Clara Tahoces
Ana, Ana, Ana…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
--Cuando te pregunté, explicaste que era un móvil. Pero no sólo no lo parecía, sino que el día que nos encontramos en el tanatorio, al pedirte tu número de teléfono, aseguraste que no tenías teléfono móvil.
--¿Estás loco? ¡No llevaba una daga! ¿Crees que la gente va paseándose por ahí con un arma, como si tal cosa?
--No lo sé. Quiero pensar que no, pero alguien mató a Alejandra y lo hizo precisamente con una daga.
--¿Qué estás insinuando?
--Nada. Sólo quiero saber qué llevabas en el bolsillo aquel día.
--¡Maldita sea! ¡No lo recuerdo! Pero, desde luego, no era una daga. Yo no tengo nada que ver con la muerte de esa chica. Ni siquiera había oído hablar de ella hasta esta noche. Soy incapaz de matar una mosca. --Sus últimas palabras sonaron poco convincentes, tal vez porque acababa de rememorar
el episodio del gato al que había cosido a puñaladas para después cortarle la cabeza.
--¿Y por qué me mentiste sobre lo del móvil?
--Ésa es otra historia. Y no tiene nada que ver con Alejandra.
--¿Y bien? Me gustaría escucharla.
--No puedo darte explicaciones, no me las pidas. Ella… --dijo casi en un susurro -- me mataría.
--¿Ella? ¿Quién?
--¡Nadie! Olvida lo que acabo de decir.
--No pienso hacerlo. Quiero saber qué ocurre.
Violeta dudó unos instantes, no sabía qué hacer.
--Mi señora.
Mientras tanto, el grupito había comenzado a impacientarse.
--¿Se puede saber qué coño hacéis ahí? --inquirió Mystica al darse cuenta de que ya no era la protagonista de la noche.
Darío miró a Violeta con inquietud.
--Ya hablaremos.
Cuando regresaron junto a los demás, ya no reían. Su semblante estaba serio.
--Nos ha parecido escuchar un ruido por allí --explicó Shadowboy
enfocando su linterna hacia una lápida profusamente ornamentada. Pero no se veía nada anormal, sólo dos angelotes que coronaban la cruz del finado.
La luz les confería un aspecto diabólico.
--Será algún animal. Lo mejor es que empecemos de una vez, en serio y sin coñas. No tengo ganas de pasar la noche en la comisaría.
Todos asintieron y Mystica volvió a preguntar al tablero, pero nada había cambiado. Aquella copa no parecía tener intención de moverse ni a tiros.
Lo intentaron varias veces, pero la ansiada respuesta no llegaba.
--¿Hay alguien aquí? ¡Por favor, contesta! --rogó Mystica por quinta vez.
De nuevo silencio.
--¡Es inútil! Hoy no quiere moverse --dijo Deadly empezando a cansarse de la situación --. ¿Por qué no nos vamos a fumar unos petas?
De pronto, sin que nadie lo esperara, la copa empezó a moverse con lentitud hacia el «sí».
--¿Quién eres?
Todos estaban expectantes.
La copa se movía despacio, con dificultad. Se deslizaba letra a letra hasta completar una frase:
--M-I N-O-M-B-R-E Y-A L-O S-A-B-E-S.
--No, no lo sé. ¿Cómo te llamas? --insistió Mystica.
La copa ya no se desplazaba con tanta lentitud como al principio. Parecía estar recibiendo energía de algún lugar o de alguien, quizá de los propios participantes.
--P-R-E-G-Ú-N-T-A-L-E A V-I-O-L-E-T-A.
--Nos está vacilando. No tiene sentido --señaló Shadowboy --. Nadie se llama así.
Violeta dudó. No sabía si intervenir.
--Yo soy la primera sorprendida. Violeta es mi verdadero nombre, pero casi nadie me llama de este modo. De hecho, lo odio.
--Pues el tablero lo conoce.
Antes de que Violeta pudiera decir nada, la copa comenzó a deslizarse con mucha más rapidez que antes.
--V-I-O-L-E-T-A L-O S-A-B-E.
--¡No es cierto! No tengo ni idea de quién puede ser --replicó la joven angustiada.
--¡Dinos tu nombre! --Mystica empezaba a impacientarse.
--E-R-E-S M-U-Y C-U-R-I-O-S-A. D-E-M-A-S-I-A-D-O.
Aquella alusión tan directa a su persona consiguió asustarla.
--Bueno, no nos digas tu nombre si no quieres --rectificó --, pero dinos al menos quién mató a Alejandra.
--T-Ú M-O-R-I-R-Á-S T-A-M-B-I-É-N.
--¿Quién?
La copa se desplazó con rapidez hacia Mystica. Ésta retiró su dedo. Estaba aterrada.
--No hagas ni caso --intervino Darío --. ¿No ves que nos está vacilando?
--N-U-N-C-A M-I-E-N-T-O.
Al ver el estado en el que se encontraba Mystica, Darío dijo:
--Lo mejor será que lo dejemos. Esto ya no tiene sentido.
--Y-A E-S T-A-R-D-E. T-U H-E-R-M-A-N-A S-E-R-Á L-A S-I-G-U-I-E-N-T-E.
--¡La culpa la tiene Darky! --sentenció Shadowboy. Nunca había pasado nada de esto.
Mystica comenzó a temblar.
Darío observaba a Violeta con inquietud y ella, sin saber qué decir, se limitaba a evitar su mirada.
--¿Quién es, Darky? ¡Tú lo sabes! --acusó Deadly.
--¿Y cómo pretendes que lo sepa? ¡No tengo ni idea! --se justificó --.
Además, me tengo que ir. Esto no me gusta nada y se me está haciendo muy tarde.
En ese momento, aunque ninguno de los presentes tenía colocado el dedo sobre la copa, ésta comenzó a trazar círculos sobre el tablero a toda velocidad. Después, ante la incrédula mirada de los jóvenes, se elevó en el aire y estalló en mil pedazos.
