Colosseum
Capítulo XXXIII
CALÍCRATES
El atico
Roma, verano del año 78 d. C.
El izado de los fustes enteros de las columnas que sustentarían el techo del ático era todo un espectáculo. El último nivel del anfiteatro tenía una estructura totalmente distinta al resto de niveles. Hasta la fachada exterior era diferente. Sin un solo arco, un muro sólido de bloques de travertino —con pequeñas ventanas cuadradas situadas a intervalos regulares— envolvía toda la parte superior del anfiteatro como si fuera un gigantesco anillo. Igualmente de distinta era la parte interna, la que miraba a la arena. En lugar de continuar con una última porción de la cávea, se diseñó una estructura sin un solo arco; un suelo plano, con una cubierta plana —y ligeramente inclinada— sustentada por columnas de mármol mirando hacia la arena. El espacio interior, tal como había aconsejado Lucio Sura, se dejaría vacío para aumentar la capacidad total del anfiteatro.
El izado de los fustes era un trabajo delicado y espectacular. Superando la visión de la empalizada por la altura, un gran número de espectadores observaban detenidamente el izado de cada columna. Cada uno de aquellos tipos, creyéndose la máxima eminencia en cualquier materia del conocimiento universal, aconsejaba a los demás la mejor manera de hacerlo y criticaba cualquier oscilación que pudiera acabar con el fuste por los suelos o con un andamio destrozado. El abundante tiempo, las escasas ocupaciones y el reparto de trigo y pan de forma gratuita a la masa plebeya romana ejercían de magisters para aquellos verdaderos sabios.
Calícrates, encaramado al último nivel, lo veía todo de un modo distinto, naturalmente.
Elevar a más de cuarenta metros de altura aquellos fustes con un peso de nueve toneladas, además de los sillares para el entablamento y las basas y capiteles, no era ninguna broma, ni ofrecía motivo alguno para tomárselo a risa. Desde el punto de vista estratégico, era el momento más delicado de toda la construcción. Casi todos los principales elementos estaban ya colocados, y algunos de ellos incluso completamente acabados. El ejército de operarios y esclavos que envió Vespasiano a última hora habían acelerado esos acabados de un modo casi milagroso.
La colocación de toda la columna debía hacerse en un orden concreto y un ritmo constante. Sin apenas espacio para la acumulación de materiales —pues las grúas y los hombres necesitaban ese espacio en su totalidad—, el orden era imprescindible.
En primer lugar, se izaba la basa. Esta se colocaba en su posición y se anclaba con metal. A continuación, se elevaba el fuste, toda una estructura cilíndrica con el peso ya sabido de nueve toneladas. Se colocaba con la inserción de grapas de hierro y el subsiguiente vertido de plomo en caliente. Después, encima del fuste, se anclaba el capitel del mismo modo, con metal. Finalmente, cada dos columnas, se colocaba, en sentido anillar, el entablamento.
Y todo eso a más de ciento cuarenta pies sobre el nivel del suelo.
Las grúas instaladas eran las más potentes; las capaces de aguantar mejor el máximo peso. Los estayes que sostenían las distintas grúas se alejaban en dos únicas direcciones; o hacia la arena, o hacia el exterior del edificio.
También la coordinación entre los distintos equipos de trabajo había de ser perfecta. El plomo tenía que ser fundido allí mismo y vertido en pocos segundos, justo en el instante en que fuera necesario.
El momento más delicado era cuando el fuste llegaba hasta la cima. Las grúas no podían girarse, únicamente izaban los materiales en sentido ascendente, desde su misma vertical. Una vez arriba, el mayor número de hombres posible debía trasladar aquel cilindro tan pesado hasta la vertical de otra grúa que la colocaría en su lugar definitivo, encima de la basa.
Cada columna demandaba el cambio de grúas correspondiente y la misma eficacia.
Ocho equipos distintos trabajaban al mismo tiempo. Cada uno de ellos trabajaba de manera independiente cubriendo su propio espacio asignado y sin molestar o entorpecer a los demás. Ahora que el trabajo en la cávea había finalizado, se disolvieron las cuatro brigadas de trabajo y se convirtieron en ocho equipos con idéntico número de operarios.
