrugas.

Darío sonrió enigmáticamente. Quizá, después de todo, aún existiera una oportunidad para acabar con la no-muerta.

Aquella tarde Alejo no hizo una buena elección.

Había pasado toda la tarde observándolos a través del cristal y al final se había decantado por seguir a Darío. «La otra seguro que no sabe nada», se dijo cuando vio que los jóvenes se disponían a salir del viejo café.

Su única obsesión era encontrar a Ana. ¿Dónde se había metido? Parecía que se la hubiera tragado la tierra. Había estado en todos los locales góticos de la capital y nadie recordaba haberla visto. Se había desvanecido igual que un fantasma.

«Aquí todo el mundo viste igual. No sabría decirte si ha estado o no», le explicó una de las camareras del Dark Hole.

«Si la hubieras visto, la recordarías --pensó mientras abonaba la consumición --. ¡Como para olvidarla!»

Ojalá pudiera hacerlo. Deseaba desterrarla de su mente para siempre, pero no podía. Ana le había destrozado el corazón y la vida. O, mejor dicho, lo había hecho él sólito, sin ayuda de nadie. Su padre tenía razón. Era un completo desastre, un perdedor que nunca llegaría a nada. Y ahora ni

siquiera tenía trabajo. Suerte que disponía de algunos ahorros para ir tirando.

De Silvia no había vuelto a saber nada. Seguro que ya habría encontrado a otro mejor que él. No podría reprochárselo. La había llamado un par de veces al móvil, pero la primera vez que lo hizo saltó el buzón de voz, mientras que la segunda ni siquiera pudo dejarle un mensaje. Tenía el buzón lleno. Ella no le había devuelto la llamada, así que suponía que no quería volver a saber nada de él.

A su padre aún no le había hablado del despido. No tenía ganas de escuchar sus reproches. Seguro que pondría el grito en el cielo. No le diría nada hasta que encontrara otro empleo, pero eso era difícil. «Mírate. Son las tres de la madrugada y aquí estás, tomándote una copa en el Dark Hole. Mañana no habrá quien te levante para llamar a los anuncios.»

La vigilancia a Darío no había sido productiva: éste se había limitado a salir a tomar un café con una amiga. Después, el joven gótico había regresado a casa de sus padres y a Alejo no le quedó más remedio que regresar a casa para esperar a que se hiciera de noche. Cuando oscureció, se cambió de ropa y se dirigió al Dark Hole. Era el que tocaba esa noche. ¿Pero para qué engañarse? El verdadero motivo por el que estaba allí era por si a Ana se le ocurría aparecer.

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--¡Santo Dios, no podemos dejarla ahí! --susurró Merino mientras Castro le arrastraba de la levita.

--¿Es que no has visto lo que acaba de hacerle? La niña está muerta --le apremió su amigo --. Ya no podemos hacer nada por ella, sólo salvar nuestras vidas e idear un plan para acabar con esos monstruos. ¿Has visto sus ojos?

--No es seguro que esté muerta.

--¡Sí lo es! ¡Son revinientes! Le ha succionado la sangre y después le ha roto el cuello. La pequeña Beatriz está muerta y…

Súbitamente, Mariana giró la cabeza y permaneció atenta, a la escucha ante cualquier sonido extraño. Quizá su instinto había detectado la presencia de los intrusos. Los hombres vieron sus pies aproximarse a la rejilla que les protegía. Instintivamente, se apartaron de ella. Sus zapatos de niña contrastaban con la monstruosidad de sus actos. Un mechón de la pequeña Beatriz colgaba de su mano. Mariana estaba furiosa, quizá por la discusión que acababa de mantener con su madre.

Merino y Castro enmudecieron. Lo único que podía oírse era el latido de sus corazones y sus respiraciones entrecortadas. Estaban aterrados ante el horrendo espectáculo que se les mostraba al otro lado de la trampilla. La niña permaneció allí unos instantes, inmóvil. Después regresó junto al cadáver para continuar su juego macabro. Le estaba cortando el pelo al cero, «sabe Dios con qué oscuras intenciones», pensó Merino. Sus espectadores lo ignoraban --quizá, de haberlo sabido, se habrían sentido aún peor --, pero Mariana se estaba confeccionando una almohada con el pelo de sus víctimas.

--¡Vamos! Antes de que sea tarde. No quiero ni pensar lo que ocurrirá si regresa la otra.

Los hombres retrocedieron a tientas por la galería angosta y mohosa.

