Commando. Autobiografia de Johnny R
Capítulo 2
Actuación de estudio para un vídeo filmado en Nueva York (1976).
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Era un trabajador parado de Forest Hills a quien le encantaba el rocanrol, y tenía a un tío que llevaba dándome la vara dos años con que hiciéramos una banda. Así que cedí.
El 23 de enero de 1974 me compré una guitarra en Manny’s, en la 48
con Broadway. Tenían todas las guitarras imaginables; la mía costó cincuenta dólares y la escogí yo mismo entre las Mosrites, que eran las que me gustaban porque no las tocaba mucha gente, aunque pillé la más barata.
Los de Ventures y Sonic Smith de MC5 tocaban Mosrite y ésas eran unas referencias magníficas. Lamentablemente me la tuve que llevar en una bolsa porque no me alcanzaba para el estuche, y por supuesto no tenía ningún interés en dar la imagen de la foto que me sacaron con ella metida en aquella bolsa.
Tommy insistía en que quería ser tanto el mánager como el productor y decía: «No os preocupéis, que yo sé cómo hacerlo». Así que acabamos accediendo pensando que ningún otro del grupo era capaz de hacerlo.
Éramos amigos de Joey y sabíamos que tocaba la batería; teníamos también otro amigo, que se llamaba Richie Stern, al que también le ponían los Stooges como a nosotros: andábamos siempre por ahí fumando canutos y cuando escuchábamos a los Stooges, Richie imitaba a Iggy.
Dee Dee y yo empezamos el grupo ensayando en el salón de mi piso de Forest Hills; ambos íbamos a ser los guitarristas y le íbamos a enseñar a Richie a tocar el bajo. Joey iba a ser el batería y Dee Dee se iba a encargar también de cantar, pero a los pocos días ya vimos que Richie iba a ser incapaz porque carecía de cualquier sentido del tiempo y del ritmo. Yo era todavía espantoso pero mejoraba de día en día, y me di cuenta de que quería
ser el único guitarrista del grupo, así que nos deshicimos de Richie y movimos a Dee Dee al bajo. Éramos un trío.
El domingo 27 de enero, justo cuatro días después de haberme comprado la guitarra, el grupo ensayó en los Estudios Performance, en el 23
este de la calle 20, entre Broadway y Park Avenue South, donde también ensayaban los New York Dolls y Blondie. Como Tommy y su amigo Monte Melnik les habían construido y gestionado el sitio a sus dueños, Tommy lo consiguió gratis, y Monte empezó más tarde a echarnos una mano como encargado del equipo. Yo no sabía ninguna canción, ni propia ni ajena, de manera que o escribía mis propias canciones o conseguía que alguien me enseñara algunas fáciles. Y aunque no tenía ninguna paciencia, me empeñaba en aprender y practicaba hasta en casa.
Pronto tuvimos las dos canciones que a Dee Dee, a Joey y a mí nos habían salido cuando ensayábamos en el salón de casa: «I Don’t Wanna Get Involved with You», que nunca grabamos, y «I Don’t Wanna Walk Around with You», que sí estaba en nuestro primer álbum. Así que tocamos aquellas dos canciones una y otra vez, canciones, por cierto, que tenían más de tres acordes, ya que bien pronto, críticos que no sabían ya cómo denigrarnos nos etiquetaron como «la banda de los tres acordes». Y hay más canciones de los Ramones, incluso de la última época, con más de tres acordes.
(de izquierda a derecha): Johnny, Joey, Tommy y Dee Dee esperando el metro en Forest Hills, Queens, camino de un ensayo en Manhattan (18 de julio del 75). Adviértase que Johnny lleva su guitarra en una bolsa [foto © Bob Gruen/ www.bobgruen.com; con licencia para JRA LLC].
Nos dimos cuenta bastante rápido de que Dee Dee no podía tocar y cantar al mismo tiempo, así que teníamos que hacer otro movimiento, pero como entretanto Joey tampoco se ejercitaba (era malo) y en los ensayos cada vez le salía peor, nuestras limitaciones empezaron a aflorar.
Un sábado, el 30 de marzo, dos meses después de haber empezado, tocamos en los Estudios Performance e invitamos a todos nuestros amigos, a quienes hasta les cobramos un dólar de entrada: creo que no volvieron a ninguna otra actuación de los Ramones
Éramos tres piezas y éramos malos: Dee Dee seguía sin poder cantar y tocar simultáneamente y yo no iba a cantar, pero así como él y yo mejorábamos con nuestros instrumentos, Joey seguía empeorando, porque sus limitaciones lo superaban. Tommy decía que teníamos que ensayar más, pero yo sabía que Joey no servía y se lo dije a Tommy: «Tenemos que quitarnos a Joey: es incapaz de tocar la batería». Pero él me contestó que no, que podría ser el cantante, que ya lo había sido en aquel pésimo grupo que se llamó Sniper, y que yo podía situarme en un extremo, Dee Dee en el otro, y dejar a Joey en el centro. Pero yo quería que el cantante fuera un tío guapo, así que Tommy me dijo: «No, será como Alice Cooper; funcionará».
No le costó mucho convencerme porque confiaba en él.
Nos dimos cuenta desde el principio de que nuestro atractivo visual era diferente, de que funcionaba gracias al factor friki, y yo siempre supe que una de las razones de que nuestra audiencia fuera fundamentalmente masculina era que las chicas querían ver a un cantante guapo. Era algo que a lo largo de nuestra carrera oí algunas veces: «¿Por qué lo escogisteis a él como vocalista?». Pues fue decisión de Tommy y acabó revelándose una buena jugada. Así que empezamos a hacerles pruebas a distintos baterías, pero todos nos decepcionaban, y un día, cuando ya habíamos probado a unos cinco o seis sin que ninguno superara la prueba, Tommy se sentó ahí, y aunque no había tocado la batería nunca, funcionó. Así que lo convencimos para que se quedara, pero en la batería, y la cosa empezó a marchar, nos pusimos a ensayar de verdad y la banda empezó realmente a formarse: ya éramos los Ramones.