De igual modo, ocho equipos más trabajaban allí donde ya habían acabado los primeros. Tras la erección de toda la columna, era el momento de levantar el muro que daba al exterior del anfiteatro. El izado de los bloques de travertino —rectangulares y en distintas medidas— acaparaba la mayoría del espacio y trabajo de los operarios. También allí era necesario calentar el plomo para verterlo y unir los distintos bloques.
Calícrates y Druso trabajaban muy duro. Ambos se multiplicaban entre los dieciséis grupos de trabajo buscando soluciones a los problemas puntuales que pudieran surgir. Soluciones o ayuda en forma de brazos o dirección de un izado, por ejemplo.
Entre los dos, la situación no había mejorado en absoluto. Parecía increíble que un tiempo atrás ambos hubieran conseguido llevarse bien. Ahora la relación adolecía de la gran diferencia cultural que separaba sus mundos originarios. El heleno siempre abogaba por la elección más elegante y formal, con la base de la seguridad ante todo. El romano buscaba la eficiencia y la sobriedad por encima de cualquier otro aspecto; solo coincidían en la seguridad.
Además, estaba el aspecto personal.
Calícrates estaba convencido de que el matrimonio con Claudia había trastornado a Druso. Aquella extraña mujer, de algún modo, le había vuelto extraño a él también. Sin culpar a Claudia de forma directa, sí que estaba convencido del efecto negativo que había tenido el matrimonio en Druso.
No en su eficiencia, por supuesto. El ingeniero era tan buen profesional como antes. Tal vez ahora se impusiera con mayor energía que antes. La crisis del heleno había demandado una mayor energía y responsabilidad en Druso, a la que ahora parecía no estar dispuesto a renunciar. Algo lógico, pensó Calícrates.
Pero, aun así, aquel hombre sufría de un claro engreimiento, pensaba el heleno. El típico carácter romano: sabios en nada y erráticos en todo.
El arquitecto temía acabar siendo igual que los romanos. O que sus hijas, por el hecho de pasar tanto tiempo entre latinos, también tuvieran esos defectos. Calícrates tenía claro que su futuro estaba en regresar a la Hélade en cuanto las obras hubieran acabado. No se quedaría en Roma ni una hora más de la necesaria.
A pesar de todo, sus hijas habían empezado a superar la ausencia de su madre. Medea aún seguía igual de tremenda, pero se la veía feliz; una niña normal, en definitiva. Ione, en cambio, continuaba igual: apenas decía nada más allá de un simple monosílabo; en eso había mejorado un poco. La pequeña mostraba unas habilidades extraordinarias para el dibujo y las matemáticas, pero si continuaba sin hablar eso le serviría de bien poco.
No las veía demasiado. Todas las horas del día las pasaba en la obra. Y al anochecer, al llegar a casa de los Sura, apenas podía estar unos minutos con ellas.
Pero habían mejorado, después de todo.
Y Calícrates también mostraba claros síntomas de recuperación. Aun sin ser el hombre que fue al comenzar las obras del anfiteatro, sí que se sentía mejor. O, al menos, había momentos en los que le parecía sentirse mejor. Durante esos momentos, las ideas y las soluciones desfilaban por su cabeza con luminosidad y eficacia, y el heleno notaba cómo su cerebro volvía a funcionar. Pero también había ocasiones en que se sentía abatido por el malhumor, y en esos momentos su cerebro parecía negarse a solucionar los problemas a los que se enfrentaba.
Sin embargo, consiguió encontrar una forma de superar ese estado. Abandonaba el anfiteatro y se dirigía hasta el monte Palatino. Desde allí, en el mismo lugar en el que se sentó al principio de las obras con Druso, contemplaba el maravilloso edificio que había construido.
Si diseñar algo era maravilloso, verlo ejecutado de manera hermosa y brillante era aún más extraordinario. La contemplación henchía su satisfacción y alejaba aquellas nubes tan oscuras que oscurecían su semblante.
Sentado allí, en la falda de la colina, pensó que tenía que reconocer el mérito de la cultura romana al menos en un aspecto. Calícrates tenía muy claro que toda la experiencia constructiva y artística de la Hélade hubiera sido insuficiente para construir un edificio como aquel. Y el pragmatismo romano había sido la clave de todo.