Habían apagado sus antorchas ante el temor de ser descubiertos por las no-muertas y avanzaban rápido, en completa oscuridad --a pesar de que el miedo casi les inmovilizaba las piernas --, por instinto de supervivencia.

Recorrieron el túnel como almas en pena. Si la luz hubiera permitido a Castro contemplar el rostro de su amigo, habría advertido que en sus ojos se acumulaban lágrimas de impotencia. Cuando por fin divisaron la salida que conducía al sótano del internado, ambos respiraron aliviados, conscientes de que tal vez habían salvado la vida de manera milagrosa.

Sin decir una palabra y sin mirarse a la cara se dirigieron al despacho de Merino. Allí, en uno de los cajones de su buró, el director del internado guardaba una petaca del más puro brandy. Merino sirvió dos copas que apuraron de un trago. Después, otras dos, pero éstas las saborearon con más calma, sentados junto al fuego. Sus ropas aún olían a moho y tenían el frío metido en los huesos.

--Dime que lo que acabamos de presenciar es sólo una pesadilla.

Despiértame si es preciso --rogó Merino a su amigo.

--Me temo que esos monstruos son tan reales como tú y como yo.

--Sigo pensando que no debimos dejar allí a Beatriz.

--No había otra opción. La niña ya estaba muerta y nosotros no podíamos hacer frente a esa «cosa» sólo con nuestras manos --explicó Castro aún con el rostro desencajado --. Durante los años que pasé en París tuve la oportunidad de leer un tratado escrito en 1746 por un famoso abate, el padre Agustín Calmet. Su obra estaba dividida en dos volúmenes, uno de los cuales dedicó por completo a los revinientes o vampiros. Así los llamaba.

--Yo nunca he creído en ese tipo de leyendas --le interrumpió Merino.

--Ni yo… hasta hoy. Sin embargo, algunos de los casos descritos por Calmet en su tratado recuerdan a lo que hemos presenciado hace apenas un rato.

Las manos le temblaban cuando extrajo su pipa del bolsillo, pero a pesar de ello comenzó a preparársela con toda la calma que era capaz de mostrar, que no era mucha.

--Por lo que leí, la única forma de terminar con los revinientes es clavándoles una estaca en el corazón, pero para mayor seguridad hay que cortarles la cabeza a continuación.

--¡Eso es una locura! ¿Pretendes acaso…?

--¿Te parece de cuerdos lo que ha hecho esa bestia? Son peores que lobos.

¡Métetelo de una vez en la cabeza! Y seguirán actuando a menos que tomemos cartas en el asunto.

--¿Y por qué nosotros? Trasladémosle esa responsabilidad al investigador Torres. A fin de cuentas, él representa a la autoridad. Que se las arreglen él y su ayudante.

--Porque nadie va a creernos. ¿No te das cuenta? Ni tú mismo sospechabas que existieran seres como ésos hace tan sólo unos minutos. Además,

¿recuerdas su reacción cuando Tristana le contó lo que había visto en el baño? No sólo no le dio crédito --tampoco nosotros lo hicimos --, sino que amenazó con castigarla de manera severa. No otorgará la menor credibilidad a nuestro testimonio. Y mientras tanto puede morir otra niña más.

--Pero…

--Agustín, si quieres salvar a las alumnas y evitar el cierre de este centro, debes ayudarme a acabar con esos demonios. De otro modo, ellos lo harán con nosotros.

--No sé qué decir, no me veo capaz de hacer algo así.

--Yo lo haré. Será suficiente con que me cubras las espaldas.

--¿Y cómo?

--Entraremos por la trampilla, igual que hicieron ellas. No sabemos dónde se encuentra esa casa. Sin duda tiene que estar cerca del internado. Pero hemos de actuar rápido y con cautela, no hay tiempo para averiguarlo.

En ese momento los hombres fueron interrumpidos. Alguien llamaba con insistencia a la puerta.

--Señor, disculpe que les moleste, pero el investigador Torres está aquí --

anunció una de las profesoras --. Insiste en hablar con usted.

Merino miró a Castro y éste le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

--Está bien, hágale pasar.

Cuando la profesora se marchó, Castro se volvió hacia su amigo.

--No se te ocurra revelar nada de lo que hemos descubierto. En caso contrario, ese hombre se empeñará en declararte no apto para dirigir este internado.

Merino asintió mientras Torres y su ayudante entraban en la sala.

--Me parece que no conozco a su amigo --dijo Torres a modo de saludo.

--Le presento al señor Castro. Ha venido a pasar unos días con nosotros.

--Bien, tanto mejor --dijo triunfante --. Así podrá ayudarle con los preparativos. Traigo una orden para el cierre provisional de este centro.