Dee Dee dio con el nombre y fue el primero en usarlo: había oído que Paul McCartney a veces se registraba en los hoteles con el seudónimo de
«Paul Ramon» y empezó a llamarse a sí mismo Dee Dee Ramone. Así que decidimos que adoptaríamos todos el mismo nombre, que nos daría sentido de unidad y nos ayudaría a afianzarnos. Además facilitaría que la gente recordara nuestros nombres y nos iba a permitir promocionar el grupo automáticamente allí donde fuéramos. De manera que Douglas Colvin se convirtió en Dee Dee Ramone, Jeffrey Hyman en Joey Ramone, Thomas
Erdelyi en Tommy Ramone, y yo dejé de ser John Cummings para ser Johnny Ramone.
Empezamos a desarrollar una canción cada vez que ensayábamos: yo estaba en el paro y tenía tiempo libre, y después de que Tommy se pusiera a la batería pasamos de ensayar una o dos veces por semana a hacerlo casi todos los días. Nos comprometimos más porque veíamos que éramos buenos.
Las canciones eran rock puro, pues a mí nunca me gustó ni el blues ni el jazz: lo más lejos que llegaba era a Chuck Berry pero porque en realidad era rocanrol y no blues. Lo que a mí me gustaba era el rock que hacían los Stones, que era el más interesante, un estilo con el que podía identificarme y al que nuestra música trataba de parecerse, pues el rock tenía más influencia del country que de la música negra. Tanto los Everly Brothers como Eddie Cochran o Buddy Holly estaban todos más influidos por el country, y aunque yo escuchaba con gusto algunos discos de blues nunca me interesaron y no me gustaban aquellos solos de guitarra exageradamente largos. Así que como nuestras canciones venían del espacio puro del rock, tenían que ser simples, estábamos forzados a que lo fueran debido a nuestras limitadas aptitudes musicales.
Nuestras dos primeras actuaciones fueron el 16 y el 17 de agosto de 1974 en el CBGB, que era un bar viejo y pequeño en el Bowery donde todos nos conocían. Lo regentaban Hilly Cristal y su mujer, y como allí no había más que borrachos, empezaron a dejar tocar a bandas como Television o a la de Patti Smith. Dee Dee se enteró y decidimos intentarlo, pues era como ensayar ante unas diez personas, y además para entonces habíamos mejorado mucho y teníamos más canciones.
Todavía nos vestíamos al estilo chillón porque los Dolls eran aún lo más grande de Nueva York, de manera que yo seguía llevando mis pantalones plateados de lamé hechos por Mylar y aquellas mallas negras de lycra, y era el único que tenía, desde hacía siete años, la auténtica chaqueta de cuero Perfecto con la que más tarde se identificó a los Ramones. Empezábamos a usar zapatillas Keds y yo hasta conservaba aquel traje con tiras de leopardo que me había hecho un cliente, y que era como lo que llevaba Iggy en la
manga cuando los Stooges hicieron el Raw Power. Estábamos evolucionando hacia la imagen por la que luego nos conocerían, pero al principio mediante ensayo y error, y no sabíamos qué hacer porque lo chillón todavía estaba de moda. Así que durante un mes o dos estuvimos indecisos sobre cómo incorporarle al estilo chillón lo que nos caía más natural: sabíamos que teníamos que dejar los zapatos de plataforma y todo eso y evolucionar de look. Aunque entonces no era tan importante como lo fue luego, pues todavía no venía a vernos nadie, además de que no hay grupo que tenga el mismo look en su primer concierto que tras años de carretera.
En nuestras dos primeras actuaciones en el CBGB tocamos seis o siete largos y enseguida pasamos a actuar allí todas las semanas cobrando un dólar la entrada. Teníamos un público de unas diez o quince personas, y la actuación del 15 de septiembre la filmó el grupo de teatro que nos teloneaba: vimos la película un montón de veces y cambiamos a partir de ahí muchas cosas. Tommy y yo evaluábamos lo que habíamos hecho y qué podíamos mejorar y se lo decíamos a los demás. Así nos dimos cuenta del daño que nos hacía que Joey siguiera haciendo aquellas mariconadas y estupideces, dando patadas y cayéndose de rodillas mientras cantaba, que era espantoso y ridículo. Le dijimos que se limitara a quedarse de pie y aguantara el micro; como Dee Dee tocaba con los dedos, le dijimos que quedaba mejor tocar con una púa. De manera que después de eso, nos grabábamos siempre que podíamos para ver qué podíamos mejorar y la verdad es que aprendimos un montón. En cuanto nos vimos en aquella primera película, pensamos que teníamos que conseguir uniformidad, de manera que conforme íbamos practicando y tocando más, fuimos refinando el vestuario y el modo de llevarlo.
Dee Dee, Tommy, Joey y Johnny (de izquierda a derecha) en el CBGB de Nueva York, calle 2 con Bowery [foto de Danny Fields; ©JRA LLC].