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Enseñar a «cazar» a Mariana fue una de las tareas más difíciles a las que
Analisa tuvo que enfrentarse, no tanto por la desolación que para ella significaba tener que instruir a alguien para que aprendiera a matar (y no alguien cualquiera, sino a su propia hija), sino porque aquella experiencia le sirvió para constatar de manera definitiva y aterradora algo que ya sospechaba: que la niña era una auténtica depredadora.
En su diminuta naturaleza no se apreciaba un ápice de humanidad y no parecía importarle en absoluto lo que tuviera que hacer con tal de conseguir sangre. Mariana carecía de toda moral, así como de la capacidad de emocionarse, del sentido del arrepentimiento y de la empatía suficiente para ponerse en la piel de sus víctimas. Lo único que podría obligarla a hacerlo era la necesidad de adelantarse a sus reacciones a la hora de plantearse un ataque.
Sonaba terrible, pero ésa era la cruda realidad.
Analisa se sentía inquieta frente a hipotéticas situaciones futuras. No podía olvidar que, a fin de cuentas, Mariana era un vampiro nacido, no como en su caso, que había sido convertida por la inefable Emersinda. Sin embargo, con el tiempo se percató de que esa falta de expresividad humana era lo único bueno que a la niña podría pasarle. Casi con total seguridad constituía un escudo protector frente a su propia naturaleza monstruosa.
Si no existía arrepentimiento, tampoco habría sufrimiento.
Visto de esta manera, Analisa habría preferido no conservar emociones humanas de ninguna clase, no tener sentimientos como la piedad, la compasión, el remordimiento o el arrepentimiento.
Sin embargo, todas las dudas que había albergado con respecto al futuro de su hija se disiparon en el mismo instante en que la pequeña dio muerte a su primera víctima. Pese a su lógica inexperiencia, la niña se comportó como una auténtica cazadora, sin vacilar un solo instante a la hora de usar su parte instintiva y sus cualidades vampíricas.
Todo sucedió una noche ventosa en la que el mal tiempo era el único dueño
y señor de la oscuridad. Analisa habría querido retrasar más aquel momento, pero ya no era posible. No desde que despertó y se encontró a la niña agazapada sobre su brazo chupándole la sangre sin piedad. Sin embargo, no podía culparla por ello. Tal vez se debiera a su potente naturaleza vampírica, que era más pura que la suya, o a que estar en fase de crecimiento la hacía reclamar mayores dosis de sangre, pero Analisa ya no podía obviar por más tiempo el hecho de que Mariana necesitaba aprender a alimentarse por sí misma.
La no-muerta comenzó por explicarle cosas acerca de su insólita naturaleza.
--Ya sabes que no eres igual que los otros niños.
La niña asintió.
--Tampoco eres igual que las personas mayores. Ni tú ni yo lo somos.
--Aja…
Mariana parecía despreocupada, como si aquella charla no le interesara.
--Atiéndeme bien, Mariana --Analisa intentaba que la niña comprendiera su situación --. Nadie debe saber que nos alimentamos a base de sangre.
¡Nadie! ¿Lo entiendes?
La niña era mucho más inteligente de lo que aparentaba.
--Sé perfectamente lo que intentas decirme. Lo sé desde hace tiempo, así que no te esfuerces más. --Mariana jugaba con su cabello lacio y oscuro, lo enroscaba una y otra vez hasta conseguir ondularlo. Por un momento detuvo su actividad, se acercó a su madre y le asió la mano.
--Mamá, no te preocupes. Sólo me hace falta una oportunidad para demostrarte que sé cómo deben hacerse las cosas.
Analisa estaba sorprendida, aunque sólo en parte. Con el tiempo se había
dado cuenta de que su hija poseía una capacidad de comprensión extraordinaria, así que no consideró oportuno realizar más comentarios. Era mejor dejar que la niña hiciera las cosas a su manera.
--Bien. En ese caso, salgamos. Así podrás enseñarme cómo lo harás de ahora en adelante.
Aquella noche, debido al mal tiempo reinante, no había un alma por las calles. Los más afortunados estaban dentro de sus hogares, a resguardo de la lluvia fina que embarraba los caminos. Al darse cuenta de que no había mucho donde escoger, la niña explicó su plan.
--Entraremos allí. --Su diminuto dedo señalaba hacia una casa situada a unos cien metros.
--¿Y por qué ahí, precisamente?
--Porque en ese lugar vive una mujer sola.
--¿Cómo puedes saberlo?
--No sé por qué. Sólo sé que puedo olería desde aquí y sé también que no está acompañada.
La niña no se equivocaba. Aquella casa pertenecía a la viuda de un pescador. Vivía sola desde hacía un par de años, cuando un golpe de mar se llevó para siempre a su marido y a su hijo. Subsistía a duras penas gracias a la caridad de los pescadores que cada día le traían algunas sobras. Pasaba su existencia envuelta en lágrimas y viejos recuerdos de tiempos en los que la vida aún no le había mostrado su cara más amarga. La viuda Carballeira --
así la llamaban en el pueblo -- había terminado por refugiarse en el aguardiente.
Aquella noche era más fría que de costumbre. A la humedad que había
provocado la lluvia había que sumar el hecho de que en la casa de Josefina la única fuente de calor provenía de la cocina de leña. Y aquella noche no la había prendido más que para calentarse las sobras de la sopa de pescado del día anterior. La había tomado con desgana, acompañándola con un trozo de pan de maíz. Lo único que de verdad la hacía entrar en calor era el aguardiente, el aqua vitae. Así había sido definido por los mercaderes holandeses que habían tenido la oportunidad de conocerlo en sus viajes a tierras gallegas. Años más tarde, a finales del siglo xix, caería en desgracia y sería prohibido por culpa de una absurda leyenda que rezaba que el llamado «licor de los pobres» poseía un componente letal. Pero, entre tanto, la gente hacía uso de él para «curar» sus males.