Como comprenderá, después de la última desaparición no se puede hacer otra cosa.

En el fondo, Torres era un acomplejado y no había olvidado el desplante que le habían hecho él y su abuela días atrás. Odiaba a la clase pudiente y, además, seguía obcecado con la idea de que el criminal tenía que ser alguien muy cercano a las niñas. Y, de momento, no se le ocurría mejor sospechoso que el propio director.

--No se saldrá con la suya, Torres.

Celso Castro le interrumpió.

--No se preocupe, investigador Torres, hoy mismo iniciaremos los preparativos para el cierre. Avisaremos a los padres y tutores de las niñas para que vengan cuanto antes a buscarlas. Y ahora, si no le importa, tenemos mucho trabajo por delante --apostilló al tiempo que abría la puerta invitándole a salir.

Merino miró a su amigo con sorpresa. ¿Es que acaso iba a ponerse de su parte?

Torres se quedó desconcertado y, como no se esperaba su reacción, fue incapaz de hacer o de decir nada. Así que, cuando quiso darse cuenta, la puerta se había cerrado ante sus narices.

--Mejor así. ¡Al cuerno con Torres! --exclamó Castro --. De este modo tendremos más libertad de acción. Lo importante era quitárnoslo de encima para que no meta sus narices en este asunto.

--Pero él cree que yo las maté.

--Déjale que crea lo que le plazca. Cuando todo esto termine, no le quedará más remedio que venir arrastrándose a pedirte perdón. ¡Confía en mí!

La noche no pudo ser más larga. Habían decidido actuar con la luz del sol, así que aún les restaba toda una noche para iniciar su plan. Sin embargo, temían que durante este tiempo alguno de los monstruos decidiera regresar para cobrarse una nueva víctima, así que no les quedó más remedio que instalar su centro de operaciones frente a la trampilla. Otra solución habría sido bloquear la entrada al edificio, pero no lo estimaron oportuno: si las no-muertas volvían y encontraban la entrada sellada, sospecharían que habían sido descubiertas y tal vez decidieran huir. Y lo que ellos deseaban era acabar con las revinientes, querían evitar que se convirtieran en un azote para la región.

--Descansa un poco si puedes. Yo montaré guardia --comentó Celso Castro a su amigo.

--¿Crees que puedo pegar ojo en estas circunstancias?

--Al menos debes intentarlo. Tenemos que estar frescos mañana.

--En tal caso, duerme tú. Yo haré el primer turno.

Aquella misma tarde habían confeccionado un par de estacas con madera de roble y se habían provisto de un crucifijo y de una maza de gran tamaño, pero no estaban muy seguros de cómo debían actuar una vez que tuvieran enfrente a alguno de esos seres, que, a fin de cuentas, eran del todo desconocidos. ¿Y si con la estaca no bastaba para darles muerte?

--Por eso llevamos la espada, para cortarles la cabeza --comentó Castro.

A pesar de que las horas pasaban con lentitud, la noche resultó tranquila.

Merino miraba sin cesar su reloj de bolsillo, pero no por ello el tiempo transcurría con mayor rapidez. A medida que se acercaba la hora de despertar a su compañero, que dormitaba en el suelo con la cabeza apoyada en unos sacos, la tensión iba creciendo. En algún momento creyó escuchar un sonido extraño procedente del túnel, pero por más que miró por la trampilla no vio nada, así que lo achacó a la presencia de ratas. No era de extrañar que allí las hubiera. Nadie en su sano juicio se internaría por esa galería a menos que le fuera la vida en ello.

Cuando llegó la hora estipulada, Merino despertó a su compañero e intercambiaron los puestos. Agustín sabía que no podría dormir, pero al menos relajaría los ojos.

Sin embargo, poco a poco, sin darse cuenta, fue cayendo en un sopor que terminó por conducirle a un sueño breve aunque profundo. Las emociones que habían vivido en las últimas horas se tradujeron en una pesadilla en la que la sangre, que corría como un río por la galería secreta, era la protagonista. Cuando quiso darse cuenta, su amigo lo estaba zarandeando del hombro para que se levantara.

Sentir miedo provoca aún más temor. Cuando se instala en las personas no hay nada capaz de frenarlo y Merino tenía demasiado presentes las imágenes del monstruo succionando la sangre de la pobre Beatriz. Sentía escalofríos cada vez que recordaba la ligereza con la que la niña-vampiro le había roto el cuello. Aquella «cosa», aunque pequeña y en apariencia frágil, debía de tener gran fortaleza. Así que, tan pronto se despertó, el terror volvió a apoderarse de su mente. ¡Ésa era la realidad! Estaban a punto de

enfrentarse a algo fiero y desconocido, aunque al menos les quedaba el consuelo de saber que por fin era de día.