Yo me fiaba mucho de lo que opinaba Tommy sobre esto, que sostenía que era imposible que el americano medio se viera bien vestido al estilo chillón y que debíamos encontrar una imagen más sencilla. Que lo chillón iba bien si tenías la talla adecuada, pero con sólo que te sobraran dos kilos ya te veías ridículo y que eso impedía que todo el mundo pudiera identificarse con ese look. Era limitado y en cuanto ese americano medio lo descubriera, esa moda estaba muerta, de manera que teníamos que encontrar algo con lo que pudieran identificarse los chicos, más intemporal, algo así como lo que nos pondríamos cuando volviéramos a salir después de haber estado encerrados una temporada.
Fue un proceso lento, de unos seis meses, pero dimos con el uniforme: idealmente debía tener tejanos, camiseta, chaqueta de cuero —Perfecto, como la mía— y zapatillas de tenis. Queríamos que los muchachos pudieran identificarse con nuestra imagen y que no tuvieran problemas para venir a nuestros conciertos vestidos más o menos como nosotros.
Y ahora todas aquellas notas mentales que yo había estado cogiendo durante años daban su fruto: nada de afinar en el escenario; avanzar y retroceder por el escenario sincronizadamente; Joey de pie, recto, pegado al micro durante todo el show. Lo estudiamos: había que mantener la simetría, así que hicimos mediciones para asegurarnos de cerrar la línea de los amplis y que todos los elementos quedáramos integrados de manera que no pareciéramos perdidos en el escenario. Yo me acordaba de haber visto a los Dolls cuando telonearon para Mott the Hoople en el Felt Forum y lo perdidos que parecían en aquel enorme escenario. Nada se veía bien, y entonces salieron los Mott the Hoople y todo funcionó.
Algunas bandas se fundían antes de empezar a tocar. Quiero decir que lo más importante de un concierto, el momento más excitante, es cuando la banda sale con las brillantes luces rojas del ampli encendidas, y los flashes muestran cómo va cada músico colocándose en su sitio. Sales allí en silencio, sin ponerte a afinar, y es crucial no fundirse porque es ahí donde se establece el tempo del concierto y la impresión que el público tendrá de la banda. Fue un presupuesto que establecimos, un régimen que adoptamos: en cuanto nos adueñáramos del escenario, empezar inmediatamente a cantar y no perder toda aquella excitación antes incluso de empezar.
Establecimos todo ese tipo de cosas en los primeros seis meses; el control lo teníamos básicamente Tommy y yo, pues nuestra pugna por el poder todavía no había empezado. Él se encargaba de los contactos fuera del grupo, pero yo sabía que dentro el jefe era yo. Él me decía en qué andábamos metidos y yo convencía al resto de que eso era lo que teníamos que hacer.
Los Ramones en el CBGB en 1976 [foto de Chuck Pulin; ©JRA LLC].
Dimos veinticinco conciertos en el CBGB en el 74 y el 16 de noviembre volvimos a tocar en Performance Studios, adonde seguimos yendo a tocar de vez en cuando hasta el 75, actuaciones para las que cobrábamos nosotros mismos las entradas en la puerta. Que no era mucho porque no iba casi nadie, pero queríamos actuar allí, donde además los clientes, siempre los mismos, se llevaban su propia bebida. Pero entonces ni imaginábamos lo que nos pasó más tarde.
La víspera de año nuevo sufrí un ataque de apendicitis estando en casa, y como no quería ir al hospital me pasé todo el día dejando que el veneno se me metiera en la sangre y acabé ovillado en el suelo retorciéndome de dolor. Mi mujer terminó llamando a mis padres, que vinieron y
consiguieron llevarme al hospital, aunque me emperré en ir conduciendo yo. Cuando llegué les pregunté si ya estaría fuera al día siguiente, que tenía prisa porque tenía cosas que ver en la tele y debía volver a casa: estaba a más de cuarenta de fiebre y deliraba. Estuve ingresado un par de semanas y sólo me visitaban Rosana, Tommy y mis padres.
«MUCHOS PENSABAN QUE ERA UN
ANTIPÁTICO, PERO NO ERA CIERTO:
SIMPLEMENTE
NO ME GUSTABA LA GENTE QUE ME
RODEABA.»
Nunca tomo medicamentos para el dolor porque lo que quiero es saber si el dolor mejora o empeora, y cuando hace un par de años me pusieron una corona en un diente no dejé que me pusieran anestesia, pero no creo que volviera a hacerlo.
El apéndice me había estallado a lo largo del día, así que estuve en cuidados intensivos diez días, que es mucho tiempo; el médico me dijo que habría vivido sólo una hora más sin tratamiento. Salí del hospital el 15 de enero y enseguida volví a los ensayos, y el 24 fui al CBGB a escuchar a Blondie y a Television. Tocamos allí tres noches la primera semana de marzo. Ya estaba repuesto.
Empezábamos a tener un pequeño grupo de seguidores, gente que volvía para ver qué tal íbamos. Tocábamos en el CBGB y en Performance Studios dos y tres noches seguidas, y el público que teníamos era una pandilla de frikis. Hasta Andy Warhol y su gente vino pero como para mí no eran más que otros frikis, no me mostré muy sociable ni amistoso con ellos: cuando salí estuve desagradable y hostil pero parecía que les iba la marcha, y pensé que a lo mejor les gustaba que los maltrataran. Cuando saludé a Warhol, me dio una copia de su revista Interview que tiré a la
basura. Sí, yo veía todas las pelis de Warhol pero eso era ficción y la vida real era otra historia.
Fingimos que teníamos una empresa detrás y le dimos el nombre de una de nuestras canciones, «Loudmouth», que figuró luego en nuestro primer álbum. Tommy hasta mandaba cartas con el membrete de Loudmouth Productions y se presentaba como mánager usando su verdadero nombre, Erdelyi, y así ocultar que era el batería.