De seguir así, Josefina acabaría convirtiéndose en un despojo humano. La tristeza y el dolor habían minado su existencia y, en aquel instante, le importaba bien poco morirse de frío o de hambre. Cualquiera de esas cosas habría resultado un gran consuelo. Por eso mismo, cuando escuchó que alguien tocaba con sus nudillos a la puerta, no hizo esfuerzo alguno por levantarse de la vieja silla de madera, la misma en la que todas las noches hundía sus orondas posaderas en espera de que pasara una noche más, lo que a todas luces suponía un día menos en su particular cuenta para reunirse con su venerado y querido esposo y su no menos amado hijo.
Pero pasado un rato alguien seguía llamando a la puerta con persistencia, alguien que insistía con dedicación, que no estaba dispuesto a irse sin rendir batalla.
-- ¿Quen é? – -preguntó Josefina entre molesta y sorprendida.
--O teu Amadeo --respondió la voz --. Abre a porta. Fora a choiva abonda.
Al escuchar esa súplica, Josefina dejó de golpe la garrafa de aguardiente en el suelo. Sin duda pensó que esa bebida endiablada le hacía oír cosas sin sentido. ¿Cómo iba a ser su hijo muerto el que llamara a la puerta? Sin embargo, aquella voz… ¡parecía su voz!
-- Ti non podes ser Amadeo --replicó Josefina abrumada por la situación --. O
meu fillo morreu na mar.
Pero la voz no estaba dispuesta a tirar la toalla.
-- ¿É que non pensas abrir a porta ao teu fillo?
Josefina se levantó con dificultad, caminó hacia la puerta y puso su mano sobre el picaporte, pero se abstuvo de girarlo.
En el fondo de su corazón algo le decía que no debía abrir. No era la primera vez que escuchaba historias parecidas referentes a los ahogados en la Costa da Morte. Era bien sabido que algunos demonios se aprovechaban de la situación de desamparo en la que vivían las familias de los difuntos para introducirse en sus vidas y arrebatarles el alma.
Josefina acercó su rostro a la vieja puerta de madera y permaneció a la escucha. Su respiración sonaba agitada y entrecortada y su corazón palpitaba con fuerza.
«¿Y si de verdad fuera mi hijo?», se preguntó.
-- Finita, por favor. Son o teu fillo.
Aquellas palabras y su voz terminaron por convencerla. ¡Era él! Tal vez no murió como le habían contado y sólo había estado perdido. A fin de cuentas, su cuerpo nunca había sido hallado. Y, sobre todo, ¿no era eso lo que siempre había deseado desde que su hijo desapareció, reencontrarse con él?
Josefina giró el picaporte dispuesta a abrazarlo, pero cuando lo hizo al otro lado de la puerta sólo halló una niña de corta edad. Tal vez el aguardiente le había jugado una mala pasada. Antes de que pudiera volver a cerrarla, la niña se abalanzó sobre ella de un salto. Su diminuto cuerpo era ágil como el de un lince y no tardó en encaramarse sobre su vientre. Josefina intentó quitársela de encima, pero perdió el equilibrio. La mujer cayó al suelo y se golpeó contra la silla de madera.
Para su desgracia, a pesar del fuerte golpe, no había quedado inconsciente, sólo había sufrido un corte en la frente. La niña lo lamió con furia.
Entonces, Josefina observó que otra persona, una mujer de cabello largo y oscuro, se introducía en su casa cerrando la puerta tras de sí. Mientras la pequeña la atacaba, ésta corría las cortinas para que nadie pudiera ver lo que estaba pasando en el interior de la vivienda.
Había poco más que hacer o decir. Ante tanto horror, Josefina se sentía incapaz de gritar, sólo se le ocurrió mirar a los ojos a la extraña niña apelando a su compasión. Tal vez podría convencerla para que la dejara marchar.
Entonces supo que iba a morir.
¡Sus ojos no eran humanos! ¡Eran como los de uno de esos demonios a los que hacían referencia las leyendas locales! Y comprendió que aquel ser era incapaz de sentir piedad por el simple hecho de que no pertenecía a su misma especie.
--Si te resistes, sufrirás más --la oyó decir con su vocecita de niña mientras acercaba la boca peligrosamente hacia su cuello.
La sangre lo había manchado todo. Al fondo, en la penumbra, Analisa contemplaba la escena en silencio, horrorizada. Aquella niña no podía ser carne de su carne.
Pero lo era.
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Después de la accidentada sesión de ouija, todos excepto Darío y Violeta salieron corriendo hacia sus casas. Mystica estaba tan asustada que ni siquiera demostró interés en recuperar su tablero, así que Darío lo cogió del
suelo y se lo guardó. El joven no era partidario de dejar nada sobre la tumba de Alejandra que pudiera delatar su presencia en el cementerio. Bastantes problemas había tenido ya con la ley.
Violeta se sentía muy inquieta.
--¿Qué te ocurre? Pareces nerviosa.
--¿Cómo quieres que esté después de lo que acabamos de presenciar?
--No le des mayor importancia. No la tiene. Fuera quien fuese nos estaba vacilando. ¿De verdad no sabes quién hablaba a través de la copa?
--Ya os he dicho a todos que no. No sé por qué no me creéis.
--Sí te creo, pero tal vez si haces memoria recuerdes alguna cosa importante.
Pero Violeta tenía otras preocupaciones mucho más acuciantes. Temía encontrarse con Ana cara a cara. La sola idea de verla con el rostro encendido por la ira era un motivo más que suficiente para marcharse cuanto antes.
--Lo pensaré, pero ahora tengo que irme. Se me ha hecho muy tarde.
Habían pasado dos días desde la siniestra sesión de ouija en el cementerio y Mystica aún era incapaz de dormir con la luz apagada.
--Hija, ¿te ocurre algo? --le preguntó su madre alarmada.
--No, mamá. No me pasa nada.
--Te noto rara. Apenas has probado bocado.
--Estoy bien. Es la tensión de los exámenes.
--Buenas noches, hija.
