Colosseum

Jordi Nogués · Capítulo 36 de 49

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Colosseum

Libro Tercero

 

Capítulo XXXIV

 

JULIA BERENICE

 

Pesquisas

Roma, verano del año 78 d. C.

 

Había sido un trabajo lento pero bien hilvanado. Sin prisas, pero sin pausa alguna. Más que el tiempo o la premura, el objetivo había sido dar un golpe definitivo. Un golpe que fuera imposible de detener.

Ahora las obras de aquel edificio demoníaco habían sido interrumpidas, y sobre el futuro del anfiteatro nadie sabía nada. Era posible que en un mes se reemprendieran las obras, tal vez lo hicieran en medio año, o quizá nunca. Pero cada día que pasaba era un gran éxito para Julia. Y un gran éxito para toda la comunidad judía, según creía ella.

No había nada peor para la construcción de un edificio que el hecho de que se detuvieran las obras. Eso lo sabía todo el mundo. Los operarios y artesanos libres tenían que comer, y buscarían nuevos empleos si la situación duraba demasiado. Y algo parecido sucedería con la mano de obra esclava. No podía mantenerse indefinidamente en los barracones, sin hacer nada. También los materiales acumulados se irían deteriorando.

Era probable que con el tiempo se reanudara la actividad. Muy probable. Pero el simple hecho de contrariar a Vespasiano ya era toda una victoria.

Julia se sentía muy satisfecha.

O al menos, bastante satisfecha. Vespasiano aún continuaba con vida. Aquel hombre parecía haber hecho un pacto con sus dioses paganos. Todos y cada uno de los intentos de asesinato habían fracasado. En ocasiones por acierto de los guardias del Princeps de Roma, otras por la ineptitud del asesino, y algunas por verdadera mala suerte. El caso es que aquel hombre seguía con vida.

Pero eso era solo cuestión de tiempo. Si Julia tenía una virtud, era la de la constancia. Mientras le quedara una gota de sangre en las venas, mientras sus pulmones fueran capaces de aspirar aire, ella no se rendiría. Sabía que tarde o temprano se saldría con la suya.

De la misma manera, el propio Vespasiano estaba convencido de que un día u otro uno de esos intentos de asesinato tendría éxito. Así se lo había comunicado a Tito, que por supuesto se lo comentó a la propia Julia. El Princeps estaba realmente muy preocupado por el tema, y apenas podía conciliar el sueño.

El dueño de los destinos de Roma había montado un denso entramado defensivo a su alrededor, buscando alargar la vida al máximo. Noche y día, allí donde dormía, descansaba o paseaba, en Roma o fuera de ella, las medidas de seguridad eran muy estrictas.

Julia estaba muy tranquila. Era imposible que Vespasiano conociera su responsabilidad en esos actos. Estrictamente hablando, la mente ejecutora de esos intentos de asesinato era un grupo de senadores contrarios a su gestión.

Apenas había resquicio alguno que lo ligara a ellos. Aunque era Julia quien había organizado al grupo y la que dictaba las acciones, a través de la voz de uno de los senadores.

La concubina de Vespasiano, Cenis —una liberta que calentaba la cama del Princeps desde después de la viudedad de este, casi diez años atrás—, fue la que sufrió en sus propias carnes una de esas tentativas. La liberta ingirió el vino envenenado destinado a Vespasiano. A pesar de que este suceso llenó de tristeza y rabia a su amante —y alegró el corazón de Julia—, era un fracaso en toda regla. Solo la muerte de Vespasiano podría acabar con aquel ostracismo.

La consideración sobre el ostracismo de Julia arrancaba con el hecho de no poder ser la esposa de Tito de manera oficial y, con ello, de quedar relegada a una especie de mera concubina, como lo había sido Cenis para Vespasiano. Naturalmente, Julia no estaba satisfecha con aquella posición: su objetivo era conseguir que Tito sucediese a su padre tan pronto como fuera posible, y ser convertida en la primera dama de Roma. Situarse como la esposa del Princeps le otorgaría un poder solo comparable al del mismísimo Princeps, pues estando Tito en el redil que significaban sus muslos ella controlaría el rumbo de la mayoría de las grandes decisiones políticas y, con ello, la dirección del mundo entero.

Pero antes tenía que acabar con Vespasiano como fuera.

La interrupción de las obras del anfiteatro era más una cuestión de índole patriótica. O, mejor dicho, para continuar siendo a ojos de los suyos la Princesa de Judea. Si Julia se desentendía demasiado de los asuntos de su tierra, la gente que la vio nacer se olvidaría de ella de forma rápida y buscarían a alguien que sí se preocupase por Judea.

Además, se lo debía a su hermano. Marco Julio Agripa era, a todos los efectos, el verdadero rey de Judea. Pero había ciertos sectores judíos que ponían en duda esa cuestión, y esgrimían con fuerza esa oposición alegando que Marco Julio era más romano que judío. De hecho, aquello tenía algo de cierto: el hermano de Julia se había criado en Roma. Esos mismos opositores también afirmaban que el descendiente de Herodes el Grande e hijo de Herodes Agripa apenas sentía la cultura de sus antepasados, y menos aún sus creencias religiosas.

Las palabras de Marco Julio no fueron suficientes. A pesar de que argumentó con solidez que la sangre de los antiguos reyes judíos corría por sus venas, le recriminaron que, en toda su vida, apenas había hecho nada por su pueblo. Lo insultaron diciéndole que se había vendido a los romanos por un palacio en Roma y una vida de lujo y comodidad.