Después de un copioso desayuno, que tomaron en la cocina del internado y no con doña Angélica, a la que habían acordado mantener al margen, los hombres se internaron en el túnel armados con las estacas, el crucifijo, la maza y la espada.

A pesar de que ya no había tantas telarañas, pues buena parte de ellas habían quedado adheridas a sus ropas la primera vez que atravesaron el pasadizo, aquel lugar era lúgubre, oscuro e insano. La humedad acumulada durante años había convertido el suelo en un lodazal repleto de moho resbaladizo y maloliente. Respirar se hacía pesado y desagradable, por lo que habían cubierto sus caras con unos pañuelos. Pero esto no impedía que el olor a moho se filtrara a través de la tela.

Cuando por fin consiguieron apreciar algo de claridad, apagaron las antorchas y las dejaron apoyadas contra la pared.

Sus corazones comenzaron a latir con fuerza.

--¡No perdamos los nervios ahora! --exclamó Castro.

A medida que se iban aproximando a la rejilla el silencio se hacía más intenso, tanto que casi podía «escucharse». Temían ser descubiertos, así que procuraron no hacer ruido. Después de comprobar que no había nadie esperándolos tras la rejilla, la apartaron con cuidado y se introdujeron en la habitación en la que horas antes Mariana había ejecutado a la pequeña Beatriz. A pesar de que ya era de día, todo estaba oscuro, así que Merino extrajo dos velas y las encendió.

A la luz de las candelas comprobaron que allí no había nadie. Lo único que evidenciaba que se había producido una macabra orgía de sangre eran algunos mechones de pelo olvidados en el suelo.

--¡Vamos! --susurró Castro --. Registremos la casa.

Su amigo le siguió en silencio.

Una a una fueron inspeccionando todas las estancias. Todo parecía en perfecto orden. Nadie podría sospechar que allí se escondían unos seres tan sanguinarios. Las cortinas de las habitaciones estaban echadas, así que tenían que andarse con tiento para no tropezar con los muebles.

Entonces, al abrir la puerta de una de las alcobas, la vieron. Era ella, la

«niña». Por fortuna, dormía con placidez en una cama. En ese estado, su rostro parecía angelical, pero sabían que la perversión se escondía detrás de sus dulces facciones.

Por un momento, Mariana, aun estando dormida, consiguió manipular la mente de Agustín Merino.

--¡Por Dios santo, si es sólo una niña! --le dijo a su amigo al oído.

--No es una niña, es un ser monstruoso. ¡Dame la estaca!

--¡No puedo hacerlo! No puedo hacer algo así.

--Agustín, mírame --le dijo Castro sujetándole la cara con las dos manos --.

No permitas que te engañe su aspecto inocente. ¡No es una niña! ¡Es un no-muerto y nosotros vamos a devolverle la paz!

Pero su amigo no reaccionaba, así que Castro se vio obligado a quitarle el saco para extraer la maza y la estaca él mismo. También sacó el crucifijo y se lo entregó a Merino.

--Sujétalo. Puede hacernos falta.

Sin esperar más, Celso Castro colocó la estaca sobre el pecho de la pequeña y, con ayuda de la maza, la golpeó con todas sus fuerzas. El primer impacto la despertó. Mariana abrió los ojos de golpe. Jamás habían estado tan rojos, ni siquiera cuando se enfurecía. Sin embargo, fue incapaz de detener el brazo de Castro antes de que éste lo dejara caer por segunda vez.

La sangre lo salpicó todo. A pesar de que Mariana intentaba defenderse y gritar, el preciado líquido salía de su boca a borbotones. Mientras tanto, Castro golpeó la estaca una tercera, una cuarta y hasta una quinta vez, hasta que la no-muerta dejó de moverse, de patalear…

Mariana había muerto.

Celso Castro tenía el rostro cubierto de salpicaduras de sangre. Se sentía exhausto, aunque satisfecho por haber dado muerte al engendro. Lo primero que hizo fue limpiarse la cara con la manga de su camisa. Después, se giró en busca de la mirada cómplice de su amigo, pero no la halló. Merino yacía desplomado sobre la alfombra de la habitación. Castro corrió hacia él pensando que había sufrido un desmayo, pero cuando observó su rostro se dio cuenta de que estaba muerto. Alguien le había cercenado la garganta de una dentellada.