Su madre apagó la luz y cerró la puerta. Nada más irse, Mystica alargó el brazo hasta el interruptor y volvió a encenderla.
Tenía el miedo metido en el cuerpo, pero no podía contar nada de lo ocurrido a su madre. ¿Cómo explicarle que se había internado en un cementerio por la noche para hacer una ouija sobre la tumba de una chica asesinada? No lo comprendería en absoluto. Su madre era muy tradicional.
Tampoco entendía su forma de vestir ni sus compañías, ni mucho menos que hubiera sustituido su verdadero nombre, Pilar, por otro inventado. Aún recordaba la primera vez que Deadly la había llamado por teléfono.
--¿Está Mystica?
--Lo siento, se ha equivocado --la oyó responder.
--Mamá, ¿por quién preguntan?
--Por una tal Mystica.
--Dame el teléfono. Soy yo.
--¿Cómo que eres tú? --dijo sorprendida. Después colgó el aparato sin miramientos.
--Mamá, ¿por qué has hecho eso?
--Porque tu nombre es Pilar. Que pregunte por Pilar y entonces podrás hablar con ella.
--Pero todo el mundo me llama así.
--Pues les dices que te llamen Pilar, que para eso es tu nombre.
--Pilar no me gusta.
--No sé qué tiene de malo. Era el nombre de mi abuela y de mi madre y también es el mío. Que no me entere yo de que vas por ahí diciendo otra cosa a la gente.
Pero, por fortuna para Mystica, todo aquello cambió cuando se compró el móvil. Su madre ya no podía controlar sus conversaciones. Bastante tenía la joven con verse obligada a cambiarse de ropa en las casas de sus amigos. Y
es que su progenitora pretendía que vistiera como las ursulinas, y todo porque tenía una tía que años atrás se había hecho monja de clausura.
No. No podía explicarle nada de lo ocurrido. No sólo no lo entendería, sino que era posible que incluso la reprendiera.
Mystica abrió el cajón de su mesilla de noche y extrajo el teléfono móvil.
No era muy tarde para llamar a Deadly, su mejor amiga. No había podido hacerlo antes. Se había sentido demasiado aterrada para revivir lo ocurrido.
Ahora que estaba un poco más tranquila buscó su número en la agenda de contactos.
--¿Diga?
--¿Deadly? Soy yo. ¡Estoy cagada!
La joven reconoció de inmediato la voz de su amiga Mystica. Sonaba agitada, nerviosa.
--Yo también.
--¿Recuerdas lo que dijo la ouija?
--¿Lo de que ibas a morir? --preguntó en tono titubeante.
--Sí.
Se hizo una pausa. Ambas permanecieron calladas. Sólo era posible escuchar sus respiraciones entrecortadas.
--No lo pienses más --se aventuró a decir Deadly --. Igual sólo pretendían meternos miedo. Puede que la chica ésa que vino, la amiga de Darío, estuviera compinchada con él para gastarnos una broma.
--No lo creo. Tú viste su cara. Parecía tanto o más asustada que nosotras.
--Tal vez sólo fingía estarlo para darle más rollo al tema. Además, ¿quién de los presentes sabía que se llamaba Violeta?
--Nadie.
--¡Exacto! Pudo ser ella quien movió la copa ayudada por Darío.
--Eso no tiene mucho sentido. ¿Por qué iba a querer Darío asustarnos así?
Además, te recuerdo que la copa dijo que su hermana también moriría.
--Quizá lo hizo para que nos tragáramos la bola y no sospecháramos de él ni de la tía ésa. Ella era bastante rarita, ¿no crees?
--No sé. ¿Y qué me dices de lo que pasó al final? La copa levitó y estalló en el aire. Estoy segura de que aquello no fue un truco.
--Llevo dándole vueltas a eso dos días --confesó Deadly --. No sé qué explicación darle, pero seguro que la tiene.
--¿Y si no la tuviera? ¿Y si la única explicación no procediera de este mundo?
--¡Tía, no pienses eso! Al final vas a acabar obsesionada.
--¡Ya lo estoy! ¡Llevo dos noches sin dormir! No puedo evitar pensar que seré la siguiente en morir.
--¡Joder! Pues no le des más vueltas --hizo una pausa para tragar saliva y después prosiguió --. ¿Vas a presentarte al examen de mañana?
--No sé. No he podido estudiar nada. No puedo concentrarme.
--Si quieres, después podemos ir a una iglesia para hablar con un cura. Tal vez sirva de algo.
--No sé. No confío mucho en ellos.
--Mi primo me ha dicho que una vez les pasó algo parecido, no tan fuerte, claro, y que fueron a una iglesia y el sacerdote les dijo que rezaran tres avemarias y cuatro padrenuestros, y que se les quitó el acojone.
--Bueno, haré lo que sea con tal de olvidar esta pesadilla.
Después del examen, que por cierto resultó un completo desastre para Mystica, las dos amigas se dirigieron a una iglesia cercana a la facultad. A pesar de que justo enfrente de la casa de Mystica había una, ésta se negó a acudir a ella.
--Mi madre va allí casi todos los días y el cura me conoce. Si me ve con estas pintas, seguro que se lo larga todo a mi vieja.
Cuando llegaron frente a la puerta de la iglesia, Mystica agarró por el brazo a Deadly para impedir que entrara.
--¡Espera! ¿Hablarás tú? A mí me da corte.
--Sí, no te preocupes.
Ya en el interior, buscaron al sacerdote para exponerle lo ocurrido. Éste se sorprendió al ver su aspecto. Sin embargo, evitó hacer comentarios.
--¿Y decís que esas amigas vuestras hicieron la ouija en un camposanto? --
preguntó el hombre sorprendido.
--Sí. Así fue --explicó Deadly.
--Pues no debieron hacer algo semejante. Habéis de saber que la ouija es un instrumento peligroso del que a menudo se sirve Satanás para ganar adeptos.
