Commando. Autobiografia de Johnny R
Capítulo 6
Los Ramones en el Capitolio de Washington [foto de Danny Fields; ©JRA LLC].
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Siempre paraba a comprarme leche y galletas para llevármelas al hotel y ver el programa deportivo de la cadena ESPN, era mi rito después de los conciertos, y como lo hacíamos en todas la ciudades de Estados Unidos, nuestros seguidores sabían adónde iríamos.
La vida del rockero es una locura, dispones de demasiada libertad, no tienes jefe y puedes hacer lo que te de la gana. Puedes tocar colocado, pero no podrías ir colocado a un trabajo de verdad; padeces una enorme presión para que produzcas; ves cómo subes y bajas, que es una agonía, y encima es tal la euforia con la que sales de un concierto, que muchos necesitan algo para bajársela. De manera que la peña que no sabe manejar todo eso le da a la droga. Yo no, yo me iba a mi habitación con mi leche y mis galletas.
Mi éxito se lo debo al trabajo duro, la inteligencia y a haber sabido aprovechar la suerte. Y hay también un cierto talento que he ido desarrollando. Pero lo más importante han sido los fans, ellos fueron el principal motivo por el que tocamos y nos mantuvimos unidos todos esos años, y a ellos les debo todo lo que tengo. Venían a los conciertos, de manera que todo el dinero que hice fue gracias a su apoyo. Daba una enorme satisfacción saber que sólo hablándoles un rato los hacías felices para todo el día. Estaban siempre ahí, nunca nos abandonaban, así que por duro que hubiera sido el día, lo mínimo que podías hacer era dedicarles un rato. Y eso también significaba tratar siempre de cantarlo todo, y yo no me cansaba. Sonará tonto, pero no me cansaba de nuestros fans, me gustaban, especialmente tras todo un día sentado en la furgona.
Yo también coleccioné autógrafos durante mucho tiempo, principalmente de jugadores de béisbol, así que, como fan, sabía lo
desagradable que podía ser no recibir buen trato de quien admiras. Había hecho cola esperando la firma de Mickey Mantle, Stan Musial, Willie Mays o Warren Spahn. Y Spahn era buena persona, habló conmigo de béisbol sin tener ni idea de quién era yo, que tenía más mérito.
Yo pedí autógrafos incluso a mis treinta y cuarenta años, y recuerdo pidiéndoselo a Brett Butler cuando estaba en los Dodgers y lo amable que fue, y sé que ignoraba quién era yo. También se lo pedí a Tom Seaver hacia el final de su carrera, de pie, asomado sobre la verja y cuando no había nadie más, pero me contestó: «Ahora no». Si no era entonces, ¿cuándo? Así era como yo no quería ser y espero no haber sido.
A los fans que tenían bandas, siempre les decía que siguieran estudiando y trabajando y que la banda no fuera lo único en sus vidas. Y
hasta contraté a algunos, como CJ, nuestro bajista, que fue nuestro fan antes de ser un Ramone.
Johnny midiendo su lanzamiento en el Salón de la Fama del Béisbol de Cooperstown hacia 1990
[©JRA LLC].
Sabía que Rick Weinman, que fue nuestro técnico de guitarra, había sido nuestro fan antes de que lo contratáramos y había ido a todos nuestros conciertos en Luisiana en los setenta. Como vendió productos nuestros, Arturo lo despidió, así que lo puse a trabajar para mí.
Como siempre me llevaba a las giras el anuario del béisbol americano, donde figuraban todos los partidos, tanto de las grandes ligas como de las menores, iba viendo a lo largo del trayecto qué partidos podía pillar. Así que iba si coincidía con que no teníamos actuación y me llevaba a gente del equipo: «Hay partido, ¿alguien quiere venir?».
A veces me reconocían en el estadio, pero dependía de en dónde estuviéramos, y no me importaba. Fui a un partido de los Boston Red Sox en 1990, alguien me pidió un autógrafo, y al momento había una cola de gente junto a mi asiento. Así que estuve firmando un rato y luego me fui porque tenía concierto esa noche y sólo media hora para ver el partido.