Johnny en Washington [foto de Danny Fields; ©JRA LLC].
También vino Lou Reed a curiosear y la verdad es que cada vez que tocábamos la mayor parte de la audiencia eran otras bandas que venían a compararse. Yo siempre consideré a los Heartbreakers como a nuestros
mayores competidores: los lideraba Johnny Thunders así que tenían que ser buenos, aunque como eran yonquis, sabía que no durarían. En mi opinión eran los segundos mejores pero sabía que tendrían una carrera corta.
Blondie no era más que un grupo ligero de pop, buenos teloneros, pero nadie se los tomaba entonces muy en serio; fue más tarde cuando se hicieron grandes. Y los Talking Heads hacían algo tan distinto de lo nuestro que no nos concernía: no era rocanrol sino otra cosa.
Era curioso porque así me introduje en un auténtico medio artístico, cuando yo venía de la construcción. Y como quería conservar ese espíritu de trabajo, empecé a tomármelo en serio conforme se me fue convirtiendo en un verdadero trabajo. Sabía que éramos buenos y que podíamos triunfar.
Normalmente iba a nuestros conciertos solo, aunque en ocasiones llevaba a Rosana, y no hablaba con nadie. Iba al CBGB y pensaba «Estoy rodeado de gilipollas». Muchos pensaban que era un antipático, pero no era cierto: simplemente no me gustaba la gente que me rodeaba y creía que no tenía nada en común con ella. Yo volvía a casa mientras el resto se quedaba allí, en el CBGB, siempre los mismos, noche tras noche, bebiendo hasta que cerraban. A mí eso me parecía una pérdida de tiempo y la verdad es que no encajaba en lo que hacían los demás: no tenía ningún amigo en el mundo de la música, nosotros estábamos allí trabajando y el CBGB era el sitio al que yo iba a trabajar. Del mismo modo que mientras trabajé en la construcción tampoco salía por ahí con aquellos tíos después del trabajo.
Las canciones de los Ramones tenían una duración estándar y básicamente la misma estructura, pero tocadas rápido se acortaban. Cuando vi a los Beatles en 1965 en el Shea Stadium, tocaron media hora, de manera que me decía que si ellos tocaron allí media hora, los Ramones no podrían tocar más de quince minutos. Así que al principio, y sobre esa base, fijamos actuaciones de quince minutos. Además, yo era de la opinión de que tocar corto te mejoraba, les dabas lo mejor que tenías y los dejabas con ganas de más. Siempre he creído que incluso las grandes bandas no deberían tocar más de una hora.
En junio, Richard Gottehrer nos organizó nuestra primera audición en una discográfica, Sire Records, una discográfica pequeña pero con grandes
conexiones. Gottehrer fue a vernos al Performance y nos ofreció un contrato para grabar el sencillo «You’re Gonna Kill That Girl», pero lo rechazamos porque lo que queríamos era nuestro propio álbum. Después hicimos una audición para Blue Sky en el Performance Studios, y después de ésa, otra para Artista. Y nos contrataron.
Pero Blue Sky, que era la discográfica de Rick Derringer, quería más, así que nos mandaron el 11 de julio al Teatro Palace de Waterbury, Connecticut, como teloneros de Johnny Winter. Y Stories, la banda que había compuesto «Brother Louie», también participaba en ese bolo, pero nosotros ni figurábamos en el cartel. Se apagaron las luces, la gente empezó a gritar y nosotros pensamos: «¡Joder, nos conocen, va a ser buenísimo!», creyéndonos famosos, pero el público creía que éramos los Stories. Después de una canción, me parece que de algún modo insultamos al público y empezaron a abuchearnos y a tirarnos cosas, botellas, latas, de todo. De manera que lo único que queríamos era acabar la actuación cuanto antes y largarnos. Fue un desastre, porque nosotros no estábamos preparados para una cosa así, y aunque tocamos muy bien, en cuanto salimos, los de Blue Sky nos dijeron que no nos querían, así que nos metimos en la furgoneta y nos fuimos a casa. Fue un viaje nocturno y silencioso: no sacamos un duro porque no llegó a haber audición, y sin embargo no me recuerdo desilusionado.
Era el verano de 1975 y todo parecía ir bien. Habíamos conseguido una buena cantidad de seguidores y llenábamos el CBGB siempre que tocábamos. Fuimos los primeros en subir el precio de la entrada de tres a cuatro y a veces hasta a cinco dólares. Como lo concebíamos como un negocio, poníamos a nuestro propio hombre en la puerta para asegurarnos que no nos engañaban, y menos de una semana después del desastre del Palace, tocamos en el Festival Rock del CBGB con Blondie, los Talking Heads y otros grupos, y parecía que éramos los mejores.
Rolling Stone cubrió el festival con un artículo a página completa que en su mayor parte estaba dedicado a los Ramones, después a los Talking Heads y por último al resto de los grupos, a los que apenas se mencionaba.
Yo creía que seríamos unos gigantes, la mayor banda del mundo, y que
cambiaríamos la música con la corriente que íbamos a liderar. Como los Ramones éramos sin discusión los mejores en ese momento en el CBGB, fuimos nosotros los que sugerimos quiénes debían participar en el festival, porque nos importaba mucho asegurar que sería un buen concierto, y teníamos, por tanto, que garantizar que los grupos que escogíamos iban a servir para iniciar nuestro movimiento. Yo supuse que haríamos una actuación conjunta con las demás bandas y tocaríamos en el mismo escenario. Tenía grandes aspiraciones y sabía que para iniciar un movimiento necesitábamos incluir otros grupos y conseguir influir en los jóvenes para que fundaran nuevos grupos, y que para eso no podíamos estar ahí fuera nosotros solos.