Ante aquella respuesta tan poco tranquilizadora, Mystica, que hasta el momento había permanecido en silencio, se vio obligada a intervenir:
--¿Y qué pueden hacer nuestras amigas, padre? Están muy asustadas.
--Para empezar debéis decirles que no se preocupen y que confíen en la Virgen María y en su hijo, Nuestro Señor Jesucristo, que recen todas las noches antes de acostarse y que jamás vuelvan a «jugar» con la ouija.
--¿Y si aun así no se les pasa el miedo?
--Entonces, les decís que vengan a verme. Yo las estaré esperando para darles la bendición.
--Padre, ¿podría darnos la bendición a nosotras también? Al estar en contacto con ellas, se nos ha pegado el miedo.
Mystica abandonó la iglesia cabizbaja. Las palabras del sacerdote no le habían servido de mucho. Deadly, en cambio, se sentía un poco más aliviada después de haber recibido su bendición, quizá en parte porque las respuestas del tablero no se habían cebado con ella.
Ya en el metro, hablaron sobre lo ocurrido.
--¡Vamos, anímate! Ya has oído lo que ha dicho el cura. Si confiamos en Dios, todo se pasará.
Pero Mystica era mucho más escéptica.
--También ha dicho que la ouija es un instrumento del Diablo. No debimos jugar con ella.
Deadly cambió de tema. Quería que su amiga se sintiera más relajada.
--¿Nos veremos mañana? Vente a comer y hablaremos con más calma. Mis padres no van a estar. Se marchan esta noche con mi hermana a la sierra.
--Vale. Nos vemos sobre las dos y media --le confirmó Mystica antes de bajarse del tren para hacer transbordo en Avenida de América.
Al día siguiente, Deadly amaneció a las once y media. Aquella noche había podido descansar algo mejor. Era sábado y sus padres no estaban en casa.
Para ella era la situación ideal: un fin de semana sola y con la casa a su entera disposición. Desayunó con tranquilidad mientras veía viejos videoclips de The Cure y vagueó por la casa sin dar ni golpe. La única condición que le había puesto su madre para que pudiera quedarse sola en Madrid era que limpiara el polvo del salón. Por supuesto, no lo hizo. Ya lo haría el domingo, suponiendo que no se levantara demasiado tarde, ya que el sábado por la noche tenía previsto salir. Seguramente, convencería a Mystica para que se quedara a dormir allí. Así no tendría que regresar sola en el taxi.
Pero hacia las tres de la tarde Deadly comenzó a impacientarse. Mystica aún no había llegado y la pasta empezaba a endurecerse. Había cocido espaguetis y había preparado una salsa con tomate, queso y atún. Era el único plato que sabía cocinar.
La llamó al móvil para saber por qué se retrasaba.
--¿Dónde estás?
--Enfrente de tu casa. Voy a cruzar. Ahora te veo. Tengo que contarte algo que me ha pasado esta noche. ¡No te lo vas a creer!
Y colgó.
Pocos segundos después se escuchó un frenazo seguido de un gran estruendo. En aquel instante Deadly supo que había ocurrido algo terrible.
Corrió hacia el balcón y se asomó. Lo que vio la dejó atónita y sin palabras: Mystica estaba tirada en el suelo. Un coche la había atropellado. Tenía el cráneo machacado, pero no cabía duda de que era ella.
Bajó las escaleras de dos en dos. No tuvo paciencia para esperar la llegada del ascensor. Quizá su amiga no había muerto y sólo estaba inconsciente.
Pero cuando llegó abajo descubrió con horror que los oscuros presagios se confirmaban. Había muerto en el acto.
Deadly empezó a sentir que todo giraba a su alrededor, que los objetos y las personas se movían en su cabeza al tiempo que escuchaba un pitido en sus oídos, un sonido que cada vez se hacía más fuerte e intenso. Tuvo que sentarse. Le flaqueaban las piernas y su visión se había nublado.
--¿Qué ha pasado? --oyó que preguntaba alguien a su alrededor.
--¡Yo lo he visto todo! --afirmó un peatón --. La chica se ha tirado al coche.
«No se ha tirado, no se ha tirado», pensó Deadly en estado de shock.
--Habíamos quedado para comer juntas. Ella nunca habría hecho algo así --
balbuceó antes de perder el conocimiento.
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A la naturaleza despiadada y brutal de Mariana vino a sumarse un factor inquietante: su entrada en la pubertad. Si éste es ya de por sí un período
conflictivo y de rebeldía para muchos adolescentes, lo es aún más para una niña-vampiro.
La pubertad vampírica no se caracteriza por la aparición de la menarquía, sino por un aumento progresivo de la agresividad y del sentido de la territorialidad. Analisa, claro está, debido a que había sido convertida después de haber atravesado esta etapa, no había padecido jamás este
«síndrome» vampírico, así que no sabía cómo explicarle a su hija los cambios que se estaban obrando en ella, transformaciones a las que asistía igual de atónita que la propia niña.
A medida que el tiempo transcurría Analisa se daba cuenta de que su retoño se había convertido en un ser deletéreo que no estaba dispuesto a detenerse ante nada ni nadie. Al menos cuando era más pequeña tan sólo buscaba satisfacer sus instintos primarios, su sed de sangre, pero ahora, con doce años, a su ya no tan diminuto cuerpo había que añadir una mente sofisticada y retorcida.
Analisa contemplaba este espectáculo entre sorprendida y horrorizada. No entendía de quién podía haber heredado Mariana tanta crueldad gratuita. Al parecer, su hija no sólo se alimentaba por necesidad, sino que disfrutaba haciendo sufrir a los humanos, a los que en cierto modo consideraba inferiores. Jugaba con ellos igual que lo hacía con su peonza. Y es que Mariana no huía de las situaciones que a su madre le horrorizaban. Muy al contrario, las buscaba y se recreaba en ellas.
Mariana no era parte de la bestia… Era la bestia misma.