En realidad, Marco Julio siempre había sido una persona frágil. Una persona frágil necesitada de la ayuda de los seres más próximos y queridos. Desde su más tierna infancia, apenas había tenido que hacer otra cosa más que comer y respirar. En el momento en que se convirtió en un hombre, Julia comenzó a amarle como tal, tanto en alma como en cuerpo. Necesitaba seguridad en sí mismo, y ella se la procuraba.

El tema del anfiteatro era una buena prueba, ante el pueblo judío, de las intenciones de su verdadero rey de recuperar la libertad de Israel. Marco Julio necesitaba que ese demoníaco edificio llevara la impronta de Judea, la misma patria que había pagado todos y cada uno de los bloques de piedra sobre los que se sustentaba.

Encontrar a los tres culpables para conseguir detener las obras no fue tarea fácil, ni mucho menos. Aunque algunos indicios fueron muy claros desde el principio, no eran suficientes para acusar a nadie. Roma permitía la corrupción y el robo del erario hasta cierto punto, y hallar las pruebas claras de haber superado ese punto fue su principal caballo de batalla.

La casualidad la llevó a descubrir el tema de los acueductos y una grave falta en su mantenimiento. Ahí la dejadez de Marco Licinio y la sospecha sobre Lucio Sura fue más que manifiesta. Pero el senador había hecho las cosas muy bien. Marco Licinio, en cambio, apenas era otra cosa más que una marioneta; un hombre débil que, ante la más mínima amenaza, temblaba como una hoja otoñal bajo un vendaval. El tipo se negó a hablar —al parecer, las amenazas que le hizo Julia no fueron suficientes para obligarlo a hablar—, de modo que fue necesario asesinarlo. Junto al cadáver se dejaron unas cuantas pruebas que incriminarían a Lucio Sura.

El senador había sido muy limpio y cauteloso. Solo cuando Julia pudo descubrir su implicación fue capaz de ligarlo todo, y aun así, las pruebas de ciertas acciones eran confusas. Pero eso no tenía importancia. Aunque el senador Lucio contara con una buena defensa, la incriminación en la muerte de Marco Licinio que Julia había preparado adecuadamente era tan clara que era imposible que se librara de la pena máxima.

Además, el grupo de senadores contrarios a la gestión de Vespasiano se mostraron encantados ante la perspectiva de poder librarse de un fuerte rival en la Curia senatorial. Una argucia legal comentada por uno de estos hombres podría resultar clave para lograr la acusación de los tres imputados.

El segundo de ellos era una mujer, Claudia Pulchra. Sin ser acusada de asesinato, la estafa a Roma era un delito lo suficientemente grave como para que la sentencia fuera dura. Esta mujer se había lucrado de manera muy evidente haciendo un uso fraudulento de su cantera en Tibur, además de estar implicada en otros negocios dudosos, como la venta de esclavos. En todos estos casos, se había aprovechado de su calidad de propietaria de la cantera para, en perjuicio de Roma, conseguir unos espléndidos beneficios económicos.

Había otro detalle que debía ser tenido en cuenta. Aparentemente solo era un detalle, pero con unas consecuencias magníficas para los planes de Julia. Claudia Pulchra estaba casada con el ingeniero jefe del anfiteatro y, según pensaba la princesa judía y algún que otro senador del grupo de conspiradores, no cabía duda de que el tipo también estaría implicado en algún que otro delito. Ambos habían tenido un hijo, eran vulnerables, y por tanto susceptibles de ser coaccionados para conseguir ventajas durante el juicio.

Además de tener dos pruebas muy claras del delito de esta mujer, Julia consiguió falsear una más. Esta era tan clara que un jurado imparcial no dudaría en condenarla de por vida. La princesa judía tenía a una parte de los senadores de su lado, y conseguir que una pequeña parte del resto —para sumar una mayoría— fallara a su favor durante el juicio solo era cuestión de más oro.

El tercero en discordia era el arquitecto que había diseñado el edificio y dirigía las obras del anfiteatro. Un griego que llegó a Roma como un esclavo y que, gracias a ciertos informes confusos, logró recuperar la libertad. Un hombre que se había hundido tras perder a su mujer en la epidemia que asoló a Roma y que lo había convertido en una verdadera ruina humana, como aseguraban algunos de sus colaboradores más cercanos. Tenía dos hijas, y servirían de estímulo para coaccionarlo en caso de que fuera necesaria una declaración conveniente. De hecho, este hombre parecía íntegro, y era su actual presunta incapacidad la que sería evaluada durante el juicio.

Habían asegurado a Julia que encontrar un sustituto de su talla no sería fácil. Aunque el anfiteatro estuviera en los compases finales de su ejecución, un desplome debido a un accidente podía poner en duda la integridad de todo el edificio. Algunos senadores afirmaban que pagar a diversos arquitectos latinos, para que certificasen que el anfiteatro era un peligro desde el punto de vista estructural para todos los espectadores, sería muy sencillo. La contratación de un peregrinus para la labor de diseñar y dirigir un proyecto de esa envergadura había provocado una encendida opinión negativa en contra del Princeps.

Fuera como fuese, y más allá de ser o no culpable, sus hijas lo convertían en un hombre manipulable. Y su testimonio podría ser muy útil en caso de necesitar una declaración que resultara decisiva…, aunque esta no fuera del todo cierta.

No era un tema personal, por supuesto. Julia solo conocía a Lucio Sura, y muy poco, pero eliminar a esos sujetos del tablero de juego era crucial para llevar a cabo sus planes. Siendo los máximos especialistas y los dirigentes de las obras, encontrar unos sustitutos acordes a su calidad no sería nada fácil para Vespasiano. Y si uno de los próximos intentos de asesinato diera resultado, ella ya se encargaría de que Tito no tuviera ninguna prisa en reemprender las obras.