También estábamos entonces grabando algunas cosas: hicimos nuestra primera demo en febrero del 75, en un estudio de Long Island, que contenía la mayoría de las canciones de nuestro primer álbum. Nos llevó un par de días y nos costó mil dólares: grabamos unas quince canciones en esa sesión, y algunas están en la reedición en CD de nuestro primer álbum que hizo Rhino en 2001.
También estábamos por entonces buscando a un mánager que pudiera ayudarnos a subir al siguiente nivel, alguien bien relacionado. Danny Fields había sido publicista en Elektra Records, había trabajado con los Doors y había conseguido contratos tanto para los Stooges como para MC5, de manera que, con tales credenciales, pensé que si había alguien que podía entender lo que estábamos haciendo, era él. Era una persona importante en el medio y conocía a mucha gente cool, y eso a nosotros nos impresionaba.
Como escribía una columna sobre música en el Village Voice, le escribimos desde Loudmouth Productions para invitarlo a nuestros conciertos, pero cuando lo conocimos en la primavera del 75 y le pedimos que fuera nuestro mánager, no lo conseguimos porque no quería dejar el puesto fijo que tenía como editor de 16 Magazine. Sin embargo estuvimos consultándole de tanto en tanto durante seis meses sin que fuera todavía nuestro mánager.
El 19 de septiembre grabamos la demo de dos canciones, «Judy Is a Punk» y «I Wanna Be Your Boyfriend», con Marty Thau en un estudio al norte del Estado. Él había sido parte del equipo directivo de los Dolls y
quería ser nuestro productor, no nuestro mánager, pero Tommy se había adherido al papel de productor.
Mandamos cinco canciones de las que habíamos grabado a distintas empresas discográficas pero nos las devolvieron enseguida. Podía verse cómo habían rebobinado la cinta tras haber oído sólo la mitad de la primera canción: se tomaron treinta segundos de molestias, pero nosotros no tuvimos la impresión de que nos hubieran machacado nuestra música. Lo que nos preguntábamos era qué les pasaba, así que llamamos a la Warner Bros. y nos dijeron que sonábamos como Led Zeppelin pero en malo.
Tocamos tres noches seguidas de octubre, el 3, 4 y 5, en el Mothers junto a Blondie y tuve una discusión con Debbie Harry por el reparto del dinero de la entrada. Ella decía que debíamos repartirlo 50 – 50, pero yo dije: «Pero tíos, si nadie ha venido para escucharos a vosotros; ¡están aquí por nosotros!». Acabamos repartiéndolo 70 – 30, pero ella se quedó resentida: nunca me llevé bien con Debbie.
Johnny con Chris Stein y Debbie Harry, de Blondie, en el pasillo del CBGB. Stiv Bators, de los Dead Boys, y Jimmy Destri, de Blondie, conversan a la derecha [foto de Stephanie Chernikowski; ©JRA LLC].
Éramos de verdad buenos en aquellas actuaciones, y fue entonces cuando los de Sire se decidieron a contratarnos. Incluimos tanto las canciones que figuraron en nuestro primer álbum como las del segundo, pues ya teníamos material para llenar dos álbumes. Craig Leon, que era el cazatalentos allí, y Linda Stein nos presentaron a Seymour Stein, el director general de Sire, y tocamos para él. Nos ofrecieron un contrato de grabación con Sire y Danny decidió que dejaba 16 Magazine y que se embarcaba con nosotros en noviembre como nuestro mánager.
En enero de 1976 firmamos un contrato en el loft de Arturo Vega, que fue un sitio en el que se urdieron muchos de los asuntos artísticos de los Ramones y todos funcionaron. Yo estaba feliz aquel día y Arturo estuvo un rato con nosotros antes de hablar conmigo. En cierto sentido, trabajó para nosotros desde el principio y a mí no me parecía que se ocultara sino que estaba ahí.
Fue un invierno frío y helaba todos los días cuando íbamos al estudio de grabación. Como aún tenía el Vega, me iba en coche al trabajo, que estaba en Plaza Sound; nosotros grabábamos en el Radio City Music Hall. Me gustaba trabajar de día, era como volver a tener un horario normal, como cuando instalaba calefacciones, salvo que en lugar de fiambrera, llevaba una guitarra.
Enseguida tuvimos problemas por las cosas nazis de las canciones y lo intransigentes que se mostraron: decíamos «Hoy tu amor, mañana el mundo», pero con la frase «Soy una muñeca nazi» ya tuvimos que decirles
«¿Pero vais a intervenir?». No queríamos cambiar nada y aunque a mí no me gustaba la impresión que estábamos dando, hicimos algunos cambios: dejamos «Soy una schatze nazi», así, en alemán, pero Dee Dee lo había escrito en inglés. También lo cambiamos algunas veces por «Soy un guardia de asalto»; como el texto original no estaba muy pensado, cambiarlo no importaba demasiado. La verdad es que éramos ingenuos, pues de haber sido importantes, la prensa nos la habría montado, y no digamos si lo
sacamos hoy. Pero Joey era judío y lo cantaba, y era la historia de un chico alemán en un pequeño pueblo de Alemania. En todo caso, mantuvimos las letras originales hasta el final de nuestra carrera: no hay más que comparar la frase que abre la versión del álbum con cualquier impresión que se haya hecho de las letras de algún directo grabado. Me gustaría saber si alguien ha notado alguna vez la diferencia.