Todo aquello quedó patente el día que Analisa descubrió la presencia de una intrusa en el viejo caserón al que acababan de trasladarse. Se trataba de un inmueble antiguo no muy lejano a un selecto colegio para señoritas. Apenas llevaban allí una semana cuando la niña descubrió un pasadizo que se comunicaba con el vetusto y descomunal edificio. De haberlo sabido antes, Analisa habría desechado la posibilidad de vivir ahí, pero con lo que había costado llevar a cabo todos los trámites necesarios para convertir aquel caserón en su nuevo hogar, no era cuestión de mandarlo todo al garete sólo
porque existía una red de túneles que conducían al viejo internado.
--Dame tu palabra de que jamás traspasarás esta trampilla.
--¿Nunca jamás? --preguntó la niña con expresión de inocencia.
--Nunca jamás.
--Está bien. Si ése es tu deseo, me mantendré alejada.
Pero los vampiros son mentirosos, manipuladores e intrigantes y Mariana no era una excepción en este ni en otros sentidos.
Celia se sentía muy sola en aquel lugar debido a que sus compañeras le hacían el vacío. Provenía de una familia humilde. Su madre se ganaba la vida limpiando en aquel colegio y, aunque podría decirse que estar ahí era todo un privilegio al que pocas niñas de su clase social tenían acceso, no podía sentirse a gusto.
Su madre decía que el director se había mostrado muy generoso al permitir que asistiera a las clases como si fuera una alumna más y que, por tanto, no debía defraudarle portándose mal u obteniendo malas calificaciones. Su madre jamás había tenido la posibilidad de estudiar en ese ni en otros colegios, así que cuando el señor Merino le brindó a su hija esa oportunidad, la limpiadora no cupo en sí de gozo, tornándose desde aquel mismo instante en una esclava a su servicio. La única condición que el director había impuesto era que la niña ayudara a su madre con las tareas de limpieza los fines de semana.
--Mujer, no es necesario que se incline cada vez que paso por delante de usted.
--No es ninguna molestia, señor. Ya sabe que estoy aquí para cuanto desee mandar.
--Vaya, vaya usted a faenar y déjese de ceremonias.
--Dios le bendiga, señor Merino.
En cuanto se corrió la voz de que Celia era la hija de la limpiadora, el resto de las niñas, procedentes de las más acaudaladas familias de España, comenzaron a meterse con ella, haciéndole la vida imposible.
Había una niña que la atacaba con especial crueldad. Parecía que su único empeño era dejarla en evidencia delante de todos.
--¿Quién sabría explicar por qué el cielo es azul?
Silencio sepulcral en la clase.
--¿Marta, lo sabes tú?
--Yo no, pero quizá lo sepa la hija de la fregona. Pregúntele a ella.
El resultado de todo esto era que Celia no se atrevía a hablar, ni siquiera para preguntar las dudas que le surgían durante las explicaciones que ofrecían los profesores. Podría decirse que casi ansiaba la llegada del fin de semana para poder hacer las tareas para las que, al parecer, estaba predestinada una niña de su clase social.
Aquel sábado Celia se hallaba limpiando los cristales de la planta baja mientras su madre hacía lo propio en los pisos altos. Pasado un buen rato, advirtió que necesitaba más trapos, pues los que tenía estaban negros, así que bajó al sótano en busca del armario de la limpieza. Aquella planta le imponía cierto respeto. Sin saber muy bien por qué, sentía un estremecimiento cada vez que se veía obligada a descender allí. Tal vez se debía a que en el sótano no se desarrollaba actividad escolar alguna. De hecho, las alumnas tenían prohibido el acceso.
Celia bajó las viejas escaleras de madera con rapidez. Quería terminar
cuanto antes aquel trámite, pero al pasar por delante del almacén, creyó escuchar algo, un susurro tal vez. Se detuvo un instante, lo justo para darse cuenta de que debía de tratarse de una equivocación. Aquel lugar le producía escalofríos. Era siniestro, lúgubre y muy oscuro. Sin embargo, a pesar del lógico rechazo que le provocaba, sentía una extraña atracción que le obligaba a aminorar el paso cada vez que pasaba por delante del enorme almacén.
Al regresar con los trapos, volvió a escucharlo.
--Pstt, pstt…
Ahora estaba casi segura de que había oído algo.
--¿Hay alguien ahí? --se atrevió a preguntar asomándose un poco.
--Sí.
La voz parecía de niña. ¿Podría ser alguna de sus compañeras?
--¿Quién eres?
--Entra y lo verás.
--Lo tenemos prohibido.
--No pasa nada por entrar. Prometo no decírselo a nadie.
Celia sopesó la situación. Dentro todo estaba en completa oscuridad. En ese instante, la niña sintió que su corazón se aceleraba.
--¿No tendrás miedo? No hay motivo para ello.
La voz sonaba dulce y encantadora.
Al final, decidió internarse en la lóbrega sala.
--¿Dónde estás? No veo nada.
--Al fondo.
La niña caminó con cuidado, esquivando los enseres almacenados, hasta que tropezó con un cuerpo de su misma estatura. Sus ojos ya empezaban a acostumbrarse a la penumbra, lo que le permitió contemplar las gráciles facciones de aquella niña desconocida.
--¿Quién eres tú?
--Mariana.
--¿Y estudias aquí? --preguntó Celia sorprendida --. No recuerdo haberte visto nunca.
--Soy nueva. Seguramente estamos en clases distintas.
Aquel razonamiento le pareció bastante lógico.
--¿Y qué haces aquí sola? ¿No te da miedo este lugar?
--En absoluto. Aquí nadie se mete conmigo. No tengo muchas amigas,
¿sabes?
--Yo tampoco.
La pequeña permaneció muda unos instantes. Después añadió:
--Te lo diré antes de que te enteres por otra persona: soy la hija de la fregona.
--¿Y qué?
--¿No te parece mal que alguien como yo estudie aquí?
--Claro que no. Y quien se meta contigo por eso merece un castigo. Si quieres, yo puedo ser tu amiga.