Algo que nunca me pasaba en el estadio de los Yankees, donde parecía que todos me conocían pero sólo me saludaban. Aunque lo peor habría sido ir a un sitio como Fenway y que nadie me hubiera pedido un autógrafo.
Siempre tenía en mente tratar a la gente como quería que me trataran, y les decía a todos los que iban volviéndose famosos lo importante que era eso. Espero que alguien me escuchara.
Tenía dos caras ser alguien conocido: sin duda tenía ventajas, pero yo sabía que el trato especial era para Johnny Ramone y no para mí. Tenía su gracia y yo me tomaba mi condición célebre a broma, pues mi función era divertir. Y otra cosa que traía la fama era gente que me decía que Johnny Ramone había estado en su fiesta la noche anterior, así que les informaba de quién era y de que no sabían de qué hablaban. En cualquier caso, no le daba mucha importancia, y era algo que me pasaba más en Los Ángeles que en Nueva York, personas que trataban de usarte para presumir.
A principios de los noventa estábamos en un local, en Carolina del Norte, después de nuestra actuación y un tío me llamaba gesticulando desde su mesa para que fuera. Lo ignoré y entonces se me acercó y me dijo que fuera a saludar a su novia. Le contesté: «No, tráela aquí», y entonces me
dijo que me pagaba si iba y la saludaba, a lo que yo le contesté que no había dinero suficiente para pagarme el que yo hiciera eso. Hay gente, claro, que abusa de que alguien sea accesible y amistoso.
Y había fans que lo único que querían era participar en cualquier cosa que tuviera que ver con los Ramones. En un concierto abarrotado en 1988, en Orlando, un tío le escupió a Joey y yo me enfurecí: si insultas a uno, insultas a todos, a los Ramones. Así que acabada la canción, les pregunté:
«¿¡Quién ha sido el maricón de mierda que ha escupido!? ¡Venga, que suba!». Siempre me mostré protector cuando le hacían algo a la banda. Y un tío de delante empezó a levantar la mano y a decirme: «¡Yo, Johnny, déjame subir, fui yo!», y así que lo dijo, le arreé un guitarrazo en la cabeza.
Entonces los de seguridad lo cogieron y le metieron una paliza, y yo pensaba «Joder…, pero si no es el que escupió». Lo único que quería era involucrarse, ¡fue voluntario!, y seguramente todavía tiene una buena historia que contar.
Cuando ya éramos mayores y tocábamos con bandas más jóvenes, me daba cuenta de que muchos de ellos lo que querían era conocernos, pero como fans más que como teloneros o grupo de cartel. Así como durante los ochenta estuvimos bastante solos, en los noventa ya se veían todos esos nuevos grupos punk.
CJ siempre hablaba con las otras bandas, cosa que yo no hacía, era nuestro embajador. Seguían siendo la competencia y a mí no me gustaban.
En Australia, en el salón del hotel, me presentó a Soundgarden; me estaba yendo pero CJ me paró y me dijo que a Soundgarden le gustábamos. Así que fui a hablar con él y me enteré de que habían grabado una de nuestras canciones, «I Can’t Give You Anything», para un sencillo que iba a salir.
Me la tocaron y como me gustó, pues seguimos. Si la hubieran jodido, no creo que hubiera perdido con ellos mucho más rato, pero seguimos viéndonos mientras duró la gira y nos hicimos amigos.
Para muchos, en la comunicación entre grupos, regía un escalafón, y como yo no lo aceptaba, no hablaba con los demás. Tocamos con U2 en un estadio porque nos lo pidieron. Nuestro camerino estaba separado del de ellos por un salón, y yo sabía que algunos de nuestro equipo querían
conocerlos, pero los de U2 tenían a unos gorilas de seguridad bloqueando todo el salón. No me gustaba, pensaba que no trataban bien a la gente y no entendía por qué nos habían pedido que tocáramos con ellos y luego se acordonaban así. Aunque yo no quería conocerlos, en todo caso.