Tiempo después también nos dieron la bulla por una frase de la canción
«Wart Hog», que decía «yonquis, maricones, comunistas y nenazas». Gary Kurfirst, nuestro mánager de entonces, me llamó y me dijo que estaba recibiendo quejas por la frase. Pero para entonces —eso fue en el 84—, yo ya había aprendido, así que le contesté: «¿Y quiénes se quejan, los yonquis, los maricones, los comunistas y las nenazas?», y le dije que ni hablar de quitar eso de la grabación. Pero no apareció en la separata con las letras, aunque no me importó porque esa hoja me daba igual. Ahora bien, en el interior del álbum, donde van las canciones, en «Wart Hog» puede verse un vistoso subrayado bajo ese verso, y la versión ampliada y remasterizada en CD de 2002 trae todas las letras. Para entonces esa canción era la favorita de nuestros fans. La escribimos Dee Dee y yo y era una de las que más me gustaba cantar en directo.
Y las primeras canciones… ¿sobre qué íbamos a escribir, de chicas? La verdad es que no las teníamos, así que como o éramos artistas o nada, escribimos sobre cosas sencillas que podíamos contar. Nos parecía que los comunistas y los nazis eran graciosos, que también era divertido esnifar pegamento, pero ni pensábamos que había gente que se lo metía.
Escribíamos las canciones y nos reíamos pero no nos parecía que estuviéramos pirados, sino que éramos una banda de rock normal; sin embargo, muy pronto se hizo visible que estábamos algo descentrados.
Empezamos a grabar nuestro primer álbum el 2 de febrero del 76 y lo mezclamos el 19, aunque, acostumbrado sólo a tocar en directo, no entendía por qué se tardaba tanto. Yo imaginaba que uno iba allí y en un día tocaba las canciones, y al siguiente, las cantaba; nosotros le metíamos mucha caña porque éramos conscientes de que el dinero que allí se gastaba era nuestro y que al final teníamos que devolverlo. Así que cada vez que el ingeniero me
preguntaba qué pensaba de una toma, yo le contestaba: «¡Puf, la mejor que he tocado. No creo que pueda volver a repetirlo así de bien!». Y a la siguiente.
En ese estudio me encerraron también en una pequeña habitación para que tocara sólo con auriculares; a mí me extrañó pero yo no sabía nada; y sin embargo siempre era yo el que contestaba si había preguntas del resto del equipo. Y yo le preguntaba a Tommy porque él sabía más sobre lo que teníamos que hacer. Grabamos las canciones en el mismo orden en que las tocábamos entonces en nuestras actuaciones, un patrón que también seguimos en nuestros dos álbumes siguientes. Hasta en eso éramos los Ramones una unión de hábitos.
Teníamos que sacarnos una foto para la cubierta, pero a ninguno del grupo le gustaba que le hicieran fotos. Para mí iba a ser desagradable porque lo odiaba desde niño. La tomó Roberta Bayley; yo no la conocía pero iba al CBGB y había hecho la famosa foto frente al chiringuito que salía en la contracubierta del primer álbum de los New York Dolls, así que tenía credenciales. La sacó en la calle 2 entre el Bowery y la Segunda Avenida, no lejos del CBGB, la zona por donde se suponía que nosotros íbamos, y nos gustó el muro de ladrillos rotos sobre el que estamos apoyados. Y a partir de esa, al principio nos sacamos la mayoría de las fotos por ahí, porque como no era un barrio colorido, era perfecto para el blanco y negro
Para la cubierta de nuestro primer álbum, me puse enseñando el dedo medio, y aunque no lo tuve erecto toda la sesión de fotos, que duraría quince, veinte o tal vez treinta minutos, la compañía escogió una de esas fotos. A mí me encantó pero me mosquea que no lo haya comentado nadie en todos estos años. La verdad es que me sorprendió que la usaran y como yo quería ver si mi dedo colaba, hasta creí que se la había metido a todos cuando en realidad era justamente lo que esperaban de nosotros. Era una buena cubierta pero sigo creyendo que no tanto como la de Rocket to Russia. En realidad lo único que les decía a los fotógrafos es que se dieran prisa porque no estaba dispuesto a pagar un montón de pasta por una foto.
A pesar de que nunca he llevado reloj, me gustaba ajustarme a un horario y ser puntual: casi nunca me retraso: procuro llegar cinco minutos antes y me voy cuando me toca, incluso con el dentista. He sido así toda la vida; por ejemplo, no llegué nunca tarde al colegio. Siempre he pensado que si hacía algo, debía tomármelo en serio y hacerlo lo mejor posible, y lo aplicaba también cuando trabajaba en la construcción, aun cuando nunca creí que fuera definitivo. Entretanto, y mientras hacían las mezclas de ese primer álbum y lo preparaban para su lanzamiento, nosotros seguíamos tocando donde podíamos.
Johnny a la guitarra grabando el primer álbum de los Ramones; Nueva York, febrero de 1976 [foto de Danny Fields; ©JRA LLC].
Encargamos un nuevo equipo después de cantar con Sire pero tardó un tiempo en llegar; abrí aquellas cajas que traían mis nuevos amplis Marshall en el loft de Arturo, que era donde nos las habíamos hecho llevar. El 10 y el 11 de mayo tocamos en el Bottom Line con Dr. Feelgood, y usamos por primera vez los amplis nuevos: cuatro cajas enormes interconectadas. Era
un trueno, y yo estaba acostumbrado a darle al potenciómetro del otro equipo hasta el diez, así que le di, sin conciencia del volumen que éste podía alcanzar. Vi cómo la gente retrocedía de lo alto que petaba y yo no pude oír nada durante una semana. Supuse que se podía mejorar y bajé las cajas del fondo pero dejé las otras dos a tope: siempre usé los amplis a diez.