--¿De veras? --era la primera vez que alguna de sus compañeras la trataba con amabilidad, de igual a igual --. Me siento muy agradecida, pero ahora tengo que marcharme. Debo seguir limpiando.
--De acuerdo, pero no le digas a nadie que me has visto. Sólo conseguirías que me castigaran por haber estado aquí.
--No te preocupes, no diré nada a nadie.
Al día siguiente, la noticia se extendió por el internado como un reguero de pólvora: Marta Recarte Laorden había desaparecido sin dejar rastro. Lo último que se sabía sobre ella era que había cenado con el resto de sus compañeras y que después de recitar sus oraciones se había acostado con normalidad. Su cama estaba revuelta, por lo que resultaba evidente que se había levantado por alguna causa. Sus zapatillas de dormir no estaban junto a su cama, así que había tenido que calzárselas, lo cual sugería que, en principio, la niña podía haberse alejado de su cama de manera voluntaria, quizá para ir al baño.
Después de poner patas arriba el colegio y ante la aplastante evidencia de que la pequeña no se había escondido en ninguna de sus estancias, una a una, todas las alumnas fueron conducidas al despacho del director para ser interrogadas. Sin embargo, nadie había visto nada. También se preguntó, con idéntico resultado, al personal interno y externo. Al final del día, la hipótesis que cobraba más fuerza era la de una fuga voluntaria. Sin embargo, había un detalle que no encajaba: la niña no se había llevado consigo absolutamente nada, lo cual resultaba bastante extraño, a no ser que hubiera sufrido algún tipo de enajenación mental que la hubiera conducido a desarrollar una conducta ilógica.
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Cuando Violeta llegó a casa de Ana, ésta aún no había regresado. Una vez más había tenido suerte. Pero ¿se trataba sólo de suerte o de que Ana ya no era tan controladora como antes?
A los ojos de la joven, la vampira llevaba varios meses desarrollando un comportamiento huraño e incomprensible. Desconocía los motivos de aquel cambio en su carácter, pero apenas se dejaba ver y casi no prestaba atención a sus salidas, ni siquiera para reprenderla. Por otra parte, le resultaba extraño el hecho de que llevara meses sin suministrarle ninguna dosis de su sangre inmortal, sobre todo teniendo en cuenta que ésta servía para mantener a la joven esclavizada. Había descubierto que éste era el poder que la mantenía «atada» a ella: su sangre. Cuando dejaba de proporcionársela, la joven pasaba unos días infernales, terribles, en los que lo único que ansiaba era la muerte. Sin embargo, tarde o temprano Ana volvía a darle a beber una o dos gotas de su sangre. Entonces todo aquel sufrimiento se transformaba en un momento sublime, mágico, único e irrepetible y sus desprecios y humillaciones se veían compensados sólo por haber logrado una gota más, una simple gota de su preciado fluido vitae.
Pero todo aquello había cambiado en los últimos meses. Por alguna causa que Violeta desconocía, Ana había cortado de manera radical ese vínculo de sangre. Había dejado de «alimentar» su pasión vampírica y, aunque la joven había sufrido lo suyo, ahora se sentía un poco más «libre» para ser ella misma, un poco menos esclava.
La presencia de Violeta en casa de Ana parecía importarle bien poco.
Dormía durante buena parte del día, mucho más de lo acostumbrado, o quizá no lo hacía, ¿pero quién podía saberlo si permanecía encerrada en su habitación secreta casi todo el día? Daba la sensación de que vivía en otro mundo, ajena a lo que ocurría en el exterior.
Al caer la noche abandonaba su habitación como una exhalación dándole la espalda, sin despedirse. Violeta tenía la impresión de que la no-muerta le
ocultaba algo.
Violeta se puso el pijama y se acurrucó en su cama. El gran alivio que había sentido al comprobar que Ana no estaba había dejado paso a una sensación agridulce debida a la extraña experiencia vivida en el cementerio. Lo que habían presenciado no tenía explicación racional alguna y eso le inquietaba.
Aunque no era la primera vez que sentía la presencia invisible de lo insólito, la imagen de la copa levitando y estallando en el aire se le había grabado a fuego.
Claro que Violeta había sido testigo de lo sobrenatural. La misma existencia de Ana era una prueba fehaciente de que había otros mundos y otras formas de vida diferentes, pero, a pesar de que sabía que Ana era un ser no-muerto, la imagen que proyectaba no resultaba en absoluto chocante. Para empezar, no vivía en un castillo alejado del mundanal ruido, ni poseía afilados incisivos --y, si los tenía, no se los había visto jamás -- y era capaz de salir a plena luz del día sin sufrir, al menos en apariencia, perturbaciones físicas.
Pero lo más chocante era que jamás había mostrado interés por succionar su sangre mortal. ¿Desde cuándo los vampiros se habían vuelto tan selectos y remilgados a la hora de alimentarse? ¿Y desde cuándo bebían también sangre congelada? Al parecer, Ana sólo la quería como esclava y poco más.
Desde luego, no era el prototipo de vampiro al que la literatura y el cine nos tienen acostumbrados.
A la joven no le costaba entender por qué la no-muerta aún no había sido eliminada de la faz de la Tierra. Era poco probable, por no decir casi imposible, que los humanos detectaran su presencia a menos que ella deseara que lo hicieran. No se hacía notar entre la multitud, no estaba interesada en darse a conocer ni quería fundar un grupo de acólitos --lo que podría despertar el interés de la policía -- y, en cierto modo, se movía en ambientes marginales en los que se jugaba con la estética vampírica. Todo ello le ofrecía la posibilidad de camuflarse igual que lo hace un camaleón.
Ana era, en definitiva, una depredadora solitaria. ¿Habría más como ella?