Nosotros no teníamos un ejército de seguridad, pero si otras bandas querían hablarnos, debían hacerlo primero con CJ, quien por lo demás se la pasaba hablando con todos. Todos querían enterarse de cómo lo hacíamos, pero a mí no me interesaba la mayoría de las bandas con las que tocábamos porque el tiempo se nos estaba acabando.
Johnny y su amigo Eddie Vedder en el banquillo de los Dodgers [©JRA LLC].
En los noventa cada vez había más grupos que nos hablaban de cómo les habíamos influido, como Kirk Hammett de Metallica, y cuando conocí a Eddie Vedder y a Rob Zombie, me di cuenta de que ellos sí eran auténticos fans y no competidores. Me acercaba a mi cifra simbólica de dinero para mi retiro y empecé a afrontar las cosas más relajadamente: aquellos grupos
eran nuestros fans y lo aceptaba bien, y al poco empecé a amistar con algunos.
Fuimos de gira con White Zombie en el 95 y en el primer bolo ya empezó el jaleo por las casetas de las camisetas: que adónde tenían ellos que ir o a cuánto teníamos que venderlas nosotros. Algunos grupos no querían que vendiéramos nuestros productos más baratos que los suyos porque sabían que así vendíamos más que nadie, así que fui al promotor y le pregunté que con quién de White Zombie tenía que hablar. Me señaló a Rob Zombie y me dijo «Con él», y yo pensé «Bueno, ahora tengo que discutir con este friki con sus rastas, su barba y esa ropa».
«LOS EXCÉNTRICOS HAN SIDO
SIEMPRE MÁS DIVERTIDOS QUE LA
GENTE CORRIENTE […]
NADIE MÁS QUIERE SER AMIGO DE
ESOS FRIKIS.»
No acababa de identificarme con aquellas bandas nuevas y encima a veces veía cosas que no me gustaban. Tocamos con Red Hot Chili Peppers en Finlandia en 1988 y entraron al escenario corriendo desnudos mientras estábamos tocando. «Menuda pandilla de gilipollas», pensé, y se lo dije cuando fueron luego a nuestro camerino a disculparse. No acepté las disculpas pero era el único de la banda que estaba cabreado. Los conocí mejor más tarde y eran enrollados, pero aquello desde luego no fue buen rollo. De John Frusciante llegué a ser amigo pero él no estaba todavía en Chili Peppers cuando pasó aquello, creo que entró un año más tarde.
Siempre he ido con gente o que era algo excéntrica o con la que compartía intereses. Los excéntricos siempre han sido más divertidos que la gente corriente a pesar de todo y normalmente nadie quiere ser amigo de esos frikis, a mí, en cambio, eso me gusta en algunos. Decían que John
Frusciante era raro pero a mí me caía bien. En la clasificación de los cien mejores guitarristas de todos los tiempos de Rolling Stone, yo salgo en el puesto 16 y Frusciante, en el 18.
Así que estaba haciendo amigos en mi propio campo, algo que no había hecho nunca antes. Sabía de toda esa nueva erupción de respeto hacia nosotros y por lo que habíamos hecho, de los numerosos imitadores, todas aquellas bandas de pop punk. La verdad es que en general no me preocupaban porque sabía que serían incapaces de hacer lo que hacía yo.
A principios de los noventa, empezamos a crecer mucho en Latinoamérica, y no sé ni cómo ni por qué, así que estaba muy sorprendido.
Era fantástico, convocábamos mayores multitudes allí que en ninguna otra parte, y la primera vez que lo vi, llamé a Linda para decírselo: «¡Joder, es increíble, aquí somos como los Beatles! ¡Así es como tendría que ser en todos lados!». Pero enseguida empecé a sentirme prisionero y volví a llamarla unas horas más tarde para decirle que me daba un ataque, que «por suerte no es así en todas partes».