Tengo buenos oídos y no necesito poner alto la tele, aunque hay frecuencias que no oigo bien y a veces no oigo el teléfono y no lo cojo, y si alguien que me está hablando se gira, ya no lo pesco.
Joey, Tommy y Johnny tonteando en el estudio durante la grabación de su primer álbum en febrero de 1976 [foto de Danny Fields; ©JRA LLC].
Vi nuestro primer álbum en el Alexander, seguramente el mismo día que salió, el 23 de abril de 1976. Ahí estaba, precioso, era como la primera vez que me oí en la radio, y encima sabía que teníamos otro en camino y que sería aún mejor: nos servían para darnos subidones. Los discos se volvieron el acicate para investigar y mejorar.
Al principio me pareció que la demo que habíamos hecho era mejor que el álbum, pero luego me di cuenta de que el disco era realmente bueno y que Tommy había hecho un trabajo excelente.
Johnny con Joe Strummer durante una fiesta en casa de su amigo Gerry Harrington (abril de 2002)
[©JRA LLC].
Luego me hicieron gracia algunas de las críticas que aparecieron: unos nos veían como roqueros de tebeo y otros trataban de intelectualizarnos aparatosamente. La verdad es que nos lo tomábamos en serio y tratábamos de ser buenos, pero no pretendíamos que hubiera detrás de ello nada más que diversión y rocanrol, eso era todo. Nos bastaba con que la gente disfrutara.
El disco estaba en la calle pero no teníamos ninguna gira ni ningún agente que nos moviera en Estados Unidos, así que decidimos ir a Inglaterra. Danny nos consiguió conciertos allí y tocamos en Roundhouse y luego en Dingwalls, en ambas ocasiones con Flamin Groovies. Tocamos bien allí, frente a dos mil personas y nos gustó; era un lugar, además, con historia en la creación musical. Fuimos a las tiendas de discos, pero todo lo que me interesaba ya se tocaba o llegaba a nuestro país, aunque no empecé
a cabrearme de verdad con las giras trasatlánticas hasta el año siguiente, que fue cuando me di cuenta de que odiaba no estar en América.
En aquel viaje nos dimos cuenta de que algo estaba pasando allí.
Salimos con los Damned, con los Clash y con los Sex Pistols y todos fueron a vernos a nuestros dos conciertos. Todos eran chicos que se vestían cool, que era lo que necesitábamos para nuestro movimiento. En ese momento éramos conscientes de que estábamos cambiando la música y que estábamos en la avanzadilla de algo nuevo pero que no podíamos hacerlo solos, y esas eran la gente y las bandas que podían ayudarnos: necesitábamos esa invasión británica. Hacíamos nuestro movimiento a imagen de los Beatles y nosotros éramos en él los Beatles, pero nadie más formaba parte.
Esa fue la primera vez que vi a los Clash y cuando volví a verlos, en los conciertos de su gira por su segundo disco, Give’Em Enough Rope, pensé:
«¡Joder, son tan buenos como nosotros!». Fueron los únicos que de verdad se nos acercaron. Los vi durante el ciclo de su primer álbum y también más tarde, cuando le habían puesto demasiado reggae a sus canciones, pero durante aquella gira por su segundo disco, eran de verdad grandes. Cada banda alcanza su cumbre en algún momento y esa fue la suya: lo mejor que podían ser.
El resto del año fue tocar en sitios donde no habíamos estado, como Detroit, Atlanta y Los Ángeles, y movimos a Monte Melnick de encargado de equipo a encargado de giras. Teníamos esporádicos agentes que nos conseguían conciertos y luego íbamos dejando de verlos. También tocamos un par de veces, el 11 y el 12 de agosto, a entrada compartida con Flamin Groovies, en el Roxy de Los Ángeles, y otras dos noches, las del 16 y 17, tocamos por nuestra cuenta en el Starwood.
Nos encantaba Los Ángeles y nosotros a ella. Nos presentaron a Rodney Bingenheimer, que era un tío encantador y fuimos a su programa en KROQ; desde entonces Los Ángeles fue un sitio amigable para nosotros. En total hicimos trece actuaciones en el área de LA y San Francisco y durante ese tiempo el disco llegó a estar el 114 de las listas. Yo lo verificaba continuamente. El 26 de agosto fuimos a Disneylandia; a mí me encantaban
la montaña rusa y esas cosas y aunque tenía reparos de ir con la banda, lo pasamos bien. La verdad es que disfrutaba en esos parques y estuve en Disneylandia tres veces y en Disney World, veinte, donde subía al Thunder Mountain y al Splash Mountain.
Las reglas que nos habíamos fijado para las giras seguían vigentes: nada de comida porque si no la furgo apestaba; también estaba prohibido fumar tabaco en la furgo, pero se autorizaban los porros. Dee Dee tenía un problema con los porros, fumaba muchísimos, y mientras estuvo con los Ramones los demás trataron de que fumara menos, pero a mí me parecía que tocaba mejor colocado porque se apaciguaba.
Llevábamos a nuestras novias a las giras, que era raro entre las bandas, pero no nos importaba porque no nos rodeaban las chicas fáciles en los conciertos, salvo quizá en California o Texas. Y las que había eran sobre todo punks o inadaptadas, de las que no nos gustaban. Por divertirme, solía escudriñar la sala donde tocábamos y si había alguna chica guapa, casi siempre estaba al fondo, y ese debía de ser el motivo por el que los muchachos tampoco las buscaban seriamente. Y me consta que los estándares para el resto del equipo eran aún más bajos, así que yo me llevaba a mi chica.