Al ver a su amigo fallecido, Castro no pudo contener las lágrimas. Había muerto solo, sin tiempo de emitir ni un grito de ayuda. Su pesar sólo era comparable al terror que sentía en aquellos instantes. El joven alzó la cabeza y miró a su alrededor. En apariencia, no había nadie. Eso sólo podría significar que la madre de aquella «cosa» a la que acababa de dar muerte se hallaba escondida en algún lugar de la casa, protegida por las sombras.

Celso sopesó la situación: las posibilidades de salir vivo de aquella casa eran bastante remotas. La otra reviniente debía de estar clamando venganza por la muerte de su hija.

Castro se levantó de un salto, agarró el crucifijo y se pegó a la pared. En esas circunstancias la estaca no tenía valor alguno. Sólo podía utilizarse en caso de que el vampiro estuviera dormido; si no lo estaba, se precisaba la ayuda de al menos otra persona para que lo sujetara. Así que Celso avanzó despacio hacia la puerta esgrimiendo el crucifijo en la mano. El silencio era tal que podía escuchar la sangre que bombeaba su corazón.

Salió de la estancia y se encontró con un pasillo en el que no había luz. Las velas se habían quedado dentro de la habitación, así que Celso se vio

obligado a avanzar a tientas, expuesto al ataque del monstruo en cualquier momento. Pero éste no se presentó.

Al final del pasillo halló una puerta cerrada. El joven la abrió con cautela.

Dentro había un gran salón en el que se intuía la presencia de un piano. La sala era demasiado grande para sentirse seguro. La vampira podría estar en cualquier lugar. De repente escuchó un ruido y le pareció observar que algo se movía al fondo. Castro se quedó inmóvil. Sus piernas no le obedecían.

--Bienvenido a mi hogar --la voz sonaba cínica.

Castro hizo un esfuerzo por saber de dónde procedía la voz, pero no logró averiguarlo.

--¿No me ve?

El joven no se atrevió a contestar.

De pronto, alguien encendió un candil junto al piano y su rostro, de una belleza felina, se iluminó aunque sólo de manera parcial.

«Es ella, la otra», pensó Castro.

--¿Sabe ya que jamás saldrá con vida de aquí?

Castro decidió jugar su última carta. Venciendo el pánico que sentía se deslizó hacia el ventanal y descorrió las cortinas al tiempo que blandía el crucifijo como si se tratara de una espada. La verdadera había quedado en el saco, junto a la cama en la que habían acabado con la pequeña. ¡Ojalá la hubiera cogido antes de abandonar la habitación! Pero el miedo también nos hace cometer estupideces y por aquel entonces creyó que el crucifijo le sería más útil.

Cuando terminó de descorrer las pesadas cortinas de terciopelo verde, ella ya se había situado junto a él. Entonces fue cuando se dio cuenta de que la luz no parecía incomodarla.

--¿Sorprendido? Son muchas las cosas que desconocen sobre nosotros.

--¡Aparta, demonio! --gritó acercándole la cruz a la cara.

--Vamos, por favor, ¿cree que eso me asusta? --le preguntó con voz seductora --. Ya lo intentó su amigo.

Analisa se aproximó más a él, hasta rozarle el cuello con su boca.

--Debieron de pensarlo mejor antes de entrar en esta casa.

Después, de un zarpazo, le arrebató el símbolo sagrado y se abalanzó sobre él igual que lo haría una hiena.

Tras la muerte de Mariana, Analisa jamás volvió a ser la misma. Aun sabiendo que aquellos hombres la habían matado para protegerse de la bestia que escondía, la no-muerta desarrolló un odio visceral hacia los vivos, a los que veía como una plaga. Éstos, curiosamente, siempre habían pensado lo mismo acerca de los vampiros, por lo que la convivencia entre unos y otros resultaba imposible. Por eso la no-muerta, al saberse en minoría, optó por esconderse, por continuar viviendo en silencio. Ése parecía su sino.

Analisa había perdido a su única hija y también la tabla de salvación a la que aferrarse para no volverse loca.

Sí. Por increíble que parezca, a pesar de que Mariana era mucho más perversa que su madre y consideraba a los vivos seres inferiores, para la vampira era alguien con quien compartir las experiencias de la no-muerte, alguien a quien amar de manera incondicional, por encima de todas sus ignominias, alguien a quien enseñar las diferencias entre el Bien y el Mal y, en definitiva, alguien frente a quien mostrar los últimos retazos de una humanidad que se empeñaba en escapar por la puerta trasera.

