Colosseum

Jordi Nogués · Capítulo 33 de 49

Páginas del PDF

Colosseum

Capítulo XXXI

 

 

CLAUDIA PULCHRA

 

Felicidad

Roma, verano del año 77 d. C.

 

Jamás creyó que la palabra «felicidad» pudiese acarrear esa sensación.

Durante mucho tiempo, en el pasado, Claudia había pensado mucho en qué era exactamente la felicidad. Un estado que todo el mundo perseguía, del que todo el mundo hablaba, pero que casi nadie parecía ser capaz de describir por experiencia propia.

Y buscando el valor de una voz autorizada —la de un hombre sabio—, las palabras de Séneca la habían marcado de manera profunda. Según el filósofo latino, todas las gentes del mundo desean ser felices, pero el principal escollo para alcanzar la felicidad es la propia ceguera de las personas al no saber qué las hace felices en realidad. También afirmaba que, cuanto más se buscaba esa felicidad, más lejos estaba el ser humano de encontrarla.

Ahora, con la felicidad hallada, Claudia entendía mejor que nunca las palabras de Séneca. Y eso significaba que solo cuando se encontraba era cuando se comprendía y valoraba en su justa medida.

Claudia había buscado de manera desesperada ser feliz. Sin embargo, la riqueza, el lujo, el sexo y el poder o la verdadera libertad solo fueron obstáculos para conseguir esa felicidad. Y cuanto más la buscó entre esos caminos, más desgraciada y desesperada se sentía.

Incluso el desprecio de Calícrates estuvo a punto de convertirla en una verdadera miseria humana.

Como advertía Séneca, Claudia había buscado en la senda más transitada, la menos aconsejable, y siguió al rebaño sin hallar la dicha en ninguno de esos caminos. Según el filósofo latino, la felicidad era como una fuente que nacía en el interior de cada ser humano y, de igual modo, tenía un caudal, un sentido y un sabor único. Solo buscando lo mejor de cada uno, y no lo que satisfaga a la mayoría, uno podrá encontrar la felicidad.

Había una pregunta que Séneca siempre lanzaba al aire.

¿Por qué el hombre no busca lo bueno simplemente porque es bueno, y no solo para aparentar bondad?

Una pregunta inquietante, y llena de verdad. Pero ¿cómo saber qué era realmente lo bueno? ¿Qué sentido tenía llenarse de inquietud durante la búsqueda entre aquello que se consideraba bueno o aquello que era malo? De hecho, la consideración de bueno o malo, ¿en qué se basaba realmente? ¿En la condición de cada uno? ¿O en los dictámenes de la mayoría?

Si uno despreciaba los dictámenes de la mayoría, como aconsejaba Séneca, ¿esto no lo convertía en un ser señalado como extraño ante el prójimo?

Un gran número de preguntas que Claudia solo pudo responderse cuando vio a su hijo por primera vez.

La maternidad la liberó de todas aquellas dudas y le dio a conocer el verdadero aspecto de la felicidad.

La primera vez que pudo coger a su bebé, la dicha la embriagó como el más dulce de los vinos y sus ojos se llenaron de lágrimas. Aquel ser pequeño, indefenso, una parte de ella misma, la llenó por completo. Como si estuviera poseída por alguna especie de semidiós, su corazón se llenó de amor y comprendió los principios de los que hablaba Séneca.

El niño fue llamado Druso, como su padre, y ahora ya tenía casi un año.

El matrimonio con el ingeniero había sido un acto espontáneo, casi un accidente. Ella era consciente de que, en un primer momento, había aceptado a Druso por despecho hacia Calícrates, sin pensar demasiado en las consecuencias. Claudia estaba segura de que, de haberlo pensado dos veces, no se habría casado con él. Habría encontrado mil razones para no entregarse a aquel hombre. Y, al contrario, las favorables apenas habrían tenido peso.

¿Por qué?

Porque sabía que no estaba enamorada de aquel hombre.

Lo apreciaba y sabía que era un hombre de buen corazón. También tenían cierta afinidad. Compartía gustos y aficiones con él, y las conversaciones que mantenían, sobre todo al principio, eran muy profundas. Con el tiempo, llegó a quererlo como a un buen amigo.

Durante los primeros meses, después de la boda, ella se sentía incómoda. Era consciente del amor que Druso sentía por ella, pero también de que ella no sentía lo mismo. Era un hombre sencillo, encantador y muy atento. Respetaba a Claudia y no le imponía nada. Al contrario de lo que hacían la mayoría de los romanos, muy seguros de sí mismos y siempre vanagloriándose de que Roma era el máximo exponente de la civilización, pero tratando a las mujeres como aún lo hacían los bárbaros, más allá de Germania, Druso la trataba como a una igual.

Ella pudo continuar con sus negocios, sin que él se entrometiera o la obligara a otra cosa. Claudia se sentía muy amada, pero era consciente de que ella no le correspondía del mismo modo. Druso también lo sabía, y aun así jamás, ni una sola vez, se lo recriminó.

Finalmente, con el nacimiento del pequeño Druso, Claudia alcanzó la verdadera felicidad y pudo compartirla con su marido.

Dejó los negocios.

Lo vendió todo y se dedicó a ser feliz. Solo conservó la villa de Pompeya y la cantera. Ambas posesiones eran administradas por un pariente de Druso, un hombre que parecía de confianza.

La pareja se instaló en la misma Roma. Compraron una casa de tamaño medio, y la reformaron y decoraron sin tener que pensar en el dinero.

Aparentemente, vivían como una típica familia de clase media, pero su casa tenía todas las comodidades de la clase alta. Una veintena de esclavos les hacían la vida más cómoda.

En cuanto nació el pequeño Druso, Claudia se instaló en la zona alta de la casa. Esa era la costumbre. Además, su marido trabajaba duramente en la construcción del anfiteatro, y era necesario que descansara bien, y con un niño pequeño las noches no eran precisamente un remanso de paz.

Desde el día de la boda, Claudia no había vuelto a ver a Calícrates. El griego se había vuelto huraño y taciturno, según le comentaba Druso en las pocas ocasiones que hablaba de él. Ella sabía que habían tenido una fuerte discusión que los había alejado. Claudia solo conocía la versión que le había contado Druso, pero su marido era un hombre sencillo y sin pretensiones, y no tenía razón alguna para desconfiar de él.

Aunque intentaba convencerse de que Calícrates era agua pasada, de vez en cuando su recuerdo acudía a su mente, como si los dioses quisieran impedir que lo olvidara. En esas ocasiones, Claudia se sentía muy incómoda, incluso se molestaba con ella misma. Por fortuna, solo le sucedía de vez en cuando. De vez en cuando…

Claudia sabía que su vida actual era perfecta, y no quería ponerla en peligro.

Perfecta… Eso era, al menos, lo que se decía a sí misma una y otra vez.