Violeta tenía la cabeza embotada y sus pensamientos regresaron de nuevo a la sesión de ouija y también a Darío. ¿Habría sido víctima de una broma pesada? ¿Se habrían puesto todos de acuerdo para asustarla? Si era así, habría que felicitarlos por una actuación tan convincente y lograda. Aunque deseaba pensar que lo ocurrido tenía una explicación racional, en el fondo no quería plantearse que Darío sólo la hubiera invitado a unirse a sus amigos para reírse de ella. No quería sopesar la posibilidad de que fuera igual que los demás, que sólo quisiera mofarse a su costa. No deseaba hacerlo porque se había dado cuenta de que empezaba a sentir algo muy especial por él.
Darío había oído historias similares en torno a los peligros de la ouija, pero jamás se había visto obligado a hacer algo tan drástico. Sin pensarlo dos veces tomó el tablero de Mystica con decisión y lo rompió en pedazos.
Había sido fabricado con cartón fuerte y estaba adornado con símbolos esotéricos y astrológicos. Después, lo introdujo en un cubo metálico y lo roció con alcohol de quemar. Acto seguido encendió una cerilla y la dejó caer en su interior. Pronto una llama azulada se extendió con rapidez por el cubo y al cabo de un rato el tablero «mortífero» había quedado reducido a cenizas.
Era la primera vez que observaba la ouija como algo más que un simple juego mental. Había asistido a numerosas sesiones y jamás había tenido problemas con ella. De hecho, había leído varios artículos sobre el tema y hasta que recibió noticias de Deadly había vivido con el convencimiento de que la energía de los participantes era la única responsable de «dar vida» a la copa.
La pesadilla dio comienzo el domingo, cuando Darío atendió una llamada de Deadly en su teléfono móvil. Parecía histérica, totalmente descontrolada.
Su voz temblaba, lo que evidenciaba su precario estado anímico.
--¡Está muerta! ¡Ha muerto!
Darío no entendía nada.
--¿Se puede saber qué te pasa? Tranquilízate y habla un poco más despacio.
¿Quién ha muerto?
--¡Mystica! La ouija no mentía.
--No digas tonterías. ¿Todavía seguís con la bromita? ¡Pues tiene la gracia en el culo! --masculló antes de colgar el teléfono con rabia.
No podía entender por qué la gente gastaba bromas tan pesadas.
Sospechaba que sus amigos se habían dedicado a mover la copa la noche que hicieron la ouija sólo para fastidiar a Violeta. Es más, estaba seguro de que Mystica --a quien siempre le gustaba ser la protagonista de esas reuniones «esotéricas» -- había sido la autora intelectual de toda aquella pantomima. Como broma era más que suficiente.
No obstante, pasados unos minutos, Deadly volvió a telefonearle. Darío pensó que quería disculparse.
--¿De verdad crees que bromearía con la muerte de Mystica?
--Más de una vez lo habéis hecho con la de Alejandra Kramer. ¿Qué coño os pasa a las dos? Dile a Mystica que se ponga ahora mismo.
Darío estaba convencido de que las amigas estaban juntas, pasando la tarde y divirtiéndose a su costa.
--¿No me has oído? ¡Está muerta! La mató un coche ayer --explicó entre sollozos.
De repente, el joven tuvo la certeza de que su amiga no mentía.
--Deadly, lo siento. Perdóname. ¿Dónde estás?
«¿Por qué tuvimos que hacer la puta ouija?», se preguntaba Deadly, incapaz de controlar las lágrimas que brotaban de sus ojos. No había podido parar de llorar desde que vio el cuerpo de su amiga tendido sobre la calzada igual que una muñeca de trapo rota.
Darío y Deadly estaban sentados en la cafetería que había debajo de la casa de ella, la misma desde la que uno de los camareros, testigo ocular de lo ocurrido el día de autos, había telefoneado al Samur.
Pero, por desgracia, su llamada de nada sirvió.
Mystica se había roto el cuello. El impacto contra la furgoneta de reparto había sido tan brutal que su cuerpo había volado --literalmente -- varios metros hasta que su cabeza se estampó contra uno de los bolardos colocados por el Ayuntamiento para impedir que los coches aparquen en la acera.
El joven le tendió su pañuelo antes de responder.
--Es terrible. No sé qué decir. Aún tengo su tablero. Me lo llevé a casa para no dejar nada que pudiera delatarnos. Me desharé de él.
--Darío, estoy muy asustada. Me da igual lo que digan los testigos, sé que ella no se arrojó a la furgoneta.
--Si estaba tan obsesionada como dices.
--Lo estaba, pero no tiene sentido que hiciera algo así. Justo antes de morir iba a decirme algo. Si hubiera querido suicidarse no se habría tomado la molestia de venir hasta mi casa. Se habría tirado bajo el primer coche que pasara al salir de la suya.
Lo que decía su amiga tenía lógica, pero Darío no terminaba de aceptar que la desgracia estuviera conectada con la ouija.
--Visto así…
--¿Es que no recuerdas lo que la copa dijo sobre tu hermana?
--Sí. Lo sé, pero me niego a creerlo. De todos modos, quemaré el tablero.
No sé qué más puedo hacer.
--El cura dijo que rezáramos, aunque después de lo ocurrido no sé si servirá de algo.
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Por proximidad con el internado para señoritas María Auxiliadora del Buen Suceso, uno de los primeros lugares a los que acudieron los investigadores que seguían el caso de la desaparición de la niña Marta Recarte fue la casa de Analisa, que en aquel tiempo se hacía llamar Esmeralda de Luna. No fue fácil dar con ella, ya que se presentaron de día, justo cuando las no-muertas aprovechaban para descansar. De hecho, se vieron obligados a insistir una y otra vez hasta que su reclamo fue atendido.
Ya en ese momento Analisa tendría que haber sospechado algo extraño, algo que relacionaba aquella enigmática desaparición con su propia hija, pero las explicaciones que ésta le ofreció le resultaron tan convincentes y bien argumentadas que no pudo por menos que reconocer que su coartada era sólida, sin fisuras que pudieran hacer presagiar nada anormal. Su voz no tembló un ápice al decir que ella no estaba involucrada y al final añadió un componente demoledor: el chantaje emocional aderezado con el sentimiento de culpa.