Pero Mariana era sobre todo su hija, su propia sangre. Su naturaleza la había obligado a ser cruel, a tratar a su progenitora de manera irrespetuosa y

altiva, pero una madre le perdona todo a un hijo. Y, aunque Analisa era consciente del mal trato que le daba su pequeña, prefería eso a verla atravesada por una estaca.

Por eso, cuando acabó con su asesino fue corriendo a buscarla. Su cuerpo, aunque yerto, aún no se había descompuesto. Mariana había nacido de un vientre muerto, animado de manera artificial mediante la sangre de los vivos, pero técnicamente no abandonó este mundo hasta el instante en que fue estacada.

Todo estaba preparado para el traslado y Analisa no pensaba dejar a su hija sola.

____________________ 56 ____________________

Dario está decidido. Antes de cerrar la bolsa revisa su contenido. Lo tiene todo. Ya puede irse, Darky le espera. Mientras se dirige a la casa piensa en lo que va a hacer. Está tranquilo, quizá demasiado teniendo en cuenta las circunstancias. Ha dejado de plantearse si es correcto o incorrecto. Ya ha tomado una decisión y espera que ella no se arrepienta en el último minuto.

Eso sería peligroso.

Anteayer recibió un e-mail de su amigo epistolar Michael Carrigand en el que le animaba a llevar a cabo su plan. Carrigand le explicaba que él haría lo mismo, pero también le advertía de que tendría que tener mucho cuidado o acabaría entre rejas. Nadie excepto ellos debe conocer sus intenciones.

Cuando llega a la taquilla del metro su mirada se cruza con la de la empleada y ésta piensa: ¡qué chico más extraño! Darío no se da cuenta, pero la gente se va apartando a su paso. Les asusta el brillo de su mirada, el color de su ropa y la decisión con la que agarra su bolsa.

«Ya queda menos», piensa cuando se sienta en el vagón. A medida que las estaciones se suceden ante sus ojos, el joven repasa su estrategia. No

pueden existir fallos a causa de la improvisación. Todo ha sido calculado al detalle.

--¿Lo tienes todo preparado?

--Sí.

--Pues ven, creo que ya ha llegado el momento.

Violeta está mucho más nerviosa que Darío, pero no quiere que Ana lo advierta. Tiene que aparentar normalidad.

«Tranquilidad y, sobre todo, mucha calma --se dice después de colgar --. No debe notarme nada raro.»

Y la verdad es que no lo nota. Ana es incapaz de percibir nada, vive de las rentas desde que comenzó el embarazo y no puede permitirse que Violeta lo sepa. Pero Ana ignora que ha cometido un grave error: le ha dicho que prepare varias bolsas de sangre para alimentarse tras el parto. Le ha confiado que después de dar a luz se sentirá demasiado débil para moverse, que perderá su fuerza. Y Violeta ha tomado buena nota de ello.

Ana ha roto aguas y las contracciones son cada vez más fuertes y seguidas -

-menos de dos minutos entre una y otra --, pero Violeta no se inmuta. Sus nervios se deben a otra cosa. No tiene miedo a que algo vaya mal durante el parto porque le da igual el resultado. «Si el bebé muere --se dice --, mejor, eso que nos ahorramos. Para que salga igual que su madre… Y, en cualquier caso, ella no va a morir a consecuencia de un mal parto, porque ya está muerta.»

La vampira sí se siente intranquila. Le habría gustado acudir a un hospital, pero no puede. «¡Que se joda!», piensa Violeta mientras prepara los utensilios: guantes, toallas, tijeras, todo lo que la no-muerta le ordenó que comprara días atrás.

«¡Va a abrir la puerta blindada! ¡Por fin veré lo que hay dentro!»

Eso es lo único que le hace ilusión ahora.

Ana introduce la clave numérica y abre la puerta. A continuación se tumba en la cama. Sobre ella ha puesto un gigantesco hule y varias toallas. Tiene muchos dolores, pero siente que el parto será distinto al de Mariana.

--Darky, ¿dónde estás? ¡El bebé ya está aquí! --grita desde la cama, desesperada.

--Ya voy.

Pero, antes de ir se dirige a la puerta de la calle y la abre. No mucho, lo justo para que Darío entre. Después pone un papel doblado para evitar que se cierre.

Violeta entra al fin en la habitación secreta y ve lo que hay en su interior.

Ana está demasiado preocupada por el bebé para darse cuenta del brillo de su mirada. La joven observa los objetos, parece una habitación corriente. En ella hay otra puerta que conduce a un baño de grandes dimensiones. Pero Violeta se fija bien; no todo es tan normal: en una esquina hay una gran vitrina de cristal y dentro de ella, una momia.