El pragmatismo y los sestercios. Sin ese exagerado capital, el pragmatismo solo no hubiera sido suficiente para levantar un edificio hasta los casi cincuenta metros de altura. La grandiosidad de Roma se manifestaba de manera más evidente cuando el proyecto era de gran envergadura. Una vía, un acueducto o un edificio de dimensiones mayúsculas contaban con los mejores profesionales, una cantidad inacabable de esclavos, un torrente continuo de materiales y toda la maquinaria suficiente.
No era de extrañar que hubieran conquistado el mundo. Demostraban una eficiencia más que notable, sobre todo en aspectos relacionados con la organización y el trabajo en equipo. Ahora, desde lo alto de la colina, todos esos aspectos se ponían plenamente de manifiesto.
Calícrates volvió al trabajo un poco más animado, y subió al último nivel para supervisar a los distintos equipos.
Un fuste estaba siendo izado, desde el nivel del suelo, hasta la posición donde se encontraba el arquitecto. El capataz ordenaba, con un sonido rítmico de su voz, la cadencia con que los esclavos debían girar las ruedas que elevaban la pieza en cuestión. Era una grúa enorme que necesitaba de ochos esclavos para generar la fuerza motriz y de otros dos como elementos de apoyo; estos dos se encargaban de trabar las ruedas con sendas barras de hierro cuando era necesario llevar a cabo la habitual parada a media subida. El esfuerzo era tan grande que los esclavos necesitaban un descanso durante el trayecto de izado; situar a su lado a otros tantos operarios para sustituirlos hubiera sido la mejor solución, pero el espacio era insuficiente para albergar a tanta gente.
El fuste llegó hasta más allá del tercer nivel y fue depositado con gran delicadeza en el suelo. Con las barras de hierro trabando las ruedas, los ocho esclavos y el capataz se encargaban de montar la grúa que situaría al susodicho fuste en su lugar definitivo. Dos artesanos de la piedra estaban junto a la basa, esperando el momento preciso para intervenir.
Calícrates observó que los dos esclavos que estaban al tanto del fuste — aún amarrado a la grúa y, en parte, sostenido por ella— eran dos muchachos muy jóvenes; apenas tendrían quince años cada uno.
Demasiada juventud para tanta responsabilidad.
Él mismo se situó junto a ellos y tocó el fuste. La base estaba bien apoyada en el suelo, y no habría problemas si nadie le daba un golpe o lo movía. El fino tacto del mármol era parejo a su belleza. Calícrates contempló la pieza de arriba abajo, y se maravilló del excelente trabajo del artesano que lo había pulido.
Un esclavo llegó hasta él casi sin respiración. Sin duda había subido corriendo.
—Se le solicita abajo —dijo el recién llegado.
—¿Quién?
—Druso también está. Son soldados pretorianos.
Calícrates levantó las cejas, sorprendido.
Dejó el fuste, los esclavos y el cuarto nivel, y descendió. Escaleras por acabar al principio, otras casi terminadas después, y las totalmente finalizadas al final. En muy poco tiempo estuvo abajo, a nivel de suelo. El esclavo iba delante de él. Le señaló el lugar en el que le esperaban.
En efecto, tal como le había dicho, tres soldados de la Guardia Pretoriana y otro tipo aguardaban su llegada. También estaba Druso.
—¿Calícrates? —preguntó el civil que acompañaba a los pretorianos.
El heleno afirmó con la cabeza, invitándolo a continuar.
—En nombre de Vespasiano, Princeps de Roma, estás acusado de corrupción y robo —le mostró un documento firmado por el propio Vespasiano—. Desde ahora mismo, dejarás todas tus atribuciones y quedarás confinado en la residencia de los Sura. Estos tres soldados de la Guardia Pretoriana se encargarán de tu custodia hasta que seas llamado a juicio.
El arquitecto se quedó helado y fue incapaz de reaccionar. Aunque su corazón quedó paralizado como el mármol al oír las siguientes palabras dirigidas a Druso.
—Druso Calpurnio, ingeniero. Tu esposa Claudia Pulchra está acusada de corrupción y robo al Estado —igualmente le enseñó otro documento con la rúbrica del Princeps—. Igualmente se te confina en tu casa, junto a tu esposa, en espera de que ambos seáis llamados a juicio.