Al principio compartíamos habitación, Tommy y yo, y Dee Dee y Joey, pero a partir del 77, cada uno tenía la suya, y con mayor razón a partir de que empezamos a llevar a las novias. Como ya trabajábamos seguido, y a pesar de que ganábamos todavía muy poco dinero aunque íbamos a ganar más, lo primero que hicimos, antes incluso de que subieran los ingresos, fue destinar dinero para habitaciones propias, y no hubo ninguna queja.
Estaba, eso sí, el asunto obsesivo compulsivo de Joey, que sí nos causaba auténticos problemas. Tenía un comportamiento errático, como el que va tocando cosas mientras anda por la calle, y estaba siempre enfermo, incluso al principio del viaje, y ya en la carretera nos había forzado a cancelar giras, además de que llegaba tarde a todas partes. Teníamos que mandar a Monte a su apartamento una hora antes para conseguir que estuviera en la furgo. Para mí era imposible entender ese modo de ser, y me parecía que era pura irresponsabilidad y desorganización. Cuando lo veía
subir y bajar las escaleras mientras lo esperábamos, no quería ni saber qué le pasaba porque lo único que me interesaba era resolver el problema y llegar al trabajo a tiempo. Esa era la gente con la que trabajaba, y había trabajo que hacer.
A veces decía «no nos podemos ir» o tenía que volver al hotel, y Monte tenía que encargarse, pero si, por lo que fuera, no podíamos regresar, Joey se encabronaba, y no creo que yo fuera el único en verlo. Los fans se daban cuenta también cuando lo veían por ahí metiéndose de todo, y eso no era del todo malo, como lo habría sido de haber sido nosotros unos modelos de buena salud, que había que estar chalado para pensar algo así: al fin y al cabo éramos los Ramones. Pero yo no quería saber nada de eso, esa parte de su vida no me importaba nada.
Ahora bien, no llegamos nunca tarde a un concierto porque establecimos desde un buen principio que la actuación era lo más importante y que nadie podía emborracharse antes de un concierto. Así que en cuanto a vicios, yo me tomaba dos cervezas antes de cada concierto, una Bud o una Millar o una Coors, una que fuera americana, pero Joey tenía problemas con la bebida y siempre andaba por ahí con alguien. Con Tommy no había problemas: no tenía más vicio que el tabaco. Y Dee Dee… lo que sea.
Más tarde, ya en los noventa, nadie bebía: Joey lo había dejado, Mark también. Mark empezó a tener problemas con el alcohol progresivamente tras ingresar en el grupo, y tocó borracho en algunos conciertos. Y yo ya nunca me tomé más de tres cervezas después de los veinte años, aunque he fumado canutos toda la vida. Pero los porros no me afectan demasiado, no más que tomarme una cerveza. Tal vez haya que despenalizar los porros aunque hay que impedir que los chicos anden por ahí todo el día fumados, así que no se podrá legalizar nunca porque los chicos la consumirían seguro. Si consiguen cigarrillos, no hay ninguna razón para creer que no conseguirían también canutos. Considero que los porros no son buenos para ti, como tampoco es bueno para ti el alcohol, aunque sea legal desde hace mucho tiempo.
En octubre del 76 nos volvimos a meter en el estudio para grabar nuestro segundo álbum, Leave Home. Yo escribí la mayor parte de mi contribución en el piso de Forest Hills antes de dejarlo para mudarme a Manhattan. En casa no tenía ampli, sólo la guitarra eléctrica, así que lo grababa en una casete y lo reproducía luego en los ensayos. Producíamos mejor, empezábamos a tocar algo más rápido y teníamos muchas canciones acumuladas: estábamos en buena forma para ese disco. A mí me gusta mucho y creo que es uno de los mejores, y quizá lo prefiera al primero, y empleamos más o menos el mismo tiempo en grabarlo si no más, pero ya me cogió con experiencia, así que todo fue rodado.
El título remite a los Ramones abandonando Nueva York para irse de gira por Estados Unidos y por el mundo, aunque también coincidía con un asunto personal mío de entonces. Yo me había casado a los veintitrés años, en el 72, porque estaba convencido de que era lo adecuado para afianzar mi vida, pero en el 76 ya estaba cansado y creía que me había casado demasiado joven. Y cuando me metí en la banda, empecé a tener problemas de comunicación con mi mujer, me costaba hablar con ella, y encontré a otra. Se llamaba Roxy aunque su nombre real era Cynthia.
Dejé a mi mujer a fines del 76 y me fui de Forest Hills, primero a Gramercy Park y después a un piso en la 10 este entre la Tercera y la Cuarta avenida. Por entonces la banda funcionaba bien y el disco nuevo estaba saliendo: acabamos 1976 habiendo tocado setenta y tres conciertos. Estaba seguro de que podíamos ser grandes; calculaba dedicarme a ello cinco años y luego meterme en el negocio del cine, como director o de alguna forma de productor, y poder así dirigir películas de terror de bajo presupuesto. Al principio no era más que una idea pero se fue haciendo más seria con el tiempo: siempre he necesitado tener un ojo puesto en el futuro aunque sin demasiados planes para no abrumarme. Y creo que me volví un delincuente porque no sabía qué hacer y estaba asustado, por eso pensaba que después de los Ramones me habría hecho un nombre suficientemente grande para trabajar en la industria del cine. Veía las películas como mi futuro y la música para cinco años porque nunca supusimos que la banda iría mucho más allá de eso.
En el Whisky a Go Go de Los Ángeles, diciembre de 1978 [foto de Jenny Lens; ©JRA LLC].
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