Es la momia de una niña, o eso parece. Está mal conservada y no se distingue bien, pero su tamaño no es muy grande y está vestida con ropa de cría. Además, tiene un lazo en la cabeza, sujetando los cuatro pelos que le quedan. Le fascina, pero le repugna al mismo tiempo.

«¡Qué asco! --piensa Violeta --. A saber quién será y por qué la guarda aquí.

Ana está más loca de lo que parecía.»

--¡Darky, ayúdame! --grita Ana --. ¡No puedo más!

Violeta se dirige hacia la cama y se pone los guantes. Tiene que extraer el bebé como sea. De lo contrario, Ana conservará su fuerza. ¿Y Darío dónde está? Tiene que estar a punto de llegar.

«¿Adónde irá esta vez? --se pregunta Alejo -- ¡Espero que no se trate de otra visitita al cementerio!»

Después, tira a una papelera su gofre a medio mordisquear. No hay cosa que más deteste que hacer tiempo, y últimamente le ha dado por comer durante las esperas.

«Lleva un maletín de cura, parece un exorcista», piensa mientras desciende las escaleras del metro sin perderlo de vista un segundo.

A estas alturas ya debería de haberse acostumbrado a su aspecto, pero no es así. Darío le sigue produciendo escalofríos y hoy, en especial, parece distinto. Mucho más serio y decidido. Su mirada tiene un brillo extraño que no sabe interpretar.

Alejo ignora que su ex novia ha muerto. Ha seguido a Darío siempre que le ha sido posible, pero se le han escapado algunos momentos. «No soy Dios.

No puedo estar en todas partes y siempre pendiente de lo que hace», se justifica.

El gótico está a punto de volverse y Alejo se oculta detrás de un periódico gratuito que alguien ha abandonado sobre una de las papeleras del metro.

Aunque se hubiera girado, Darío no le habría reconocido: su aspecto es desaliñado y ha perdido varios kilos. Hace días que no se afeita. «¿Para qué? Ya no tengo que ir a trabajar», se dice.

Su única prioridad es encontrar a Ana. Quiere que ella le diga a la cara lo que ya es más que evidente: que pasa de él. Es así de masoquista o está así de «enganchado», como Violeta a causa de su sed eterna. No se puede practicar sexo con una no-muerta y pretender que nada ha cambiado. Su vida ha dado un giro de 180 grados y sería capaz de ofrecer un brazo por volver a estar con ella.

Darío asoma por la puerta cuando el niño acaba de nacer. Ana se encuentra exhausta, pero feliz. Por suerte, parece que todo ha ido bien. Se siente débil

y le pide a Violeta que le traiga sangre, pero la joven no obedece, se limita a sonreír de manera enigmática, como si guardara un as debajo de la manga.

Acto seguido le quita el niño, lo envuelve en la mantita y lo coloca en el canastillo. La no-muerta observa la escena con estupor, sin poder hacer nada.

--¡Devuélvemelo! --grita con furia.

--Gritar es todo lo que puedes hacer, ¿verdad?

Su tono es burlón, quizá le ha perdido el miedo.

Entonces es consciente de que pretende matarla de hambre, de sed.

En ese instante Darío entra en la habitación secreta y Ana se da cuenta de su plan, pero sigue sin poder moverse. Oye llorar al pequeño en la lejanía.

--¡El niño me necesita!

--Yo también necesitaba a mi hermana --afirma Darío dando un paso al frente --, pero tú la mataste.

Violeta se oculta detrás de él. Ana la ve sonreír. Parece divertida con la situación.

--Yo no he matado a tu hermana.

Ana acaba de recuperar sus capacidades vampíricas. Ahora sabe a quién se refiere. Sin embargo, continúa demasiado débil para moverse. Es consciente que a menos que ingiera sangre, no podrá abandonar esa cama.

--Soy culpable de otras muchas muertes, pero no de ésa --le explica.

--Yo estaba allí y lo vi todo.

--¿Por qué habría de mentirte en eso? Darky sabe que no fui. ¿Verdad, cariño?

Aunque se esconda detrás de Darío, la no-muerta ha leído su pensamiento.

La joven duda, pues aún existe un vínculo invisible y sutil entre ellas.

--¡No la escuches! Sólo quiere manipularte. Pronto volverás a ser libre.

--Darky, querida, dile que no crees que fui yo quien mató a Silvia --dice Ana dirigiéndose a la joven.

Violeta calla.

Se hace un silencio que sólo se ve interrumpido por el llanto del niño, que reclama la presencia de su madre.

