Colosseum
Capítulo XXVII
CALÍCRATES
Las grúas del segundo piso
Roma, principios de otoño del año 75 d. C.
Diez días antes de las calendas de octubre, la intensa actividad constructiva había regresado a la zona del anfiteatro. Los quince días festivos debidos a los Ludi Romani habían supuesto una gran mejora para el estado de ánimo de los trabajadores libres. Los esclavos habían continuado trabajando en la producción de ladrillos, el amontonamiento de sillares de travertino, el fundido del metal y otros aspectos similares.
El primer piso ya estaba acabado; al menos aquello que se había previsto para este período. Quedaban infinidad de detalles que, solo una vez completada toda la estructura, se acabarían. El mármol de los asientos de la cávea, por ejemplo, era uno de estos detalles.
Cada piso nuevo representaba volver a comenzar. Las fases del desarrollo eran siempre idénticas: marcado horizontal de la zona donde se elevarían los pilares y, a continuación, en vertical, de la zona donde subían los inferiores; elevación de los nuevos; construcción de los arcos, tanto de líneas anulares como radiales; erección de los muros de ladrillo para marcar los pasillos radiales y anulares; sistemas de suministro de agua y letrinas, así como desagües de lluvia y de aguas sucias; completar el murario con una inclinación de treinta grados allí donde iría la cávea; construcción de bóvedas en los respectivos pasillos, y, finalmente, alzamiento de escaleras.
Según lo planificado por Calícrates, esta última parte se reservaba siempre para el momento más cerrado del invierno, o para días lluviosos o de condiciones ingratas para estar en el exterior. Era una forma de aprovechar el tiempo durante una época, el invierno, en que la mayoría de actividades al aire libre quedaban necesariamente interrumpidas.
A medida que el edificio iba progresando en altura, la construcción tenía que ser más ligera. El travertino solo se usaría para los pilares y los arcos. El resto, o sería de toba, o bien de ladrillo con un interior de mortero. Esta idea era muy obvia y cumplía un doble cometido. En primer lugar, y el más importante, no cargar en exceso los pisos inferiores de peso innecesario. Después, otro más funcional: cuanto más ligeros fuesen los materiales, más rápido sería elevarlos hasta su lugar de colocación. Los ladrillos, por ejemplo, pesaban mucho menos que los sillares regulares de travertino, y podían subirse en cantidades menores. Como parte negativa, estos materiales más ligeros generaban mayor movimiento que la piedra. El trabajo avanzaba deprisa y requería mayores cantidades de materiales en un tiempo menor. El mortero, por ejemplo, debía aplicarse fresco y llegar en cantidades pequeñas y frecuentes. Los ladrillos debían ajustarse en el mismo espacio constructivo. Las espuertas habían de llevarse a hombros. Los cubos, cargados e izados. Todo ello en el mismo sitio donde se estaba construyendo o en zonas muy próximas.
La estrategia constructiva era la clave de todo el proceso. Grúas y andamios tenían que progresar al unísono, sin molestarse los unos a los otros. También el trabajo de los hombres debía cumplir esa doble función: trabajar y dejar trabajar a los demás. Aun siendo un edificio enorme, los espacios de trabajo eran cada vez más reducidos, siendo idéntica la labor que debía llevarse a cabo.
Calícrates tuvo que reconocer que Druso era un verdadero genio en medir los tiempos de trabajo. La eficacia constructiva era ejemplar. El diseño del heleno era bueno, pero necesitaba una ejecución de idéntica calidad para un buen progreso. Y Roma contaba con excelentes profesionales.
Calícrates tuvo que reconocerlo. La urbe no había conquistado el mundo entero por casualidad, ni mucho menos. La eficiencia romana era extraordinaria. El heleno llegó a pensar que jamás en la historia del mundo otra cultura sería capaz de igualar aquella pericia. Tal vez Roma durara incluso para siempre.
En esos momentos, la carga hasta el segundo piso de los bloques de travertino era el trabajo más delicado. Elevados con grúas, debían izarse con suavidad y evitar todo balanceo. La fachada, a pesar de que aún no tenía los delicados acabados que la embellecerían, podría sufrir un serio revés si un bloque oscilaba en exceso o se rompía una cuerda, o si se aflojaba una grúa. Había más de treinta de esas grúas, y evitar un accidente era casi una quimera. Y era ahí, precisamente, cuando Calícrates veía la gran categoría constructiva romana. Cada capataz, cada artesano, cada operario daba lo mejor de sí mismo, ya fuera dirigiendo, empujando o haciendo palanca, o todo aquello que fuera necesario para que la labor que ejecutaban en aquel momento tuviese la mayor precisión.