Salí de mi cuarto y cuando volví me encontré a las dos mucamas en el cuarto de baño con mi cuchilla de afeitar y tocando mis cosas, así que tuve que ponerme seguridad a la puerta. No podía salir de mi habitación, ni siquiera bajar al salón del hotel, no podía ir a ninguna parte, y no estaba acostumbrado, pues llevaba veinte años paseando por donde quería, anónimo y sin ser molestado. Así que era un fastidio, y los fans quieren tocarte, tirarte del pelo, y a mí no me gusta que me toquen.
Hacia la segunda o tercera vez que fuimos allí de gira, ya teníamos que tocar las noches de toda una semana en el mismo estadio para cinco mil personas cada noche. Había multitudes esperándonos a la salida de los hoteles a toda hora. Salí y les dije: «Quiero que os quedéis aquí mientras doy un paseo de una media o una hora, y cuando vuelva os firmo todos los autógrafos. Pero que nadie me siga, quedaos aquí». Y me obedecieron, pero al segundo o tercer día dejaron de hacerlo y saltaron todos sobre mí y empezaron a tirarme del pelo. Conseguí zafarme y volver dentro, de manera que los del hotel nos dijeron que no podíamos volver a salir porque era incontrolable y que ellos no podían hacer nada. Nos mudamos a otro hotel y
allí nos dijeron que no podíamos bajar a los salones, pero yo bajé ¡y los fans rompieron la vidriera!, todas las puertas de vidrio de la entrada, que cayeron en el salón. Tuve que huir y cuando me metí en el ascensor vi cómo venían tras de mí. Así que tuvimos que buscarnos un hotel vallado y con guardas exteriores y ya no podíamos ir a ninguna parte.
Aunque, por otra parte, Joey ya no salía de su habitación. Y CJ bajaba al salón a hablar con las chicas, y aunque no hablaba su lengua, le traía sin cuidado. A mí, en cambio, me era imposible, estaba allí un rato y enseguida me preguntaba qué estaba haciendo, porque es agotador hablar con extranjeros, es un proceso muy lento para una conversación al final insignificante.
No podía más, así que, para poder tener a un amigo, conseguí que el promotor llevara allí a Eddie Vedder diciéndole que Eddie tenía gran interés en tocar allí, aunque no tenía ninguno. Le dije: «Una buena idea sería traerlo para que vea lo maravillosa que es Sudamérica» y cuando me preguntó «¿y vendría?», le dije que por supuesto, y lo llevaron al día siguiente a cuenta del promotor. Se instaló en la habitación contigua a la mía, comunicados por una puerta, y nos pasábamos todo el día ahí sentados jugando al béisbol Strat-O-Matic. Pero yo tenía que bajar dos veces al día para firmarles a los fans; como había una valla alrededor del hotel, me pasaban los papeles por encima y yo se los firmaba.
Pero era divertido tocar allí porque no sabíamos cuáles eran los éxitos para ellos, de manera que lo íbamos sabiendo conforme los tocábamos:
«¡Mira, esta es un éxito aquí!». Aunque era un público que podía seguir casi todas las canciones: «The KKK Took My Baby Away» la cantaban todos.
Además salíamos en la radio porque los promotores eran también los dueños de las compañías discográficas y de la radio, un monopolio perfecto para nosotros. Nos pagaron muchísimo y hasta volamos en primera clase.
Era un público que también podía seguirnos canciones como «Psycho Therapy» o nuestra versión de «Have You Ever Seen the Rain?», y había tan buena respuesta ante cada canción, que siempre me preguntaba si efectivamente sería ésa allí un éxito y yo no lo sabía. Eran casi todo tíos, había algunas chicas detrás y sabían muy poco inglés. Cuando tocábamos
para cinco mil, había las localidades de los laterales del escenario, que eran más caras, y los que estaban en el suelo se burlaban de ellos diciendo que no eran auténticos fans de los Ramones, que éramos una banda para trabajadores, y lo hacían con cantos como los del fútbol, como los que se oían en Inglaterra.