--Ya te lo dije, no creo que ella matara a tu hermana, ni tampoco a Mystica.

No es su estilo --confirma Violeta --, pero la odio por lo que me ha hecho.

--¡Me da igual si fuiste tú o no! Terminemos con esto de una vez.

Darío abre su maletín y extrae una estaca de hierro y una maza.

--Darky, necesito tu ayuda. Sujétale la cabeza mientras yo la ato. No quiero sorpresas desagradables.

Ana intenta moverse, pero no puede. Siente como si el peso de un yunque la aplastara contra la cama. Se revuelve mientras Violeta intenta inmovilizar su cabeza. Entre tanto, Darío ha sacado unas cuerdas y comienza a atar sus manos al cabecero de la cama. Después sigue con los pies. Ana grita, blasfema y patalea, pero de nada le sirve.

Cuando la no-muerta está inmovilizada, Darío toma la estaca y la coloca sobre su pecho. Ha traído una de hierro porque ha leído que para poder atravesar el corazón tiene que romper antes la caja torácica, y eso no es sencillo. Le tiembla el pulso y oírla chillar lo pone aún más nervioso.

--¡Tápale la boca con algo!

Violeta obedece y coloca un trapo en la boca de la no-muerta.

«El corazón es la fuente de la vida y sin él no puede existir eternidad», se dice Darío antes de dejar caer la maza. Violeta observa la escena, satisfecha; con cada golpe se siente mejor, un poco más libre. Mientras tanto, el niño continúa llorando.

Una vez, otra y otra. A cada golpe Darío consigue introducir la estaca un poco más. Analisa ya no respira. No ha podido ganar esta batalla.

Pero el joven quiere más. No se conforma con haberle atravesado el corazón con una estaca de hierro. Desea asegurarse de que Ana jamás volverá a caminar entre los vivos, así que se dirige a su maletín, extrae un hacha y de varios golpes le corta la cabeza.

--Ahora hay que quemarla. ¿Lo tienes todo preparado?

--Sí. Bajemos al sótano. Allí están el cubo y la gasolina.

Darío agarra la cabeza por el pelo. Aún chorrea sangre.

--Vamos, después haremos lo mismo con el niño.

Alejo está intranquilo. Ha escuchado gritar a una mujer y no sabe qué hacer.

Observa el edificio una vez más. Parece una casa normal, pero los alaridos que salen de ella no lo son.

«¿Entro o no entro?», se pregunta.

Después de un rato, los gritos cesan, pero algo le dice que debería entrar.

No sería difícil hacerlo, si quisiera. Darío ha penetrado con tanta precipitación que ha olvidado cerrar bien la puerta. «Sólo tendría que empujarla», se dice.

Alejo se acerca un poco a la puerta y permanece a la escucha. Ahora no se oyen gritos, sólo el llanto desesperado de un bebé. «Aquí pasa algo raro», piensa antes de empujar la puerta con el brazo. Se dispone a entrar.

El aspirante a escritor registra la casa con sigilo. Absoluta normalidad.

«Vaya casa --piensa --. ¡Vaya nivel! ¿Quién vivirá aquí?» Busca al niño guiándose por su llanto y llega a la habitación secreta.

Alejo se queda horrorizado. Hay sangre por todas partes. ¡Menuda carnicería! El joven siente náuseas al ver el cuerpo decapitado de una mujer sobre la cama. Se gira para no tener que hacerlo, le han entrado arcadas. Al fondo, la momia de una niña parece observarle con ojos desafiantes.

--¡Joder, joder, joder! ¿Qué es todo esto?

Se arrepiente de haber entrado y aunque no quiere mirar, es incapaz de apartar los ojos del cadáver que yace sobre la cama. Entonces se fija en sus manos, en sus uñas largas y cuidadas y en sus anillos. Esos anillos… ¡son los de Ana! Y de repente lo comprende todo.

--Darío, ¿qué le has hecho? ¿Por qué?

Atónito, observa cómo el cuerpo empieza a consumirse, a arrugarse, a descomponerse ante sus ojos hasta transformarse en polvo y huesos. Alejo no da crédito a lo que ve. Durante unos segundos es incapaz de reaccionar, de moverse, de escuchar el llanto del bebé, pero de pronto éste se hace mucho más fuerte y lastimero, lo que le obliga a acercarse al canastillo.

«No puedo dejarlo aquí --se dice --. Darío está loco y puede regresar en cualquier momento.»

Alejo no lo piensa más: coge el canastillo y se aleja de la casa a toda velocidad.

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