Aun así, se habían dejado unos andamios estrechos que circundaban toda la fachada, para evitar un fatal accidente. Un bloque de piedra caído desde una buena altura sobre los bloques que ya estaban colocados podía hacerlos trizas al impactar contra ellos. La madera no evitaría totalmente el golpe, pero sí detendría el impacto directo de piedra contra piedra. O, al menos, tendría alguna posibilidad de hacerlo.
Situado junto a una de las grúas de izado de bloques de travertino, Calícrates observaba cómo los esclavos accionaban las ruedas que impulsaban la ascensión de la piedra.
Las grúas eran, básicamente, dos mástiles de buena madera unidos en su parte superior y separados en la base. Unos estayes amarrados en la parte superior contrapesaban la fuerza de subida; estas cuerdas se alargaban hasta un torno situado en la arena o en el exterior del edificio. La misma fuerza de subida del bloque aseguraba aún más los travesaños en el suelo, y un eje de metal situado en la zona baja —a escasos cinco pies del suelo— sobresalía de los travesaños con unas pequeñas ruedas y unas manecillas que permitían que los esclavos izasen el peso con la ayuda de una polea situada en la parte superior.
Y en ese punto era básico el trabajo de un capataz. Un esclavo agotado o enfermo era un problema muy grave en el izado. Todo hombre que trabajase en una grúa debía estar en perfectas condiciones físicas. De lo contrario, el desastre estaba muy cerca.
Con la construcción del segundo piso, el trabajo de ascensión de los materiales suponía, obviamente, el doble de esfuerzo. El primero era llegar hasta la planta de ese segundo piso. De allí había que trasladarlos hasta el lugar requerido para su colocación y, lógicamente, volver a subirlos hasta su lugar definitivo.
En la segunda fase de ascensión, las grúas eran algo más pequeñas y trabajaban por parejas. Situadas de manera transversal al muro que se trabajaba, y una en cada extremo de ese mismo muro, iban colocando los paramentos de ladrillo y los bloques de dentro hacia afuera, así no se molestaban la una a la otra.
Aquí era imprescindible una excelente coordinación entre los distintos grupos de trabajo. Trabajar y dejar trabajar era la fórmula más adecuada ante el cuantioso volumen de tareas que debían llevarse a cabo.
Calícrates buscaba la máxima concentración en su trabajo. Tenía claro que había sido un gran profesional debido a su total implicación en la construcción en particular y la arquitectura en general. Y que solo en sus manos estaba el volver a serlo.
Pero era muy complicado. Había días en que estaba convencido de que tal labor era imposible. Como el agua que se lleva un río y se desvanece en el desierto, parecía que todo su caudal de conocimientos había abandonado su cuerpo para perderse más allá de lo tangible. O como la arena que se escapa de entre los dedos. En cambio, otras jornadas parecía capaz de recuperar parte de lo perdido. Solucionaba problemas complejos en la obra y se sentía útil y realizado.
También concluyó que pensar demasiado en sus hijas o en Claudia no era positivo para él. Jamás superaría del todo la muerte de su esposa Damaris; aquella era una carga que llevaría consigo el resto de su vida.
Damaris.
No dejaba de pensar en que fue él quien la obligó a quedarse en contra de su voluntad. Ella estaba decidida a marcharse de Roma y regresar a casa. Calícrates hizo valer sus derechos como esposo para imponerle el deber marital: ella debía quedarse junto a su marido. Algo lógico, teniendo en cuenta las costumbres habituales en su Hélade natal. En Roma estaban mucho más avanzados en ese aspecto. Cualquiera de los dos esposos, hombre o mujer, podía solicitar el divorcio y volver a quedar libre. Por ley, podía aplicarse a todas las provincias romanas, pero las costumbres tenían mucha más fuerza que una ley extranjera; sobre todo en los territorios con una fuerte cultura propia.
Además, estaba el hecho del embarazo de Damaris.
Un hijo. Después de tener dos niñas, la perspectiva de tener un varón se había convertido en algo deseable para ambos. Antes de que Calícrates fuera convertido en esclavo, los dos lo habían hablado. Y el arquitecto deseaba un niño que pudiera continuar con su oficio. Muchos decían que, para un padre, tener un hijo era como prolongar su propia vida, vivir más allá de la propia existencia. Sobrevivir a la muerte, incluso.
Un hijo lo habría colmado de felicidad.
¿Por qué no le había dicho Damaris que estaba embarazada? ¿Qué razón tenía para ocultárselo? Eran cuestiones que una y otra vez se retorcían por los rincones más visibles de su mente. Intentaba responder a esas preguntas con la lógica. Tal vez, pensó, ella lo supo justo antes de que la enfermedad asolara la ciudad y de que él quedara aislado tras la empalizada del anfiteatro. Tal vez, incluso, esperaba estar segura antes de decirle nada, y no halló el momento adecuado para hacerlo.