Tocamos en estadios de cincuenta mil localidades, y en mayo de 1994, sólo dos años después de su aparición, Latinoamérica nos dio nuestro primer disco de oro por Mondo Bizarro. Y un mes después recibimos nuestro primer certificado de disco de oro en Estados Unidos por la compilación de grandes éxitos RamonesMania, de 1988.
Fue bonito pero al mismo tiempo yo pensaba que nos lo merecíamos en todas partes, incluido Estados Unidos. Porque podíamos tocar para cincuenta mil personas por ahí y luego volver y tocar en clubs para mil, como cuando fuimos por primera vez a Londres y tocamos en Roundhouse y en Hammersmith para dos o tres mil personas y luego volvimos y tratábamos de conseguir una actuación en el Toad de New Haven para cinco mil o volvíamos a tocar en el CBGB. Y no había nada de que avergonzarse pues era así.
Pero ya al final, nuestros discos hacía mucho que se habían ido debilitando y yo trataba de proteger nuestra imagen y el modo como nos veían nuestros fans. Y aunque algunos tenían peor aspecto que otros, yo no quería que aparecieran fotos en las que se nos viera claramente. Para nuestro último disco, ¡Adios Amigos! , cuando hicimos la sesión de fotos para la cubierta, les dije que nos pondríamos de espaldas a la cámara, ante un pelotón de fusilamiento al que le dábamos la espalda y la cara contra el muro antes de ser ejecutados. Y aunque se negaron cuando quise que el nombre de la discográfica figurara en la espalda del pelotón que nos ejecutaba, sí conseguí que no se nos viera la cara ni en la cubierta ni al dorso, sino sólo dentro. Los de las discográficas siempre estaban tratando de manejarnos, algo que ya no olvidé desde End of the Century, así que nunca les vuelvas la espalda, salvo en la cubierta cuando ya te veas muy viejo.
Ese era el tipo de cosas que me preocupaban conforme nos acercábamos al final. Ningún grupo lo dirá, pero si fueran honestos, admitirían que el rock es un asunto de hombres jóvenes y que quedarse ahí demasiado tiempo tiene sus consecuencias. Y lo último que yo quería era acabar como un deportista veterano, como Nolan Ryan jugando con las facultades mermadas; puedes ponerte ahí y seguir lanzando rápido, pero ya no eres el mismo. Pues las canciones también se volvían cansinas: hay una creatividad limitada en el alma humana.
Desde el 77, no sé por qué pero tenía el ojo puesto en California para retirarme; ni siquiera era entonces muy consciente, pero lo decía en broma en las entrevistas. ¿Cómo no iba a gustarme si el tiempo es siempre bueno, se puede conducir siempre, que a mí me encanta, la comida es impresionante, está lleno de restaurantes…?
A principios de los noventa conseguí mi propósito financiero: ya tenía un millón ahorrado y desde entonces he ido superándolo. En mayo de 1995
estaba en el salón de un hotel; no había nadie más salvo un fan nuestro que a veces nos acompañaba en las giras, estaba viendo deportes en ESPN, y me volvió la idea que llevaba tiempo rondándome: estaba seguro de que tenía que retirarme, que los Ramones ya habían cumplido, y se lo dije en un aparte a nuestro admirador.
Así que dije que lo haría, ya estaba hecho; seguí pensando en ello esa noche mientras tocábamos y luego también en el hotel. Recurrí a Linda y empezamos a hacer planes: mi idea era que hiciéramos otro álbum, que sería ¡Adios Amigos! , uno de nuestros mejores discos, que luego tocáramos allí donde nos reclamaran nuestros admiradores, y se acabó. Lo hablé con la banda y no hubo resistencia, ninguna, sabíamos que había llegado el momento, como si hubiera sonado la alarma. Así que ahí estábamos, con nuestros corazones rockeros listos para ir adonde el destino dijera: para Joey fue hacer de dj en fiestas neoyorkinas y algunos proyectos como solista, y para mí era no hacer nada salvo mis aficiones, aunque seguía interesado en meterme en el negocio del cine.
Concretamente, tras nuestro retiro, lo que quería era dirigir una nueva versión de la película Werewolves on Wheels, para la que ya tenía hasta
escogido al actor John Enos —que era entonces novio de Traci Lords—
para el papel principal. De vez en cuando comentaba el asunto como de pasada con amigos de la industria, pero finalmente no lo quiso el destino y nunca se me presentó una auténtica oportunidad.
Aunque hubiéramos seguido, nos había llegado la hora, estábamos con el agua al cuello y ya no había más recorrido. Me parecía que éramos unos dinosaurios, motivo por el que aparecen en la cubierta de ¡Adios Amigos!
Pero no había ninguna fecha para nuestro retiro, que es por lo que seguimos diciendo en 1995 y 1996 que cada gira sería la última. Fue como si pudiéramos alargar nuestra última gira cuanto quisiéramos, de manera que empezó a hacérsenos agradable. Disminuyó la presión y yo empecé a sacarle gusto a aquellos meses, y todos empezamos a llevarnos mejor, incluso Joey y yo parecíamos haber llegado a un silencioso acuerdo que nos permitía estar juntos.
Mientras estuvimos activos, ser los Ramones parecía incompatible con la felicidad salvo cuando estábamos en el escenario. Había siempre la presión de hacer un buen disco sin renuncias de ningún tipo, pero también teníamos que escuchar las ideas de las discográficas y colaborar. Además, claro, de los asuntos personales: que ninguno de la banda se volviera drogadicto para que pudiera seguir tocando, las continuas peleas, que eran agobiantes. No era fácil pasárselo bien en un trabajo en el que alguien aparecía en el ensayo borracho o colocado. A mí me complacía que fuéramos los mejores, pero era un trabajo.
Tras nuestra decisión de retirarnos, era consciente de que la gente aún esperaba cosas buenas de nuestro último tramo, y recibíamos mucho reconocimiento allí por donde íbamos. En la banda todos hacían lo correcto y se podía disfrutar de las actuaciones, había paz y era benéfica, y a nuestro público le seguíamos dando buenos conciertos.
Los organizadores del Lollapalooza nos ignoraron durante años, desde el inicio de sus festivales en 1991, lo que a mí me traía sin cuidado. A nuestro público le gustaban los clubs, reuniones más íntimas, y no los anfiteatros Lollapalooza, pero en cuanto corrió la voz de que hacíamos
nuestra última tirada por Estados Unidos, el Lollapalooza llamó. Lo hice por Joey, que estaba convencido de que teníamos que participar.
Eddie Vedder, Chris Cornell y Johnny en el backstage del Lollapalooza [©JRA LLC].
Marc Geiger, el que conseguía los grupos para Lollapalooza, me dijo un día durante la gira: «Os he metido en el Lollapalooza», a lo que yo le contesté: «Me importa una mierda, yo me retiro», y me fui. No tengo ni idea de quién manejaba todo ese tinglado y no podía importarme menos, pero ese tío encima vendiéndome la moto de que me hacía el gran favor, cuando la verdad es que no estaba ahí cuando sí podría habernos sido útil a principios de los noventa. Además de que habían sido en realidad los de Soundgarden los que habían maniobrado para que nos incluyeran en la gira.
Así funcionaba este negocio, sacándole provecho al buen rollo, y los Ramones éramos cool con independencia de quien quisiera aprovecharse de ello.
Estuvimos en casi todos los conciertos del Lollapalooza 96 y tocamos como si fuéramos cabeza de cartel, y en mi opinión eso pasaba porque el público allí no era fan de Soundgarden, sino que iba a vernos a nosotros.
Tocábamos antes de Metallica y de Soundgarden durante cuarenta y cinco minutos y me sentía como si no hubiera hecho nada. Hasta volvía a casa en avión tras cada concierto y eso que tocábamos cada dos días.
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