Su relación había acabado siendo un tanto peculiar. Apenas hablaban de otra cosa más allá de las niñas. Su estatus matrimonial parecía quedar restringido a aquellos actos sexuales en el peristilo de los Sura, bajo la tenue luz de las estrellas. Y de eso tampoco hablaban, como si fuera un tema prohibido.
¿Por qué no se lo había dicho? La pregunta le trepanaba el cráneo como si fuera un taladro.
Nunca sabría, por boca de su esposa, la verdadera razón de aquel silencio. Podría imaginarlo, podría suponerlo, podría barajar distintas razones, pero jamás tendría ninguna certeza absoluta.
¿Por qué no se lo había dicho?
La muerte de Damaris era culpa suya. El arquitecto no dejaba de pensar en eso una y otra vez. Estaba convencido de que era así. Toda su educación como arquitecto lo llevaba a esa conclusión.
Él era el culpable.
Y las que más sufrían eran las niñas. Ahí su dolor era más fuerte aún, si ello era posible.
Moira cuidaba muy bien de Ione y Medea. La esclava se desvivía por ellas, y Lucio no reparaba en gastos y cubría cualquier necesidad que tuvieran. Aunque Calícrates tenía claro que la generosidad del senador hispano se debía únicamente a que necesitaba al arquitecto para la construcción del anfiteatro, no podía dejar de agradecerle que sus hijas estuvieran tan bien cuidadas.
Sin embargo, esos buenos cuidados no podían suplir a una madre. Su amor era insustituible.
Y la ausencia del padre tampoco ayudaba. Calícrates se refugió en su trabajo. Se impuso una intensa jornada en las obras. Incluso más allá de la puesta de sol, continuaba trabajando a la luz de un candil, solucionando problemas a través del estudio de sus planos o la elaboración de nuevas secuencias constructivas.
El peculiar carácter de cada una de las niñas se había ido acentuando. Medea, la mayor, se mostraba aún más inquieta, y con siete años recién cumplidos protestaba y se quejaba por todo. Ione, que tenía ya cinco años, continuaba sin articular palabra; solo algún ruido ocasional emergía de su garganta, pero parecía más el sonido de un animalillo salvaje que el de un ser humano. Y en su estado, Calícrates no había podido afrontar de una manera decidida aquel problema. Además, no tenía ni idea de cómo hacerlo.
Y después, estaba Claudia.
Aquella mujer era un verdadero quebradero de cabeza para el arquitecto. Cuando la conoció, se dio cuenta de lo difícil que le resultaba entender a las mujeres.
Druso y ella se habían casado la semana pasada. Eran, pues, marido y mujer tanto a los ojos de los dioses como de los hombres. Quedaba claro que el ingeniero estaba loco por ella. Y Claudia parecía corresponderle.
Ya que todo apuntaba a esta realidad, ¿quién era Calícrates para oponerse a la felicidad de la pareja? Druso era un buen profesional y un buen tipo. Un hombre honrado, trabajador y muy noble. Además, se había convertido en un buen amigo para el heleno.
Pero más allá de esa cuestión, Claudia seguía comportándose de un modo extraño con él.
No la entendía.
A pesar de poner todos sus sentidos en intentar comprenderla, había algo que estaba más allá de su propio conocimiento e inteligencia, algo imposible de discernir.
Antes de la boda con Druso, hubo momentos en que Calícrates llegó a pensar que Claudia sentía algo especial por él. Sus gestos y miradas lo confundían y, en alguna ocasión, él las interpretó de manera errónea.
Sin embargo, otros gestos y otras palabras le hacían concluir que allí no había nada de nada. Era una mujer extraña que solo lo trataba con cierto aprecio, nada más.
Por otro lado, el heleno estaba convencido de que Druso y ella estaban hechos el uno para el otro. Las conversaciones que ambos mantenían sobre Séneca se hacían interminables y eran muy aburridas para él. Entendía bien la lógica del escritor latino, o eso creía, pero es que los recién casados parecían encontrar dobles o triples significados en cada frase ingeniosa de cualquier escrito de Séneca. Calícrates supuso que, en el fondo, era una excusa para estar juntos, una forma de buscar complicidades y puntos en común.
En cualquier caso, él no se entrometería. Se los veía felices, y él solo ayudaría a mantener esa felicidad. Aunque ello supusiera tener que mantener las distancias con Claudia y tratarla lo menos posible.
Druso se merecía ser feliz. «Es un buen tipo y se merece la felicidad», pensó.